Querer, deber, poder

La tríada de la libertad. Estos tres verbos, reformulados como pregunta, son capaces de hacernos tomar decisiones adecuadas. ¿Quiero? ¿Debo? ¿Puedo? Es vital entender la libertad parada sobre estos tres pilares, para que no la confundamos con ninguno de sus álter ego: puro deseo, huir de la obligación, evitar la imposición. Ya he escrito algunas consideraciones sobre esto en otras publicaciones, tratando la libertad como impulso para la disciplina, la fidelidad, así como el autoengaño, y relacionada con la ansiedad y la culpa. Hoy, el objetivo es hacerle una disección a través de estas tres fuerzas.

Convendría irnos a las definiciones (querer tiene una decena, según el DRAE; y deber y poder, seis), pero los remito al diccionario para recordarlas. Igual serían interesantes sus etimologías, porque la historia de las palabras nos dan profundidad el momento de entenderlas. Sin embargo, creo que basta con decir que querer se refiere a desear y a tener voluntad para buscar algo (quaerĕre=’buscar’); deber a tener obligación de cumplir con algo o alguien (por eso tiene la misma raíz etimológica que deuda); poder a ser capaces de algo, como una posibilidad, pero también una potencia (de ahí también su parentesco con esas palabras).

En fin, lo interesante es volver a la idea kantiana del vértigo de la libertad, pero también atendiendo a la distinción que hace el filósofo alemán entre libertad interna (moral) y externa (jurídica), conectándolas con su imperativo categórico. Y no podemos olvidar la que hace Erich Fromm entre libertad positiva y negativa, que yo relaciono con el pensamiento de San Pablo de que el que ama ya no necesita la ley. Es que para Fromm la libertad negativa busca sacudirse de imposiciones ajenas (y esta es su definición más común, sobre todo en la juventud), mientras la positiva es aquella necesidad de buscar el bien. Por su parte, Carl Rogers hablaba de la libertad experiencial que surgía cuando el individuo dejaba de rendir cuentas a los demás para hacerlo ante sí mismo. Nos enfocamos aquí en esa libertad interna, moral, positiva, experiencial.

Es frecuente oír algunos dichos que nos pueden desorientar en el entendimiento de la libertad. Por ejemplo aquel que dice que “querer es poder”. Claro, este dicho nos convoca a enfocarnos en nuestras metas para lograrlas, no tanto a la libre elección que nos lleva a ellas. Uno más es “mi libertad termina donde empieza la del otro”, que ya criticó el mismo Kant. Condicionar mi libertad a la del otro, y la del otro a la mía es malinterpretar el sentido de libertad. La libertad no es algo que dependa directamente de lo externo, aunque pueda estar limitada por ello. Ya veremos.

Toda elección libre, como parece obvio, es algo que yo quiero. Ese querer es un acto volitivo -de la voluntad- y no un “hacer lo que me da la gana”. Si vivo una realidad que no puedo cambiar, mi libertad se relaciona con cómo voy a responder a esa realidad. Viktor Frankl decía que no encontró gente más libre que en los campos de concentración, justo porque en esas condiciones donde la libertad externa está reducida al mínimo, la interna estaba más activa. Los prisioneros no podían salir y hacer lo que les daba la gana, pero sí eran capaces de aceptar esos límites y desarrollar una vida con propósito dentro de ellos para no morir de desaliento. Ese es el querer que se requiere si buscamos ser libres.

Toda elección libre me conduce a actuar dentro de lo que debo hacer, perseguir el bien. Santo Tomás afirma que “la libertad de sí está ordenada al bien, como que el bien es el objeto de la voluntad, ni tiende ella al mal sino por un defecto”. Entonces se trata de entender si aquella opción sobre la que vamos a decidir en realidad me hace bien a mí y a mi entorno; o por el contrario es la respuesta a una necesidad inconsciente de huir de algo, y que puede terminar haciéndome daño o dañando al resto. En los campos de concentración, el dolor y la frustración llevaron a muchos a la traición, la mentira, la venganza y el ultraje. Esas personas no actuaron entendiendo su motivación interna, sino que se dejaron llevar por el miedo. Otros lo burlaron y optaron por el sacrificio, el heroísmo y la entrega. Ese es el deber que elegimos si buscamos ser libres.

Toda elección libre se sustenta en lo que soy capaz de hacer. Conocer mis límites y los de mis circunstancias (recordando a Ortega y Gasset) me permiten decidir la opción que es viable y factible. De esa manera, no me entrampo en la impotencia y el despecho, sino que pongo a marchar mis capacidades. Como ya he dicho antes, los límites siempre se pueden empujar más allá, pero debo entender que es un proceso y que se da paso a paso. En los campos de concentración, fue terrible para algunos encontrarse con esos límites y que estos los lleven a la desazón. Los que le dieron sentido a ese encierro hicieron milagros con lo poco que tenían. Como la maestra de piano que siguió dando clases sobre una madera pintada para simular un teclado. Ese es el poder que echamos a andar si buscamos ser libres.

La libertad está equilibrada entre mi voluntad, mi sentido del deber y del bien, y lo que en verdad estoy en capacidad de hacer. Si se trata solo de lo que quiero, tal vez termine haciendo daño o frustrado; si es nada más lo que debo, quizás acabe perdiendo noción de mi voluntad o con un sentimiento de encierro; si únicamente es lo que puedo, dejaría mi esencia o me convertiría en victimario. La vida nos presenta opciones, y es posible que nuestro instinto nos aboque a la más fácil y cómoda, pero no a la mejor. Preguntarnos si quiero, si debo y si puedo nos permite realmente tener una experiencia de la libertad, que es el más grande regalo de amor de nuestro Creador.

Una experiencia de libertad sana, poderosa y que nos hace crecer.

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Maradó

Hoy ha muerto Diego Armando Maradona, considerado por muchos como el mejor jugador de fútbol de la historia. Para mí, personalmente, fue fantástico mirarlo jugar, aunque no lo vea como el más grande. Pero no quiero hablar de fútbol, que a eso ya se dedicarán otros, más informados que yo. Quiero hablar de la persona, y de cómo esa persona genera un culto. Eso que “Santa Maradona” de Manu Chao expone. Por eso no quiero hablar de Diego Armando, sino de Maradó, que es como le llamaban desde los graderíos.

