¿Por qué existe el fanatismo?

Como intuirán por el título, quiero hablar del origen de las múltiples manifestaciones de fanatismo que hemos venido viendo últimamente. En realidad, como suele ocurrir en el ser humano, uno siente que el fanático es el otro, nunca uno mismo. Conviene por tanto arrancar definiendo al fanatismo, según el Diccionario de la Real Academia Española: es el “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones”. Proviene del término latino fanum, templo, y fanaticus era su guardián. De ahí que pasara a designar al defensor de lo sagrado y luego al que cuida con celo cualquier pensamiento, religioso o no. Ciertamente, el fanatismo es algo que siempre ha estado y estará presente en la humanidad, y sus actos no dejan de ser noticia.

Claro, si tomamos perspectiva, estos gestos que buscan imponer por la fuerza la visión del mundo de un grupo (minoritario o no) existen desde las primeras civilizaciones, producto de ideologías casi siempre alejadas de la realidad. Por eso, mi intención es tratar de profundizar algo más; preguntarme no solo por qué hay personas capaces de destruir propiedad pública o privada y agredir a otros por pensar diferente, sino por qué para unos son héroes y para el resto villanos.

G. K. Chesterton, escritor inglés, decía que “todos los hombres deben ver un cosmos como el verdadero; pero el fanático no puede ver ningún otro cosmos, ni siquiera como una hipótesis”. La autora canadiense Margaret Atwood, lo explica: “cuando la ideología se convierte en religión, cualquiera que no imita las actitudes extremistas es visto como un apóstata, un hereje o un traidor”. Esto se da, según el filósofo norteamericano Eric Hoffer, porque los movimientos de masas comienzan con un “deseo de cambio” generalizado de personas descontentas que colocan su lugar de control fuera de su poder y que tampoco tienen confianza en la cultura o tradiciones existentes. A decir de Erich Fromm, el fanático es un narcisista: “se ha construido para sí mismo un ídolo, un absoluto, al cual se entrega completamente, pero del cual él mismo constituye una parte. En consecuencia, actúa, piensa y siente en nombre del ídolo, tiene la ilusión de “sentir”, de la excitación interior, aunque no tiene un sentimiento auténtico”.

Vemos entonces el descontento como caldo de cultivo para el fanatismo, que explota luego en fenómenos de masas: en la masa el individuo ya no actúa como tal. Es por esto tan importante para el fanatismo la presencia de una cabeza a quien seguir. La masa no piensa sino a través de sus conductores. Es por esto que no podemos juzgar (estrictamente hablando) la responsabilidad de una persona dentro de un grupo fanatizado cuando este comete actos antiéticos, inmorales o directamente ilegales. Cuando un miembro de un colectivo destruye un edificio o tira abajo una imagen no lo hace por una convicción clara y consciente, lo hace porque de esta manera busca ganar puntos de aceptación por parte de esa masa fanatizada. Alguien que no participa de los actos masivos del grupo de pertenencia teme la exclusión definitiva, y con esto, la soledad inmisericorde.

Nuestra mente tiende a buscar patrones para entender el mundo. No siempre acierta encontrándolos, pero nos ayuda a dejar de estar preocupados por cada detalle de la vida para enfocarnos en lo que más requiere nuestra atención. Por consiguiente, calificamos a los demás por unos pocos aspectos (a veces uno nada más, y casi siempre externos) para poder saber si “es de los nuestros” y bajar las armas; si no, nos ponemos alertas para ser capaces de responder a cualquier ataque. La vida, entonces, se divide en dos bandos: nosotros y los otros. Nuestro cerebro fue creando estereotipos: tipos fijos para encajar en ellos a cada vecino. Por eso, los tatuados, los universitarios, los católicos, las feminazis, los zurdos y los neocones, todos responden a un modelo fijo y todos son iguales, sin matices.

Sin embargo, cuando estudiamos con más profundidad al ser humano, entendemos que somos esencialmente los mismos, pero también esencialmente distintos. Nos une pertenecer a la misma raza humana; nos separa la individualidad que hace de cada uno un universo de posibilidades y traumas, habilidades y debilidades, virtudes y defectos. Un universo que no terminamos nunca de explorar. Y por esto mismo buscamos pertenecer: considerarnos parte de tal o cual grupo con el que nos identificamos o queremos identificarnos. Entonces nos sentimos blancos o negros o indígenas o mestizos, nos sentimos socialistas o libertarios o terceravía, nos sentimos Barcelona o Real Madrid.

Ahí está la raíz de nuestros fanatismos: tenemos miedo. Miedo de no ser lo que creemos que somos, miedo de que el mundo sea más complicado de lo que parece. Pero ante todo miedo de que los otros nos ganen y demuestren ser mejores. Es una mezcla de la búsqueda de aceptación con el sentimiento tribal que nos hace sentir protegidos por el clan. Por eso nos ha juntado la historia, la religión, el deporte, la economía, etc., etc., etc. Y también nos ha separado, es innegable. Porque si soy ortodoxo me siento amenazado por el protestante y si soy evangélico me siento amenazado por el judío. Porque tal vez venga y me quite mis convicciones, de las cuales no estoy tan convencido.

Hay otra vertiente para este extremismo fanático: la tendencia que tenemos hacia lo eterno. Esa imagen de bondad que yace en nuestro interior y nos hace buscar el bien, aunque lo hagamos de forma desordenada. Un fondo de buena intención en todas esas causas. Queremos que este mundo sea mejor, aun cuando sea solo para cierto grupo al cual consideramos vulnerable y del cual nos sentimos responsables: ecosistema, animales, pobres, niños por nacer, necesitados, mujeres, homosexuales, usted ponga el nombre. Percibimos a los que no protegen en particular a estas realidades como sus enemigos, o sea, nuestros.

