Lugares y gente

Detrás de todas las experiencias de la vida, están estos dos elementos. Un hogar, por ejemplo es a la vez un espacio físico y un grupo humano. Trabajamos en un local y lo hacemos con otras personas. Cuando salimos de vacaciones, el ideal es conocer sitios diferentes y las costumbres de sus habitantes. Pero, ¿qué ocurre en esta época que se ha dado en llamar “nueva normalidad”? ¿Podemos decir que nuestra vida se centra aún en lugares y gente?

El concepto de nueva normalidad nace en la literatura de ciencia ficción, concretamente en La Luna es una cruel amante de Robert A. Heinlein (1966). Luego se comenzó a usar para referirse al proceso paulatino de acostumbrarse a las secuelas de un golpe sanitario (como la gripe aviar de 2005) o financiero (como la crisis de 2008). Doctores del Centro Médico de la Universidad de Kansas (KU Med) comenzaron a hablar de esto en mayo de este año, aludiendo a la nueva forma de relacionarnos que tendríamos luego de salir del aislamiento total y, más aún, después de la distribución de las propuestas vacunas contra la CoViD-19. Si a esto le sumamos el efecto del llamado síndrome de la cabaña, el caso es que ya no podemos ver los lugares y la gente del mismo modo que antes.

Yo no quisiera ver al período que vivimos como una nueva normalidad, pues nos obliga a distanciarnos de los otros y dejar de frecuentar ciertos sitios. Yo digo que este es un período especial, y ya lo hablé en artículos previos. Es especial, porque no solo pocas generaciones viven algo similar, sino que lo hacen una única vez en la vida. Claro, atendiendo a la historia, porque las pandemias no son predecibles. En consecuencia, no pienso que podamos considerar que esta época (dure unos meses o varios años) sea algo normal. Entiendo que se refiere a regresar a las labores cotidianas con las debidas precauciones, para no paralizar totalmente el mundo, pero creo que pensar que algo así es normal no nos va a hacer bien.

El síndrome de la cabaña condiciona a las personas que han estado mucho tiempo confinadas el momento de volver a salir. Es lo que viven los que pasan largos períodos en un submarino o una estación espacial, o quienes han sufrido secuestros o han debido ocultarse de algún peligro en un área reducida. Relacionado con la agorafobia (el miedo a espacios abiertos), este síndrome hace que un individuo, aunque ya pueda circular libremente, no lo haga y decida seguir quedándose en casa. Yo había tratado, en la publicación acerca de si es posible el distanciamiento social, del fenómeno contrario: la necesidad psicológica de salir y juntarse con otros a pesar de los riesgos.

Sean las condiciones que sean, el caso es que esta “nueva normalidad” nos ha llevado a relacionarlos de una manera distinta con nuestro entorno. Salir de nuestra cabaña, en muchos casos, ha implicado vencer un miedo al contacto con otras personas que nos puedan contagiar del famoso virus. En otros casos, significa lo contrario: pretender que no pasa nada y reunirnos en los lugares de siempre con la gente de costumbre, sin mayores precauciones pues son nuestros más cercanos, a quienes les tenemos total confianza. Es que sentimos en un plano inconsciente que el virus solo nos puede venir de gente que no conocemos y que por eso nos hace daño. De cualquier manera, el entorno ya no es nuestro medio normal, el cual habitamos con tranquilidad, sino que lo vemos con sospecha de una u otra forma.

Con miedo o temeridad, evitando salir o saliendo con cualquier pretexto, en esta etapa no podemos relacionarnos con lugares y gente como lo hacíamos antes. Es probable que no lo hagamos por mucho tiempo. Y, además, por varias razones y de múltiples maneras, no volveremos realmente a ser los mismos. Aunque seamos capaces de volver a saludarnos cara a cara, darnos un abrazo, una caricia y un beso, aunque nos sea posible regresar a los sitios que frecuentábamos para vernos con las personas que amamos, tal vez no volvamos a encontrarnos como antes. Desde el hecho de haber pasado tanto tiempo conectándonos a través de una pantalla, de haber postergado los contactos y mantenido el distanciamiento, cuesta pensar en una humanidad que actúe como si nada hubiera pasado.

