Aprender a vivir sin alguien

Esta es la continuación del artículo anterior: luego de detectar que se vive una relación codependiente y que se tiene miedo a la ruptura (FOBU), el siguiente paso es enfrentar el duelo de ese rompimiento. Y esta vez también vamos a ayudarnos de canciones (siga aumentando la playlist en su celular, por favor). Por ejemplo, cuando pienso en el final de una relación viene a mi mente Greg Khin con su Breakup song, donde parece enfocarse más en la calidad de las canciones de despecho que en su propio despecho (es decir, una forma de negación). Trataremos de comprender cada etapa del duelo y si estamos pasando por una de ellas para saber cómo enfrentarla. Me refiero concretamente al duelo que significa terminar una relación de pareja, pero sirve para todas las formas de pérdida. Hay que recordar que esta palabra tiene un origen etimológico en dolus (dolor, pena), por lo que está totalmente justificada.

Habíamos visto que la ruptura es algo atemorizante, pues implica un dolor aunque estemos terminando una relación que nos hace mal, y que además produce incertidumbre. Por esto la tomamos como un duelo. Así, una de las preguntas más estudiadas en torno a las disoluciones románticas es la cuestión de si los iniciadores (es decir, los que controlan la ruptura) y los no iniciadores experimentan diferentes grados de angustia. Los hallazgos no son concluyentes. Aunque hay estudios que parecen demostrar que tanto iniciadores como no iniciadores pueden llevar la peor parte, varios no han encontrado diferencias (como el de Locker et al. que citamos en la publicación anterior). El mismo estudio del equipo de Locker señala que varias características como el compromiso, la satisfacción, el esfuerzo para iniciar la relación, la duración de la relación, el tiempo antes de encontrar una nueva pareja y un estilo de apego temeroso están relacionadas con la angustia en el momento de la disolución romántica. O sea, que no todas las personas sienten igual la ruptura, ni se enfrentan de la misma forma al duelo que le sigue.

Cuando perdemos a un ser querido pasamos por distintas etapas, según la psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross, quien dedicó su vida a estudiar y acompañar a quienes afrontan la muerte propia o de alguien cercano. Evidentemente, cada uno vive su duelo de una manera particular; sin embargo, las etapas serían estas:

1. Negación

En un primer momento, podemos sentir o pensar que no ha ocurrido, o restarle importancia a la pérdida. Cuando oigo La Playa de la Oreja de Van Gogh, me parece estar oyendo una negación que ya dura varios veranos, pues resuenan estas afirmaciones: “todavía me ama”, “no puedo olvidarle”, “algún día podemos regresar”.

Lo más saludable es enfrentar la realidad de que la persona se ha ido, dejando una estela de buenos recuerdos, pero también de heridas que habrá que sanar.

2. Ira

Una vez aceptada la separación, es frecuente enojarnos. Con el otro, con un tercero, con uno mismo o hasta con Dios y el universo. Ojalá, la hermosísima y siempre repetida canción de Silvio Rodríguez me suena a rabia mal contenida, pues el resumen está en estas frases: “ojalá te mueras”, “me hiciste tanto daño que no quisiera haberte conocido”, “la venganza es lo que mereces”.

Debemos dejar de buscar culpables y asumir nuestra cuota de responsabilidad, pero sobre todo comprender que el hecho de que una relación haya terminado muchas veces se trata simplemente de que ambos no funcionaban juntos.

3. Negociación

Como el adicto a quien le ataca el síndrome de abstinencia (“solo un tabaquito, nada más”), esta es la fase donde se suele abandonar la dignidad. Una vez superada la ira, buscamos soluciones y procuramos hacer lo que haga falta para recuperar lo perdido. Ese tema de Prince que tan maravillosamente interpretó una jovencísima (y calvísima) Sinead O’Connor, Nothing compares 2 U, me resuena con estos mensajes: “volvamos a intentar”, “pídeme lo que quieras”, “nada tiene sentido si no estamos juntos”.

Es necesario tomar la decisión firme, entendiendo de manera clara que la relación hacía más mal que bien, y que hay que seguir adelante con confianza y esperanza.

4. Depresión

En realidad, no necesariamente se trata de depresión, porque en general no cumple con el diagnóstico, pero sí tristeza. Nos hemos dado cuenta de que no hay retorno, y que la pareja ha muerto en nuestras vidas. Roxette tenía ese hermoso llanto, It must have been love, donde se reflejan esas verdades: “no puedo dejar de pensar en lo que teníamos”, “me duele el corazón”, “hemos perdido esa oportunidad”.

Hay que permitirse llorar, pero con la esperanza de ser consolado luego, no pensando que ya no hay un mañana con su posible gozo.

5. Aceptación

Es la etapa a la cual todos ansiamos llegar después de una ruptura. Tenemos plena consciencia de la situación y sabemos que no vale la pena ni negar, ni enojarse, ni rogar, ni llorar por algo que no existe. Entonces me acuerdo de Jorge Drexler, en ese bellísimo poema La vida es más compleja de lo que parece, donde sentencia cosas del tipo: “fue hermoso mientras duró”, “que tu futuro sea bueno y el mío también”, “hay una vida más allá de este final”.

Asimilar la verdad y comenzar a vivir un mejor mañana a partir de este momento es tomar la decisión de ser feliz a pesar de las pérdidas.

Es posible superar las separaciones, por dolorosas que hayan sido. Aun las heridas más profundas pueden cicatrizar si les prestamos la atención que merecen. Hemos de aceptar la realidad, vivir el momento, dejar de buscar culpables. Debemos entender que el fracaso de una relación no implica que nosotros seamos unos fracasados. No hay que perder la esperanza si comenzamos a trabajar sobre los errores cometidos con las fortalezas con las que contamos. El amor siempre está ahí, basta con estar abiertos a encontrarlo.

El amor después del amor, como decía Fito Páez.

Foto de Ann H en Pexels.com

No puedo vivir sin ti

Esta vez hablamos de una de las ramificaciones del tema de la dependencia, del que habíamos tratado antes: el miedo a la ruptura. Y lo haremos con música (usted póngase la playlist en su celular). Porque seguro todos recordamos algunas de esas canciones que hablan de que una persona no quiere dejar a otra, a pesar de saber que esa relación le hace daño. De tan frecuentes, se escuchan como normales (en el sentido de que se ven saludables), y nadie se sorprende ante declaraciones del calibre de “Ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio / contigo porque me matas / sin ti porque me muero” que recitaba Antonio Machado y cantaba Emilio José. O la versión en inglés: With or without you, donde Bono parece temerle a la vulnerabilidad de declararse dependiente, mal.

Si lo entendemos desde las emociones, es comprensible sentir miedo de una ruptura. Esa palabra, miedo, tan hispana pues solo la usan el castellano, el gallego y el portugués (“medo“), a diferencia del pavor común a otras lenguas romances, tiene un origen interesante, aunque no del todo comprobado. El término parece venir de Metus, que era uno de los nombres que en Roma designaban al dios griego Deimos, el terror, junto con Fobos (de donde viene “fobia”), gemelos hijos de Ares, el dios de la guerra a quien acompañaban en sus batallas. El primero personificaba al miedo antes de la lucha, el segundo al pánico durante ella. Por esto lo traigo a colación, pues me parece muy simbólico que el miedo se relacione a la fobia: el miedo como protección frente a un evento que se avizora traumático, y la fobia como un resultado de un evento así.

