El miembro fantasma

El ser humano tiende a querer llenar sus vacíos con algo, porque ese vacío duele. Es como cuando una persona pierde una parte de su cuerpo y siente que ahí le sigue doliendo o produciendo alguna sensación desagradable. Pero, al igual que tratar de rascar o frotar ese miembro fantasma para calmar la picazón o el ardor, no podemos llenar el vacío en nuestra vida con nada. Esos vacíos son la muerte de un ser querido, alguna pérdida muy importante, los sueños no cumplidos, etc. Y con lo que se busca llenarlo es, normalmente, con placer efímero o riesgos innecesarios (o los dos a la vez). Esta es la historia del síndrome del miembro fantasma mental.

El síndrome del miembro fantasma es un fenómeno por el cual una persona a quien se le ha amputado un miembro percibe sensaciones como si aún estuviera ahí. Existía la explicación de que el cerebro seguía recibiendo los impulsos nerviosos del miembro perdido, hoy se piensa que el cerebro tiene áreas específicas para cada parte del cuerpo. Por tanto aunque el miembro ya no esté, esa área neuronal seguirá buscándolo. Es lo que señala Vilayanur S. “Rama” Ramachandran, neurólogo indio que habla de que estas sensaciones se toman “prestadas” de secciones vecinas a la del miembro amputado. De todas formas, no entendemos todavía las causas para que, entre el 50 y el 80% de los pacientes tengan estas sensaciones. Parece ser que esto disminuye cuando el cerebro logra reorganizar esta información sensorial.

En lo emocional, pasa algo similar. Sentimos que ya no tenemos cierta cosa o que nunca la tuvimos a pesar de lo importante que hubiera sido en nuestra vida. La ausencia de padre del hijo de una madre soltera, los padres del niño fallecido por “muerte de cuna”, el individuo que sufrió la pérdida de un amigo cercano en un accidente… Todos estos son casos de “miembros” amputados. Cada persona tiene su lugar en nuestra mente, pero sobre todo en nuestro corazón. Y ese lugar que no está ocupado marca nuestra vida para siempre.

Hay ocasiones en las que nuestro inconsciente tiene la idea de poder llenar ese vacío. Es como la ilusión inalcanzable de regresar a ese ser querido o ponerlo en el sitio donde siempre debió estar. Entonces, el hijo busca la figura paterna en relaciones de pareja autoritarias; los padres se apresuran a tener otro hijo para olvidar al fallecido; el amigo se hunde en las drogas y las situaciones peligrosas. ¿No se valoran, no valoran la vida? Es evidente que el valor ha cambiado de foco: ahora es simplemente el vacío que quieren llenar.

Detrás de cada conducta a todas luces dañina para uno mismo o los demás está la necesidad de llenar un vacío. Es calmar el dolor del pie amputado. Es imposible, pero la profundidad de nuestra mente no se da cuenta o no lo quiere reconocer. Decía Alfonso Barrera: “los baldados lo saben: el miembro que más duele es el perdido”. Y recuerdo (mi tío Carlos me lo enseñó) todo esto dentro del marco de lo que hemos llamado el reciclaje emocional: la única manera de darle una respuesta saludable a esa pérdida es transformar esa emoción devastadora en energía creativa. Pieter van der Meer de Walcheren lo señalaba: “el arte es el canto de una privación”. Por eso vemos tantas novelas, películas, canciones que nos hablan de amores no correspondidos, de historias trágicas, de pérdidas irreparables, de sueños inconclusos. Es el canto de la privación.

Si logramos detectar nuestros vacíos y darles una respuesta creativa, conseguiremos atravesar la vida sin que ese miembro perdido nos siga doliendo. Nos hará falta, lo extrañaremos cuando vayamos a hacer algo que antes realizábamos sin dificultad gracias a él. Sin embargo, no nos detendrá, porque habremos logrado reorganizar esa zona para que no tome sensaciones de otras partes. Pues no hay relación sexual que cure la falta de amor, ni persona (por buena que sea) que suplante a otra, ni necesidad que llene el vicio o el deporte extremo. Lo único que nos permite seguir caminando sin mirar atrás es la certeza de que ese vacío representa algo valioso que tal vez perdimos o nunca tuvimos, pero que podemos sentir que no nos hace falta ante el resto de joyas que Dios nos ha regalado. Porque todos hemos perdido algo, aunque no todos sabemos superarlo.

El amor nos lleva a entender el vacío y transformarlo en emociones fructíferas, con creatividad.

Imagen por Erik Smit en Pixabay

Nos estamos entonteciendo

Hace unos días, mi colega y amiga María José Barona compartió en su página de Facebook un artículo que escribió hace bastante tiempo Christophe Clavé, profesor de estrategia de la HEC (Escuela de Estudios Superiores de Comercio) de París. En él se señala que el coeficiente intelectual promedio ha venido bajando en las últimas décadas. Clavé le echa la culpa al atrofiamiento del lenguaje. Cuando escribí mi artículo explicando por qué ya no soy psicólogo, pues le quito esa p inservible a la palabra, reflexioné algo sobre el lenguaje. Diríamos que esta es la otra cara de la misma moneda. Es un tema que me apasiona, y en el cual hay mucha tela que cortar.

Christophe Clavé señala que “el coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años 90 siempre había aumentado, en los últimos veinte años está disminuyendo“. Y señala que es el regreso del llamado efecto Flynn, según el cual desde la Segunda Guerra mundial hasta el comienzo de este milenio el coeficiente promedio subía unos puntos por década. Clavé menciona las novelas distópicas 1984 y Fahrenheit 451, en las cuales regímenes totalitarios controlan la población a través del manejo de varios aspectos de la cultura, entre ellos el lenguaje. Noam Chomsky estudió bastante el lenguaje, y nos dijo que el niño lo aprende gracias a que poseemos estructuras cerebrales que reconoce una gramática universal, una identidad básica en el idioma. Incluso desde antes de nacer, el ser humano va desarrollando su edificio neuronal gracias a la comunicación con otros seres a través de la lengua. Es decir, la lengua es una herramienta de pensamiento, y por tanto mientras más compleja es, mayor es su aporte a nuestro desarrollo cognitivo.

Recuerdo que la misma “Pocho” Barona me prestó hace algunos años un libro que me fue ayudando a entender mejor la evolución de la lengua española (aparte del que ya mencioné de Ángel Rosenblat): Palabralogía (la vida secreta de las palabras) de Virgilio Ortega. En él, el autor afirmaba que seguimos hablando latín, en gran parte el mismo que usaba el pueblo de Hispania hace casi un milenio. Y justo mi reflexión va hacia esta perenne lucha entre el habla popular y la lengua culta.

Antes, la distinción entre el lenguaje que utilizaban las personas cultivadas y el pueblo ignorante se asemejaba mucho a la que se podía hacer entre la lengua oral y la escrita. Hoy, con un porcentaje de alfabetización mundial que se acerca al 85%, esta analogía es cada vez más inútil. En realidad, en la actualidad gente de distintos niveles de educación usan la escritura como herramienta primordial de comunicación. Esto se debe en gran parte a los sistemas electrónicos de mensajería que popularizaron el e-mail, a partir de mediados de la última década del siglo anterior; los mensajes de texto (SMS) y los ‘chats’ a inicios de este. Ahora, aunque el acceso a internet no alcanza la mitad de la población mundial, la otra mitad lo usa profusamente para comunicarse con personas cercanas o lejanas.

