Saber improvisar

Antes que nada, conviene aclarar que el título no apunta a que seamos unos improvisados. Este último concepto se relaciona con las personas que, sin orden ni concierto, realizan sus tareas como les va saliendo. Porque la improvisación no es mala en sí, lo malo es este significado. Si entendemos en realidad lo que quiere decir improvisar, de cómo podemos tomar lo que tenemos, sobre la marcha, y hacer con eso algo valioso, entonces seremos capaces de enfrentar la incertidumbre diaria. Pues no se trata de tener todo controlado, sino de saber hacer limonada con los limones que nos caen del cielo. Como los músicos, usando el flow del que ya hablamos en otras ocasiones.

Etimológicamente, la palabra improvisar viene del latín, y significa “sin verlo antes”, relacionada con la locución “de improviso”. En origen, improviso es lo mismo que imprevisto. Por ello el Diccionario de la Lengua define esta acción como “hacer algo de pronto, sin estudio ni preparación”. Sin embargo, dicha definición se me antoja limitada. Me gusta más la que consta en la Enciclopedia Larousse de la Música: “acto de ejecutar una música a medida que se crea”. Por su parte, Arnold Schönberg citaba a Johann Sebastian Bach cuando decía que “la excelencia de una improvisación reside en su inspirada franqueza y sinceridad más que en su elaboración”. Y complementa la idea la soprano y directora Anne-Marie Deschamps-Stroh: “la improvisación se diferencia de la creación por su carácter instantáneo, efímero y por tanto más gratuito que la creación o que cualquier otro ejercicio”. Sin embargo, para mí, la característica clave la da el músico y pedagogo Émile Jaques-Dalcroze: “la improvisación cultivada como arte y como ciencia se apoya en todas las reglas de la armonía y la composición”.

Les cuento mi experiencia: hace ya bastantes lustros, cuando aún ni pensaba que tenía vocación de psicólogo, me dedicaba a mi otra vocación: la música. Entonces, seguí un curso de improvisación (en un par de niveles) con grandes maestros del medio. Y comprendí lo que era realmente improvisar. Fue un aprendizaje de vida, no únicamente musical. Primero, porque aunque este término nos lleva a los solos instrumentales de la música popular, está presente en toda la música de alguna forma. Tan es así, que hasta el siglo XVIII (el de Bach, Vivaldi y Mozart), el músico que no sabía improvisar (componer “ex tempore”) se consideraba un inútil. Segundo, pues esto lo podemos extender a toda arte escénica y -en suma- a cada hecho humano que requiere un ejecutante y un espectador. Por ejemplo, el discurso suele ser improvisado, a menos que se repita al pie de la letra algo previamente escrito. Al fin, improvisar es lo más parecido a hablar: aunque tengamos ideas y conocimientos anteriores sobre los temas, no preparamos lo que vamos a decir. De hecho, ya que esta capacidad de improvisar está en la base de la resolución de problemas, es natural que exista incluso una improvisación aplicada a muchos campos: mercadeo, comunicación, ingeniería, etc. De todas formas el jazz, el género musical donde la improvisación es componente esencial, nos enseña justamente qué quiere decir este concepto y cómo manejarlo.

Charles Limb y Allen Braun, neurocientíficos y músicos, estudiaron resonancias magnéticas que realizaron a músicos de jazz mientras tocaban siguiendo una partitura o improvisando. Quizás no sorprenda saber que el área que se activó en el último caso es donde se localiza el pensamiento creativo y la facultad para resolver problemas. Jacob Levi Moreno, creador del psicodrama (recurso terapéutico donde se actúan las vivencias), manifiesta que los niños son totalmente naturales al momento de improvisar, pero les vamos cuadriculando la mente para que aprendan a seguir normas y reglas. Ojo, que el orden y la estructura también son necesarios (y de esto ya hablé en varios artículos). Y me viene a la mente el inefable cuento de Saint-Exupéry, El Principito, con sus boas tragando elefantes. Esta capacidad de inventar, de ver más allá de lo evidente, se va perdiendo siempre y cuando lo permitamos. Si nos damos oportunidad de improvisar, seremos capaces de mantenerla viva. Antonio Cano, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, nos hace notar que también existen sociedades más rígidas que otras, y que es necesario equilibrar la apertura y la constancia: “son dos rasgos importantes para incrementar la creatividad”.

Al aprender lo que implica improvisar en el jazz, entendí muchas de estas cosas. A ver, aclaremos un poco, por si hace falta: una pieza de jazz tiene una estructura bastante definida, al menos en términos armónicos, y en un primer momento se expone el tema musical sobre el cual luego se improvisa, para cerrar con la reexposición. Este, claro, es un esquema básico que puede ser cambiado. Veamos el standard de Kenny Dorham, Blue bossa, que hizo famoso Joe Henderson: dieciséis compases en la tonalidad de do menor, con breve modulación al IIb. Bastante sencillo, haciendo uso frecuente de una de las cadencias (resoluciones) más comunes, máxime en este género: II-V-I. El patrón melódico también resulta simple. Sobre esta base, luego de exponerla para que el oyente la interiorice, los músicos comienzan a jugar. Y lo hacen usando escalas y patrones rítmicos y melódicos que dominan. Si bien los elementos son mínimos, ninguna improvisación es igual a otra. Podemos reconocer un buen músico de quien no lo es por la manera en la que esos elementos fluyen para crear algo nuevo y hermoso. El flow, el swing.

¿Qué aprendí con esto? Que en la vida debemos prepararnos y tener estructuras para poder sobrellevar los imprevistos. Que nos pasamos improvisando, aunque no nos demos cuenta, cuando sabemos lo que hacemos si bien un movimiento no es igual a otro. Que entramparnos en los moldes nos impide reaccionar, pero también que no tener un sustento sólido nos hace divagar y perdernos. Saber improvisar en la vida es aprender a prepararse, generar un esqueleto sobre el cual ponemos los músculos que nos mueven y que reaccionan ante lo que nos va tocando enfrentar. Por esto he querido traer cinco puntos que debemos tener en cuenta cuando improvisamos, sea música, teatro o la existencia:

  • Percibir la realidad: si oímos bien la exposición del tema, seremos capaces de construir sobre él. Si entendemos la circunstancia, podemos movernos como nos plazca.
  • Aceptar: sin pararnos a juzgar si algo está mal o está bien, fluimos con el momento. Aceptar no significa necesariamente aprobar, sino asumir lo que tenemos para poder usarlo de la mejor forma e incluso darle la vuelta.
  • Proyectar: si el paso anterior es un “sí”, este es un “sí, ¿y…?”. Es decir, entendemos y asumimos la realidad, pero nos proyectamos hacia el futuro buscando a dónde vamos a dirigirnos.
  • Ser honestos: no dudar del camino recorrido ni de lo que nos trajo hasta aquí, más bien responder como sabemos demostrando quiénes somos. El sentido de mi vida no es el de otro, ni cambiará porque surjan inconvenientes.
  • Disfrutar: cuando encontramos en ese fluir un propósito (es autotélico, como vimos en el artículo sobre el reguetón), disfrutamos aunque resulte un problema. Somos constantes en perseguir la meta, no nos obsesionamos con el camino.

Tal vez vivir no sea todo lo tranquilo que quisiéramos porque no todo puede ser previsto. Pero sí es susceptible de ser preparado en el sentido de la improvisación del jazz. No llegamos ahí a ver qué se hace, sino que dejamos fluir todo el entrenamiento previo que hemos tenido. Ni el músico sabe qué nota va a tocar su compañero que le abra la puerta a otra melodía impensada, ni la persona sabe si mañana la vida dará un giro inesperado que le obligue a asumir otros retos. Nuestra existencia es eso, y por eso Cristo nos decía: “bástele a cada día su afán”. Cuando nos preparamos fortaleciendo nuestras virtudes, cualquier vicisitud será un paso más hacia la Gloria. Literal.

Improvisar significa fluir con el sentido de la vida, sin frustrarnos por los desvíos.

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Incomunicado

La comunicación es un elemento primordial en la relación entre dos seres, incluso primitivos como las hormigas. Por esto mismo, el tema es amplísimo y no podemos agotarlo en un artículo o dos. Así que aquí me enfoco en la sensación de frustración que se produce en una persona que siente que no es comprendida. Viene a mi mente esa genialidad de Marillion (una joya pop), Incommunicado, donde se transmite la sensación de estar aislado por sentirse demasiado especial para el común de los mortales. Si bien hablamos de un personaje que podría diagnosticarse con un trastorno narcisista de personalidad, se puede generalizar a esa sensación de soledad: “solo pongo mi fe en el destino, es la forma que yo elijo, incomunicado”.