La idolatría hacia un líder carismático fue llamada culto a la personalidad por el secretario soviético Nikita Jrushchov. Él se refería más concretamente a lo político; sin embargo, puede aplicarse a artistas, deportistas o cualquier figura pública. El psicólogo polaco Gustav Bychowski relaciona los rasgos de personalidad de políticos autoritarios con la psicología colectiva en momentos de debilidad social. Se trata de una especie de mecanismo de defensa (la identificación): el colocar a alguien en un pedestal para suplir nuestras frustraciones. Es por esto que el excompañero de Maradona, Jorge Valdano, señalaba que “fue un factor extraordinario de compensación para un país que en pocos años vivió varias dictaduras militares y frustraciones sociales de todo tipo”.

La historia de Diego Maradona es una historia que se ha repetido muchas veces: la persona rodeada de carencias materiales que crece con un don especial, y mientras lo hace el mundo le va dando la calificación de ídolo. Una especie de tótem familiar al que se venera para obtener el favor de los dioses. O un dios mismo. Sin embargo, sus propias carencias le impiden manejar de forma conveniente esa idealización de la cual es objeto. Y de mostrar a la gente esas dotes maravillosas, y traerles gozo con ellas, pasa a revolcarse en el lodo de la soberbia y el sinsentido.

De todas formas, en el camino estos ídolos van generando un culto particular, que va más allá de sus habilidades e incluso del propio ser humano que las representa. Es un culto a nuestras propias debilidades, una forma de darle valor a nuestras miserias a través del que le damos a ese otro. Ese que es nuestro representante, una muestra de lo mejor de todos, de nuestro lado más fuerte y heroico. Como digo, en este caso fue un futbolista de destreza única; en otros casos es un cantante, un actor, un yutubero o un presidente.

Esta resulta una forma de fanatismo que toma tintes especiales, porque no lo cultiva un pequeño grupo sino naciones enteras. E incluso más. Maradona no fue únicamente admirado entre la hinchada de los equipos en los que jugó, ni siquiera se limitó a Buenos Aires o Argentina, o incluso Nápoles. No. Sus fanáticos se riegan por el mundo entero. ¿Cómo puede manejar esto una persona que ha nacido en una pequeña villa miseria y creció en una casa de lata y cartón?

La leyenda.

El ejemplo de Diego nos ilustra sobre cómo una vida que ha perdido el sentido nos vuelve vulnerables contra cualquier eventualidad, sea deseable o no (que no es lo mismo que buena o mala). El sentido de una estrella del deporte es, primeramente, divertirse con el juego. Luego, demostrar las dotes que tiene para él. Tercero, ganar partidos, competencias, distinciones. Maradona logró todo eso. ¿Qué más sentido podía tener su vida? A menos que esas victorias deportivas hubieran servido para un propósito más grande, que vaya más allá de su propia existencia, siempre esas metas tienen un límite. Y “el Diego” lo conoció muy pronto. Antes de los 30 años ya lo había alcanzado todo: aquellas victorias y las del ego, el poder y la fama.

Nuestras vidas pueden ser siempre ejemplo para los demás en todos los sentidos. Pero por eso debemos mirarlas como un camino de autoactualización, más allá de nuestros éxitos profesionales. Un camino de santidad. Nuestras decisiones deberán encaminarse al bien, no al placer; a lo eterno y no a lo temporal; a lo que podamos dejar como legado, no a lo que usamos y tiramos. Diego Armando Maradona fue idolatrado por millones, pero su vida estuvo vacía porque no se logró saciar con nada, pues lo tuvo todo. Sus vacíos interiores fueron más grandes que lo que pudo obtener durante su vida. De cualquier forma, la alegría que trajo a tanta gente con sus formidables dotes en el campo en verdad le dio un espacio en la eternidad, más allá de todo fanatismo e idolatría.

Gracias por tu magia, Maradó.

Yo no necesito un loquero

Una de las frases más comunes cuando a alguien se le aconseja asistir a terapia. La otra es, muy posiblemente, “no creo en los psicólogos”. Las veces que habré oído estas cosas… (y yo mismo en su momento las dije). La intención de este artículo no es hacer una lista de los mitos sobre la terapia psicológica, que hasta “memes” al respecto han surgido. Más bien, se trata de hacer ver la utilidad de acudir al apoyo de un profesional en la salud mental, teniendo en cuenta que todos (hasta los psicólogos) necesitamos un psicólogo. Cada persona puede sacar provecho de un proceso terapéutico, no solo los que usualmente llamamos “locos”.

Para iniciar, si tomamos en cuenta los fríos números de algunos estudios que han guiado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su preocupación por los problemas mentales de la población, tenemos datos alarmantes. Los trastornos psicológicos van aumentando (sobre todo los afectivos como ansiedad o depresión), hoy alrededor de 1 de cada 10 personas lo sufren, y aquejará a la cuarta parte de la gente en algún momento de su vida. Lo más preocupante es constatar que la mitad de los que padecen un problema de salud mental no tendrán un tratamiento adecuado. Esos números varían entre los países según su grado de desarrollo y entre los individuos por su nivel de educación y economía.

¿Estos últimos datos quieren decir que al psicólogo va el que tiene un título y plata? No. Lo que muestra, a mi entender, se apoya en la pirámide propuesta por Abraham Maslow: una persona que debe preocuparse de lo más básico ni siquiera se fijará en sus emociones o pensamientos. Podemos pensar que un individuo que tiene más estabilidad cuenta con más oportunidades de ir adquiriendo una formación que la lleve a buscar ayuda en su crecimiento. Es la tendencia formativa de la que habla Carl Rogers: deseamos darle forma a la persona que queremos y podemos llegar a ser. Tanto Rogers como Maslow entendían los trastornos como la falla del individuo para alcanzar su potencial; desde el humanismo católico, el alejarse de la imago Dei que tenemos en nosotros. Ese sentido de vida, como diría Viktor Frankl. El filósofo Eugene Gendlin (a la vez discípulo y maestro de Rogers) decía que el cambio terapéutico puede considerarse como un resultado o como un proceso. Y a esto voy.

