Ser padre

Mañana domingo se celebra el día del padre aquí en Ecuador, y en una cuarta parte del planeta. Así que creí oportuno hablar ahora del amor de padre y el amor hacia los padres. Y me acuerdo de un librito de Ricardo Williams que venía con un tema musical, Canción de cuna para despertar a papá, que a mi hija (chiquita en ese entonces) le encantaba. En su letra, una niña invita al padre a dejar de presionarse por las obligaciones y salir a jugar con ella. Es, creo yo, un llamado a todos nosotros como padres, en un mundo que exige disponibilidad laboral y productividad. Considero que es oportuno meditar sobre la paternidad en este día, que celebramos gracias a la iniciativa de Sonora Smart Dodd, una hija agradecida con su padre, que les dedicó tanto esfuerzo a ella y sus hermanos luego de enviudar.

Es interesante considerar que para el análisis existencial Dios no es la simple imagen del padre sino al revés: el padre es la primera imagen concreta que el niño se hace de Dios. Esto lo cita Viktor Frankl, completando que para él “Dios es la imagen originaria de toda paternidad”. El recientemente fallecido Humberto Maturana, biólogo y filósofo chileno, decía que “el padre al iniciarse no sabe lo que es ser padre, salvo por lo que otros, posiblemente personas de sus respectivas familias, podrían haberle dicho”. Aprendemos a ser padres en nuestra relación con nuestro papá, y pueden existir muchas heridas que la condicionen. Ante esto, Carl Rogers subrayaba la importancia del amor incondicional a los hijos. Hoy, algunos autores señalan que el rol de padre tradicional ha sido reemplazado por un “new father“, más cercano, más afectivo, lúdico y comprometido. Algo que se ha llamado involucración paterna.

Tomo aquí una idea de Ángela Marulanda: este “new father” puede sentirse no solo responsable de los fracasos de sus hijos, sino único culpable de ellos. En la actual sociedad de la información, psicologizada, los padres tenemos terror de ciertos monstruos y fantasmas que queremos evitarles a nuestros hijos: el sufrimiento, los traumas, el silencio, el aburrimiento, la soledad. Nos obligamos a ser amigos suyos para que no nos vean como déspotas sin alma. En la lógica del panóptico, nos sentimos juzgados por todos, y queremos que los chicos sean perfectos para aparecer como padres perfectos. Nos olvidamos de que la perfección es inalcanzable y que los errores de nuestros hijos no necesariamente son causados por los nuestros, pues son individuos libres.

Y a la larga, como señala Juan Luis Linares, médico y psicólogo que ha dedicado muchos años al estudio de los sistemas familiares, el problema es que no reconocemos al otro. Es decir, como no conocemos quién es, no entendemos el límite entre él y yo. Todo ha de partir de la aceptación incondicional. Muchas veces, el padre no reconoce al chico porque quisiera ver otra persona, con seguridad alguien más parecido a él, o él mismo. El clásico “mi hijo tiene que ser abogado como yo” es una muestra de esta falta de reconocimiento. Cuando el papá acepta a su crío tal cual es, asume la posibilidad de que sea alguien totalmente diferente a él, con ideas, gustos y pasiones distintas. Le permite crecer, aprendiendo a usar de forma responsable de su libertad.

Porque así es como el Padre actúa con nosotros. No nos ama por lo que hacemos, sino por lo que somos. Acepta, sin aprobarlos, nuestros errores y está siempre dispuesto a tendernos la mano cuando caemos. Nos ha regalado la libertad, y la respeta tanto que la podemos usar incluso para alejarnos de Él. Ahí está nuestro modelo de padre, y ahí somos capaces de entender la actuación de nuestros hijos. Pues si bien nos fabricamos una idea de Dios con lo que conocemos de nuestro padre, esta paternidad está concebida desde la eternidad como reflejo de la de Dios hacia los hombres. Comprender esto nos capacita, a la vez que nos responsabiliza, a ser padres que entienden, respetan y acogen a sus hijos.

El papel de padre antes se distanciaba mucho del de madre, para bien y para mal. Considero que se debe a que no se tenía consciencia clara de la necesidad de una figura paterna sana para el crecimiento de la persona. Pero también creo que no nos habíamos fijado en esa conexión directa entre la relación que tenemos con nuestro padre terrenal y aquella con el celestial. A mí me pasó, y creo que a muchos, que luego de curar el vínculo con mi papá, pude encontrarme nuevamente con Dios. Después de comprender, perdonar y pedir perdón a mi taita, logré acercarme a él y así ver realmente al Ser Supremo como un padre que me perdona, me acepta y me comprende. Nos reconciliamos.

Ser padre es complicado. Como se suele decir, nadie estudia para eso y no existe un manual. Sin embargo, creo que la receta básica está en el amor incondicional, en encontrarme con mis hijos. Como el Padre celestial lo hace con nosotros. Me voy a equivocar, como ellos, y poderlo aceptar nos ayuda a entendernos mutuamente. El día del padre puede ser un excelente pretexto para reconciliarnos con nuestros padres, con Dios y con su imagen en nuestra labor paternal. Aceptar que mi papá se equivocó en algunas cosas, pero que hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo, me permite aceptarme a mí mismo como padre falible, aunque siempre amoroso. Amar sin condición, esperando en el otro lo que también espero que el Padre me ayude a encontrar en mí.

Feliz día a los padres, a mi papá, a mi Papito del Cielo.

Foto por Winnie Bruce en Canva

Yo me amo

Cuando tenía unos dieciocho años, mi futuro cuñado me prestó un disco que trajo de Brasil, donde causó furor: Nós Vamos Invadir sua Praia, de Ultraje a Rigor. En él está la canción Eu Me Amo, que dentro del contexto irónico de las letras del grupo paulista podría ser una burla de los gastados temas románticos. Sin embargo, debajo de aquella humorada está un mensaje muy real: “Yo me amo / ya no puedo vivir sin mí […] Ahora, tengo una razón para vivir / Ahora, puedo hasta gustar de ti / Por completo me podré entregar / Es mucho mejor si tú te sabes amar”. Es que cuando reflexioné sobre la letra, tomando en cuenta que Roger Moreira no deja de usar la sátira para dar un mensaje, entendí que se refería a una verdadera philautía, un amor propio saludable. Algo de lo que ya he hablado antes, sobre todo en el artículo donde lo contraponía con el egocentrismo. Profundicemos un poco más, con una pequeña playlist incluida.

Habíamos citado a José-Vicente Bonet, quien influido por la psicología humanista señalaba que el enemigo de la autoestima no es “la estima de los otros, sino la desestima propia”. Es decir, lo malo no es amar a los demás, es no amarse uno mismo; por tanto, amar a los demás no implica dejarse de amar uno mismo. Santo Tomás de Aquino señalaba que, en cierto sentido, todos nos amamos porque respondemos al instinto de supervivencia; en otro, el amor propio puede ocasionar hacer daño a los demás, pues es un amor desordenado que no toma en cuenta las necesidades del resto. Pero cuando el ser humano se conoce a sí mismo, a su yo interior, que no se limita a sus urgencias básicas y a sus deseos egoístas, entonces es capaz de amarse de verdad. Responde a la consideración de Rudolf Allers sobre la salud mental: quien niega su esencia espiritual y su sed de infinito, es incapaz de amarse de forma sana. Carl Rogers, recordemos, mencionaba el desprecio de sí mismo como la fuente de muchos males psicoafectivos.