Conforme a lo expuesto en cuanto a dependencia emocional, con conceptos como estilos de apego, autoestima y autoconcepto, vemos que en ocasiones llegamos a una codependencia en relaciones tóxicas. Sentimos que nos estamos haciendo daño, pero el miedo a vivir un hecho que nos deje una herida resulta más atemorizante aún. Y cuando escribo “nos”, quiere decir a ambos lados de la relación. Pongo una imagen fuerte: es como sentirse agarrado de una rama de espinos para no caer al vacío. El problema es que el vacío está solo en la mente; quizá al soltarse de esa rama la caída sea de apenas un centímetro. En 2010, un equipo de la Georgia Southern University, encabezado por Lawrence Locker, estudió este aspecto de las relaciones y encontraron interesantes conclusiones. Por ejemplo, el número de parejas que se tuvo antes de la relación actual puede ser un predictor de un mayor miedo. Claro, si he caído muchas veces a un precipicio es lógico que no quiera volver a hacerlo, aunque no tenga claro si esta vez voy a volver a caer. El fin de cada relación es a la larga un duelo, por esto mismo, y no es una etapa agradable, así que la evitamos. “En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida en su conjunto, duele”, dice Jorge Montoya Carrasquilla, especialista en duelo. Sin embargo, según el mismo estudio de Locker y sus compañeros, de un duelo normal luego de una ruptura puede seguir un gran crecimiento personal, si se cuenta con motivación al crecimiento y un buen apoyo social.

El futuro no es tan gris, entonces. ¿Cómo puedo detectar si estoy viviendo una relación con sus altibajos normales o si soy presa del llamado “FOBU” (fear of breaking up, miedo a terminar una relación)? Veamos algunas pautas, con sus respectivas rutas de escape:

1. Miedo a la incertidumbre.

Jesse & Joy cantan ¿Con quién se queda el perro?, que es como decir: ¿Qué va a pasar cuando deje la relación? ¿Voy a poder encontrar otra? ¿Me voy a morir solo?

Sin embargo, la incertidumbre es la realidad de la vida. Cuando aceptamos esto, podemos seguir adelante, aun sabiendo el dolor que causa la partida.

2. Miedo a salir de la zona de confort.

Como en Somebody that I used to know de Gotye, nos volvemos adictos a cierta clase de tristeza, evitando llegar al fin siempre. ¿Y si estando solo me siento peor? ¿Y si no encuentro otra persona pronto? ¿Voy a tener que pasar otra vez por la incomodidad de conocer a otras personas?

La zona de confort no es la mejor, simplemente es la que conocemos. El riesgo está en dejarla, aunque podamos sorprendernos con que la vida tiene una luz y un color que no veíamos.

3. Miedo al qué dirán.

La sociedad nos escribe el guion, y nos cuesta apartarnos de él. Torn (“desgarrado”), canción de Ednaswap que hizo famosa Natalie Imbruglia habla de esa vergüenza sentida luego de toparse con la realidad; aquella que negó el ideal impuesto que creyó ver en el otro. ¿Cómo me verán si estoy solo? ¿Y si no consigo formar pareja, casarme y tener hijos? ¿Considerarán inadecuado al que elija luego?

Debo pensar que no tengo un guion preestablecido, yo lo voy escribiendo según encuentro mi camino.

4. Miedo al fracaso.

En términos de relación amorosa, fracaso es lo mismo que rechazo. Muchas canciones tocan este sentimiento, pero me acuerdo de Always on my mind, al cual Elvis dio voz de forma hermosa. Y recuerdan estas preguntas: ¿Cómo me sentiré de fracasar en otra relación? ¿Hasta cuándo voy a fallar en la búsqueda de pareja? ¿Por qué nadie me puede querer?

Que una relación no funcione no me convierte en un fracasado, nadie me rechazó a mí sino que la relación no funcionó.

5. Miedo a sufrir.

Aquel doloroso lamento entonado por Badfinger, Air Supply y luego Mariah Carey, Without you, plantea preguntas como: ¿Tengo que vivir el dolor de la separación? ¿Puedo vivir sin esa persona con la que ya he pasado tanto tiempo? ¿No es mejor seguir junto a esta persona aunque no funcione?

Toda ruptura implica dolor, pero a la larga eso me hará menos daño que continuar en una relación que no me ayuda a crecer.

6. Miedo a ser reemplazado.

A la larga, un miedo al abandono, al rechazo. Juan Carlos Calderón junto con López de Arroyabe hablaba de esto en ¿Quién te cantará?, que Mocedades interpretó de forma maravillosa. Manifiesta las preguntas: ¿Si corto la relación la otra persona va a salir con alguien más? ¿Cómo me voy a sentir cuando me entere de eso? ¿Aunque yo ponga fin voy a pensar que mi pareja me dejó?

Si una relación llega a su fin porque no funcionó no importa qué pase con el otro, simplemente hay que avanzar.

7. Miedo a equivocarse.

Sting grita desesperadamente en Every breath you take que no se va a separar ni un minuto de su pareja, porque le pertenece, aunque el corazón duela. Se vuelve un acosador pues se hace estas preguntas: ¿Y si realmente esta persona es la adecuada? ¿En otras relaciones me podría ir peor? ¿Si terminamos y quiero seguir intentando pero la otra persona ya tiene pareja?

Toda decisión implica la posibilidad de equivocarse, si una relación no es saludable siempre será mejor terminar que luchar por algo que no tiene futuro.

8. Miedo a estar soltero.

O lo que es lo mismo, a la soledad. Esta idea siempre me trae a la mente las primeras líneas del I will survive que cantaba Gloria Gaynor: “Al principio tenía miedo, estaba petrificada, siempre pensaba que nunca podría vivir sin ti a mi lado”. ¿Cómo me voy a sentir cuando ya no tenga al otro? ¿Puedo sobrevivir solo? ¿Voy a morir soltero y sin familia?

No estar en una relación resulta mejor que hacerse daño en relaciones tóxicas, la soledad puede ser una oportunidad de prepararse para encontrar una pareja más saludable.

Aunque estas formas de miedo nos atormenten, por el lógico temor a las heridas y el duelo, nuestro verdadero ser siempre busca el bien y lo mejor para nosotros. Debemos escuchar ese llamado, porque es como quitarse una astilla: el proceso duele, pero es la única forma de sanar. Salgamos adelante a pesar de los temores, porque siempre hay un mañana mejor si trabajamos de manera consciente en él.

Salir de la cueva para ver el sol, es la única respuesta.

Foto por cottonbro en Pexels.com

Santidad y psicología

Especial de Semana Santa

La santidad, digámoslo claro, parece un asunto pasado de moda ya bien entrados al siglo XXI. ¿Quién quiere ser santo ahora? Aparentemente es mejor ser “exitoso”. Por otra parte, está la visión del santo como un individuo extraño, sobrenatural, tocado por el dedo de Dios como casi ningún vulgar mortal. Y con la consideración añadida de que hoy ya no hay santos. Aquí la pregunta se transforma en ¿quién puede ser santo ahora? Se ve como una causa imposible. Sin embargo, cuando entendemos de forma correcta la santidad y los procesos mentales involucrados, tal vez no resulte tan extraordinario ni inalcanzable. Quizá todos podemos ser santos.

Para Kant, la santidad era la perfección absoluta de la virtud, relacionada con el deber ser. Mientras tanto, según Freud y sus seguidores en la psicología “profunda”, el santo es un neurótico. Por contra, su único discípulo católico, Rudolph Allers, consideraba que la neurosis era un asunto “fundado en última instancia en un ‘problema metafísico’”. Lo relaciona con “la finitud esencial del hombre y la falta de voluntad por parte de la persona individual para aceptar la condición humana”. Esta “artificialidad” nos habla de que el único “que puede estar completamente libre de neurosis es el hombre cuya vida transcurre en auténtica devoción a las obligaciones naturales y sobrenaturales de la vida, y que ha aceptado firmemente y afirmado su posición como criatura y su lugar en el orden de la creación”. También conviene en que existen individuos sin neurosis que no apuntan a la santidad, pero que no sienten dicho conflicto óntico. Es quien “está más allá de la neurosis porque está más allá de la rebelión”. Allers llama “santidad ontológica”, al “estado de gracia que justifica la esperanza de la salvación eterna”. Asimismo conviene en que esta santidad puede “convivir con un estado neurótico”, aunque cree que eso “es extraño” pues el neurótico “es fundamentalmente egocéntrico”.

