¿Necesito defender mi labor?

Debo confesar que durante muchos años, y desde que era estudiante, no me asumí dentro de ninguna corriente psicológica (por otra parte, algo bastante común en primerizos). En realidad, gracias a mi característica apertura, eso funcionó en mí no solo en cuanto a lo profesional, sino incluso en lo religioso, político y aun en mis gustos: cristiano “no alineado”, “ni de derechas ni izquierdas ni centros”, “amante de Bach y los Iracundos”. Sin embargo –excepto en los gustos– la experiencia me ha enseñado que uno debe alinearse en aquello que uno siente que más compagina con su esencia. Y esto también me ha pasado con la escuela psicológica. Definirse sin necesidad de perder la apertura.

Quienes hayan leído algunos artículos de este blog habrán notado que dicha escuela es la humanista, fundada en una antropología personalista y cristiana. No con esto quiero decir que desdeñe herramientas de otras tendencias que puedan ser útiles en cada caso particular. Esto, hoy, define mi práctica profesional, y también (como es lógico) me enfrenta con cuestionamientos por parte de colegas y clientes/pacientes. Pero… ¿preciso justificarme, necesito defender mi labor profesional? Debería entender, por un lado, que toda actividad está sujeta a críticas, unas veces positivas y otras negativas; en algunos casos destructivas y, en otros, constructivas. Por otro lado, mi reacción es similar a la de cualquier ser humano enfrentado consigo mismo a través de la opinión del resto.

Para mí fue clave ver cómo Carl Rogers, uno de los padres de la psicología humanista, enfrentó las valoraciones de sus colegas y pacientes. En un principio, estas le tiraron abajo, pero luego le permitieron reafirmarse en un pensamiento: su prioridad eran sus clientes. Y eran ellos los que buscaban su salud y por tanto los únicos que podían encontrarla, él solo los acompañaba y guiaba en ese proceso. Se dio cuenta de que no era él quien tenía que decirle qué hacer al paciente, ni cómo ni cuándo; si actuaba así, en realidad estaba buscando afianzar su propia autoestima, demostrarle a alguien o a sí mismo su inteligencia o conocimientos. Todo esto enmarcado en un concepto clave de la corriente humanista: la actualización de la que Maslow habló y él mismo profundizó. Soy un ser en construcción, y como profesional –obviamente– también.

Maslow y Rogers pedían a sus colegas, científicos experimentales, que hagan estudios y comprueben sus teorías. No como una forma de lavarse las manos o de comodidad, sino más bien con una postura segura en sus convicciones: “esto a mí me funciona, necesitamos que se falseen estas experiencias”. Es decir, que se compruebe que son verdaderas o demuestre que con falsas. Hoy en día, muchos estudios se han hecho demostrando que funcionan, pero también atendiendo a lo que decía Rogers, no siempre lo hacen. Porque somos seres únicos y no a todos nos sirve igual. A uno le puede curar la penicilina, y otro morir con ella.

Partiendo de esto, y siguiendo al mismo Rogers, entiendo que para que yo de verdad sea capaz de ayudar al cliente, debo tener tres cualidades básicas: congruencia, empatía y respeto. Y le añado una cuarta: entender que el que cura es Dios, yo soy solo su herramienta. Sin embargo, todo esto no es garantía de que siempre pueda ser un elemento sanador en la otra persona. Y, aun siéndolo, es posible que esta no lo sienta así en algún punto y comience a cuestionar el proceso. Esto no es malo en sí, pues toda terapia, todo terapeuta y todo paciente puede mejorar a través del cuestionamiento saludable. Lo malo comienza cuando el psicólogo se lo toma mal o el cliente dificulta o corta el proceso por esta razón.

Uno de los principios que manejamos los humanistas, dentro de la empatía, es la correcta confianza y cercanía que debemos hacer sentir a nuestros clientes. El no presentarse como una autoridad omnisciente permite que la persona se pueda abrir de mejor manera a la terapia. Pero esto tiene su riesgo, precisamente, cuando el cliente se cree no solo con derecho, sino obligado a juzgar la labor del terapeuta si en algún punto él mismo se siente confrontado en el proceso. Nosotros debemos entonces, primero, entendernos como seres humanos (es natural que nos duela) y luego pasar a reaccionar de manera en que esto en realidad pueda colaborar no solo en el proceso, sino en mí mismo como profesional y como persona. Recuerdo entonces a Gretchen Rubin, autora de The Happiness Project, pensando que este paciente en verdad quiere ayudar a que mi intervención mejore y lo pueda acompañar de una forma más adecuada.

Siempre que recibimos críticas podemos reaccionar de una buena manera o de una mala, y esto no funciona solo en los psicólogos, sino en todos y cada uno de nosotros. La mala surge de sentirnos atacados, agredidos, y por esto necesitamos devolver el ataque, o continuar como que no fuera conmigo, o hacer cual si nada pasara y después irme a la cama a llorar por mi incapacidad. En cambio, siempre podemos encontrar caminos de crecimiento: reconocer la cuota de verdad que tiene el cuestionamiento y hacer sentir al cliente tranquilo con su afirmación; o tratar de aclarar la crítica, entender de dónde surge y poder corregir lo que sea necesario.

