Sábado

La semana pasada hablaba de las vacaciones, y ahora quiero poner mi mente en modo vacacional. Después de todo, sigo en mi temporada de asueto. A propósito, me sorprendí al descubrir que el significado original de la palabra asueto es “acostumbrado”. ¿Esto quiere decir que los días libres son parte de una costumbre? Ahí se los dejo. Hablaba de que este es un artículo que refleja cómo se pone el cerebro a descansar. Una forma de hacerlo, claro, es dormir, y de esto ya hablé cuando publiqué que no quería pensar. Hoy, la idea es aplicar la vacación a la mente. Es decir, no descansar, sino cambiar de ambiente. Por eso, este escrito no tiene mucho que ver con ninguno de los otros que existen en este blog.

Es necesario, cuando tu cerebro está abrumado por la atención que merece el día a día, ponerlo en modo stand-by. Porque si no lo haces de manera consciente, incluso puede pasar que las neuronas lo hagan por ti. Es lo que se conoce como síndrome de fatiga crónica, que anteriormente se llamaba surmenage (sobre-esfuerzo, o exceso de trabajo, en francés). Mareike B. Wieth y Rose T. Zacks hicieron un estudio sobre cómo la creatividad se desarrolla mucho más en los tiempos “no óptimos” del día; o sea, los óptimos son las horas del día en las cuales las personas están más activas para sus labores cotidianas el cerebro está más “prendido” para las tareas normales y la resolución de problemas abstractos. Sin embargo, los problemas más complicados que requieren “pensar fuera de la caja”, como se dice, se resuelven mejor cuando el cerebro está fuera de esas “horas óptimas”. Mejor, descansando. No por nada se dice que hay cosas que hay que “consultar con la almohada” (o en inglés ‘sleep over‘), por lo cual uno se va a dormir y no es extraño que se despierte con la solución.

Aquí no voy a llegar a tanto, pero voy a hablar de algunas cosas, quizás inconexas. Lo primero que quiero contarles es que cuando comencé a escribir (lo que llamaba literatura) estudiaba la secundaria por la tarde, así que tenía el horario cambiado. Llegaba a mi casa alrededor de las 8 de la noche, y luego de comer y ver alguna serie de televisión en familia, me encerraba a dar rienda suelta a mi creatividad. No me acostaba hasta las 2 o 3 de la mañana, con tiempo de lectura previa, y por eso me levantaba a las 10 u 11 del día siguiente. A esa hora, luego de desayunar, hacía mis tareas y volvía a la rutina escolar después de almorzar. En esos tiempos comencé a tener un hábito de escritura que me permitió aprender a manejar mi idioma, pero sobre todo a entender como funciona mi mente creativa. Y en qué horarios.

Durante mucho tiempo, pensé que era un animal nocturno, pero se debía a las costumbres que me había impuesto por las circunstancias. Hoy, en otras circunstancias y con otras costumbres, soy más bien de actividades diurnas. No obstante, cuando quiero ser creativo busco la noche. Aunque ya no hago tanta literatura ni compongo tantas canciones (de esas que siguen en el cajón), la noche y muchas veces la madrugada es el horario elegido para hacerlo. No pocas veces me he levantado en el medio de la noche a escribir de un tirón algo que necesitaba crear. Y qué decir de los problemas. Llega un momento en el que dejo que todo quede ahí, porque sé que muy probablemente al día siguiente me despertaré con un enfoque distinto del asunto.

Hoy, decía, estoy en stand-by mental. No quiero desarrollar ideas, quiero crear y dejar que las palabras vayan jalando el hilo. Y aquí va la otra cosa, que ya he escrito en anteriores ocasiones: escribir me encanta. Pero trato de ser meticuloso en esto: escojo las palabras, doy vuelta las frases, moldeo las oraciones para transmitir adecuadamente las ideas que busco. Trato de no dejar nada al azar. Aquí y ahora quiero vivir el aquí y el ahora de lo que estoy digitando. No quiero esculpir, sino exhalar. Pues recuerdo la palabra griega neuma (πνεῦμα): viento, soplo, pero también espíritu. O psique (ψυχή), aliento de vida, alma o pensamiento. Como cuando el moribundo da su último suspiro, pero también como cuando Dios sopló sobre su creación máxima, el hombre, para darle vida. Aliento, espíritu, conocimiento. Aire.

Es el aire que uno necesita para oxigenar la vida, que de vez en cuando se nos vuelve demasiado pesada para cargarla. Hoy necesito ese aire y por eso me dejo llevar. El Espíritu (neuma) me va guiando. ¿Qué vendrá después? No lo sé. Quiero usar este periodo para darle ese aire y para usar la creatividad que surja de él para apretar tuercas y aflojar tornillos, construir un nuevo rumbo. Crecer. Fluir como el río, con el río.

Seguro mañana será mejor.

Foto por studioroman en canva

El que toca el triángulo

Solemos menospreciar a quien parece cumplir un rol menor dentro de un conglomerado. Recuerdo una anécdota de mis amigos, el grupo musical Alfareros de paz. Resulta que a una de las cantantes le pusieron a tocar el triángulo. Aparentemente, un instrumento muy sencillo al cual solo hay que golpear con el palito y ya. Solo. Llegado el momento, ella se dispuso a tocar su nota con dedicación, pero con tan mala fortuna (o destreza) que la baqueta apuntó al espacio que hay en uno de los vértices del instrumento. El resultado fue el silencio, seguido de la risa nerviosa de todo el grupo. Es para mí la muestra clara de que cada papel es importante dentro de un colectivo, y por tanto no puede ser tomado con desprecio. Muchas veces nos sentimos minimizados como personas porque no somos protagonistas de una actividad o una organización. La consecuencia suele ser una polarización entre individualismo y colectivismo. Veamos por qué esto resulta un error.

Comencemos señalando que el triángulo no es un elemento de tercera en las agrupaciones musicales. James Blades, reconocido percusionista, considera que “el triángulo no es de ninguna manera un instrumento fácil de tocar”. Esto me lleva a traer a colación a Robert Schumann, quien en los consejos incluidos en su Álbum para la juventud señalaba que “si todos quisieran ser primer violín, ¿cómo sería posible formar una orquesta?”. Una idea que subraya la importancia de la labor de cada individuo para alcanzar los resultados. Dentro de la Teoría general de los sistemas, Bertalanffy considera que en los sistemas abiertos (que suelen ser todos) lo que pasa en un susbsistema (el individuo) influye en los otros sistemas. Me interesa en particular la idea de sinergia: el funcionamiento del sistema no puede entenderse solo a partir de la suma de sus elementos, sino que la interacción entre ellos conduce a un resultado diferente en sus cualidades. Una idea muy gestáltica, por otra parte. Y algo que se conecta con la exhortación de San Pablo en su primera carta a los corintios, en la cual habla de que cada uno, con sus particulares características y funciones, forma parte del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia.

En esta carta me parecen muy gráficos los ejemplos que nos da el apóstol de Tarso: aunque el pie o el oído dijeran que, como no son mano ni ojo, no son parte del cuerpo, no por eso dejarían de serlo. Y si todo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído o el olfato?, y si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Ningún órgano le puede decir a otro “no te necesito”. Las partes del cuerpo más débiles son las más necesarias. Me gusta sobre todo esto: “si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él”. Y cierra: “ustedes son cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él”. En una sociedad individualista, el ojo pretende ir solo por la vida. En una colectivista todos los órganos juegan a ser manos y conformar un cuerpo. El individualismo haría música con un triángulo en su cuarto, el colectivismo formaría orquestas de triángulos.

Me viene a la mente aquella canción del Último de la Fila de inicios de los noventa: Como un burro amarrado en la puerta del baile. Habla de un enamorado que no es correspondido por no ser nadie (ni profesional, ni física, ni económicamente), y creo que la fotografía del burro es muy clara. Es la sensación de quedarse fuera de la acción por ser un individuo de última categoría. “A galeras, a remar”, es otra expresión popular que se usa en dicha letra. Es decir, no tienes más que aguantar las consecuencias. Yo me rebelo contra esta idea. No podemos considerarnos nada por no estar en la pista con la masa, sea porque nos hicieron de lado o sea porque nosotros mismos nos separamos. Debemos entendernos como seres sociales; es decir, individuos que tienen un valor único que aportar a su entorno.

