Ojalá te mueras

Detrás de esta frase, es evidente, existen sentimientos muy fuertes. Muuuy fuertes. Sin embargo, no podemos tomarla como algo literal, pues esos sentimientos ocasionan que uno diga cosas que en realidad no quisiera decir en momentos más tranquilos. Se trata de la ira, la impotencia, la frustración y el dolor hablando. No necesariamente tiene que haber un daño irreparable o una intención de parte del otro de destruir nuestra vida. Puede ser que estemos con la sensibilidad a flor de piel o que hayamos llegado al límite después de haber llenado el vaso hasta el borde. El caso es que la emoción nos ha vencido, y sentimos que la única salida a nuestro sufrimiento sería que la otra persona desaparezca y, claro, nuestra mente relaciona esa desaparición con la muerte. Es de lo que traté en el artículo pasado.

Cuando pienso en esta emoción, me viene a la mente aquel Bailaré sobre tu tumba de Siniestro Total. Desde que la oí por primera vez en mi adolescencia me hacía pensar en un tipo lleno de ira hacia una chica traicionera, ideando las maneras más sádicas y a la vez cómicas (y por tanto denigrantes) de asesinarla, y -para más insulto- mostrar la alegría de su ausencia con una danza encima de su sepulcro. Sé que la motivación de un grupo punk no suele ser tan romántica (en onda wertheriana), sino que más bien es contestataria-tragicómica. Lo cual cobró sentido cuando me enteré, muchos años después, que la letra estaba inspirada en el diálogo de la película de Coppola (siempre enganchado con temas mafiosos) Cotton Club, salpicándola con referencias culturales acordes al ambiente rocanrolero de la canción. En fin, que no habla de desearle la muerte a la ex, sino de querer asesinar al “bully” que le hace la vida a cuadritos.

De todas formas, aquella letra (a la cual se puede sumar, de una manera más poética, la de Silvio Rodríguez, Ojalá) no ha dejado de ser la imagen que tengo cuando alguien me cuenta que ha deseado que aquel que le ha herido tanto desaparezca. O, al otro lado, que la otra persona le deseó la muerte a él. Dos caras de la misma moneda, con contextos similares pero consecuencias diversas. Y de eso es lo que quiero hablar aquí. ¿Qué ocasiona que alguien desee que el otro se esfume de su vida? ¿Cómo se siente quien ha oído una frase tan lapidaria? Conviene ponerse en los zapatos de esa gente para dimensionar en verdad esto que no es tan sencillo.

Una pareja que no ha podido generar un vínculo saludable puede vivir mucho dolor en la relación, incluso hasta sentir que la vida es un infierno. Nuestra mente tiende a buscar culpables y, dependiendo de la autoimagen que tenga, ese culpable puedo ser yo o el otro. Cuando tengo una autoimagen inflada (que suele ser síntoma de un trastorno de personalidad), lo más probable es que mi inconsciente le eche todo el bulto a mi pareja: “yo no puedo haber causado esto, porque eso destruiría mi resquebrajada seguridad; lo tiene que haber hecho ella” (la otra persona). En consecuencia, para yo poder sentirme inocente y con ello ser capaz de seguir teniendo una autoestima vivible lo ideal sería que esa persona desaparezca, y ojalá se llevara todo lo que vivimos con ella. “Ojalá pase algo que te borre de pronto”.

El otro lado es ser esa persona que quiere ser borrada de la historia de alguien que antes decía que la amaba. Como en el bolero Ojalá que te mueras que, en la voz de José José, relata que el protagonista, después de ver cómo su pareja se marcha gritándole esas palabras, se dispone a morir. En realidad no lo piensa de forma seria (busca que una bala perdida le mate… ¿qué posibilidades hay?), y se termina justificando al decir que su vida no es suya pues se la dio a su ex, por lo que no se la puede quitar mientras no se la devuelva. Más allá de este giro dramático, es real que alguien a quien se le desea la muerte se cuestione la propia vida: “si para la persona que más amo no valgo nada, ¿de qué sirve seguir aquí?”. Hay un pequeño aroma subconsciente, también: “si eso es lo que desea, se lo voy a conceder y así le hago ver lo horrible de lo que dijo”. Detrás, existe un escaso amor propio y una autoestima por los suelos. No se siente digno del amor de nadie, no encuentra el propósito de su existencia.

Estos deseos de muerte no son exclusivos de la relación de pareja. Se presentan en cualquier tipo de relación: familia, amistad, negocios… Hasta la muerte de Dios, deseo retratado en la parábola del hijo pródigo. El ingrediente esencial es la impotencia ante la inviabilidad de dicha relación. Considera que hizo todo lo que estaba en sus manos para sentirse bien con el otro y obtener lo que buscaba, sin embargo no lo obtuvo. Trató de cambiarlo para que sea como quería, pero no lo logró. Es que el otro no puso de parte. Que se muera. Como podemos ver, hemos entrado en la lógica del descarte, del desprecio: “esta persona no me sirve porque no me da lo que necesito, es pobre”. Que se muera, y así no tendrá que volver a pensar en ella. Como si eso fuera posible. Si la mente aprendió que el problema se soluciona eliminando su fuente, no es de extrañar que el sufrimiento en una relación tóxica se quiera solucionar con la eliminación del otro. Si la mamá logra que el niño evite golpearse quitando todo lo que tiene en frente, este crecerá pensando que los demás le deben limpiar el camino a la felicidad y, si no, berrinche. “Cómo pudiste hacerme esto a mí / yo que te hubiese querido hasta el fin. / Sé que te arrepentirás”, decían Alaska y Dinarama.

En realidad, entender los procesos mentales que subyacen al deseo de que el otro desaparezca es esencial para comprender cómo se puede actuar de una manera sana. Si encuentro la raíz de mi desazón, logro combatir al verdadero enemigo, que no es la otra persona, sino un complejo mundo psicoafectivo que debe trabajar cada cual por su lado y en conjunto. Si la relación no funciona no es culpa de nadie y a la vez responsabilidad de todos. Encontrar a otro es responder al hecho de que somos seres-en-relación: nos debemos a los demás, nos sostenemos en ellos. Subimos la montaña en una misma cordada. Si algo no anda bien, hay que trabajarlo juntos. Y si, por último, luego de tanta lucha, no logramos encontrar la punta del hilo, la solución no tiene que ser desear la muerte del otro. Porque seguirá ahí, aun muerto seguirá en nuestra historia y en nuestros recuerdos. Por eso, más vale que nos despidamos con un abrazo o un apretón de manos, sin rencores y siendo honestos con nuestros sentimientos. La vida sigue, y aunque con caminos separados, es posible que nos volvamos a encontrar.

Y más vale que sea un buen reencuentro.

Foto por Andrea Piacquadio en Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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