Hay todavía una más, y menos saludable: la que nace de la herida. El maltratado y oprimido que quiere reivindicarse de manera que el otro sea ahora el oprimido y maltratado. Sentimos que el único camino para la sanación es la venganza, aunque no le pongamos ese nombre. Como la chica violada que quiere que todos los hombres sean castrados (física o moralmente) o el alumno maltratado que al crecer genera leyes para que los maestros no tengan una voz.

En muchas ocasiones varias de estas fuentes confluyen para generar desprecio hacia el diferente. Un desprecio que lleva a dañar y hasta tirar abajo monumentos e iglesias, e incluso a insultar, agredir, golpear o matar al hermano de la otra vereda. Podríamos pensar: ¿hay coherencia en todo esto? ¿Incendiar una iglesia conseguirá que una mujer que no desea tener a su hijo pueda abortar? ¿Destrozar una estatua de Colón curará el daño que hicieron uno o más europeos a uno o más americanos en el pasado? Pero sí, para esas personas hay coherencia: hay que hacer notar el enojo por tanto daño soportado. Esa es la consigna: el mundo tiene que cambiar. Desde cómo lo ven los otros (el enemigo) a cómo lo vemos nosotros (mis amigos).

No podemos juzgar de forma tajante a las personas que agreden bienes o gente. En el fondo los mueve la misma buena intención que nos mueve a nosotros, pero la han canalizado de otra manera. Evidentemente, eso no justifica todos esos actos violentos y vandálicos. Pues somos seres libres, podemos elegir si seguir a ese líder negativo dentro de esa masa fanatizada o tomar decisiones positivas que realmente puedan llevarnos a ser agentes de cambio. Para esto el único camino es entender las diferencias como complementariedades y no como oposiciones insalvables. Distintos puntos de vista nos ayudan a entender mejor la realidad y poder encontrar mejores soluciones, más plenas. Sin embargo, todo esto parte de una autoimagen sana y una sólida autoestima.

Debemos comenzar amándonos para poder amar al diferente sin considerarlo una amenaza.

No me merezco esto

Es frecuente que nos encontremos con este pensamiento cuando estamos viviendo situaciones difíciles, problemas y crisis. Sentimos que no es justo, con todo lo que hemos hecho, tener que lidiar con estos momentos negativos que nos tiran abajo. Tendemos a pensar que nos merecemos algo mejor. Si somos tan buenos, nos esforzamos tanto, tenemos tan nobles intenciones y nos preocupamos de tal manera por que todo marche bien, no deberíamos estar pasando por estas.

Carl Rogers nos hablaba de la necesidad del niño de seguir ciertas conductas y tener determinadas actitudes para merecer el cariño de sus padres, y que muchas veces esta necesidad se mantiene hasta la edad adulta. La pedagogía del miedo en cualquier caso nos ha hecho pensar que portarse bien tiene como consecuencia un premio, sea este material o afectivo. Inclusive esta pedagogía solía acompañar la enseñanza de la religión: si no eres bueno, Dios no te ama. Pero ante eso está la parábola del hijo pródigo para recordarnos que el amor tiene que ser incondicional.

Por esto, quiero hablar de dos puntos relacionados con este “concurso de merecimientos” que es la vida para muchos.

1) Merecer el bienestar. Generalmente, este bienestar es el material. “Si mis papás se han sacrificado para darme una buena formación, si he estudiado tanto, ¿por qué no tengo un buen empleo y un mejor sueldo?” Esta idea tiene una fuente: el hecho de no considerar el entorno. Por un lado, creo que yo soy el ombligo del mundo y nadie tiene mis condiciones y, por otro, no tomo en cuenta las variables externas. En el ejemplo anterior: así como pienso yo, puede hacerlo una persona que se ha educado en una mejor universidad, se ha esforzado el doble y ha obtenido mejores calificaciones. Igualmente, no estoy tomando en cuenta que la situación general es complicada y no es fácil que se abran plazas de trabajo.
Pero no es material únicamente. También tiene que ver con la tranquilidad. “Si yo no hago mal a nadie, ¿por qué me va peor que a los corruptos? Ellos viven tranquilos”. En cierta forma, es igual al caso anterior, pero entrando en comparaciones. Primero, comparar siempre es injusto, porque no sé realmente cuáles son las condiciones y circunstancias de esa persona. Y, luego, si me cotejara con alguien que está peor y que quizás hasta “se porte mejor”, es posible que no me sentiría tan mal.

2) Merecer el amor. Relacionado con lo que señala Rogers y el Evangelio. “Debo ser bueno para que me amen”, y -paralelamente- “si soy bueno las personas que me importan me amarán”. Como lo uno no es consecuencia de lo otro, esto genera frustración y aprendemos maneras de relacionarnos a través de la manipulación y la victimización. Si la educación de las primeras etapas del desarrollo no ha poseído el equilibrio entre amor y control (como dice Rubén Blades), es decir, entre cariño y firmeza, es probable que se formen adultos inseguros que luchan de manera tóxica por aceptación.
El amor, si es amor, es incondicional. Ya hemos hablado antes de este tema. Los padres no esperan ver el comportamiento del hijo para ver si lo aman o no, simplemente lo hacen, aunque es lógico que se sientan apenados y hasta defraudados si dicho comportamiento no es correcto. El problema inicia cuando esperamos amor de alguien que no puede amarnos, por las razones que sean. Nadie da lo que no tiene. Nuestro inconsciente, entonces, nos lleva a utilizar estrategias para forzar ese amor en el otro. Y, por supuesto, esto tarde o temprano terminará mal.

En cualquiera de las dos formas, se trata de pensar que nadie merece nada de nadie, simplemente aprendemos a reaccionar de maneras positivas ante lo que los demás nos brindan. Esto implica entender qué puedo esperar del otro, y también hacer que el otro comprenda qué puede esperar de mí. Siempre pongo este ejemplo: si quiero que la otra persona me dé una figura esférica cuando ella solo tiene un cubo, podemos pasar la vida entera luchando porque, ni me dan lo que necesito, ni yo acepto lo que me dan.

