Las máquinas simples en psicología (pt.3)

Cierro esta serie de artículos en la cual he hecho analogías de cómo usar máquinas simples en nuestros procesos mentales con el fin de tener más recursos para ser mejores seres humanos. Había recordado que hablar de máquina se refiere a cualquier objeto fabricado para realizar una tarea física, y que las máquinas simples son los artefactos primigenios que cumplen esta labor: palanca, plano inclinado, cuña, rueda y eje, polea, tornillo. Por esto han sido la base del desarrollo de las civilizaciones. Concluyo con los dos últimos y sus connotaciones cognitivas.

Habíamos relacionado esta idea con las de McLuhan y las herramientas tecnológicas como extensiones del cuerpo y cómo configuran el desenvolvimiento de las sociedades, Duncker y la utilidad de evitar la fijación funcional, y Julian B. Rotter en cuanto a alcanzar un locus de control interno que genere una motivación hacia la autorrealización, según Maslow y Rogers. El punto es poder encontrar el sentido a la utilización de estas máquinas mentales como potenciadores del trabajo que conduce al cambio en nuestras vidas.

  • Polea

Una polea es una rueda en un eje diseñada para soportar el movimiento y variación de dirección de una cuerda (cable, cadena o correa) tensa, o la transferencia de potencia entre el eje y la cuerda. Siendo una modificación de la palanca, a través de la rueda y el eje, las fuerzas intervinientes son análogas a las de estos. Sus elementos son la rueda o polea propiamente tal, en cuya circunferencia (llanta) suele haber un canal (garganta o cajera) para guiar la cuerda; las armas, que son una armadura en forma de U invertida que rodea la rueda, con un gancho en la parte superior del que se suspende el conjunto; y el eje, que puede ser fijo o móvil.

Una polea no serviría de nada si la cuerda no pudiera moverse en el canal de la rueda. Muchas veces escuchamos que alguien le dice a una persona con depresión que “ponga de parte”. Ese poner de parte se traduce en una idea del tipo “tengo muchas cosas para estar feliz, no debería sentirme así”. Esa es una cuerda fija en la rueda. No me levanta, por más fuerza que haga, porque no es libre. No es libre, porque está sujeta a la rueda que son las razones objetivas para ser feliz. No toma en cuenta el peso que tiene que cargar y la subjetividad que implica. Pero suele ocurrir también que la persona se va al otro extremo, y no quiere que le asistan porque se acostumbró a esa polea de pensamientos positivos. Es lo que suele ocurrir con la mecánica de la autoayuda (y de eso ya hablé en otros artículos). Una mecánica de la autosuficiencia que atrofia la capacidad de enfrentar los problemas como un equipo. Ante eso, hay que considerar que la polea resulta más eficiente cuando hay más de una, es decir, en un aparejo o polipasto: jalar los pesos juntos nos es menos trabajoso.

  • Tornillo

El tornillo deriva del plano inclinado. Es una superficie en forma de hélice que rodea a un cilindro y que calza en un orificio enroscado. El mecanismo de rosca transforma un movimiento giratorio aplicado en la cabeza del cilindro (con otra herramienta en forma de cuña, o un volante o manilla), en otro rectilíneo. La fuerza aplicada por la longitud de la circunferencia de la cabeza es igual a la fuerza resultante por el avance del cilindro.

La vida es una espiral, decían los antiguos. Patrick Geddes, polímata escocés, se lo aclaraba a sus hijos reflexionando sobre los días de la semana, que siempre tienen una sucesión idéntica, pero un sábado no es igual a otro sábado. Es decir, repetimos patrones, no en la misma posición, sino uno después de otro (si no fuera así, sería un círculo, que es una manera alterna de ver la vida). El tornillo es una espiral que, al girar, imprime una fuerza que normalmente se convierte en distancia. Hago la analogía entre esa espiral vital y la hélice del tornillo, y pienso que debemos darle un sentido y un fin a su rotación. Si buscamos unir dos tablas con un tornillo sin tope, sin cabeza, y sin la dirección correcta, no cumpliría el objetivo. En un proceso similar al de la rueda, estar girando sin parar en cualquier dirección nos impide encontrar la motivación para seguir adelante. Como un tornillo aislado, la vida pierde sentido. Tener claro el propósito y la dirección nos permite encontrarnos a nosotros mismos a través de lo que buscamos lograr en nuestra vida, que ha de ser una espiral hacia la Salvación.

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Este largo artículo dividido en tres, ha querido girar como un tornillo alrededor de las máquinas simples como metáforas de algunas herramientas psicológicas. Estoy convencido de que aprender a conocer nuestros procesos mentales es la clave para poder desarrollar formas de pensar y actuar que nos mantengan en un continuo crecimiento, para llegar a ser los seres humanos que podemos (y debemos) ser. Se trata de entender cómo enfrentamos los obstáculos, cuán urgidos estamos para evidenciar los cambios en nosotros, cuán cortantes o repetitivas son nuestras ideas, cuánto nos olvidamos de la realidad persiguiendo soluciones mágicas, o cuánto perdemos el sentido de nuestra vida. Podemos darle un giro a nuestros sesgos mentales, a nuestros bloqueos afectivos, y seguir creciendo hacia nuestro objetivo: ser siempre la mejor versión de nosotros mismos. Ser santos. Estamos condicionados por nuestras circunstancias, pero somos dueños de nuestras decisiones. Ahí está el trabajo.

Utilicemos las máquinas simples mentales para encontrar esa ventaja mecánica que optimice nuestro desarrollo personal.

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Las máquinas simples en psicología (pt.2)

Continúo con el artículo anterior acerca de analogías de cómo usar máquinas simples en nuestros procesos mentales con el fin de tener más recursos para ser mejores seres humanos. Había recordado que máquina es cualquier objeto fabricado para realizar una tarea física, y que las máquinas simples son los artefactos primigenios que cumplen esta labor: palanca, plano inclinado, cuña, rueda y eje, polea, tornillo. Por esto han sido la base del desarrollo de las civilizaciones. Comencé hablando de los tres primeros de la lista, ahora continúo con -quizás- uno de los más determinantes en el progreso, dejando los otros dos para el último artículo de la serie.