Pienso que la más saludable para ambas partes en un proceso terapéutico es actuar –justamente– con congruencia, empatía, respeto y ofreciéndolo al Sanador. Congruencia, porque no puedo esperar que el cliente aprenda a reaccionar de forma correcta si yo no lo sé hacer. Empatía, entendiendo que el cuestionamiento se fundamenta en el malestar de la persona, y debo buscar comprenderlo. Respeto, logrando que mis palabras le den seguridad en el proceso que está llevando (no tanto en mí como persona, aunque parte de ahí) pero haciéndole ver que siempre es positivo poder ajustar algunas tuercas. Y, obviamente, actuando como un buen católico que lo pone en manos de Dios y entiende que nadie es perfecto, salvo Él mismo.

En conclusión, esto que me ha servido como psicólogo, le puede ser útil a otros colegas, aunque creo que son lecciones de vida que podemos aplicar todos. Cuando alguien cuestione nuestra labor, debemos buscar entender por qué lo hace, agradecer la ayuda que quiere darme, y asumir la parte de verdad que tenga para poder llevarla a mi mejoramiento personal, como ser en construcción y en permanente actualización. Con más razón si ese cuestionamiento puede cambiar la dirección de un trabajo de acompañamiento del cual depende el bienestar de otro. Asumir nuestras debilidades no nos hace peores, nos enfrenta con nuestra propia esencia, nos vuelve más obedientes a la realidad.

Acepto las críticas para crecer.

¿Psicología positiva o falta de realismo?, pt.2

En esta ocasión, nos pasaremos para el otro lado, a esas otras preguntas. ¿Basta con tener pensamientos positivos para ser felices? ¿Quien desea algo con todo su corazón siempre lo obtiene? ¿Enfocados en nuestras capacidades nada más, nuestros problemas desaparecen? ¿Es suficiente creer y soñar? Evidentemente, esto toca otros temas que ya he tratado, como pensamiento mágico o esperanza activa, que pueden leer en este mismo blog. Pero no se queda ahí, y ahora lo quiero relacionar con la corriente psicológica positiva de la que venimos hablando. Pues tenemos los medios sociales invadidos de gurúes del bienestar que nos ofrecen felicidad instantánea, solo siguiendo ciertas fórmulas maravillosas (a veces con costo, otras sin él). ¿Son charlatanes o tienen razón, al menos un poco?

Rafael Pardo, autor de “Felicidad tóxica: El lado oscuro del Pensamiento Positivo”, señala el peligro de olvidarse de la genética o el medio en el que nos desenvolvemos para alcanzar nuestras metas. Esto se da porque lo opuesto del pesimismo no es el optimismo, es la falta de conexión con la realidad. Enfocarnos en lo positivo de nuestra vida no quiere decir desconocer lo negativo, sino darle su justo valor. Martin Seligman nos recuerda: “la vida inflige los mismos contratiempos y tragedias en el optimista como en el pesimista, pero el optimista las resiste mejor”. Entonces, no se trata de hacer a un lado los obstáculos, sino de prepararse con el fin de superarlos con una mentalidad fortalecida. Para ello, deberemos trabajar tres dimensiones, según sus estudios: placer, compromiso y sentido. Si juntamos esto a los cinco elementos del bienestar (PERMA), tendremos claro por dónde caminar.

Cuando Seligman se refiere a placer, no está hablando de la segunda acepción del diccionario; es decir, algo que disfrutamos de manera hedonista. Más bien se acerca a la etimología del término (recogida en la tercera acepción), que viene de una raíz indoeuropea que significa plano, y que esta palabra comparte con otras como plato, plaza, playa, etc. De ahí se tomó el sentido de aquel lugar en el que el navío reposa. Entonces, el placer del que habla Martin Seligman es realmente el sitio de descanso en nuestra mente. Nos enfocamos en emociones positivas, habiendo cubierto las necesidades básicas de la pirámide de Maslow, equilibrados entre el pasado, el presente y el futuro.

Luego, este placer no se basa en lo externo y sensible, sino en lo interno, profundo y significativo. Lo relaciono con las palabras de Jesús, “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?”. Es frecuente que los iluminados del pensamiento positivo (a veces utilizando herramientas como la PNL o la mindfulness) se enfoquen en esto: “¿de cuántas cifras esperas que sean tus ganancias este mes?”, “¿siempre soñaste con un Lamborghini o un Maserati?” y otras cuestiones por el estilo. Como dije en el artículo anterior, no bastará con esos objetivos, pues siempre se querrá más, y ya que son pequeños y concretos, una vez alcanzados se nota el vacío de que no era eso lo que en verdad se esperaba. Era algo más profundo y más grande que la vida misma.