Pienso que es unánime pensar que quien va al psicólogo busca un cambio terapéutico; o sea, que la terapia le ayude a sanar o a mejorar su vida, en general. Entonces, si entendemos la terapia psicológica como un resultado, diríamos que quien no sienta que tenga nada que arreglar no verá necesario seguir un trabajo terapéutico. Por otro lado, si la consideramos un proceso, es probable comprender que todos podemos buscar ese apoyo como parte del mismo crecimiento personal que nos impulsa de forma permanente.

Tenemos la imagen (llegada desde el psicoanálisis de las primeras escuelas) del paciente como un sujeto tirado en un diván, contándole sus preocupaciones a un señor de barba que, con suerte, solo oye y apunta en una libreta. Es un paciente, justamente, un sufriente que espera una cura hasta cierto punto mágica al acudir al terapeuta. Y esto no nos aleja de otras profesiones: quien va al traumatólogo considera que le estafaron si el tratamiento no dio por finalizado el dolor. Por eso no queremos pacientes, sino clientes: gente que asume su papel protagónico en el proceso.

El estereotipo de psicoterapia, satirizado por Quino.

Hay terapias cortas y terapias largas. Primero, porque existen diferentes escuelas, diferentes enfoques, de cómo ayudar a la persona que sufre. Pero también porque nadie tiene la respuesta de entrada, y tanto cliente como terapeuta la van descubriendo progresivamente. Cada ser humano es un universo distinto, con sus propias historias, herencia, circunstancias. No hay una receta, y por más que la psicología sea una ciencia con fundamentos estudiados, lo que a uno le funciona al otro no, porque no somos máquinas.

Tomar la decisión de acudir a un terapeuta es el primer y más importante paso para crecer como personas, independientemente de si llegamos sintiéndonos mal o no. Los trastornos mentales son en realidad los síntomas de problemas más profundos que buscamos entender con el psicólogo. Y no siempre los podemos ver. He conocido muchas personas que vienen a consulta sintiéndose bien, y que en el camino van descubriendo varias heridas que no habían cicatrizado. Y una vez que lo hacen entienden realmente para qué vinieron.

Para curar el alma no se necesita un diagnóstico, se necesita el deseo de conocernos y ser mejores cada día, hasta la muerte.

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La técnica del sánduche

Primero, en honor de la comprensión, debo decir que la Real Academia Española desaconseja llamarle al emparedado del modo en que aparece en el título. Es la forma que usamos en Ecuador, Colombia y Venezuela. Se refiere a lo que suele conocerse como sándwich, que se lee sánduich o sánguich, o sánguche (que igual desaconseja la RAE). Y también bocadillo o torta o tostada o Carlitos o trancapecho o butifarra o lorenzo o… Simplemente, en mi léxico, no suena tan bonito “la técnica del emparedado” o “la técnica del sándwich”. Así que queda como está.

La técnica o el método del sánduche (o sándwich, sánguche…) consiste en introducir el mensaje en sí (que puede ser incómodo o doloroso) entre dos ideas positivas, como el queso entre dos rebanadas de pan. En realidad no sé quién creó esta técnica o si simplemente fue surgiendo en el proceso de buscar formas de comunicación más empáticas. Si uno de ustedes lo sabe, me ayudaría con su comentario. Es más, yo mismo no sé dónde la aprendí, si la leí o alguien me la enseñó. O, incluso, si es algo que ya había estado utilizando sin darme cuenta. El caso es que la he venido ofreciendo a muchos clientes/pacientes que enseguida reportan sus beneficios. Se ha aplicado desde hace varios años en los ámbitos empresariales, educativos, en ventas… y –por supuesto– en la vida diaria, en nuestras relaciones cotidianas. Desde mi punto de vista, es algo secundario si es efectiva para obtener lo que buscamos, lo fundamental es que es eficaz para poder acercarnos al otro.

Esta técnica tiene una explicación muy lógica y sencilla: nuestro inconsciente nos protege del peligro y enciende las alarmas si lo percibe. Es frecuente que cuando oímos algo como “no me gusta lo que estás haciendo”, nuestro yo más profundo busque en recuerdos (más bien, sensaciones de dolor) del pasado un hecho similar que no queremos repetir. Como una computadora haciendo un escaneo de una compleja base de datos de emociones relacionadas con hechos vividos. Y quizás el puntero señale un castigo por algo que hicimos mal cuando niños y con el cual sufrimos especialmente. El caso es que el inconsciente dispara la alerta y bloquea cualquier mensaje. Puede ser la crítica más constructiva, hecha con la mejor de las intenciones, las palabras que traduce nuestra mente son algo como “eres un desastre, te odio”. Se activan los mecanismos de defensa y dejamos de escuchar, lo único que sentimos es el ataque del otro.

En resumen, el mensaje no llega, se pierde en los vericuetos de la mente, empañado por la sangre del pasado. Si, en cambio, le damos un preámbulo a ese mensaje que permita que el oyente mantenga esas barreras abajo, es bastante más posible que lo que quisimos decir sea escuchado en verdad. Y mucho mejor cerrándolo con una llamada a la acción afianzando la confianza en esa persona. Suelto un ejemplo, primero como lo solemos hacer y luego usando el método sánduche:

Versión 1:
– Pancracio, estoy harto de que no hagas lo que te digo. ¿Es tan difícil entender que necesito ese trabajo en mi escritorio antes de mediodía?
– Bueno, si soy tan estúpido, ¿por qué no me botas?

Versión 2:
– Pancracio, en verdad aprecio el esfuerzo que estás haciendo. Pero sería mucho mejor si logras terminar lo que te he pedido antes de mediodía, para que podamos contar con tu aporte previamente a la reunión de la tarde. Sé que si sigues con esa buena actitud, lo lograrás sin problema.
– Por supuesto, voy a proponerme tenerlo listo como me pides. ¡Gracias por la confianza!

Como se puede ver, la primera forma no llega a comunicar la necesidad, simplemente se percibe como una agresión, y como tal es respondida. La segunda, en cambio, origina un sentimiento de paz y armonía entre ambas personas, y genera la necesidad interna en Pancracio de hacer un esfuerzo mayor para cumplir con lo que se le pide. La primera ocasiona malestar y un clima negativo en el ambiente, la segunda nos mantiene optimistas y produce una sensación de comunicación entre todos. La primera no sirve, la segunda sí.