Habíamos enmarcado esta idea dentro de lo que McLuhan analizaba acerca de las herramientas tecnológicas como extensiones del cuerpo, y que eran una muestra de la utilidad de evitar la fijación funcional de la que hablaba Duncker. Y aquí cabría preguntarnos cuánto ella atrofia en nosotros dicha capacidad de usar nuestras aptitudes para cumplir objetivos, y cuánto le hemos delegado esas funciones a las herramientas mismas. Recordemos lo que el propio McLuhan decía: los medios tecnológicos configuran el desenvolvimiento de las sociedades. En el caso de las herramientas mentales, podemos también caer en el error de confiar en la ayuda de los otros, más que en nuestras habilidades. Puede ser el resultado de un locus de control externo, según el concepto del psicólogo estadounidense Julian B. Rotter, concepto que subyace a la indefensión aprendida, que ya hemos mencionado en artículos anteriores. Un locus de control interno, mientras tanto, facilita la motivación a la autoactualización de la que hablan Maslow y Rogers.

Las máquinas simples nos brindan lo que se llama en Física ventaja mecánica (la medida de la amplificación de fuerza lograda mediante el uso de una herramienta), es decir, una reducción en la energía necesaria para producir un cambio. Corremos, en consecuencia, riesgos como no saber de qué manera aprovechar esa ventaja o llegar a depender de esos artilugios. Si soy capaz de utilizar una polea para levantar grandes pesos, ¿por qué no puedo seguir esperando que alguien me ayude a hacerlo sin usarla? Si tengo un vehículo con ruedas, ¿para qué usar mis piernas? Las máquinas simples mentales pueden traer estos riesgos. Vamos a ver:

  • Rueda y eje

El compuesto de rueda y eje está formada por un bloque circular de un material resistente en cuyo centro se ha perforado un orificio, el cual es atravesado por una varilla rígida, y que giran juntos. La rueda y el eje son una versión de la palanca, con una fuerza motriz aplicada tangencialmente al perímetro de la rueda y una fuerza de carga aplicada al eje, respectivamente, que se equilibran alrededor de la bisagra que es el fulcro.

El girar una rueda que no toma contacto con una superficie no genera distancia sino fuerza. Muchos mecanismos funcionan de esta forma para transformar la rotación en otra clase de energía, como en algunas variedades de centrales eléctricas. En cambio, para que una rueda sirva como medio de transporte tiene que posarse sobre algo. Es frecuente que en nuestra vida hagamos que la mente (la rueda) siga dándole vueltas a un eje temático. Lo que esto logra es ir acumulando energía, que en algún momento tiene que liberarse, y suele hacerlo de mala manera. La única forma de que dicha energía se traduzca en movimiento es ponerla sobre el suelo, es decir, ser obedientes a la realidad. En ocasiones nos volvemos adictos, o sea, dependemos de estar dándole vueltas a una idea en nuestra cabeza, sin analizar qué es lo que podemos hacer con ella en la vida práctica. Y solemos esperar que sea otro el que produzca el movimiento, pues no estoy viendo la potencia de esa idea.

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Prefiero quedarme aquí, para que las dos últimas máquinas tengan su propio espacio dentro del conjunto y así que todas estas ideas rueden juntas. Se viene, entonces, la tercera parte (y final) de este artículo triple sobre las máquinas simples y su analogía psicoafectiva. La publicaré, Dios mediante, el sábado. No dejes de leerlo.

Continuará…

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Las máquinas simples en psicología (pt.1)

Esta semana he estado ayudando a mi hijo en el aprendizaje de las máquinas simples (bueno, simple machines porque era Science) y comencé a pensar que también podemos usar máquinas simples en nuestros procesos mentales. Se me ocurrieron algunas analogías al respecto, y es lo que aquí les quiero compartir, para poder añadirlas a las herramientas psicoafectivas que nos ayudan en nuestro proceso de crecimiento personal. Si a alguien se le ocurre alguna otra, es bienvenido a comentar y apoyar así esta idea básica. El fin es tener más recursos para ser mejores seres humanos.

Cuando pensamos en máquinas, pensamos en complejos artilugios modernos que realizan labores aún más complicadas, como una computadora o un automóvil (es más, así se le llama a este último en italiano, macchina). Pero la palabra nos viene del griego antiguo μαχανά (makhana), a través del latín, derivado de μῆχος (mekhos), medio para hacer algo, de donde nos llega también el término mecánica. Se refería a cualquier ingenio usado para realizar una tarea física, podía ser, entonces, desde una tiza hasta una grúa (de esta, el famoso deus ex machina del teatro clásico). Las máquinas simples son, por esto, sencillos artefactos para facilitar el trabajo, y que componen muchas veces mecanismos más elaborados. Son, es de esperarse, las primeras formas de tecnología creadas por el hombre, y son la base del desarrollo de las civilizaciones. Así, las seis máquinas simples clásicas nos vienen también de la Antigüedad: plano inclinado, rueda y eje, palanca, polea, cuña, tornillo. Algunos han planteado más, otros menos, pero me ajusto a este listado.

Como ya hemos dicho en los artículos previos sobre las redes sociales, el sociólogo Marshall McLuhan consideraba las herramientas tecnológicas como extensiones del cuerpo, que amplifican las capacidades de nuestros miembros y sentidos. Es así que las máquinas simples son, a mi modo de ver, una muestra fundamental de la importancia de evitar la fijación funcional, sesgo cognitivo que limita la utilidad de un objeto a su uso tradicional, según el psicólogo de la Gestalt, Karl Duncker. Es de imaginar a un grupo de cavernícolas, lanzas en mano, frente a una enorme roca que obstaculiza su paso, preguntándose cómo sortear tal inconveniente. Hasta que alguno de ellos, dejando de pensar en su lanza como un arma arrojadiza, coloca una roca más pequeña cerca de la gigantesca e inserta su lanza debajo de esta, apoyándola en aquella y con una fuerza no tan descomunal como pensaban, logran despejar el peñasco del camino. Este maravilloso descubrimiento haría que, milenios después, Arquímedes sentencie: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”.