Para Rudolf Allers, todos los problemas relacionados con la interacción entre la constitución de la persona y el medio ambiente se entenderían mejor con la visión aristotélica sobre la potencia y el acto que aprendió de santo Tomás de Aquino. En la óptica del deber ser kantiano, sentimos una angustia existencial cuando no comprendemos nuestro lugar en el mundo (como ya hablé en el artículo anterior). Esta es la potencia del ser humano: lo que podemos llegar a ser, y que nos impulsa de manera irrenunciable hacia el infinito. El acto es lo que en realidad somos, y que percibimos a través de la mirada al espejo y los mensajes de los demás. Bajo esta concepción, todo ser humano no solo que está en capacidad de ser santo, sino que está llamado a serlo.

¿Qué nos distancia, entonces, de esta vocación de santidad? Como dice Allers, la rebelión, el non serviam del ángel caído, el pecado original del orgullo, la soberbia. Temprano en la adolescencia, cuando comenzamos a entender y vivir nuestra autonomía (o sea, el ponernos nuestras propias normas) reaccionamos con rebeldía a cualquier regla impuesta desde fuera. Es natural, y es una ventaja evolutiva que nos permite separarnos progresivamente de las dependencias necesarias mientras vamos creciendo. El problema surge cuando no aprendimos, en esa delicada etapa vital, lo que significa la libertad. El santo no es, entonces, un ser extraordinario, sino el individuo que ha comprendido de manera sana su vocación-misión en la vida y la lleva al acto. Entiende su finitud, pero también su sed de infinito.

Cuando leemos la exhortación apostólica del papa Francisco, Gaudete et exsultate, vemos claramente estas ideas: si bien pocos santos son venerados en los altares por visibles y relevantes, todos podemos tener una vida de santidad, es decir, cercana a nuestro Padre. Al contrario de lo que han proclamado ciertas corrientes psicológicas, la santidad es lo más cercano a la salud mental, porque los sentimientos y pensamientos se ordenan a un sentido que es más acorde a la esencia humana. El hombre sabe que debe llevar su existencia más allá de sus límites, y el único modo de hacerlo de una manera sana es poner esos límites en manos de algo más grande. Y lo más grande que hay es el Creador. La santidad no solo es posible, en consecuencia, sino que es obligatoria.

Cuando entendemos nuestra vocación de santidad, encontramos la paz mental que buscamos.

Foto por John Hain en Pixabay

¿Qué quiere Dios de mí?

Especial de Semana Santa

La Semana Mayor de los católicos es el mejor pretexto para evaluar cómo estamos caminando en nuestra vida de fe. Como este es un blog de psicología, voy a hablar de introspección, de autoactualización y de sentido existencial. Y como es un blog de psicología católica, voy a hablar de cómo esto se conecta con nuestra espiritualidad. Primero porque, como ya tenemos muy claro, el ser humano es una integralidad de cuerpo, mente y alma, y por tanto me crea ansiedad aquella vieja pregunta ¿a dónde voy? Y luego, pues la respuesta al cuestionamiento que nos hace el título está envuelta de consideraciones afectivas y mentales.

Como ya hemos visto en otras publicaciones (citando a Santo Tomás), el fin último del hombre es alcanzar la felicidad, la bienaventuranza, el encuentro con Dios al final de sus días. Esa sed de infinito le da un sentido a la vida (recordemos a Frankl), que nos lleva más allá de satisfacer nuestras necesidades más básicas, como atestigua la pirámide de Maslow: hacia la autorrealización, a través de buscar la actualización de nuestro ser. Carl Rogers entendía que esta motivación surge del concepto del sí mismo, el cual brota de la percepción de uno mismo, que tiene una capacidad de reorganizarse. Es por esto que la respuesta está en uno y en su encuentro con la voluntad de Dios. Puesto que, más allá del llamado (vocación) común hacia esa bienaventuranza, cada persona tiene su llamado individual y su propia misión, dice el papa Francisco. Es aquí donde nos encontramos en un proceso incesante de discernimiento personal, como señala Fr. Aníbal Fosbery: “el resto del mundo no puede cumplir lo que Dios quiere que haga yo”. Dice él mismo que esta vocación-misión hacia el compromiso parte de la conversión (“girar completamente” hacia Dios), y este es un proceso que responde a etapas, según el enfoque evolutivo de Donald Super, psicólogo estudioso de la vocación.

Decía que la búsqueda de este sentido vital genera ansiedad. Pero como habíamos visto en otro artículo, esto no tiene por qué ser algo negativo. Esta ansiedad, si es manejada de manera saludable, nos conduce a ir ordenando la búsqueda para que sintamos que estamos avanzando, sin estancarnos y sin retroceder. No quiero decir que no atravesamos por los desiertos de los que hablaba Santa Teresa, que Dios permite por necesarios. Más bien me refiero a lo que en ciencias como la economía se denomina tendencia: puede haber altos y bajos, pero en constante crecimiento, lo cual en la gráfica amplia se percibe como una línea quebrada aunque ascendente. Entender esto nos permite llevar este proceso de descubrimiento personal con alegría y esperanza.

Gráfico de tendencia (tomado de invertirenbolsaweb.net)

Pienso que esta oportunidad en Semana Santa puede ser vista en tres puntos claves:

Peregrinación

El ser humano, homo viator en el sentido de la literatura clásica, se halla en camino constante hacia una meta de vida, a manera del héroe en su viaje de aprendizaje. El paso por la tierra de la Iglesia peregrina es una jornada de perfeccionamiento. En consecuencia, entendernos como seres que marchan junto a otros con un fin común nos permite darle prioridad a encontrar el camino, la compañía y la meta. El Domingo de Ramos es también un memorial de la peregrinación de Jesús desde Cesarea de Filipo, más allá del confín norte de Palestina, para subir a Jerusalén, muy al sur. Esta a su vez tuvo su prefiguración en el pasaje del pueblo judío desde Egipto hasta la Tierra Prometida. Por esto debemos comprender nuestra ruta como un viaje siguiendo a Cristo, tal cual los discípulos que subieron con él a su Pascua. Cuándo o cómo nos sumamos a esa multitud no importa, lo que él busca es eso: que nos entendamos peregrinos con Cristo, y no viandantes que pasan por ahí esperando que Jesús se desvíe y los siga a ellos.

Misión

Mi misión no es tu misión, ni la tuya es la de cualquier otro, como lo señala el padre Fosbery. Toda persona sabe en su interior que ha venido al mundo para algo, y la angustia existencial se produce cuando no tenemos claro para qué. El pueblo de Dios entiende que tiene una misión conjunta, que es buscar parecernos a Cristo y así llegar hasta él. Sin embargo, cada grupo humano, cada comunidad, cada persona tienen misiones particulares que se comprenden en el contexto de aquella más grande. La misión de Jesús era morir por nuestros pecados, y aunque nadie de los que le rodeaban lo apoyaba, se mantuvo firme en ella. Aun cuando, como humano, hubiera querido zafarse de tan dura prueba (el “apártate, Satanás”, el “aparta de mí este cáliz”, el “¿por qué me has abandonado?”). Los héroes y los santos se parecen en esto: pueden sentir miedo, pero tienen clara su misión y no la abandonan nunca pues el amor es más fuerte. Poder pedirle a Cristo que seamos capaces de aprender cuál es nuestra cruz y cómo cargarla nos libera de un peso mayor: la impotencia.