Cuando buscamos transmitir al otro nuestras necesidades, sentimientos, pensamientos, debemos encontrar las estrategias adecuadas para lograrlo con el mínimo de riesgo. La técnica del sánduche consigue que el mensaje llegue de una manera más libre, sin el ruido que ocasiona hacer sentir a la otra persona invalidada, y por tanto imposibilitar cualquier comunicación posterior con ella. Comienza por la empatía, por buscar sentir lo que el otro siente (o puede sentir) y querer realmente que sus emociones sean positivas para motivar un cambio. Porque de ese cambio depende que la relación se vaya solidificando y fortaleciendo.

Con amor, el condumio del sánduche siempre resulta apetecible.

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La voluntad de compromiso, pt.2

Continuando con el artículo anterior, quiero enfocarme en cómo trabajar esa voluntad de compromiso, de manera que permita sostener las relaciones en el tiempo. Una pareja, por ejemplo, que ha visto dañada la confianza por un error de uno de los dos o de ambos, siente que ya no quiere comprometerse. Es vital, entonces, comprender dónde reside ese compromiso, y cómo mantenerlo aun cuando parece que todo está perdido.

Habíamos hablado del triángulo del amor de Robert Sternberg, quien nos señala la importancia del equilibrio entre intimidad, pasión y compromiso. También recordábamos al filósofo del derecho Javier Hervada, hablando del compromiso como la intersección entre naturaleza e historia. Me parece oportuno ahora ir un poco más allá con la exhortación apostólica post-sinodal del Santo Padre Francisco “Amoris laetitia”, donde nos recalca que “el ideal matrimonial, con un compromiso de exclusividad y de estabilidad, termina siendo arrasado por las conveniencias circunstanciales o por los caprichos de la sensibilidad“. Y esto se aplica no únicamente al matrimonio, sino a cualquier relación entre dos personas que exige compromiso.

El compromiso no puede romperse por un error o un par de fallas, frutos de la debilidad propia de nuestra condición humana. Es que tendemos a relacionar el compromiso con la fidelidad monogámica. Sin embargo, el compromiso es necesario, como siempre recalco, no solo en la pareja, sino en la familia, los amigos, e incluso en los vínculos comerciales. Toda relación exige com-prometerse (prometerse mutuamente) para que pueda dar frutos. Una madre que no se compromete con su hijo (y viceversa) no pueden generar un vínculo incondicional, a prueba de los vaivenes de la naturaleza humana.

En esto siempre recuerdo nuestra relación con Dios, reflejada en el pacto entre Él y su pueblo (primero Israel, luego todos los creyentes). Siempre estamos queriendo volver a Egipto, a nuestros pecados, a nuestros defectos de los cuales somos esclavos, a la zona de confort. Nuestra sensibilidad nos vuelve volubles, y por tanto inconstantes. La inconstancia, decía Daniel Melero (y lo cantaba tan bien Ceratti) “no es algo heroico, es más bien algo enfermo”. Cuando la relación ha sufrido los embates del dolor, ha pasado hambre en el desierto, está enferma y cada uno quiere regresar a casa de mamá, quiere huir. Rechaza el compromiso, porque el compromiso, cuando el clima es adverso, exige quedarse y luchar y no es fácil.

Para Sternberg, el tipo de relación completo es el amor consumado, donde se equilibran pasión, intimidad y compromiso. Para Hervada, la voluntad de compromiso es un proceso de actos construido gracias a las decisiones libres y voluntarias de la persona. Es decir, no es algo que podamos dar por sentado, sino que debemos edificarlo con esfuerzo. La pasión, la intimidad y el compromiso se moldean y se sostienen, no crecen en lo salvaje. Por esto, la voluntad se junta a la inteligencia para echarle agua a ese árbol para que se desarrolle fuerte y robusto, de manera que ninguna tempestad lo tire abajo.

No es fácil mantener la voluntad de compromiso cuando estamos heridos. Pero es la única manera de encontrar la paz. Solo el amor puede contra todo, porque es un reflejo de Dios mismo, que es el Amor. Por dura que haya sido la batalla, por incontables que sean las bajas, no podemos dar por perdida la guerra. El enemigo es fuerte, pero no invencible. El amor tiene todas las armas para abatirlo. Como en la conocida cita de Virgilio, “Omnia vincit Amor; et nos cedamus Amori” (“el amor lo vence todo, dejémonos vencer por él”).

La voluntad de compromiso funda y sostiene toda relación, y es fruto del amor.

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La voluntad de compromiso

Existen diversas opiniones acerca de cuál es la base sobre la que se sustenta una relación sólida. Se habla de respeto, comunicación, comprensión, cariño, honestidad, etc. Por supuesto que todos son elementos claves, algunos subsidiarios de los otros; unos componentes del amor, que origina vínculos. Pero, por encima de todo, en las relaciones hay un pilar fundamental: el compromiso. Bajo mi punto de vista, este compromiso se va adquiriendo progresivamente, por lo que en realidad lo que sostiene una relación es querer adquirirlo, es la voluntad de compromiso. De esto ya hablé cuando buscaba responder en un artículo anterior a la pregunta “¿por qué no encuentro pareja?”.

Es claro que no existe relación posible sin amor. Hablo, como siempre, de amor en sentido amplio: desde el amor caritativo al necesitado hasta el amor de pareja. Evidentemente, si tengo las herramientas necesarias para manejar cualquier relación (con el tendero de la esquina o con Dios), puedo construir una relación de pareja saludable. Es, en realidad, un movimiento de dilección: escoger libremente esa relación como algo deseable y de importancia para nuestras vidas. Es un amor que, más que un sentimiento, es una decisión.

En este sentido, en su teoría triangular del amor, el psicólogo estadounidense Robert Sternberg señala tres componentes de una relación: intimidad, pasión y compromiso. La intimidad entendida como los sentimientos que permiten el acercamiento que lleva a compartir la propia vida con el otro; la pasión como el estado de intenso deseo de unión con el otro; y, finalmente, el compromiso como la decisión de amar y mantener ese amor hacia el otro. Por su parte, el canonista catalán Javier Hervada señala la tríada naturaleza, historia y compromiso: la naturaleza como el deber-ser, aquello para lo cual están hechas la persona y sus relaciones; la historia que es todo lo que va viviendo para alcanzarlo; y el compromiso el motor que la impulsa hacia ese objetivo.