Repito, el amor es incondicional o no es amor. Si estoy en una relación (familiar, de amigos, de pareja) y la otra persona pone condiciones para amarme, hay que plantearse si esa relación tiene futuro. No porque lo merezca, sino porque debe haber amor o no va a funcionar. Una persona que condiciona sus sentimientos no está segura de ellos, no está segura de que la otra persona los tenga y no sabe cómo valorar estas realidades si no es a través de un juego de manipulación. Como nunca aprendió a amar, lo que sabe es interpretar señales de amor, que pueden ser cosas tan inconsecuentes como ramos de flores y regalos, aceptar sin más las propuestas del otro, acatar prohibiciones sin chistar. Ejemplo clarificador: “si te vas de vacaciones con tus amigas, no me amas, ¡olvídate de mí!”.

La vida no es un concurso de merecimientos. Tenemos lo que luchamos por conseguir, si bien dependemos de nuestras circunstancias y de la voluntad de Dios. En cuanto al amor, si estamos en una relación donde se nos exige ciertos parámetros para seguir en ella, no podemos continuar. Ese no es amor. Amar significa aceptar al otro tal cual es, aunque siempre esperando su crecimiento. Y si no me aceptan ni esperan mi crecimiento, no me aman. O tienen un amor desordenado. Así de sencillo.

Amar la vida significa asumirla como viene y lucharla día a día, no merecerla.

Ser obedientes a la realidad

En algunos artículos he hablado de la necesidad de obediencia a la realidad para poder continuar el camino hacia el ideal que le da sentido a nuestras vidas. Pero, ¿qué es la obediencia a la realidad? ¿No es obvio que la realidad es lo que vivimos todos y ya? Sin embargo, no es tan fácil, porque solemos enfrascarnos en la subjetividad de nuestros deseos y la desconectamos de lo que es real. De ahí procede la frustración vital. Esto no deja de recordarme esa canción de Sui Géneris: “Qué poca cosa es la realidad / mejor seguir, mejor soñar / que lo que vale no es el día. / Pero el sol está / no es de papel, es de verdad”.

La obediencia a la realidad tiene que ver con lo que el filósofo Martin Heidegger llamaba “dejar ser al ser”. Recordemos que Santo Tomás distinguía ser de esencia, lo estable de lo que se encuentra en movimiento, en construcción. Aceptar la realidad, en consecuencia, implica entenderla como algo en constante cambio, aunque sin perder aquello que la define. Es una suerte de término medio entre Heráclito y Parménides, pues el río al fluir sigue siendo el mismo río aunque sus aguas sean otras.

Por ello, obedecer a la realidad significa entender que solo puedo actuar en aquello que me corresponde, y que lo que hoy es mañana quizás ya no lo sea y no está bajo mi control. Pelearnos con la realidad es lo que hacemos cuando no asumimos que no es el ideal, que no tenemos capacidad de que lo sea, en nuestra imperfección. Podemos, sí, hallar el camino para que día a día y paso a paso vayamos acercando la realidad a ese ideal.

Esto nos obliga a una de dos opciones: o ajustamos nuestro ideal para que sea más realizable, o ajustamos el camino para llegar a él en cuanto está en nuestras manos. Pongo un ejemplo: si yo quiero ser un exitoso jugador de fútbol, primero debo aceptar que no soy Lionel Messi ni Cristiano Ronaldo. Pero después, puedo entrenar para llegar a acercarme a ellos e incluso superarlos si tengo las capacidades. Sin embargo, si luego de un buen tiempo de trabajo no logro ni siquiera jugar en la liga barrial, debería considerar que mi sueño de éxito pueda ser otro. Tal vez llegar a ser el mejor analista de fútbol que ha visto el mundo y sus alrededores.

Nuestros sueños construyen ideales si estos se ajustan a lo que podemos dar de nosotros mismos. Y vamos empujando la realidad hacia esos ideales asumiendo lo que somos capaces en ese sentido, y dejando lo demás en manos de Dios. Obedecemos a la realidad como va presentándose. Comenzamos por nuestra propia realidad, nuestros propios límites y nuestras propias capacidades. Y esa realidad abarca todo lo que somos y donde nos movemos: vocación, ocupación, matrimonio, familia, sociedad, etc. Si amamos ese camino, encontramos la felicidad porque le hemos dado ese sentido de alcanzar un ideal.

Obedecer la realidad significa movernos hacia un ideal sin perder la esencia.

La pobreza es un estado mental

Muchas veces habremos oído esta frase en diversos contextos. Son palabras que no siempre son comprendidas y frecuentemente generan polémica. ¿Esto significa que los pobres lo son porque quieren? ¿La intención es motivar a que nos esforcemos en conseguir lo que anhelamos? ¿O es darle la contra a la idea de la pobreza como castigo divino? ¿O más bien decir que no es real sino que está en nuestra cabeza? Podría ser cualquiera de estas, una mezcla de un par o de todas, o incluso otras más. ¿Es válida, entonces, dicha oración, o cabe ignorarla como ridícula?

Pienso que hay una dualidad en el sentido de esta frase. Por un lado, nos dice que si quieres dejar la pobreza hay que enfocarse en ello y ponerle ganas; por otro, que puede ser que no seas pobre, sino que te consideras pobre. En contra de la primera, Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, nos cuenta que el 90% de los que nacen pobres mueren pobres y el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, independientemente de lo que hagan para merecer esa suerte. La idea de Stiglitz apunta a una desigualdad de oportunidades. Podríamos hacer mención a la pirámide de Maslow también: si la pobreza condiciona a la persona a buscar satisfacer sus necesidades fisiológicas y de seguridad, es difícil que tenga espacio para la autorrealización. En cuanto a la segunda idea, en cambio, tenemos muchas opiniones valiosas que la sustentan; por ejemplo, aquella de San Agustín: “pobre no es el que tiene menos, sino el que necesita infinitamente más para ser feliz”.