Encuentro

La esencia del hombre es el encuentro. O, al menos, debería serlo. Somos animales sociales, y no podemos considerarnos islas. Por esto la Iglesia es una comunidad, una comunión de los santos, el cuerpo místico de Cristo. Nadie se salva solo, nos salvamos salvando. El amor de Dios nos junta en una única barca, que a pesar de las tormentas, espera en Jesucristo la calma. Como los discípulos en el camino a Emaús (otro peregrinar), mientras el Resucitado les recuerda todas las profecías que se habían cumplido en él, hasta llegar a la máxima: lo reconocieron cuando partió el pan. La fe no es una ideología, es un encuentro con una persona (señala Benedicto XVI), y a través de ese encuentro en el camino, mientras nos explica el sentido de nuestra vida, vamos comprendiendo que todo se reduce a una sola decisión: gritar “¡a tus órdenes, Cristo Rey, pues tú nos llamas!”. Y abandonarnos.

La gran pregunta del individuo, de cara a la eternidad, es para qué está aquí. El mundo nos tienta a perdernos en propuestas y puertas entreabiertas. Pero Cristo nos recuerda que la correcta es la más estrecha, siguiéndolo a él. Asumimos, entonces, la realidad de la vía con todas sus victorias y tropiezos, porque la meta está clara. La meta está clara, pero el camino lo vamos descubriendo paso a paso, por esto no debemos permitir que la ansiedad nos tire abajo. Todo lo contrario, que con ansiedad y pasión sigamos pidiéndole a ese Jesús que pasa a mi lado: “¡Hijo de David! ¡Ten compasión de mí!”. Y que nos permita ver para seguirle.

Lo que quiere Dios de mí es que me deje guiar, aceptando que la ruta es tortuosa, pero que conduce a la felicidad última.

Foto de Valentin Antonucci en Pexels.com

Amor y dependencia (pt.2)

Continuamos con este tema tan importante. Hay que ser claros: si sentimos que cuando nos falte esa persona nos vamos a morir, la relación no es tan sana ni tan libre, no es una dependencia saludable, ni el amor está tan ordenado. Por esto conviene que nos cuestionemos todo el tiempo, no únicamente en cuanto a nuestra pareja, sino sobre cada vínculo en la vida: amigos, parientes y hasta el tendero de la esquina. No para cortar con ellos, sino para comprender cómo tener una conexión más sólida y sentirnos mejor. El amor, hemos visto, tiene muchas formas, y por eso debemos ordenarlo en cada relación según esas formas. Las personas llegan a nuestras vidas cuando nos encontramos por primera vez, pero muchas de ellas nunca se van, aunque en algún momento se alejen o fallezcan. Ordenar el amor significa continuar teniendo una relación sana aunque esa persona ya no esté. Pero, ¿cómo?

Habíamos hablado del concepto tratado por Clotilde Sarrió (tomado de Gandhi) sobre la interdependencia, que parte de un estilo de apego seguro (bajo la clasificación de Cindy Hazan y Phillip Shaver). Este estilo, según la teoría del apego (Bowlby y luego Ainsworth et alt.), tiene su origen en la manera en la que aprendimos a relacionarnos con nuestros cuidadores en los primeros años de vida. Y no solo a relacionarnos, sino a valorarnos nosotros mismos. Hay que añadir que la dependencia en las relaciones no tiene que ver únicamente con una baja autoestima, pues la dependencia emocional no es necesariamente lo que se ha tipificado como trastorno de personalidad dependiente. Esta es más bien instrumental, ya que el individuo usa a los demás como instrumentos sin los cuales no puede sobrevivir. Se le vuelve complicado (hasta imposible) tomar decisiones solo, realizar tareas sin instrucciones claras o incluso sin ayuda, mostrar desacuerdos o quejarse, o albergar ideas propias en general. Por el contrario, personas que aparecen como “normales” en su autosuficiencia pueden tener relaciones con mucha dependencia. Es por esto que Jorge Castelló Blasco, psicólogo que ha estudiado abundantemente el tema, considera que la dependencia emocional debería estar tipificada como un trastorno de personalidad. Según él, el “dependiente emocional lo es también cuando no tiene pareja”, ya que dicha dependencia no está del todo conectada con la relación que vive (o no), sino con una necesidad que “es de carácter afectivo y no de otro tipo”.

Pongámoslo en imágenes: el dependiente instrumental es como el individuo que sufrió una lesión en un pie y tuvo que usar bastón, y que luego de curarse piensa que no puede volver a caminar sin esa ayuda. Es más, el ejemplo se ajusta más si pensamos que desde que nació ha debido usar no solo un bastón, sino silla de ruedas; no por tener alguna incapacidad motriz, más bien porque nadie le enseñó a caminar. En cambio, el dependiente emocional no necesita ningún apoyo físico, pero sí tener a alguien a su lado que le permita sentir que su camino es correcto y que lo hace bien. Creció siempre andando junto a alguien, por eso no concibe salir a dar un paseo solo. Una persona dependiente emocional no está necesariamente incapacitada para moverse por sí misma, si bien siente que no puede hacerlo. Si se ve en la necesidad, lo hará, pero con una alta dosis de angustia y tristeza. Una vez más, no solo en la pareja, sino con sus padres, sus pares, o cualquier otra persona con quien haya desarrollado un apego inseguro.

Es por lo ya mencionado que muchas veces esas relaciones dejan una herida muy profunda cuando se acaba. Como decía, en realidad no se acaba, porque la historia personal ya incorporó a ese nuevo personaje de manera indeleble. Después de la muerte o la separación, cada individuo con el que hemos generado un vínculo permanece en la memoria y condiciona el resto de nuestra vida. Si este vínculo no es sanado, ese final será desmedidamente doloroso, y el proceso normal de duelo puede tornarse una tortura crónica. Por esto también es importante sanar las relaciones, incluso luego de haber abandonado una que ha sido dañina.

Por ejemplo, esa mujer que, a pesar de haberse casado y tenido hijos no ha conseguido “cortar el cordón umbilical” (como se suele decir) con su madre, vive en una relación de dependencia con ella. Obvio, no hablo de la natural necesidad de apoyo en la progenitora para ir asumiendo sus propios roles de esposa o materno, lo cual también ha sido una ventaja evolutiva. Hablo de aquella persona incapaz de soltarse de ese andamio para desarrollarse sola: la chica que ante cualquier inconveniente con su marido corre a las faldas de mamita para que ella resuelva el conflicto. No solo evitará abandonar el hogar materno y trasladar a su esposo y criar a sus hijos en su propio cuarto de soltera, sino que seguirá pidiéndole a su madre todo (material, afectivo, espiritual) como si aún fuera una niña. Y la fecha de la muerte será devastadora. Esta es una excelente muestra de que una relación que solemos ver como buena, la de madre e hija, también puede ser “tóxica” y codependiente. Y no se trata de elevar la confianza en sí misma de la chica, sino de sanar el vínculo, ordenando el amor, entendiendo las etapas y favoreciendo la autonomía.

Con estas imágenes he querido hacer ver de forma clara cómo funciona una relación donde, además de amor desordenado, hay dependencia negativa. Como imaginarán, podríamos poner mil millones de ejemplos, y seguramente ya tienes el tuyo en mente. ¿Cómo actuar? Para mí es tan simple, y tan complejo a la vez, como seguir estos tres pasos:

1. Entender la dinámica de la dependencia y sus orígenes.

Amar no siempre nos lleva a buscar el bien del otro en términos objetivos. Nuestra historia, nuestros vacíos y heridas, condicionan esa manera de comprender el bien del otro. En una sociedad que juzga a los padres, a través de los conocimientos pedagógicos y psicológicos no asimilados de manera adecuada, es fácil considerar la sobreprotección como la forma correcta de criar hijos. Vamos ganando años y perdiendo la dimensión adecuada del sufrimiento. Si nuestros papás evitaban las ocasiones que nos hacían llorar, de grandes no sabríamos enfrentar la tristeza y la ira. Entender esta realidad dentro de cada caso particular nos lleva a comprendernos y saber por qué sobredimensionamos tal o cual necesidad afectiva.

