Esos mensajes en los medios sociales…

En los últimos días he visto que muchas personas cuelgan en sus muros de Facebook una cadena que comienza diciendo: “Hubo momentos en que he tenido $10 para alimentarme y también he tenido $1000 para salir a comer”. Es un mensaje que habla de los altos y bajos de la vida y del valor de las personas. En el fondo tiene una buena idea, aunque quiero analizar un poco y ajustar tuercas donde se deba. Y pienso que algo parecido lo podemos aplicar a muchas otras publicaciones similares en internet.

Comienzo diciendo que es bueno ver este tipo de mensajes como parte de lo que Abraham Maslow llamaba autoactualización: la necesidad del ser de alcanzar su sentido de vida. Este concepto lo toma del psiquiatra de origen prusiano, Kurt Goldstein, cuando hablaba de que el “organismo está gobernado por la tendencia a realizar, tanto como sea posible, sus capacidades individuales, su ‘naturaleza’, en el mundo”. Al ser la cima de la pirámide propuesta por el psicólogo neoyorquino, debe fundarse en las otras necesidades: las básicas, las de seguridad, las afectivas y las de autoestima.

Es verdad, la vida tiene siempre altos y bajos. No dependemos en realidad del dinero que tenemos (o que ganamos), sino de la seguridad o el poder que sentimos que este nos brinda. Como había dicho en el artículo donde hablaba de la pobreza como estado mental, no se trata de lo que poseemos, si no de cuánto necesitamos. En tal sentido, habrá momentos en los que sintamos que carecemos más que otros. Si logramos mantener nuestro propósito vital a pesar de esas circunstancias, no importará esa montaña rusa económica.

Sin embargo, no considero que todo pueda medirse en estos términos. Siento que el mensaje fue escrito por alguien que ha sido menospreciado por su falta de poder adquisitivo. Eso se evidencia sobre todo cuando manifiesta que si no se comparte el mensaje es porque se pertenece al grupo de materialistas con el ego inflado. Estar de acuerdo con las ideas que expresa el post no implica automáticamente que uno quiera pegarlo en su muro. Es esa forma de chantaje emocional electrónico del que ya he hablado en otros artículos.

El hecho de que nuestra esencia humana nos haga iguales y que busquemos la equidad de deberes y derechos no implica la imposibilidad de que una persona sea mejor que otra. Obviamente, esto también tiene matices. Si comparo a san Francisco de Asís con Charles Manson, no creo que haya alguien que niegue que San Francisco fue un mejor ser humano. Y entender que Messi puede ser mejor futbolista que yo también me ayuda a valorar nuestras diferencias como algo positivo y -es más- deseable. Esto tampoco quita la defensa de la dignidad en todo ser humano, por horribles que sean sus actos.

No soy mejor que otro por lo que tengo, pero sí puedo serlo por lo que hago. Porque me acerco más a la imagen de Dios que llevo en mí, porque me aproximo más a aquello que es mi naturaleza en el mundo. Si el Creador me dio un talento para ayudar a la gente con sus problemas psicoafectivos, llevar permanentemente esa capacidad a un nivel superior me vuelve un mejor individuo. Si no lo hago, desvío la ruta y me convierto en un delincuente, es evidente que he dejado de ser todo lo bueno que podría.

Como dice el mensaje, hay que valorar a todos en ese esfuerzo por actualizarse día a día. A algunos se les da mejor que a otros, pero cada uno tiene esa capacidad. Claro, siempre y cuando pueda comer, vestirse, tener un techo y un trabajo, sentirse amado y apreciado. De no ser así, es difícil que sienta el impulso de crecer. Es como querer que un árbol crezca grande y fuerte en una maceta en el sótano.

Algo que me encanta de ese mensaje es destacar el poder del amor. El amor genera cambios positivos, nos aleja de las tendencias oscuras, cura las heridas. El amor nos saca de nuestras propias ambiciones para abrirnos al bien de los demás. El amor es una de las tres virtudes teologales (aquellas que Dios infunde en nuestra inteligencia y voluntad para impulsarnos hacia Él mismo), la más alta, más que la fe y la esperanza. Estas brotan del amor y en él se alimentan.

Nuestras vidas responden a nuestra historia, pero no están ancladas a ella. El amor nos aparta de esas cadenas y nos permite llevarnos a lo que podemos ser conforme al llamado de Dios en nuestro corazón. Y esa respuesta es individual, única e irrepetible. Y ciertamente no tiene que ver con nuestras posesiones materiales, como tampoco intelectuales o afectivas. No podemos calificarnos por lo que tenemos, sino por quienes somos. Y en eso, solo el Padre nos valora justamente.

Busquemos ese ideal que nos acerca al plan de Dios en nuestras vidas, más allá de las apariencias.

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Mudanzas

Este es un artículo que tiene un origen muy personal, pero que espero que pueda servir a más personas. En el fin de semana largo que pasamos (aquí en Ecuador el 2 y 3 de noviembre son feriados) nos cambiamos de casa junto con mi familia. Como es obvio, en los días previos estuve emocionado y angustiado, diría que en partes iguales. Mi esposa y mis hijos se encontraban en situaciones similares. Sin embargo, creo que estamos sacando lecciones de vida de todo esto.

Viktor Frankl solía citar a Nietzsche: “Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo“. Una mudanza es uno de los estresores más fuertes para el ser humano, y dentro de la escala de estrés desarrollada por los psiquiatras Thomas Holmes y Richard Rahe en 1967, puntúa con un 20/100. Es parte de aquellos acontecimientos importantes de la vida (matrimonio, ingreso a la universidad, tener hijos, etc.) que son en gran medida elecciones personales que se toman en busca de una autoactualización (usando el concepto de Maslow). No por ello dejan de traer duda e incertidumbre, e incluso miedo. Aunque uno haya decidido cambiarse de casa, sigue siendo un evento extraordinario e intenso y por tanto trae ansiedad. Es una ansiedad positiva y natural (como recordábamos a Rollo May en otro artículo) si el cambio de residencia no ha sido impuesto ni obligado por las circunstancias.