Aunque muchas veces consideramos que un buen matrimonio es aquel donde existe comunicación, esta no es más que una herramienta que nos ayuda a fortalecer la esencia de una relación saludable: la voluntad de compromiso. Ya topé este tema en otro artículo, búsquenlo, por favor. La comunicación permite mantener vivos los tres componentes de una relación que refiere Sternberg: intimidad, pasión y compromiso. La incomunicación, mientras tanto, podría tener dos caras, según la teoría del desarrollo de Donald Winnicott: la simple y la activa. La una es una especie de descanso, volver a uno mismo, porque hay una parte del ser que necesita esa incomunicación. La otra, mientras, se acerca más a una necesidad patológica de encerrarse en sí mismo. Al centrarnos en la primera, consideramos la teoría general de sistemas del biólogo austríaco Ludwig von Bertalanffy, entendiendo que cada ser humano es un subsistema que forma parte de distintos sistemas que por ello se influyen mutuamente. Uno de los factores de la teoría de von Bertalanffy es la entropía, concepto tomado de las leyes de la termodinámica: todo sistema tiende al caos, al desorden. Cuando hay demasiada distancia entre emisor y receptor, la pérdida de energía es muy alta, y enferma. Un sistema enfermo deja de funcionar por falta de información. Es posible hacer un paralelismo entre este sistema (la pareja) en desorden, dañado, con la sensación de soledad, a través de la incomunicación simple de Winnicott.

Si estamos en lo que llamamos “relación tóxica”, lo más probable es que exista comunicación, pero que se realice con alta pérdida de energía, debida a la enorme distancia entre las necesidades, capacidades y puntos de vista de cada individuo. Esa energía puede mostrarse a través de mensajes manipuladores, gritos, faltas de respeto e incluso violencia física. En muchas ocasiones, debemos tomar en cuenta los distintos sistemas que están influyendo en el sistema-pareja. Si, por ejemplo, el esposo tiene un ambiente laboral negativo y estresante, es inevitable que esto incida en la relación también de una manera estresante y negativa. A menos que logre transformar esa energía recogida en el sistema profesional en trabajo emocional positivo, como llegar a su hogar como si de un santuario de paz y armonía se tratase, y volcar toda esa tensión desgastante en descanso y disfrute compartidos. Pero para ello debe comunicar esos sentimientos y pensamientos y que todo el sistema familiar entre en consonancia -de ser posible- con él y crear un orden. Esto no siempre se logra por diversas variables intervinientes.

Recuerdo la anécdota de un amigo que conversaba con su papá, allá a finales del siglo anterior. Había una paranoia bastante generalizada acerca de los efectos que traería a los sistemas computacionales el paso al año 2000 (lo que se conoció como Y2K), y mi amigo le señalaba esto a su padre. Estuvieron hablando largo tiempo, con preocupación, hasta que comenzaron a notar que algo no cuadraba. La extrañeza se transformó en risa cuando el padre de mi amigo le hizo ver que él todo el tiempo estaba hablando de su insomnio, “el problema del dormir”, y no del otro tema, “el problema del dos mil”. Esto lo cuento para ver que podemos estar mucho tiempo creyendo entender de lo que habla el otro y responder, pero podríamos estar manejando mensajes muy distintos.

La escucha activa, basada en el trabajo de Carl Rogers, nos lleva a no quedarnos con el paquete de información que recibimos e interpretamos. En el ejemplo de la conversación de mi amigo con su papá, el sonido ‘s’ y el sonido ‘l’ se transformaron en ‘r’ en el camino entre la boca de mi amigo y los oídos de su padre, cambiando el mensaje por completo. El cerebro de uno y otro lado trataron de ajustar las oraciones para que encajen con el contexto que percibía cada uno. Si entraba un tercero en escena, es seguro que no habría entendido de qué estaba hablando ninguno de los dos, ya que no hubiera tenido contexto. El desgaste para esta persona pudo ser enorme, tratando de interpretar una conexión entre ambos locutores y darles un contexto común, siendo imposible encontrarlo. El único camino, por esto, es la escucha activa: el oyente debe realmente estar interesado en captar correctamente el mensaje, dando retroalimentaciones que le permitan estar seguro de que lo está haciendo.

Cuando queremos que la comunicación realmente funcione en nuestras relaciones, en concreto en nuestro matrimonio, la herramienta más vital no es la comunicación nada más, sino una escucha activa. Si mi amigo y su papá no hubieran detenido la conversación, extrañados, en cuanto los mensajes se volvieron demasiado incoherentes, lo más probable es que en algún punto pudieran molestarse, soltando una frase del tipo: “no me entiendes”. Esta es la sensación de incomprensión que ocasiona que nuestro inconsciente busque la incomunicación: ¿por qué nadie me comprende? Esto es común en los adolescentes, porque están aprendiendo a manejar estas herramientas, pero los adultos deberían -en condiciones normales- llegar a dominarlas. De todas formas, los ambientes (los sistemas en relación) no siempre colaboran en este aprendizaje. Como seres libres, podemos impulsar ese cambio y buscar esa maestría comunicacional.

El ser humano fue creado para el encuentro. Un encuentro que se dificulta cuando ponemos distancia entre nosotros y dejamos que lo externo nos influya siempre negativamente. Es difícil no sentirse incomunicados si consideramos que no nos entienden, no valoran nuestros esfuerzos ni validan nuestras emociones. Sin embargo, la respuesta está en ejercitar la escucha activa. Mirar al otro en su propia realidad con su propia circunstancia, circunstancia y realidad que se conectan con las mías en un sistema. En un contexto. Encontrarnos significa dejar de juzgarnos, o al menos juzgar los actos con misericordia, como el Señor mismo lo hace. El amor es la única clave.

Escuchar con amor para comprendernos, así nos podemos encontrar y acompañarnos.

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Hay que arriesgarse

En no pocas ocasiones tenemos en la cabeza el preconcepto de que el riesgo es algo negativo, y por tanto no conviene tomarlo. Sin embargo, hay situaciones que necesariamente nos enfrentan con riesgos y debemos seguir adelante. Un riesgo en realidad alude a que algo puede o no ir mal, no que necesariamente pase lo peor. Por consiguiente, vivir implica correr riesgos, porque no somos inmunes a los peligros. El que camina puede tropezarse y caer. Pero ser valientes implica tener consciencia de esto y seguir andando. Como cantan los Enanitos Verdes en Eterna soledad: “aprendiste a tener miedo / pero hay que correr el riesgo / de levantarse y seguir cayendo”.

Riesgo se refiere a una contingencia (posibilidad de que algo suceda o no) o proximidad de un daño, según el diccionario. Su origen es incierto, pero se piensa que viene del italiano risico, se sugiere un étimo árabe رزق (rizq, lo que depara la Providencia), que Corominas rechaza apuntando al griego ῥίζα (ríza, “escollo”), a través de una presunta forma ῥίζικον (risikon, de ahí también risco). También se sospecha de un vocablo bajo latino *resecare, cortar, aunque no documentado. El sociólogo Niklas Luhmann dice que es un término relativamente nuevo, pues en sociedades antiguas el concepto que se manejaba es el de peligro. Este señala algo inminente, viniendo de un término latino que significa prueba, intento. Y si atendemos a esta etimología y la comparamos con el origen árabe de riesgo (que me gusta más que los otros), vemos que el peligro viene de nuestra propia osadía, mientras arriesgarse significa enfrentarse a lo que me trae el destino (o Dios).