¿Podemos decir en consecuencia que no hay manera de evitar que un pobre lo siga siendo, y además concluir de forma tajante que no es que sea pobre sino ambicioso? Pienso que nada es blanco o negro, más bien hay un espectro infinito de posibilidades. Primeramente, convendría entender que la definición de pobreza puede ser vista en términos absolutos o relativos; o mejor, objetivos o subjetivos. Incluso si intentamos ser objetivos, los parámetros que tomemos en cuenta para medir la pobreza pueden variar significativamente. Entonces, ¿somos en verdad capaces de calificar a alguien como pobre de manera cierta? Sin querer caer en relativismos, creo que la pobreza resulta difícil de definir en términos absolutos, pero sí es obvio que no nos equivocamos al decir que una persona es pobre cuando no tiene cubiertas sus necesidades básicas (alimentación, vivienda, vestido) y de seguridad (trabajo, educación, salud). Y si tomamos en cuenta esto, existen muchas personas que son efectivamente pobres.

Salvados estos obstáculos conceptuales, considero que, si hablamos de la imposibilidad de salir de la pobreza por falta de oportunidades, es claro que aunque haya apenas un 0,00001% que logra superarla no podemos hablar de manera determinista. Es decir, es una circunstancia que nos condiciona pero no nos define. ¿Qué es lo que hace que un pobre deje de serlo? Debemos evitar caer en el pensamiento mágico (ese de “deséalo con todas tus fuerzas y el universo conspirará para que lo logres”); sin embargo, la falta de oportunidades es una realidad que siempre podemos empujar hacia un ideal de bienestar. Ellas no solo nos llegan, sino que las buscamos e incluso las creamos. Sabemos que es más fácil escribirlo que volverlo realidad, aunque eso no quiere decir que no podamos hacerlo. Algunos lo logran y otros no, ciertamente. ¿Suerte, bendición? Seguro es una mezcla de ambas sumadas al trabajo dedicado.

De todas maneras, es verdad que existen personas que se consideran pobres sin serlo. Me acuerdo de esos tipos que, cuando se les pregunta cómo están, contestan con algo parecido a “aquí… sobreviviendo, como cuando eras pobre”. Puede sonar chistoso, pero refleja aristas muy negativas: pesimismo, resignación, conformismo y –la peor de todas– envidia. En general, esas palabras vienen de gente que hasta puede estar mejor que uno en el aspecto material. Es claro que aquí calza esa idea de que dicha persona no es realmente pobre, sino que vive en una mentalidad de pobreza. Se ven como pobres pues envidian a los que parecen estar más cómodos, y que seguramente no se quejan de lo que les falta. Sienten carencias porque han generado necesidades.

En resumen, aunque a la población que está bajo la línea de la pobreza pueda resultarle difícil salir de ella por la falta de oportunidades, y mientras quienes podamos colaborar a dárselas no lo hagamos, sí es cierto que un cambio de mentalidad produce un crecimiento no solo en nuestras metas de autoactualización y autorrealización, sino en nuestro mismo bienestar y el de quienes nos rodean. Podemos aprender a tomar nuestras circunstancias y lograr con ellas siempre un poco más de lo que sería normal esperar. Somos capaces de muchas cosas porque Dios nos ha dado varios talentos, el punto es sentir esa responsabilidad de echarlos a andar.

Que la vida no sea una carga, sino un camino de progreso con sentido.

El don de la culpa, pt.2

En el artículo anterior hablé de cómo la culpa podía entenderse como una herramienta adaptativa que nos permite corregir nuestros errores para vivir mejor con nosotros mismos y en sociedad. Sobre todo que, como tal, es un don divino que nos permite arrepentirnos, reconciliarnos y reparar. Y me había enfocado en la forma de detectar si esa culpa nos está paralizando y haciendo daño. También debo recordar que en otra publicación traté del autoengaño como evasión a la culpa. Ahora, una vez que nos dimos cuenta de la culpa que no nos ayuda, pongamos atención en cómo enfrentarla y encontrarle un propósito.

Había citado a Larry Barber al mirar bajo una lupa espiritual a esta culpa adaptativa, que nos lleva a eliminar el miedo y actuar con amor y misericordia. Señalaba, en un post anterior sobre la muerte, que Frankl consideraba la culpa como parte de una “tríada trágica”, pues el ser humano inevitablemente se topa con ella, pero que puede darle sentido. El sentido de la culpa es el cambio. Abraham Maslow consideraba que uno de los rasgos de las personas que buscaban la autoactualización (el pico de su pirámide) era una culpa contextualizada y realista. Me recuerda a Rudolf Allers: “al margen de la neurosis no queda más que el santo”. ¿Cómo podemos, entonces, darle este valor positivo?

1. Amor. Un requisito para transformar la culpa en cambio es el amor. El amor a uno mismo que actuó equivocadamente, amor a quien se dirigió la consecuencia negativa de ese acto y amor al fin último al cual destino el cambio. Muchas veces la falta de amor propio y la culpa están girando en un círculo vicioso. No me amo porque me siento culpable, me siento culpable porque me considero débil, y me considero débil porque no me amo. Aprender a amarme como ser imperfecto me permite manejar la culpa adecuadamente, revirtiendo mis flaquezas a través de mis fortalezas.

2. Conocimiento. Al amor se llega a través del conocimiento. Debo entenderme, tratar de comprender las dimensiones del daño en el otro y abarcar lo mejor posible el sentido último de mi vida. Es decir, debo procurar entender lo más claramente que pueda el objeto de la culpa. Conocer de dónde nace y hacia dónde me dirige. ¿Alguna herida del pasado me lleva de forma inconsciente a actuar así, o elijo con libertad el error? ¿Mi libertad está condicionada por alguna circunstancia o realmente escojo hacer daño? ¿Mi sentimiento de culpa me impulsa a ser mejor o solo me tira abajo? Esas y otras preguntas nos ayudan a entender mis actos, tanto en los errores cometidos como en el heroísmo del que soy capaz.