En mi caso, el cambio fue bastante inesperado, pues vino de una propuesta que no se veía en el horizonte inmediato. De todas formas, es parte de un camino familiar que queremos que nos lleve cada vez a una vida mejor, más estable, más liviana. A la larga, entra en el contexto de este año que ha sido una total sorpresa para toda la humanidad. Y como tal lo hemos tomado como parte de la gran mudanza que nos ha traído la pandemia: este volverse a encontrar con uno mismo para tratar de ser nuestra mejor versión.

Toda mudanza implica el punto de encuentro con el pasado, el presente y el futuro. Comenzamos a hurgar entre las cosas que guardábamos, muchas veces sin recordar siquiera que lo habíamos hecho, y nos enfrentamos con lo que vivimos años atrás. Pero esto, equilibrado con ese movimiento hacia el futuro que implica el cambiar de lugar de residencia, nos confronta con un presente que precisa decisiones. Tenemos que saber con qué nos quedamos y con qué no, qué desechamos y qué adquirimos para apropiarnos de este nuevo espacio y convertirlo en un hogar.

Este encuentro con el pasado es especialmente valioso si lo usamos para entender nuestra historia y, con ella, lograr proyectarnos hacia la persona que queremos llegar a ser. Encontrar un papelito que nos lleva a un momento específico en el cual sentimos, pensamos y vivimos de cierta manera nos permite compararnos con aquello que hoy sentimos, pensamos y vivimos. Y evaluar el crecimiento (o no) que hemos tenido. Habitar este nuevo espacio, asimismo, nos ayuda a soñar más alto, habitando nuestro propio ser actual y lanzándolo hacia el futuro.

Mudar, cambiar, es la esencia del Universo, y lógicamente del ser humano. Estamos en esta vida peregrinando. Pasando de Egipto a la Tierra Prometida. Entender el cambio como una oportunidad de crecimiento, más que como una necesidad, y percibirlo con sus pros y sus contras, nos impulsa a una actualización de nuestra persona progresiva y constante, pero a la vez pausada y paciente. Una mudanza de casa es un símbolo de las etapas por las que vamos pasando como individuos, como familia, como grupos humanos. Y nos permite tomar perspectiva.

Cambiarse de casa es permanecer en el hogar, pero con una nueva cara hacia el mañana.

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¿Qué es una relación saludable?

¡Cuántas veces hemos comentado sobre dos personas que tienen una relación tóxica? Es posible que lleguen a cientos. Pero, ¿qué es una relación tóxica? Y, por contraste, ¿qué es una relación no-tóxica, es decir, saludable? Tal vez es más fácil darse cuenta de qué es dañino, aunque no tanto saber qué es sano. Pretendo encontrar aquí algunas claves, que se suman a las ya dadas en artículos anteriores donde escribí sobre el amor.

Cuando se considera al ser humano como un animal más, entendemos la vida como una permanente supervivencia y búsqueda de equilibrio (homeostasis). Sin embargo, es bastante más, pues es un ser racional y consciente. Entonces, en una relación no pretendemos únicamente generar alianzas para seguir vivos y en calma. Abraham Maslow decía “el principio simple y más importante subyacente en todo el desarrollo humano saludable… es la tendencia a la aparición de una necesidad nueva y más elevada, cuando la inferior se ha completado por medio de una satisfacción adecuada”. Luego, no buscamos confort en los vínculos, sino crecimiento. Si no es así, algo está dañado, y nos enferma incluso hasta la muerte (según Daniel Goleman).

Aprendemos a relacionarnos en nuestras primeras relaciones: en la familia. Del apego primario pasamos al amor. Pero si esas relaciones no son sanas, no podemos construir vínculos saludables fundamentados en el amor. Siempre digo que cuando hablo de relaciones me refiero tanto a la que tengo con el tendero de la esquina como con mi madre, mi esposa o Dios. No en cuanto a que sean iguales en sus funciones y el lugar y prioridad que tienen en mi vida, sino en que se desarrollan de maneras similares y poseen requerimientos análogos. Entonces, cuando hablo de relaciones saludables, no solo menciono a relaciones de amor erótico (de pareja), sino de todos los tipos de amor. Es por eso que si no tuvimos esos vínculos saludables de niños, difícilmente sabremos cómo reaccionar frente a los demás, no solo en el matrimonio.

Sin embargo, eso me condiciona pero no me determina. Siempre puedo aprender, porque el amor es un arte (como es usual, Fromm). Escapar de las relaciones que me causan daño no implica dejar de tenerlas, sino hacerlo mejor cada vez. Puede resultar una lucha, pero es una buena lucha: me fortalece y vuelve más sólidos mis vínculos. Para esto debo entender en dónde flaquean, y cuáles son mis puntos débiles. Toda relación es de dos, pero comienza por mí. ¿Qué puedo hacer para sanar mis relaciones?

1. Bajar al otro del pedestal. Con el fin de evitar la disonancia cognitiva, nuestra mente suele enfocarse en lo bueno de la otra persona, o incluso en el ideal de pareja que he puesto en ella. Mi inconsciente me protege de esa manera de sufrir ante sus defectos. El choque con la realidad no solo es inevitable, sino también devastador. Es como cuando me compro un teléfono por la propaganda y mientras lo uso trato de pasar por alto sus inconvenientes hasta que deja de servirme.

2. Bajar a la relación del pedestal. Conviene, ya se habrá notado, diferenciar la persona de la relación que tenemos con ella. Y en ese sentido podemos también pensar que la relación es un campo de rosas aunque sea un campo minado. El otro puede ser maravilloso y yo también, pero eso no quiere decir que la relación entre nosotros deba ser igual de maravillosa. Esta idealización es natural al iniciar una relación, pero no puede perder contacto con la realidad y mantenerse así por siempre (ese cuento de que el amor es ciego). En el ejemplo del teléfono, sería como pensar que, ya que es el mejor del mercado es justo lo que necesito, negándome a ver que no me sirve.