Las máquinas simples responden a la la ley de la conservación de la energía (la primera de la termodinámica), que afirma que la energía no se crea ni se destruye, sino que simplemente se transforma. Entonces, pueden transformar fuerza en distancia, o viceversa, por ejemplo. En Física se llama trabajo a la cantidad de energía involucrada en producir cierto cambio físico. Lo mismo se aplicaría al trabajo psicológico, que es necesario en nuestro crecimiento personal. Por consiguiente, es de esperarse que podamos contar con herramientas que nos faciliten ese cambio. No es tampoco nuevo el hecho de usar algunas máquinas simples como metáforas de procesos mentales (cuña, palanca, eje, etc.). Vamos a ver:

  • Palanca

La palanca es una barra o lámina rígida que se balancea sobre un punto de apoyo denominado pivote o fulcro. En ella intervienen tres fuerzas: la potencia (la fuerza que aplicamos en el extremo de la palanca), la resistencia (la fuerza que debemos vencer, el peso del objeto que queremos mover al otro extremo) y la fuerza de apoyo que es equivalente, pero opuesta a las anteriores.

Al igual que los cavernícolas queriendo mover la piedra sin ayuda, querer vencer nuestros problemas psicológicos solos es inútil. Necesitamos dónde apoyarnos y algo que transmita la fuerza que hacemos gracias a ese fulcro. El apoyo es, comúnmente, un buen amigo, nuestra familia, o la fe en alguna entidad superior. El inconveniente con estos es que, en ocasiones, o no representan fuerzas equivalentes, o no son contrarias al peso del problema. Es por esto que es necesario un sustento más profesional, más sólido. Para eso está la terapia. Igual, si la palanca no es suficientemente resistente, se quiebra. Esto es, en mi opinión, la inteligencia sumada a la voluntad: cuando estas son débiles, es muy difícil poder mover algo en nosotros, aunque el pivote funcione perfecto.

  • Plano inclinado

Este consiste en una superficie plana que forma un ángulo agudo con el suelo. En él intervienen cuatro fuerzas: la fuerza de gravedad (con la que el planeta atrae al cuerpo), la fuerza ejercida por el cuerpo sobre el plano (en función de su masa y la gravedad, lo que conocemos como peso), la fuerza normal (la fuerza de reacción ejercida sobre el cuerpo por el plano) que es de la misma magnitud aunque contraria a la anterior, y la fuerza de rozamiento (su magnitud depende tanto del peso como de las características superficiales del plano inclinado y la superficie en contacto del cuerpo -coeficiente de rozamiento-) que siempre se opone al sentido del movimiento del cuerpo respecto a la superficie. Dependiendo de si usamos el plano inclinado para subir o para bajar, las fuerzas son manejadas de manera distinta. Mientras mayor sea el ángulo, mayor resulta el esfuerzo y más lenta se vuelve la subida, aunque más rápida y más fácil la bajada. Pero no nos compliquemos más.

Creo que la mejor analogía del plano inclinado en el campo mental es el proceso que representa ir tomando consciencia de quiénes somos y cómo nos manejamos en el mundo. Si queremos hacerlo más rápido y con menos esfuerzo, el ángulo debe ser menor. Ese ángulo, para mí, representa la ansiedad con que tomamos el proceso: mientras mayor sea aquella, más empinado nos parece este. Si los egipcios hubieran utilizado un plano inclinado con un ángulo muy abierto, no habrían construido las pirámides. Debemos tomar nuestros trabajos mentales como procesos que hemos de llevar poco a poco para que cuesten menos.

  • Cuña

En ella aplica el mismo principio físico del plano inclinado, pero para introducir una pieza en otra de manera que resulte más fácil partirla o sujetarla (dos funciones, igual que el plano al subir o bajar). De hecho, una cuña son dos planos inclinados juntos. Es la máquina subyacente en algunos de los más primitivos instrumentos de la humanidad: el hacha, el cuchillo, la punta de flecha. De manera similar al plano, el poder de la cuña yace en el ángulo de su punta: mientras menor sea, menos fuerza necesitaremos aplicar.

Si el cuchillo no está bien afilado, es decir, si su cuña no tiene un ángulo tan agudo, no conseguiremos cortar nada. Para incidir en las ideas dañinas que queremos cortar, debemos atacarlas con otras muy afiladas. Ideas que nos pueden lastimar, pero que al aplicarlas donde se debe nos pueden quitar de encima pesadas cargas psicológicas. Muchas veces no queremos usarlas por miedo al dolor que podrían producir si no las dirigimos correctamente, pero con el suficiente entrenamiento, son las mejores herramientas para vencer miedos y obsesiones.

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Está visto que el artículo resulta largo porque hay mucho que decir de cada máquina simple y su analogía psicoafectiva. Por esto, lo he partido en dos con una buena cuña, y lo continúo en un siguiente artículo que publicaré, Dios mediante, el próximo miércoles. No dejes de leerlo.

Continuará…

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Propósitos de año nuevo

Cada año nuevo uno comienza a escribir o a pensar en los buenos propósitos para los siguientes meses. Se supone que son buenos, porque entendemos que el ser humano siempre tiende al bien, a menos que se haya despistado de su imago Dei interior. O sea, en condiciones normales nadie se propone conscientemente un plan para hacer daño a otro o a sí mismo. Sin embargo, nuestras ideas pueden llevarnos al mal si están desordenadas. Un ejemplo: si para una persona amar a alguien implica perseguirlo, acosarlo, porque siente inseguridad de sí misma o de la relación, es evidente que aunque piense buscar el bien de ambos, está logrando justo lo contrario. (Me viene a la mente la película Sólo te tengo a ti, de Laetitia Colombani). Pero lo que pretendo es hablar de esos buenos propósitos, conscientes de nuestro fin último y en sintonía con nuestra vocación de vida.

Por eso quiero escribir el presente artículo, y deseo que sea más personal que otros que he escrito en este blog. Es de esperar -en consecuencia- que sea menos meticuloso y ordenado, sin tanto respaldo documental o científico. Lo que pretendo es escribir sobre mi experiencia… y la de otros, que inevitablemente se funden en una sola, porque soy psicólogo y porque trato de ser empático siempre. Lo iré escribiendo según me vaya saliendo. El caso es que, al hablar de los proyectos que hacemos para nuestra vida, hay que considerar muchos aspectos que pocas veces tomamos en cuenta. Con el tiempo, he ido notándolos, y a eso voy.