El mismo Rogers consideraba que el concepto de sí mismo, (el self de William James), se compone de tres factores: autoimagen, autoestima, y Yo ideal. Ya habíamos analizado esto, aclaremos un poco más:

  • Autoimagen

Expresa cómo nos vemos. Como en aquella canción de Alejandro Lerner (Confesiones frente al espejo) uno no se ve a sí mismo siempre igual y puede verse algunas veces de una manera distorsionada. Según un estudio (Kuhn, 1960), esta autoimagen suele proyectarse desde los roles sociales (profesión, estado civil, etc.) o desde las características internas (generoso, comprensivo, de mal carácter, ingenuo). Mi imagen es la que la vida me ha ido mostrando, a partir de mi punto de vista y el que percibo de los demás. Por tanto, no siempre estoy seguro de quién soy. Rogers considera el self como un todo en proceso donde, si cambia una parte, lo hace también el resto.

Un ejemplo: una persona ama el básquet, y cuando era pequeño su familia lo motivaba a que participe en todos los equipos que pueda y aplaudían cada actuación en la cancha. Creció considerándose un excelente basquetbolista, hasta el día en el que un entrenador en la selección de la universidad le dijo que no tenía suficiente talento pues falló una serie de tiros libres. Desde ese momento, no volvió a practicar deportes, y cuando sus amigos lo invitaban decía que debía trabajar. Si en la adolescencia le preguntaban quién era, contestaba “Roberto, estrella del basquetbol”; de adulto era “Roberto, ingeniero y padre”.

  • Autoestima

Por su parte, este componente señala cuánto nos valoramos. El Cuarteto de nos, en su Habla tu espejo plantea esa ineludible realidad que nos indica el reflejo de nosotros mismos. Por esto, Michael Argyle considera que la autoestima se construye con cuatro elementos: la reacción de los otros, la comparación con los demás, los roles sociales y la identificación. En resumen, es una manera de considerar la autoimagen conforme a ciertos parámetros más o menos medibles, en apariencia. Los demás me transmiten distintos grados de aprecio a quién soy y lo que hago, pero también me comparo con ciertos personajes que entiendo que están socialmente bien valorados. Por esto mismo, los roles sociales ayudan u obstaculizan una buena autoestima, por lo cual necesito identificarme con ciertas “etiquetas” o estereotipos deseables, mientras eludo los que no lo son. Rollo May menciona que comprometemos nuestra autoestima por la interacción social, pero si encontramos un medio favorable, esta se mantendrá firme.

En el ejemplo de Roberto, ser un buen basquetbolista era un papel que le daba un prestigio especial en su familia, el colegio, e incluso con sus amistades. En el momento en el que esta etiqueta dejó de funcionar por una crítica negativa de su entrenador y por haberse comparado con jugadores mucho mejores, prefirió dedicarse completamente a obtener un título de ingeniero. Era mejor ser considerado un buen profesional que un deportista mediocre.

  • Yo ideal

Significa quién queremos llegar a ser. Muchas veces, incluso implica el vernos mejores de lo que realmente somos. Me gusta recordar esa primera intención en el tema de Michael Jackson, Man in the mirror, con su propósito de cambio personal como semilla de un mejoramiento colectivo. Cuando el yo ideal me enfoca en la discrepancia entre quien creemos ser y quien la realidad nos demuestra que somos, el resultado es un desequilibrio emocional. Por el contrario, cuando ese yo ideal es un faro hacia el cual dirigimos nuestra vida, nos brinda un propósito saludable de autorrealización. Mientras más alcanzable sea, menor disonancia generará y mejor me sentiré conmigo mismo, como diría Maslow.

Si el basquetbolista hubiera tomado esa crítica como un impulso para llegar a ser mejor, tal vez habría logrado sentirse en paz por el esfuerzo y por cada paso en el camino hacia esa meta. Sin embargo, la distancia entre la estrella del básquet y el profesional del montón consigue tirarlo abajo, sintiéndose frustrado, y desquitando su impotencia con todas las personas a su alrededor.

El verdadero amor propio es aquel que nos motiva a seguir creciendo y fortaleciendo nuestras capacidades. El que sostiene nuestra dignidad a través de una autoimagen realista, una autoestima saludable y un yo ideal que guía siempre nuestro sentido de vida. Para amar a los demás, debo comenzar por amarme a mí de manera sana, enfocando mis deseos en aquello que es bueno, bello y verdadero. Morir a esas pasiones que me tienen revolcándome en el lodo del egoísmo y la falta de empatía. Entonces, como Roger Moreira, podremos decir que como ya nos hemos encontrado y nos sabemos amar, podemos amar al otro. Tener amigos, construir una familia, parten de un concepto realista y saludable de uno mismo. Las mejores relaciones se dan entre dos personas que se aman a sí mismas y se entregan al amor.

Amémonos, para poder dar esto que amamos a los otros.

Foto por Polina Kovaleva en Pexels

Las peleas en el matrimonio

No es raro medir el amor entre una pareja por las peleas que tienen. Y esto en sí no está mal, lo malo es pretender que en una relación estable y saludable no existan. ¡Cuántos matrimonios terminan porque se enfrentan en discusiones constantes! No es culpa suya, el mensaje que nos repite la cultura es aquel de “y vivieron felices y comieron perdices”, como si la felicidad de la relación amorosa estuviera exenta de diferencias. Al contrario, yo sostengo que una pareja que sabe discutir es una pareja sana. El punto es ese: que sepa cómo, cuándo, dónde y por qué lo está haciendo. Pues muchas veces no se discute, hay una guerra de poderes. Y este no es el origen de los problemas, es el síntoma de cosas más profundas.

“El matrimonio es el pararrayos que absorbe la ansiedad y el estrés del resto de fuentes, pasadas y presentes”, comenta la psicóloga Harriet Lerner, quien ha dedicado muchos años a estudiar las relaciones de pareja. Bajo esta óptica, consideramos las peleas en el seno del hogar como un recurso saludable para resolver todas las tensiones de los otros sistemas a los que pertenecemos (recordemos la teoría de von Bertalanffy). Pero hay que saber dialogar, como dice el filósofo alemán Martin Buber: “el amor sin diálogo, sin un verdadero ir-hacia-el otro […] es el amor que permanece consigo mismo”. Es decir, un amor egoísta, utilitario, un amor que no se arriesga a ser transformado en el encuentro con el otro, nos señala el mismo Buber. Por esto subraya Lerner: “una buena pelea puede limpiar el aire y es bueno saber que podemos sobrevivir al conflicto e incluso aprender de la situación”, y para ello habla de la importancia de “establecer unas normas y responsabilizarnos de seguirlas incluso en los momentos más acalorados de la conversación”.

Entonces, partimos del hecho de que las discusiones no son señales de que el matrimonio no funcione. Es más, podría ser justamente al revés. Porque todos los seres humanos vivimos tensiones en nuestras distintas relaciones, y en algún punto debemos soltarlas. Si no tenemos un lugar saludable para hacerlo, nos enferman y terminan deteriorándolas. Por eso suelo aconsejar darle la vuelta a una relación donde hay mucho conflicto: agradecer que uno pueda ser esa persona que es capaz absorber el dolor del otro y transformarlo, y dejarme yo también transformarme a través de él. Si mi esposa tiene un estrés muy grande en su trabajo y viene a casa a desahogarse, siempre que lo haga de manera correcta sin buscar un desquite, todo estará bien y yo aportaré a ese equilibrio. Si sé cómo convertirme en ese punching-ball para que el otro pueda descargar todo lo que trae de afuera sin que me afecte, la relación se hará más sólida.