3. Sacar al otro (o a la relación) del basurero. Esto funciona cuando nosotros lo pusimos ahí, no cuando él mismo lo hizo. Es usual fijarnos únicamente en los errores de los demás para condenarlos y encarcelarlos en esa jaula mental que les construimos. Esto impide que podamos ver a la persona tal cual es, con sus virtudes y defectos, con aciertos y errores. Y una cosa parecida puede pasar con las relaciones. Como si nos compráramos el teléfono para tenerlo en un cajón porque no me gusta el timbre que tiene.

4. Evitar el aislamiento. Hay casos en los que uno de los dos pide (peor si presiona u obliga) al otro a alejarse de los demás. Recuerden que hablo de relaciones en general, no solo de pareja, ni de que esta pide exclusividad en el sentido de no admitir otro vínculo erótico paralelo (o sea, no hablo de la necesaria huida de los triángulos amorosos). Las relaciones autorreferenciadas están condenadas al fracaso. Una relación se alimenta de las otras, no las excluye. Si tengo una buena relación con mi padre, es más fácil que pueda ser un buen esposo, un buen padre, e incluso un buen profesional. Sería como tener un teléfono y no utilizarlo para comunicarme con otras personas, sino solo para jugar solitario.

5. No meter a otros en la relación (ni dejar que se metan). Al contrario de antes, se acude a terceros para solucionar problemas. Obvio, no me refiero a pedir apoyo (sobre todo profesional) o aceptar consejos que brinden perspectiva. Dos personas que no confían en ellos mismos para construir una relación, aun cuando sea difícil, no son capaces de aprender juntos esas habilidades. Además, no hay nadie que sepa mejor la realidad interna que los involucrados. Por esto, recordemos que dar apoyo no es solucionar por el otro (“dar solucionando”, como decimos en Ecuador). Algo similar pasaría si, en lugar de tratar de arreglar el teléfono (y llevarlo a un técnico si hace falta) les diría a otros que tengo problemas, a ver si ellos pueden arreglarlo mientras yo solo me quejo, y encima llorar si no lo logran.

6. Huir del control (y del fantasma del control). No se trata de mera manipulación (todos de alguna forma somos manipuladores), sino de querer hacer del otro lo que yo quiero que sea. Es más, que sea yo, un clon mío. Tampoco podemos permitir que hagan eso con nosotros. Pero la contraparte es creer que los demás quieren eso de mí. Aconsejarle a otra persona que haga tal o cual cosa por su bien no es querer controlarlo, sino desear lo mejor para ella. En el ejemplo del teléfono, es como decirle al aparato que adivine lo que yo quiero hacer, o dejar que escoja mi horario, o que lo deseche porque me despliega sugerencias de qué leer u oír.

7. Combatir el miedo y la mentira. Cuando no somos honestos ni con nosotros mismos ni con el otro, la relación se funda en arenas movedizas. Ninguno de los dos puede saber qué nos une. El miedo (a ser rechazado, a estar solo, a sufrir, a no poder mantenerse, etc.) es un consejero mentiroso. Nos obliga a manipular y a dejar ser manipulados. Como cuando no queremos perdernos ninguna notificación del celular por temor a ser excluidos y lo mantenemos prendido todo el tiempo, como si en él estuviera nuestra vida.

8. Encontrar el propósito de la relación. Conectado con lo anterior, hay que cuestionarse siempre si mantengo un lazo con alguien por las razones adecuadas. Toda relación tiene un lugar dentro de nuestro sentido de vida, y debemos ver cuánto calza en él o no. La familia, la pareja, los amigos, los socios, el trabajo tienen su propio espacio y no podemos esperar otra cosa de él. Si voy a la panadería a comprar celulares y me frustro porque no me los venden, es porque no entendí el propósito de mi relación con ese establecimiento, no porque él esté mal.

En resumen, una relación saludable es la que se fundamenta en el encuentro de dos seres que pueden ser distintos pero que buscan complementarse. Que quieren conocerse cada vez más, a sí mismos y al otro, para entender sus habilidades y debilidades, sin tapar ninguna de las dos. Que buscan alimentarse entre ellos, pero también en los demás, de la manera más honesta y sin mensajes ocultos. En fin, que unen su propósito de vida para caminar juntos, creciendo a través de los errores y aciertos, dispuestos a dar una mano al otro cuando cae, así como dejarse ayudar a levantarse. O sea, no debemos buscar que la relación nos haga felices, sino poner lo que podemos en ella para completar lo que pone el otro, por el bien mutuo y el crecimiento individual y de la relación. Y eso nos hará felices.

Una relación sana es la que busca el bien de los dos, hacia el infinito.

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Sentirse víctima o serlo

Sin quererlo, la persona puede sentir que la gente y las circunstancias están siempre o frecuentemente en su contra. Que nadie ha pasado por lo que ella y que su vida es demasiada dura. Recuerdo aquella canción de Los Prisioneros: “todo el mundo dice que vive sufriendo como nadie más / cuéntame una historia original”. Quiero aquí analizar un poco el proceso de la victimización, sus causas y cómo enfrentarlo. Ojo, no me refiero al arduo objeto de estudio de la victimología: los fenómenos que surgen de la interacción víctima – autor en un delito. Tampoco al complejo de mártir, por el cual alguien puede tomar papel de tal porque considera que es su deber (y no como un verdadero martirio, es decir, testimonio) o porque sienta placer en ello (masoquismo). Hablo más bien de quien se siente víctima, muchas veces sin serlo realmente, y sin sentirse una mejor persona por esto: la victimización o, más bien, la mentalidad victimista.

El origen del término nos lleva a los sacrificios hechos a los dioses, en los que un animal (o incluso ser humano) se ofrecía como víctima en su honor. Por esto, detrás de esta idea nos queda la imagen de alguien que, de forma inocente, da su vida por algo más fuerte que él. Y en esto no se aleja del mártir. Sin embargo, este se brinda libremente, mientras la víctima lo hace contra su voluntad. Según Alfonso Aguiló Pastrana, el victimismo parte de una deformación de la realidad, el consuelo en el lamento y la incapacidad de autocrítica. Es decir, que en verdad no depende de lo externo sino de lo interno.