3. Perdón. No lograré avanzar luego del error si no puedo perdonar. Perdonar a quienes pueda encontrar en la profundidad de mi historia como corresponsables, pero sobre todo perdonarme a mí mismo. “Como el oriente está lejos del occidente así aleja de nosotros nuestras culpas”, dice el salmo 103. Si Dios nos perdona con tal misericordia, ¿por qué hemos de ser más duros que Él mismo? Si hallamos esa capacidad de perdonar a otros y a nosotros mismos, el peso de la culpa deja de existir, y caminamos ligeros hacia la transformación de lo malo en nosotros.

Todo esto tiene una palabra clave: aceptación. Aceptación de nuestra esencia herida por la tendencia al mal, pero amparada en la imagen divina que llevamos dentro y que nos permite cambiar nuestra mente. Aceptación del error cometido, pero también de que no queremos volver a caer. Aceptación de la misericordia que nos permite levantarnos cuando estamos en el suelo. Aunque podamos sentirnos como un niño desvalido ante el regaño del adulto, tenemos la posibilidad de cortar con esa lógica de terror y culpa.

Voy a poner un ejemplo: una persona (llamémosle Pepito) que no está segura de sí misma siente que el no haber contestado el teléfono a su amigo Juanito es algo gravísimo y seguro él está enojado. Pepito no se siente capaz de hablar con su amigo por la vergüenza y se aleja. Siente un enorme cargo de conciencia cada vez que lo recuerda. Solo cuando este vuelve a hablar con Pepito, él puede darse cuenta de que su amigo nunca se sintió herido porque él no le haya respondido, sino que pensó que estaría ocupado y que cuando esté libre le devolvería la llamada, aunque eso no ocurrió. En ese momento, Pepito se sintió culpable, en cambio, por no haber buscado de nuevo a Juanito. Él, para hacerle sentir mejor, le dice que no se preocupe, que él entiende lo que pasó, y que haga lo que haga valora tanto su amistad que no vale la pena hacerse lío. Esta frase le hace dar cuenta a Pepito que tiene cualidades que tal vez no había notado en sí mismo, y que la amistad de Juanito es tan importante que es una tontería estar fijándose en pequeñeces en lugar de aprovechar esa relación tan valiosa. Se decide a que la próxima vez que no pueda contestar a su amigo, le devolverá la llamada sin problema.

Vemos en este caso simple como la culpa puede (al principio) ser negativa y desadaptativa, impulsando al sujeto a la inacción, el dolor y el remordimiento. Pero esto surge de una falta de autoestima muy grande, y de un desconocimiento del valor del otro y de la importancia de la relación como fin hacia el que caminar. Sin embargo, esto puede ser cambiado de rumbo hacia una correcta apreciación de la realidad, llevando a reprogramar los actos hacia un fin siempre positivo, adaptativo.

En resumen, si somos capaces de amarnos, amar al otro y amar el fin último que le hemos dado a nuestra vida, buscaremos entendernos mejor, entender nuestras circunstancias, y encaminarlas hacia un propósito de bienestar para nosotros y nuestro entorno. Todo, a través del amor. La culpa es un don que nos hace darnos cuenta de los errores que cometemos, pero con el fin de transformar nuestra mente (como decía San Pablo) y llegar a ser esa imago Dei que nos tensiona hacia la Salvación.

Porque más allá de toda culpa debe estar el cambio que nos haga más santos.

El don de la culpa

Muchas de las personas que escucho en consulta tienen, en la profundidad de su malestar, una culpa enquistada. A veces ni se dan cuenta de que está ahí, y no entienden de dónde salió. Cuando comienzan a trabajar en ella, pueden limpiarla y darle sentido, como inyectar oxígeno al agua empozada para que se convierta en un manantial de vida. Luego, ¿siempre es negativa la culpa, o simplemente se trata de usarla a nuestro favor? Debemos, entonces, entender por qué sentimos culpa.

El psicoanálisis consideró la culpa como una fuerza castradora y por lo tanto indeseable, proveniente de una moral impuesta. Era un intento por darle contra a esa visión culpable del ser humano que había manejado la pedagogía del miedo propia de las religiones del siglo XIX. Sin embargo, como señala Mariola Bonillo, psicóloga sanitaria, “cuando la culpa es adaptativa su función es reconocer los errores y poner en marcha conductas de ajuste y reparación”. Es decir, es útil. “La culpa le ha servido a la humanidad para frenar sus impulsos destructivos. Pero no significa que sentirla sea maravilloso”, recuerda Marcos Aguinis, psicólogo argentino, en su Elogio de la culpa. Y añade: “si bien cuando es excesiva resulta intolerable, su ausencia es más peligrosa: hunde al hombre al nivel de canalla”. Larry Barber, teólogo y psicólogo, redunda en esa distinción: “aunque nuestra conciencia puede engañarnos con una culpa falsa, la culpa ‘verdadera’ tiene un buen propósito. Dios la diseñó para crear un estado de ansiedad dentro de nosotros siempre que nuestros motivos o conducta no cumplan con Su estándar moral auténtico. […] Como creyentes, debemos llegar a ver la culpa como un regalo, un instructor que nos lleva a valores auténticos y nos ayuda a ver nuestra necesidad de misericordia”. Sin embargo, no se queda allí, como vemos en la primera carta de Juan: “No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo. Quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor”.