José María Argüello, estudiante de la Universidad Carlos III de Madrid, en una TEDx talk organizada por dicha universidad, hablaba de lo que consideramos riesgos. Señala que vemos como alguien arriesgado a quien decide aventurarse a vivir a otro país o seguir una carrera poco “rentable”, pero en realidad el riesgo está en comprometerse con algo “hasta el punto de poder ser dañado”. Dice que los riesgos profesionales o académicos son como hacer malabarismos, pero con una red debajo. En las relaciones, mientras, nos arriesgamos a salir heridos, pero lo que esperamos obtener es aún más grande. “Arriesga el que ama”, concluye. Kierkegaard subrayaba el riesgo en toda decisión, y de ahí la angustia ante el “vértigo de la libertad”. Por esto, tal vez Argüello es muy tajante, pero deja claro un punto. El mismo que acota el existencialista Martin Buber cuando distingue una relación que no implica riesgo entre un yo que ve al otro como objeto, pues puede ser transformado sin que yo lo sea, frente a otra relación donde ambos se consideran sujetos de dicha transformación. Es decir, Buber ve al un tipo como seguro, mientras al otro como potencialmente transformador, en sentido positivo o negativo. He ahí el riesgo que conecto con el que advierte José María.

En general, desde mi punto de vista, la vida es un riesgo constante, pues está basada en decisiones que pueden ser correctas o equivocadas. Decisiones que son un reflejo del divino regalo de la libertad. Sin embargo, el resultado de correr riesgos es que nos transformamos. En el artículo pasado hablábamos del miedo al error como un obstáculo y como resultado del temor al conflicto. Ahora nos topamos con otro bloqueo mental relacionado: el miedo al fracaso. El vértigo a la libertad de Kierkegaard está conectado con una lección que recibimos desde pequeños: fracasamos. Cuando aprendemos a caminar, nos vamos al piso. Es una verdad inevitable, nos golpeamos contra la realidad. Pero hay fracasos que no nos transforman, y por tanto el riesgo no es tan importante. Es lo que dice Argüello: si uno se equivoca de carrera puede elegir veinte más y no resultar herido en lo más mínimo. Mientras tanto, involucrarse en una relación, apostarle todo con “alma, corazón y sombrero”, trae como consecuencia obligada que ya no vuelva a ser la misma persona. Para bien o para mal.

Si una relación es saludable y aporta a mi vida, me hace una mejor ser humano, me permite crecer junto con el otro, me impulsa hacia un objetivo más grande que yo mismo. Si, por el contrario, es tóxica y resulta un tormento, me limita, me enferma, me hiere e incluso me asesina. Por esto, el riesgo que corremos en las relaciones es mucho más grande que aquel que tomamos en un negocio, el lugar donde decidimos vivir o la profesión que escogemos. Porque en las relaciones ponemos lo más íntimo y valioso. Ponemos la vida. Cuando decido dedicarle tiempo a mi hijo, estoy apostando por mi relación, por su vida y por mi crecimiento como padre. Si resulta que él me rechaza y prefiere jugar videojuegos, y yo no sé cómo motivarlo a que los deje, sentiré que fracasé. Y me dolerá en el alma, porque Among us le habrá ganado a mi amor.

Es fundamental que hagamos un giro hacia darle mayor trascendencia a nuestras relaciones, pues ahí está la vida. Aunque suene a calendario de papelería, no se trata de cuánto tenemos sino de cuánto amamos. Hay que invertir, por consiguiente, en ellas. Invertir tiempo, esfuerzo y sobre todo riesgo. Arriesgarnos a herir y salir heridos, porque somos débiles y hacemos daño. Pero arriesgarnos, sobre todo, a amar y ser amados, a ser reflejos de Aquel que es el Amor. Solo así sentiremos que la vida tiene un propósito, más allá de accidentes y circunstancias. Más allá de los límites del fracaso y del miedo.

Corramos el riesgo con las personas, y saldremos transformados.

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Conflictúame, por favor

Con el título me refiero a que el conflicto puede tener una utilidad si me conduce a un crecimiento, como individuo o dentro de mis relaciones. Así que, si el conflicto con una persona me lleva a discutir con ella, esta discusión será positiva siempre y cuando se haga de una manera adecuada, en el momento adecuado y con la intención adecuada. Esto puede contraponerse a la idea que tenemos de que siempre el conflicto es algo malo; no tiene por qué ser así. Una idea que, por otra parte, nos puede llevar a huir de él. Cuando enfrento al conflicto, viene a mi mente The Scientist, ese hermoso tema de Coldplay, que canta “nadie dijo que era fácil, / es una lástima que nos separemos, […] / tampoco dijeron que sería tan duro. / Oh, llévame de vuelta al inicio”. La letra habla de que, a pesar de poner toda la evidencia racional al frente, puede que lo emocional resulte más importante y convenga reconsiderar. Como un científico enfrentado con las consecuencias de su ciencia… ¿esta teoría conducirá a lanzar una bomba atómica sobre una ciudad llena de inocentes? He aquí la esencia del conflicto.

Cuando Thomas Schelling publicó La Estrategia del Conflicto en 1960, ya mucho se había hablado de este tópico. Desde clásicos como Sun Tzu o Maquiavelo, con una perspectiva vista desde la búsqueda de poder, hasta los conductistas que veían la raíz en el comportamiento humano, se había intentado entender el conflicto y cómo darle solución. Schelling lo estudió desde un enfoque más global: la teoría de juegos, la comunicación y sobre todo la negociación. Así, podemos ver a Hiroshima y Nagasaki como un mensaje claro: te muestro que yo tengo el poder, así que debes acogerte a mis condiciones. Teoría del conflicto clásica. Pero podemos manejar nuestras relaciones sin necesidad de un Enola Gay, si sabemos dialogar de forma adecuada y buscando negociar, es decir, entrar en un “proceso que les ofrece a los contendientes la oportunidad de intercambiar promesas y contraer compromisos formales, tratando de resolver sus diferencias”, según Thomas E. Colosi y Arthur E. Berkeley. Acudo a estas teorías y estudios formales sobre el conflicto en campos como la sociología, la diplomacia, la política o la administración de empresas para ver que, si bien el origen del conflicto es interno dentro de cada individuo, la punta del iceberg es la discusión, la disputa, el litigio o la pelea. Así que podemos no solo evitarlos, sino usarlos para fortalecer las relaciones.

Hace unos años hice una venta cuyo pago se interrumpió por largo tiempo, aduciendo unos inconvenientes formales que no tenían verdadera repercusión en el objeto comprado. Por ello, acudí a un amigo abogado (que, de hecho, me ha enseñado mucho sobre esto del conflicto) para que me ayude con el tema. En algún punto, yo pensé en deshacer el contrato, devolverle la parte de dinero recibida y que la persona que estaba haciendo la compra me regrese el bien en disputa. Y le presenté la opción a mi amigo, diciendo: “pienso que es lo justo, así podría venderlo a un mejor precio y sin estos conflictos”. Él me cuestionó: “¿y qué es justo?”. Abogado, al fin. Es una lección que me ha quedado muy clara desde entonces: lo que para mí es justo, para la otra persona no lo es. Y quizás, tampoco para una tercera o una cuarta que lo vean desde fuera. No les alargo el cuento, pues la curiosidad les estará carcomiendo: mi amigo nos sugirió un proceso de mediación, que terminó con el acuerdo de que continuemos con la venta y que se pague todo lo adeudado. Todos tranquilos, aunque no del todo conformes. Esa es la negociación, y esa es la verdadera justicia, desde mi punto de vista: darle a cada cual lo que le corresponde.

En la vida hemos aprendido que debemos tener la razón, porque eso es reflejo de lo valiosos que somos. Nuestra educación, por tradición (y como padres tendemos a eso) está enfocada en el error para evitarlo a toda costa. Nuestros hijos no deben equivocarse porque son un reflejo de nuestra labor paterna. Eso aprendimos y eso enseñamos. Cuando pensamos en el error como algo indeseable y no como una fuente de aprendizaje es mucho más fácil que siempre busquemos tener la razón para demostrar que merecemos ser amados. De ahí viene nuestra capacidad para manejar el conflicto interno y externo. A veces tenemos que saber negociar con nosotros mismos y aceptar nuestros errores y debilidades. Otras, debemos respetar esa posibilidad en los demás. Pero pensando que respetar no es aprobar: respetamos la debilidad y la vulnerabilidad del resto, aunque no aprobemos sus actos cuando hacen daño y afectan a su vida y a la de los demás.

Para aprender a manejar el conflicto en nuestras relaciones, primero debemos entendernos nosotros mismos y luego al otro. ¿Cuáles son sus necesidades, cuáles las mías?, ¿nos podemos encontrar en algún punto? Es aprender la escucha activa: no se trata de oír nada más, sino de oír con intención. Buscar comprender qué hay detrás de las palabras, y si no entiendo debo preguntar. Cuando en un diálogo dos personas están seguras del mensaje que realmente se está transmitiendo, es posible llegar a algo. Si no, estamos traduciendo las frases del otro bajo la lupa de nuestros sesgos mentales. Nos perdemos la intención, el por qué y el para qué.