Es por esto que, hoy por hoy, no es que no leamos. Es que leemos cosas escritas en lenguaje coloquial, o -en todo caso- muy simple. La evolución idiomática siempre es llevada por este lenguaje, pues el hablante modifica la lengua y las academias (si las hay, como es el caso del español) terminan aceptando lo que ya es de uso común, oralmente pero sobre todo en lo escrito. Cuando la imprenta aún no había democratizado la palabra escrita, era más fácil distinguir dónde comenzaba el habla culta y dónde terminaba la popular. Hoy no es tan sencillo.

Ahora nos sorprendemos de encontrar textos que tengan vocablos “complicados”. Es más, el “corrector de estilos” automático que uso para escribir esto me sugiere que cambie algunas palabras por otras más simples. Hemos bajado la vara, y debemos adaptarnos al lector más básico, en lugar de proponer a ese mismo lector que expanda sus conocimientos y se fuerce a entender lo que digo. Es una sociedad acomodaticia, y buscamos confort más que crecimiento. Esto, conviene decirlo, es natural por un lado y poco saludable por otro. Natural, porque los seres vivos buscan el equilibrio (la comodidad) para sentirse tranquilos: un perrito no saldrá a cazar pues tiene comida en su plato. Sin embargo, el hombre siempre busca su autorrealización, su actualización (Rogers, Maslow) y eso implica que no se siente conforme si puede tener algo mejor o ser él mismo una persona más completa.

De todas formas, vivimos en un mundo gobernado por el llamado “cuarto poder”, que ahora no solo es la prensa, sino los medios sociales. Y ese es un mundo que busca la salida fácil y la respuesta inmediata. Un mundo hedonista, anestésico y analgésico. En un mundo así, la palabra escrita no dista mucho de la hablada, para que el esfuerzo de entenderla sea cada vez menor. Porque aquí y ahora, el que se aburre se va y deja de seguirte. O sea, deja de leer lo que le puedas aportar.

La plasticidad neuronal aumentó mucho, en promedio, en el siglo pasado debido en gran parte al avance de la imprenta. La gente no solo tenía más facilidad para acceder a libros de todo tipo (científicos o de ficción), sino que muchas publicaciones periódicas (revistas, diarios, etc.) podían llegar a cada hogar. Y el lenguaje en ellos obligaba al lector, por un lado, a esforzarse por entender una palabra nueva atendiendo al contexto y, por otro, a buscarla en el diccionario o una enciclopedia si no la lograba comprender. Eso no solo ampliaba su vocabulario, sino que era un ejercicio mental que desarrollaba su capacidad cognitiva.

Hoy, es raro que el lector de redes sociales, blogs o noticias se tope con un término que no entiende. Y si eso pasa, basta un par de clics y ya tiene el significado. Esto ha producido una generación de lectores acomodados a no aprender a pensar más allá de lo establecido por el mainstream, por lo común y corriente. Pues esto rebasa la gramática o la ortografía, o el léxico utilizado. Estamos ante un límite en las ideas, en el pensamiento fuera de la caja. No solo que no queremos hablar mejor, sino que nos rehusamos a pensar y expandir los límites de nuestro entendimiento.

La comodidad en sí no es mala, pues es la que (junto con la necesidad) ha generado la tecnología y la invención. Si el hombre pudo ponerle ruedas al carromato y tener que hacer menos fuerza para jalarlo, y se le ocurrió domesticar animales que lo hagan por él, eso le permitió usar esa energía en otro tipo de cosas. La comodidad es la base del desarrollo de la humanidad. Pero si la intención del desarrollo infinito es suplantada por la de la inacción infinita, entonces eso que representaba una ampliación de sus órganos ahora es una atrofia de su uso (McLuhan).

Busquemos ampliar nuestros horizontes no solo con viajes físicos sino también intelectuales. No sigamos entonteciéndonos con una utilización simplista del lenguaje, por el contrario esforcémonos por escribir y -sobre todo- leer cosas que nos exijan, que nos obliguen a pensar, imaginar y aprender. Solo así la humanidad recuperará ese efecto Flynn para poder seguir creciendo como sociedad. Y, por qué no, que eso nos impulse hacia un encuentro, a ser más humanos, porque mientras más conocemos, más amamos.

Que la lectura vuelva a ser un ejercicio importante para desarrollar nuestras mentes.

Imagen por VSRao en Pixabay

No puedo superarlo

Un ruido fuerte te tira al piso de forma automática. Oler un perfume en particular te pone a llorar. La sola mirada de cierto plato de comida te produce náusea. Es la respuesta inconsciente a una herida en nuestra historia. Como aquella del tema de Cuco Sánchez, No me toquen ese vals, donde el protagonista dice que todo le recuerda a “ella”, sobre todo, “ese vals”, pues “solo ella lo cantaba / como ella nadie más”. Lo curioso es que comienza contando que se está acostumbrando a su ausencia, para terminar gritando resignado “¡qué voy a acostumbrarme, Dios, qué va!”. Autoengaño puro y duro versus obediencia a la realidad. Traigo esto a colación para hablar de lo difícil que nos resulta superar el trauma, en una dificultad directamente proporcional al daño causado por él. Hace pocos días se cumplieron 20 años de la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, y los sobrevivientes han referido sus secuelas en algo que se suele conocer como trastorno por estrés postraumático (TEPT). Un tema muy amplio, que apenas esbozamos aquí.

La palabra trauma viene del griego τραῦμα (herida), de la misma raíz indoeuropea de donde nos llega trigo, trillar y triturar. Es claro ver que no estamos hablando de un rasguño pequeño, sino de algo muy fuerte, que destroza. De ahí también traumatismo y traumatología. El Diccionario de la Lengua Española lo define como “choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente” y “emoción o impresión negativa, fuerte y duradera”. En lo físico, “lesión duradera producida por un agente mecánico, generalmente externo”. Es útil la imagen de un trauma corporal, como la fractura de un hueso, pues es algo análogo a lo que sucede en nuestra mente: hemos recibido un impacto externo tan fuerte que nos tritura en lo emocional, y si no lo curamos nos afectará para toda la vida. Imaginemos esa fractura que dejamos pasar por no ir al médico, permitimos que nos duela hasta que nos vamos acostumbrando. Aunque exteriormente parece que todo volvió a la normalidad, ya no podemos usar ese miembro como lo hacíamos antes.

El concepto de trauma ha ido modificándose en sicología desde el siglo XIX. En 1889, el neurólogo alemán Herman Oppenheim llama “neurosis traumática” a una explicación física de un problema emocional, pensando en pequeños cambios moleculares en el sistema nervioso. Otro neurólogo, Jean-Martin Charcot, comenzó a señalar que el terror experimentado durante un accidente generaba síntomas de histeria. Luego la escuela de sicoanalistas usó el término trauma de manera profusa, iniciando por Freud. Pierre Janet, filósofo, sicólogo y neurólogo francés, propuso en 1904 que cuando una persona experimenta emociones violentas, no las puede integrar con los esquemas existentes en su mente y genera memorias que lo alertan ante posibles eventos similares. Esto nos lleva al concepto de estrés postraumático, que se detecta sobre todo como una consecuencia sicológica de la guerra.