Posiblemente esta sea una conducta aprendida por la urgencia de llamar la atención de los padres. El único recurso de un bebé de atender sus necesidades es llorar. Como dice el dicho popular de por acá: “guagua que llora no mama”, el niño que no grita no tiene comida. De todas formas, en general superamos esa programación mental en la edad adulta, aunque no todos lo hacen. Podemos encontrar ciertas variables que intervienen en esto:

1. Condicionamiento operante: en algún punto de la vida, el individuo fue realmente víctima de algo y sintió un cuidado especial por parte de los demás que quiere repetir. Esta manera de reaccionar ante el dolor tiende a aparecer cuando ciertamente se ha sufrido algo fuerte que se empareja al sentimiento de haber sido el centro de la vida de los que nos rodean. Ejemplo: Una niña tiene una enfermedad o sufre un accidente que hace que su círculo cercano se dedique a atenderla, le diga palabras de compasión y la consienta. Ella se convierte en la adulta que tiene que actuar como víctima para recibir cariño y protección.

2. Relaciones de dependencia: las relaciones son valoradas como formas de apego, se miden por cuánto atienden a las necesidades propias, y no como lazos entre dos personas. Es no tener un vínculo saludable con el otro, por un lado por no saber que una relación parte del amor (el querer el bien del otro), y por otro por haber crecido con relaciones de poder y manipulación (sin comunicación honesta). Ejemplo: Un chico a quien los padres educan solo mediante premios y castigos, pasando por alto la excusa y la mentira para rehuir los últimos. Este chico, de adulto, considera que la única forma de obtener el afecto de los otros es mostrándose como alguien digno de compasión. No reconoce sus errores, siempre es víctima de las circunstancias.

3. Indefensión aprendida: una pobre autoimagen lleva a pensar que no hay escapatoria a la tragedia, pues no se es capaz de lograr nada positivo por sí mismo. El individuo no se percibe dentro del juego que representa lo que está bajo nuestro control y lo que no: según él, el mundo es un ambiente hostil, y él no puede hacer nada para remediarlo. Ejemplo: La persona que crece oyendo a su madre quejarse de las traiciones de su padre, piensa que (si es hombre) no tiene otra salida que ser infiel o (si es mujer) que su pareja lo será tarde o temprano. La idea final es que todos los hombres son infieles y no hay manera de luchar contra ello.

Como podemos ver, el victimismo puede tener una raíz en el dolor, pero va más allá de él y lo maximiza hasta volverlo la fuerza más potente de la vida. El individuo que se victimiza tiende a usar esta manera de actuar como un arma que arroja a los otros para librarse del juicio o para sentirse amado. Esto puede llegar incluso a lo patológico en un trastorno paranoide de la personalidad. Cuando el mecanismo de defensa ante el sufrimiento es la alerta a cada movimiento de los otros para poder usarlos como excusa frente a cualquier debilidad propia.

La salida a este proceso de victimización es -una vez más- la obediencia a la realidad. Saber que ya no somos niños que deban llorar para ser atendidos y que podemos ser amados por quienes somos y no por ser objetos de la misericordia de los demás. Sentir que en lugar de llorar sobre la leche derramada para que alguien nos regale su leche y nos limpie el desastre, podemos tomar nuestro propio trapeador, arreglar el desorden y salir a comprar leche. Sentirnos dueños de nuestra vida, que también depende de aquello que está fuera de nuestro rango de acción. Saber que no somos víctimas, sino protagonistas.

Que nuestra vida puede ser lo que hagamos de ella, sin excusas.

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¿Por qué existe el fanatismo?

Como intuirán por el título, quiero hablar del origen de las múltiples manifestaciones de fanatismo que hemos venido viendo últimamente. En realidad, como suele ocurrir en el ser humano, uno siente que el fanático es el otro, nunca uno mismo. Conviene por tanto arrancar definiendo al fanatismo, según el Diccionario de la Real Academia Española: es el “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones”. Proviene del término latino fanum, templo, y fanaticus era su guardián. De ahí que pasara a designar al defensor de lo sagrado y luego al que cuida con celo cualquier pensamiento, religioso o no. Ciertamente, el fanatismo es algo que siempre ha estado y estará presente en la humanidad, y sus actos no dejan de ser noticia.

Claro, si tomamos perspectiva, estos gestos que buscan imponer por la fuerza la visión del mundo de un grupo (minoritario o no) existen desde las primeras civilizaciones, producto de ideologías casi siempre alejadas de la realidad. Por eso, mi intención es tratar de profundizar algo más; preguntarme no solo por qué hay personas capaces de destruir propiedad pública o privada y agredir a otros por pensar diferente, sino por qué para unos son héroes y para el resto villanos.

G. K. Chesterton, escritor inglés, decía que “todos los hombres deben ver un cosmos como el verdadero; pero el fanático no puede ver ningún otro cosmos, ni siquiera como una hipótesis”. La autora canadiense Margaret Atwood, lo explica: “cuando la ideología se convierte en religión, cualquiera que no imita las actitudes extremistas es visto como un apóstata, un hereje o un traidor”. Esto se da, según el filósofo norteamericano Eric Hoffer, porque los movimientos de masas comienzan con un “deseo de cambio” generalizado de personas descontentas que colocan su lugar de control fuera de su poder y que tampoco tienen confianza en la cultura o tradiciones existentes. A decir de Erich Fromm, el fanático es un narcisista: “se ha construido para sí mismo un ídolo, un absoluto, al cual se entrega completamente, pero del cual él mismo constituye una parte. En consecuencia, actúa, piensa y siente en nombre del ídolo, tiene la ilusión de “sentir”, de la excitación interior, aunque no tiene un sentimiento auténtico”.

Vemos entonces el descontento como caldo de cultivo para el fanatismo, que explota luego en fenómenos de masas: en la masa el individuo ya no actúa como tal. Es por esto tan importante para el fanatismo la presencia de una cabeza a quien seguir. La masa no piensa sino a través de sus conductores. Es por esto que no podemos juzgar (estrictamente hablando) la responsabilidad de una persona dentro de un grupo fanatizado cuando este comete actos antiéticos, inmorales o directamente ilegales. Cuando un miembro de un colectivo destruye un edificio o tira abajo una imagen no lo hace por una convicción clara y consciente, lo hace porque de esta manera busca ganar puntos de aceptación por parte de esa masa fanatizada. Alguien que no participa de los actos masivos del grupo de pertenencia teme la exclusión definitiva, y con esto, la soledad inmisericorde.