En estas dos visiones podemos constatar lo esencial del compromiso. Este vuelve estables los vínculos. Es la diferencia entre las relaciones utilitarias y -por ello- pasajeras y las sólidas y significativas. Para graficar: si el tendero de la esquina no me ofrece lo que necesito, es probable que vaya por el barrio buscando quién lo haga. Entonces, compraré en uno y otro establecimiento con el único fin de obtener lo que preciso, y sin formar lazos comerciales con ninguno. Por contra, si en la tienda de la esquina encuentro lo que espero, pues su encargado se esmera en proporcionarlo, yo también le mostraré mi fidelidad comprándole siempre a él. E incluso si el tiempo genera confianza entre nosotros, es probable que haya ocasiones en que pueda pedirle fiado, como se dice popularmente, y pagarle cuando tenga.

En una sociedad líquida (dice Bauman) tendemos a ponerle fecha de caducidad a los vínculos, pues los conectamos solo a los sentimientos. El compromiso se ha devaluado porque implica esfuerzo; es una lucha día a día, instante a instante. La historia se construye de instantes que se juntan, que no es lo mismo que instantes que se suceden porque el actual responde al anterior y él al que vino antes. El divulgador de salud mental, John Bradshaw, acuñó el concepto de “trastorno de estrés post-romántico” para referirse a la ruptura de las parejas luego del período de “luna de miel” (12 a 18 meses) en el cual la relación se fija únicamente en la parte pasional del encuentro con el otro. Son tiempos, además, en los cuales se ha dado más valor a la autenticidad del individuo, lo cual trae consigo el riesgo de la huida del compromiso, como alerta el papa Francisco.

Volviendo a Sternberg, una relación sin compromiso puede resultar en simple cariño si solo existe intimidad, encaprichamiento si únicamente está presente la pasión y amor romántico si se suman las dos, excluyendo el compromiso. Cariño, pues se quiere compartir la vida con el otro como un encuentro algo más que fortuito, sin ataduras, como el que se da en las amistades más superficiales y -justamente- en las primeras etapas del enamoramiento. Encaprichamiento (a veces lo llamamos obsesión) cuando las dos personas no encuentran un motivo más allá de “la química” para estar juntos, como suele pasar en las relaciones más físicas y sexuales. Por último, el amor romántico, propio de la imagen que se tiene de una relación de pareja de cuento de hadas, sin el suficiente compromiso (es decir, a pesar de los malos momentos), aunque ya conociéndose y compartiendo bastante y con mucho apasionamiento.

La relación tiene buen futuro cuando existe voluntad de compromiso, teniendo claro hacia qué ideal se está caminando en una relación. El vínculo tiene un lugar y un propósito específico dentro de nuestras vidas (la mía, la del otro). Me esfuerzo por buscar lo mejor para construir, fortalecer y hacer crecer ese lazo entre las dos vidas. No quiere decir que el compromiso sea completo, pues pueden quedar espacios de egoísmo y autorreferencia. El compromiso completo es aquel en donde se da la vida por el otro, incluso literalmente, como decía Cristo. Y, débiles seres humanos, esto es difícil de alcanzar. Solo la Gracia nos puede llevar a completar ese destino. Por eso, el éxito no está en la meta, sino en el camino.

El camino de compromiso que vamos andando, juntos, hasta la muerte.

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Esos mensajes en los medios sociales…

En los últimos días he visto que muchas personas cuelgan en sus muros de Facebook una cadena que comienza diciendo: “Hubo momentos en que he tenido $10 para alimentarme y también he tenido $1000 para salir a comer”. Es un mensaje que habla de los altos y bajos de la vida y del valor de las personas. En el fondo tiene una buena idea, aunque quiero analizar un poco y ajustar tuercas donde se deba. Y pienso que algo parecido lo podemos aplicar a muchas otras publicaciones similares en internet.

Comienzo diciendo que es bueno ver este tipo de mensajes como parte de lo que Abraham Maslow llamaba autoactualización: la necesidad del ser de alcanzar su sentido de vida. Este concepto lo toma del psiquiatra de origen prusiano, Kurt Goldstein, cuando hablaba de que el “organismo está gobernado por la tendencia a realizar, tanto como sea posible, sus capacidades individuales, su ‘naturaleza’, en el mundo”. Al ser la cima de la pirámide propuesta por el psicólogo neoyorquino, debe fundarse en las otras necesidades: las básicas, las de seguridad, las afectivas y las de autoestima.

Es verdad, la vida tiene siempre altos y bajos. No dependemos en realidad del dinero que tenemos (o que ganamos), sino de la seguridad o el poder que sentimos que este nos brinda. Como había dicho en el artículo donde hablaba de la pobreza como estado mental, no se trata de lo que poseemos, si no de cuánto necesitamos. En tal sentido, habrá momentos en los que sintamos que carecemos más que otros. Si logramos mantener nuestro propósito vital a pesar de esas circunstancias, no importará esa montaña rusa económica.

Sin embargo, no considero que todo pueda medirse en estos términos. Siento que el mensaje fue escrito por alguien que ha sido menospreciado por su falta de poder adquisitivo. Eso se evidencia sobre todo cuando manifiesta que si no se comparte el mensaje es porque se pertenece al grupo de materialistas con el ego inflado. Estar de acuerdo con las ideas que expresa el post no implica automáticamente que uno quiera pegarlo en su muro. Es esa forma de chantaje emocional electrónico del que ya he hablado en otros artículos.

El hecho de que nuestra esencia humana nos haga iguales y que busquemos la equidad de deberes y derechos no implica la imposibilidad de que una persona sea mejor que otra. Obviamente, esto también tiene matices. Si comparo a san Francisco de Asís con Charles Manson, no creo que haya alguien que niegue que San Francisco fue un mejor ser humano. Y entender que Messi puede ser mejor futbolista que yo también me ayuda a valorar nuestras diferencias como algo positivo y -es más- deseable. Esto tampoco quita la defensa de la dignidad en todo ser humano, por horribles que sean sus actos.