2. Configurar una relación ideal con esa persona.

Una vez que entendimos, en nuestra mente debemos ordenar conceptos para volver esa dependencia saludable. Y mi ideal no tiene por qué ser igual que el tuyo, y peor aún el que nos pinta Hollywood. Lo voy moldeando conforme voy entendiendo mis necesidades y mostrándoselas al otro, quien a su vez hace lo mismo para moverme a mejorar ambos y la relación. Esas necesidades son mías y de nadie más, porque aunque hay generalidades para toda la humanidad, sociedad o grupos, solo cada uno puede ver lo que espera en verdad de la vida y de los otros. Esto lo vuelve posible, factible y alcanzable, evitando frustraciones.

3. Luchar, día a día, por construir esa relación.

Un ideal realista me permite sentirme a gusto con el proceso de construirnos, mutua e individualmente. Ese realismo me protege de sentimientos de impotencia o de incapacidad y me aleja de la victimización y la desazón. Cuando estamos conscientes de que nosotros somos los responsables de cómo nos sentimos en la relación, somos en verdad libres dentro de ella. Al contrario, cuando esperamos el cambio en el otro, culpándolo de cualquier problema, las expectativas demasiado altas siempre nos tirarán abajo. Los dos somos los albañiles de esta casa, y si yo no hago mi parte cargándole todo al otro, tanto él como yo nos sentiremos defraudados y no terminaremos la obra.

Nuestra historia al momento de generar vínculos y aprender estilos de apego nos condiciona en las relaciones adultas, pero no nos determina. Siempre podemos entender los cómos y los porqués, configurar un ideal alcanzable y luchar por él con tesón y constancia. Sin prisa, pero sin pausa. Con cuidado, como se cría una flor delicada. Por eso, a relacionarnos aprendemos en nuestra habitación, solos, aunque suene contradictorio. Porque toda relación saludable inicia en la relación con nosotros mismos, con nuestro pasado, presente y futuro. Con ilusión, pero sin ser ilusos. Con alegría, pero entendiendo la vida como una montaña rusa. Con esperanza, comprendiendo el misterio que encierra la existencia. Con amor. Sobre todo con amor.

Construyamos relaciones interdependientes, saludables y con propósito. El amor hará su papel.

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Amor y dependencia

Es necesario hacerse una pregunta clave al evaluar nuestras relaciones: ¿lo que me une a esta persona es amor o alguna forma de dependencia? La respuesta podría parecer simple, pues diríamos que los lazos siempre surgen del amor; sin embargo, esto llega a tener muchas aristas. ¿Cómo puedo distinguir entre amor y dependencia? ¿Existe en realidad alguna diferencia? ¿Es siempre el amor bueno y la dependencia mala? Unas afirmaciones que nos dan pistas son bastante comunes: “no me siento cómodo, pero me cuesta dejarla”, “si él se va me muero”, “me fastidia lo demandante que es este amigo, aunque no quiero hacerle sentir mal”, “antes de tomar cualquier decisión tengo que consultar a mis papás”. En fin, no todo es blanco y negro, por eso conviene hacer una introspección, luego de comprender algunos puntos básicos.

Primeramente, y como es usual, veamos qué debemos entender por dependencia, ya que el concepto del amor ya lo hemos trabajado en otros artículos. Dependencia se deriva de dependiente, y este de depender, que proviene del latín dēpendeō, dēpendēre (“pender, colgar, esperar”), formada del prefijo de- (que indica dirección de arriba a abajo) y el verbo pendere (colgar). Creo que la imagen es bastante clara, y por esto el diccionario muestra algunas acepciones que nos traen la idea de subordinación (ordenado por debajo de algo), de “producirse o ser causado o condicionado por alguien o algo”. En tal virtud, podemos tener dependencia a cosas (como sustancias), a otros seres vivos o a personas. Esta última, claro, es la que nos ocupa. Platón, ya en el siglo IV a.C, trató el amor posesivo de un individuo que persigue a otro como un objeto al cual quiere “devorar”. A partir de la segunda mitad del siglo pasado, el psicoanalista inglés John Bowlby, a instancias de la ONU, comenzó a desarrollar su teoría del apego, al ver cómo el vínculo entre un niño y sus cuidadores los hacía sentir más o menos seguros, dependiendo de lo saludable de dicho vínculo. Mary Ainsworth, junto con otros investigadores, partieron de la teoría de Bowlby para sugerir cuatro patrones de apego, los cuales condicionaban luego la manera del adulto de relacionarse con los otros.

Según la teoría del apego, el infante inicia su exploración del mundo, seguro del respaldo que le da su cuidador. Esta fue una ventaja evolutiva que permitió que las crías humanas puedan desarrollar su plasticidad neuronal por más tiempo, comparados con otros animales que comenzaban a ser autónomos a los pocos días o incluso horas de nacidos. Sin embargo, esta ventaja traerá consecuencias negativas si los patrones de apego de los cuidadores no son saludables, a decir de Ainsworth. Un bebé al cual no se le permite explorar por protegerlo de posibles peligros, por ejemplo, crece con un modelo interno disminuido, lo que lo lleva a llegar a adulto con percepciones, pensamientos y expectativas distorsionadas en sus relaciones. Esto lo estudiaron Cindy Hazan y Phillip Shaver en las relaciones adultas de pareja. Identificaron cuatro estilos de apego en ellas, análogos a los hallados en el estudio de Ainsworth: seguro, ansioso-ambivalente, ansioso-evitativo y desorganizado/desorientado. Como es de suponer, el estilo seguro es el que permite construir relaciones sólidas y sanas; lo que no se suele suponer es que en estas relaciones también existe dependencia. Sin embargo, como señala Clotilde Sarrió, terapeuta Gestalt, aquí existe interdependencia, tomando el término de Mahatma Gandhi, es decir una dependencia recíproca, mutua, y por tanto saludable.

Por todo lo anterior, cuando hablamos de dependencia solemos pensar en personas inseguras que no se sienten capaces de desarrollar vínculos saludables. En gran parte, hemos visto, esto es así; lo malo es que solemos pensar que una persona insegura es la que se muestra vulnerable, débil, callada, pasiva. Sin embargo, un individuo que reacciona agresivamente o se presenta autoritario también puede querer esconder una autoestima muy deteriorada. Y es entonces donde surge la codependencia, un término que se suele usar mucho cuando hablamos de drogas, pero que se puede aplicar a las relaciones. Es algo que ya mencioné en mi publicación sobre los abusadores: tanto el agresor como la víctima suelen tener una dependencia mutua, si bien esta no es sana, pues el primero es activo y la segunda es pasiva, uno controla y otro se deja controlar. Detrás de todo esto está la idea inconsciente de que la pareja lo puede abandonar en cualquier momento, pues no es digno de ser amado. Entonces, cada uno según su estilo de apego, busca mantener a toda costa al otro a su lado.

Pongamos unos ejemplos para graficar los estilos de apego:

Seguro: él está convencido de quién es y cuánto tiene para ofrecer a la relación, de igual manera conoce a su pareja y confía en sus capacidades y comprende sus debilidades. Sienten la voluntad de compromiso de ella y está muy cómodo desarrollando una intimidad (hablar, compartir, encontrarse). Si ella se equivoca, se siente herido o molesto, pero es capaz de manifestarlo de la forma adecuada buscando el crecimiento de cada uno y el fortalecimiento del vínculo. Es esa persona que se ríe cuando se acuerdan de los pretendientes que ha tenido ella, y bromea de sus propios defectos y cómo ella los ha debido soportar, y viceversa.