Cuando tenía 14 años mis propósitos eran muy simples: ordenar mis revistas y libros; leer más; oír, tocar y grabar más música; pasar a limpio lo que había escrito… y seguir viviendo. Eso implicaba hacer deberes del colegio, jugar “monofútbol” (algún día les cuento) y videojuegos (sí, soy de la generación que conoció esos primeros entretenimientos electrónicos). Sin saberlo, estaba construyéndome. Encontrando una organización en las cosas que me gustaban, pero también un propósito. No escribía por escribir, no leía por leer. Quería ser como mis ídolos, que en esa época eran los que aparecían en la Antología del humor (1958-1959) publicada por Aguilar, entre los que estaban César Bruto, Gómez de la Serna, Álvaro de Laiglesia, Jardiel Poncela, Wimpi, etc. Humor, principalmente. Quién diría.

Antes de eso, no existía para mí tal cosa como “propósitos de año nuevo”. Es lógico, un niño no se plantea mucho del futuro, a no ser para desear llegar a los treinta años “y hacer lo que uno quiera”. Después, en cambio, el vértigo de la libertad: realmente ¿qué es hacer lo que uno quiere? ¿qué es querer lo que uno hace? En el tránsito entre olfatear una habilidad que concuerda con un gusto, el distinguir entre un pasatiempo y una profesión, y abrazar las vocaciones, me fui volviendo adulto. Y el adulto se propone ser mejor cada día (o, al menos, cada año): dietas, estudios, ejercicios, son parte de esos propósitos comunes. Ya las cosas son más serias. No tenía proyectos tan banales o a corto plazo. Seguía queriendo ser como mis ídolos, pero ahora estos ídolos iban poco a poco volviéndose más consistentes. Eran seres humanos que buscaban la eternidad. Y yo la perseguía con ansias.

Ahora, a mi media centuria de edad, ya no soy tan ambicioso. Me basta con querer hacer un poco más y un poco mejor las cosas que hice en el 2020. Me basta con tratar de sanar algunas heridas algo más que el año anterior. Me basta con volver cada vez más sólidas mis relaciones, con mi familia, con mis amigos. Me basta con encontrarme más conmigo mismo y con Cristo, y a través de ello hacer que otros se encuentren con Él de una forma más cercana. Encuentros, de eso va esta etapa de mi vida. Quiero simplificar, quiero dejar de desear y tener más humildad en el sentido filosófico (etimológico) de la palabra. Quiero ser más quien el Señor quiere que sea, y menos quien pienso que los otros quieren.

Me encantaría que alguien lea esto y me diga cuáles son sus propósitos para este año, y si en algún punto coinciden con los míos, con los históricos o los actuales. Me encantaría que hablar de qué busco le ayude a alguien a buscar lo suyo. Me encantaría que este psicólogo deje de serlo por un momento para ser una persona más que simplemente documenta sus pensamientos. Una voluntad impulsada por una inteligencia. Y no puedo sino agradecer por cada individuo que me dice que una palabra o una idea que transmití le regresó a su camino, a darle un sentido a todo. Le regresó a sí mismo. Ahí está el encuentro. Pues cuando uno mira al otro como es, ya no pretende que sea alguien diferente, sino que sabe qué esperar de él. Y esa labor comienza por uno.

El propósito de este año es salir más, al encuentro conmigo, el otro y Cristo.

Un año más

El tema que me recuerda a esta época del año, esta vez, me viene de mi adolescencia y lo interpreta Mecano, el trío pop español. Es una canción que habla de costumbres, es decir, actos que reúnen a un grupo humano en una historia en común. Algo que llamamos cultura, y que es parte de la identidad de un pueblo. Varias de las costumbres que repetimos año a año para celebrar el 1 de enero vienen de muchos lugares, y se juntan en nuestros hogares. Costumbres que tal vez sean particulares de mi familia o de mí mismo, y no solo del colectivo al que pertenezco. ¿Por qué las repetimos? Porque necesitamos ciertos rituales para sentir que atravesamos etapas.

G. K. Chesterton, escritor y periodista británico, nos decía que el año nuevo “se trata de una arbitraria división del tiempo, de cortes repentinos e incesantes del tiempo por la mitad”. Como una serpiente infinita que necesitamos partir en dos, el tiempo debe tener hitos que nos ayuden a pasar “de una impresión a otra”. Evidentemente, el año es una realidad estelar, pero necesitamos decidir dónde comienza esa realidad de 365 días (aproximadamente). Y ahí está lo arbitrario. El mismo Chesterton decía que sería terrible vivir un martes después de otro martes, por siempre. Recuerdo la película “Hechizo del tiempo” (o “El día de la marmota”), con Bill Murray. Chesterton nos insta a usar el año nuevo como una renovación, recordando el nacer de nuevo que nos pide Cristo.

Por esto es natural que la gente haya deseado con fervor que el año 2020, tan lleno de dolor y contratiempos (y oportunidades, pruebas y retos, decía yo en mi artículo anterior), terminara de una vez. Como si el primero de enero de 2021 todo hubiera pasado, como un mal sueño. La verdad es que esto no va a ser así. Este año seguramente continuará la pandemia. No sabemos si la vacuna y la inmunidad de rebaño estén cerca, pero el virus seguirá entre nosotros, quién sabe por cuánto tiempo más y con qué consecuencias. Es imposible que por el mero hecho de cambiar de dígito la vida dé un giro y todo esté bien.

Sin embargo, considero que sí es posible sentarse en este comienzo de año y meditar sobre cómo voy a enfrentarlo. Como dice la canción de Mecano, “hacemos un balance de lo bueno y malo” para corregir el timón si es necesario. Los vientos no siempre están a favor, y debemos ser navegantes expertos y saber qué hemos de hacer con el propósito de mantenernos en el camino que nos planteamos seguir. La vida tiene un sentido por ese fin último, el destino que vamos viendo cada vez más claro según pasa el tiempo. Según pasan los años.

Es seguro que cuando comenzamos el año pasado nadie se imaginó lo que iba a venir. Hicimos nuestros buenos propósitos para realizarlos en esos doce meses. Sin embargo, tuvimos que cambiar de planes sobre la marcha. Aunque también estoy convencido de que esos buenos propósitos sirvieron de brújula el momento de realizar dichos cambios. Por ejemplo, si mi objetivo de construir una casa en ese año no pudo cumplirse, es probable que con esto en mente me haya puesto a calcular más fríamente cuánto debo tener para emprender tal proyecto, o plantear otros retos para el corto y mediano plazo. E incluso llegar a entender la diferencia entre ellos y el largo plazo.