Para esto, sin embargo, hay que estar conscientes de que me debo encontrar con el otro. La escucha activa de Rogers y Farson. La aceptación incondicional que subraya el mismo Carl Rogers. Una adaptación del “Shemá, Israel” a la relación de pareja, como hemos estado hablando estos días. Porque la relación de Dios con su pueblo se refleja en la que existe entre los esposos. Así que, analizando esa oración primigenia que se enmarca en el pacto del Sinaí contenido en el Deuteronomio, en la relación sana hemos de aceptar quién es el otro (“el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno”). En ella, debemos atender a lo que el otro pide, desde nuestras propias limitaciones, y esperar lo mismo del otro cuando lo sé comunicar (“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”). Y asumiremos las consecuencias (“si respetas los preceptos, Dios dará lluvia a tus tierras, y pan y vino a tus hijos, de no respetarlos, provocará sequías en tus tierras”).

Así como los judíos mantienen esta oración en las entradas de sus casas para recordarse el pacto con Dios que los salvó de la esclavitud, nosotros debemos guardar los compromisos de escuchar, conocer, amar y respetar a nuestras parejas que han roto las cadenas que nos atan a nuestro egoísmo. De ser posible, tenerlos por escrito en un lugar visible de la casa. Pues nuestros esposos son quienes nos permiten entender de qué pata cojeamos sin que sintamos que nos están juzgando, porque nos ayudan a crecer. Ese compromiso de aprender a comunicarnos forma parte de la voluntad de compromiso de construir una vida juntos. Por eso no buscamos cambiar al otro y hacerlo a nuestra imagen y semejanza, sino que entendemos su debilidad y lo escuchamos con amor, fe y paciencia.

Muchos clientes que vienen para que los ayude a manejar la ira me cuentan que los envía su esposa. Y detrás de esto hay una intención de mejorar la relación, pero también una muestra de que esa mujer se ha cargado la responsabilidad de encontrar una solución mágica a las peleas. Y cuando se dan cuenta de que esta no existe se frustran. Pues el núcleo del maltrato no está en la pelea misma, ni siquiera en lo que la motivó (no es raro oír que ni se acuerdan de qué lo hizo). Tampoco está en que el marido no sepa controlarse. Está más bien en no entender al otro, en no aceptarlo como es, y en no conocerse a sí mismos. Mi pregunta suele ser: “¿has detectado qué dispara tu reacción violenta?”. Casi siempre la respuesta es algo del tipo: “que mi mujer me pregunte por qué estoy enojado sin estarlo, eso sí me enoja”. Como yo lo veo, no han ido hacia el otro, se han quedado en sus propios miedos y desilusiones.

Los compromisos para enfrentar las discusiones han de partir de conocerse. Si hay una idea que hace que mi cerebro primitivo me maneje con su respuesta básica pelea-huida, es difícil que de ahí en adelante tome control racional de la situación. Debo detectar si esto es así para que, en pareja, seamos capaces de evitarlo. En el caso anterior, el hombre sabe lo que le hace explotar y le pide a la esposa que procure no usarlo. Si ambos se mantienen en el compromiso, la discusión no se convertirá en una batalla campal, sino en una oportunidad para crecer y enfrentar juntos los obstáculos que les presenta la vida.

Cuando el termómetro de nuestra relación está puesto en las peleas que tenemos y no en el amor que ponemos en ellas para buscar soluciones y fortalecimiento de la relación, es fácil que terminemos en una separación. Por el contrario, aceptar al otro y aceptarme a mí con nuestros límites, es aceptar los de la pareja. No somos perfectos, nuestros vínculos no pueden serlo tampoco. Hay que saber encontrar en el hogar un lugar saludable para descargar nuestros sentimientos y pensamientos negativos. Reciclarlos y sacar de ellos crecimiento y aprendizaje, es uno de los secretos para sostener un matrimonio hasta la eternidad.

Aprendamos a pelear sanamente para apoyarnos en el mejoramiento personal y de nuestros lazos.

Foto de Polina Zimmerman en Pexels

Corazones solitarios

Leía, a los tiempos, en un suplemento dominical la página en la que diversas personas (sobre todo hombres) buscan pareja, y me puse a meditar un poco acerca de lo que ahí se escribe. Para quienes no estén familiarizados, nos podemos encontrar con mensajes de este tipo: “Soltero, cariñoso, responsable, deportista, me encanta viajar. Deseo conocer a mujeres con sueños e ilusiones por cumplir, de buenos sentimientos y de bonita figura, y con deseos de ser feliz. Si estás interesada, escribe. Solo personas serias”. Lo primero que viene a mi mente con esto de los corazones solitarios es la banda que crearon los Beatles como álter ego, esa de Sgt. Pepper. Me imagino un club de personas desilusionadas que se juntan en estas páginas. Y pienso en que no deberíamos en realidad pensar que existen corazones solitarios, pues formamos parte de redes de individuos, como ese supuesto club inclusive.

En la publicación sobre San Valentín y el amor romántico como bien de consumo, ya se habló de la utilización del otro con el fin de huir de la soledad, un defecto que consideraba Fromm. La necesidad de ser amado “es universal en los seres humanos, poderosa y persistente”, señala Carl Rogers. No se trata únicamente de la consideración del ser humano como ser-en-relación, sino de la construcción y crecimiento persistentes que se encuentra en la pareja, como espacio de autoactualización, analiza el psicólogo norteamericano. Pero esta etiqueta de “corazón solitario” nos remite a alguien que se siente solo, lo cual puede tener que ver con una dependencia emocional (lo cual vimos en artículos anteriores) o con una autofobia (el miedo a estar solo). En cuanto a esto último, el mismo Rogers define la soledad fundamental como una mezcla entre la falta de contacto con uno mismo y la ausencia de una relación significativa que fomente este encuentro.

En muchas ocasiones esta percepción de soledad, como se puede ver, nace de que uno no se siente seguro de sí mismo, y por eso no quiere arriesgarse a un autoencuentro. Por esto, no es raro encontrar en esos anuncios dominicales una evidencia de autoestimas lesionadas. Personas que se describen a sí mismas con adjetivos muy genéricos (cariñoso, responsable, detallista), o a través de características como trabajador o deportista. Buscan a otro para no tener que enfrentarse con ellos mismos. Quizás, la diferencia entre su yo ideal y lo que ven en el espejo es muy grande, y prefieren valorarse a través de alguien más. Son aquellas personas que se sienten la mitad de algo y buscan quien les complete.

Más allá de que no se puede descartar que estas páginas en realidad generen la posibilidad de un encuentro fructífero, considero que no es lo deseable. Parte del éxito que tienen las relaciones sólidas es el proceso de conocimiento progresivo, que lleva a un compromiso creciente. En gran medida, esto se da de una manera fortuita. A diferencia del vínculo estable que significa la familia, el cual uno no elige y solo procura mantener saludable, el lazo de pareja se cimienta sobre la elección mutua. No estoy con el otro para no estar solo, sino que lo escojo para caminar juntos en un propósito de vida.

Cuando leo que el objetivo que persigue quien escribe el mensaje es conocer a alguien que tenga sueños, metas e ilusiones, me pregunto ¿acaso esto no es parte de la naturaleza humana? Si bien es cierto que hay personas que pueden estar desorientadas en cuanto a su sentido de vida, es claro que las tiene. Esto da para otros artículos, por supuesto. Pero, ¿podemos pedir como requisito para tener una relación con alguien que tenga claro hacia dónde va? A veces, parte de la gracia de la pareja es encontrar juntos ese propósito. Eso sí, ambos deben mirar al mismo horizonte para buscarlo. Supongamos que la chica que responde al mensaje tiene clarísimo que su meta es tener una familia grande y dedicarse a sus hijos, mientras el hombre no quiere tener hijos sino viajar y para eso necesita que su esposa también trabaje. Es claro que la relación no llegará muy lejos. Entonces, no se trata de tener sueños, sino de poder sostener juntos un propósito vital.