Ansioso-ambivalente: él no se siente lo suficientemente hermoso, o bueno, o inteligente, o capaz, de forma que alguien tan formidable como su pareja quiera seguir con él. Por esto piensa que en cualquier momento lo puede dejar por alguien mejor, y busca satisfacer cada una sus necesidades, aun las que ella no dice de forma clara. Es el perrito maltratado que está todo el tiempo queriendo saltar a las faldas del amo, mayormente cuando este ha comenzado a prestar atención a algo más, y aunque él le lance lejos cada vez.

Ansioso-evitativo: él se siente merecedor de alguien mejor que ella, tan llena de defectos y que no puede darse cuenta de lo fantástico que es él. Piensa que ella nunca lo querría dejar, porque sería una pérdida para ella (“como yo te amo / nadie te amará”). Por esto evita revelar demasiados detalles sobre su vida y separa muy claramente los espacios más allá de la relación para que ella no entre ahí, por protección. Es el hombre que sigue viviendo como soltero fuera de casa y siendo padre y esposo abnegado dentro, llevando una doble vida de la cual pocos conocen.

Desorganizado/desorientado: él siente que ella no es una persona que esté en capacidad de cuidarlo, pues es tan indefenso que necesita quien en realidad lo entienda. Piensa que la relación puede terminar en cualquier instante, porque ninguno de los dos es lo suficiente para el otro. Por esto, no se atreve a compartir más con ella, ni quiere saber más de su vida, y tampoco se revela para no resultar luego dañado, como ya lo fue tantas otras veces. De todas formas, es incapaz de ponerle fin. Es el animal herido que saca las garras ante cualquier acercamiento, ya que no sabe si el otro viene en son de paz o a armar la guerra. Para él, el amor es una lotería y nunca va a tener el número premiado.

El amor busca el bien del otro, pero parte del propio cuidado para hacerlo. La interdependencia persigue esto, a través del conocimiento mutuo al cual lleva la intimidad en el sentido amplio (no entendido solo como relación sexual). Y esto se aplica en todas las relaciones, claro, con sus debidas diferencias. Es el amor ordenado en el cual el uno depende del otro, pero en el sentido de que no somos islas sino continentes interconectados. Me dolerá inmensamente perder a esa persona que amo (padre, hija, esposo, amiga), pero no voy a morir sin ella. Porque justo ese amor que compartimos me ayudó a crecer y ser fuerte, y tener la capacidad para seguir adelante, aun con el vacío que deja. Todo nace en cómo criamos a nuestros hijos. Si no permitimos que exploren por sí solos, es probable que nunca se sientan capaces de seguir adelante sin alguien a su lado que les valide. Y no podrán construir vínculos saludables. He ahí la importancia de educar en la libertad y aprender cada vez más a hacer uso de ella como adultos.

La libertad nos lleva a la independencia y la interdependencia, alejándonos de la necesidad de estar “colgados” de otro.

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Este es el 100

Es simpático que en el artículo anterior haya festejado el aniversario de Imago Dei, y en este venga a celebrar la centena de publicaciones. Claro, con la trampita que ya mencioné en ese artículo de haber hecho dos ‘posteos’ anteriores al primero pensado para este blog. Pero esos son tecnicismos, este es el cien y hay que festejarlo. Ya en el artículo número cincuenta hablaba sobre Escribir para tomar aire. Y entre este y el previo suman de forma bastante consistente la motivación detrás de esta bitácora de psicología, escrita por un psicólogo pero sobre todo por una persona, con sus limitaciones y potencialidades. Igual que Imago Dei.

Yo quiero que Imago Dei crezca y poder llegar a más gente, pero eso no depende únicamente de mí. Depende del estado del “mercado”: en las redes, la oferta es casi infinita. ¿Por qué alguien elegiría leer durante cuatro o cinco minutos lo que escribe un psicólogo cualquiera en Quito? ¿Por qué alguien sentiría que es importante para su vida? ¿Por qué se vería impulsado a suscribirse, “laiquear”, compartir o comentar uno de los miles de millones de posts que encuentra al acaso? Y sin embargo, sigo manteniendo la convicción de que detrás de esto hay un llamado. A pesar de que al momento haya un poco más de doscientas personas suscritas a mis redes, un par de decenas de almas que en verdad leen el blog, un puñado que ponen sus “Me gusta” y uno o dos que comentan y comparten, estoy seguro de que puedo hacerlo mejor cada día, y esparcir esta gana de tender puentes hacia la verdad, la bondad y la belleza.

Porque sé que también depende de mí. De constancia, de lograr contenido cada vez más atractivo, interesante y bien hecho, de aprender a desenvolverme mejor en los medios digitales. Y esa parte de responsabilidad es mi compromiso. Por eso me lleno de sueños, como los de meter a Imago Dei a TikTok, YouTube o quién sabe qué otras plataformas. Después de todo, el medio es el mensaje y es el masaje, decía McLuhan. Estoy consciente de que la palabra escrita ha sido un paréntesis en la historia de una humanidad que, en gran medida, es oral. Aquello que contaban los ancianos alrededor del fuego en los albores de nuestra historia es ahora contado en estos nuevos fogones virtuales, ya no solo por los viejos sino por gente de todas las edades y condiciones.

Lo que sí se debe mantener es el amor que le pongo. A veces siento que es un grito al vacío, pero a la larga siempre puede llegar a un oído que lo estaba esperando. El amor lo logra todo y la paciencia todo lo alcanza. De una cosa estoy seguro: como me he desmarcado de la ansiedad por los likes y realmente sigo haciendo esto porque me mueve algo más grande que yo, sé que nada de esto caerá en saco roto. Hoy, mañana o en diez años, el esfuerzo habrá dado frutos. Frutos de amor, de amor a Dios, al prójimo y a mi vocación. Y entonces podré decir satisfecho: valió la pena la esperanza.

Que estos cien artículos venzan el olvido y se lancen al infinito. O al menos al corazón de una persona. Y los cien se centupliquen.

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Feliz cumpleaños, Imago Dei

Se cumple un año de haber iniciado este blog. Si bien la pandemia fue el gatillo que dio el arranque, era algo que ya venía planeando al menos seis meses antes. Me sentía muy cómodo con mi consulta clínica, ayudando a cambiar el mundo de a uno (como suelo decir). Sin embargo, pensé que podía favorecer a más personas si lograba que lo que tenía aprendido se pueda transmitir. La experiencia, más el sustento teórico que había venido adquiriendo a partir de aquel día en el que sentí el llamado (entonces inexplicable) a matricularme en la carrera de Psicología, podían servir a un público más amplio a través de los medios sociales.

Entonces fui investigando sobre cómo llevar mi trabajo profesional a dichos medios. Pero no me daba el tiempo para arrancar (o no me decidía). Cuando la Covid-19 nos obligó a recluirnos en nuestros hogares (hoy hace un año exacto), sospeché que no sería simplemente una cuarentena (es decir, cuarenta días), sino que era probable que tomara algo más. Las pandemias, lo había leído, solían erradicarse en un año, como mínimo. Y eso apenas se había declarado pandemia días antes. Así que, intuyendo que tendría más tiempo libre, me propuse iniciar aquello tan postergado. Debo confesar que también lo hice pensando en la posibilidad de publicitar mi trabajo y seguir atendiendo en línea (algo que ya había comenzado de a poquito un par de años antes). Y agradezco a Dios que, con esa ayuda y con otras, la cantidad de clientes bajó en esas primeras semanas, pero nunca hasta cero como sí ocurrió en octubre de 2019.