Esta incomprensión nos lleva a percibir armas donde no las hay. Si por algo mi inconsciente detecta una amenaza, la transmisión de información se bloquea, se suben las barreras y toda palabra será una defensa ante la agresión del otro. Terminamos matando al mensajero pues, como se dice en el fútbol, la mejor defensa es el ataque. Por esto es tan positiva la técnica del sánduche, que expliqué en otro artículo, porque ayuda a enviar el mensaje deseado y que sea recibido correctamente, mediante la neutralización de dicho sistema defensivo. Aquí es muy importante el cómo y cuándo, incluso el dónde. Supongamos que veo que mi esposa está comprando demasiada comida para nosotros; si le alzo la voz para que deje de agarrar cosas, lo más probable es que ella me replique vociferando y terminemos en la casa, sin tener qué comer, y enojados. Quitemos el grito de la ecuación. Se lo dije con tono amable, pero delante de todos los dependientes y clientes. Es posible que el resultado sea el mismo, aunque no nos hayamos alzado la voz. Si, por el contrario, le llamo en un aparte y le digo con voz baja y amable que tal vez no necesitamos tanta comida, quizás me agradezca por hacérselo ver y deje algunas cosas en el mostrador. He ahí lo fundamental de saber el modo, el lugar y el momento oportunos para comunicar algo que nos llama la atención, nos preocupa, nos molesta o nos duele.

El secreto del manejo de conflictos está en comprender. Comprender mis emociones, mis sentimientos, mis pensamientos y lo que los motiva; así como las del resto. Actuar con misericordia y no con juicio, con misericordia y no con sacrificio. Si juzgo al otro, es fácil que el conflicto no tenga más propósito de mi parte que hacer ver al otro mi superioridad (mi poder). Si lo miro con misericordia, buscaré negociar, encontrar una solución, llegar a un acuerdo. Si le tengo miedo al conflicto, lo que pretenderé es ocultar mi punto de vista, mis sentimientos, en aparente sacrificio. Digo aparente, porque en realidad es un mecanismo de defensa para no resultar herido, mas no una convicción de que es lo mejor para todos. Negocio viene de nec y otium, lo que niega al ocio. Negociar es actuar. Y hacerlo buscando el bien de todos.

El amor nos lleva a entender al otro y saber negociar para que el resultado del conflicto sea un crecimiento.

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El reguetón tiene la llave de la felicidad

Seguramente viste el título y pensaste que no valía la pena leer la publicación entera pues hablaría de anatomía femenina, fiestas, “blinblines” y lujos. Pero te dio curiosidad de por qué un psicólogo escribiría sobre esto y por eso ahora lo estás leyendo. OK, te he invitado a entrar en el “flow”; de ti depende continuar en él. Pues cuando escribo una frase tan contundente, es porque en verdad creo que el “flow, flow” que repiten los reguetoneros es un reflejo de que entendieron que todo está en saber fluir. En realidad, este termina siendo un artículo que sirve de corolario a los dos anteriores sobre la tónica en nuestra vida. O sea, seguimos hablando de música y de etapas. Y en esta línea, recuerdo cuando oí por primera vez (ya son casi 20 años) Go With The Flow de Queens of the Stone Age, y dije: “esa es”. Estaba consciente de que la frase no se la inventaron Homme y Oliveri, pues es una expresión antigua que tiene su equivalente en español en un “déjate llevar”. Sin embargo, aquí había una idea que le dio otro sentido a esas palabras: “pero yo quiero algo bueno por qué morir / para hacer que vivir sea hermoso”. Aparte de que la música es una pasada y el video de Shynola en rojo, negro y blanco me voló la cabeza (dos décadas, recuerden), cuando pienso en felicidad pienso en “go with the flow” y me suena esta canción.

Mihály Csikszentmihalyi (a quien ya he mencionado antes) comienza su libro Fluir (Flow) recordando que Aristóteles se dio cuenta de que lo que más persigue todo ser humano es la felicidad. Y sigue, afirmando que hizo un “descubrimiento” (él mismo cuestiona este término): “la felicidad no es algo que sucede”. En otras palabras, las cosas que hacemos o que nos pasan cobran sentido porque les damos uno. Csikszentmihalyi le llama experiencia óptima. Su elemento clave, señala, “es que tiene un fin en sí misma”, es autotélica. Este vocablo viene de las palabras griegas auto, “en sí mismo”, y telos, “finalidad”. Es a través de estas experiencias que construimos una felicidad, y no que ‘somos felices’. A decir de Frankl “el éxito, como la felicidad, no puede conseguirse, debe seguirse… como si fuese el efecto secundario no intencionado de la dedicación personal a algo mayor que uno mismo” (lo cita el mismo Csikszentmihalyi). Ese algo mayor que nosotros mismos es lo que refería santo Tomás de Aquino al analizar la idea de Aristóteles sobre la felicidad: el fin último, la bienaventuranza de encontrarnos con Dios. A la final, todo termina en el Aquinate. Y termina en Dios.

Recuerdo que cuando estaba saliendo de mi adolescencia regresaba de visitar a un amigo que me contó de los fracasos con sus requiebros amorosos. Mientras iba por la calle, pensando en lo que yo le había aconsejado, hice una canción que decía que no hay que desesperarse persiguiendo mujeres, pues “mientras más las buscas, menos las tienes”. Esa iluminación se relaciona con la idea de que la felicidad no es algo que se persigue, como si fuésemos acosadores; es algo que vamos descubriendo en el proceso de encontrar aquello para lo que nacimos. Aquella vocación, aquel llamado. Si mi llamado contiene una relación con una chica con quien construiré una pareja para edificar una familia, me toparé con ella en algún punto. Debo, nada más, ser capaz de estar atento a detectar que ella es “the one” (recordé a Shania Twain aquí), o sea, la indicada. Es lo que pasó con la que hoy es mi esposa. Pero no estás listo para esa conversación.

Cuando pensaba en este artículo ya lo iba disfrutando antes de escribirlo. Incluso mientras lavaba los platos oyendo un video en YouTube. Y pensé: he aquí un evento autotélico triple, y por eso me siento tan bien. Disfrutaba de ir ordenando las ideas que escribiría más tarde, aprovechaba para ello lo que oía en el teléfono y sentía el placer de ver el caos convertirse en orden en el lavaplatos. Recuerdo los días en que lavar platos era una tortura casi invivible para mí: el único sentido que tenía era zafarme de la suciedad que se había originado con el proceso de la comida familiar. Casi siempre, lo hacía obligado. Ese sentido se lograba si y solo si terminaba mi labor, por lo cual si había algún imprevisto que la corte me hacía enojar mucho. Es lo mismo que me pasa con este blog: mi propósito inicial pudo ser tratar de ayudar a alguien con mis conocimientos y experiencias, y -¿por qué no?- captar clientes. Sin embargo, me di cuenta de que me encanta hacerlo, y que incluso si me leen dos personas, el mero hecho de poder poner en papel (o en pantalla) lo que pienso y siento ya es una recompensa. ¿Y si mi vida también tuviera ese sentido en sí misma? ¿O la tuya?

El flow del reguetón, que viene del rap, es aquello que permite que el cantante mantenga un ritmo por encima de la música que suena. Herbie Hancock relata que una vez, mientras tocaba con Miles Davis, puso un acorde que no correspondía. En lugar de molestarse, Davis comenzó a tocar notas que sonaran bien con ese acorde. Como una modulación repentina (lo veíamos en el artículo anterior). Hancock señala que se dio cuenta de que “Miles no lo entendió como un error. Lo escuchó como algo que había sucedido. […] Como no lo percibió como un error, pensó que era su responsabilidad encontrar algo que encajara”. El mismo Davis decía que “cuando tocas una nota incorrecta, es la siguiente nota que tocas la que determina si es buena o mala”. Todo depende de cómo veas el error: como un fracaso o como una posibilidad.