Los corazones solitarios pertenecen a personas que no han aprendido a tener una relación saludable ni consigo mismos ni con los demás. No se conocen, y esperan que el otro les diga quiénes son. Es obvio, hablo de generalidades. Sin embargo, un individuo que está en un camino de autorrealización no busca de forma desesperada a la pareja de sus sueños en un periódico. Espera que llegue, y está abierto a conocerla en cualquier lugar: en la calle o en su trabajo, en la casa de un amigo o en la cafetería de la esquina. No tiene un estereotipo que quiere que alguien llene, sino unos requisitos que buscar en la relación misma. Porque el amor no busca curar heridas, llenar vacíos ni traer felicidad, sino el bienestar a través del bien del otro.

Más que estar solos, nos sentimos solos. Debemos arriesgarnos a conocernos, a oír nuestra voz cuando no hay nadie más. A enfrentarnos con nuestros pensamientos, deseos, emociones sin que necesitemos que alguien más las valide. Solo entonces podremos abrirnos al encuentro con la otra persona y formar una pareja que tienda hacia la eternidad. Podemos escribir un mensaje en un medio impreso o electrónico, pero si no sabemos qué tenemos para ofrecer y qué necesitamos recibir, cualquier respuesta puede terminar dañándonos mucho. Las relaciones sólidas son aquellas que parten de una buena relación con nosotros mismos.

La mejor receta para encontrar pareja es el amor propio.

Foto de JillWellington en Pixabay

Rindámonos al amor

En el artículo pasado tomé el tema del amor enfrentándose a las vicisitudes de la vida y ganando, y para eso recordé la primera parte del aforismo de Virgilio en sus Bucólicas. Hoy quiero analizar la segunda, que refleja la idea de que debemos abandonarnos a ese amor invencible. Es interesante que el poeta latino, sin conocer el cristianismo (porque vivió en el siglo I a.C.), es en muchos sentidos coincidente con él. Es por esto que en la Edad Media se le había considerado incluso un profeta pagano que habló de la venida del Salvador. No por nada guía a Dante por el purgatorio y el infierno en su Comedia. Entonces, no obstante la resignación que muestra la égloga de Virgilio, que ama porque no puede sino ceder al amor aunque duela por no ser correspondido, yo veo un sometimiento al amor como un poder. The power of love, como diría Huey Lewis.

El matrimonio no es algo acabado, como nos señala el papa Francisco, y en general las relaciones no lo son, puesto que somos seres en construcción, según el personalismo. “La mirada se dirige al futuro que hay que construir día a día con la gracia de Dios y, por eso mismo, al cónyuge no se le exige que sea perfecto. Hay que dejar a un lado las ilusiones y aceptarlo como es: inacabado, llamado a crecer, en proceso“, concluye. Es ser obedientes a la realidad, pues “es necesario entregarse de todo corazón para que la verdad se entregue”, como dice el dominico A.D. Sertillanges, Aprendemos a aceptar incondicionalmente al otro, a ser empáticos con su proceso existencial, y congruentes con el nuestro y el de nuestra relación, conforme a lo que postula Rogers. Este impulso vital que nos mueve a crecer no es solo bonita lírica. Helen Fisher, antropóloga, bióloga e investigadora del comportamiento humano, realizó un estudio que apunta a que, ante el estímulo amoroso, se activan importantes áreas relacionadas con las conductas motivantes. El amor es el motor del mundo, y no se trata del lema de alguna causa humanitaria, es realidad contante y sonante.

En las relaciones humanas, el amor es la única llave para abrir nuestra mente cerrada y ablandar el corazón de roca. Pues Dios es amor, y es la fuerza que lo vence todo, y no podemos sino rendirnos a ese poder. Ese que no necesita dinero ni fama, y es fuerte y repentino, y cruel a veces, como dice el músico norteamericano. Aquel que “convierte en milagro el barro”, recordando a Silvio Rodríguez. Es esto lo que canta Virgilio: evitar el dolor que produce construir un amor (mayormente cuando uno siente que jala solo) es inútil, porque es como abrazar la arena del desierto. Esa aridez puede no tener sufrimiento, pero tampoco alegría. La felicidad también la construimos y no es un producto acabado, y lo hacemos con luces y sombras, ladrillo a ladrillo. Y lo hacemos juntos.

El amor todo lo puede porque es Dios mismo, y huir del amor por miedo a la herida es huir del Padre que nos lo ha regalado y cura todas las heridas. Rendirse al amor significa soltar nuestros temores y abandonarnos a la Providencia. No de una manera pasiva, sino con esperanza activa en que ese amor es un caudal que brota de nuestro corazón para sanar nuestros vínculos. Que pone nuestras fuerzas en manos del que todo lo puede. Si existe un sometimiento totalmente válido en el amor, es este: al vínculo con esa persona imperfecta que Dios ha puesto en nuestra vida, como personas imperfectas que somos. No someternos a caprichos y voluptuosidades humanas, ni nuestras ni de otros. He ahí la respuesta a todo.

Una señora me confesaba que ya no podía luchar más, que no había manera de que su marido cambie por más que ella le haga ver sus errores. Y ahí estaba el problema principal, en el enfoque. Primero, la lucha es con uno mismo, no con el otro. No podemos cambiar a la otra persona, podemos cambiar nuestra manera de reaccionar ante lo que ella hace. No es nuestra obligación mostrarle a nadie sus equivocaciones, sí lo es procurar que entienda lo que sentimos y pensamos para motivar que quiera mejorar. Y no lo estoy inventando aquí, es Cristo mismo quien nos habló de la vara con que medimos a los demás y de que no debemos ver la paja en el ojo ajeno, de que no podemos matar a hierro pues tenemos que buscar hacer con otros lo que queremos que ellos hagan con nosotros. El amor nos impulsa a separar la persona de las obras, a juzgar los actos, pero hacerlo con misericordia para no juzgar al prójimo. El amor no es ciego, simplemente entiende al otro como un ser en crecimiento, un santo en potencia.

Rendirnos al amor es rendirnos a la voluntad de Dios que habita en nosotros cuando se lo permitimos. Y ese poder lo vence todo. Todo. Incluso nuestros demonios más oscuros y nuestros monstruos más horribles. Cobra total sentido la frase de Virgilio y las canciones de Lewis y Silvio. Pues el amor no es solo un sentimiento bonito, sino un impulso vital que nos permite hacerle frente a todo, a lo bueno para que no nos envanezca y a lo malo para que no nos derrote. Rendirnos al amor significa rendirnos a la mejor parte de nosotros mismos, esa que nos permite mirar al otro como lo ve Dios y no como lo ve el Diablo, como una potencia y no como un fracaso. Amar es dar, darse y aceptar. Aceptar lo que me toca para construir, nunca para destruir.

Rindámonos al amor para ver los colores del día.

Foto por 1866946 en pixabay

El amor todo lo vence

¿Con esto quiero decir que amar a alguien es suficiente para resistir maltratos y violencia? ¿Que nada malo importa cuando se ama? ¿Que se puede sentir amor incluso por quien no lo tiene? El quid del asunto no está tanto en cuánto es capaz de lograr el que ama, sino si en verdad ama y su amor es ordenado. Me acuerdo de la canción de Daniel Martín y Fernando Barrientos, El amor es más fuerte, que suena en la película “Tango feroz” en voz de Ulises Butrón. Para mí, tiene una letra que transmite la idea de la clásica oración de Virgilio (que da título a esta publicación), que cité cuando hablaba de la voluntad de compromiso.