Entonces llegamos al compromiso y el sentido. Ya no se trata de alcanzar metas, se trata de hacerlo construyendo una buena vida, virtuosa, con propósito. Así, esos objetivos chiquitos se ordenan hacia ese fin. En consecuencia, tal vez ya no quiera un Lamborghini, sino únicamente un transporte que me traiga la suficiente comodidad y tranquilidad como para poder dedicar mi pensamiento a los fines verdaderos de mi vida. Para esto, contar con un carro, una bicicleta o una patineta, de la marca que sean, me servirán. He puesto mi punto de vista más lejos, cada vez más allá de estas pequeñas metas tangibles. Y si lo llevo hacia aquello que trasciende mi limitada vida, mucho mejor.

El pensamiento positivo no se identifica obligatoriamente con la psicología positiva, mientras no es obediente a la realidad. Ni me quedo paralizado por los problemas, ni “me hago el loco” como que no existieran. Tomo el dolor, lo acepto, lo entiendo y trato de hacer algo con él, algo que responda a mi fin último. Y ese fin último debería ser la bienaventuranza, porque de no ser así, no estamos siendo fieles a nuestra esencia, aquella que busca encontrarse con el Padre al término de mis días. De esta manera comienzo a comprender mi ser y mis circunstancias para trabajar sobre ellos, reconciliado con mi pasado, comprometido con mi presente y esperanzado en mi futuro.

Como un barco que aspira llegar a puerto tras una fructuosa travesía.

¿Psicología positiva o falta de realismo?

En algunas ocasiones, mis clientes/pacientes me han cuestionado con frases lapidarias de este sentido: “usted no me ayuda, parece que no comprende lo mal que me siento”, “no todo es siempre tan color de rosa”, “me hablas de realidad, pero no te enfocas en mis problemas”, “si fueras más profesional me darías un diagnóstico del trastorno que tiene mi mujer”. Yo entiendo que todas estas ideas surgen de una necesidad de entender, primero, y del dolor que viven, por otro lado. Existimos en una sociedad, además, que busca huir del sufrimiento y no enfrentarlo y darle sentido.

Es lógico y natural que actuemos así. Es una forma del instinto de conservación animal que nos ha llevado a programar nuestro inconsciente para evitar las causas de dolor. Algo similar al hecho de que un perrito no vuelva al sitio donde fue maltratado o trate de no tener contacto con un objeto que le hizo daño, pues en ellos ve una amenaza a su integridad física, es decir, su vida. Por eso, nuestra memoria da mayor importancia a los hechos negativos que a los positivos, porque de esa manera traduce esas pulsiones que nos alejan de la muerte. Evidentemente, de forma racional sé que el hecho de tener una mala experiencia amorosa no me va a matar (a menos que siga los pasos del joven Werther), pero el inconsciente me cuida de volver a tener otra igual por el desgaste que me produjo.

Por esta misma lógica, quizás, las corrientes psicológicas se han enfocado mayormente en la patología y en el trastorno. Ante esto, a inicios del siglo pasado y comienzos de este, el psicólogo norteamericano Martin Seligman propuso que se debía hacer una contraparte positiva al Manual de Trastornos (el DSM), enfocándose en lo que podría ir bien en lugar de en lo que podría ir mal. Señalaba que existían cinco elementos del bienestar (usando en inglés la palabra mnemotécnica PERMA): emociones positivas, compromiso, relaciones positivas, sentido y logro. Había bebido de las fuentes humanistas de Rogers y Maslow, así como de la idea del flow (flujo) de Mihály Csíkszentmihályi, psicólogo húngaro-estadounidense, la cual habla de fluir en un estado de completo compromiso con una actividad por sí misma, como un músico de jazz. Trataré estos conceptos en otra ocasión. Es así que la psicología comienza a darle mayor importancia a lo positivo en la mente humana y ya no tanto a lo patológico.

Es, pues, comprensivo que este enfoque deje perplejos a muchos. ¿Cómo curar la herida de alguien si no tratamos el dolor que produce? Porque para sanar debemos estar comprometidos con la salud, con la vida misma. Si el enfermo no quiere curarse, no habrá medicina que funcione. Querer estar bien, y no simplemente saber qué me aqueja para ir por la calle con esa etiqueta o pegársela a los demás: “soy depresivo”, “tiene esquizofrenia”, “este alumno es THDA”, “el jefe tiene trastorno bipolar”. No me sirve entender mi dolor, si ello no se transforma en un vehículo para alcanzar el bienestar.