Nosotros mismos somos un sistema: estamos construidos de partes inseparables. No soy solo corazón, no soy solo cuerpo. Soy yo, un ser integral. No por nada San Pablo usa esa metáfora. Sin embargo, no es raro que separemos algún componente de nuestra esencia o le demos prioridad a otros. El pensar, por ejemplo, que un dolor de espalda tiene que ser meramente fisiológico y curarnos con pastillas, o considerar que no necesitamos de médicos o psicólogos porque nos basta la oración. Como querer tocar la quinta sinfonía de Beethoven con los clarinetes, nada más. ¿Dónde quedaría el cello, por decir algo? Podríamos visualizar a ese componente olvidado como el burro en la puerta del baile. Nosotros, subsistemas, no podemos considerarnos un rompecabezas de piezas inconexas. Como tampoco somos piezas inconexas de grupos humanos que más bien resultarían amasijos de gente.

La imagen de la orquesta es perfecta para entender la importancia del papel de cada uno en el conglomerado humano y los distintos colectivos donde nos desarrollamos. Es un papel que me compete solo a mí y a nadie más. No podemos sustituir un corazón por un pie. La Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák no sería fiel a la intención de su autor si en lugar de un platillo pondríamos dos triángulos. Entender esto es saber que detrás de mi sentido de vida está un único ikigai, una sola vocación-misión: la mía.

Vivimos en un mundo que pretende “normalizarnos”; o sea, ajustarnos a una norma, a un estándar. Que pensemos igual, creamos igual y -por tanto- actuemos igual. Un mundo que, en sus contradicciones, nos dice además que la verdad no es una, sino que hay tantas “verdades” como personas. Nos desvanecen el piso porque nos quitan individualidad haciéndonos sentir culpables por ser quienes somos y a la vez cuestiona que podamos seguir a alguien que nos muestre lo que es verdadero, bueno y bello. Nos dicen que debemos ser violinistas aunque solo sepamos tocar el triángulo y que no le hagamos caso al director ni al compositor, sino que vayamos a nuestro aire.

En este siglo contradictorio, la respuesta está en el Cuerpo Místico de Cristo, no solo en tanto Iglesia, sino incluso como reflejo de la realidad humana. Una realidad que nos da valor como personas, sin dejar de ser miembros de comunidades. Asumamos nuestro lugar en esas comunidades, en esos sistemas, y sintámonos responsables de ese rol único e irrepetible. Solo entonces podremos andar seguros la ruta de la vida con propósito. Ser el que toca el triángulo y dominarlo para brindar una ejecución impecable dentro de la sinfonía.

Acompañados por otros individuos en una vía hacia la felicidad.

Imagen de Juliana Ju en Pixabay

Merecidas vacaciones

Sí, cuando leas esto, yo estaré de vacaciones. Algo que en mi profesión, como en muchas dedicadas al servicio de la salud de otros, puede resultar difícil de llevar adelante. Claro, mis clientes están en un proceso de sanación que ha de interrumpirse porque yo debo desconectarme. Y hay que subrayar estas últimas palabras, pues muchas veces se piensa que el individuo que se da un descanso es un privilegiado, y hasta un irresponsable. Es que vivimos en una sociedad utilitaria que pretende hacernos pensar que nuestra vida solo vale la pena si nos mantenemos ocupados. Mejor aún si a esa ocupación le llamamos trabajo y nos pagan por ello. Una consecuencia natural de esta visión es sentir que merecemos las vacaciones. ¿Cuál es el parámetro sobre el que nos basamos para saber si lo que hemos hecho nos hace acreedores de tiempo libre?

La palabra vacación deriva del latín vacans (de donde también viene ‘vacante’ y ‘vagancia’), participio del verbo vacare (estar libre, desocupado) y este de vacuus (vacío). En la antigüedad era el tiempo en el cual una plaza laboral quedaba disponible, por lo que la idea doble de tiempo libre y ocioso está presente en la historia misma del término. En el Diccionario de la Lengua permanece el significado de puesto vacante junto al principal: “descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios”.

La mentalidad de muchas sociedades es que se debe trabajar más tiempo para rendir más, lo cual es desmentido por bastantes experiencias. Un estudio realizado por una transnacional de servicios, indica que por cada 10 horas de vacaciones que recibe un empleado, su evaluación del desempeño mejora en un 8%. Según otro estudio, realizado por la Organización Internacional del Trabajo, menores horas laborables se asocian con una mayor producción por hora. En cuanto a la legislación sobre los períodos de vacaciones pagadas, a pesar de que varía mucho entre los distintos territorios, constatamos que economías saludables como Finlandia, Kuwait o Andorra tienen alrededor de un mes libre, aunque también vemos a países pobres como Burkina Faso o Camboya en este rango. Al otro lado tenemos a México o China que solo tienen una semana al año (o menos) de descanso, si bien cuentan con períodos similares Tailandia, Hong Kong o Singapur. Y un caso especial es el de Estados Unidos, que no garantiza un tiempo vacacional por ley, si bien ciertos estados lo hacen. También entra en este campo la cantidad de feriados, que en Colombia o India son 18 y 16, respectivamente; en el otro extremo está -de nuevo- México, con 7 días.

Todo esto me lleva a citar a John Lubbock en el siglo XIX: “el descanso no es una ociosidad, y tumbarse a veces en la hierba bajo los árboles en un día de verano, escuchando el murmullo del agua, o viendo las nubes flotar en el cielo, no es en absoluto una pérdida de tiempo”. Son interesantes los hallazgos de Mary Helen Immordino-Yang, Joanna A. Christodoulou y Vanessa Singh que corroboran el pensamiento del estudioso en matemáticas y astronomía inglés: encontraron que cuando las personas descansan despiertas en el escáner de resonancia magnética funcional, sus mentes divagan y activan el llamado modo por defecto (default mode, DM) de procesamiento neuronal que está relativamente suprimido cuando la atención se centra en el mundo exterior. La evidencia acumulada dice que los sistemas cerebrales DM activados durante el reposo también son importantes para el procesamiento psicosocial activo y centrado en el interior; por ejemplo, cuando se rememoran recuerdos personales, se imagina el futuro y se sienten emociones sociales con connotaciones morales. De esta manera, la atención interna constructiva genera cambios a nivel neuronal que ayudan a la autorrealización, crea conductas proactivas y que mejoran no solo la calidad de vida de la persona, sino su aporte al entorno.

Tomando en cuenta todo esto, pienso que es claro que nadie puede saber quién merece o no unas vacaciones. Cambiar de actividad, de ambiente, de compañía y -sobre todo- pasar de la atención a las exigencias cotidianas hacia la vida interior es necesario para cada uno, sea cual sea su ocupación o su carga laboral. No importa si laboras diez horas semanales o noventa, y es secundario si ese trabajo es físico, mental o espiritual. Porque no solo se trata de recuperar fuerzas, sino de darle una oportunidad al cerebro y al corazón de desarrollar otros aspectos existenciales. Le llamamos descanso, aunque en realidad no es un tiempo ocioso, como decía Lubbock.

Es verdad, y no podemos negarlo, que existe también un estrés vacacional. Las causas son múltiples: adicción al trabajo, malestar económico, temor al cambio, angustia ante lo incierto, preocupación por dejar tareas inconclusas, etc. Y también el postvacacional: el sentir que se descansó muy poco o lo abrumador de retomar las labores que se han ido acumulando. Así que no mucho podríamos decir de merecer las vacaciones cuando es probable que también enfrentemos emociones negativas con ellas. El enfoque, es claro, tiene que ser hacia los provechos que obtenemos de este “tiempo fuera” en lo psicoafectivo.

Yo he tenido siempre de una forma natural, sin proponérmelo, un cuidado por el espacio de descanso. Seguramente tiene que ver con aprendizajes desde la infancia, pero no los puedo detectar en concreto. He valorado el horario de trabajo y la desconexión de las preocupaciones fuera de él. He dedicado un tiempo sagrado al encuentro familiar en los momentos de las comidas. No siempre la cumplo, pero valoro la siesta y trato de no descuidar las horas de sueño por la noche. El domingo, incluso antes de mis convicciones religiosas, siempre fue el día reservado para el encuentro conmigo mismo, la familia y las actividades recreativas (puedo contar con los dedos los domingos que he trabajado). Y, por supuesto, le doy importancia crucial a las vacaciones. Debo reconocer que no me resulta fácil, porque la mentalidad utilitaria a veces me gana y me hace sentir juzgado. Pero estoy consciente de que todos esos espacios son fundamentales no solo para relajarse, sino también para crecer.