Ya he tratado en múltiples ocasiones acerca del amor, en particular sobre el amor verdadero y como arte, a decir de Fromm. Tengo presente lo que decía Maslow: “La necesidad de amor implica darlo y recibirlo […], por tanto, debemos comprenderlo; […] de otro modo, el mundo quedará encadenado a la hostilidad y a las sombras”. Para completar la definición aristotélica de amor que señala la benevolencia (querer el bien del otro) que retoma el Aquinate, conviene traer a Rogers. De él citaba en el artículo anterior: “amor significa ser plenamente comprendido y profundamente aceptado por alguien“. Un amor que refleja el de Dios hacia nosotros, plasmado en la parábola del hijo pródigo. Algo que Martin Luther King describía en su discurso: “cuando llegas al punto en que miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro de él lo que la religión llama la ‘imagen de Dios’, comienzas a amarlo ‘a pesar de’“. Barbara Fredrickson, psicóloga que se ha dedicado al estudio científico de las emociones positivas, considera el amor como una relación interpersonal y una experiencia de intercambio social de una o más emociones positivas. Esto se da en micromomentos de bienestar renovables.

La primera idea que me viene a la cabeza al respecto de lo anterior es lo que menciona el papa Francisco en su Amoris Laetitia, refiriéndose a lo que puede soportar la persona cuando ama. Recuerda varios ejemplos en los evangelios, y dos me encantan: el amor de San José (le estamos dedicando este año) por su familia, hasta huir sin tener mucha idea de a qué iba, y el amor de Jesús por sus amigos Lázaro, Marta y María, que lo lleva a llorar frente al sepulcro del primero. Es un amor que no se estaciona en la queja, que no se instala en el sentimiento negativo. Vive cada micromomento en toda su intensidad, aceptando al otro y la circunstancia. ¿No habrá José renegado, aunque fuese por dos minutos, por tener que partir a tierra extraña? ¿No le dolería a Jesús el reproche de Marta por no haber llegado antes de la muerte de su hermano? Pero bien valdría la pena por ver jugar al Niño lejos de las ambiciones de Herodes, bien valdría por ver abrazarse de nuevo a los amigos en Betania.

El amor ordenado lo vence todo. No cualquier cosa que consideremos amor, como el simple cariño o la mera pasión. No de cualquier forma y como resulte cómodo. Como ese no es un amor verdadero y ordenado, es obvio que no podrá contra las adversidades, ni las mínimas, peor las serias. Esto se plasma en el himno al amor de San Pablo, cuyos últimos cuatro puntos ahora quiero analizar junto al papa Francisco. Son expresiones que hablan de una totalidad: disculpa todo, cree todo, espera todo, soporta todo. Y es justo este aspecto del amor el que más se cuestiona y discute, precisamente porque no se entiende. “De este modo,” -escribe Francisco- “se remarca con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo“.

Disculpa todo

En el original “panta stegei“, que puede significar guardar silencio sobre todas las debilidades del otro. No aprueba sus errores, aunque comprende que provienen de una naturaleza caída como corresponde a otro ser humano como yo. Por tanto, no anda gritando a los cuatro vientos sus defectos, como no me gustaría que lo haga con los míos. Cuidamos la imagen de quien amamos. Citando la Amoris Laetitia: “El amor convive con la imperfección, la disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado. “

Cree todo

Panta pisteuei, por el contexto, no se debe entender como credulidad ni como fe en el sentido teológico, sino confianza, es decir creer mutuamente el uno en el otro. No significa restar importancia al engaño que pudo haber existido, sino justo darle la lucha por ser síntoma de inseguridad. No controla, sino que le da espacio a la libertad. Creo en el otro porque creo en que me ama, no porque piense que no me puede fallar. “Esa confianza básica reconoce la luz encendida por Dios, que se esconde detrás de la oscuridad, o la brasa que todavía arde debajo de las cenizas”, sentencia la Exhortación.

Espera todo

El “panta elpízei” del griego indica que nunca desespera del futuro, espera que el otro puede mejorar. No de una manera ilusa y poco realista, ni asumiendo la responsabilidad del otro (“yo le voy a cambiar”). Sí mirando a la otra persona como nuestro Padre la ve: con todo ese potencial de santidad que ha puesto en todos. Francisco recalca: “nos permite, en medio de las molestias de esta tierra, contemplar a esa persona con una mirada sobrenatural, a la luz de la esperanza, y esperar esa plenitud que un día recibirá en el Reino celestial, aunque ahora no sea visible”.

Soporta todo

En el original, panta hypoménei significa que “sobrelleva con espíritu positivo todas las contrariedades”. Una vez más, no quiere decir aprobar con resignación los daños recibidos, o “tolerancia” en el sentido que se le da en esta postmodernidad. Más bien implica un heroismo, un camino de santidad que pasa por participar activamente en el cambio de la situación. No callar por miedo, sino guardar silencio por amor. No gritar por defenderse, sino alzar la voz ante lo que puede ser de otra manera. “No consiste”, dice el Papa, “sólo en tolerar algunas cosas molestas, sino en algo más amplio: una resistencia dinámica y constante, capaz de superar cualquier desafío”.

En resumen, el amor lo vence todo cuando está ordenado al bien del otro, iniciando en mi bien para el crecimiento y fortaleza de la pareja. Cuando acepta al otro tal cual es, aunque no apruebe sus errores. Si vive cada micromomento de compartir con la otra persona esa transmisión de emociones positivas. Ese disculpar, creer, esperar y soportar todo con el otro, en el otro. Porque hay una mirada que tiene una perspectiva más grande que la de nuestras miserias. Una mirada que ve hacia la eternidad.

Una eternidad que construimos juntos a pesar de la debilidad.

Foto por 1866946 en pixabay

Cariño y carreteras

“Estoy con él porque me da cariño”, me dice una cliente. “¿Y qué más?”, quiero profundizar. “Nada”, responde resignada. Cuando oigo esto, recuerdo a aquellas personas que critican el gobierno de Rafael Correa en Ecuador. Según ellos, quienes lo defienden dicen que puede que falten muchas cosas, pero “tenemos carreteras”. Ojo, que este no es un comentario político, sino que pretende hacer ver que valoramos las cosas fundados en una expectativa, a veces muy básica. En un gobierno, algo básico es la obra pública, pero existen muchos aspectos más. Me viene a la mente la escena de Y sin embargo de Joaquín Sabina, donde parece que la relación existe solo en el encuentro íntimo entre los protagonistas. En ella se muestra que, en una pareja, una cosa es el cariño y otra muy distinta lo que en verdad se ha de perseguir, que es el bien del otro en su integridad.

Cuando hablé sobre la voluntad de compromiso, citaba la Teoría triangular del amor de Sternberg que señala tres componentes: intimidad, pasión y compromiso. El cariño se muestra cuando solo existe intimidad, es decir, el acercamiento que permite que compartamos juntos, sin pasión ni compromiso. Carl Rogers traslada los principios de la terapia conversacional a toda relación, con sus requisitos de congruencia, empatía, y aceptación, por lo que el amor significaría ser comprendido y aceptado de forma plena por alguien. Mientras tanto, Erich Fromm considera el amor como una decisión. Siguiendo a Maslow, además, podemos afirmar que cada persona introduce a la relación su propio sistema de necesidades: si necesitas cariño pues nunca lo recibiste, lo buscas más que nada.