Sin embargo, el estrés postraumático no se refiere (o no debería) únicamente a eventos notoriamente catastróficos. Depende de qué causa el trauma (la herida), lo cual cambia de persona a persona. Por esto Richard Lazarus, teórico del estrés, consideraba que ningún hecho tenía por qué ser estresante de por sí. Con esto desmentía de algún modo la Escala de Reajuste Social (SRRS) de Holmes y Rahe, que hacía un “ranking” de eventos estresantes, desde una violación menor a la ley (en un básico 11) hasta la muerte de la pareja (con un altísimo 100). El sicólogo Enrique Echeburúa, piensa que la intensidad y la gravedad de un hecho produce una especie de “empacho emocional”, por el cual la mente no lo puede digerir apoyado en sus recursos sicológicos normales. Peter Levine, que ha impulsado una terapia somática para enfrentar los traumas, nos recuerda que “cuando un árbol joven es herido crece alrededor de esa herida”, lo cual es la base para que piense que el trauma se puede curar.

Cuando hemos pasado un evento que nos ha marcado, la mente tiene dos vehículos de reacción: o guarda una memoria traumática, o bloquea el recuerdo de manera parcial o completa (amnesia disociativa). No nos sorprenda que una persona no deje de sentir náusea cuando se le muestra nada más la imagen de una torta de atún cuando una le produjo una infección en algún momento de su vida. Por el contrario, no es extraño que un chico que vivió, por ejemplo, un doloroso divorcio paterno en su infancia haya olvidado por completo los años que rodearon ese hecho. La memoria se transforma en un recurso de protección para nuestro inconsciente, pues evita volver a sentir el mismo dolor, en un caso, o revivirlo con el recuerdo.

Los choques de los aviones en el WTC el 11 de setiembre de 2001 fue un evento traumático para el mundo, en mayor o menor medida.

Leí el testimonio de una persona que sobrevivió a la caída de las Torres Gemelas, habiendo trabajado en ellas. Si hubiese llegado cinco minutos antes, hubiera sido aplastado por la explosión dentro del ascensor; sin embargo, cuando llegó al edificio donde estaba su oficina vio a la gente saliendo despavorida, junto con una nube de humo. Por ello, logró salvarse al escapar del lugar en un tren subterráneo (luego de algunos eventos que lo impulsaron a ello). Es interesante (y muy doloroso para quien lo vive) como su memoria traumática lo prevenía de los viajes en avión o hasta en carro. Cuenta que cuando fue a ver una película que trataba el tema del 11-S, sin pensarlo se lanzó al suelo el momento en que los parlantes reprodujeron la explosión que él escuchó ese día. Lo que más le afecta hoy es la culpa: “¿por qué yo sí y por qué otros no?”.

Esto es lo que Lifton y Olson describieron como el síndrome del superviviente en 1976. Es en realidad una parte del TEPT, pues son pensamientos intrusivos que se meten en la cabeza sin que los busquemos y nos regresan de alguna manera a emociones pasadas. Y nuestra mente tiende a buscar culpables para descargar un poco del peso de esa carga emotiva. El síndrome del superviviente nos hace sentir esa culpa a nosotros porque la responsabilidad de haber seguido adelante cuando tantos otros no lo lograron nos obliga a pensar que no merecemos esta suerte. Es una manera algo retorcida con la cual nuestro inconsciente pretende regresar a aquellos que ya no están. Hacemos una especie de trueque imaginario: yo me voy para que el otro vuelva.

Si bien, como decía al inicio, el TEPT se refiere sobre todo a dramas muy fuertes (desastres naturales, accidentes, muertes repentinas, amenazas a nuestra vida) podemos sentir una suerte de estrés postraumático proporcional a la gravedad o la intensidad del evento (como señala Echeburúa). Si me enfermé comiendo ostras y terminé en el hospital, es posible que sienta una reacción adversa con solo volver a pensar en ostras. Si la separación que sufrí con mi pareja fue sumamente dolorosa y hasta cierto punto inesperada, seguiré soñando en ella por mucho tiempo e incluso sentiré culpa por el daño que yo le infligí (aunque haya sido más bien al revés). La mente guarda programaciones para poder enfrentar los hechos cotidianos, pero si un hecho se sale de esa normalidad, grabará otra manera de reaccionar para no verse nuevamente afectado por algo igual.

Es probable que, de una u otra forma, todos hayamos experimentado heridas en nuestra historia que nos condujeron a una memoria traumática (o a un bloqueo de esos recuerdos). El punto es que nadie puede controlar esa programación hasta que no asume el hecho y aprende a vivir con él sin querer modificarlo. Porque, mientras la máquina del tiempo no exista, el pasado es algo que no es susceptible de cambio. Lo único que tenemos para actuar es el aquí y el ahora. Más allá, solo está la película que se pasa nuestra mente y así nos cuida de repetir ese trauma. Asumir que nuestros vacíos no se van a llenar con nada y que nuestras heridas solo se curan cuando las aceptamos y le vamos pasando el alcohol de nuestros propósitos y nuestros sueños, nos permite romper ese círculo del TEPT. Eso es resiliencia; eso es crecer, como el árbol, alrededor de nuestras heridas.

A través del amor y el propósito, el futuro siempre es más brillante que el ayer.

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Juzgar el acto, no al actor

Ya en otras ocasiones, sobre todo en el artículo acerca de la mala gente, he hablado de la tendencia que tenemos a decir que una persona que hace algo terrible es perversa. También funciona al otro lado de la moneda, quien realiza una obra maravillosa se califica como una buena persona. No nos detenemos a considerar las circunstancias, ni nos ponemos en su lugar para imaginar qué hubiéramos hecho nosotros. Es más, la mayoría pensamos que somos buenos aún a pesar del daño que hemos cometido a lo largo de la vida. ¿Quién puede juzgar quién es bueno y quién es malo? Por otra parte, somos capaces de caer en la tentación de irnos al otro extremo: como no podemos juzgar a los demás, no podemos tampoco decir si su actuación es correcta o no. No juzgar al otro es misericordia, juzgar los actos es justicia, ambas cualidades del Padre bueno que son una muestra de Amor.

Carl Rogers nos señala que el niño no puede separar el acto de la persona, y existen adultos que no han logrado hacerlo tampoco. Este es un ejercicio de pensamiento abstracto que no es sencillo, pues implica entender que detrás de cada hecho no está solo la intención consciente de su protagonista, sino cosas más profundas en su mente y muchas variables externas. Recordemos que Lee Ross trató sobre el concepto del sesgo de correspondencia o error fundamental de atribución, según el cual tendemos a darle poca importancia a la situación y demasiada a la disposición del individuo en cuanto a lo que hace. Por esto, solemos juzgar a la persona porque comete un error mientras nos justificamos por los nuestros. Jesús, en cuanto a esto, nos dio dos máximas que resultan lapidarias, ambas en el contexto del Sermón de la Montaña: “con la medida con que midan se les medirá” y “saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

La palabra juzgar viene del latín iudicare (dictar un veredicto), de manera análoga a la palabra juicio, del latín iudicium (veredicto), derivan de ius (derecho, ley) y dicare (indicar); es decir, indicar lo que es de derecho, justo. Veredicto, a su vez, junta dos palabras latinas, vere y dictum que quieren decir ‘con verdad’ y ‘dicho’, dicho con verdad. Por su parte, el término ‘justo’ (de donde provienen ‘justicia’ y ‘justificar’, que es “hacer justo”) también nos llega de la voz latina ius, que se asocia con la raíz indoeuropea *yeu-dh, recto. O sea que al juzgar estamos buscando llamar la atención sobre lo que es recto. ¿Qué es recto, en términos morales? Lo que conduce al bien. En consecuencia, podríamos decir que una persona es recta, pues encamina sus actuaciones a lo que es bueno, verdadero y bello; sin embargo, es difícil (si no imposible) determinar si esto es realmente así, pues no somos tan conscientes como quisiéramos.