Debemos darle sentido a todo, a lo que no nos gusta, a lo que nos duele, a lo que nos cambia de planes o incluso a lo que nos causa heridas enormes. Es lo que han hecho los héroes y los santos. Si nos enfocamos en el problema, viviremos emproblemados. Si nuestra atención está en subirnos a la ola y poder disfrutar del viaje, será una experiencia alegre; si dejamos que nos revuelque, será un desastre. Todo está en nosotros, porque es lo único que podemos controlar. Amar u odiar no depende del otro, depende de mí. Ser feliz o infeliz no está en lo que nos ocurre, sino en qué hacemos con lo que nos ocurre. Como el flow del reguetón.

Porque la felicidad no está en el destino, sino en el viaje.

Foto de JackF en Canva

P.d. Mucho de este artículo tiene que ver con el video de Alvinsch sobre la película Soul. No me inspiré realmente en él, porque son temas que ya vengo analizando, pero sí le debo agradecer la referencia a la anécdota de Hancock. Pásense viéndolo, porque realmente es brillante.

La tónica de tu vida (pt.2)

Seguimos hablando de música, relacionando la tónica de una obra musical con la que rige nuestras vidas en cada etapa, y de cómo modular de forma correcta para ser capaces de transcurrir saludablemente por ella. Existen varias maneras de enfocar los distintos tipos de modulación, hemos escogido una que tiene que ver con cómo se prepara el paso de una tonalidad a otra. Esto se debe a que así es más fácil hacer el paralelismo con nuestras modulaciones existenciales. Habíamos tratado dos tipos de modulación, continuamos con otros tres, que no por menos comunes son inexistentes.

Como hablamos de la autorrealización de la psicología humanista, de Maslow y Rogers, dentro del deber ser kantiano, ahora vamos a ir más allá con ese concepto. El hecho de asumir las distintas etapas, modular a otras tónicas, me impulsa a sentirme dueño de mi destino. “Acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ese es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante”, decía Carl Rogers. Dicha autoactualización no tiene que ver, por consiguiente, únicamente con el movimiento que le damos a nuestra propia vida. Mihály Csíkszentmihályi, que ya citamos en otros artículos, habla de fluir con lo que nos hemos propuesto. Ese flujo no siempre es lo que esperamos, pero nos adaptamos porque el enfoque está en el sentido que le damos a nuestra vida. No nos fijamos tanto en la meta, como en el proceso.

Sigamos entendiendo las modulaciones, dentro de este marco del flujo en nuestra existencia.

Modulación repentina

Como su nombre lo indica, es la que se presenta sin ninguna preparación. Se pasa de una tonalidad a otra sin que se haya usado algún acorde que lo anuncie, como se da en las otras. Es frecuente que esta sea la manera de pasar a una tonalidad cercana, como suele ser la relativa mayor o menor (cuando dos escalas tienen las mismas alteraciones, pero construidas sobre otra tónica), o por el círculo de quintas (el que se forma entre tonalidades que se hallan a una alteración de distancia). Ejemplos son Alone, de Heart, que pasa a una tonalidad cercana en el círculo de quintas en el coro (“Till now…”), sin ningún anuncio previo; o en Esta tarde vi llover de Armando Manzanero que en su estribillo (“La otra tarde…”) cambia de una tonalidad a otra sin prepararlas. Este último ejemplo se suele considerar una tonalización, pues no se establece en una tónica.

Conviene entender que en la vida en ocasiones nos encontramos con cambios abruptos que nos obligan a adaptarnos sobre la marcha. La pandemia ha sido una muestra de esto que nos ha tocado a todos: nadie la vio venir, y tuvimos que reaccionar. El SARS-CoV2 no solo conlleva la enfermedad misma y sus consecuencias directas, incluyendo la muerte, sino muchos trastornos psicoafectivos y sociales. Luchar contra esta realidad no hace más que tirarnos al suelo en medio de la frustración y la impotencia. Sean cuales sean estas consecuencias en la vida de cada uno, hemos de considerar que nuestra existencia no se detiene a pesar de estos golpes, sino que debe adaptarse a la nueva realidad (¿nueva normalidad?) porque no tenemos alternativa. Y hacerlo dentro de nuestro propósito de vida incluso puede darle otro sentido a esas pérdidas.

Modulación por cromatismo

Aquella que surge de usar un acorde de paso que mantiene una o más notas iguales y el resto se mueve por semitono (movimiento cromático). Se prepara el cambio de tónica de una manera suave y melodiosa, lo cual suele producir la sensación de que nos estamos moviendo, pero pausada, tranquila y calmadamente. Es lo que ocurre con Bohemian Rhapsody de Queen, cuando en el verso (“and thrown it all away”) hace un descenso cromático en la voz del bajo; o en Seminaré de Serú Girán al mover por semitonos una de las notas del acorde que cierra la parte B (“¿dónde estás? / ¿dónde voy?”) conduce a un cambio a un tono lejano, aunque sea transitorio.

Se me ocurre que el movimiento cromático se da en nuestro día a día cuando vamos moviéndonos de una actitud a otra, alcanzando una etapa distinta casi sin darnos cuenta. No existen grandes cambios, ni hechos que nos preparen. Existe una voluntad de ir mejorando, día a día, variando de color hacia algo más brillante. Como cuando decido que debo levantarme temprano para rezar, al día siguiente además hacer ejercicio, y después comenzar a leer algo que me ayude a formarme, para así irle dando mayor sentido cada vez al momento en que arranco el día. Sin notarlo casi, preparé una etapa más sana y con propósito.

Modulación por enarmonía

Enarmonía es lo que en lingüística se llama homofonía: una palabra que se escribe distinto pero suena igual, como ola y hola. Si bemol o La sostenido son (en la afinación occidental) la misma nota, entonces un acorde de Si bemol mayor que es subdominante de Fa puede ser La sostenido mayor, dominante de Re sostenido, dos tonalidades muy distintas y distantes. Ejemplo: My Heart Will Go On, que se volvió mundialmente famosa en la voz de Céline Dion, tiene un salto a una tonalidad distante al final (“You’re here…”) con este recurso.

A veces llamamos a las cosas con otro nombre y de ahí viene el sufrimiento. ¿Quién no ha llamado amor a otro tipo de apego? Modular de manera correcta a otra etapa consiste en darle el nombre y la función adecuada a cada emoción, a cada acto, a cada hecho, y partir de ahí a una comprensión del momento más saludable.

Pasar de una etapa existencial a otra es una realidad para todas las personas. Modular correctamente es una necesidad fundamental. A veces podemos prepararnos, a veces no. En ocasiones solo hace falta un acorde, un hecho, un encuentro. Otras, la modulación se sigue de todo un proceso que puede tomar semanas, meses, años. Lo importante es saber vivirlo todo con sentido, dentro de un propósito de vida, y fluyendo con nuestras circunstancias.

Es la vida fluida de la que habla Rogers.

La tónica de tu vida

Hoy va de música. Habremos oído, aunque no sepamos de teoría musical, mencionar esto de la tónica. Son comunes frases del tipo: “el desinterés era la tónica de la negociación”, refiriéndose a la tendencia a la apatía que se veía a lo largo de dicha negociación. Este término de origen musical nos da esta idea de algo que se mantiene, que es estable. Podemos pasar nuestra vida en una tónica única o modular a otras tónicas que significan otras etapas. ¿Qué es lo saludable? Que cada etapa tenga su tónica, y entenderlo así. Hay etapas tristes, momentáneas, que pueden implicar tonos menores, más dramáticos. Pero transcurrir nuestra vida en esa tonalidad menor no hace sino impedirnos llegar a ser lo que en realidad podemos ser. Aquí voy a hablar de los distintos tipos de modulación, es decir, de cambio de tónica, para ser capaces de relacionarlos con la manera en la que debemos enfrentarnos a las distintas etapas de la vida de forma sana.

Sin querer aburrir con términos técnicos, habrá que explicar de la manera más sencilla posible algunos fundamentos musicales para podernos entender. La tónica es la nota alrededor de la cual gira una obra, y que cuando aparece da la sensación de reposo. Esta nota genera un acorde (un grupo de notas que se construyen armónicamente sobre un tono particular). Una manera de darnos cuenta de este acorde de tónica es que es usual que aparezca al principio, y casi siempre al final (si el compositor quiso dar esa sensación de reposo). Aunque muchas obras populares se mantienen en una sola tónica, existen otras que usan un recurso que es casi imprescindible en la música académica: la modulación. Este recurso aporta variedad y dramatismo, pues implica pasar a otra tónica en algún momento de la composición. Hay veces en los que esa modulación es transitoria, y en obras pequeñas puede ser apenas de unos segundos. Otras ocasiones es definitiva y la obra termina en esta nueva tónica. También conviene comprender que los acordes tienen funciones dentro de la tonalidad (básicamente tres: tónica, subdominante y dominante), y esta función es determinante en los procesos modulativos. Vamos a entender nuestra vida en términos musicales, en consecuencia.