Un año más no es solo un calendario menos. Es una oportunidad nueva, una hoja en blanco en el cuaderno de nuestra vida. No un nuevo cuaderno, sino una continuación del que ya estamos escribiendo desde que fuimos concebidos. Y para eso inventamos el primero de enero, o el Rosh Hashanah, o el Cápac Raymi, o el Chūnjíe. Para hacer una lista de lo que queremos alcanzar, aun sabiendo que no vamos a cumplir ni la mitad. Con la certeza de que es precisamente esa lista la que nos mantiene vivos, la que nos genera ilusión y nos mueve a seguir luchando por nuestros sueños. Siempre sosteniendo la fe y la esperanza a través del amor.

Este es un nuevo año, y tenemos que emprenderlo como seres nuevos.

Adiós, año viejo

El otro día oí esta canción de uno de los más conocidos exponentes de la tecnocumbia (ese género popular que se ha naturalizado ecuatoriano, llamado también música “chichera”), Máximo Escaleras. Me atrajo la idea central de ese tema: para unos el año puede verse como algo nefasto, mientras otro lo ven como una bendición, dependiendo de qué perciban que vivieron durante este periodo. En este país, mi país, existe la costumbre de quemar en la nochevieja un muñeco que simboliza el año que pasó, para luego saltar sobre las llamas y cenizas representando que queremos superarlo. Pienso que esta es una excelente imagen de lo que debe ser el 31 de diciembre: una evaluación del año, pero aceptando que queda en el ayer.

Independientemente de cuál sea la realidad de esta pandemia, con o sin conspiranoia, lo cierto es que este virus ha afectado al planeta entero. Es responsable de muchísimas muertes, le ha cambiado la vida laboral y la economía a todos (para bien o para mal) y nos ha obligado a encontrarnos con quienes convivimos, comenzando por nosotros mismos. Más allá de lo bueno o malo que pueda haber sido el 2020 para cada uno, es claro que a nadie le ha resultado indiferente. El mundo se vio confrontado con lo frágil que es, a pesar de ciencia y tecnología, y que estamos en manos del Padre. Con mayor o menor drama y tragedia, hemos tenido la posibilidad de aprender una lección, con el consiguiente crecimiento que debió haber traído. Es por ello que voy a dejar aquí lo que percibo que está aprendiendo la humanidad con todo esto que estamos atravesando.

1. El amor es lo más importante. Como se puede ver en el Principito, más allá de esos dos tiranos que nos presionan día a día, el tiempo y el dinero, lo realmente valioso son las relaciones humanas. De nada nos sirve aprovechar cada minuto para ganar dinero y generar bienestar o seguridad a nuestros seres queridos, si no sabemos si mañana seguiremos vivos. Cuando estamos en condiciones extremas, como las del confinamiento, solo el amor puede evitar que nos matemos entre nosotros. El amor nos sostiene y nos da una razón para luchar contra las adversidades, y además a hacerlo juntos.

2. La vida es un instante. Y está hecha de instantes. Todos hemos pasado por el drama de haber tenido noticia de que el covid-19 se llevó a alguien. Muchas veces, ese alguien era muy cercano y hasta pudo haber vivido con nosotros. Tal vez lo vimos morir, o hubiéramos querido hacerlo en lugar de saber que murió solo en una habitación aislada. Pero esas personas dejaron su huella, algunos con botas de siete leguas, otros como pequeñas pisadas de gaviotas en la playa. Dejaron su legado en nosotros. Por esto, debemos celebrar la vida, la nuestra y la de los demás, cada instante, y al máximo. Que luego la muerte no nos traiga arrepentimiento por lo que no dijimos o dejamos de hacer, que es el peso más grande que existe.

3. Nada es definitivo. Formulamos planes y promesas, y a la vuelta de la esquina no sabemos si podremos cumplirlos. La pandemia nos dejó bien claro esto, cuando de un día para el otro los cronogramas y calendarios perdieron validez por la bioseguridad que debió ser priorizada y trastocó nuestros encuentros. Pensábamos organizar este evento en abril, o festejar lo de acá en mayo, y la cuarentena nos obligó a hacerlo sin tanto aspaviento, en línea, o incluso nunca llegar a llevarlo a cabo. Nos dimos cuenta de que podíamos adaptarnos, y que la agenda quizás no era tan fundamental en nuestro día a día, mientras seamos capaces de sostener los vínculos.

4. “Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman”. Este pasaje de san Pablo y su carta a los Romanos me viene a la mente cuando pienso que detrás de todo el horror que puede representar una pandemia, la Providencia ha actuado en la vida de cada uno dándole fuerza para continuar. Con enfermedad y dolor, con depresión y ansiedad, el ser humano entiende un buen día que no todo es tan malo y se levanta y sale al sol. La “nueva normalidad” nos habla de eso. La autoactualización de los psicólogos humanistas está presente en ese empujón, violentando nuestra tentación a la desesperanza, y nos recuerda el sentido de la vida.

Este ha sido un año que impondrá una verdadera resiliencia. Hoy estamos doblados ante un microorganismo cuyo único propósito es reproducirse, pero que va matando gente en el proceso. Sin embargo mañana, cuando en realidad podamos decir que volveremos a construir una nueva normalidad, podremos hacer acopio de todo lo logrado no solo a pesar del SARS-CoV-2 sino gracias a él y pararnos de nuevo. Más alto, más firmes, más unidos. Y posiblemente esto no sea el 1 de enero, sino muy adelante. Pero mantengamos la esperanza.

Que las pruebas y retos del 2020 no hayan sido en vano.

Ven a mi casa esta Navidad

Esta frase, sacada de la canción de Luis Aguilé, parece hoy bastante fuera de contexto por la restricción que vivimos en tiempos de pandemia. Sin embargo, me lleva al pasado y me impulsa al futuro. Me lleva al pasado, porque recuerdo que la cantaban los ídolos infantiles de mi hermana menor, Parchís, y trae un calorcito alhaja al pecho. Y al futuro porque siento que esta Navidad tan sui géneris, tan distinta a las anteriores, posiblemente sea la primera en la que podamos valorar de verdad el encuentro, el calor de hogar… las relaciones humanas, por encima de lo material y efímero. El argentino-español hizo una canción donde habla del dolor que se vive en estas fechas de tres formas: la distancia, la soledad y el rencor. Y ante él, la cura es el perdón y la reconciliación.