El otro día tuve una conversación en una red social con una querida amiga sobre este tema. Ella, apegándose a los principios cristianos, consideraba que no se podía juzgar los actos, pues el único que puede hacerlos es Dios. En sentido estricto, tiene razón, ya que un juicio, que por definición y etimología debe ser justo, recto, verdadero, solo le corresponde a quien conoce la verdad completa de un hecho. Ningún hombre tiene esa capacidad, en consecuencia solo el ser Omnisciente (el que conoce todo) podría juzgar a la persona a través de sus actos. Pero esto es entrar en complicaciones teológicas o filosóficas. En lo práctico, juzgar los actos sin juzgar al actor nos permite entender cómo reaccionar y corregir lo que haga falta.

Si, con un afán misericordioso en extremo, decidimos no dar nuestro veredicto sobre lo que ha hecho alguien (incluyéndome), puedo caer en el peligro de aceptar todo, de dejar pasar tanto lo bueno como lo malo, lo falso como lo verdadero, sin cernir ni filtrar. Me acuerdo con esto de una hermana carmelita que decía que a nadie se le podría negar la eucaristía, pues Dios que es el amor puro no le quitaría la posibilidad de acercarse a él. Esto es olvidar lo que nos remarca san Pablo en la primera carta a los Corintios: “el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor”. Si no juzgamos nuestros actos, entonces, no podemos saber cuándo somos dignos o no. Y si ese juicio no viene de uno más amplio sobre los actos como tales, en cuanto correctos o no, no podemos entender qué está bien y qué está mal.

Por contra, una visión demasiado judicial puede pasar por alto las circunstancias en las que se dieron los hechos. Esto es considerar al hombre como una máquina que siempre debería actuar según la programación y si no, hay que desecharla. Se divide al mundo entre los nuestros (los justos, los buenos) y los enemigos (los perversos). Es el otro extremo de la visión de Dios: como Él nos juzgará en el último día, yo ya adelanto ese juicio para condenar al pecador y así sentirme justificado porque no soy como él. Dejo de mirar a la persona y me enfoco en el mal. También existen los escrupulosos que se incluyen en el grupo de los juzgados, los indignos, que por sus flaquezas no alcanzarán nunca la misericordia divina. Esto, por su parte, es ignorar que el ser humano es débil por naturaleza y lo que juzgará el Padre es el amor con el que actuamos, abandonándonos a su amor.

En definitiva, quien no juzga a la persona tratando de participar de la misericordia con la que el Creador nos ve es capaz de entender al otro como se entiende a sí mismo, como imagen de Dios herida por el pecado. Sin embargo, no podemos dejar de juzgar el bien o el mal en nuestros actos, precisamente para buscar esa perfección a la que nos llama nuestra sed de infinito, nuestra ansia de encontrar al Padre, nuestra búsqueda de la felicidad última. Lo que hace daño a alguien, a mí o a otro, está mal. Que ese mal puede ser cometido por múltiples causas no siempre bajo nuestro control hace que nos acerquemos a la persona para ayudarlo a corregir, a perseguir lo correcto, a enderezar su camino. Comenzando por mí, siempre por mí.

Amar es juzgar el acto para buscar el bien, nunca al actor pues es humano.

Foto por EKATERINA BOLOVTSOVA en Pexels.com

El peligro del estereotipo

En artículos anteriores, sobre todo hablando del odio al diferente, traté el tema del estereotipo. Lo hice más en cuanto al daño que puede producir en lo social si no conseguimos salir de él. Es decir, como el estereotipo que se me atribuye llega a hacerme sentir separado o incluso que se me quiten derechos. Aquí más bien busco ver el otro lado: entender el mundo solo a través de los estereotipos me pone en riesgo de equivocarme al momento de interactuar con las personas. Es posible que no vea al otro como individuo, sino que parta del grupo en el cual lo categorizo para confiar o no en él. Y eso puede resultar ciertamente peligroso para mí.

El término estereotipo proviene del adjetivo francés stéréotype y deriva de las palabras griegas στερεός (estéreos), ‘firme, sólido’ y τύπος (typos), impresión. Fue utilizado por primera vez en 1798, en el negocio de la impresión, por Firmin Didot, para describir una plancha que duplicaba cualquier tipografía. La plancha de impresión duplicada, o el estereotipo, se utilizaba en lugar del original. Fuera de la imprenta, la primera referencia al estereotipo fue en 1850, como un sustantivo que significaba imagen perpetuada sin cambios. Sin embargo, no fue hasta 1922 que el periodista estadounidense Walter Lippmann utilizó por primera vez la palabra ‘estereotipo’ en el sentido sicológico moderno en su obra Opinión pública. Como vemos, el sentido original nos conduce a ver el estereotipo como una imagen fija en nuestra mente a través de la cual buscamos entender el mundo.

Como decía Gordon Allport, los estereotipos nos sirven para meter la realidad en categorías y así poder comprender quiénes somos y de quiénes nos debemos cuidar, entendiendo qué caracteriza al grupo al cual pertenecemos y qué a los demás, señalan Dorwin Cartwright y Ronald Lippitt. Así como estereotipar nos mantiene en una actitud defensiva, según Carl Rogers, también puede hacernos bajar la guardia cuando entendemos al otro como un semejante.

Una vez, una cliente me habló de que cierta noche estaba sola y decidió entrar a un bar para oír música en vivo. En un principio lo hizo con cautela, pero al ver que era un “bar gay” se sintió confiada y se sentó en la barra, pidió una cerveza y se relajó. Lo siguiente que se acuerda es verse con la ropa ensangrentada, caminando sola por las calles. No quiero darles más detalles, que son muy duros y dolorosos, pero es claro que la drogaron para abusar de ella y robarle. Lo cuento pues pienso que este caso de la vida real refleja de cuerpo entero lo peligroso de manejarse por estereotipos. “Los homosexuales son tan dulces… ¿qué mal pueden hacerme?”. Primero, no sabía si todos los que estaban en ese bar eran homosexuales, incluido el barman; y, luego, su experiencia con homosexuales no tenía por qué generalizarse al resto. Estereotipos.