En un mundo donde se valora a la gente por lo que tiene y no por lo que es, por lo que aparenta y no por su esencia, por lo que gasta y no por lo que logra, es complicado dar importancia a las vacaciones. Por esto, si las tomamos suele ser porque -supuestamente- las merecemos: nos hemos “sacado el aire” trabajando durante el año y nos ganamos unos días libres. Debemos cambiar esa mentalidad: la utilidad de las vacaciones está más allá del descanso por el esfuerzo, es un recurso que nos permite dar una mirada a nuestro interior, a las cosas que hemos descuidado, a las relaciones que tenemos más cerca y no les dedicamos tiempo. Las vacaciones son momentos de oro para volvernos a encontrar con nosotros mismos.

Darnos unas vacaciones es regalarnos la posibilidad de crecer y fortalecer los lazos.

Foto de Nubia Navarro (nubikini) en Pexels.com

Efecto Carapaz

Podría poner cualquier apellido de alguien que haya tenido victorias celebradas por un conglomerado humano como suyas. Una idea que se expresa con la frase “subirse al carro del triunfo” y con aquellas palabras atribuidas a Napoleón: “la victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana”. Desde que ganó el Giro de Italia en 2019, el ciclista ecuatoriano Richard Carapaz ha venido siendo alabado y admirado en nuestro país (y en el resto de Latinoamérica y el mundo). No es para menos, pues se ha convertido en uno de los veinte ciclistas que ha logrado un podio en las tres Grandes Vueltas de su deporte. Sus declaraciones luego de ganar la medalla de oro en las olimpiadas de Tokio 2020 tuvieron una repercusión mediática muy grande, diciendo algo que conecto con las oraciones que he citado. Hay que comprender el fenómeno desde la psicología social para poder darle contexto, más allá de lo deportivo. Y sin querer subirme al carro de la victoria.

En algo muy similar a lo que ya hablé sobre Maradona, es natural que un país se apropie de las victorias de uno de sus ciudadanos. No es para menos, cuando Carapaz ha obtenido tantas glorias en el ciclismo, y ante la percepción por parte de ecuatorianos de sentirse inadecuados, todo un pueblo puede usar como compensación el mecanismo de la identificación. Es por esto que Richie lanza tan duras palabras: “el país nunca creyó en mí, esto me pertenece”. Es algo que suena a esa búsqueda de autorrealización de los psicólogos humanistas. No quiere que, como suele ocurrir, gente que no lo merece se apropie de los esfuerzos que han culminado en su medalla olímpica. La “locomotora del Carchi” es ya una de las figuras históricas más importantes dentro del deporte ecuatoriano y es evidente que todo un país lo abrace como hijo predilecto. Es una extensión de lo que Gustav Bychowski señalaba en cuanto la relación entre los rasgos de un político y la psicología colectiva en momentos de debilidad, pero en lo deportivo.

Las palabras de Carapaz entran dentro de una constante de críticas de su parte hacia la dirigencia deportiva de su país, pero entiendo que no las dirige a su patria misma, ni a su pueblo. Pues esto resultaría una puñalada contra ese sentimiento de pertenencia que ha alimentado un culto a la personalidad hacia este ciclista. No, Carapaz ha sido constante en señalar el amor a su patria, dedicándole sus triunfos. Es lógico, pues ahora el podio le ha dado un micrófono que se oye fuerte y claro, y puede expresar un resentimiento que viene desde sus días de aficionado, y que hace eco del sentir de muchos deportistas no solo en el Ecuador, sino en toda América Latina y en gran parte del mundo en vías de desarrollo. Es un sentimiento de indefensión aprendida que en no pocas ocasiones termina tirando a la basura cualquier sueño de gloria que tenga la persona.

Richie es la imagen de un pueblo que lucha por sus metas, sin apoyo, sin recursos, solo con una convicción en sus propias habilidades. En el planeta, millones de “carapaces” ven frustradas sus ansias de tocar el cielo por esperar ese apoyo o esos recursos. ¿Qué hace que una persona termine siendo campeón cuando miles de otras se quedan jugando en la cancha del barrio? ¿Por qué junto a un Maradona hay cientos de Carrizos? Goyo Carrizo fue un amigo de Diego que, como suele pasar, dicen que era mejor que el 10 de Argentina, si bien no llegó a nada. Mil millones de razones, complejas como el ser humano mismo. Y sin embargo, una sola: la vida es así. Porque podría sonar como motivador ejerciendo de gurú de la autoayuda y decir que basta con soñarlo y lo conseguirás. No es cierto. Puedo ponerlo en términos de fe y hablar de una ayuda divina, sin embargo me acuerdo de lo que Jesús señalaba: “muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”, pues el mismo Padre tiene hijos predilectos, y la victoria del mundo no es la victoria del Reino.

Aun con todo esto, considero que sí existen un par de elementos constantes en quienes alcanzan sus metas en esta tierra: constancia y suerte. La suerte, cuando hablamos de fe, se puede llamar Providencia. Y en esto estamos abiertos al misterio. Pero la constancia sí está en nuestras manos, y es quizás la única variable que de verdad lo está. Las habilidades son un don que podemos poner a trabajar, pero que depende también de lo que nos pasa, de nuestra circunstancia. El sueño nos resulta un gran motivador, aunque se puede ver bloqueado por una realidad que no colabora. Richie Carapaz ha sufrido ante la adversidad de diversas maneras, y sin embargo es de esas personas que la toman como un trampolín para el éxito. Otros, con sanciones, accidentes, derrotas o reveses económicos han claudicado. Richard no. Por su patria, por su tierra carchense, claro, pero sobre todo por su sueño y el de su familia.

Puedo unirme a la protesta de Carapaz, aunque en realidad me tiene sin cuidado. Estoy convencido de que más que apoyo se necesita perseverancia y azar (o bendición), que muchas veces es el premio a tal perseverancia. Pues, como dice, el dicho, el que la sigue la consigue. Richard pudo perder la vida en ese accidente, como les ha pasado a tantos. Sin embargo, se recuperó y fue capaz de seguir corriendo. O sumirse en la depresión al constatar la falta de interés por parte de las organizaciones y empresas públicas y privadas. No, él siguió probando y luchando. Pudo, también, conformarse con una medalla panamericana, pero fue fiel a su sed de infinito. El efecto Carapaz es el que produce que una persona salga de unas circunstancias adversas para alcanzar lo que se propone. El hombre es lo que quiere llegar a ser, solo cuando vence todas las trabas internas que tiene. De las externas ya se encarga Dios.

Soñar no cuesta nada, lo que cuesta es sostener el sueño.

El dinero como símbolo

No nos sorprende que alguien que da mucho valor al dinero sea tachado de materialista. Pero, ¿en realidad lo es? Cuando iba creciendo, me fui dejando deslumbrar por esa idea de que no necesitamos la plata para ser felices, y que esta solo trae desigualdades. Me viene a la memoria aquella canción de Los Prisioneros, Quieren dinero, que en una parte canta: “es una humana condición o es nuestro estúpido sistema / es una nueva religión o tal vez sólo sea su emblema”. Pienso que podemos entender realmente qué significa el dinero en nuestras vidas, y así tener capacidad de usarlo y no considerarlo un fin último de manera que nos controle. De alguna forma ya hablé de esto en el artículo acerca de la pobreza como estado mental. Quiero profundizar aquí sobre el dinero mismo como símbolo de algo más.

Jae Min Lee y Sherman Hanna vinculan la teoría jerárquica de necesidades humanas de Maslow, que ya hemos revisado muchas veces, con la formulación y determinación de objetivos de ahorro. Lo explica José Antonio Portellano, psicólogo clínico: “disponer de seguridad económica nos facilita hacer otras cosas que nos resultan más gratificantes y, por tanto, lograr mayores niveles de bienestar emocional, un requisito imprescindible para ser feliz”. Daniel Kahneman y Angus Deaton evidenciaron que, en cierto punto de ingresos (es decir, no siempre), uno mayor aumenta la satisfacción con la vida, aunque el bienestar permanece igual. Según Martin Seligman, el padre de la psicología positiva (recordamos su PERMA) señala: “por debajo de los mínimos necesarios, la riqueza es muy importante; es decir, que la pobreza afecta de manera negativa el nivel de felicidad“. Maike Luhmann y Louise C. Hawkley investigaron sobre la soledad y descubrieron, curiosamente, que los ingresos elevados parecen ser un factor de protección: cuanto más altos son, menos probable es que se sienta sola. Sin embargo, esta correlación es especialmente fuerte en la edad adulta media: el dinero es más importante en esta fase que en la edad adulta temprana o tardía. La situación profesional también es decisiva en la edad adulta. Tener un buen trabajo protege contra la soledad en esta fase de la vida. Es, por último, sumamente interesante que en un estudio de Elizabeth Dunn y colaboradores (2008), las personas que gastan más dinero en otros se sienten más felices, lo cual señala que todas esas preocupaciones monetarias no tienen por qué ser vistas como egoístas.