Pienso que debemos percibir esta temporada como una estación de transbordo hacia una nueva época. Una época en la que será obligatorio vernos como una humanidad fortalecida, y en la cual cada uno demuestre cuánto ha crecido con las lecciones que le ha enseñado la pandemia. Una época en la que vuelva a ser normal el contacto directo con lugares y gente. Cuando el miedo deje de estar tan presente. Cuando el ser humano pueda volver a habitar la tierra con confianza y responsabilidad. Tomando cada día como viene, y gustando los minutos con los nuestros como si fueran los últimos… aunque no lo sean.

Viviendo y habitando lugares y gente.

Tengo derecho a rehacer mi vida, pt.2

Continuemos con lo visto en el artículo anterior. Esta vez, veamos aquel individuo que se siente muy herido por una relación y busca encontrar la salud en otra, tiene la idea de que la vida le debe esa oportunidad de comenzar de cero. Analicemos un poco si realmente esto es posible, tomando en cuenta que habíamos entendido ese “rehacer la vida” como la obligación de reconstruir nuestra integridad, sin ocultar las heridas, sino dándoles valor.

Entendíamos este deber como un paso a la autorrealización (Maslow), atendiendo al sentido de vida (Frankl), y como una respuesta positiva a la ansiedad que produce el problema con el otro (May). Lo que estamos olvidando es que no se trata solo de rehacer una vida, sino que la otra también estará deshecha y, como es lógico, la relación igual. ¿Se pueden rehacer dos vidas, se puede rehacer el lazo que las unió en un inicio? Si hay amor, es de esperar que sí. Porque recordamos el himno al amor de san Pablo.

Si es mi deber recoger los pedazos de mi ser para reconstruirme y brillar, luego es obligatorio tratar de curar la relación. Es cierto que, en ocasiones, esa curación implica distancia. Primero, porque para poder rehacer un vínculo deteriorado o roto se necesitan dos, y no siempre están en la misma página; pero también porque hay lazos que nacieron muertos. Con respecto a esto, debo decir que no se trata de otra cosa que la voluntad de compromiso, de la cual ya hablé, pero también del amor verdadero: sin amor y sin compromiso, ninguna relación tiene futuro.

Por esto, tengo derecho a rehacer mi vida, efectivamente, pero eso no implica destruir la de otro. Hay gente que piensa que es la única que resultó dañada en una relación. A veces, con justa razón (sufrió violencia, infidelidad, abandono, etc.). Sin embargo, ocurre que ese daño es síntoma de un vínculo desgastado o -incluso- inexistente. Nunca hubo amor, es difícil que ahora nazca. Como ya vimos en otras publicaciones, se pudo confundir con atracción, conveniencia, cariño, gratitud…

Una vez una paciente/cliente me decía que sabía que todavía había amor en la pareja, pero que estaba debajo de una montaña de basura. Esa me parece la imagen perfecta de lo que sienten las personas que han estado viviendo una relación repleta de problemas. Se pueden hasta olvidar de que alguna vez se amaron. El chiste está en reencontrar ese amor debajo de los escombros, de la pila de errores y maltratos, de incomprensiones y heridas, de diferencias y debilidades. El chiste está en reencontrarse. Cada uno a sí mismo, al otro y al vínculo. Pues aun entonces, se puede escarbar y hallar lo que sintieron en un inicio el uno por el otro. Lo que les atrajo y los mantuvo juntos cuando todo parecía un campo de rosas. Porque eso sigue ahí, simplemente está roto. Kintsugi urgente. Yo he sido testigo de muchas parejas que han reconstruido un matrimonio donde ya no había sino insultos y agresiones. Se trata de entender que esos son síntomas de algo más profundo que hay que trabajar.

Una parte que me encanta del himno de la Primera de Corintios es que el amor lo espera todo. La frase completa dice que “perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo.” La idea es que el amor verdadero y ordenado no se deja ganar por los problemas, por duros que sean, sino que les da un sentido. Porque hay dos luchando por eso. Cuando no hay amor, nada puede tener sentido, y por tanto tampoco solución. ¿Se puede arreglar una máquina que fue armada con piezas que no empatan, sin cableado ni engranajes? Pero el amor lo espera todo, porque espera no solo al otro, sino a uno mismo, y espera en Dios. Nadie puede seguir esperando a alguien que no va a llegar, pero cuando uno sabe que sí lo va a hacer, puede esperar hasta el otro día, o semanas o meses.