Ahí está el quid del asunto. No se trata de eliminar el sentimiento de culpa, sino de encontrar su fuente, distinguir si es verdadera o falsa, y hallarle un propósito dentro de nuestro proyecto de vida. Entonces, ¿cuándo podemos decir que la culpa nos sirve y cuándo no? En realidad, es bastante fácil (en teoría). Debemos tomar en cuenta los siguientes aspectos:

1. ¿Surge de la consciencia de un mal moral o de una concepción sesgada de la realidad?
Bueno, primero deberíamos definir que son estas dos ideas contrapuestas. Nos explicaba santo Tomás de Aquino que “el bien y el mal no son diferencias constitutivas más que en la moral, la cual se especifica por el fin, que es el objeto de la voluntad, de la cual depende toda la moral”. En otras palabras, el mal moral es aquel que se hace teniendo conciencia del daño. Obviamente, tal conciencia es algo que difícilmente es tan claro. De todas formas, la idea es distinguirlo del mal físico. Un ejemplo para graficar: si un león mata un antílope podemos hablar de mal físico pero no de mal moral, pues el animal no es consciente del daño que está haciendo, solo trata de sobrevivir.
Por contra, una concepción sesgada de la realidad es aquella que no está basada en la verdad, sino en las opiniones personales, influidas por distintas condiciones de nuestra historia. Ejemplo: Un hombre crece pensando que jugar es malo porque oía como sus mayores relataban experiencias de personas que lo perdieron todo por la ludopatía. Al crecer, cuando un grupo de amigos le invitan a jugar cualquier cosa, pensará que ellos se encaminan a la perdición, y sentirá que si acude a la invitación estará cargando con esas consecuencias nefastas.
Me he alargado en esta explicación que consideraba necesaria para entender correctamente la diferencia entre estos dos orígenes de la culpa. Si el sentimiento de culpa surge de un mal moral, evidentemente podemos colocarlo en el lote de la culpa adaptativa, esa que nos hace buscar corregir nuestros errores en pro del bien personal y colectivo. Sin embargo, si este sentimiento ha brotado de una idea y no de un mal positivo, entonces estaré cargando con un peso muerto en mi mochila.

2. ¿Es que existe tal culpa?
Es frecuente vivir ahogados con cargos de conciencia por hechos que no están bajo nuestro control. Esto es parte de un espectro que va desde la simple inseguridad hasta la alucinación. Si el mundo no cambia es porque no estoy haciendo lo suficiente. Si ella me dejó es porque encontró alguien mejor. Si mis papás se divorciaron es porque fui un mal hijo. Si un volcán hizo erupción es porque estuve pensando que Dios nunca dejará que eso pase y me castigó. Si mi padre murió de cáncer es porque existe un complot para amedrentar a quienes hablamos contra “el sistema”. Y así. Ese tipo de culpa se basa en sentir que tenemos más poder del que en realidad tenemos, y esto tiene un origen bastante lógico: el centro del universo somos nosotros, pues nos tenemos más cerca. Pero debemos justipreciar nuestro lugar en el cosmos, para ser capaces de asumir aquello sobre lo que realmente podemos actuar, y dejar lo demás en manos de Dios. Si no, será imposible darle una respuesta a esa culpa, ya que no alcanzamos a ser actores de ningún cambio en aquello que no nos corresponde.

3. ¿En realidad es mi culpa?
En esto, yo suelo contrastar dos conceptos: culpa y responsabilidad. En general, solemos echar la culpa a alguien. Es decir, consideramos que todo el peso del acto recae en una sola persona. Muchas veces, ese alguien somos nosotros mismos. Y esto no suele ser real, porque más que un culpable, lo que hay son responsabilidades compartidas. O sea, hemos dado cada uno la respuesta que entendió que era la mejor o simplemente la que sintió el impulso de dar. Y esas respuestas se sumaron, resultando en determinadas consecuencias negativas. Es algo que suele pasar: hubo una pelea doméstica, y es común culpar a quien alzó primero la voz o dio el primer golpe; pero, antes, del otro lado hubo una serie de palabras hirientes o tensiones impuestas que no se detectaron a tiempo. Ambos comparten cuotas de responsabilidad. Suele ocurrir también, y este es el tema aquí, que uno se siente el único responsable, y volvamos al mismo caso: “es que yo soy la estúpida que sigo ahí oyéndole en lugar de irme”. En suma, si cada uno asume su parte en los hechos, las relaciones pueden crecer, hacerse mejores, más sólidas; si es al contrario, nos entrampamos en un callejón sin salida de luto y dolor.

4. ¿El sentimiento de culpa ya me libera del mal cometido?
Existe una forma bastante común de manejar la culpa: como un escudo para protegerme ante el reproche. Si ya me siento suficientemente mal con lo que hice, ¿por qué tener que aguantar que otros me lo sigan señalando? De victimario paso a ser víctima. Esta es muestra de inmadurez emocional, muchas veces, como los niños que se enojan cuando se les reprende. Pero ocurre que se mantiene como una manera de responder incluso hasta la vejez. Si queremos sanar la culpa, evidentemente debemos tomarla como lo que es: un llamado al cambio. Llevarla colgada cual cartelito para que todos sientan lástima por nosotros, pobres pecadores, es solamente una señal de inseguridad llevada al extremo de la inacción. Ya que fui objeto de una circunstancia fatal, no puedo sino mostrarme humillado por toda la eternidad.

5. ¿Debo seguir cargando esta culpa para siempre?
El mito de Sísifo. Empujar incesantemente la misma piedra cuesta arriba, día tras día. Pienso que aquí cabe mencionar el sacramento de la reconciliación en la fe católica. El Señor nos conoce tan bien que, sabiendo que no nos es fácil liberarnos de la culpa, nos regaló este sacramento que limpia completamente nuestros delitos, con la única condición de que nos arrepintamos en serio. Es decir, no solo sentir dolor por lo malo que hicimos, sino que sinceramente no queramos volver a cometerlo y busquemos una reparación si es posible. Pero que, luego de eso, sintamos que ya no tenemos por qué llevar ese peso en nuestras espaldas. Así debe funcionar también entre nosotros: que el cargo de conciencia conduzca al perdón, y con él al olvido. Si no, tanto el ofendido como el ofensor pueden ir llevando fardos enormes la vida entera, fardos que impiden que nos relacionemos de manera libre y amorosa.

El artículo ya resultó lo suficientemente largo como para dejarlo ahí. Sin embargo, trataré de continuarlo con otro que hable –precisamente– del sentido que le podemos dar a la culpa, y las estrategias necesarias para hacerlo. De todas formas, quiero dejar aquí un resumen sobre cómo detectar que la culpa me está haciendo daño: entender de dónde brota y si le estoy buscando un propósito. La culpa es un don de Dios para que los seres humanos podamos vivir en paz, interiormente y en nuestras relaciones. Pero si no la sabemos usar para que dé frutos, lo más probable es que nos tire abajo y nos impida seguir. Y esa fue la diferencia entre la culpa que sintió Pedro y la que llevó a Judas al suicidio. Que la culpa nos traiga la redención.