Abraham Maslow tenía muy presente la jerarquía de necesidades que motivan al individuo, señalando que en la cima de esa pirámide está la necesidad de darle sentido a la vida, un propósito a las actividades que sea más grande que el mismo individuo. Maslow lo llamó de varias maneras: motivación de crecimiento, necesidad de ser y autorrealización. Carl Rogers lo estudió en un libro fundamental, cuyo título nos dice todo: “El proceso de convertirse en persona”. Él consideraba que el ser tiende de manera natural a la actualización; o sea, lo que para Kant era el deber ser, esa búsqueda de lo que en potencia somos, lo que hemos de alcanzar. Sin embargo, atendiendo a esta pirámide de necesidades de Maslow, una persona que no ve subsanadas las más básicas (fisiológicas, de seguridad y afectivas), es difícil que pueda pasar a las de desarrollo: estima y reconocimiento, y autorrealización. No podrá modular a otra tónica. Aun así, hay individuos que teniendo cubiertas las necesidades básicas no se animan a esa modulación. Veamos formas de hacerlo.

Como dije antes, no quiero entrar en profundidades teóricas, pero sí explicar de una manera simple cómo se dan los distintos tipos de modulación para traducirlos a la vida práctica. Iremos desde la más frecuente en la música popular, hasta la más rara. Comenzamos con dos, y seguiremos la próxima publicación con las otras tres.

  • Modulación por acorde común

Es la que utiliza un acorde que está presente tanto en la tonalidad de origen como en la de destino; es decir, todas las notas de este acorde se hallan, sin alteración, en las dos tónicas. Por esto, el paso es muy suave y el oyente desprevenido no lo notará. En general, lo que ocurre es que un acorde con una función en la tonalidad de origen toma otra en la de destino: de subdominante pasa a dominante (la que conduce a la tónica), por decir. Ejemplos: I Want To Know What Love Is de Foreigner, en el precoro (donde dice “In my life…”) o en Aprendizaje de Sui Géneris, en la segunda frase (“… cortándome el pelo…”), se usan acordes comunes para preparar la transición a una tonalidad distinta.

En la vida, es usual que pasemos de una etapa a otra sin sentirlo, ya que guardamos emociones, pensamientos y proyectos de la etapa anterior. Es el caso de la modulación hacia el matrimonio, pues traemos nuestra vida de solteros a la vida en pareja; algo que ya veníamos preparando en el noviazgo pero sin asumirlo todavía. Para algunas personas, estos cambios no terminan de resolver, como en música, y el centro tonal sigue siendo el anterior. Como es de pensarse, esto repercute en el bienestar porque no se ha aceptado la nueva etapa. Se trata de asentarse en la tonalidad actual y vivir en ella con alegría, sin añorar la anterior.

  • Modulación por intercambio modal

Además de la tonalidad, existe el modo. La escala (la serie de notas que pertenecen a una tonalidad) varía según éste por los intervalos (más cortos o más largos) entre notas. En la música popular occidental, simplificando, encontramos dos modos: mayor y menor (alegre y triste, digamos). El intercambio modal usa acordes de un modo en el otro. Para visualizarlo más o menos: en el modo mayor, el cuarto grado (el acorde construido sobre la cuarta nota) es mayor; en el modo menor el mismo grado es menor. Si usamos en una tonalidad mayor un acorde de cuarto grado menor para pasar a una tonalidad menor distinta, estamos usando un intercambio modal. Un ejemplo: En Penélope, de Joan Manuel Serrat, tenemos un intercambio modal el momento en el que el precoro (“Dicen en el pueblo…”) resulta un gran pasaje en el modo mayor de la tonalidad inicial, para luego pasar a una tonalidad que está a un semitono de ella. Dos tonalidades separadas por un semitono, aunque sus notas tónicas están muy cerquita, tienen alteraciones muy diferentes de las notas que los siguen, y por eso se las acerca cambiando de modo. Otro ejemplo: I’m Still Standing de Elton John tiene estrofas en tonalidad mayor y un coro en menor, compartiendo la tónica, pero no el modo; ello le da un especial tinte al coro, pues sin cambiar la rítmica alegre y positiva se vuelve introspectivo.

Es quizás más frecuente de lo que pensamos atravesar distintos modos dentro de nuestras vidas. Ciertos tintes tristes o recogidos pueden llevarnos a etapas dramáticas, y por el contrario algún momento brillante y esperanzador nos conduce a días más alegres. Se vive algo así cuando pasamos por la enfermedad terminal de un ser querido, que puede llegarnos en momentos que consideramos felices en nuestras propias existencias, pero que ya van preparando al doloroso desenlace de la pérdida de esa persona importante. La conexión con las memorias positivas de esa relación son acordes que nos pueden devolver la alegría y regresarnos a una vida luminosa y con sentido, pasada la etapa de duelo.

Saber entender la etapa y modular de la anterior nos ayuda a entender que somos seres en construcción que no pueden parar de crecer. Pero esperen, que aquí no acaba la cosa. Para no volver más largo todavía este artículo, lo he dividido en dos, así que esperen el siguiente con el resto de los tipos de modulación y su aplicación a nuestra vida.

Porque saber modular es el secreto de la felicidad.

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El chico de Chaplin

Se ha cumplido un siglo del estreno de El chico (“The kid”, o también “El pibe”), esa obra maestra de Charles Chaplin, una de las mejores no solo del cine mudo o del cine cómico, sino de la historia mundial de este arte. Me gusta especialmente, en lo personal, por su mezcla de humor y drama (“con una sonrisa… y quizás una lágrima”, como rezaba en la apertura), y porque es uno de los pocos filmes que han disfrutado mis hijos sin que sientan el paso del tiempo (¡cien años!). Y creo que hay muchas lecciones psicológicas que podemos sacar de él, así como de su autor. Digo autor, porque Chaplin escribió, produjo, dirigió, actuó, y hasta compuso la música luego. Veamos un poco. Ojo, si alguien no la ha visto, vaya urgente porque se vienen spoilers.

Esta es una de las obras que mejor hablan sobre paternidad. Algunos argumentarán que el Vagabundo no es el papá del chico, pero ser padres no es una cuestión de sangre, sino de vínculos, apegos… de amor. Qué más amor que el de este vagabundo, que en un primer momento quiere que otro se haga cargo del niño, pues él a duras penas puede mantenerse él mismo. Vista la circunstancia inevitable, lo lleva a vivir con él y lo cría, buscando no hacerle sentir las carencias. Hay, de alguna forma, un antecedente a ese cuidado y apoyo mutuo en Vida de perros (1918), donde el perro rescatado es una imagen de ese hijo abandonado que fue el mismo “Charlot”.

Es probable que no sea casualidad que este sea el primer largometraje de Chaplin, pues resulta una forma de reciclaje emocional (el concepto divulgado por David J.Pollay): su infancia fue muy carencial, entre el alcoholismo de su padre (a quien vio muy poco) y los problemas psiquiátricos de su madre. Quizá El chico refleje el dolor del abandono de sus primeros años, aunque él decía: “mi infancia fue triste, pero ahora la recuerdo con nostalgia, como un sueño”. Tenía una imagen afectuosa de su madre, a pesar del descuido que tuvo con sus hijos. Señalaba que a ella le debía su capacidad para actuar (aunque su padre también fue actor), pues recuerda con cariño una ocasión en la que estaba en cama con fiebre y ella se sentaba frente a la ventana, imitando a las personas que veía pasar para que su hijo se entretuviera en esa “cuarentena”. También dice que en esa misma ocasión ella hizo una interpretación tan entregada del amor, la piedad y la humanidad de Cristo que “quería morir esa misma noche y encontrarse con Jesús”. Becky A. Bailey, en su hermoso libro Fácil de amar, difícil de disciplinar, señala que padres e hijos hacen un viaje juntos del temor al amor, y que de ahí nace la seguridad.