Quedarse en una relación porque hay cariño es como aplaudir un gobierno que te da carreteras. Es que si tu percepción es que antes no las había y ahora sí, lo agradeces. Si creciste en un entorno con carencias afectivas o tuviste experiencias tóxicas en tus relaciones de pareja, tener un novio cariñoso es una gran diferencia y también le das las gracias. Sin embargo, ese cariño puede ser superficial, pues no le interesa lo que te ocurra y tampoco se arriesgaría a ayudarte. Le pides algo y pone excusas, le cuentas tus cosas y parece oír ladrar al perro. Es la soledad acompañada. Pero hay cariño.

Una idea que me encanta y que repetimos en Fasta (el movimiento católico al que pertenezco) es que no basta con hacer el bien, sino que hay que hacer bien el bien. Y esta se desprende de otra aún más básica: no basta con no hacer el mal, hay que hacer el bien. Cuando hemos pasado por experiencias traumáticas (es decir, que han dejado heridas) en nuestras relaciones, nos conformamos con alguien que no nos haga daño. Y hablo del pasado de las relaciones con nuestros padres, hermanos, amigos, no únicamente enamorados o esposos. Si nos sentimos vaciados de afecto en años anteriores, nos conformamos con lo poco que nos dejan los otros. Marco Masini con su Bella stronza (traducida suavemente como Bella idiota) expresa ese sentimiento: “me conformo como un perro con las sobras”.

El amor es mucho más que las expresiones de afecto más básicas. Es mucho más que las llamadas nocturnas a ver cómo estamos o la caja de chocolates en San Valentín. Es mucho más que la caricia y el beso, y las palabras dulces y las miradas tiernas. El amor en no pocas ocasiones se muestra dejando ver el lado oscuro de la relación, el dolor y la angustia. El amor calla cuando hace falta y grita cuando es necesario. El amor tiene paciencia, pero también espera el crecimiento del otro. El amor no se guarda una palabra dura para evitar hacer daño, si sabe que es necesaria con el fin de mejorar al otro y fortalecer el vínculo.

Debemos encontrar qué es lo que tenemos en nuestras relaciones y ordenarlo. Hay veces en que no es que no amemos a la otra persona o que no nos ame, es que confundimos ese amor puramente físico, o mental, o afectivo, o espiritual con un amor integral, como debe ser el amor de pareja. Una relación que muestre compromiso, pasión (en el sentido del deseo intenso de unir la vida a la del otro) y no solo intimidad. Que sepa sentir con el otro, aceptar al otro con sus virtudes y defectos y mostrarse al otro también en su debilidad y fortaleza. Decidiendo, día a día, construir juntos como reflejo del amor de Dios por su Iglesia.

Porque donde hay amor, todos los vacíos y heridas comienzan a sanar.

Foto por Voicu Oara en Pexels.com

Le miento a mi psicólogo

El principio básico para poder mantener cualquier relación es la honestidad. No se diga en una relación terapéutica. Sin embargo, tampoco estamos en capacidad de esperar que sea totalmente transparente, sobre todo por barreras que el proceso mismo deberá enseñar a derribar. Todo -a la larga- tiene que ver con confianza. Si el terapeuta no la ha sabido brindar, no se puede lograr tan fácil. Y me acuerdo de esto cuando oigo la canción de Prince (cantada por la O’Connor) Nothing compares 2 U, en la que cuenta que el doctor le dice que se divierta, no importa cómo, y por eso es un tonto. El otro día vi una publicación donde mucha gente comentaba lo que le ocultaba al psicólogo, y encontré algunas conclusiones interesantes. Veamos.

Carl Rogers, quien promulgó un estilo de terapia basado en la empatía y el diálogo con el cliente, consideraba fundamental la transparencia del profesional para buscar la del paciente. Señalaba tres claves para una psicoterapia exitosa: la comprensión empática, la aceptación positiva incondicional y la congruencia. De alguna forma, ya hablé de esto en la publicación acerca de sentirse cuestionado como profesional. La congruencia apunta a que el psicólogo se muestre como es, sin caretas ni bajo un aura de misterio superpoderoso. Pues entendía que si el cliente atestigua una congruencia entre quién es el terapeuta y quién dice ser, se sentirá llamado a presentarse de la misma forma él. Esto facilita el encuentro y con él posibilita el trabajo conjunto.

No es raro que el cliente se sienta amenazado por el terapeuta. No necesariamente por la actuación de este, sino por el rol que cumple. En teoría, al menos, está ahí para hacerte ver tus pensamientos y comportamientos inadecuados. Si dicho rol no se respalda con una actitud comprensiva y sin juicio, resulta intimidante. ¿Quién va a querer entregar su salud mental en manos de alguien que le dice que no debería sentir lo que siente o hacer lo que hace? En consecuencia, la cautela con la que el cliente llega a la primera sesión puede mantenerse hasta el final y no lograr abrirse como es necesario. E incluso, no solo a ocultar la verdad, sino también a maquillarla y hasta cambiarla por completo. Si bien el psicólogo puede detectar esto por el lenguaje corporal o la falta de coherencia interna en lo que el cliente manifiesta, tampoco es un adivino.

En esa publicación que les relataba había varios comentarios de personas que nunca le expresaron al profesional que lo amaban. En realidad, esta es una reacción bastante común, y Freud la llamaba transferencia, pues consideraba que era pasar algo anterior (fantasías infantiles) a algo actual (la relación con el analista). Es decir, el confundir ciertos sentimientos o necesidades previos con amor hacia el psicólogo. Rogers, mientras tanto, entendió que si se maneja de una manera adecuada la relación terapeuta-cliente, esta “transferencia” resultaba menos probable. Esto, por el simple hecho de que se trata de una relación real y auténtica, no unidireccional desde un paciente hacia su analista, sino mutua entre dos personas que se encuentran para buscar juntos la salud del cliente. Es por esto que en el proceso se puede ordenar esas emociones con el fin de darles su justo nombre y no confundirlas con un amor de pareja.

Hay otro grupo grande de “mentiras”: no decirle al profesional que no está cumpliendo con lo que se ha propuesto. Caso típico: el cliente tiene una relación de dependencia emocional con su novia, llega a darse cuenta de esto en terapia y termina dicha relación. Sin embargo, luego regresa porque no puede manejar esa ruptura. No se lo cuenta al psicólogo pues, de alguna manera, siente que le ha fallado a él e incluso a sí mismo. Es bastante natural sentirse así, ya que es como ir a la farmacia a comprar una pastilla para el dolor de cabeza y no tomarla, y luego seguir quejándose del mismo dolor. De todas formas, no es igual, porque la mente humana es mucho más compleja. Y el terapeuta lo sabe, o al menos debería hacerlo. Recuerdo que una cliente me decía una vez que “hizo trampa” porque había encontrado la importancia de aprender a estar sola y de todas formas hablaba con un chico con intenciones románticas. Años después me decía: “ahora entiendo que me estaba haciendo trampa a mí misma”. He ahí el por qué hay cosas que se escondan al terapeuta.

A la final, el psicólogo no necesita que le cuentes todo, pero sí que no le ocultes nada. Parece lo mismo, aunque es bastante diferente. No hace falta que sepa qué pasó en tu semana con detalle, pero si estás trabajando en tu autoestima y dejaste de tomar una decisión por el miedo a que se burlen de ti, es fundamental que el profesional lo sepa. De todas formas, este es -además- un llamado a mis colegas psicólogos: el éxito del proceso depende en gran parte de ese encuentro entre dos personas, más que de la capacidad del profesional o la receptividad del paciente. Y hay veces en las que no participamos en ese encuentro.