Por esto Aristóteles hablaba de la eudaimonía (εὐδαιμονία), palabra griega que viene de las palabras eu (“bueno”) y daimōn (“espíritu”; sí, de donde viene “demonio”). Decía que el ser humano busca el buen espíritu, la felicidad, a través de la virtud conforme a la razón. Y santo Tomás de Aquino (como no) llevaba esa felicidad hacia la bienaventuranza, es decir el encuentro con el Bien Supremo, Dios. Ellos consideraban que el obrar del hombre siempre apuntaba a un fin, en una escala que va desde lo sensible hasta lo trascendente. La búsqueda de ese fin le da sentido a la vida, y mientras más trascendente es el fin, más se ajusta a nuestra sed de infinito (coherente con nuestra imago Dei). Por esto, si el fin del individuo es la riqueza, querrá llevar ese fin cada vez más allá; es así que el avaro nunca tiene el dinero que desea, aunque tenga billones. Por tanto, su vida siempre estará cargada de frustración, porque nunca alcanzará esa finalidad.

El bienestar del hombre se basa en la búsqueda de la felicidad, que más que un sentimiento estable es la autopercepción de encontrarse en el camino de construir dicho bienestar, a través de sus cinco elementos constitutivos. Los creyentes sabemos que todo eso apunta a un solo fin último: la Salvación. Y a ella llegamos trabajando nuestras virtudes, en parte don inmerecido y hábito que cultivamos. Los santos y los héroes no lloran sus angustias sino que desarrollan sus dones. Se enfocan en lo positivo, no en lo negativo, en el fin último y no en el síntoma patológico. Alcanzar la felicidad es un camino que se gana paso a paso, con fe, esperanza y amor.

Como los santos y los héroes, trabajemos nuestras virtudes para llevarlas a la felicidad última.

Amor propio vs. Egocentrismo

Al ordenar nuestra percepción de la realidad, y nuestros conceptos e ideas, podemos relacionarnos mejor con nuestro entorno y con nosotros mismos. Por esto, creo que es muy importante hablar sobre la correcta distinción entre los conceptos del título. Nuestra sociedad, producto de la suma -mayormente- de dos visiones complementarias pero distintas del mundo (la judeocristiana y la grecorromana) ha tendido a menospreciar el amor por uno mismo (el self de la psicología) considerándolo egoísta. Ya hablé algo de esto en mi artículo sobre el amor verdadero, pero quiero profundizar aquí.

La contraposición entre amor propio y egocentrismo justamente apunta a entender que no son la misma cosa. El que se ama a sí mismo no tiene por qué despreciar al otro, y viceversa. El secreto está en el amor ordenado, y aquí también voy a recordar a santo Tomás de Aquino. Quien se ama a sí mismo de una manera desordenada se queda en lo sensible y en lo externo, pues no se conoce bien. Es por esto que muchas veces el amor propio se confunde con el egocentrismo y la ausencia de aquel con la humildad. Entonces nos encontramos con dos formas de pecado, por exceso o por falta.

José-Vicente Bonet sostenía de una manera similar a Erich Fromm, y no se distancian del Doctor Angélico, que lo opuesto a la autoestima “no es la heteroestima, o estima de los otros, sino la desestima propia”. Carl Rogers consideraba que el origen de los problemas de muchas personas es que se desprecian. Al no tener una verdadera consciencia de la realidad sobre quiénes son, se encuentran con una incongruencia que les produce malestar. Abraham Maslow, en su jerarquía de las necesidades humanas, describe la necesidad de aprecio, que se divide en dos aspectos, el aprecio que se tiene uno mismo y el respeto y estimación que se recibe de otras personas.

Tomando en cuenta todo esto, entendemos que el amor por uno mismo es vital para amar a los otros. Decía el Aquinate que el amor con que uno se ama a sí mismo da forma a la amistad, cuando nos comportamos con el prójimo como con nosotros mismos; de igual manera que entre las cosas que el hombre ama como pertenecientes a Dios, está amarse a sí mismo. Y esto no se contrapone con el morir a uno mismo, es decir, la renuncia voluntaria a mis deseos, afectos o intereses (es el concepto de abnegación). Porque no abandono mi amor propio, sino mi amor desordenado por las creaturas en lugar del Creador. Ejemplo práctico: renunciar a mi deseo de pasar los días tirado en una hamaca comiendo chocolates para dedicarme enteramente al servicio no es dejarme de amar, sino encontrarle un sentido más grande a mi propia vida. En definitiva, amarme más y mejor.

Este es un viaje que siempre sigue el camino del autoconocimiento y la obediencia a la realidad. Según Rogers, el concepto de sí mismo se compone de tres factores: autoimagen, autoestima, y Yo ideal. La autoimagen es vernos al espejo y reconocernos, saber quiénes somos (el espejo físico y el del alma). La autoestima es valorar (estima significa eso) dicha autoimagen y aceptar nuestras partes buenas, verdaderas y bellas, así como las malas, falsas y feas. De aquí partimos hacia un sueño: nuestro self ideal. Asumimos quiénes somos para proyectarnos a algo siempre mejor. Nuestro autoconcepto, en consecuencia, estará en permanente construcción, actualizando de forma constante cómo nos vemos, cuánto nos aceptamos y cuánto queremos crecer.