El primer peligro de acudir al molde, a la etiqueta, para juzgar al otro es equivocarme y -como en la historia de arriba- confiar sin conocer. Sentirse seguro con un individuo o un colectivo porque cuento con un esquema mental que me hace pensar que no tengo razones para temer. En otras palabras, o es de los míos o es de un grupo cercano y por ello no va a hacerme daño. Es como estar en una situación conocida: me siento seguro y las reacciones de alerta se apagan para poder seguir sin estrés. Como el animal que entra al bosque en el cual creció. Sin embargo, en ese bosque puede haber un factor diferente que represente una amenaza que no sea capaz de enfrentar. El aprendizaje previo (el estereotipo) no funciona si hay un elemento nuevo.

El segundo peligro es el contrario: me equivoco porque desconfío sin conocer. Me puedo sentir inseguro con una persona o una situación por haber vivido algo similar antes y pensar que se va a repetir a la fuerza. Suele ocurrir que estamos cómodos en ambientes que consideramos nuestros, con gente conocida o -como vimos antes- que juzgamos como iguales. Por el contrario, se prenden las alarmas si el ambiente no es familiar, y tendemos a huir. La ansiedad negativa en general es una respuesta al miedo a lo desconocido. Si la persona o el entorno no calza en ningún estereotipo, o -peor aún- le puedo poner la etiqueta de “enemigo”, es lógico que no quiera arriesgarme. Y es posible que me esté perdiendo de oportunidades muy importantes: conocer personas con las cuales podamos construir relaciones saludables y fructíferas, que lleven a formar una familia o tener oportunidades de trabajo… Quién sabe. Perdernos de conocer a otro porque le tenemos un miedo ciego nos termina aislando en zonas de confort tóxicas.

El estereotipo nos ayuda a entender el mundo y le ahorra trabajo a la mente el momento de discriminar entre lo que es potencialmente útil y lo que puede ser dañino. Lo malo es encerrarnos en esos carteles o membretes y, a la final, ponernos en riesgos innecesarios. Para vivir una vida plena debemos estar abiertos al encuentro, a conocer lugares y gente, a profundizar más allá de las apariencias. Por eso se dice que no hay que juzgar el libro por la pasta. Como esa Biblia con la cubierta destrozada que tenemos en casa: leerla es dejar entrar al Espíritu Santo, aunque resulte incómodo y hasta desagradable ese exterior destruido. El otro puede ser de los míos o no, pero no debo dejar que la primera imagen me quite la posibilidad de entablar una relación con él. Tal vez se vea como alguien con quien no quiera estar, pero ser una persona que defina mi futuro. La decisión de ir más allá del estereotipo es mía.

Abrirse al encuentro con el otro es permitir que el futuro oxigene mis días.

Foto por cottonbro en Pexels.com

Rapsodia Bohemia

Un buen día de mi adolescencia comencé una etapa de audiciones de lo que hoy se suele llamar “rock clásico”. Luego de haber podido demostrarle mi responsabilidad (de alguna forma) a mi tío Leo, comenzó a prestarme discos de su preciada colección. Yo se los pedía por tandas: primero los Beatles, luego John Lennon… hasta que llegó el momento de Queen. Existen canciones contadas con los dedos que han dejado una huella en mí en el sentido de grabar un episodio de manera casi fotográfica (ya les explico). Una fue Bohemian Rhapsody. Por eso ahora la uso como apoyo para hablar un poco de la memoria, de la autoimagen y de la creatividad. No, no hay análisis musicales o líricos, que de esos sobran.

La memoria episódica es un fenómeno mental por el cual recordamos momentos de nuestra vida, relacionando aprendizajes con su contexto. Es distinta a la memoria semántica pues esta guarda los conocimientos sin conectarlos con las circunstancias en que se adquirieron. En ocasiones se relaciona la memoria episódica con la fotográfica (o eidética), que es la capacidad de recordar de manera muy clara, como en una foto o un video. Hay acontecimientos que, debido al impacto que nos causaron, quedan grabados de una forma muy vívida en nuestra mente. La muerte de un ser querido, un accidente de tránsito, cuando conocimos a alguien que nos impresionó… o la primera vez que nuestros sentidos captaron algo muy impactante. Como una canción. Cuando la oyes o tan solo piensas en ella (la oyes en tu interior), un flashback pasa frente a ti.

Decía que eso me ocurre con pocas canciones. Resulta curioso que dos de ellas son de Queen: la que nos ocupa y Another one bites the dust. Son temas que por algo me golpearon y me llegaron tanto que no puedo olvidar el momento exacto en que eso pasó. De toda la música que oí por primera vez en esas audiciones juveniles de los discos de mi tío, que siempre fueron emocionantes e iluminadoras, solo esta resalta en mi memoria. Y oí muy buena música en esos LP. Música que hasta hoy está entre mi preferida, y por la que le agradezco al tío Leo por siempre. Pero esta… esta me cambió la vida. Nunca oí algo igual antes y no creo haber oído nada mínimamente cercano después. ¿Por qué, qué tiene de especial?

Existe mucho rock progresivo que posee aspiraciones artísticas similares o incluso superiores a las de este tema. En términos compositivos, poéticos, de producción o de calidad técnica, hay muchísimas obras mejores que esta creación de Freddie Mercury. Lo que hace, desde mi opinión de músico y sicólogo, que esta sea la cima de la música popular es que no es pretenciosa, sino que fue una declaración de principios y una llamada de auxilio al mismo tiempo. Algo como Help! o Strawberry fields de John Lennon. Todo eso, haciéndole un guiño irónico a la música académica. Esta mezcla hace de Bohemian Rhapsody una joya irrepetible. Es que fue una obra que estuvo en la cabeza de Mercury incluso antes del nacimiento de Queen como grupo. Como la sinfonía “coral” de Beethoven, hasta el momento de que se presente al público la fue construyendo por años con meticulosidad, cariño y cuidado. Era una terapia.

Farrokh Bulsara sufrió la exclusión desde muy pequeño. De la etnia parsi de la India, nacido en el Sultanato de Zanzíbar, un protectorado británico, este chico tímido se refugió en la música como en un escudo ante las burlas por su origen y sus cuatro dientes incisivos extras. Eso sin contar con las dudas sobre su orientación sexual que ya comenzaban a manifestarse. Así, mientras crecía en la India escuchaba y tocaba música pop occidental y se hacía llamar Freddie. Alrededor de los 18 años emigró con su familia, huyendo de la lucha étnica, y se instaló en Londres. Sus habilidades musicales le habían dado un lugar en este nuevo entorno en el cual, después de todo, se sentía más a gusto, al contrario que su estricto padre. Desde su hogar hasta la escuela, nunca sintió encajar en ningún lado más que en el escenario, lo cual lo volvió inseguro, incluso hasta la depresión (“a veces desearía no haber nacido nunca”). Por eso construyó un personaje más allá de su persona, y él era quien salía a ejecutar sus composiciones.

La creatividad resultó para Mercury la llave hacia el reconocimiento. Recicló sus emociones de temor y dolor para volverlas música que sigue siendo la banda sonora de muchas vidas. Y la Rapsodia fue la mejor muestra de esto: extravagante, complicada, emocional, una mixtura casi perfecta de todo lo que se puede buscar en una obra de arte. Y debajo de eso, el grito desesperado de quien quisiera asesinar al mundo por el sufrimiento que le causó. La parte central, esa parafernalia sónica de alcances inesperados, con sus Galileos y Mamma mias, es más bien un distractor humorístico del verdadero sentimiento de desesperación. Esa canción del vaquero (como primero la llamó) o del bohemio que mata a alguien y va a confesarse con su madre para que se prepare al final inevitable, en realidad muestra a un ser vulnerable queriendo dejar el disfraz y ser él mismo, “de todos modos el viento sopla”, la vida sigue.