Hay que tenerlo presente, por supuesto: los psicólogos somos seres humanos y nuestras emociones también están en juego. El terapeuta puede verse herido por lo que pasa en la sesión o el proceso entero, frustrado si no se ven resultados, cuestionado en sus conocimientos, experiencia y actuaciones. E incluso desvalorado como persona, no solo como profesional. Y de todas maneras debe seguir firme en la lucha, porque la salud mental del cliente está en juego, y no depende solo del profesional, ya que es cada persona la que incide sobre su crecimiento y su bienestar, pero sí pasa por él. Si logramos esa conexión, a través de nuestras experiencias personales, siendo honestos, congruentes y empáticos, el cliente no tendrá necesidad de ocultar nada, pues sentirá que es su espacio y es el mayor responsable de aprovecharlo.

La psicoterapia es un proceso delicado, porque tiene que ver con nuestras cosas más íntimas e invisibles. Si tanto profesional como cliente lo valoramos así, es mucho más probable que terminemos caminando hacia la sanación. Entender todo lo que interviene nos ayuda a facilitar la ruta y tomarla con alegría y esperanza. No sabemos a dónde nos conducirá, aunque confiamos en que será un mejor lugar que este en el que estamos ahora. Cada cual desde su papel, cada cual desde su circunstancia. Ambos enfocados en lo mismo.

Cuando nos sentimos instrumentos y no artífices, el proceso terapéutico puede en verdad lograr el objetivo propuesto, con amor y esperanza.

Foto por Polina Zimmerman en Pexels

Perra vida (pt.2)

Mañana se cumple un año de que escribí un artículo sobre cómo las mascotas nos muestran algunas emociones primarias que podemos relacionar con las nuestras. Y les contaba acerca de mi perrita Blanche, su dolor, su miedo y sus muestras de cariño. Ella había llegado a nosotros apenas cuatro meses atrás. Ahora les quiero contar del Kimo, otro animal rescatado que acogimos en nuestro hogar hace también cuatro meses, y que es casi el opuesto de la Blanche. Lo encontraron mi esposa y mis hijos cuando era un cachorrito diminuto, vagando por las calles. Después de averiguar si tenía dueño, lo trajeron a la casa. Y fue un flechazo instantáneo, a pesar de que yo venía diciendo que no éramos capaces de mantener más de un animal (bueno, tres con los de la pecera), pues creí que podía haber conflictos con nuestra primera perra. Pero no. Fue mirarse y sentirse cómodos entre ellos. En seguida se pusieron a jugar, y hasta hoy parecen realmente dos hermanos. ¿Qué he aprendido?

En la publicación anterior, hablaba de san Martín de Porres, el santo peruano que bien pudo haber inspirado el Dr. Doolittle. El detalle con este personaje de novela (y películas) es que su relación con los animales lo alejaba del contacto humano. Mientras, un estudio de Lisa Wood, Billie Giles-Corti y Max Bulsara descubrió que la posesión de una mascota se asocia positivamente con algunas formas de contacto e interacción social y con la percepción de la amabilidad del vecindario. Los dueños de mascotas obtuvieron puntuaciones más altas en las escalas de capital social y participación cívica. Pues muchos beneficios físicos, psicológicos e incluso sociales se han estudiado en los dueños de animales. Tanto, que se están probando diversas terapias con ellos. Y en este punto son interesantes las investigaciones que ha hecho J. S. Odendaal. En una encuentra niveles hormonales elevados de dopamina y endorfinas (que se asocian con felicidad y bienestar) y niveles bajos de cortisol (una hormona que muestra el estrés) después de una sesión de terapia asistida de media hora junto con un perro. Los resultados de sus análisis indican que en perros y personas se incrementan los neuroquímicos implicados en el comportamiento de búsqueda de atención. Esto se puede conectar con lo estudiado por Marcos Díaz Videla y Pablo Adrián López sobre el rol de la oxitocina en la formación de vínculos de apego y en los comportamientos prosociales que facilitan las relaciones intraespecies. La oxitocina es llamada “la hormona del amor”, ya que se ha descubierto su función como creadora de vínculos en el ser humano y otros mamíferos.

En consecuencia, no es producto de una enfebrecida mentalidad animalista afirmar lo saludable del contacto con mascotas. A la larga, como le dice el zorro de Saint-Exupéry al Principito: “si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro”. Los humanos domesticamos hace miles de años a ciertos animales para que sean compañía, más allá de la utilidad en la agricultura, el transporte u otras funciones prácticas. Y esa domesticación fue de dos vías, pues el hombre también se adaptó al animal y sus necesidades. Lo vivimos en carne propia cuando tenemos una mascota: si bien no son prioridad número uno (no deben serlo) ni toman parte en nuestras decisiones, es evidente que hay que tener en cuenta sus necesidades y eso nos significa ciertos cambios en la rutina. Nos hemos dejado domar mutuamente pues obtenemos beneficios mutuos.

Hablaba de lo opuestos que son el Kimo y la Blanche, y esto también me hace reflexionar sobre nuestras diferencias como personas. El Kimo es relajado al máximo. Y se ve desde cómo duerme: la Blanche se enrolla y está siempre atenta a cualquier movimiento, pues es seguro que vivió bajo amenaza varios años; el Kimo se tira muchas veces patas arriba y uno puede caerle encima que no se despierta. Una muestra de lo distinto de sus historias. La Blanche se ve que sufrió bastante, y por eso está siempre a la defensiva; el Kimo no tuvo mucho tiempo de sufrir, y es probable que no lo hizo demasiado y que quizá ya ni se acuerda de esa época de hambre, frío y pulgas. El Kimo es cariñoso y afectuoso con casi cualquiera, a la Blanche hay que ganársela. La Blanchette se esconde cuando ve una escoba, el Kimito juega con ella. ¿No somos así los seres humanos?

Kimo de Benedictis, durmiendo

Mientras más heridas tenga nuestra historia, más a la defensiva estaremos. No podemos, por tanto, juzgar a quien es evasivo o agresivo sin razón aparente. La razón está en su pasado, y no deberíamos sentenciarlo hasta no haber saboreado un poco de la sangre que derrama. Hay personas que no se hacen lío de nada, y es porque probablemente nunca tuvieron líos importantes. Hay gente que no aguanta ni una broma, tal vez por haber sido mucho tiempo objeto de burlas. Respetar al otro es respetar su historia y entender que no somos capaces ni de apenas imaginar la dimensión de su dolor. Y eso va para nosotros mismos, también.

Este perrito descomplicado y al que le falta un tornillo le ha traído gran alegría a esta casa, a la misma Blanche inclusive. También algo de estrés porque parece no tener límites. Pero los tiene. Aprendió bastante rápido que sus necesidades no las puede hacer dentro de casa, y que a cierta hora nos debe dejar dormir. No le ha costado demasiado entender que tiene que estar junto a nosotros, aunque siente el impulso de salir corriendo a lo loco cuando se abre la puerta. Al principio volaba a explorar como si no hubiera un mañana, hoy ya no se aleja demasiado. Tiene límites, pero va midiendo hasta donde. Como lo hacemos nosotros también.