Quizás es por esto que la posmodernidad habla tanto de autoestima. Porque es el centro de donde parten todas nuestras relaciones de amor. Si la autoestima es saludable, no estamos en guerra ni con nosotros mismos, ni con los demás (lo dice Nathaniel Branden). En un círculo virtuoso, pasamos de reconocer el amor de Dios hacia nosotros, en nosotros, para poder luego regarlo a los demás. De Dios a uno mismo hacia el otro y de vuelta. Ya que, como dice Benedicto XVI, “quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don”. Una vez más, nadie da lo que no tiene, y quien no encuentra el amor del Padre en sí mismo, difícilmente podrá amar a ninguna persona de manera ordenada, ni siquiera al Creador. De la philautía hacia el agápē, pasando por todas las formas de amor.

Amarse uno mismo, sin falsas humildades ni orgullos, es el inicio de un camino en el cual uno se hace dádiva, y esa dádiva da sentido a mi vida. Me amo a mí mismo porque quiero alcanzar la santidad, no porque me enfoco en mis impulsos más básicos. Y ese amor lo transfiero a quien quiera recibir ese regalo de bienaventuranza, y no me lo quedo como el que guarda la lámpara bajo la cama. Porque ese amor nace de Dios, y a Él lo retorno. Todo este proceso me hace más sano, más fuerte, más feliz.

A través de mi amor, hasta alcanzar las estrellas.

La esperanza activa.

El otro día conversaba con unos amigos sobre varias emociones que son producto del esperar que se dé algo que deseamos en nuestra vida. A veces, esa emoción es muy negativa: falta de fe, abatimiento, ansiedad inmanejable porque no vemos frutos. Otras, significa continuar esperando, más como una inercia que con verdadera confianza. Lo que realmente nos da paz es sentir que ordenamos nuestra esperanza hacia un fin mayor, que subordina todos los demás. Por ejemplo, cuando buscamos ganar una maratón, aunque para eso debamos pasar muchas pruebas previas, mayormente dolorosas o incluso frustrantes. El ejemplo es de san Pablo.

El filósofo alemán Ernst Bloch decía que la esperanza es la más humana de las emociones, que responde a otras emociones de expectación negativas y pasivas como el temor y la angustia. Señala que le da amplitud a los hombres, porque los saca de sí. ¿Por qué es la más humana? Porque un animal no espera, simplemente sobrevive. Si a la persona se le quita la esperanza, se le quita su esencia. Y, como recuerda Bloch, es una cualidad que nos rebasa: cuando uno tiene esperanza, la tiene no solo para él mismo, sino para los demás. Nos abrimos a una esperanza colectiva, que busca el bienestar de todos, desde mi más cercano familiar o amigo, hasta la patria, la Iglesia y la humanidad entera. La esperanza última es aquella por la cual confiamos en llegar a ver a Dios cara a cara. En palabras de santo Tomás de Aquino, es la «virtud infusa que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios […] necesarios para alcanzarla». Infusa, es decir, Dios nos la infunde. Nos salvamos salvando. Amamos y esperamos.

Pero si nos quedamos en pensar en la virtud infusa, en el don, podemos acostarnos a esperar que todo nos llueva desde el Cielo, incluso el Cielo mismo. Si la Salvación, el regalo más grande, requiere que yo lo acepte (es decir, que actúe en respuesta), con más razón cualquier otra cosa que esperemos. San Agustín sentenciaba, “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Nuestra respuesta máxima y fundamental es aceptar la presencia del Padre en nuestras pequeñas vidas. La esperanza activa es precisamente esto: tener esperanza no significa sentarse a esperar. “¿Por qué no me llega el novio ideal?”. Encerrado entre tus cuatro paredes, sin abrirte a conocer gente que quizás en un primer momento te parezcan insoportables, nunca vas a encontrar esa persona. “¿Por qué no tengo el trabajo perfecto?”. Si no metes carpetas, acudes a entrevistas, pruebas opciones, jamás podrás saber qué ocupación es la que más va a llenar tu vida. “¿Por qué Dios no me da el reloj, el celular, el carro, la casa, que tanto le pido?”. Tal vez porque Dios quiere que tengas algo mucho mejor que esas cosas materiales.

Antes hablé de la contraposición entre fe y pensamiento mágico. Es muy probable que este sea la fuente de una esperanza pasiva, o viceversa. Pues hay casos en los que la esperanza en que se dé algo que he pedido con fe fuera un paquete que ordené que me traigan y el motorizado se ha perdido. La esperanza brota de la fe, pero también de las obras. Y cuando lo entendemos así, nuestra vida se pone en movimiento, sin dejar la oración. Nos abandonamos a la bondad de un Padre providente, que entiende mejor que nosotros qué es lo que necesitamos, pero que también nos oye con paciencia. Con la paciencia que da ser el Señor de la Historia; o sea, de tener el tiempo en sus manos, aquel tiempo en el cual nosotros vivimos y nos desenvolvemos.