Nuestra mente tiende a buscar patrones para entender el mundo. No siempre acierta encontrándolos, pero nos ayuda a dejar de estar preocupados por cada detalle de la vida para enfocarnos en lo que más requiere nuestra atención. Por consiguiente, calificamos a los demás por unos pocos aspectos (a veces uno nada más, y casi siempre externos) para poder saber si “es de los nuestros” y bajar las armas; si no, nos ponemos alertas para ser capaces de responder a cualquier ataque. La vida, entonces, se divide en dos bandos: nosotros y los otros. Nuestro cerebro fue creando estereotipos: tipos fijos para encajar en ellos a cada vecino. Por eso, los tatuados, los universitarios, los católicos, las feminazis, los zurdos y los neocones, todos responden a un modelo fijo y todos son iguales, sin matices.

Sin embargo, cuando estudiamos con más profundidad al ser humano, entendemos que somos esencialmente los mismos, pero también esencialmente distintos. Nos une pertenecer a la misma raza humana; nos separa la individualidad que hace de cada uno un universo de posibilidades y traumas, habilidades y debilidades, virtudes y defectos. Un universo que no terminamos nunca de explorar. Y por esto mismo buscamos pertenecer: considerarnos parte de tal o cual grupo con el que nos identificamos o queremos identificarnos. Entonces nos sentimos blancos o negros o indígenas o mestizos, nos sentimos socialistas o libertarios o terceravía, nos sentimos Barcelona o Real Madrid.

Ahí está la raíz de nuestros fanatismos: tenemos miedo. Miedo de no ser lo que creemos que somos, miedo de que el mundo sea más complicado de lo que parece. Pero ante todo miedo de que los otros nos ganen y demuestren ser mejores. Es una mezcla de la búsqueda de aceptación con el sentimiento tribal que nos hace sentir protegidos por el clan. Por eso nos ha juntado la historia, la religión, el deporte, la economía, etc., etc., etc. Y también nos ha separado, es innegable. Porque si soy ortodoxo me siento amenazado por el protestante y si soy evangélico me siento amenazado por el judío. Porque tal vez venga y me quite mis convicciones, de las cuales no estoy tan convencido.

Hay otra vertiente para este extremismo fanático: la tendencia que tenemos hacia lo eterno. Esa imagen de bondad que yace en nuestro interior y nos hace buscar el bien, aunque lo hagamos de forma desordenada. Un fondo de buena intención en todas esas causas. Queremos que este mundo sea mejor, aun cuando sea solo para cierto grupo al cual consideramos vulnerable y del cual nos sentimos responsables: ecosistema, animales, pobres, niños por nacer, necesitados, mujeres, homosexuales, usted ponga el nombre. Percibimos a los que no protegen en particular a estas realidades como sus enemigos, o sea, nuestros.

Hay todavía una más, y menos saludable: la que nace de la herida. El maltratado y oprimido que quiere reivindicarse de manera que el otro sea ahora el oprimido y maltratado. Sentimos que el único camino para la sanación es la venganza, aunque no le pongamos ese nombre. Como la chica violada que quiere que todos los hombres sean castrados (física o moralmente) o el alumno maltratado que al crecer genera leyes para que los maestros no tengan una voz.

En muchas ocasiones varias de estas fuentes confluyen para generar desprecio hacia el diferente. Un desprecio que lleva a dañar y hasta tirar abajo monumentos e iglesias, e incluso a insultar, agredir, golpear o matar al hermano de la otra vereda. Podríamos pensar: ¿hay coherencia en todo esto? ¿Incendiar una iglesia conseguirá que una mujer que no desea tener a su hijo pueda abortar? ¿Destrozar una estatua de Colón curará el daño que hicieron uno o más europeos a uno o más americanos en el pasado? Pero sí, para esas personas hay coherencia: hay que hacer notar el enojo por tanto daño soportado. Esa es la consigna: el mundo tiene que cambiar. Desde cómo lo ven los otros (el enemigo) a cómo lo vemos nosotros (mis amigos).

No podemos juzgar de forma tajante a las personas que agreden bienes o gente. En el fondo los mueve la misma buena intención que nos mueve a nosotros, pero la han canalizado de otra manera. Evidentemente, eso no justifica todos esos actos violentos y vandálicos. Pues somos seres libres, podemos elegir si seguir a ese líder negativo dentro de esa masa fanatizada o tomar decisiones positivas que realmente puedan llevarnos a ser agentes de cambio. Para esto el único camino es entender las diferencias como complementariedades y no como oposiciones insalvables. Distintos puntos de vista nos ayudan a entender mejor la realidad y poder encontrar mejores soluciones, más plenas. Sin embargo, todo esto parte de una autoimagen sana y una sólida autoestima.

Debemos comenzar amándonos para poder amar al diferente sin considerarlo una amenaza.

No me merezco esto

Es frecuente que nos encontremos con este pensamiento cuando estamos viviendo situaciones difíciles, problemas y crisis. Sentimos que no es justo, con todo lo que hemos hecho, tener que lidiar con estos momentos negativos que nos tiran abajo. Tendemos a pensar que nos merecemos algo mejor. Si somos tan buenos, nos esforzamos tanto, tenemos tan nobles intenciones y nos preocupamos de tal manera por que todo marche bien, no deberíamos estar pasando por estas.

Carl Rogers nos hablaba de la necesidad del niño de seguir ciertas conductas y tener determinadas actitudes para merecer el cariño de sus padres, y que muchas veces esta necesidad se mantiene hasta la edad adulta. La pedagogía del miedo en cualquier caso nos ha hecho pensar que portarse bien tiene como consecuencia un premio, sea este material o afectivo. Inclusive esta pedagogía solía acompañar la enseñanza de la religión: si no eres bueno, Dios no te ama. Pero ante eso está la parábola del hijo pródigo para recordarnos que el amor tiene que ser incondicional.