Mirar a nuestras mascotas es mirar nuestro yo más primitivo, con sus emociones básicas y sus reacciones irracionales. Nosotros hemos aprendido a manejarlas, o al menos eso es lo que pretendemos día a día. Nuestra parte más consciente y lógica puede encontrar conexiones y buscarle sentido a la realidad, los animales solo sobreviven y el afecto les ayuda a ese fin. Pero más allá de esa consciencia y de nuestra sed de infinito, somos muy parecidos. Aprender de ellos es aprender a comprender nuestras funciones instintivas y dejar de juzgarnos como si siempre estuviéramos con todas las luces del intelecto prendidas. Somos débiles, fallamos, y nos podemos volver a levantar. Como el Kimo cuando se le dice “¡hey!” y deja de morder el cable de la compu. Evidentemente no comprende qué es ni para qué sirve, sin embargo entiende que ese llamado de atención le aleja un poco de nuestro afecto y evita hacerlo. Asimilemos esos mensajes en los otros, aunque no sepamos bien por qué. Si los perritos pueden, nosotros con más razón.

El cariño de las mascotas trae lecciones de vida. Dejémonos enseñar.

Hitchcock y nuestras emociones

Mientras estaba en la adolescencia, conocí a Hitchcock a través del programa televisivo El nuevo Alfred Hitchcock presenta, que era una reedición póstuma a colores de sus series clásicas. Si bien pocos de los capítulos en los que se basó este remake los pensó el mismo Alfred, su estilo se refleja ahí, sobre todo en la introducción y la despedida que había hecho para las series originales. Esto me hizo interesar por sus películas, con sus giros inesperados y sus detalles personales regados a lo largo de ellas. Una de las cosas más sabrosas de este cineasta que recorrió todos los géneros y probó infinidad de técnicas es su destreza para el montaje, que él llamaba “ensamblaje”. Muestra de ello es la inolvidable (en muchos sentidos) escena del asesinato en la ducha de Psicosis. Pero, ¿qué tiene que ver esto con las emociones?

Hitchcock entendía perfectamente el efecto que tenía la manera en la que las imágenes se sucedían en la mente del espectador. Se trata de contexto. Es lo que conocemos como efecto Kuleshov. Este cineasta ruso, había recibido la misión de entender por qué las películas de Hollywood eran más efectivas que las soviéticas, y poner los resultados al servicio de la Revolución. Luego de analizar el cine de D. W. Griffith, supuestamente hace cien años realizó un experimento en el cual el rostro neutro de un actor, seguido por distintas imágenes (un plato de sopa, una niña jugando y un difunto) generaban emociones diferentes en los que las veían y hacían percibir al actor con gestos de hambre, ternura o dolor. No se conservan documentos de dicho experimento, si bien el mismo Lev Kuleshov y sus famosos discípulos  Vsévolod Pudovkin y Serguéi Eisenstein hablaron de él y lo usaron en sus obras. El primero lo llevó a buscar el discurso psicológico en la fluidez de la historia, mientras a Eisenstein lo impulsó a teorizar (y practicar) un montaje de atracciones. Este se refiere a (como no podía ser de otra manera en un cineasta marxista) encontrar una dialéctica en las imágenes, de forma en que se atraiga al espectador hacia el pensamiento que se busca instaurar. Existen distintos estudios que han tratado de evidenciar el efecto Kuleshov en nuestras reacciones neuronales (como el de Prince y Hensley), pero ninguno ha sido concluyente. Sin embargo, podemos mirarlo desde la perspectiva de la Gestalt: el todo es más que la suma de las partes.

Hitchcock y el efecto Kuleshov ¿Se ríe con ternura o con lujuria?

Si entendemos el contexto, comprendemos qué produce las emociones. La famosa secuencia de Psicosis no hubiera sido igual si se mantenía una cámara estática en la espalda de la persona con el cuchillo, o si la música fuese un dulce vals de Strauss. Habríamos entendido el asesinato, es cierto, aunque no hubiésemos sentido el mismo horror. Igual, cada cuadro por separado nos pudo haber traído emociones distintas, que no necesariamente se suman cuando los juntamos, sino que nos producen otra diferente. Janet Leigh resbalando por la pared, o el acercamiento al agua de la ducha cayendo, por sí mismos no nos cuentan mucho, pero todo junto nos introduce en el clima desgarrador de la escena. Es lo que nos pasa en general con los mensajes que recibimos, no solo en el arte, sino en la vida diaria. Si en una discusión a los gritos alguien baja la voz y esboza una sonrisa, puede ser interpretado como una reacción incluso más agresiva que el gesto iracundo y la voz elevada. En cambio, ese mismo tono de voz y esa sonrisa se entienden como un llamado a la conciliación en un diálogo calmado.

Cuando logramos separar el contexto y partir desde ahí para comprender el mensaje es más fácil entender las reacciones, las nuestras y las de los otros. Aplicar el efecto Kuleshov en la cotidianidad nos permite quitarle el peso a muchas cosas que interpretamos en los demás. Una misma palabra puede tener un significado muy distinto en diversas circunstancias. Pongamos el caso del “gracias”. Si me piden la sal y la paso y recibo un “gracias”, será una reacción más bien neutra, pues es lo que se espera en personas educadas. Si no me la piden, pero ya sé que la necesitan y se las alcanzo y recibo las gracias con entonación muy particular, entenderé que la gratitud es sentida en verdad. Si me piden la sal y les paso la mayonesa, y el “gracias” tiene tono irónico, me daré cuenta de que lo que recibió la otra persona no era lo que esperaba y es posible que note que estaba distraído. Si me piden la sal y empujo la azucarera y, encima más, lo hago con tal descuido que se riega sobre la sopa, y el otro emite un “¡gracias!” con enojo, es claro que mi negligencia tuvo consecuencias muy malas. Todos estos ejemplos pueden cambiar si yo estoy distraído, optimista, enojado, bromista o triste. Vivimos en contextos emocionales, y como tales debemos entendernos. No somos máquinas.

Me pasa con frecuencia que tengo la mente en otras cosas y me preguntan algo, y respondo con un tono desprovisto de sentimiento. O sea, como la cara del experimento de Kuleshov. A veces nuestro cerebro se programa para ese tipo de reacciones automáticas. Esto no sería en sí algo negativo, si no fuera porque al otro lado está una persona que, dependiendo de su estado de ánimo, es capaz de interpretar mi tono como poco involucrado, triste, no interesado, agresivo-pasivo, etc. Eso puede dar pie a una discusión que vaya mucho más allá de una respuesta distraída. He aquí la importancia de enfocar la atención en todo en su debido momento. Mejor, en esos casos, es pedir disculpas y decir: “te contesto cuando termine esto”. Y apenas uno pueda concentrarse, dirigirse de nuevo al otro y, enfocado, pedirle que repita la pregunta. Eso permite una escucha activa y un verdadero diálogo constructivo.

Al entender que los mensajes están envueltos en un contexto determinado, necesitamos estar realmente presentes para poder desentrañar esa narrativa. Si no lo logramos, es fundamental tratar de aclararlo inquiriendo de forma directa. No podemos dejar de tomar en cuenta el clima en el que nos estamos moviendo, cómo se siente la otra persona y cómo yo. Ni deberíamos pensar que una palabra, un gesto o incluso un mensaje entero tiene un solo significado. Recordemos el efecto Kuleshov, y démosle el beneficio de la duda a lo que el otro en verdad nos quiere transmitir. De esta manera, nadie puede interpretar de forma perfecta una conversación si no estuvo presente y no entendió las circunstancias en las que se dieron los hechos. Solo cada uno de los que intervienen en un diálogo pueden en realidad comprender lo que se está diciendo. E incluso para eso debe querer hacerlo de una manera racional y consciente, procurando dejar de lado las emociones. Y eso no siempre es posible.

Para quitarle peso a las frases que nos duelen, debemos entender el contexto con amor y atención.