Entonces, el amor todo lo espera porque sabe qué esperar. Esa es la virtud de la esperanza. Y es activa. No es una ilusión falsa en un imposible, es la certeza de algo que no se ve, pero que confía que está. Y no lo hace solo, lo hace con el otro, junto al otro y por el otro. En el kintsugi, la fase central del proceso es la espera. Luego del accidente (la rotura del objeto), que implica el trabajo de reunir los pedazos, viene el armado. Quien no está familiarizado con este arte, podría pensar que esto es el último paso: tomo la pieza rota, vuelvo a juntar sus trozos y los pego. Pero no, para la mentalidad paciente del oriental, la parte más importante es la espera: el objeto rearmado debe reposar en una caja cerrada para secarse. Recién cuando ha pasado ese período de una semana o dos se repara cualquier error en la pieza (se pule el material sobrante, y se aplica laca protectora); solo entonces se espolvorea el oro que permitirá la última fase: revelar el objeto en todo su esplendor.

Una relación rota debe esperar luego de tratar de juntar sus pedazos. Que respire, que tome aire. Recién entonces se puede ver qué hay que pulir, qué hay que corregir. Y después de este delicado y meticuloso trabajo, podemos revelar la relación que hemos rehecho desde sus cenizas. Porque el ojo conocedor sabe que aún detrás de ese desastre hay una joya que ansía ver la luz. No podemos saltarnos ningún paso: reconocer el accidente, recoger los pedazos, tratar de pegarlos… Y esperar. Solo en ese instante podremos ver qué podemos pulir antes de darle otra dimensión a nuestro vínculo. Entre dos, nos rehacemos y rehacemos lo que nos unió.

Para alcanzar la luz, hay que esperar en la oscuridad, con fe y con amor.

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Tengo derecho a rehacer mi vida

Cuando oímos estas palabras de labios de una persona, inmediatamente pensamos que se ha divorciado y quiere buscar otra pareja. Puede tener la edad que sea y haber durado un par de meses o cuatro décadas con ella. Da igual si es hombre o mujer y si tiene hijos o no. El caso es que ha sufrido mucho en su matrimonio, y sueña con una relación diferente, en la cual no se sienta dañada. Es comprensible su dolor y su deseo de no volver a vivir lo mismo, pero… ¿tiene derecho a rehacer su vida?

Cabe entender esta angustia dentro de las necesidades de pertenencia que hallamos en la mitad de la pirámide de Maslow. Sin embargo, lo ideal es impulsarla hasta el último escalón, la autorrealización, a través de la búsqueda del sentido de la vida como una fuerza primaria de sus impulsos instintivos, a decir de Frankl. Podría ser, en esta orientación, la ansiedad positiva de Rollo May. Como ya hemos hablado en otros artículos, se trata de darle un propósito a lo que estamos viviendo, de manera que lo entendamos como un camino de crecimiento, no solo a pesar del sufrimiento, sino gracias a él.

En consecuencia, ¿derecho a rehacer la vida? Primero revisemos ligeramente la palabra “derecho”, que tiene más de veinte significados que surgen de su origen etimológico, la raíz indoeuropea *reg, que indica algo recto. En este caso, hablamos del poder conferido a los individuos a causa de ciertas normas, lo que se llama derecho subjetivo. Como el derecho a la vida, al buen nombre, a la libertad de culto, etc. Yo suelo decir, de todas formas, que cuando pensamos en derechos, consideramos que alguien nos debe algo por alguna razón. “Tengo derecho a que me atiendas”. Pero, ¿qué norma te ha dado ese derecho? ¿De dónde proviene? ¿Es realmente algo “recto”?

Por su parte, “rehacer” también puede tener algunas connotaciones. Si consideramos que implica volver a hacer lo deshecho, ¿se puede volver a hacer una vida deshecha? ¿Es capaz una relación tóxica de destruir una vida? Quizás estamos hablando más bien de reparar lo deteriorado. Entonces, viene a mi mente el arte japonés del kintsugi. Esa manera de volver una joya a una pieza rota. Sin ocultar las grietas, sino más bien resaltándolas y haciéndolas brillar. En este sentido, me parece que no solo tengo el derecho, sino el deber de rehacer mi vida cuando las circunstancias me han roto.