Por esto, también, ocurre muchas veces que aquello que esperamos no nos va a llegar hoy, porque debemos trabajarlo más, porque no estamos listos, porque no podríamos manejarlo. ¡Cuántas veces no habremos pensado: “si esto lo hubiera tenido antes, no lo hubiese valorado”! Esperar -entonces- no es dormirse en los laureles, porque nadie dijo que esto sería fácil. Por eso existe el viejo adagio: “la esperanza es lo último que se pierde”. Pues cuando hemos abandonado la esperanza dejamos de luchar, todo sentido se desvanece. La depresión, en gran medida, es desesperanza. Es dar la vida por perdida.

Cuando asumimos la realidad de la espera, podemos darle sentido. Por eso también se dice que la paciencia es la madre de todas las virtudes, porque de ella (de la “cualidad del que sufre”) sale la fuerza que nos permite aceptar el dolor que produce no tener eso que ansiamos y dejarlo en manos de la Perfecta Voluntad. Amar es esperar. El zorro espera que el Principito lo domestique para poder oír al trigo reír. El Principito espera regresar a su rosa, aun sabiendo que no es perfecta. La vida es una espera desde el día en que tomamos conciencia de nuestros sueños. La espera se traduce en esperanza, y la esperanza, en movimiento. Ese motor que nos impulsa a buscar el bien, el bien para mí y para el otro, el bien para aquel que más lo necesita aunque no lo sepa.

La esperanza activa nos mueve al crecimiento individual y colectivo, porque nace del amor.

Tecnologías y relaciones humanas

¿Quién no se ha sentido abrumado por la masiva cantidad de información que estamos recibiendo minuto a minuto en nuestros aparatos electrónicos? ¿Quién no se ha sentido presionado por responder y aprovechar todo? Desde la receta de cocina hasta la carrera en línea, el abanico de posibilidades es prácticamente infinito. De esto ya hablé algo en el artículo sobre la presión online, pero en este quiero enfocarme en el buen uso de la tecnología.

Primeramente, cabe acotar el término: se refiere al conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico (según el DRAE). Como vimos en una publicación anterior, Marshall McLuhan decía que toda tecnología es una extensión del cuerpo, nos permite aprovecharlo mejor. El problema está en caer en el imperativo tecnológico: lo que se puede hacer, hay que hacerlo. Por ejemplo, si una máquina es capaz de realizar cálculos por mí, debo usarla y no necesito aprender a calcular. El papa Francisco nos alerta en su Laudato si’ sobre la confianza exclusiva en estos medios para resolver problemas, pues “el avance de la técnica no equivale al avance de la humanidad”.

En los tiempos que atravesamos, en los cuales nos hemos dado cuenta de que las posibilidades tecnológicas nos abren a un mundo que se puede seguir moviendo sin necesidad de salir de sus casas, es más fácil caer en el imperativo tecnológico. Y es por eso que nos exigen (y exigimos) que se dé respuesta a cada requerimiento de manera más rápida y efectiva. No solo igual que antes, sino incluso más urgentemente. Esto genera estrés y ansiedad negativos, y es frecuente no saber cómo manejarlos.

Entonces, en lo que parecía en un inicio ser un aislamiento donde tendríamos tiempo de sobra, ahora nos sentimos más urgidos para realizar mil millones de tareas a través de los recursos que nos brindan las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Urgidos por nosotros mismos, o por los demás. Encontramos un webinar que nos permitiría mejorar nuestras capacidades, la forma de tocar la canción que nos encanta en un tutorial, el libro que siempre quisimos leer en un e-book. Y se nos piden informes por correo electrónico, el trabajo de nuestros hijos en carpetas que guardamos en “la nube”, quince reuniones virtuales al día y la videollamada con el familiar lejano.

Lo que parecía ciencia ficción, hoy nos resulta realidad cotidiana. Recuerdo que hace más de dos décadas leía en una revista de economía de las ventajas del teletrabajo, una curiosidad que recién se estaba comenzando a aprovechar gracias a la popularización de la Internet. Ahora esto no resulta algo común y nada más, sino que incluso se ha vuelto la única manera de llevar las cosas en varios sectores profesionales. ¿Habremos caído en el imperativo tecnológico?

Como decía en el artículo sobre la presión online, debemos aprender a elegir nuestras batallas. Reconocer nuestros límites. Esto implica saber que, aunque la tecnología extienda nuestro cuerpo y magnifique sus capacidades, tampoco nos vuelve todopoderosos. Aceptarlo en nosotros y en los otros. Sobre todo en los otros. No exigirles más de lo que pueden realmente dar. Comprender que el hecho de tener todo al alcance de un clic, no significa que siempre estén en capacidad de dar ese clic. Todo dependerá de las prioridades que le den a cada cosa, por supuesto.