No soy mejor que otro por lo que tengo, pero sí puedo serlo por lo que hago. Porque me acerco más a la imagen de Dios que llevo en mí, porque me aproximo más a aquello que es mi naturaleza en el mundo. Si el Creador me dio un talento para ayudar a la gente con sus problemas psicoafectivos, llevar permanentemente esa capacidad a un nivel superior me vuelve un mejor individuo. Si no lo hago, desvío la ruta y me convierto en un delincuente, es evidente que he dejado de ser todo lo bueno que podría.

Como dice el mensaje, hay que valorar a todos en ese esfuerzo por actualizarse día a día. A algunos se les da mejor que a otros, pero cada uno tiene esa capacidad. Claro, siempre y cuando pueda comer, vestirse, tener un techo y un trabajo, sentirse amado y apreciado. De no ser así, es difícil que sienta el impulso de crecer. Es como querer que un árbol crezca grande y fuerte en una maceta en el sótano.

Algo que me encanta de ese mensaje es destacar el poder del amor. El amor genera cambios positivos, nos aleja de las tendencias oscuras, cura las heridas. El amor nos saca de nuestras propias ambiciones para abrirnos al bien de los demás. El amor es una de las tres virtudes teologales (aquellas que Dios infunde en nuestra inteligencia y voluntad para impulsarnos hacia Él mismo), la más alta, más que la fe y la esperanza. Estas brotan del amor y en él se alimentan.

Nuestras vidas responden a nuestra historia, pero no están ancladas a ella. El amor nos aparta de esas cadenas y nos permite llevarnos a lo que podemos ser conforme al llamado de Dios en nuestro corazón. Y esa respuesta es individual, única e irrepetible. Y ciertamente no tiene que ver con nuestras posesiones materiales, como tampoco intelectuales o afectivas. No podemos calificarnos por lo que tenemos, sino por quienes somos. Y en eso, solo el Padre nos valora justamente.

Busquemos ese ideal que nos acerca al plan de Dios en nuestras vidas, más allá de las apariencias.

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Mudanzas

Este es un artículo que tiene un origen muy personal, pero que espero que pueda servir a más personas. En el fin de semana largo que pasamos (aquí en Ecuador el 2 y 3 de noviembre son feriados) nos cambiamos de casa junto con mi familia. Como es obvio, en los días previos estuve emocionado y angustiado, diría que en partes iguales. Mi esposa y mis hijos se encontraban en situaciones similares. Sin embargo, creo que estamos sacando lecciones de vida de todo esto.

Viktor Frankl solía citar a Nietzsche: “Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo“. Una mudanza es uno de los estresores más fuertes para el ser humano, y dentro de la escala de estrés desarrollada por los psiquiatras Thomas Holmes y Richard Rahe en 1967, puntúa con un 20/100. Es parte de aquellos acontecimientos importantes de la vida (matrimonio, ingreso a la universidad, tener hijos, etc.) que son en gran medida elecciones personales que se toman en busca de una autoactualización (usando el concepto de Maslow). No por ello dejan de traer duda e incertidumbre, e incluso miedo. Aunque uno haya decidido cambiarse de casa, sigue siendo un evento extraordinario e intenso y por tanto trae ansiedad. Es una ansiedad positiva y natural (como recordábamos a Rollo May en otro artículo) si el cambio de residencia no ha sido impuesto ni obligado por las circunstancias.

En mi caso, el cambio fue bastante inesperado, pues vino de una propuesta que no se veía en el horizonte inmediato. De todas formas, es parte de un camino familiar que queremos que nos lleve cada vez a una vida mejor, más estable, más liviana. A la larga, entra en el contexto de este año que ha sido una total sorpresa para toda la humanidad. Y como tal lo hemos tomado como parte de la gran mudanza que nos ha traído la pandemia: este volverse a encontrar con uno mismo para tratar de ser nuestra mejor versión.

Toda mudanza implica el punto de encuentro con el pasado, el presente y el futuro. Comenzamos a hurgar entre las cosas que guardábamos, muchas veces sin recordar siquiera que lo habíamos hecho, y nos enfrentamos con lo que vivimos años atrás. Pero esto, equilibrado con ese movimiento hacia el futuro que implica el cambiar de lugar de residencia, nos confronta con un presente que precisa decisiones. Tenemos que saber con qué nos quedamos y con qué no, qué desechamos y qué adquirimos para apropiarnos de este nuevo espacio y convertirlo en un hogar.

Este encuentro con el pasado es especialmente valioso si lo usamos para entender nuestra historia y, con ella, lograr proyectarnos hacia la persona que queremos llegar a ser. Encontrar un papelito que nos lleva a un momento específico en el cual sentimos, pensamos y vivimos de cierta manera nos permite compararnos con aquello que hoy sentimos, pensamos y vivimos. Y evaluar el crecimiento (o no) que hemos tenido. Habitar este nuevo espacio, asimismo, nos ayuda a soñar más alto, habitando nuestro propio ser actual y lanzándolo hacia el futuro.

Mudar, cambiar, es la esencia del Universo, y lógicamente del ser humano. Estamos en esta vida peregrinando. Pasando de Egipto a la Tierra Prometida. Entender el cambio como una oportunidad de crecimiento, más que como una necesidad, y percibirlo con sus pros y sus contras, nos impulsa a una actualización de nuestra persona progresiva y constante, pero a la vez pausada y paciente. Una mudanza de casa es un símbolo de las etapas por las que vamos pasando como individuos, como familia, como grupos humanos. Y nos permite tomar perspectiva.

Cambiarse de casa es permanecer en el hogar, pero con una nueva cara hacia el mañana.

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¿Qué es una relación saludable?

¡Cuántas veces hemos comentado sobre dos personas que tienen una relación tóxica? Es posible que lleguen a cientos. Pero, ¿qué es una relación tóxica? Y, por contraste, ¿qué es una relación no-tóxica, es decir, saludable? Tal vez es más fácil darse cuenta de qué es dañino, aunque no tanto saber qué es sano. Pretendo encontrar aquí algunas claves, que se suman a las ya dadas en artículos anteriores donde escribí sobre el amor.