El centenario arte de reparar con oro

Recuerdo entonces dos canciones: Quebrado, de Pedro Aznar, y Anthem de Leonard Cohen. Son temas que hablan del dolor, pero para darle un significado de crecimiento, tratando de entenderlo. Cohen canta “Hay una grieta en todo / Así es como entra la luz”, implicando que el sufrimiento es parte de toda vida, pero sin él no podríamos entenderla. Mientras Aznar reconoce que tras la herida hay un ser vulnerable que puede ser más grande aunque no sabe cómo y tiene miedo: “Detrás de esta máscara / Hay un chico asustado”.

Si bien la búsqueda de pertenencia es un pilar en nuestro camino a la autorrealización, eso no quiere decir que no podamos ser felices solos y por nosotros mismos. Asimismo, tener una relación que no es sana no es señal obligada de que esta no pueda llegar a serlo nunca. A veces, buscamos huir de una persona porque creemos que es la causa de nuestro dolor; sin embargo, puede ser que vayamos saltando de pareja en pareja y encontrándonos con el mismo dolor, porque no viene del otro, sino de nuestro interior. Crecer implica entender nuestra cuota de responsabilidad en nuestras propias heridas y cambiar en nosotros lo que haga falta. Los dolores no son males en sí mismos si pueden llevarnos a hacernos más fuertes.

Rehacer la vida no es un derecho, más bien es un propósito. No significa casarse una vez más, sino recomponer lo deshecho, aun con la misma persona o sin nadie. Resiliencia, como ya hemos visto en alguna publicación anterior. Tomar los pedazos que dejó el dolor y ponerlos en su lugar, no esperando borrar las heridas, sino que sean el espacio que permitió entrar la luz. Dejando de lado el miedo y evitando el resentimiento (sentir una y otra vez). Juntando los pedazos y convirtiendo este cacharro destrozado en una joya para la eternidad.

Creciendo con cada caída, reponiéndonos de todo dolor, con amor y con sentido.

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Patología de la religión

No siempre la religión es lo que debe ser: un conjunto de creencias, sentimientos de veneración, normas morales y prácticas rituales que unen a los fieles entre sí y con la divinidad. Y hay que hablar de todas las formas de religión, con la etiqueta que le pongamos: cristianismo, satanismo, espiritualismo, brahmanismo y demás -ismos. Y todo parte de lo que se analizó en el artículo anterior: la libertad sustentada en querer, deber y poder. La religión resulta, entonces, síntoma de una patología mental. Pues -recordemos a Santo Tomás- la voluntad busca el bien a menos que haya un defecto de juicio.

Conviene entender qué es religión para distinguirla de lo que no es, y poder enfocarnos en ella y no pensar que estamos ante una religión enferma cuando es otra cosa. Religión no es superstición, porque las ideas de esta última son irracionales o conducen a prácticas que también lo son. No es solo un sistema de creencias o un cúmulo de rituales. No es tampoco un grupo humano unido por pensamientos compartidos. Ni siquiera la simple latría hacia tal o cual figura material o inmaterial. Mitos, doctrina, ritos, leyes encaminados a un fin trascendente, eso es religión (tratando de simplificar).

Freud nos pone en consideración a la religión como patología en sí misma, y el monoteísmo como “la nostalgia del padre”. Por el contrario, Anton Boisen, figura destacada en los movimientos de capellanía hospitalaria y de educación pastoral clínica, tiende a asimilar la fe a la experiencia religiosa e incluso a una fiebre afectiva que perturba el equilibrio mental cuando es profunda. En la actualidad, en general, se ha encontrado un término medio entre estas dos posturas, buscando curar o confirmar en la salud mental promoviendo la integración religiosa de la existencia humana. En esto, la logoterapia de Viktor Frankl es de particular interés. Antoine Vergote, sacerdote, teólogo, filósofo y psicólogo belga, dice que la religión cristiana no puede causar una enfermedad ni, por consiguiente, curarla. Por ello, aquí atendemos no a la religión como medicina (de esto ya tratamos en otro artículo) ni como patología, sino a las patologías de la religión. Me ha resultado útil el artículo “Sindromes religiosos” de José Carlos Bermejo, lo aconsejo.