Bohemian Rhapsody no es únicamente una canción que ha llegado a ser número uno en las listas en varias oportunidades, es una piedra miliar de la música popular. Para mí, el secreto es que Freddie Mercury hizo de ella una parte de su vida, una oportunidad para traducir sus más oscuros momentos en arte. Por eso me impactó en la primera escucha, por eso ha quedado grabada en la memoria colectiva de unas cuantas generaciones. Porque fue hecha con amor, con un amor propio débil, pero con un amor que busca despegar sin saber a dónde. Es así que quien la oye una vez, no puede olvidarla.

Más que una canción, la Rapsodia Bohemia es una declaración de principios, de amor, de miedo, de dolor.

Buscando trabajo

El trabajo no solo es una necesidad por la retribución monetaria que recibimos gracias a él, sino que a través de nuestra ocupación damos respuesta a una vocación que forma parte de un sentido de vida. Es por esto que es muy importante ordenar las emociones y pensamientos que tenemos respecto al trabajo, la ocupación, la profesión, la vocación, la misión, el propósito y el sentido. Como vemos, en esta progresión vamos entendiendo el valor que tiene aquello en lo que gastamos a diario nuestro tiempo, y por qué nos frustra si dichos conceptos no se acaban conectando.

El trabajo es todo aquello que implica un esfuerzo para alcanzar un objetivo. En términos económicos, nos permite obtener los medios para adquirir lo que requerimos. Atendiendo a la pirámide de Maslow, gracias al trabajo el individuo independiente puede llenar sus necesidades básicas de alimentación, vestido y vivienda, así como las de seguridad (salud, protección, etc.). Sin embargo, también consigue propiciar el camino hacia el logro de necesidades más altas. Por ejemplo, si una persona no tiene qué comer, es difícil que pueda ocuparse de mantener relaciones interpersonales saludables y nutritivas. Peor aún buscar su autoactualización (formación, proyectos, sueños). Es por esto que en un mundo material (ya lo hablé cuando traté de la pobreza como estado mental) necesitamos ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, a decir del Génesis. Por esto, si no tenemos trabajo nos sentimos inseguros de poder cubrir necesidades.

Por su parte, una ocupación puede ser remunerada o no. Soy capaz de ocupar mi tiempo en investigar un tema por el mero gusto de aprender, y no ganar un centavo por ello. Por otra parte, puedo ocupar un puesto en una institución haciendo muy poco o nada y ganar un sueldo (el “piponazgo”, que le llaman). Lo ideal es que la ocupación sea un trabajo que me permita obtener réditos económicos para poder construir una vida digna para mí y quienes dependan de mí y que fomente mi crecimiento. Es un oficio si es habitual. Solo entonces el tiempo ocupado en una labor cobra importancia en mi vida. Al no tener una ocupación, nuestra existencia se siente vacía y perdemos motivación.

Para llegar a esto he de seguir una profesión, es decir, un oficio que uno ejerce y por el cual recibe una retribución. Es, además, algo para lo que me he preparado y he dedicado el tiempo en perfeccionar y así justificar dicha retribución. Por poner un ejemplo, puedo decir que soy músico porque me aprendí un par de canciones al oído, porque he dedicado muchos años de ensayo y entrenamiento a la música o porque hice una carrera en un conservatorio. El momento en el que alguien me va a pagar por ese trabajo, es evidente que va a preferir a quien esté mejor calificado, y dicha calificación es lo que conocemos como profesionalismo. Lo que se espera, entonces, es que aquella ocupación en la que trabajo sea una profesión a la que he dedicado tiempo en mejorar mis habilidades. Cuando no puedo ocuparme en la profesión en la que me he preparado o esa preparación no es aprovechada y reconocida me siento poco valorado.

Más allá de lo anterior, que es lo básico en el tema, tenemos la vocación. Existen algunas vocaciones, y una de ellas es la profesional. Esta nace de una convicción interior, un llamado a ejercer tal o cual profesión, a ocuparse en cierto trabajo. Puede percibirse como una inclinación hacia un oficio determinado, pero en el fondo es bastante más. Es la respuesta a quién soy. A mis habilidades, mis gustos, aquello que amo hacer y que me apasiona perfeccionar. Es por esto que no siempre la profesión responde a una vocación. Una odontóloga ama los animales, pero piensa que va a ser más difícil sobrevivir como veterinaria. Un músico frustrado que estudia leyes por contentar a su papá abogado. El mundo está lleno de casos así. Y si la profesión y la ocupación no sintonizan con la vocación, no existe aquel fuego interno que motiva a permanecer. Se resquebraja la estabilidad en cualquier trabajo pues no se lo hace con amor.

Incluso más profunda es la misión. Eso por lo cual siento que soy único, que tengo un lugar en los distintos grupos en los que me desenvuelvo. Esta misión es más amplia que la vocación profesional, porque no tiene que ver únicamente con qué hago en la vida, sino para qué lo hago; y no solo en el campo laboral, sino en la familia, los amigos, el barrio, etc. Por esto, la misión la vamos entendiendo conforme caminamos y tiene que ver, por supuesto, con las vocaciones. Estoy llamado a ser arquitecto pero… ¿para qué estoy llamado a serlo? ¿Qué papel cumplo en la familia, en la patria, en la sociedad como arquitecto? Entonces también debo considerarme no solo como un individuo, sino como parte de un colectivo que me permite ocuparme en la profesión a la que soy llamado, y le retribuyo con mi trabajo que busca ser óptimo y dar frutos. Cuando no hemos hallado la misión de nuestra vida, es difícil que encontremos un trabajo que nos satisfaga.

Detrás de todo esto está el propósito. Cuando hablamos de ikigai, lo tomábamos en cuenta: es aquello para lo cual hacemos cada cosa como parte de un gran paquete que engloba nuestra misión, pero que la excede. Es a la vez lo más básico y lo más importante en cuanto a la motivación en todo lo que realizamos. Mi misión puede ser la de ejercer la psicología con excelencia y centrándome en el cliente para así dar un aporte cívico y social a mi entorno. Mi propósito, mientras tanto, es ayudar a la gente con esa misión. Entonces, podría no hacerlo solo como psicólogo, sino como músico, laico comprometido o padre de familia. Incluso si en algún punto de mi vida debo dejar de trabajar en psicología, seguiría teniendo el mismo propósito, aunque habría que ajustar la misión. Es por esto que podemos confundirnos y pensar que si no encuentro trabajo en un área determinada, mi misión y mi propósito dejan de tener valor. Por consiguiente, nos frustramos y generamos vacíos.

El sentido es ese fin último hacia el cual nos dirigimos, y vimos su importancia también al hablar de ikigai. Es el más difuso, pues es aquel que vamos a la vez descubriendo y construyendo a lo largo de los años. No es de sorprender, entonces, que si queremos ajustar al sentido de vida la carrera que estudiamos apenas salimos del colegio a los 18 años, nos topemos con indecisión e impotencia. Es más, debido a lo nublado que se ve dicho sentido en la juventud, es casi seguro que no lo tomemos en cuenta para elegir una profesión y, cuando miramos atrás luego de las décadas, sintamos que erramos en la decisión. Es ahí cuando cualquier búsqueda de trabajo trae enorme desazón y vacío existencial.