El hombre se torna un “yo” a través del “tú”, nos remarcaba el filósofo judío Martin Buber. Somos seres en relación, como ya recordábamos en otras publicaciones anteriores. Como consecuencia, el alejamiento, el aislamiento y el resentimiento son barreras que impiden nuestro desarrollo saludable. La cura es la reconciliación, que decía san Juan Pablo II que se debe hacer “con Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo lo creado”. También habla de la nostalgia de reconciliación, pues el ser humano alberga en su interior la necesidad de restaurar los lazos deteriorados o rotos, aquellos que nos unen a los demás y a Dios en un verdadero Cuerpo Místico. La persona no se siente en paz mientras tiene algo que reprocharle a alguien, sea este otro hermano, o el Creador, el cosmos, el entorno y sobre todo uno mismo.

La Navidad es la más grande señal de reconciliación de la Historia. El ser humano se alejó de su Padre, pero este no lo abandona, sino que incluso se encarna para habitar, para “plantar su tienda” entre nosotros, a decir el prólogo del evangelio de Juan. Y no solo se hace hombre como tú o como yo, sino que toma la naturaleza humana en todo menos en el pecado (como muestra de su naturaleza divina). Incluso en la tentación. Esa tentación que pedimos que nos ayude a vencer cuando rezamos el padrenuestro. Una tentación muy grande que tenemos es alejarnos del otro porque no es lo que esperamos y comete errores. Porque es débil y falla. Otra es distanciarnos de Dios, pues no siempre nos da lo que pedimos o nos cuida de los peligros. Otra, más frecuente de lo que creemos, es pelearnos con nosotros mismos porque no somos perfectos como pensamos.

El alejamiento de uno mismo es el que genera la mayor cantidad de trastornos psicológicos. Se produce un vacío existencial, no somos coherentes con la imagen de Dios que llevamos en nosotros. Terminamos siendo infieles con nuestro Creador y con nuestra propia identidad. No somos lo que estamos llamados a ser, y eso nos deprime y nos angustia. Esto, es claro, se inicia con una autoimagen deteriorada, ajena a la realidad de nuestra naturaleza caída, de nuestra vulnerabilidad esencial. Nos peleamos con nosotros mismos porque quisiéramos ser perfectos. Y no es raro que proyectemos (aquí sueno a Jung) esa autoimagen disminuida sobre los demás, juzgándolos férreamente y poniendo barreras al perdón y la reconciliación.

Reconciliación significa volver a unirse, a desear construir una relación sólida y a prueba de balas. Una relación ya no de enemigos, sino de ejército, de equipo. Una band of brothers, un batallón de hermanos. El enemigo es el mal, la mentira, la envidia, el pecado y el crimen. La batalla es eterna (léase Job) y militamos juntos la santidad (como decimos en Fasta). Y a eso vino Jesús a la tierra: a sanar los corazones y reconciliar a los hombres entre ellos y con Dios.

En los días de Adviento recordábamos cuando Cristo, al inicio de su misión, leyó en el templo aquel pasaje de Isaías donde se profetizaba que él venía a “proclamar el año de gracia del Señor”. Es decir, el perdón sin condiciones. El año de gracia en la ley mosaica se celebraba cada 50 años, y en ese año se les daba libertad a los esclavos y las deudas se condonaban. Es Jesús quien se olvida de nuestras faltas y rompe las cadenas que nos atan al pecado. Lo único que nos pide es reconocernos mendigos de su misericordia: mendigos, porque no somos capaces de estar a la altura de tanto amor. Pero a través de él, nosotros también podemos perdonar a quien nos hizo daño y liberarlos de la esclavitud del rencor. Un rencor que nos ata igual a nosotros a nuestras propias miserias.

Navidad es una fiesta para compartir, pero sobre todo para encontrarnos. Y encontrarnos implica hacer de lado lo que nos separa. Puede ser la distancia física o emocional, puede ser lo que hicimos o dijimos o dejamos de decir o hacer. Es, ante todo, aquello que ha debilitado nuestros vínculos. No importa quién es responsable, ni por qué o cómo. Importa que de aquí en adelante el amor debe enseñarnos a sanar esas heridas juntos. Por esto, esa invitación a venir a mi casa no es únicamente un protocolo social. Es, ante todo, abrir mi corazón al otro, aunque me haya fallado, y llamarlo a hacer lo mismo. Es encontrar en el amor que viene de Dios más razones para permanecer unidos que separados.

Ven a mi casa esta Navidad y abracémonos. Virtualmente, con distancia social, como sea, pero abracémonos.

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Ya viene el Niñito

En el cristianismo, los días que anteceden a la Navidad se denomina tiempo de Adviento (del latín: adventus Redemptoris, ‘llegada del Redentor’). Es una época para preparar el corazón para la venida de Nuestro Señor. En la religión católica, la liturgia cambia para hacernos recordar esta espera, y las lecturas nos hablan de las profecías que anunciaban al Salvador. En Ecuador, Colombia y parte de Venezuela y Panamá se celebra la Novena del Niño Jesús, temporada en la cual la gente se reúne en casas de amigos y parientes para ir reflexionando sobre este nacimiento, aparte de compartir comida y canto. De uno de estos cantos (conocidos genéricamente como villancicos) viene el título de este artículo. Es un típico sanjuanito atribuido al compositor ecuatoriano Salvador Bustamante Celi, autor de varios de los más conocidos cantos navideños. Habla, por un lado, de lo duro del ambiente de esa llegada y, por otro, de los dones que muestran la alegría ante ella. Dos maneras de ver esta espera.

En una homilía navideña, san Juan Pablo II nos hacía meditar en que Jesús nace “para todo hombre oprimido por el pecado, necesitado de salvación y sediento de esperanza”. El Adviento está signado por la esperanza. Esta es una consecuencia lógica de la fe y ambas se alimentan del amor que es su raíz. Las virtudes teologales. Quien confía en alguien que ama sabe que no le va a fallar, aunque demore. Entonces espera. Esta esperanza, a su vez (lo dice Rollo May) influye en la manera de interpretar sus experiencias y valorarlas. Si espera y recibe algo que no espera, por bueno que sea, le dará menos valor.