Debemos aprovechar la tecnología, pero no pensándola como una mochila que se sigue llenando hasta el infinito y que nos obligamos a cargar sobre nuestras espaldas todo el camino, sino más bien como la carta de un restaurante de donde yo escojo libremente qué voy a aprovechar y en qué momento. Priorizar las relaciones personales por sobre las tareas, por importante que sean. Ejemplo de esto es que muchas veces los hijos se están quejando de que extrañan a sus papás, aunque ahora estén 24/7 con ellos en su casa. Están, pero no están. Y no siempre porque no quieran dedicarles tiempo, sino porque en verdad se les exige estar permanentemente disponibles en sus respectivos oficios. Pues, una vez más, ahora todos estamos al alcance de un mensaje de texto o una llamada, ya que si hay una extensión ubicua de nuestro cuerpo hoy en día, es el teléfono móvil o celular.

Entendámonos como seres-en-el-mundo, pero sobre todo como seres-en-relación. Usemos la tecnología (desde un cuchillo hasta una app) para poder hacer las cosas mejor y más rápido, pero que ese mejoramiento y rapidez se traduzca en mayores posibilidades para dedicarnos a los que amamos. Asumamos nuestras limitaciones con el fin de poder llevar el día a día con el peso que somos capaces de cargar, y aceptando lo que el otro me puede dar, conscientes de esas mismas limitaciones. Amar significa conocer, y conocer significa entender que el otro es un ser humano como yo, es decir, imperfecto. Y seamos felices con esos límites.

Amemos aprovechando la tecnología, sin dejarnos absorber por ella.

Hablar con el resiliente

Cuando pienso en el concepto de resiliencia, recuerdo la canción del Dúo Dinámico, cuya fama debida a la película “Átame” resurgió en estos tiempos pandémicos. Sí, esa que dice: “y aunque los vientos de la vida soplen fuerte / Soy como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie”. Porque la palabra significa exactamente eso, volver de un salto a la posición original luego de haber sido movido de ella. Viene del latín re- (repetición) y salire (saltar), a través del inglés, idioma en el que se comenzó a usar en los años 70 en campos como la ecología o la psicología del desarrollo.

Es precisamente en este último ámbito donde Emmy Werner habla de la resiliencia como la capacidad que tienen ciertos niños, que nacen y crecen en ambientes carenciales, para sobreponerse y tener una vida más o menos saludable. Al Siebert señala que existen tres posibles respuestas a una situación adversa: explotar con rabia, volverse insensible, o enojarse e iniciar un proceso hacia el bienestar; la resiliencia es este último proceso. El psiquiatra Boris Cyrulnik, uno de los que más ha hablado sobre este fenómeno, señala que la resiliencia no es simple adaptación (cercana a la insensibilidad), sino enfrentar la vida como algo nuevo. Y él mismo es un ejemplo vivo de esto.

Cyrulnik sobrevivió de niño a la persecución a los judíos por parte del nacionalsocialismo, primero ayudado por adultos que lo acogieron hasta tener que esconderse en las letrinas, huir y terminar trabajando en el campo. Todo esto, entre los 5 y 6 años. Él señala que en ese tiempo no se preocupaba más que por seguir viviendo, que la búsqueda de propósito vino más tarde, cuando ya pudo ser educado por su tía y tener una vida más normal, luego de la Ocupación. Hablando de resiliencia. Es por esto que él señala algunos mecanismos de defensa ante la adversidad, desde el más pasivo al más activo: la negación, el aislamiento, la “huida hacia adelante” (constante vigilancia para no repetir lo que causó dolor), la intelectualización y sobre todo la creatividad.

El ejemplo de Boris Cyrulnik me recuerda al relato de alguno de los supervivientes del llamado “Milagro de los Andes”, cuando decía que en realidad en la montaña su único pensamiento era sobrevivir este minuto. Cualquier búsqueda de sentido tendría que surgir después. Cuando regresaron a su hogar, construyeron una nueva vida sobre las ruinas de la que perdieron en la nieve. Eso es resiliencia, esa capacidad que surge luego de la ira, la negación y la adaptación.

Pienso que hoy en día es muy común hablar de resiliencia, como una facultad que tenemos todos para reponernos ante cualquier problema. Sin embargo, como dice Siebert, se trata más bien de un proceso, que además tiene fuentes aún no suficientemente estudiadas, a decir de Cyrulnik. ¿Por qué hay personas que se hunden ante la mínima adversidad, y otras que surgen como el ave Fénix luego de las peores calamidades? O, tal vez, esos que resurgen lo hacen precisamente porque no les queda otra opción, después de haber perdido hasta lo último. Creo que resta mucho por conocer sobre el tema, pues el hombre no deja de ser un misterio.

Igualmente, yo considero que todos tenemos una potencialidad resiliente en nuestro fuero interno, y que surge de esa imagen de Dios a la que respondemos. Las más grandes desgracias pueden sacar lo mejor de nosotros, pero también lo peor. Somos nosotros quienes decidimos si queremos ser creativos y renacer de las cenizas. Sentir que tenemos esa capacidad de doblarnos ante los embates de la vida puede ser un factor determinante para encontrar respuesta a todo lo que nos pase, por dramático que sea. Y aunque ese proceso inicie con sufrimiento e ira. Nos doblamos pero no nos doblegamos.