Nuestra ruta a la felicidad está construida por varios bloques, y uno muy importante es nuestro trabajo. Sin embargo, como podemos ver, para que un trabajo nos llene de satisfacción no tiene que tener compañeros, jefes y ambiente laboral perfectos (lo cual es imposible): debe ajustarse a una vocación-misión y a un propósito que se enmarca en un sentido de vida. Esta suma es lo que los japoneses llaman ikigai. En consecuencia, cuando vemos claro esos niveles más profundos, el hecho de tener una ocupación desagradable o no tenerla nos afecta y nos entristece, pero no nos tira abajo. Seguimos luchando por sentirnos mejor en el espacio que ocupamos, entendiendo hasta dónde llega nuestro esfuerzo y dónde comienza lo que no podemos controlar. Encontrar ese ikigai hace que elijamos bien las ocupaciones e incluso que nos adaptemos de una mejor forma a las que ya tenemos. Si forma parte de nuestro sentido vital, aporta a nuestra felicidad.

Buscar trabajo, en consecuencia, no tiene por qué ser una tortura desesperanzada sino una espera paciente y alegre.

Foto de Andrea Piacquadio en Pexels

Lisiado por dentro (pt.2)

Con este artículo concluyo la idea del anterior acerca de usar como pretexto la canción de John Lennon, Crippled Inside, para buscar ingresar en el interior del artista y entender a las personas que parecen ser a un tiempo héroes y villanos, mayormente en sus relaciones. A esta he añadido la letra de Jealous Guy y otras del mismo Lennon que echan luz sobre el tema. Desde afuera, el narcisista puede verse como un individuo admirable y adorable, aunque por dentro esté impedido de demostrar el amor que siente. O que quisiera sentir porque lo hace de forma desordenada. Habíamos visto que aunque sus acciones puedan ser malas, el nivel de conciencia limitada por las heridas y los vacíos en su vida no permite calificarlos como malas personas. Queda una pregunta: ¿hay esperanza de que cambien? Veamos.

Recordemos que Henry W. Sullivan, diagnosticaba como perverso a John Lennon, alguien a quien Lacan señalaba que busca llenar el vacío del Otro con el goce. De ahí, a través de Paul-Claude Racamier y su perverso narcisista, llegamos al trastorno narcisista de la personalidad, según el cual el individuo se percibe superior, privilegiado, merecedor de un mundo ideal y sin comprender lo que el otro siente. Suele tener un estilo de apego inseguro (según la teoría de Bowlby) que conduce a hacer un esfuerzo exagerado por mantener el vínculo, pero sin dejar de verlo como un medio para alcanzar fines egoístas, a decir de Fromm. De todas formas, así como el trastorno surge de estas falencias afectivas, también se puede curar con amor, ayudado de terapia que le permita asumir la realidad.

Recuerdo que en alguna conversación con unos amigos, decían que un narcisista no se puede curar. Y, en sentido estricto, tienen razón. En realidad, muy pocos trastornos mentales desaparecen para siempre. Sin embargo, en un sentido más amplio, como en todo, se trata de estar conscientes de la dolencia y así poder vivir con ella y que no nos afecte ni a nosotros ni al entorno. Se suele decir también que es muy difícil que un narcisista pueda sanarse pues no cree tener un problema, peor aún piensa que necesita ayuda y por tanto no hace nada por mejorar. De todas formas, existen personas que de alguna manera impulsan al narcisista a que acuda a un profesional. Y este puede hacerlo simplemente para tener un aliado, alguien que le dé la razón y le haga ver al mundo que ellos son los equivocados. En el proceso, puede terminar tomando consciencia de todo y cambiando de camino. En realidad, es como una persona que necesita una silla de ruedas para caminar, no esperamos que se levante y camine al médico, pero podemos llevarlo y que él vaya encontrando la salud si colabora con el tratamiento. Recordemos: es un lisiado por dentro.

De alguna manera, Lennon fue entendiendo el origen de sus malos comportamientos y los fue suavizando poco a poco. Algo habrán logrado los psicólogos y psiquiatras que lo trataron, pero sobre todo creo que se debió a una claridad mental y emocional cada vez mayor gracias al paso de los años, las circunstancias vividas y las distintas personas que le fueron mostrando de alguna manera la realidad. En el inicio de su vida sentimental, John había evidenciado un apego evitativo con Cynthia Powell: no quería mostrar el lazo que tenía con ella, pero le desesperaba pensar que no podía estar a su lado. Cuando ya la tuvo, la trató siempre con desprecio y agresividad, aun diciendo que la amaba más que a nadie. Cynthia contó cómo el LSD lo convirtió, de un monstruo violento, en un ser para quien todo era paz y amor. Sin embargo, un ser distante y ausente. Alguien con el cual no podía construir una relación. Un ser incapaz de amar pues, como demuestra en How?, del mismo LP Imagine: “¿Cómo puedo dar amor, cuando el amor es algo que nunca tuve?”.

El LSD, lejos de curarlo, lo volvió más egoísta y ensimismado, pero ya comenzaba a alcanzar una conciencia de sus emociones más profunda. En esto debo poner en un primer plano a Yoko Ono, su célebre esposa en los últimos años. Como artista, me parece una niña rebelde tratando de llamar la atención, pero como persona la considero muy inteligente y con los pies en la tierra. Y eso le dio a John, quien en su última época fue brindándole importancia a sus relaciones y a la vida misma más que a su propia imagen de ídolo de masas y activista por la paz. Un hecho que se muestra en su último disco, y sobre todo en Watching the wheels. Un retrato de cuerpo entero del narcisista redimido por la fuerza del amor. Del verdadero amor, y no solo palabras que laven su conciencia de chico inseguro y violento, como él mismo dijo: “no pude expresarme y golpeé. Luché contra los hombres y golpeé a las mujeres. Por eso siempre hablo de la paz”.

La solución si estamos en una relación con un narcisista no es cortar y hacer como si esta no hubiera existido. La solución es ayudarlo a encontrar la seguridad en él mismo, la capacidad de amar y ser amado, la empatía. No siempre es posible, y muchas veces no hay camino más sano que poner distancia para evitar dañar o ser dañados. Pero esa distancia no tiene por qué ser definitiva, pues lo que ocasiona es que el narcisista se sienta aún más golpeado en su amor propio, y por tanto más impulsado a traducir su vacío afectivo en violencia y desprecio. Amar al necesitado implica no tanto no alejarnos de él, sino darle muestras de amor que lo puedan motivar a buscar una salida. Como hizo Yoko con Lennon. ¿Era malo John? No, era un animal herido mostrando sus garras ante un mundo hostil. ¿Tuvo la culpa de todo el daño que causó? No dejamos de ser libres de elegir hacer el bien o el mal, pero esa libertad está condicionada por nuestra historia. ¿Logró sanarse? Pienso que por lo que se puede ver en el álbum Double Fantasy, así como lo relatado por sus hijos, sus allegados, Yoko y sobre todo él mismo, los últimos meses de vida mostraron que estaba en ese camino. El narcisista no es un caso perdido, es alguien que no ha logrado encontrarse consigo mismo ni con el otro.