Por esto digo que el dinero es un símbolo que puede apuntar a la seguridad, la capacidad de disfrute o la posibilidad de ayudar, entre los principales. Como vemos, ninguno de estos conceptos es necesariamente materialista. Veamos: si una persona no tiene los recursos económicos que le hacen falta para poder ahorrar, es difícil que se dé un “gustito” o piense en guardar algo para el futuro. Vive día a día, con lo cual no tiene una seguridad financiera. Vive para trabajar, en lugar de trabajar para vivir. En esto recuerdo uno de los primeros grafitis en las paredes de Quito (de alguien que firmaba con un triángulo): “no pierda su vida ganándosela”. O sea, siguiendo a Maslow, el individuo que centra su preocupación en el sustento diario, en poder tener para comer, vestirse y tener un lugar donde vivir, difícilmente podrá ver el dinero como algo secundario y sin tanta importancia. El dinero es un símbolo de sus necesidades básicas, de su seguridad más fundamental.

En otras realidades, la gente que tiene cubiertas todas sus requerimientos de base, pero no los afectivos, podría usar el dinero como símbolo de atractivo. El conocido “billetera mata galán”. Ya que se siente inseguro de su propio valor, de que sea amable (en el sentido de que es capaz de ser amado), busca llenar ese vacío pagando cosas: regalos, invitaciones, etc. Esto suele ocurrir más con los hombres, pues lo que busca la mujer desde la época de las cavernas es seguridad, mientras la mujer le resulta atractiva al hombre porque puede ser una buena madre. Es algo que se da a nivel inconsciente, lo cual en realidad se contrapone a la idea de que los hombres feos, flacos, pequeños y desgarbados, se quedarán solos a menos que “compren” el cariño de alguien. Esto, pues la mujer no busca hombres guapos (ni fuertes y altos) por un ideal simplemente exterior: reflejan seguridad. Es por esto que un hombre que confía en sí mismo, por más pobre o poco agraciado que sea, resulta más atractivo que un galán de telenovela que titubea al acercarse a una dama. Por eso el dinero brinda tanto magnetismo para algunas personas: porque es -otra vez- un símbolo de seguridad.

Por último, si una persona tiene lo que hace falta para cubrir sus necesidades fundamentales y cuenta con relaciones afectivas sólidas, es probable que busque tener dinero para alcanzar su autorrealización. De ahí viene la intención del ahorro, pagar educación y formación, brindarle un futuro firme a su familia e incluso hacer el bien a los demás. El dinero se transforma en un símbolo de trascendencia. El amor de los otros lo tiene más o menos seguro, pero lo quiere devolver con un legado que vaya más allá de la propia vida. Ya que el ser tiende a Dios, y por tanto al infinito, sabe que su herencia no se termina en sí mismo sino en los demás, más allá del tiempo. Y a eso se ve empujado. El elemento económico entonces cobra valor conforme a su origen etimológico: pone orden en la casa. La persona, en consecuencia, administra sus recursos de la mejor manera no únicamente para cubrir lo más básico, sino incluso se puede privar de algunos gustos y placeres con la vista puesta en el futuro. El dinero es un símbolo de seguridad en el porvenir.

En realidad, la seguridad siempre es un elemento incompleto en nuestras vidas. Pongo un ejemplo práctico: si instalo una alarma en mi casa, la probabilidad de que entre un ladrón y se lleve todo es mucho menor, pero no es completa. Puede llegar un experto en alarmas que sepa cómo desactivarla, forzar la entrada y evadir todas mis protecciones. Así que estoy alejando al ladrón común, pero no puedo tener una seguridad absoluta de que nadie me va a robar nunca. Incluso, podría ser que en un día x se me olvidó dejar activadas las alarmas y aprovecharon para sacarme todo. El punto es que no hay seguridad completa, y eso se da en cada aspecto de nuestra existencia. Entonces, por más dinero que tengamos, no estamos exentos de accidentes, enfermedades, sufrimiento y dolor físico y emocional. Los ahorros pueden quedarse cortos el momento de una catástrofe, y serían inservibles si morimos en un choque. La vida misma es incierta y el futuro resulta desconocido.

Debemos valorar al dinero por lo que obtenemos de él, pero no permitamos que nos controle a través de esos símbolos inconscientes. El mensaje de Cristo fue siempre ese y no deberíamos apartarnos de él si queremos una vida plena y con sentido. Porque el sentido de nuestras existencias está mucho más allá de lo que podemos obtener con dinero, aunque es evidente que ayuda. Es lógico pensar que si no hay plata, no podré educarme, ni conseguir un trabajo, ni ganar lo suficiente para vivir con dignidad. Pero hay caminos, siempre y cuando seamos apasionados y perseverantes. Si las aves y los lirios del campo tienen lo que necesitan sin preocuparse, ¿por qué nosotros lo hacemos? Amor es la clave.

A través del amor, el dinero puede ser un símbolo del bien, la verdad y la belleza que deseamos para nosotros y los demás.

Foto por Nattanan Kanchanaprat en Pixabay

¿Todavía estás ahí?

El otro día leí el tuit de una persona que denunciaba el sistema de salud de España por lo mal que fue atendida. Eso no sería muy extraño si no fuera porque luego respondieron al mensaje contando que se había suicidado por culpa de la falta de acompañamiento y los malos diagnósticos. Ángela dejó programadas algunas publicaciones ahondando en el tema, y todo esto ha causado un revuelo que -ojalá- esperamos que ayude a visibilizar el problema, no solo en su país, sino en el mundo entero. Uno de los comentarios a todos esos mensajes fue el que da nombre a este artículo. Recuerdo entonces la canción de Charly García, Viernes 3 a.m., y pienso que el problema del suicidio es que se lo entiende muy poco, y que muchas veces nos damos cuenta del peligro cuando ya es demasiado tarde y ya no hay nadie ahí a quién ayudar.

Es alarmante pensar que, según los últimos datos con los que contamos, cada año alrededor de 800.000 personas se quitan la vida. Por hacer una relación, es como que un año desapareciera la población de Ámsterdam, al siguiente la de San Miguel de Tucumán y al siguiente la de Valencia. Más preocupante aún es el hecho de que la cifra va en aumento. Peor si tomamos en cuenta que es una de las principales causas de muerte en muchos países. En Ecuador, por ejemplo, el número de asesinatos está casi a la par que el número de suicidios. Casi en todo el mundo, hay una mayor tasa de suicidios en hombres que en mujeres.

Según los distintos estudios, el suicidio es un tema multifactorial, y por tanto debe ser abordado desde muchos puntos de vista. Tenemos los aspectos fisiológicos (la química cerebral), psicoafectivos (trastornos de la personalidad y anímicos), sociales (falta de redes de apoyo y presiones externas) y espirituales (ausencia de contacto con la trascendencia). Desde mi punto de vista basado en la psicología humanista sustentada en una antropología personalista cristiana, considero que se deben tomar en cuenta todos los elementos juntos, pues como dice Perls el hombre es más que la suma de sus partes. Es muy importante, en este aspecto, asumir la visión de Viktor Frankl en cuanto al sentido último de la vida: “Yo sólo puedo ser plenamente hombre y realizar mi individualidad en la medida en que me trasciendo a mí mismo de cara a algo o alguien que está en el mundo”. Un tópico que es fundamental cuando lo encajamos en la pirámide de necesidades de Maslow, en cuanto a que si alguno de los escalones falla, la cúspide ocupada por la tendencia a la autorrealización no se puede sostener.