Cuando se considera al ser humano como un animal más, entendemos la vida como una permanente supervivencia y búsqueda de equilibrio (homeostasis). Sin embargo, es bastante más, pues es un ser racional y consciente. Entonces, en una relación no pretendemos únicamente generar alianzas para seguir vivos y en calma. Abraham Maslow decía “el principio simple y más importante subyacente en todo el desarrollo humano saludable… es la tendencia a la aparición de una necesidad nueva y más elevada, cuando la inferior se ha completado por medio de una satisfacción adecuada”. Luego, no buscamos confort en los vínculos, sino crecimiento. Si no es así, algo está dañado, y nos enferma incluso hasta la muerte (según Daniel Goleman).

Aprendemos a relacionarnos en nuestras primeras relaciones: en la familia. Del apego primario pasamos al amor. Pero si esas relaciones no son sanas, no podemos construir vínculos saludables fundamentados en el amor. Siempre digo que cuando hablo de relaciones me refiero tanto a la que tengo con el tendero de la esquina como con mi madre, mi esposa o Dios. No en cuanto a que sean iguales en sus funciones y el lugar y prioridad que tienen en mi vida, sino en que se desarrollan de maneras similares y poseen requerimientos análogos. Entonces, cuando hablo de relaciones saludables, no solo menciono a relaciones de amor erótico (de pareja), sino de todos los tipos de amor. Es por eso que si no tuvimos esos vínculos saludables de niños, difícilmente sabremos cómo reaccionar frente a los demás, no solo en el matrimonio.

Sin embargo, eso me condiciona pero no me determina. Siempre puedo aprender, porque el amor es un arte (como es usual, Fromm). Escapar de las relaciones que me causan daño no implica dejar de tenerlas, sino hacerlo mejor cada vez. Puede resultar una lucha, pero es una buena lucha: me fortalece y vuelve más sólidos mis vínculos. Para esto debo entender en dónde flaquean, y cuáles son mis puntos débiles. Toda relación es de dos, pero comienza por mí. ¿Qué puedo hacer para sanar mis relaciones?

1. Bajar al otro del pedestal. Con el fin de evitar la disonancia cognitiva, nuestra mente suele enfocarse en lo bueno de la otra persona, o incluso en el ideal de pareja que he puesto en ella. Mi inconsciente me protege de esa manera de sufrir ante sus defectos. El choque con la realidad no solo es inevitable, sino también devastador. Es como cuando me compro un teléfono por la propaganda y mientras lo uso trato de pasar por alto sus inconvenientes hasta que deja de servirme.

2. Bajar a la relación del pedestal. Conviene, ya se habrá notado, diferenciar la persona de la relación que tenemos con ella. Y en ese sentido podemos también pensar que la relación es un campo de rosas aunque sea un campo minado. El otro puede ser maravilloso y yo también, pero eso no quiere decir que la relación entre nosotros deba ser igual de maravillosa. Esta idealización es natural al iniciar una relación, pero no puede perder contacto con la realidad y mantenerse así por siempre (ese cuento de que el amor es ciego). En el ejemplo del teléfono, sería como pensar que, ya que es el mejor del mercado es justo lo que necesito, negándome a ver que no me sirve.

3. Sacar al otro (o a la relación) del basurero. Esto funciona cuando nosotros lo pusimos ahí, no cuando él mismo lo hizo. Es usual fijarnos únicamente en los errores de los demás para condenarlos y encarcelarlos en esa jaula mental que les construimos. Esto impide que podamos ver a la persona tal cual es, con sus virtudes y defectos, con aciertos y errores. Y una cosa parecida puede pasar con las relaciones. Como si nos compráramos el teléfono para tenerlo en un cajón porque no me gusta el timbre que tiene.

4. Evitar el aislamiento. Hay casos en los que uno de los dos pide (peor si presiona u obliga) al otro a alejarse de los demás. Recuerden que hablo de relaciones en general, no solo de pareja, ni de que esta pide exclusividad en el sentido de no admitir otro vínculo erótico paralelo (o sea, no hablo de la necesaria huida de los triángulos amorosos). Las relaciones autorreferenciadas están condenadas al fracaso. Una relación se alimenta de las otras, no las excluye. Si tengo una buena relación con mi padre, es más fácil que pueda ser un buen esposo, un buen padre, e incluso un buen profesional. Sería como tener un teléfono y no utilizarlo para comunicarme con otras personas, sino solo para jugar solitario.

5. No meter a otros en la relación (ni dejar que se metan). Al contrario de antes, se acude a terceros para solucionar problemas. Obvio, no me refiero a pedir apoyo (sobre todo profesional) o aceptar consejos que brinden perspectiva. Dos personas que no confían en ellos mismos para construir una relación, aun cuando sea difícil, no son capaces de aprender juntos esas habilidades. Además, no hay nadie que sepa mejor la realidad interna que los involucrados. Por esto, recordemos que dar apoyo no es solucionar por el otro (“dar solucionando”, como decimos en Ecuador). Algo similar pasaría si, en lugar de tratar de arreglar el teléfono (y llevarlo a un técnico si hace falta) les diría a otros que tengo problemas, a ver si ellos pueden arreglarlo mientras yo solo me quejo, y encima llorar si no lo logran.

6. Huir del control (y del fantasma del control). No se trata de mera manipulación (todos de alguna forma somos manipuladores), sino de querer hacer del otro lo que yo quiero que sea. Es más, que sea yo, un clon mío. Tampoco podemos permitir que hagan eso con nosotros. Pero la contraparte es creer que los demás quieren eso de mí. Aconsejarle a otra persona que haga tal o cual cosa por su bien no es querer controlarlo, sino desear lo mejor para ella. En el ejemplo del teléfono, es como decirle al aparato que adivine lo que yo quiero hacer, o dejar que escoja mi horario, o que lo deseche porque me despliega sugerencias de qué leer u oír.

7. Combatir el miedo y la mentira. Cuando no somos honestos ni con nosotros mismos ni con el otro, la relación se funda en arenas movedizas. Ninguno de los dos puede saber qué nos une. El miedo (a ser rechazado, a estar solo, a sufrir, a no poder mantenerse, etc.) es un consejero mentiroso. Nos obliga a manipular y a dejar ser manipulados. Como cuando no queremos perdernos ninguna notificación del celular por temor a ser excluidos y lo mantenemos prendido todo el tiempo, como si en él estuviera nuestra vida.