Un ejemplo claro de esto último es la espera del Mesías por parte de los judíos. Hasta hoy siguen esperando, pues no consideraban que este fuera a tener las características de Jesús. Un ser tan misericordioso (hoy podríamos llamarlo “relajado” o “descomplicado”), pero a la vez tan duro para juzgar las hipocresías y dobleces de la gente. Mientras tanto, los que lo siguieron se dejaron sorprender por esta nueva cara que tenía ahora su fe. Aun así, tardaron en comprenderlo, y el primero en confesarlo es Pedro, poco tiempo antes de la Pasión, y por una inspiración divina, no tanto por haberlo razonado.

Nuestra esperanza se ve frecuentemente golpeada cuando lo que deseamos de alguien no cumple nuestras expectativas tal cual. Cuando queremos celeste y nos dan azul, lo rechazamos. Si esperamos que nuestra pareja nos diga “perdón, lo siento, soy un imbécil y no lo volveré a hacer” y lo que obtenemos es un “me preocupa que te hayas molestado por algo que no hice, o que no me di cuenta de hacer”. Esta persona quiere entender para sanar, pero a la otra quizás le parezca que es obvio y no necesita explicar nada. Esta incomprensión aumenta el dolor entre ambos. Posiblemente, lo que le pasó a Judas con Jesús.

Sin embargo, al amar uno aprende a confiar a pesar de ver pocas señales. Pues el amor nos muestra la verdad más allá de nuestros sesgos mentales. Como decía en un artículo anterior sobre el amor verdadero, este no es ciego sino todo lo contrario: ve más claro porque ama aun a pesar de los defectos y debilidades del otro y a pesar de los míos. Todo lo espera, como nos canta san Pablo. Conoce el corazón del que ama y entiende que esa voluntad de ser mejor lo mueve aunque sea con pasitos de bebé. Y sigue esperando. A veces, hasta la muerte.

En la otra cara de la moneda está quien no conoce, no ama, no confía y por lo tanto no espera. Y esto me recuerda a la oración de perdón enseñada a los pastorcitos en Fátima: por los que no creen, no adoran, no esperan, no te aman. Quien espera de Dios un Lamborghini o un matrimonio perfecto, es probable que no conozca el verdadero rostro del Padre y como actúa su Providencia. Entonces, le costará más creer. Y no podrá tener esperanza. Con más razón si no se trata el Todopoderoso, sino de un vulgar mortal. Si esperamos de otro que sea como nosotros… o que sea nosotros, es casi seguro que pensemos que no nos da lo que necesitamos y vayamos por la vida buscando quién sí.

Que este Adviento nos termine de preparar para recibir al Redentor en el pesebre de nuestra vida, enderezando nuestros caminos (en palabras de san Juan Bautista recordando al profeta). Pero también al otro. Recibirlo como es, no como esperamos que sea, y ayudándolo a ser siempre mejor, sosteniéndonos para crecer juntos. Para caminar juntos a la santidad, en esta vía tortuosa pero gratificante, difícil pero feliz. Que nos lleve a esta parada del 25 de diciembre con un corazón más limpio y más misericordioso, como es el Sagrado Corazón.

Sursum corda. Que podamos levantar nuestros corazones para disponerlos a ser cuna del Altísimo, ese que nos ama a todos a pesar de todo.

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La mente del abusador

Frecuentemente (y, es triste, cada vez más frecuentemente) vemos en las noticias que alguien abusó de otra persona. Escribo esto, porque aquí en Ecuador se hizo pública hace unos días la denuncia de la cineasta Ana Cristina Barragán contra el músico Mateo Kingman, y he visto y oído muchas opiniones al respecto. Entiendo de dónde provienen, y con varias de ellas me solidarizo, mientras que considero que otras son ideologizadas y -por tanto- alejadas de la realidad. Uso esta historia como pretexto para hablar de algo que parece prohibido: el abusador no es un ser perverso que decide hacerle daño a la víctima porque sí, sino que también ha sido víctima y necesita ayuda para salir de ese círculo enfermizo. Eso sí, conviene aclarar que buscar entender al abusador no nos lleva a justificar sus actos. Odiar al pecado, amar al pecador, como nos recuerda la Iglesia.

Es evidente que existen muchos tipos de comportamiento abusivo, aunque todos tienen un trasfondo psicopático o narcisista. Si hablamos de abuso sexual de menores, es probable encontrar a un psicópata como victimario. Es decir, un individuo que no siente ninguna empatía por el abusado, pero hasta cierto punto se ve identificado con él, como dice el psiquiatra alemán Werner Meinhold: “en los casos de abuso sexual, el abusador regresa inconscientemente a la edad del niño abusado”. Es frecuente que él mismo haya sido abusado en su infancia, y su subconsciente busca regresar allá para sanar (claro, de una manera equivocada e inútil). Al hablar del abuso que se ha denunciado contra Kingman, es probable que estemos ante una personalidad narcisista, que suele coincidir con una autoestima baja o errónea, a decir del psicoterapeuta canadiense Nathaniel Branden.

El narcisismo está tipificado como un trastorno de personalidad del cluster B (dramáticos, emocionales, o erráticos), caracterizado por un patrón generalizado de grandiosidad, necesidad de admiración y carencia de empatía. Sería muy largo (y tedioso para todos) detallar los síntomas y los distintos tipos que las diferentes teorías han señalado. Sin embargo, es claro que, si bien el ser humano es libre en esencia, dicha libertad se ve condicionada por una patología como esta. Cuando la psiquis de un narcisita se ve amenazada, reaccionará intentando reducir a la persona que ha lanzado esa supuesta amenaza. Este no es un proceso lógico, y cuesta esperar que pueda detectarlo y controlarlo. Sería como pedirle a un diabético que se coma un postre con crema chantillí y no tenga una subida de azúcar. El punto, más bien, está en que detecte su enfermedad y sepa qué dieta debe consumir. Como dice Mateo que está haciendo con apoyo terapéutico, y confío en que así sea.

Por su parte, la víctima también tiene una autoestima herida, aunque la mente en su caso decidió dejarse agredir y no ser el agresor. Recalco, no de una forma racional, sino más profunda. Es de esperarse: el abusador necesita ejercer poder sobre la persona abusada, y ese poder se lo da ella misma. Nunca un individuo con una autoestima sana podría aceptar ser menospreciado y manipulado de una manera denigrante sin poner un alto. Es por eso que la lógica del abuso necesita una víctima débil para funcionar.