En esta simplificación excesiva, que uso para poder abarcar algo que es difícil agotar en un artículo, es evidente que no deberíamos pasar por alto ningún elemento cuando juzgamos el acto suicida. Lo digo porque suele ocurrir que la gente, al escuchar sobre un intento de suicidio, califica al individuo de débil, cobarde, falto de inteligencia y alejado de Dios. No entienden cómo alguien se puede matar porque la novia le dejó o se quedó en la bancarrota. O, peor aún, sin razón aparente. Yo he conocido muy de cerca a muchas personas que han intentado ponerle fin a su vida, y puedo decir que ninguna de esas razones son remotamente válidas. Una que sí es capaz de ajustarse a casi todos los casos es el vacío existencial: la vida no tiene sentido. Y deberían decir: “mi vida no tiene sentido”. Una frase que -pienso- casi todos los seres humanos hemos pensado en algún momento. ¿Qué hace que esta idea se lleve al acto en ciertos casos y no siempre? ¿Por qué unos individuos llegan a término y otros fracasan en el intento? ¿Se puede ayudar a estas personas?

Considero que lo primero es el acercamiento, la conexión, el encuentro. Algo que señalan casi siempre los suicidas es que se sienten solos, incomprendidos, excluidos, marginados. No únicamente por una pareja o un profesional de la salud, sino por el entorno entero. Si bien en ocasiones tiene que ver con lo económico, no siempre es así, como se puede ver en las estadísticas. Por esto, ese acercamiento no debería estar relacionado con ayuda profesional de manera exclusiva y excluyente. Obvio, como psicólogo estoy consciente de la importancia de un sistema de salud en estos cuadros. Sin embargo, lo que más necesita una persona con ideaciones suicidas es alguien que le escuche, que le comprenda, que le acoja. Y ese alguien se lo busca en los más cercanos, que muchas veces son los más lejanos. Por esto, el suicidio es un tema individual que no deja de ser social. Nos construimos en el grupo humano, nunca fuera.

Conviene, antes de seguir, comprender que existirían cuatro fases en el suicidio:

  1. Ideaciones suicidas: pensamientos sobre quitarse la vida. Pueden abarcar un espectro amplio entre sentir que la vida “es muy pesada y no vale la pena”, hasta tener una imagen muy clara y planificada de cómo “terminar con el sufrimiento”.
  2. Autoagresión: también llamada autolisis, es una forma de hacerse daño sin llegar a atentar contra la vida. Suelen ser maneras de liberar la tensión que produce la frustración ante las decepciones, para evitar llegar a la muerte.
  3. Actos suicidas: intentos de terminar con la propia vida. Muchas veces terminan siendo llamados de atención inconscientes hacia sí mismos o hacia otras personas, pero que ponen en real riesgo la integridad del sujeto.
  4. Suicidio consumado: el intento de matarse ha tenido éxito. Si bien no podemos conocer cuándo el individuo realmente quería poner fin a sus días o cuándo se le fue de la mano, es evidente que el peligro ante las señales no debe ser pasado por alto.

Frecuentemente, la serotonina está detrás de todos los procesos autolesivos, porque es la sustancia responsable de modular los estados de ánimo. No pocas veces sin razón aparente, otras muchas como respuesta a un episodio puntual o un estado más prolongado dentro de la vida de la persona. O sea, a veces el individuo no ha vivido un evento especialmente doloroso o traumático, aunque en otras sí ha tenido uno o incluso siente que es una situación permanente. El primer caso parece ser el que más se pasa por alto: es un sujeto en apariencia tranquilo y alegre, sin mayores retos en su día a día y que no ha experimentado ningún sufrimiento grave y evidente. Y sin embargo, como dice el dicho, la procesión va por dentro. Es aquí donde la cercanía es tan importante cuando alguna alarma se prende.

¿Qué hacer si alguien de tu entorno evidencia ideas o conductas autolesivas? Algunas pautas:

Atención

No des por hecho que lo dice por decir, nada más. Ignorar o minimizar lo que siente la persona puede empeorar el cuadro, y ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Escucha

Muchas veces lo que necesita el sujeto es tener alguien con quien hablar sin sentirse juzgado ni objeto de burla. El solo hecho de poder sacar lo que tiene en su pecho puede resultar liberador e incluso darle perspectiva sobre sus emociones y pensamientos.

Contención

Las emociones llegan ser un caudal sin fin y sin control si lo permitimos. Somos capaces de darle un cauce a esas ideas si les ayudamos a verlas sin el peso que les da su estado anímico. Tal vez ahí esté el secreto para distinguir entre un pensamiento temporal y una verdadera intención de quitarse la vida.

Apoyo

No solo hacerle saber que cuenta contigo, sino con toda una red de personas que lo aman. Conectarse con ellos, poder sentirse amparado por gente que se preocupa por su bienestar, más allá de cualquier diferencia, es básico para darle el soporte que necesita para sobrellevar sus bajones anímicos. Es útil poder fomentar el encuentro con la familia, los amigos, grupos de apoyo y comunidades de pertenencia (sociales, religiosas, etc.).

Paradoja

Frankl habla de la intención paradójica, que es una especie de término medio entre las reacciones instintivas de ataque o huida. Se trata de aceptar y acoger, y muchas veces ese objetivo se logra con el humor; quien sabe reírse de sus problemas consigue restarles drama y puede manejarlos de forma más fácil. Eso sí, nosotros no debemos reírnos del problema del otro porque sería irrespetarlo, pero sí motivar esa visión.

Enfoque

Hay que cambiar el foco desde lo que no se tiene a lo que sí se tiene: las fortalezas, las relaciones de apoyo, los sueños. Es lógico que la persona lo perciba todo gris si lo primero que ve delante son sus vacíos; poder enseñarle el cuadro completo y luego cambiar el enfoque hacia la luz es crucial para encontrar el sentido.

Ayuda

Lo más importante de todo es lograr que el sujeto encuentre la necesidad de buscar ayuda para manejar aquello que lo está sobrepasando. Primeramente, entender que la parte neurológica tiene que ser cuidada, como el hardware sobre el cual corre el software de los pensamientos y sentimientos. Luego, poder encontrar la guía psicológica e incluso espiritual que logre fortalecer las raíces y sustentar los sueños que permiten hallar un sentido de vida propio y sostenible en el tiempo. Un ikigai.

El artículo ha resultado largo, pero es más bien corto frente a la complejidad del problema del suicidio. Como profesionales de la salud, nuestra labor es poder comprender esa variedad de elementos que intervienen, y ser capaces así de acompañar al sujeto en lo que corresponde. Nada está perdido si actuamos con amor, fe y esperanza en que el trabajo lo hacemos en el aquí y el ahora de cada individuo, y que solo el encuentro personal nos permite lograrlo.

Con amor, ayudaremos a que sigan aquí.

Ikigai

¿Qué hace que, en condiciones normales, queramos levantarnos cada mañana? Porque, si estamos muy abatidos por el dolor o el cansancio, es muy probable que no tengamos ganas de hacerlo. Y precisamente en estos dos estados de ánimo descubrimos esa chispa que motiva nuestro día a día. Pienso en el tema de Víctor Heredia donde canta: “solo me hace falta que estés aquí con tus ojos claros / ¡ay!, fogata de amor y guía / razón de vivir mi vida”. En resumen, hay algo por lo cual vencemos todo obstáculo físico, mental o espiritual, una razón de vivir. Algo que los japoneses llaman ikigai.

El término ‘ikigai‘ (生き甲斐) comprende dos palabras japonesas: ‘iki‘ (生 き) que significa ‘vida, vivo’ y ‘kai‘ (pronunciado como ‘gai‘, 甲 斐) que significa ‘efecto, resultado, fruto, valor, uso, beneficio, provecho’. Es decir, una razón para estar vivo, un significado para la vida, algo que hace que valga la pena vivir, una razón de ser. De todas formas, si estamos usando aquí este concepto es porque es mucho más amplio que lo anterior. Según el antropólogo Chikako Ozawa-de Silva, para una generación mayor en Japón, su ikigai debía “ajustarse al molde estándar de empresa y familia”, mientras que la generación más joven informó que su ikigai se trataba de “sueños de lo que podrían llegar a ser en el futuro”. Es una idea que remite no solo a la ocupación o la profesión, sino también a la misión que tenemos en la vida, a la vocación, al sentido mismo, todo junto. No se queda en el simple propósito, que puede ser un llamado que viene de afuera (“usted nació para ser médico”), que los japoneses llaman shimei. Es un sentido vital interno que no es individual, sino que juega un papel dentro del grupo humano y la sociedad. Es encontrar lo que amamos a partir de amarnos nosotros mismos.