Una culpa que brote de un corazón sincero que busca la eternidad.

Photo by omar alnahi on Pexels.com

El juego no es un juego

Al inicio de mi adolescencia salió una película que me encantó y pienso que en cierto sentido definió parte de mi vida: Juegos de guerra, de John Badham. En ella habla de una máquina que convierte un videojuego en un conflicto bélico de verdad. Hoy entiendo lo visionaria de esa cinta. En esos primeros años de mi vida, las computadoras representaban una fascinación que con el tiempo llegó incluso a darme de comer. Y todo comenzó como un juego, para pasar luego a una serie de videojuegos.

Hoy en día, los adultos solemos pensar que los videojuegos son una pérdida de tiempo, una adicción, que atrofian el cerebro e incluso el cuerpo de los jóvenes y que los aíslan de una manera enfermiza. Pero, una vez más, lo malo no son los videojuegos, sino cómo los usamos. Aparte, el gran error está en considerarlos, por un lado, algo ajeno a la revolución digital de la cual nos servimos y, por otro, cosas totalmente distintas al resto de juegos. Existe la imagen del gamer como una persona sin ambiciones, sin futuro, condicionada por su hábito y destinada al fracaso. Nos sorprendería ver cuántos de los que hoy consideramos “exitosos” comenzaron su vida no solo jugando frente a una pantalla, sino creando esos juegos e iniciando emporios con su programación y venta. El “gurú” de la revolución digital, Steve Jobs, inició vendiéndole a la enorme Atari el juego Breakout que había programado su amigo Steve Wozniak. Elon Musk, el magnate vanguardista de PayPal, Tesla y SpaceX, comenzó programando en la pubertad un juego del espacio llamado Blastar en una de las primeras computadoras personales, la Commodore VIC-20, cuyo código compró la revista sudafricana PC and Office Technology. Y solo nombro un par de ejemplos.

En entregas anteriores hablé sobre los medios sociales, considerando que (como dice McLuhan) están modelando la sociedad actual. Sin embargo, detrás de esa revolución se hallan, precisamente, esos gamers primigenios como Musk o Jobs. Es por ello que la sociedad del siglo XXI está configurada a través de los videojuegos, pero no esos tan detallados y realistas como GTA, sino los protagonizados por invasores del espacio y hombrecitos con martillos pixelados de 8 bits. Es decir, no son los millenials los que están cambiando la forma de entender el mundo: hemos sido la generación X. Es lo que reflexiona Alessandro Baricco en The Game, donde también señala que “The Game es el nombre que le doy a la civilización que estamos viviendo y que sustancialmente es una civilización que busca mejorar el mundo”. Es un mundo concebido como una gran red, informativa y social. La generación X y sus padres tuvieron que demostrar a través de los videojuegos las potencialidades de esas nuevas tecnologías que hoy son tan comunes y naturales. Todas las interfaces que usamos hoy fueron inspiradas en esa estética y esa lógica de los primeros entretenimientos electrónicos de finales de los 70 y comienzos de los 80 del siglo anterior. Y esa interacción se ha traducido en una vida inmediatista, que busca la recompensa, y que está ávida de pasar a los siguientes niveles lo más rápido y mecánicamente posible.

El ser humano inventó el juego casi al mismo tiempo que las herramientas de subsistencia. Es más, este funciona incluso en los animales superiores como entrenamiento de las crías para la vida adulta. Pero el hombre lo llevó más allá: el homo sapiens seguía jugando aun después de crecer, como medio de relacionarse con sus congéneres, como distracción de una vida llena de retos e incluso como recurso para demostrar superioridad entre el ganador y el vencido. Creó el deporte y los juegos de azar. Obviamente, esto ha tenido consecuencias tanto positivas como negativas para individuos y comunidades. De todas formas, el juego ha sido una pieza clave en el desarrollo de la humanidad.

Una de las mayores críticas a los videojuegos es que generan conductas violentas. Lo cierto es que existen muchos estudios que apuntan a que posiblemente es al revés: familias disfuncionales y relaciones tóxicas son el caldo de cultivo de actitudes violentas, y estas hacen que se busque películas o juegos que estén en consonancia y que luego pueden verse reflejadas en la vida real. Aparte, como correlación no implica causalidad, que alguien que juega cosas violentas tenga conductas paralelas no quiere decir que lo uno necesariamente cause lo otro.

¿Por qué, entonces, satanizar los videojuegos? Tal vez por el desconocimiento que es fuente del miedo. Tal vez porque la mente tiende a enfocarse más en los peligros que en las oportunidades. Lo cierto es que debemos aprender a valorar los videojuegos como enormes recursos de herramientas cognitivas para niños, adolescentes y adultos. El punto está en qué podemos jugar y qué no, cuánto somos capaces de jugar sin sacrificar otros aspectos de nuestra vida y cómo debemos jugar para no convertirnos en esclavos. No le voy a dar a mi hijo de 8 años a que juegue Sniper Elite 4, ni voy a pretender que mi hija de 14 se divierta con Pocoyo o que yo le saque algún provecho a pasar la tarde cazando moneditas en una carretera. Qué, cuánto y cuándo son las claves.

La sociedad actual está modelada como un juego, y debemos aprender a jugarlo a riesgo de perder la partida si nos quedamos fuera, es lo que dice Baricco. Entonces no podemos entender la cultura digital sin entender que fue construida por esos niños que descubrieron, asombrados, que un mando hacía que una figurita tome una acción en la pantalla, inmediatamente, y con consecuencias positivas o negativas. No podemos denigrar esa transformación sino subirnos a ella para alcanzar realmente a articular una cultura que nos vuelva más humanos a través de la hiperconexión. Y jugar, jugar juntos, jugar solos. Seguir generando redes sociales que nos apoyen cuando lo necesitamos, creando comunidades que nos vuelvan más resistentes a las adversidades y más proactivos.