Es por esto que, lejos de ideologías, no podemos señalar al abusador como si fuera un ser maligno que se dedica a maltratar a los demás de manera sistemática. Es evidente, ha infligido daño, pero no siempre entiende lo que ha hecho, peor por qué. En este sentido, suelo recordar algo que le pasó a una amiga que tuvo un accidente de tránsito en el cual se salvó de milagro: cuando fue a reclamar al conductor del otro carro cómo había sido tan imprudente, él le respondió “nadie sale a la calle a matar a nadie”. Obvio, no se refería al sociópata o al sicario, sino al ciudadano común. No pienso, por esto, que un abusador vaya por la vida escogiendo víctimas; más bien, tiene un vacío en su interior que no sabe cómo llenar y lo hace buscando aplastar a los demás, de una manera sutil y casi indetectable.

Víctima y victimario tienen una historia, que además viene desde sus padres, abuelos y quién sabe hasta qué generación anterior. Porque es inevitable que en el ejercicio de la paternidad salpiquemos la sangre de nuestras heridas a nuestros hijos, por más buenas intenciones y amor que tengamos por ellos. Y, en ocasiones, esa sangre deja su autoimagen, su amor propio, por los suelos, con consecuencias impredecibles de mejor o peor grado. No se trata, entonces, de apuntar con un dedo acusador a nadie, sino de asumir nuestra cuota de responsabilidad en todo lo que vivimos. Algunos la tienen más difícil a la hora de buscar ser la mejor versión de sí mismos. Y esas personas necesitan más ayuda para evitar repetir sus perversos actos. Amor al pecador, odio al pecado.

Tanto el abusador como la víctima necesitan ayuda. Y están gritando por ella.

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Siempre en la mitad

Cuando estaba en mi adolescencia escribí una canción que se llamaba como el título de este artículo. Lo que yo sentía en ese momento era que yo era un ser especial que no pertenecía a ningún bando, sino que permanecía neutral. En cierta forma, eso sigue cumpliéndose si lo veo como parte de esa capacidad natural (un don) que tengo para poder entender cada lado de la historia y no verlo todo como blanco o negro; aunque tampoco es tan extraordinaria. Pero ese no es el tema. Me acordé de ese lejano intento musical pues hoy considero que en muchos puntos de nuestra vida sentimos que estamos en la mitad de dos tendencias, y que no quisiéramos defender a ninguna pues en ambas tenemos un pedacito de nosotros. Muchas personas me lo dicen.

La tendencia humana natural a resolver el conflicto eligiendo entre dos posturas opuestas, puede liberar del desorden interno, aunque no revela la verdad más profunda”, señalaba Brian Muldoon, abogado que ha estudiado el conflicto y la mediación. Él habla de que el conflicto no solo está presente siempre en nuestras vidas, sino que es necesario, pues de él sacamos importantes lecciones. Si incluso nosotros necesitamos de Jesús como mediador entre Dios y nuestros pecados (lo dice san Pablo), es natural que busquemos siempre esa mediación, que también se ve reflejada en el papel del sacerdote. Y, por supuesto, no es el único: psicólogos y abogados muchas veces cumplimos esta función en los conflictos entre personas.

Atendiendo a la frase de Muldoon citada arriba, como decía antes, el ser humano siente el impulso de dar la razón a una de las dos posturas entre las que percibe debatirse. Estas, frecuentemente, están representadas en nuestra mente por las personas que las sostienen. Y ese debate causa un conflicto interno: ¿si defiendo esta idea, estoy lastimando a quien propone otra? Es como si las ideas fueran banderas, y al acercarnos a uno de los portaestandartes, el de aquella bandera que más nos identifica, le estuviéramos disparando a quien lleva la otra. Es más, muchas veces ellos mismos nos hacen sentir como que así fuese.

Es de suponer que el conflicto entre dos principios defendidos por dos individuos se relaciona con algo que ya hablé en el artículo sobre el autoengaño: la disonancia cognitiva. El equilibrio necesario para nuestra paz mental viene de sentir que estamos tranquilos con aquello que defendemos. Si eso que defendemos representa una manera de ver la vida, ese equilibrio es mucho más delicado. Y si, además, esas maneras de ver la vida figuran en nuestro interior como bandos con rostros humanos, incluso nos produce un malestar muy grande ponernos de cualquiera de los lados. Una cosa es decantarse por una opción: endeudarse o ahorrar, frío o caliente, chocolate o menta, orden o desorden… Otra es decidir entre capitalismo o socialismo, religión o ateísmo, River o Boca. Porque detrás de esas opciones se esconde una historia personal, una historia atada a un sentimiento (como la canción de Miguel Mateos).

Por esto, yo considero que siempre estamos en la mitad de dos personas. La familia de origen y el esposo, la mamá o el papá, el jefe o el compañero… River o Boca. Existen individuos que manejan este conflicto (y la consiguiente disonancia cognitiva) inclinándose a un solo lado. Y se convierte en fanatismo (ya escribí también de esto). Otros, en cambio, navegan en un mar picado de indecisiones para no disgustar a nadie. No son dueños de una voz propia, y consideran que cualquier decisión termina haciendo daño a otro. Traicionan su esencia por quedar bien con alguien a quien -posiblemente- ni siquiera le interesa. Porque muchas veces no es River ni Boca, sino El Nacional.

La forma saludable de enfrentar estos conflictos es conocer y entender qué me dicen las dos ideas, para poder decidir cuál hace sintonía con mis principios y mi visión de la vida, o si puedo tomar algo de ambas y construir una propia, en la mitad. No por quién la defiende o quién la ataca y cuánto cariño, respeto o amor le tengo, sino más bien por los argumentos a favor y en contra que poseen. Proteger mi integridad, ser fiel a mí mismo. Siempre estamos en la mitad de dos personas que piensan distinto, pero ser mediadores significa comprender los diferentes puntos de vista sin dejar de defender la verdad. Y es un papel que siempre deberemos jugar en algunos momentos de nuestras vidas.

Con amor al otro y a la verdad, pero defendiendo mi integridad.

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