Héctor López, ingeniero residente en Japón, y Francesc Miralles, periodista, hicieron una investigación en Okinawa, el lugar con la mayor población de centenarios del mundo, para averiguar de dónde venía sus ganas de vivir. La respuesta solía ser ikigai. Ellos fluyen (recordamos a Csíkszentmihályi) con lo que hacen y en ello son felices. Y no podemos evitar pensar en el sentido último de la vida que estudió Frankl, a través de la autorrealización de los psicólogos humanistas. Temas que se han tratado en este blog, y que se contienen en el artículo sobre la psicología positiva, donde hablaba acerca del PERMA de Seligman para el bienestar. Algo similar al modelo de bienestar psicológico desarrollado por la psicóloga Carol Ryff, formado por seis dimensiones: autoaceptación, relaciones positivas, propósito en la vida, crecimiento personal, autonomía y dominio del entorno. Según Michael Steger, psicólogo fundador y director del Center for Meaning and Purpose (Centro de Sentido y Propósito), encontramos nuestro sentido de vida cuando entendemos el significado que tiene lo que hacemos al relacionarlo con un objetivo al cual apunta nuestra existencia. Yokoi Kenji Díaz señala que la diferencia entre shimei e ikigai está en que el primero es una realización personal hacia afuera, el segundo proviene de encontrar lo que yo soy; es la unión de trabajo y amor.

A veces nos pasa que no podemos culminar una tarea (o ni siquiera la iniciamos) porque no le vemos objeto. Como es así, tampoco entendemos por dónde comenzar ni cómo realizarla. La procrastinación (posponer las tareas) muchas veces tiene que ver con esta ausencia de finalidad: ya que no sé para qué hago esto, tampoco sé de qué manera debo hacerlo y no me animo a iniciar. Lo que vemos en una pequeña labor, puede verse también en lo más grande, en la vida misma. Si no he podido encontrar el sentido de mi existencia, todos los caminos que tome serán largos y tortuosos, y esperaré hallar situaciones placenteras para poder sentir que soy feliz. Al no ser la vida un campo de rosas, pensaré que soy miserable y que nada vale para nada. Si no tengo claro a dónde voy, difícil poder llegar.

El ikigai es una fuerza interior que me permite tomar las riendas de mi vida. Encuentro mi vocación-misión y la llevo a la acción, impulsado por el amor, partiendo del conocimiento de mí mismo, mis capacidades y debilidades. Y esa es mi ruta, la de nadie más, y por ello solo yo puedo descubrirla y andarla. Le doy valor a todo lo que hallo en este viaje, lo malo y lo bueno, lo feo y lo bonito, lo falso y lo verdadero. Porque lo negativo resulta un obstáculo que me permite aprender y fortalecerme, e incluso ver más claramente mis debilidades y habilidades. El ikigai, en consecuencia, no me viene dado, lo voy construyendo y lo voy descubriendo. Y me sostiene en el día a día, y lo mantengo en el tiempo.

Hablaba con un cliente que me contaba de una pelea que tuvo con su novia, donde pensó haber conocido un lado de ella que no sospechaba. Uno muy desagradable para él. Pasados los días (y algunas discusiones) fue dándose cuenta de que esas espinas no invalidaban la rosa ni el esfuerzo y el tiempo gastados en ella. En esto pienso siempre en el Principito. ¿Por qué? Porque esa pelea les permitió observarse a sí mismos desde adentro y poder mostrar ese aspecto también al otro. Lograr comprender esto dentro de un propósito como pareja y del sentido vital de cada uno consiguió que esa pelea -incluso- tenga un valor positivo detrás del dolor causado. Visualizar la relación en sus claroscuros también les dio el regalo de un nuevo impulso como pareja. Es lo que se logra cuando lo que hacemos y lo que nos pasa son piezas que encajan dentro de nuestra razón de vivir.

La felicidad, ya se ha dicho, no es un estado sino un descubrimiento. Me voy sintiendo feliz conforme me encuentro a mí mismo y al sentido de mi vida. Entonces, mi vocación me llama a varias cosas: a formar una familia, a seguir una carrera, a ayudar al prójimo, a practicar algún deporte… Son cosas en las cuales soy bueno y me gusta hacer, me hacen sentir un aporte en los distintos grupos humanos a los que pertenezco y que además me dan un sustento. Entonces, no bajo los brazos ante las derrotas, sino que me vuelvo a poner de pie, me sacudo el polvo y regreso al camino. El ikigai está en las pequeñas y en las grandes cosas que me hacen sentir vivo y que estoy en la vía a ser lo que puedo ser. Y ese ser es el que el Creador mismo ha sembrado en mí.

Todo está en descubrir ese ikigai.

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Expectativa y esperanza

¡Cuántas veces habremos oído o dicho la frase “ya no sé qué esperar”? Tal vez, un par, tal vez millones. El punto es que hay alguien o algo que nunca cambia, que deseamos que no siga molestándonos, incomodándonos, haciéndonos daño. Tenemos las expectativas muy altas, pero hemos perdido la esperanza. Creo que esta idea retrata de cuerpo entero la diferencia entre estos dos conceptos y ahora quiero hablar acerca del saludable equilibrio que pueden tener ambas. Hago la analogía también con el conocidísimo bolero de Osvaldo Farrés, Quizás, quizás, quizás, que compuso al oír que los pretendientes de su hermana la invitaban a bailar y ella siempre respondía con dicho sonsonete. Una muestra de que la esperanza es lo último que se pierde, aunque las expectativas puedan ser nulas.

Al hacer historia de estas palabras, notamos la esencia de su diferencia y a la vez aquello que las conecta. Esperanza viene del latín sperare, y este de spes, relacionada con una raíz protoindoeuropea (*spe-) que quiere decir expandirse, tener éxito. De aquí, como podemos notar, viene también la palabra esperar. En consecuencia, la idea apunta a procurar que algo tenga éxito (lo que esperamos). Por esto, en el Diccionario de la Lengua Española vemos su significado: estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. Si lo relacionamos con la definición teológica (“virtud teologal por la que se espera que Dios otorgue los bienes que ha prometido”) nos encontramos con una espera relacionada con la confianza. Mientras tanto, el origen del término expectativa está en el latín exspectare, de ex– (hacia afuera) y spectare (mirar con cuidado), por esto relacionada con espectador. Es, por consiguiente, la espera relacionada con la observación. Tiene en el Diccionario dos acepciones: esperanza de realizar o conseguir algo y posibilidad razonable de que algo suceda. Vemos que en cuanto al significado pueden estar conectadas, e incluso resultar sinónimas, pero por sus etimologías buscamos darles sentidos distintos, aunque paralelos.

Ya he topado el tema de la esperanza en muchos artículos, sobre todo en cuanto a ver la vida con misterio y esperanza, y en particular en aquel que trata de la esperanza activa. Citábamos a Bloch cuando decía que la esperanza es la más humana de las emociones, y que nos sobrepasa al volverse colectiva. Nancy María Romero, psicóloga social, la dividió entre activa y pasiva. Recordábamos también la esperanza como la virtud infusa por la cual confiamos en alcanzar los medios para llegar a la vida eterna. Rollo May nos hablaba de cómo la esperanza influye al interpretar nuestras experiencias y valorarlas. Subrayamos el hecho de que el amor lo espera todo, como canta el himno de san Pablo. En cuanto a la expectativa, aunque he escrito mucho menos, también le dediqué el artículo sobre la diferencia entre el yo ideal y el real. Y en este el punto más importante es que la discrepancia entre expectativa y realidad puede originar un fuerte conflicto interior.

Comprendemos, entonces, que la expectativa proviene de esperar algo que juzgamos posible por experiencias previas. Tenemos expectativas de que Lionel Messi haga un gol porque lo hemos visto hacer muchos y de maneras increíbles. Si no lo hace en un determinado momento (partido), nuestras expectativas pueden bajar un poco, pero vuelven a subir si en el siguiente lo marca. Nuestras expectativas, mientras tanto, acerca de que el arquero Alexander Domínguez haga un gol son casi inexistentes pues no le hemos visto marcar ninguno, y si lo hace diremos que superó nuestras expectativas. Vamos construyendo expectativas sobre las personas y las cosas a lo largo de nuestra vida, y las moldeamos conforme a lo que “espectamos”.

Comprendemos, entonces, que la esperanza proviene de esperar algo que juzgamos posible porque confiamos en alguien. De ahí la virtud teologal: confiamos en que Dios nos dé los medios necesarios para alcanzar la Gloria Eterna, y confiamos en nosotros para poder hacer uso de dichos medios. Confiamos en Messi para ganar el campeonato, aunque en realidad termine sin intervenir demasiado. Vamos construyendo nuestras esperanzas en las personas que conocemos a lo largo de nuestra vida, y las alimentamos o las desechamos si dichas personas hacen cosas que nos agradan o nos decepcionan. En resumen, expectativa y esperanza pueden resultar sentimientos complementarios que nos ayuden a darle sentido a nuestras relaciones y nuestros actos.