Cierto, el primer artículo que subí ya lo había sacado en mi blog personal por la coyuntura de las Protestas de Octubre, precisamente, y solo quité lo circunstancial. Cierto también, el siguiente que publiqué nació como parte de la iniciativa Lizarz, en la que nos embarcamos con mis dos queridos amigos Felipe y Roque, aunque no había sido lanzada todavía. Recién el tercero, Contra el aislamiento, C.A.O.S., fue el primero que escribí con este blog en mente, y vio la luz el 24 de marzo. Ya para esto puse a andar las redes sociales, como con pasos de bebé, con el fin de apuntalar esta bitácora psicológica. Poco a poco les voy dando autonomía de vuelo, aunque en esto tengo mucho que aprender todavía.

Pero no vine a contarles solo esta historia que flota en el Internet. En realidad quiero tratar de cómo esto, que comenzó siendo ese espacio autoconvocado con el fin hablar de psicología, se terminó convirtiendo en una herramienta de crecimiento personal. He de empezar diciendo que este año tan peculiar para la humanidad, ha sido de cambios para mí. Algunas pérdidas, es cierto, pero asimismo muchas ganancias, tanto en lo profesional como en lo privado. Bueno, algunas cosas privadas también las he compartido aquí (cambio de casa, perrita nueva -y ya son dos-, etc.). Creo que en mi práctica psicológica, aparte de que la he tenido que llevar casi completamente en línea (en proporción inversa a todos mis años anteriores), ha manifestado un enorme avance, y en gran parte se lo debo a este blog.

En esto, y no es por echarme flores ni darme autobombo, no se trata solo de las muestras de gratitud y reconocimiento que he recibido en esta nueva etapa, o de tener más clientes que los meses anteriores. Si bien siento una inmensa gratitud con el verdadero Sanador, que actúa a través de mí con toda esa gente tan necesitada en estos momentos difíciles, sé que aquello responde en gran parte a esta circunstancia complicada. De todas maneras, sí estoy convencido de que el aprendizaje alcanzado a través de la preparación de cada artículo me ha vuelto un mejor profesional. Siento que en un momento tan exigente, en el cual la gente se percibe más sola, más angustiada, menos fuerte y menos resistente, la Providencia me mandó muchos vehículos de aprendizaje que fui transmitiendo pero también incorporando a mi práctica terapéutica.

Debo reconocer que, y no soy el primero en decirlo, lo que uno aprende en la universidad se diluye entre las obligaciones de ir aprobando materias para graduarse, y más bien poco va quedando en la cabeza. Ojo, que no estoy restando la importancia que tiene la academia en la formación y la educación del profesional. Más bien, creo que lo que se adquiere en las aulas nos modela para cumplir la labor que responde a nuestra vocación. Y, alguien ya lo dijo también, nos da no tanto los conocimientos, sino el saber dónde buscarlos. De todas formas, esos conocimientos solo adquieren sentido en la práctica. Es como aprender a leer música: esas notas en sí mismas no dicen nada hasta que son interpretadas en un instrumento. Y eso es lo que venía haciendo cuando nos llegó la pandemia.

Es entonces que aquello que estaba aplicando, un poco como eco de lo recibido en la universidad, otro poco por mi autoformación en otras ramas de las ciencias humanas, y el resto por intuición, comienza a tomar una forma teórica. Las lecturas que realizaba para sustentar mis publicaciones estaban definiendo mi figura como psicólogo de una manera que ni en mis sueños más locos hubiera imaginado. De pronto, Maslow, Carl Rogers, Martin Seligman, Fromm o Frankl (entre muchos otros) me hablaban con una voz nueva. De pronto, todo encajaba, todo cobraba sentido. De pronto, mi técnica en consulta adquiría una seguridad inusitada. Ya nada volvería a ser igual.

Mi intención, al escribir esto, no es -lo repito- darme palmaditas en la espalda yo mismo. Más bien, lo que busco es celebrar este año de venir compartiendo cosas que fui aprendiendo o afianzando. Con inmensa gratitud, con Dios, autor último y primero de toda obra, y con cada una de esas personas con las que me fui encontrando y que (sin quererlo) fueron dando origen a temas para esta bitácora que, al irlos profundizando, se iban convirtiendo en fuente de herramientas terapéuticas para ellos mismos. Gratitud, pero también un llamado a otros profesionales a hacer lo mismo. ¡Llenemos cada vez más la Web de conocimiento para ayuda de todos! Y, en el camino, volvámonos mejores y más conscientes en nuestra labor diaria.

No sé hasta dónde me lleve esta aventura por los medios sociales, lo que sé es que no quiero parar.

¡Gracias a todos!

Foto gracias a Top Flavor (haga sus pedidos)

Juventud, ¿divino tesoro?

Cuestiono aquí aquel poema de Rubén Darío, Canción de otoño en primavera, que canta “Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!”, y sería muy popular, logrando que su primer verso se repita de boca en boca por más de un siglo. Cuestiono, decía, porque considero que ser joven no es necesariamente algo que debamos atesorar, si bien tampoco es correcto menospreciar esta etapa de la vida. Cuestiono también, porque al tratar la juventud estamos hablando de algo que no tiene límites tan definidos.

Como es usual, quiero principiar delimitando conceptos. Nos dice el Diccionario de la Real Academia que juventud nos viene del latín iuventus, –ūtis, que significa “período de la vida humana que precede inmediatamente a la madurez”. Este término viene de iuvenis (joven), relacionado con iuvare (ayudar), que a su vez proceden de la raíz indoeuropea *yeu, fuerza juvenil. Es interesante ver que esta etimología nos lleva a entender que la juventud está relacionada con la capacidad para ser un miembro activo de la sociedad, ayudando a su desenvolvimiento. Antes de ella, esta capacidad no se ha desarrollado, y después se va deteriorando. Es lógico, por consiguiente, que no exista un acuerdo en cuanto a las edades que enmarcan esta etapa de la vida. Por ejemplo en la Antigua Roma, según Varrón (c. I a.C.), la juventud iba de los treinta a los cuarenta y cinco años; mientras para Isidoro de Sevilla (alrededor del siglo VI), entre los veintiocho a los cincuenta se les consideraba jóvenes.

Esto ya nos hace pensar que quizás la juventud es menos una condición física o de edad y más un estado mental. El padre Fosbery suele decir: “¿Te sientes viejo?, tienes la edad de tus pecados; ¿te sientes joven?, tienes la edad de las cosas que amas”. Yo me adhiero a esa consideración. Entendamos la juventud como la época de la vida cuando alcanzamos nuestra plenitud en cuanto a proyectos, sueños, objetivos y la energía para llevarlos adelante. Por consiguiente, los errores (pecados) resultan un peso difícil de cargar, mientras las relaciones personales y nuestro sentido de vida son el impulso hacia cualquier meta. Jóvenes somos, entonces, mientras mantenemos esperanza en nosotros mismos y el resto.

Pero seamos más objetivos, y señalemos que las Naciones Unidas señalan para la juventud un rango de edad de entre quince y veinticuatro años, y la OMS de entre diez y veinticuatro años. Es la edad en la que las personas van construyendo de forma más o menos consciente su relación con el mundo. En tal sentido, el proyecto de autorrealizacion (en términos de Maslow) en esta etapa se refiere a un plan de crecimiento propio y cada vez más autónomo, afianzando la identidad. La persona va descubriendo su vocación y el propósito de su existencia, en respuesta a lo que va hallando en sí mismo y en su entorno. Es en esta etapa cuando más evidenciamos la realidad humana como seres en construcción. Es por esto que haya individuos que se resisten a superar los años juveniles, en lo que Dan Kiley ha llamado el “síndrome de Peter Pan”.