Otra catarsis que podemos encontrar en el filme se da frente a la pérdida de su primer hijo, apenas un par de años antes. El sufrimiento que había vivido en su relación con Mildred Harris, su primera esposa, el embarazo y la posterior muerte del bebé, lo llevó a un bloqueo creativo. Un bloqueo del cual solo salió para comenzar a trabajar en esta película (el reciclaje emocional). Ese cariño paternal no lo volcó únicamente en la cinta, sino que se lo mostró al actor infantil Jackie Coogan, a quien siempre dio su mano, aun de adulto. Chaplin solía preocuparse por el bienestar de sus amigos (incluso de sus ex parejas), sobre todo en el plano material, llegando a sentenciar: “ayudar a un amigo necesitado es fácil, pero darle tu tiempo no siempre es oportuno”. Y para Coogan fue un amigo y, de alguna forma, un padre. Ante el conflicto que tuvo con sus papás cuando llegó a la mayoría de edad para darse cuenta de que habían dilapidado su dinero, Jack acudió a Charles y él lo apoyó, como se dice, con plata y persona.

Más allá de las anécdotas alrededor de la filmación o del argumento de la cinta, creo que hay que resaltar en ellos (en ambos) –precisamente– el amor, la piedad y la humanidad que Chaplin vio en la representación de Cristo que hizo su madre cuando él convalecía en cama. Ella quizá no pudo ofrecerle mucho, dadas las circunstancias de su vida, pero le dio esa enorme lección que nunca olvidaría el gran director. A veces nos torturamos por no darles a nuestros hijos una vida cómoda, aun cuando las maneras de mostrarles amor pueden ser las que menos pensamos. Lo que más les hace falta es que estemos ahí. Como el Vagabundo con el Chico. Esa complicidad que les permitía sobrevivir los unía más allá de las carencias. El padre deja su vida por su hijo, un hijo que no llegó de un modo ideal, pero que termina resultando una bendición para aquel hombre solitario y necesitado.

El chico es una obra maestra no solo por su calidad cinematográfica, sino por su historia y el mensaje de amor, piedad y humanidad que transmite. Nos da una lección también, así como los recuerdos de Chaplin sobre su madre, acerca de lo fundamental en la labor paterna: luchar juntos contra el miedo a través del amor. Nuestros hijos requieren que estemos ahí, cinco, diez minutos al día, lo que podamos, pero sobre todo cuando más nos necesitan. No todo el tiempo, y no siempre como creemos nosotros los adultos. Nadie puede juzgar cuándo lo que damos es poco, excepto nuestros propios hijos. Estoy seguro de que Hannah, la madre de Charles Chaplin, no imaginaba todo lo que estaba dejando en él con esas representaciones frente a la ventana. Y, si queremos pensar que el arte aporta a mejorar el mundo, el legado que estaba dejando a la historia.

El amor, la piedad y la humanidad son armas invencibles contra el miedo. Usémoslas.

Aprender a vivir sin alguien

Esta es la continuación del artículo anterior: luego de detectar que se vive una relación codependiente y que se tiene miedo a la ruptura (FOBU), el siguiente paso es enfrentar el duelo de ese rompimiento. Y esta vez también vamos a ayudarnos de canciones (siga aumentando la playlist en su celular, por favor). Por ejemplo, cuando pienso en el final de una relación viene a mi mente Greg Khin con su Breakup song, donde parece enfocarse más en la calidad de las canciones de despecho que en su propio despecho (es decir, una forma de negación). Trataremos de comprender cada etapa del duelo y si estamos pasando por una de ellas para saber cómo enfrentarla. Me refiero concretamente al duelo que significa terminar una relación de pareja, pero sirve para todas las formas de pérdida. Hay que recordar que esta palabra tiene un origen etimológico en dolus (dolor, pena), por lo que está totalmente justificada.

Habíamos visto que la ruptura es algo atemorizante, pues implica un dolor aunque estemos terminando una relación que nos hace mal, y que además produce incertidumbre. Por esto la tomamos como un duelo. Así, una de las preguntas más estudiadas en torno a las disoluciones románticas es la cuestión de si los iniciadores (es decir, los que controlan la ruptura) y los no iniciadores experimentan diferentes grados de angustia. Los hallazgos no son concluyentes. Aunque hay estudios que parecen demostrar que tanto iniciadores como no iniciadores pueden llevar la peor parte, varios no han encontrado diferencias (como el de Locker et al. que citamos en la publicación anterior). El mismo estudio del equipo de Locker señala que varias características como el compromiso, la satisfacción, el esfuerzo para iniciar la relación, la duración de la relación, el tiempo antes de encontrar una nueva pareja y un estilo de apego temeroso están relacionadas con la angustia en el momento de la disolución romántica. O sea, que no todas las personas sienten igual la ruptura, ni se enfrentan de la misma forma al duelo que le sigue.

Cuando perdemos a un ser querido pasamos por distintas etapas, según la psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross, quien dedicó su vida a estudiar y acompañar a quienes afrontan la muerte propia o de alguien cercano. Evidentemente, cada uno vive su duelo de una manera particular; sin embargo, las etapas serían estas:

1. Negación

En un primer momento, podemos sentir o pensar que no ha ocurrido, o restarle importancia a la pérdida. Cuando oigo La Playa de la Oreja de Van Gogh, me parece estar oyendo una negación que ya dura varios veranos, pues resuenan estas afirmaciones: “todavía me ama”, “no puedo olvidarle”, “algún día podemos regresar”.

Lo más saludable es enfrentar la realidad de que la persona se ha ido, dejando una estela de buenos recuerdos, pero también de heridas que habrá que sanar.

2. Ira

Una vez aceptada la separación, es frecuente enojarnos. Con el otro, con un tercero, con uno mismo o hasta con Dios y el universo. Ojalá, la hermosísima y siempre repetida canción de Silvio Rodríguez me suena a rabia mal contenida, pues el resumen está en estas frases: “ojalá te mueras”, “me hiciste tanto daño que no quisiera haberte conocido”, “la venganza es lo que mereces”.

Debemos dejar de buscar culpables y asumir nuestra cuota de responsabilidad, pero sobre todo comprender que el hecho de que una relación haya terminado muchas veces se trata simplemente de que ambos no funcionaban juntos.

3. Negociación

Como el adicto a quien le ataca el síndrome de abstinencia (“solo un tabaquito, nada más”), esta es la fase donde se suele abandonar la dignidad. Una vez superada la ira, buscamos soluciones y procuramos hacer lo que haga falta para recuperar lo perdido. Ese tema de Prince que tan maravillosamente interpretó una jovencísima (y calvísima) Sinead O’Connor, Nothing compares 2 U, me resuena con estos mensajes: “volvamos a intentar”, “pídeme lo que quieras”, “nada tiene sentido si no estamos juntos”.

Es necesario tomar la decisión firme, entendiendo de manera clara que la relación hacía más mal que bien, y que hay que seguir adelante con confianza y esperanza.

4. Depresión

En realidad, no necesariamente se trata de depresión, porque en general no cumple con el diagnóstico, pero sí tristeza. Nos hemos dado cuenta de que no hay retorno, y que la pareja ha muerto en nuestras vidas. Roxette tenía ese hermoso llanto, It must have been love, donde se reflejan esas verdades: “no puedo dejar de pensar en lo que teníamos”, “me duele el corazón”, “hemos perdido esa oportunidad”.

Hay que permitirse llorar, pero con la esperanza de ser consolado luego, no pensando que ya no hay un mañana con su posible gozo.

5. Aceptación

Es la etapa a la cual todos ansiamos llegar después de una ruptura. Tenemos plena consciencia de la situación y sabemos que no vale la pena ni negar, ni enojarse, ni rogar, ni llorar por algo que no existe. Entonces me acuerdo de Jorge Drexler, en ese bellísimo poema La vida es más compleja de lo que parece, donde sentencia cosas del tipo: “fue hermoso mientras duró”, “que tu futuro sea bueno y el mío también”, “hay una vida más allá de este final”.

Asimilar la verdad y comenzar a vivir un mejor mañana a partir de este momento es tomar la decisión de ser feliz a pesar de las pérdidas.