El problema con la expectativa y la esperanza está cuando no están ordenadas. Cuando la expectativa se cimienta en apreciaciones erradas o en creencias sin sustento. Cuando la esperanza no se fundamenta en lo que realmente podemos esperar sino en lo que quisiéramos que suceda. Cuando la esperanza es pasiva o la expectativa es demasiado alta. Cuando están totalmente divorciadas o se confunden en una sola. Cuando, en suma, no sabemos si lo que esperamos es factible y viable o si es un juego de nuestra imaginación apuntalado por narrativas fantásticas de otros.

Aquí podríamos hablar horas, pero quiero graficar con un ejemplo. Una chica comienza la relación con un chico y le molesta que él observe demasiado fijamente a otras mujeres. Cuando ella le reclama, él dice que no hace nada malo, “se puede mirar el menú sin pedir los platos”. Ella piensa: “mientras más se enamore de mí, menos necesitará ver a otras”. ¡¡¡ERROR!!! Es una expectativa demasiado alta: él no va a cambiar si ni siquiera tiene intención de hacerlo. Pasan los años, y él ha pasado de la simple ojeada al coqueteo descarado, y ella ha tenido peleas muy fuertes donde él se justifica diciendo que no puede evitar ser tan encantador. Ella considera que con el tiempo ella le va a hacer dar cuenta de lo mucho que le hieren esos flirteos. ¡¡¡ERROR!!! Es una esperanza basada en la confianza desmedida en las propias capacidades de convicción y en el interés del otro en buscar el bien de ella. Tiempo después él le ha sido infiel varias veces, y ella piensa que es su culpa porque no le ha hecho sentir amado y considera que debe esforzarse más en serle atractiva. ¡¡¡ERROR!!! Una falsa esperanza surge de echarse toda la responsabilidad de la relación sobre los hombros. Igual, existe una expectativa irreal de que las parejas funcionan porque hay más escenas románticas (como se ve en las películas).

El secreto de la felicidad pasa por ver el futuro con misterio y esperanza y en tener expectativas realistas sobre las situaciones y las relaciones. No podemos construir una relación sobre suposiciones y malos entendidos, que generan expectativas demasiado altas y falsas esperanzas. Debemos hacerlo sobre la obediencia a la realidad, encontrándome con el otro para llegar a conocerlo y amarlo con todas sus caras, las bonitas y las feas. Y edificando una esperanza que nace de lo que somos capaces de trabajar nosotros, pero también en lo que podemos esperar en el otro, creando expectativas que se ajusten a lo que él nos ha mostrado. Solo entonces podemos vivir el misterio del día a día con todos los retos que implican conectarnos con los demás a través del amor.

Y solo entonces esperaremos lo que es verdaderamente posible.

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Mala gente

Hay ocasiones en las que podemos colgar el cartelito de “incoherente” a una persona porque llama “mala gente” a otra por algo que ella mismo hace. Y quizás colguemos ese cartelito que podríamos ponernos nosotros también. “¡Es un conductor estúpido!, ¿no se da cuenta de que trato de cruzar con mi bici porque estoy apurado?”, “¡peatón ignorante!, ¿por qué no espera al semáforo?”. Es probable que hayas oído (o incluso dicho) frases similares casi una después de otra. ¿Cierto? La primera disculpa de saltarse la luz roja por la urgencia y porque se debe respetar al ciclista; la segunda permite juzgar al otro como un inconsciente que no obedece las leyes. Los hechos se parecen mucho, si bien ellos son malos tipos y tú tienes una excusa. Cuando lo explico mejor, no sería raro que no te sientas reflejado pues parece ser que alguien que actúa así no es tan bueno. O no quieras sentirte reflejado. ¿Por qué pasa esto?

Cuando analizaba el dicho de que obras son amores, mencioné el sesgo de correspondencia, más conocido como error de atribución. Lee Ross, psicólogo social, consideraba que todos somos “psicólogos intuitivos”, intentando explicar nuestros actos y los de los demás para poder enfrentarnos a un mundo demasiado complejo. Así, Ross definía el error fundamental de atribución como “la tendencia de las personas a subestimar el impacto de factores situacionales y a sobreestimar el rol de factores disposicionales en el control de la conducta”. Es decir, tendemos a pensar que las personas hacen las cosas porque “son así”, y no por las circunstancias que pasan. Ross señala que esto ocurre debido a que el actor es más notable que el ambiente: si vemos a alguien pasando el semáforo en rojo, distinguimos a ese alguien aunque no sepamos por qué lo hace. Esto no deja de tener un elemento cultural, como ha estudiado Bertram Gawronski, otro psicólogo social, al ver que una cultura más colectivista como la japonesa atribuye menos los actos al individuo que a la situación. Y todo esto termina estando relacionado con el locus del control, del cual ya hablé en las publicaciones sobre las máquinas simples en psicología.

Dentro de las múltiples investigaciones que han analizado aspectos de este fenómeno, hay uno que me interesa en particular: el experimento clásico de Milgram. En 1963 Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale, publicó su «Estudio del comportamiento de la obediencia». En él se hizo creer a los participantes que estaban ayudando a un experimento no relacionado, en el que tenían que administrar descargas eléctricas a un “aprendiz” cuando este se equivocaba. Estas falsas descargas aumentaban de forma gradual a niveles que habrían sido fatales si hubieran sido reales. El experimento encontró, de manera inesperada, que una proporción muy alta de sujetos obedecería las instrucciones al pie de la letra. ¿Se trataba de sádicos que disfrutaban con el dolor supuestamente infligido o solo seguían órdenes?

Traigo a colación este ejemplo porque es muy probable que estés pensando que, si hubieras participado en ese experimento, te habrías detenido y protestado en cuanto vieras el sufrimiento del “aprendiz”. Lamento desilusionarte, pero es muy posible que no lo hubieras hecho. La idea de este experimento surgió de la necesidad de investigar si el argumento de la “orden superior” que se esgrimió en muchos juicios sobre crímenes de guerra nazis era válido. Más allá de cada caso particular, por lo estudiado está visto que sí podría utilizarse dicho argumento. Es por esto que cuando “condenamos” a alguien por los actos que cometen, por atroces que sean, podemos estar equivocándonos.

El sesgo de correspondencia, como vemos, nos ciega ante las circunstancias. Pensamos que alguien que hace daño es una mala persona, no hay vueltas que darle. Sin embargo, cuando nosotros causamos dolor tenemos mil excusas para demostrar que, aunque seamos buenos, terminamos equivocándonos sin quererlo. Esto funciona también en el sentido positivo: tendemos a calificar de manera favorable a una persona que ha realizado algo bueno, aunque lo haya hecho sin mucho interés y hasta obligado. Un ejemplo frecuente es el de ciertos “filántropos” que crean y mantienen fundaciones de ayuda al necesitado: los consideramos admirables, aunque en el fondo su único interés sea reducir sus impuestos. A la final, un acto nos puede llevar a juzgar al individuo que lo efectúa.

Yo considero que no existen, por esto, buenas ni malas personas. Y aquí recuerdo a Jesús cuando decía “nadie es bueno sino solo Dios”. ¿Podemos llamarnos buenos o malos por nuestras obras? Es seguro que hay personas que hacen muchas cosas buenas o algunas pero muy buenas, y en contraste quienes hacen muchas malas o algunas muy malas. Sin embargo, en general, todos nos consideramos buenas personas aun cuando tenemos aciertos y cometemos errores, casi “miti-miti” (50-50). ¿Podemos realmente ser tan tajantes en nuestros juicios? Por ello, yo digo que, ya que somos imagen de Dios herida por el pecado, somos capaces de actos maravillosos o terribles. Y no podemos andar poniendo etiquetas de buenos y malos por ahí. El error de atribución fundamental está presente si lo hacemos.

En lugar de calificar a las personas de buenos o malos por hechos concretos, aprendamos a mirarlos en sus contextos y sus capacidades, en sus potencialidades evidentes e intenciones expresas. Más allá de ese reconocimiento, poco podemos saber. Mirémonos como Dios mismo nos ve, Él que entiende que no somos perfectos. Comprendamos que somos libres, pero también sujetos a circunstancias que no siempre nos permiten actuar como quisiéramos. Esto nos quita un gran peso de encima, y nos faculta también para prescindir de la excusa. Amemos, encontrémonos, conozcamos. De ahí en más, las relaciones se vuelven más humanas y más reales.