Como el junco, saltamos de nuevo a ver la luz del sol.

Responsabilidad y perfeccionismo

Cuántas veces habremos oído que alguien dice que su único defecto es ser perfeccionista. Quizás lo diremos nosotros mismos. O, lo contrario, pensar en el perfeccionismo como en la mejor de las virtudes. Ambas visiones podrían ser correctas, si dependiera de qué interpretemos como perfeccionismo: si hablamos del afán de realizar obras que se acerquen a lo perfecto o del terror a cometer errores. Pero incluso el Diccionario lo define así: “tendencia a mejorar indefinidamente un trabajo sin decidirse a considerarlo acabado”.

Al tratar este tema, desde mi punto de vista topamos asuntos que ya se vieron en otros artículos. Por ejemplo, el perfeccionismo suele ser síntoma de un rasgo obsesivo, conectado con la ilusión de control de la que habló Ellen Langer, y al otro extremo del complejo de Jonás estudiado por Maslow. Si relacionamos la búsqueda de la perfección como fuente de ansiedad y sus tres respuestas posibles según lo que decía Rollo May, la conformidad sería la mediocridad, la desesperación el perfeccionismo y la búsqueda de sentido la responsabilidad.

Lo malo –entonces– no es buscar la perfección (“sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”, Mt 5, 48), sino obsesionarse con ella. Si en todo acto y obra queremos hacerlo cada vez mejor, para ajustarnos progresivamente a nuestros ideales y sueños, esa búsqueda nos permite crecer y desarrollarnos de manera enorme. Se transforma en un motivo (un motor) para hacer las cosas. Si, en cambio, esa perfección se transfigura en una idea recurrente, sintiendo que los demás nos juzgan si lo que les presentamos no es lo suficientemente bueno para ciertos estándares, entonces hemos dado con una patología.

Ese perfeccionismo tiene que ver con todos los aspectos de nuestra vida, y por tanto se puede evidenciar en trastornos fisiológicos, psicoafectivos y espirituales. Por ejemplo, una chica que no se siente digna de ser amada, pensará que no es lo suficientemente hermosa según los cánones de belleza que manejan sus pares, y puede caer en algún trastorno alimenticio como la bulimia o la anorexia. Se ve al espejo y no es capaz de apreciarse tal cual es, con sus aspectos lindos y feos; observa únicamente lo que no le gusta y lo magnifica.

Muchas veces el perfeccionismo nos resulta tan pesado, que no logramos llevar a cabo nuestras tareas, o no somos capaces de darlas por finalizadas. Existen artistas cuyas obras nunca ven la luz porque no llegan a parecerles perfectas, y siguen corrigiendo y aumentando hasta el infinito. A la final, jamás cumplen su propósito vital, pues siempre se sienten insuficientes. Creen que hay un ojo enorme que los ve y los juzga con tal severidad que los hace sentir indignos de cualquier aprecio.

Ante todo esto, yo propongo tres pensamientos claves para vencer las consecuencias negativas del perfeccionismo:

  1. La perfección es inalcanzable. Cuando asumimos que el ser humano y sus actos nunca podrán ser perfectos, porque no somos dioses (“Nadie es bueno sino solo Dios”, Mc 10, 18) podemos siempre mejorar, sin paralizarnos. Alguien me dirá que esta noción se contrapone con la de Mateo citada antes. Pero precisamente la idea es asumir la perfección como un ideal y no como un estado.
  2. Si no me cuido, no puedo ser responsable. Tanta gente se hace daño a sí misma (sin comer, sin dormir, sobreexigiéndose) para tratar de realizar trabajos perfectos que termina dejando de responder (responsable=quien puede dar respuestas) a lo que la vida y sus relaciones en realidad le piden. Contra esto, el comenzar asumiendo el punto 1 y luego reconociendo nuestras limitaciones para comprender que quien no está sano no puede hacer lo que se le exige, podremos llegar a buscar mejorar hasta donde nuestros límites dan, sin frustraciones por no ir más allá.
  3. No debo demostrarle nada a nadie, ni siquiera a mí mismo. Si estamos seguros de quienes somos y cuáles son nuestras capacidades y debilidades, es mucho más fácil saber que, si nuestras obras tienen imperfecciones, la única estrategia es aceptar el error y realmente querer corregirlo la siguiente vez.

La perfección debe ser tomada como un ideal de nuestras vidas, como una flecha lanzada a la Trascendencia. Nunca como algo que podemos lograr en cada cosa que hacemos, pues eso nos traerá frustraciones. El ansia permanente de crecimiento no puede confundirse nunca con la obsesión por lograr ser lo que queremos ser mañana o el día después. A la gloria se llega paso a paso, sin quemar etapas de manera apresurada. Y abandonados al único dueño de la perfección: nuestro Padre que nos impulsa a parecernos a Él.

Sed de infinito, pero con los pies en la tierra.