8. Encontrar el propósito de la relación. Conectado con lo anterior, hay que cuestionarse siempre si mantengo un lazo con alguien por las razones adecuadas. Toda relación tiene un lugar dentro de nuestro sentido de vida, y debemos ver cuánto calza en él o no. La familia, la pareja, los amigos, los socios, el trabajo tienen su propio espacio y no podemos esperar otra cosa de él. Si voy a la panadería a comprar celulares y me frustro porque no me los venden, es porque no entendí el propósito de mi relación con ese establecimiento, no porque él esté mal.

En resumen, una relación saludable es la que se fundamenta en el encuentro de dos seres que pueden ser distintos pero que buscan complementarse. Que quieren conocerse cada vez más, a sí mismos y al otro, para entender sus habilidades y debilidades, sin tapar ninguna de las dos. Que buscan alimentarse entre ellos, pero también en los demás, de la manera más honesta y sin mensajes ocultos. En fin, que unen su propósito de vida para caminar juntos, creciendo a través de los errores y aciertos, dispuestos a dar una mano al otro cuando cae, así como dejarse ayudar a levantarse. O sea, no debemos buscar que la relación nos haga felices, sino poner lo que podemos en ella para completar lo que pone el otro, por el bien mutuo y el crecimiento individual y de la relación. Y eso nos hará felices.

Una relación sana es la que busca el bien de los dos, hacia el infinito.

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Sentirse víctima o serlo

Sin quererlo, la persona puede sentir que la gente y las circunstancias están siempre o frecuentemente en su contra. Que nadie ha pasado por lo que ella y que su vida es demasiada dura. Recuerdo aquella canción de Los Prisioneros: “todo el mundo dice que vive sufriendo como nadie más / cuéntame una historia original”. Quiero aquí analizar un poco el proceso de la victimización, sus causas y cómo enfrentarlo. Ojo, no me refiero al arduo objeto de estudio de la victimología: los fenómenos que surgen de la interacción víctima – autor en un delito. Tampoco al complejo de mártir, por el cual alguien puede tomar papel de tal porque considera que es su deber (y no como un verdadero martirio, es decir, testimonio) o porque sienta placer en ello (masoquismo). Hablo más bien de quien se siente víctima, muchas veces sin serlo realmente, y sin sentirse una mejor persona por esto: la victimización o, más bien, la mentalidad victimista.

El origen del término nos lleva a los sacrificios hechos a los dioses, en los que un animal (o incluso ser humano) se ofrecía como víctima en su honor. Por esto, detrás de esta idea nos queda la imagen de alguien que, de forma inocente, da su vida por algo más fuerte que él. Y en esto no se aleja del mártir. Sin embargo, este se brinda libremente, mientras la víctima lo hace contra su voluntad. Según Alfonso Aguiló Pastrana, el victimismo parte de una deformación de la realidad, el consuelo en el lamento y la incapacidad de autocrítica. Es decir, que en verdad no depende de lo externo sino de lo interno.

Posiblemente esta sea una conducta aprendida por la urgencia de llamar la atención de los padres. El único recurso de un bebé de atender sus necesidades es llorar. Como dice el dicho popular de por acá: “guagua que llora no mama”, el niño que no grita no tiene comida. De todas formas, en general superamos esa programación mental en la edad adulta, aunque no todos lo hacen. Podemos encontrar ciertas variables que intervienen en esto:

1. Condicionamiento operante: en algún punto de la vida, el individuo fue realmente víctima de algo y sintió un cuidado especial por parte de los demás que quiere repetir. Esta manera de reaccionar ante el dolor tiende a aparecer cuando ciertamente se ha sufrido algo fuerte que se empareja al sentimiento de haber sido el centro de la vida de los que nos rodean. Ejemplo: Una niña tiene una enfermedad o sufre un accidente que hace que su círculo cercano se dedique a atenderla, le diga palabras de compasión y la consienta. Ella se convierte en la adulta que tiene que actuar como víctima para recibir cariño y protección.

2. Relaciones de dependencia: las relaciones son valoradas como formas de apego, se miden por cuánto atienden a las necesidades propias, y no como lazos entre dos personas. Es no tener un vínculo saludable con el otro, por un lado por no saber que una relación parte del amor (el querer el bien del otro), y por otro por haber crecido con relaciones de poder y manipulación (sin comunicación honesta). Ejemplo: Un chico a quien los padres educan solo mediante premios y castigos, pasando por alto la excusa y la mentira para rehuir los últimos. Este chico, de adulto, considera que la única forma de obtener el afecto de los otros es mostrándose como alguien digno de compasión. No reconoce sus errores, siempre es víctima de las circunstancias.

3. Indefensión aprendida: una pobre autoimagen lleva a pensar que no hay escapatoria a la tragedia, pues no se es capaz de lograr nada positivo por sí mismo. El individuo no se percibe dentro del juego que representa lo que está bajo nuestro control y lo que no: según él, el mundo es un ambiente hostil, y él no puede hacer nada para remediarlo. Ejemplo: La persona que crece oyendo a su madre quejarse de las traiciones de su padre, piensa que (si es hombre) no tiene otra salida que ser infiel o (si es mujer) que su pareja lo será tarde o temprano. La idea final es que todos los hombres son infieles y no hay manera de luchar contra ello.

Como podemos ver, el victimismo puede tener una raíz en el dolor, pero va más allá de él y lo maximiza hasta volverlo la fuerza más potente de la vida. El individuo que se victimiza tiende a usar esta manera de actuar como un arma que arroja a los otros para librarse del juicio o para sentirse amado. Esto puede llegar incluso a lo patológico en un trastorno paranoide de la personalidad. Cuando el mecanismo de defensa ante el sufrimiento es la alerta a cada movimiento de los otros para poder usarlos como excusa frente a cualquier debilidad propia.

La salida a este proceso de victimización es -una vez más- la obediencia a la realidad. Saber que ya no somos niños que deban llorar para ser atendidos y que podemos ser amados por quienes somos y no por ser objetos de la misericordia de los demás. Sentir que en lugar de llorar sobre la leche derramada para que alguien nos regale su leche y nos limpie el desastre, podemos tomar nuestro propio trapeador, arreglar el desorden y salir a comprar leche. Sentirnos dueños de nuestra vida, que también depende de aquello que está fuera de nuestro rango de acción. Saber que no somos víctimas, sino protagonistas.

Que nuestra vida puede ser lo que hagamos de ella, sin excusas.

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