Miremos con los ojos del amor, no con los ojos del prejuicio.

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No me ames tanto

Medio en serio, medio en broma, solemos decir (o pensar) esta frase cuando alguien nos dice que hace algo que nos duele porque nos ama. El también bastante escuchado “te pego porque te quiero”. Me resuenan las palabras de La Ley en su canción El duelo: “ese instinto taurino de tu ser / me obligó a azotarte / tiernamente”. Si bien el tema trata más bien sobre sadomasoquismo, podemos entender que detrás del daño que el uno le hace al otro hay amor. Retorcido, pero amor al fin. Justamente quiero hablar de estas formas de expresar amor que terminan siendo poco o nada amorosas, pues llegan a través de la violencia y el abuso. Algo de esto ya topé cuando analizaba la mente del abusador. Veamos.

En la película Luz de gas (1944) de George Cukor (basada en la obra de teatro de Patrick Hamilton), una mujer interpretada por Ingrid Bergman pretende ser convencida por su marido (Charles Boyer) de que se está volviendo loca. A partir de la década de los 70 del siglo pasado, dicha estrategia de manipulación de la realidad del otro se ha comenzado a llamar ‘gaslighting (luz de gas) por esta cinta. Ya en 1980 aparecieron artículos académicos que señalaban que la necesidad de establecer vínculos de pareja por parte de las mujeres las vuelve más vulnerables a la explotación de su apego, la luz de gas. “Es posible que el encendedor [el que usa esta técnica] ni siquiera sepa que está haciendo algo estratégico o manipulador“, nos dice la doctora Robin Stern, quien ha escrito un excelente libro sobre el tema. Por otra parte, Juan Luis Linares nos recuerda la teoría del doble vínculo, surgida en la escuela de Palo Alto, que nos habla de una comunicación con dos mensajes simultáneos y contradictorios, normalmente uno verbal y otro factual (con los actos), el uno al servicio del contenido (cognitivo) y otro al servicio de la relación (emocional). Y señala que, ahí donde la respuesta instintiva sería la huida ante la paradoja, el ser humano puede metacomunicar; es decir, hablar de qué y cómo estamos comunicando. Pero no siempre podemos tomar ninguna de las dos opciones: es el caso de un niño. El doble vínculo suele surgir cuando esta comunicación paradójica y de imposible respuesta se da en una relación de dependencia que vuelve trascendental la interacción. Como la de padres e hijos o entre los esposos.

La luz de gas en la mente de Ingrid Bergman

¿Cómo puede un padre que daría la vida por su hijo infligirle tanto daño como para causarles traumas (heridas) de por vida? Y sin embargo, es lo que hacemos casi todos los papás, como ya hablé en el artículo del día del padre. ¿Cómo mi mamá que me decía que me amaba me partía a palos por cualquier pequeñez? ¿O me hacía sentir que no servía para nada? Lo que puede pensar el adulto que revive esos momentos es que su madre en realidad no lo amaba. Mentía. El mensaje verbal del tipo “esto me duele más que a ti” o “lo hago por tu bien” se recibe junto con el dolor causado por la violencia física o emocional. El niño no puede huir ni tratar de entender por qué tiene que comprender que su mamá lo ama aunque en los hechos le esté lastimando. La paradoja se instaura pues la relación madre-hijo es una de las más trascendentes en la vida de una persona, y la mayor en los primeros años. Las heridas que quedan son muy grandes y difíciles de superar. A veces, imposibles.

Un individuo que ha crecido en una relación con un doble vínculo como el relatado tenderá a repetirlo en su vida de adulto. O siendo el actor (agresor) o el receptor (víctima). Es probable que en ninguno de los dos casos se dé cuenta de lo que está pasando: es una respuesta natural para su cerebro. Esta dinámica puede conducir a la luz de gas: no logro manejar que el otro no actúe como yo espero o tolere mis errores y busco (a nivel inconsciente) hacerle sentir mal por eso. Que le duela, así aprende. La letra con sangre entra. Hemos confundido el diálogo benevolente con la lucha de poder. Y, como subraya el mismo Linares, es una dinámica circular: el efecto se convierte en causa. Al ser maltratado, me siento insuficiente y sigo siendo una frustrante decepción para los demás, que vuelven a hacerme daño, a ver si así me enderezo. Y así al infinito.

Crecemos en relaciones de doble vínculo y terminamos rodeándonos de ellas. ¿Qué hacer?

1. Darnos cuenta.

Si somos víctimas o victimarios, el primer paso es identificar el problema: ¿siento tanto miedo de la reacción a mis errores que tengo que inventar historias para taparlos? Como el niño que esconde el jarrón roto para que no lo castiguen y termina diciendo que ahí nunca hubo un jarrón. ¿Me han repetido tanto que estoy loca, que invento cosas, que ahora me lo estoy creyendo? El clásico “no es lo que piensas”. Date cuenta.

2. Confía en tu percepción.

Es cierto, a veces existen distorsiones por razones concretas, como el daltónico no puede ver correctamente el color verde. Pero si le han dicho que ese color es verde y viene alguien a decirle que no invente, que es amarillo, debería dudar. Con más razón si ha sido capaz de dejar de lado las distorsiones. Piensa en qué es verdad conforme a la evidencia y, si no estás seguro, pide una opinión imparcial.

3. Anular las luchas de poder.

En las relaciones, no se trata de quién tiene la razón, sino de encontrar la solución a los problemas. Incluso en una relación jerárquica como padre-hijo, no puede existir el afán de salirse con la suya. Mi pequeño ocultó el jarrón porque me tiene miedo, ¿no debería eso cuestionarme sobre mis estrategias pedagógicas? Quizás ambos nos equivocamos.

4. Metacomunicación.

Si ambos lados de la relación pueden expresar lo que sienten, no solo con lo que está pasando sino con los mensajes que están recibiendo, los dos y la relación crecen y se fortalecen. Si soy capaz de decirle a mi esposa que me explique por qué me está gritando para señalarme algo que quiere que corrija, no solo podré hacerlo, sino que ese encuentro me acercará más a ella. Comprender es básico para ordenar el amor.

Ejemplo práctico:
Mi pareja se concentra únicamente en su teléfono mientras estamos juntos. Dos opciones:
a) Me levanto y me voy, porque ya sé que eso me molesta tanto que no puedo lidiar con la ira y podría destrozar todo o hacerle daño a ella. Ella se extraña, pero piensa que seguro salí al baño. Luego le escribo un mensaje contándole que me fui porque no aguanto su actitud. “¿Qué actitud?”, piensa ella. “Es un loco”, concluye. Y agarra sus cosas y se va.
b) Comienzo a pensar por qué me molesta tanto. Entiendo que ella dice que le gusta estar conmigo porque me ama, pero a la vez me ignora por completo. He puesto mucho esfuerzo en esta relación, y no es justo que sea lo que recibo a cambio. Le detallo todo esto, y le pido que me explique por qué se comporta así. Ella responde que no se había dado cuenta del daño que me causaba, y promete no volverlo a hacer, toma el aparato y lo guarda. Nos abrazamos felices.

Existen relaciones que pueden tener vínculos muy fuertes (el matrimonio, la paternidad) y sin embargo actuar de una manera contradictoria, haciendo sentir que tal vínculo es delicado o nulo. Cuando aprendemos a buscar entender al otro para tener un encuentro con él, estas distorsiones tienden a desaparecer. Los niños no son capaces de hacerlo, pero si nosotros se lo mostramos podrán lograrlo cuando crezcan. Tenemos no solo el derecho, sino la obligación de aceptar nuestras emociones y saberlas transmitir correctamente. En el ejemplo anterior lo que cambia en la segunda opción es la actitud de encuentro, de diálogo, sin distorsiones y sin luchas de poder. Si crecimos en climas doblevinculares, nos resulta difícil salir de la primera opción, simplemente porque no nos damos cuenta ni de por qué nos sentimos así, ni buscamos entender las razones ocultas en el mensaje paradójico de la otra persona. Pero si nuestra meta y nuestro camino es el amor, la luz llegará y propiciaremos el encuentro. Con nuestros hijos, nuestra pareja, nuestras familias y amigos. Con todos.

Ordenar el amor es el camino para sanar sus expresiones.

Foto por Flora Westbrook en Pexels