Este síndrome también se explica porque al final de la juventud la belleza física suele degradarse. La norma es que la tersura de la piel, la tonicidad muscular y la armonía de los rasgos se desarrolle en la adolescencia y vaya desapareciendo progresivamente en la adultez. Por eso no sorprende que la industria de la belleza procure estereotipos juveniles, y mercadee productos para conservarlos. La naturaleza quiere ser vencida por la cosmética, cumpliendo los deseos de aquellos exploradores que anhelaban la fuente de la juventud. Lo cual se puede relacionar también con la salud. El objetivo de la sociedad parece ser permanecer jóvenes y bellos por siempre.

“¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes? Faltan al respeto a sus mayores, desobedecen a sus padres. Desdeñan la ley. Se rebelan en las calles inflamados de ideas descabelladas. Su moral está decayendo. ¿Qué va a ser de ellos?”.

¿Cuántas veces hemos oído o leído frases similares? O las habremos dicho nosotros mismos. Podemos pensar que es este un fenómeno reciente, debido a la influencia de los medios y la tecnología. Sin embargo, es algo que ya se viene hablando prácticamente desde los albores de la humanidad, tanto es así que la frase que he citado pertenece a Platón, hace casi dos milenios y medio. Por ser esta una edad abierta al cuestionamiento, no es extraño que sea una etapa de rebeldía, y por tanto se abra una brecha generacional con las cohortes anteriores (padres, abuelos, etc.). El resultado es este: una generación que no entiende a la otra.

Tomando en cuenta todo lo anterior, podemos entender al poeta nicaragüense. El adulto añora su juventud, porque es la época de la ilusión y la belleza. Pero la nostalgia es parte de la naturaleza humana, reflejada en aquel dicho de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. No podemos detener el tiempo, que es como un caudal infinito, y por eso nos enfocamos en lo hermoso del pasado y lo amenazante del futuro, para concluir que el presente es menos agradable que el ayer. Recordamos con ternura la persona que fuimos y miramos con temor la que seremos. Luego, parece fácil anhelar aquellos días en que, como dice el poema, se disfruta la primavera y la carne es ligera, sin pensar que “la Primavera / y la carne acaban también”.

Debemos aceptar la realidad de que la vida está conformada por etapas, y que debemos transitarlas cuando corresponde y aprovechar sus partes positivas y negativas. Muchas culturas valoran la sabiduría alcanzada por la edad, algo que se ve reflejado en la estructura eclesial católica. A los sacerdotes se les llama presbíteros (ancianos en griego) porque entendemos que su conocimiento y experiencia se ponen al servicio de todos los fieles. ¿Por qué, entonces, secundar a una sociedad que persigue incesante la juventud eterna? ¿No será mejor valorar los méritos de cada edad? En consecuencia, no nos descuidemos a nosotros mismos hasta dejar deteriorar nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra afectividad, nuestro espíritu. No dejemos de soñar, de ilusionarnos. Pero también demos importancia al aprendizaje y la experiencia que se acumulan con los años. Vivamos la vida como nos llega.

Entender cada etapa de la vida nos hace dar valor a todas dentro de la historia de cada persona.

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El poder del sí

Así como en un artículo anterior había hablado de lo importante que era saber decir no, sobre todo en la educación de los hijos, ahora quiero tratar del sí. Porque sin el necesario equilibrio entre afirmación y negación, entre la autoconfianza y el límite, no podemos hacer uso sano de nuestra libertad y no alcanzaremos una autoestima saludable. El sí reafirma nuestras posibilidades, y con él aprobamos también lo que otro nos ofrece. Saber usar el sí de manera adecuada nos impulsa hasta el ser que podemos llegar a ser.

Cuando hablábamos del no, recordábamos a Allers, quien recalcaba la importancia del conocimiento de sí en nuestra conciencia vital, y de cómo este nos permitía ir más allá, hacia la apreciación de nuestra dignidad, que nos empuja al infinito. Igual, a los fundadores de la terapia Gestalt, quienes subrayan nuestra necesidad de aceptar lo que nos sirve y rechazar lo que no en orden a nuestro crecimiento. De aquí podemos pasar al concepto de autorrealización de Maslow, quien esbozaba el complejo de Jonás (que ya hemos mencionado) como ese rechazo a alcanzar todas nuestras potencialidades. Este puede darse cuando el niño no se desarrolla en un medio en el que se le permita generar expectativas realistas de lo que es posible y adecuado para sí mismo y los demás, según Nathaniel Branden, psicoterapeuta canadiense, reforzando su autoestima. Si falla la libertad con límites que defenderá el propio Maslow.

Cuando enfrentamos a un niño con sus capacidades, este crece seguro de ellas y de todo lo que puede alcanzar si es constante en sus esfuerzos. Para esto, nosotros mismos como padres debemos confiar en esas capacidades. Y esta confianza inicia cuando creemos en nosotros mismos. Es decir, si somos parte de un círculo vicioso de falta de confianza y desaprobación, caemos en la tiranía del no. “No puedes hacerte un huevo frito, te vas a quemar”, “no le digas nada, yo te defiendo”, “no uses ese aparato, yo lo hago por ti”, “no empieces tu tarea hasta que yo no te pueda ayudar”. En lugar de apoyarlos, los estamos volviendo inválidos. Porque nosotros mismos crecimos siéndolo, y la vida nos obligó a ir aprendiendo a sobrevivir solos. Y muchas veces, ni así lo logramos.

Entonces, ¿podemos decirles “sí, tú puedes” siempre? El mejor ejemplo es cuando aprendemos a andar en bicicleta. Tal vez seamos de esos bichos raros que lo hicimos solos. Pero lo más probable es que nuestro papá nos fue sosteniendo hasta comprobar que alcanzamos el manejo del equilibrio necesario. O, si no podía estar ahí, le delegaba esa función a las rueditas, que al momento de sentirnos seguros eran quitadas. Aun así, el mensaje de “tú puedes” está implícito. Tú puedes con apoyo, primero, y tú puedes solo, después. Sin embargo, no podríamos manejar una bici si ese papá nos hubiera dicho que no lo hagamos porque nos vamos a caer. La seguridad no viene de hacerlo todo siempre solos, aunque sí es claro que la inseguridad es consecuencia de no hacerlo nunca.

El niño que crece con estos “sí, puedes”, crece sabiendo que deberá estar consciente de sus límites también. Pero esos límites los va empujando siempre un poco más allá, hasta donde la realidad le permite. Por eso es también fundamental el contacto con la realidad. Todo ello se compone de los noes que ya analizamos y de los síes que ahora vemos. Como adulto voy conociendo cada vez más mis potencialidades, y lucho día a día para volverlas acciones concretas que respondan a mi sentido de vida. Sin embargo, voy a tener caídas y tropiezos, obstáculos y barreras. Entender esto y no dejarme vencer es un fruto de todos los sí que recibí de chico. “¿Quieres aprender a tocar piano? Sí, puedes, pero vas a tener que esforzarte para demostrar todo tu talento”. De ahí a la realización personal hay un enorme camino, aunque lleno de satisfacción y alegría.

La ruta a la autovalidación, compuesta por el valor que me doy yo mismo y que percibo que me dan, comienza por saber decir sí. Saber no implica hacerlo siempre, sino determinar cuándo conviene. Y esa conciencia no es fácil de tener, pues requiere habernos entrenado en ella. Es más fácil si comenzamos de pequeños, pero nunca es tarde para empezar. Aprender a darnos valor también conduce a dosificar los síes que damos a los demás. Si quieres alcanzar todo tu potencial, inicia diciéndole sí a tus sueños, a tus proyectos, a tus empresas. Se trata de ser consistente, no de ser perfecto. Resolver problemas, aceptar errores y seguir adelante. Porque crees en ti mismo, y sabes hasta dónde puedes llegar. El secreto está en el poder del sí.

Digamos sí a nuestras esperanzas, para tener la dicha de caminar hacia la felicidad con confianza.

Foto por aleksandrdavydovphotos