Por esto, quiero hablar de dos puntos relacionados con este “concurso de merecimientos” que es la vida para muchos.

1) Merecer el bienestar. Generalmente, este bienestar es el material. “Si mis papás se han sacrificado para darme una buena formación, si he estudiado tanto, ¿por qué no tengo un buen empleo y un mejor sueldo?” Esta idea tiene una fuente: el hecho de no considerar el entorno. Por un lado, creo que yo soy el ombligo del mundo y nadie tiene mis condiciones y, por otro, no tomo en cuenta las variables externas. En el ejemplo anterior: así como pienso yo, puede hacerlo una persona que se ha educado en una mejor universidad, se ha esforzado el doble y ha obtenido mejores calificaciones. Igualmente, no estoy tomando en cuenta que la situación general es complicada y no es fácil que se abran plazas de trabajo.
Pero no es material únicamente. También tiene que ver con la tranquilidad. “Si yo no hago mal a nadie, ¿por qué me va peor que a los corruptos? Ellos viven tranquilos”. En cierta forma, es igual al caso anterior, pero entrando en comparaciones. Primero, comparar siempre es injusto, porque no sé realmente cuáles son las condiciones y circunstancias de esa persona. Y, luego, si me cotejara con alguien que está peor y que quizás hasta “se porte mejor”, es posible que no me sentiría tan mal.

2) Merecer el amor. Relacionado con lo que señala Rogers y el Evangelio. “Debo ser bueno para que me amen”, y -paralelamente- “si soy bueno las personas que me importan me amarán”. Como lo uno no es consecuencia de lo otro, esto genera frustración y aprendemos maneras de relacionarnos a través de la manipulación y la victimización. Si la educación de las primeras etapas del desarrollo no ha poseído el equilibrio entre amor y control (como dice Rubén Blades), es decir, entre cariño y firmeza, es probable que se formen adultos inseguros que luchan de manera tóxica por aceptación.
El amor, si es amor, es incondicional. Ya hemos hablado antes de este tema. Los padres no esperan ver el comportamiento del hijo para ver si lo aman o no, simplemente lo hacen, aunque es lógico que se sientan apenados y hasta defraudados si dicho comportamiento no es correcto. El problema inicia cuando esperamos amor de alguien que no puede amarnos, por las razones que sean. Nadie da lo que no tiene. Nuestro inconsciente, entonces, nos lleva a utilizar estrategias para forzar ese amor en el otro. Y, por supuesto, esto tarde o temprano terminará mal.

En cualquiera de las dos formas, se trata de pensar que nadie merece nada de nadie, simplemente aprendemos a reaccionar de maneras positivas ante lo que los demás nos brindan. Esto implica entender qué puedo esperar del otro, y también hacer que el otro comprenda qué puede esperar de mí. Siempre pongo este ejemplo: si quiero que la otra persona me dé una figura esférica cuando ella solo tiene un cubo, podemos pasar la vida entera luchando porque, ni me dan lo que necesito, ni yo acepto lo que me dan.

Repito, el amor es incondicional o no es amor. Si estoy en una relación (familiar, de amigos, de pareja) y la otra persona pone condiciones para amarme, hay que plantearse si esa relación tiene futuro. No porque lo merezca, sino porque debe haber amor o no va a funcionar. Una persona que condiciona sus sentimientos no está segura de ellos, no está segura de que la otra persona los tenga y no sabe cómo valorar estas realidades si no es a través de un juego de manipulación. Como nunca aprendió a amar, lo que sabe es interpretar señales de amor, que pueden ser cosas tan inconsecuentes como ramos de flores y regalos, aceptar sin más las propuestas del otro, acatar prohibiciones sin chistar. Ejemplo clarificador: “si te vas de vacaciones con tus amigas, no me amas, ¡olvídate de mí!”.

La vida no es un concurso de merecimientos. Tenemos lo que luchamos por conseguir, si bien dependemos de nuestras circunstancias y de la voluntad de Dios. En cuanto al amor, si estamos en una relación donde se nos exige ciertos parámetros para seguir en ella, no podemos continuar. Ese no es amor. Amar significa aceptar al otro tal cual es, aunque siempre esperando su crecimiento. Y si no me aceptan ni esperan mi crecimiento, no me aman. O tienen un amor desordenado. Así de sencillo.

Amar la vida significa asumirla como viene y lucharla día a día, no merecerla.

Ser obedientes a la realidad

En algunos artículos he hablado de la necesidad de obediencia a la realidad para poder continuar el camino hacia el ideal que le da sentido a nuestras vidas. Pero, ¿qué es la obediencia a la realidad? ¿No es obvio que la realidad es lo que vivimos todos y ya? Sin embargo, no es tan fácil, porque solemos enfrascarnos en la subjetividad de nuestros deseos y la desconectamos de lo que es real. De ahí procede la frustración vital. Esto no deja de recordarme esa canción de Sui Géneris: “Qué poca cosa es la realidad / mejor seguir, mejor soñar / que lo que vale no es el día. / Pero el sol está / no es de papel, es de verdad”.

La obediencia a la realidad tiene que ver con lo que el filósofo Martin Heidegger llamaba “dejar ser al ser”. Recordemos que Santo Tomás distinguía ser de esencia, lo estable de lo que se encuentra en movimiento, en construcción. Aceptar la realidad, en consecuencia, implica entenderla como algo en constante cambio, aunque sin perder aquello que la define. Es una suerte de término medio entre Heráclito y Parménides, pues el río al fluir sigue siendo el mismo río aunque sus aguas sean otras.

Por ello, obedecer a la realidad significa entender que solo puedo actuar en aquello que me corresponde, y que lo que hoy es mañana quizás ya no lo sea y no está bajo mi control. Pelearnos con la realidad es lo que hacemos cuando no asumimos que no es el ideal, que no tenemos capacidad de que lo sea, en nuestra imperfección. Podemos, sí, hallar el camino para que día a día y paso a paso vayamos acercando la realidad a ese ideal.