Si sabemos propiciar encuentros, los narcisistas dejarán de serlo.

Foto por Andy Warhol, Omega/BNPS

Lisiado por dentro (pt.1)

En este artículo y el siguiente voy a usar como pretexto la canción de John Lennon que lleva por título las palabras que encabezan este texto, en inglés Crippled Inside. Su letra reflexiona sobre que puedes mostrarte como quieras, pero no puedes esconder que estás lisiado por dentro. Si bien se le ha dado múltiples interpretaciones, yo siempre sentí que en su letra hablaba de sí mismo. Y si tomamos en cuenta que en el disco Imagine se continúa con Jealous Guy, esto parece tener sustento. Algo que se comprueba en el libro Imagine – John – Yoko, lanzado hace unos años, pero que contiene material recogido durante la grabación de dicho LP. Por todo esto, la canción (las dos canciones) son un apoyo para hablar del artista que las creó, y de ahí partir a tratar de comprender ese tipo de gente que parece disfrutar haciendo daño a los demás, sobre todo a sus parejas. Y, como parte de lo que he venido publicando anteriormente, de cómo se aconseja dejar a esas personas de lado porque no tenemos por qué aceptar el sufrimiento. Ideas fuertes. ¿Son malas estas personas? ¿Por qué son así? ¿Hay esperanza de que cambien? Es un tema complejo, que da para incluso más que estos dos artículos. Veamos.

Henry W. Sullivan, en su Los Beatles y Lacan, diagnostica a John Lennon como perverso. Jacques Lacan saca al concepto de la perversión del ámbito sexual en el cual había sido concebida en el siglo XIX y usada por Freud. Para Lacan, el perverso busca llenar el vacío del Otro (la ausencia afectiva de la madre, por ejemplo) con el goce, y es irrelevante el medio para obtenerlo. Paul-Claude Racamier, otro psiquiatra y psicoanalista francés, tipifica al perverso narcisista con una serie de síntomas que surgen de lo anterior. Hoy este concepto se ha visto sustituido por el de trastorno narcisista de la personalidad, que ya he topado antes (sobre todo tratando el Instagram). El narcisista presenta un sentimiento de grandiosidad que lo lleva a una necesidad de admiración y falta de empatía; es decir, de sentir con el otro. Tiende a ver a los demás como objetos pues, según Fromm, no entienden el amor como una actitud sino como la relación con una persona específica. Esto les impide entender al amor como don y lo valoran por lo que obtienen de una pareja.

Según relata Cynthia Lennon, su primera esposa, ella vivió con John un verdadero infierno prácticamente desde el día uno. Siendo apenas compañeros en el instituto de arte, Lennon (un bully en toda ley) siempre se reía de ella por ser una “niña buena” de clase más acomodada que él e incluso más dotada artísticamente. El mismo día en el que la invitó a salir por primera vez, ante la respuesta de que ella tenía novio, él le espetó un mordaz: “no te pedí que te casaras conmigo, ¿verdad?”. Cynthia asistió, siendo sistemáticamente ignorada por John toda la noche. Una vez, ya como novios y al verla bailando con su amigo Stuart Sutcliffe, la abofeteó, haciendo que su cabeza golpee con la pared. Cynthia rompió durante algunos meses, pero regresó ante los ruegos de Lennon. Este patrón entre agresión y súplica de perdón se mantuvo a lo largo de su relación. Algo similar fue su actuación con Julian, hijo de ambos y razón por la cual se casaron, por iniciativa del mismo John: un padre invisible, despreocupado y nada afectivo. Repitiendo lo que él vivió en su infancia.

John Lennon (aunque no lo parecía) era muy inseguro, debido al entorno en el que creció. En lo global, una sociedad que estaba pasando el horror de una guerra mundial, con todas las escaseces que conlleva; Liverpool, una ciudad pequeña, pero a la vez muy relajada por el hecho de ser un puerto donde los marineros embarcan y desembarcan con culturas diversas. Una familia con antecedentes psiquiátricos, un padre ausente y una madre que no pudo manejar esta situación. Una tía cariñosa y que se echó sobre los hombros la responsabilidad de ponerle límites para que sea un hombre de bien. Aunque tuvo medios hermanos, fue criado como hijo único. Él mismo así lo expresa: “solía pensar que el mundo me lo estaba haciendo y que el mundo me debía algo”. Y por eso su inseguridad (“me sentía inseguro / puede que ya no me ames” en Jealous guy) y verse como un minusválido, un lisiado por dentro.

Si una persona crece en un ambiente que no lo nutre sino que lo excluye y le considera inadecuado, el inconsciente comienza a hablarle como a un incapaz. “Era aterrador cuando era niño, porque no había nadie con quien relacionarse”, llegó a decir. Pues un pequeño en esas circunstancias se percibe único en un sentido no saludable, como un tornillo en el medio de clavos. Considera que nadie lo entiende, que no hay con quién compartir lo que siente. Se piensa parte de un grupo selecto de genios incomprendidos que sufren aislamiento y soledad. El capullo de un narcisista. Es cuando el mecanismo para relacionarse con los demás es la sospecha y la actitud defensiva. “Todo el mundo tiene miedo de decir algo agradable sobre alguien en caso de que no responda algo agradable o en caso de que le lastime”, declaraba John Lennon. Ese “todo el mundo” no es en realidad tan globalizante, y quizás se refería a la gente que había conocido o a cómo él las veía. Porque hay maneras saludables de encontrarse con el prójimo que no son así.

El arte de John era un llamado de auxilio. Como aquel de Help!. Él mismo lo relata: “estaba pidiendo ayuda a gritos de tal forma que no me di cuenta en ese momento. […] Era mi periodo del ‘Elvis Gordo'”. A manera del ídolo del rocanrol, había venido construyendo una imagen de Lennon, olvidando a John, como acotaría años después. En dicho tema se revela su inseguridad, confrontada con esa postura rebelde y autosuficiente de su adolescencia, la cual era un mecanismo de defensa ante la falta de una autoestima sana. Es curioso que si se hubiera mantenido el ritmo lento en el que fue concebida la música, dicho sentimiento se habría vuelto más visible. El hecho es que todas estas letras revelan a un ser disminuido dentro de una cáscara de héroe del pop y peleonero contestatario. El narcisista tiene esta aparente incoherencia, y lo que vemos es la punta del iceberg: violencia y arrogancia, ego inflado y falta de empatía.

La música popular le debe a Lennon una buena parcela de innovación, creatividad y emoción desbordada. Algo que quizá no podríamos haber obtenido si él no hubiera padecido un trastorno narcisista. Evidentemente, las personas que lo rodearon y no supieron manejar esa debilidad sufrieron mucho y resultaron muy dañadas. No obstante, él mismo fue concienciando sus heridas, sus vacíos y las reacciones equivocadas a las que condujeron. Y fue creciendo y sanando. Pero eso es el tema del siguiente post. No se lo pierdan.

Porque detrás de un héroe puede haber una gran lucha interna con sus propios monstruos.

Foto por Andy Warhol, Omega/BNPS