Que lleguemos a jugar la vida, con el alma en cada nivel, hasta alcanzar la Gloria.

Photo by Stas Knop on Pexels.com

Los medios sociales no son la vida

A manera de conclusión, luego de haber analizado seis redes sociales, quizás las más populares o simplemente las que más conozco, quiero hablar sobre este recurso tecnológico en general. Este donde las personas pueden interactuar entre ellas, compartir sus pensamientos, emociones o creaciones y permitir que tal contenido digital se riegue por Internet. Hablé, en su orden, de Instagram, Twitter, Facebook, WhatsApp, YouTube y TikTok. De sus riesgos y oportunidades, de su realidad y de su potencialidad. Habrán notado que todo esto pretende mostrar las distintas caras de estas plataformas y no quedarnos solamente ni con la visión positiva, ni con la negativa.

En estos artículos he tenido muy presente a Marshall McLuhan, a quien se suele llamar “profeta de los medios” por la claridad con la que él ha enfrentado el análisis de los medios electrónicos, a pesar de que hasta el día de su muerte en 1980 no habían llegado a ser la enorme red digital de hoy. Uno de los conceptos claves de McLuhan es cómo estos modelan la sociedad, lo cual podemos constatar hoy con el inmediatismo y la cultura del descarte que vivimos, fruto de las redes sociales que maneja la mayoría de la población. Hay una idea tal vez no tan conocida del sociólogo canadiense: como buen católico hablaba de que “el concepto cristiano del cuerpo místico se convierte en una realidad, llevado de la mano de la tecnología a nivel electrónico”. Es una visión espiritual de lo que él mismo concebía como la aldea global.

A algunos les sonará exagerado y hasta herético. Sin embargo, recuerdo lo que consta en la Carta Encíclica de Pío XII Miranda Prorsus (8 de septiembre de 1957) sobre el cine, la radio y la televisión: “los maravillosos progresos técnicos, de que se glorían nuestros tiempos, frutos sí del ingenio y del trabajo humano, son primariamente dones de Dios, Creador del hombre e inspirador de toda buena obra”. Este papa fue el primero en dar un mensaje televisado, la pascua de 1949. La Instrucción Pastoral Communio et progressio (23 de mayo de 1971), por otra parte, de la Pontificia Comisión para los Medios de Comunicación Social, preparada por mandato Especial del Concilio Vaticano II, señalaba que “los medios modernos de comunicación ofrecen nuevos instrumentos para que la gente se confronte con el mensaje del Evangelio”. Por último, en su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (8 de diciembre de 1975) sobre la Evangelización en el mundo actual, el papa Pablo VI afirmó que la Iglesia “se sentiría culpable ante Dios” si dejara de usar los medios de comunicación para la evangelización. Y esto por poner solo unas cuantas citas del Magisterio de la Iglesia.

Independientemente de la fe que profese cada uno, es claro que si la Iglesia Católica, una institución vista mayormente como conservadora, puede darle este valor fundamental a los medios tecnológicos, no es raro conectar esto con la frase de McLuhan y la convocatoria urgente a apropiarnos de ellos para convertirlos un espacio de encuentro. Por esto, para aquellos que ven con sospecha y hasta desprecio las plataformas que hemos tratado, existe un llamado al replanteo. Podemos construir una sociedad más humana a través de la tecnología, si somos capaces de usarla sin que nos use.

Pienso que la clave está en el uso de la libertad. La libertad, recordemos, no es hacer lo que a uno le da la gana, sino elegir lo que es bueno para uno y los demás. Por consiguiente, utilizar los medios sociales fundamentados en la libertad implica reconocer primero dónde está el límite entre lo provechoso y lo que no lo es. Yo puedo enchufarme a una red social unos minutos para reírme con las ocurrencias de la gente y de esta manera distraerme de los líos cotidianos, y eso puede ser un bien en mi vida. Pero ya cuando paso conectado la mayor parte del día, entonces he dejado de ser libre y me he vuelto adicto a esa diversión. Si uso estos recursos para permanecer en contacto con seres queridos que tengo lejos, resulta algo buenísimo. Sin embargo, buscar estar enterado de cada hecho y meterme en la intimidad de los otros podría ser algo muy perverso.

No está bien medir nuestras relaciones a través de cómo se manejan en los medios digitales. Y, a pesar de que Internet se ha convertido en la nueva manera de transmitir conocimientos, opiniones y acontecimientos, tampoco podemos entender la realidad únicamente por ese canal. No son la vida, pero pueden convertirse en una buena plataforma para actuar en ella. La gente encuentra recompensa psicoafectiva en las interacciones en las redes, y eso es natural. Lo que resulta pernicioso es perder el control de la realidad a través de esas sensaciones, y construir nuestra autoimagen únicamente en ellas.

Si logramos considerar los medios sociales como herramientas y no como fines en sí mismos, o como una antología de los males del planeta a través de los cuales “los demás” pierden su identidad, seremos capaces de construir sociedades más conectadas. Poder contar con verdaderas redes sociales, no solo en el sentido que le ha dado últimamente Internet, sino como un grupo más o menos grande de individuos relacionados entre sí para darse apoyo y acompañamiento constante. Facebook, Twitter o WhatsApp alcanzarían a generar encuentros afectivos y efectivos entre dos o más personas. Instagram, YouTube o TikTok podrían resultar plataformas ideales para la enseñanza-aprendizaje y compartir opiniones y visiones de la vida que ayuden a todos a crecer. En fin, que si aprendemos a hacer de estos medios verdaderos instrumentos humanos para nuestras comunidades, estas seguirán siempre un camino cada vez más firme hacia un bienestar mayor.

Los medios sociales serán foros, plazas y teatros para generar la cultura del encuentro.