Es posible superar las separaciones, por dolorosas que hayan sido. Aun las heridas más profundas pueden cicatrizar si les prestamos la atención que merecen. Hemos de aceptar la realidad, vivir el momento, dejar de buscar culpables. Debemos entender que el fracaso de una relación no implica que nosotros seamos unos fracasados. No hay que perder la esperanza si comenzamos a trabajar sobre los errores cometidos con las fortalezas con las que contamos. El amor siempre está ahí, basta con estar abiertos a encontrarlo.

El amor después del amor, como decía Fito Páez.

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No puedo vivir sin ti

Esta vez hablamos de una de las ramificaciones del tema de la dependencia, del que habíamos tratado antes: el miedo a la ruptura. Y lo haremos con música (usted póngase la playlist en su celular). Porque seguro todos recordamos algunas de esas canciones que hablan de que una persona no quiere dejar a otra, a pesar de saber que esa relación le hace daño. De tan frecuentes, se escuchan como normales (en el sentido de que se ven saludables), y nadie se sorprende ante declaraciones del calibre de “Ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio / contigo porque me matas / sin ti porque me muero” que recitaba Antonio Machado y cantaba Emilio José. O la versión en inglés: With or without you, donde Bono parece temerle a la vulnerabilidad de declararse dependiente, mal.

Si lo entendemos desde las emociones, es comprensible sentir miedo de una ruptura. Esa palabra, miedo, tan hispana pues solo la usan el castellano, el gallego y el portugués (“medo“), a diferencia del pavor común a otras lenguas romances, tiene un origen interesante, aunque no del todo comprobado. El término parece venir de Metus, que era uno de los nombres que en Roma designaban al dios griego Deimos, el terror, junto con Fobos (de donde viene “fobia”), gemelos hijos de Ares, el dios de la guerra a quien acompañaban en sus batallas. El primero personificaba al miedo antes de la lucha, el segundo al pánico durante ella. Por esto lo traigo a colación, pues me parece muy simbólico que el miedo se relacione a la fobia: el miedo como protección frente a un evento que se avizora traumático, y la fobia como un resultado de un evento así.

Conforme a lo expuesto en cuanto a dependencia emocional, con conceptos como estilos de apego, autoestima y autoconcepto, vemos que en ocasiones llegamos a una codependencia en relaciones tóxicas. Sentimos que nos estamos haciendo daño, pero el miedo a vivir un hecho que nos deje una herida resulta más atemorizante aún. Y cuando escribo “nos”, quiere decir a ambos lados de la relación. Pongo una imagen fuerte: es como sentirse agarrado de una rama de espinos para no caer al vacío. El problema es que el vacío está solo en la mente; quizá al soltarse de esa rama la caída sea de apenas un centímetro. En 2010, un equipo de la Georgia Southern University, encabezado por Lawrence Locker, estudió este aspecto de las relaciones y encontraron interesantes conclusiones. Por ejemplo, el número de parejas que se tuvo antes de la relación actual puede ser un predictor de un mayor miedo. Claro, si he caído muchas veces a un precipicio es lógico que no quiera volver a hacerlo, aunque no tenga claro si esta vez voy a volver a caer. El fin de cada relación es a la larga un duelo, por esto mismo, y no es una etapa agradable, así que la evitamos. “En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida en su conjunto, duele”, dice Jorge Montoya Carrasquilla, especialista en duelo. Sin embargo, según el mismo estudio de Locker y sus compañeros, de un duelo normal luego de una ruptura puede seguir un gran crecimiento personal, si se cuenta con motivación al crecimiento y un buen apoyo social.

El futuro no es tan gris, entonces. ¿Cómo puedo detectar si estoy viviendo una relación con sus altibajos normales o si soy presa del llamado “FOBU” (fear of breaking up, miedo a terminar una relación)? Veamos algunas pautas, con sus respectivas rutas de escape:

1. Miedo a la incertidumbre.

Jesse & Joy cantan ¿Con quién se queda el perro?, que es como decir: ¿Qué va a pasar cuando deje la relación? ¿Voy a poder encontrar otra? ¿Me voy a morir solo?

Sin embargo, la incertidumbre es la realidad de la vida. Cuando aceptamos esto, podemos seguir adelante, aun sabiendo el dolor que causa la partida.

2. Miedo a salir de la zona de confort.

Como en Somebody that I used to know de Gotye, nos volvemos adictos a cierta clase de tristeza, evitando llegar al fin siempre. ¿Y si estando solo me siento peor? ¿Y si no encuentro otra persona pronto? ¿Voy a tener que pasar otra vez por la incomodidad de conocer a otras personas?

La zona de confort no es la mejor, simplemente es la que conocemos. El riesgo está en dejarla, aunque podamos sorprendernos con que la vida tiene una luz y un color que no veíamos.

3. Miedo al qué dirán.

La sociedad nos escribe el guion, y nos cuesta apartarnos de él. Torn (“desgarrado”), canción de Ednaswap que hizo famosa Natalie Imbruglia habla de esa vergüenza sentida luego de toparse con la realidad; aquella que negó el ideal impuesto que creyó ver en el otro. ¿Cómo me verán si estoy solo? ¿Y si no consigo formar pareja, casarme y tener hijos? ¿Considerarán inadecuado al que elija luego?

Debo pensar que no tengo un guion preestablecido, yo lo voy escribiendo según encuentro mi camino.

4. Miedo al fracaso.

En términos de relación amorosa, fracaso es lo mismo que rechazo. Muchas canciones tocan este sentimiento, pero me acuerdo de Always on my mind, al cual Elvis dio voz de forma hermosa. Y recuerdan estas preguntas: ¿Cómo me sentiré de fracasar en otra relación? ¿Hasta cuándo voy a fallar en la búsqueda de pareja? ¿Por qué nadie me puede querer?

Que una relación no funcione no me convierte en un fracasado, nadie me rechazó a mí sino que la relación no funcionó.

5. Miedo a sufrir.

Aquel doloroso lamento entonado por Badfinger, Air Supply y luego Mariah Carey, Without you, plantea preguntas como: ¿Tengo que vivir el dolor de la separación? ¿Puedo vivir sin esa persona con la que ya he pasado tanto tiempo? ¿No es mejor seguir junto a esta persona aunque no funcione?

Toda ruptura implica dolor, pero a la larga eso me hará menos daño que continuar en una relación que no me ayuda a crecer.

6. Miedo a ser reemplazado.

A la larga, un miedo al abandono, al rechazo. Juan Carlos Calderón junto con López de Arroyabe hablaba de esto en ¿Quién te cantará?, que Mocedades interpretó de forma maravillosa. Manifiesta las preguntas: ¿Si corto la relación la otra persona va a salir con alguien más? ¿Cómo me voy a sentir cuando me entere de eso? ¿Aunque yo ponga fin voy a pensar que mi pareja me dejó?

Si una relación llega a su fin porque no funcionó no importa qué pase con el otro, simplemente hay que avanzar.

7. Miedo a equivocarse.

Sting grita desesperadamente en Every breath you take que no se va a separar ni un minuto de su pareja, porque le pertenece, aunque el corazón duela. Se vuelve un acosador pues se hace estas preguntas: ¿Y si realmente esta persona es la adecuada? ¿En otras relaciones me podría ir peor? ¿Si terminamos y quiero seguir intentando pero la otra persona ya tiene pareja?

Toda decisión implica la posibilidad de equivocarse, si una relación no es saludable siempre será mejor terminar que luchar por algo que no tiene futuro.

8. Miedo a estar soltero.

O lo que es lo mismo, a la soledad. Esta idea siempre me trae a la mente las primeras líneas del I will survive que cantaba Gloria Gaynor: “Al principio tenía miedo, estaba petrificada, siempre pensaba que nunca podría vivir sin ti a mi lado”. ¿Cómo me voy a sentir cuando ya no tenga al otro? ¿Puedo sobrevivir solo? ¿Voy a morir soltero y sin familia?

No estar en una relación resulta mejor que hacerse daño en relaciones tóxicas, la soledad puede ser una oportunidad de prepararse para encontrar una pareja más saludable.

Aunque estas formas de miedo nos atormenten, por el lógico temor a las heridas y el duelo, nuestro verdadero ser siempre busca el bien y lo mejor para nosotros. Debemos escuchar ese llamado, porque es como quitarse una astilla: el proceso duele, pero es la única forma de sanar. Salgamos adelante a pesar de los temores, porque siempre hay un mañana mejor si trabajamos de manera consciente en él.

Salir de la cueva para ver el sol, es la única respuesta.

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