Esto nos obliga a una de dos opciones: o ajustamos nuestro ideal para que sea más realizable, o ajustamos el camino para llegar a él en cuanto está en nuestras manos. Pongo un ejemplo: si yo quiero ser un exitoso jugador de fútbol, primero debo aceptar que no soy Lionel Messi ni Cristiano Ronaldo. Pero después, puedo entrenar para llegar a acercarme a ellos e incluso superarlos si tengo las capacidades. Sin embargo, si luego de un buen tiempo de trabajo no logro ni siquiera jugar en la liga barrial, debería considerar que mi sueño de éxito pueda ser otro. Tal vez llegar a ser el mejor analista de fútbol que ha visto el mundo y sus alrededores.

Nuestros sueños construyen ideales si estos se ajustan a lo que podemos dar de nosotros mismos. Y vamos empujando la realidad hacia esos ideales asumiendo lo que somos capaces en ese sentido, y dejando lo demás en manos de Dios. Obedecemos a la realidad como va presentándose. Comenzamos por nuestra propia realidad, nuestros propios límites y nuestras propias capacidades. Y esa realidad abarca todo lo que somos y donde nos movemos: vocación, ocupación, matrimonio, familia, sociedad, etc. Si amamos ese camino, encontramos la felicidad porque le hemos dado ese sentido de alcanzar un ideal.

Obedecer la realidad significa movernos hacia un ideal sin perder la esencia.

La pobreza es un estado mental

Muchas veces habremos oído esta frase en diversos contextos. Son palabras que no siempre son comprendidas y frecuentemente generan polémica. ¿Esto significa que los pobres lo son porque quieren? ¿La intención es motivar a que nos esforcemos en conseguir lo que anhelamos? ¿O es darle la contra a la idea de la pobreza como castigo divino? ¿O más bien decir que no es real sino que está en nuestra cabeza? Podría ser cualquiera de estas, una mezcla de un par o de todas, o incluso otras más. ¿Es válida, entonces, dicha oración, o cabe ignorarla como ridícula?

Pienso que hay una dualidad en el sentido de esta frase. Por un lado, nos dice que si quieres dejar la pobreza hay que enfocarse en ello y ponerle ganas; por otro, que puede ser que no seas pobre, sino que te consideras pobre. En contra de la primera, Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, nos cuenta que el 90% de los que nacen pobres mueren pobres y el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, independientemente de lo que hagan para merecer esa suerte. La idea de Stiglitz apunta a una desigualdad de oportunidades. Podríamos hacer mención a la pirámide de Maslow también: si la pobreza condiciona a la persona a buscar satisfacer sus necesidades fisiológicas y de seguridad, es difícil que tenga espacio para la autorrealización. En cuanto a la segunda idea, en cambio, tenemos muchas opiniones valiosas que la sustentan; por ejemplo, aquella de San Agustín: “pobre no es el que tiene menos, sino el que necesita infinitamente más para ser feliz”.

¿Podemos decir en consecuencia que no hay manera de evitar que un pobre lo siga siendo, y además concluir de forma tajante que no es que sea pobre sino ambicioso? Pienso que nada es blanco o negro, más bien hay un espectro infinito de posibilidades. Primeramente, convendría entender que la definición de pobreza puede ser vista en términos absolutos o relativos; o mejor, objetivos o subjetivos. Incluso si intentamos ser objetivos, los parámetros que tomemos en cuenta para medir la pobreza pueden variar significativamente. Entonces, ¿somos en verdad capaces de calificar a alguien como pobre de manera cierta? Sin querer caer en relativismos, creo que la pobreza resulta difícil de definir en términos absolutos, pero sí es obvio que no nos equivocamos al decir que una persona es pobre cuando no tiene cubiertas sus necesidades básicas (alimentación, vivienda, vestido) y de seguridad (trabajo, educación, salud). Y si tomamos en cuenta esto, existen muchas personas que son efectivamente pobres.

Salvados estos obstáculos conceptuales, considero que, si hablamos de la imposibilidad de salir de la pobreza por falta de oportunidades, es claro que aunque haya apenas un 0,00001% que logra superarla no podemos hablar de manera determinista. Es decir, es una circunstancia que nos condiciona pero no nos define. ¿Qué es lo que hace que un pobre deje de serlo? Debemos evitar caer en el pensamiento mágico (ese de “deséalo con todas tus fuerzas y el universo conspirará para que lo logres”); sin embargo, la falta de oportunidades es una realidad que siempre podemos empujar hacia un ideal de bienestar. Ellas no solo nos llegan, sino que las buscamos e incluso las creamos. Sabemos que es más fácil escribirlo que volverlo realidad, aunque eso no quiere decir que no podamos hacerlo. Algunos lo logran y otros no, ciertamente. ¿Suerte, bendición? Seguro es una mezcla de ambas sumadas al trabajo dedicado.

De todas maneras, es verdad que existen personas que se consideran pobres sin serlo. Me acuerdo de esos tipos que, cuando se les pregunta cómo están, contestan con algo parecido a “aquí… sobreviviendo, como cuando eras pobre”. Puede sonar chistoso, pero refleja aristas muy negativas: pesimismo, resignación, conformismo y –la peor de todas– envidia. En general, esas palabras vienen de gente que hasta puede estar mejor que uno en el aspecto material. Es claro que aquí calza esa idea de que dicha persona no es realmente pobre, sino que vive en una mentalidad de pobreza. Se ven como pobres pues envidian a los que parecen estar más cómodos, y que seguramente no se quejan de lo que les falta. Sienten carencias porque han generado necesidades.

En resumen, aunque a la población que está bajo la línea de la pobreza pueda resultarle difícil salir de ella por la falta de oportunidades, y mientras quienes podamos colaborar a dárselas no lo hagamos, sí es cierto que un cambio de mentalidad produce un crecimiento no solo en nuestras metas de autoactualización y autorrealización, sino en nuestro mismo bienestar y el de quienes nos rodean. Podemos aprender a tomar nuestras circunstancias y lograr con ellas siempre un poco más de lo que sería normal esperar. Somos capaces de muchas cosas porque Dios nos ha dado varios talentos, el punto es sentir esa responsabilidad de echarlos a andar.

Que la vida no sea una carga, sino un camino de progreso con sentido.

El don de la culpa, pt.2

En el artículo anterior hablé de cómo la culpa podía entenderse como una herramienta adaptativa que nos permite corregir nuestros errores para vivir mejor con nosotros mismos y en sociedad. Sobre todo que, como tal, es un don divino que nos permite arrepentirnos, reconciliarnos y reparar. Y me había enfocado en la forma de detectar si esa culpa nos está paralizando y haciendo daño. También debo recordar que en otra publicación traté del autoengaño como evasión a la culpa. Ahora, una vez que nos dimos cuenta de la culpa que no nos ayuda, pongamos atención en cómo enfrentarla y encontrarle un propósito.

Había citado a Larry Barber al mirar bajo una lupa espiritual a esta culpa adaptativa, que nos lleva a eliminar el miedo y actuar con amor y misericordia. Señalaba, en un post anterior sobre la muerte, que Frankl consideraba la culpa como parte de una “tríada trágica”, pues el ser humano inevitablemente se topa con ella, pero que puede darle sentido. El sentido de la culpa es el cambio. Abraham Maslow consideraba que uno de los rasgos de las personas que buscaban la autoactualización (el pico de su pirámide) era una culpa contextualizada y realista. Me recuerda a Rudolf Allers: “al margen de la neurosis no queda más que el santo”. ¿Cómo podemos, entonces, darle este valor positivo?

1. Amor. Un requisito para transformar la culpa en cambio es el amor. El amor a uno mismo que actuó equivocadamente, amor a quien se dirigió la consecuencia negativa de ese acto y amor al fin último al cual destino el cambio. Muchas veces la falta de amor propio y la culpa están girando en un círculo vicioso. No me amo porque me siento culpable, me siento culpable porque me considero débil, y me considero débil porque no me amo. Aprender a amarme como ser imperfecto me permite manejar la culpa adecuadamente, revirtiendo mis flaquezas a través de mis fortalezas.

2. Conocimiento. Al amor se llega a través del conocimiento. Debo entenderme, tratar de comprender las dimensiones del daño en el otro y abarcar lo mejor posible el sentido último de mi vida. Es decir, debo procurar entender lo más claramente que pueda el objeto de la culpa. Conocer de dónde nace y hacia dónde me dirige. ¿Alguna herida del pasado me lleva de forma inconsciente a actuar así, o elijo con libertad el error? ¿Mi libertad está condicionada por alguna circunstancia o realmente escojo hacer daño? ¿Mi sentimiento de culpa me impulsa a ser mejor o solo me tira abajo? Esas y otras preguntas nos ayudan a entender mis actos, tanto en los errores cometidos como en el heroísmo del que soy capaz.

3. Perdón. No lograré avanzar luego del error si no puedo perdonar. Perdonar a quienes pueda encontrar en la profundidad de mi historia como corresponsables, pero sobre todo perdonarme a mí mismo. “Como el oriente está lejos del occidente así aleja de nosotros nuestras culpas”, dice el salmo 103. Si Dios nos perdona con tal misericordia, ¿por qué hemos de ser más duros que Él mismo? Si hallamos esa capacidad de perdonar a otros y a nosotros mismos, el peso de la culpa deja de existir, y caminamos ligeros hacia la transformación de lo malo en nosotros.

Todo esto tiene una palabra clave: aceptación. Aceptación de nuestra esencia herida por la tendencia al mal, pero amparada en la imagen divina que llevamos dentro y que nos permite cambiar nuestra mente. Aceptación del error cometido, pero también de que no queremos volver a caer. Aceptación de la misericordia que nos permite levantarnos cuando estamos en el suelo. Aunque podamos sentirnos como un niño desvalido ante el regaño del adulto, tenemos la posibilidad de cortar con esa lógica de terror y culpa.

Voy a poner un ejemplo: una persona (llamémosle Pepito) que no está segura de sí misma siente que el no haber contestado el teléfono a su amigo Juanito es algo gravísimo y seguro él está enojado. Pepito no se siente capaz de hablar con su amigo por la vergüenza y se aleja. Siente un enorme cargo de conciencia cada vez que lo recuerda. Solo cuando este vuelve a hablar con Pepito, él puede darse cuenta de que su amigo nunca se sintió herido porque él no le haya respondido, sino que pensó que estaría ocupado y que cuando esté libre le devolvería la llamada, aunque eso no ocurrió. En ese momento, Pepito se sintió culpable, en cambio, por no haber buscado de nuevo a Juanito. Él, para hacerle sentir mejor, le dice que no se preocupe, que él entiende lo que pasó, y que haga lo que haga valora tanto su amistad que no vale la pena hacerse lío. Esta frase le hace dar cuenta a Pepito que tiene cualidades que tal vez no había notado en sí mismo, y que la amistad de Juanito es tan importante que es una tontería estar fijándose en pequeñeces en lugar de aprovechar esa relación tan valiosa. Se decide a que la próxima vez que no pueda contestar a su amigo, le devolverá la llamada sin problema.

Vemos en este caso simple como la culpa puede (al principio) ser negativa y desadaptativa, impulsando al sujeto a la inacción, el dolor y el remordimiento. Pero esto surge de una falta de autoestima muy grande, y de un desconocimiento del valor del otro y de la importancia de la relación como fin hacia el que caminar. Sin embargo, esto puede ser cambiado de rumbo hacia una correcta apreciación de la realidad, llevando a reprogramar los actos hacia un fin siempre positivo, adaptativo.

En resumen, si somos capaces de amarnos, amar al otro y amar el fin último que le hemos dado a nuestra vida, buscaremos entendernos mejor, entender nuestras circunstancias, y encaminarlas hacia un propósito de bienestar para nosotros y nuestro entorno. Todo, a través del amor. La culpa es un don que nos hace darnos cuenta de los errores que cometemos, pero con el fin de transformar nuestra mente (como decía San Pablo) y llegar a ser esa imago Dei que nos tensiona hacia la Salvación.

Porque más allá de toda culpa debe estar el cambio que nos haga más santos.