Podemos decir que si Dios es el Bien Supremo y la religión no nos lleva a buscar el bien, algo anda mal. En tal sentido, existen formas de ver a la religión (e incluso cultos religiosos -sectas-) que son en sí patologías. Aquellas que impulsan a las personas a buscar el dolor, matar o morir sin razón ulterior, no están persiguiendo algo bueno, verdadero y bello, sino que veneran el mal, aun sin quererlo. Podemos relacionar esto también con aquella visión que aborrece el placer y la alegría, y que nos llama a la permanente pesadumbre. Ojo, que no hay que confundir esto con la mortificación o el martirio que busca acercarnos al máximo sacrificio que fue el del mismo Dios entregándose por los hombres. En fin, no hablamos de aquello que la persona elige de manera libre como una forma de perfeccionamiento, aunque eso implique el sufrimiento, pero con propósito y cuyo fin es la felicidad última.

Existen manifestaciones patológicas de la fe que surgen de una visión errada de la Divinidad. De algunas ya tratamos cuando analizábamos el pensamiento mágico. Como la de un Dios entendido como “totalmente otro”, que hace que el hombre se vea a sí mismo como incompetente, o como una hormiga sin importancia, aplastándolo en su inoperancia. Ciertamente, somos creaturas ínfimas comparadas con nuestro Hacedor, pero a la vez con una dignidad que Él mismo nos dio al ser su imagen y semejanza. O como la del fideísmo (la contracara del racionalismo) que considera a la razón divorciada de la fe. A la larga, forma de ignorancia cercana a la del animismo y otros paganismos primitivos, que se acercan a la religión como una manera de hacerse con el favor de los dioses, como explicaciones simplistas de aquello que no entienden. Y esto está relacionado con la autoconservación y temor a la muerte, que representando un misterio para el ser humano, pretende ser atrapada y manejada a través de la fe (a veces, la fe en la ciencia).

Los dioses vistos como botiquín de auxilios, como jueces inmisericordes, como castigadores sádicos, llevan a prácticas religiosas que responden a una inseguridad personal. Escondidos no solo tras lo que no entienden, sino tras lo que consideran más fuerte que ellos mismos, pobres criaturas indignas. Y entonces se sienten todopoderosos como la figura en la que creen, escondiendo la cabeza en la tierra para no enfrentar un mundo tan diverso y complejo, como avestruces religiosos, en esos guetos de los que nos advierte el papa Francisco. Una patología de la religión profética, pues deja de hablar en nombre de Dios para hacerlo en nombre de miedos humanos.

El hombre tiene una semilla religiosa en su corazón desde que llega a este mundo, pues el Creador mismo la puso allí para tensionarlo hacia Él. Cuando esa fe se ve oculta por miedos, inseguridades, heridas y traumas, quizá aquel camino que nos lleva a la Eternidad nos conduzca nada más a nuestras propias trincheras, vacías y lodosas. Esa religión enferma es propensa a la desilusión y al desánimo, pues no está enraizada en el amor de Dios, en la esperanza y la fe. Hagamos una inspección a nuestro interior, para entender si aquello que creemos no está fundado en fuerzas negativas. Veamos si, por consiguiente, no estamos practicando una religión trastornada y alejada del Padre. Ese que es justo, pero infinitamente misericorde.

Encontremos al verdadero Dios para poder hacer de nuestra fe un camino a la Eternidad, sin miedo, sino con mucho amor.

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Querer, deber, poder

La tríada de la libertad. Estos tres verbos, reformulados como pregunta, son capaces de hacernos tomar decisiones adecuadas. ¿Quiero? ¿Debo? ¿Puedo? Es vital entender la libertad parada sobre estos tres pilares, para que no la confundamos con ninguno de sus álter ego: puro deseo, huir de la obligación, evitar la imposición. Ya he escrito algunas consideraciones sobre esto en otras publicaciones, tratando la libertad como impulso para la disciplina, la fidelidad, así como el autoengaño, y relacionada con la ansiedad y la culpa. Hoy, el objetivo es hacerle una disección a través de estas tres fuerzas.

Convendría irnos a las definiciones (querer tiene una decena, según el DRAE; y deber y poder, seis), pero los remito al diccionario para recordarlas. Igual serían interesantes sus etimologías, porque la historia de las palabras nos dan profundidad el momento de entenderlas. Sin embargo, creo que basta con decir que querer se refiere a desear y a tener voluntad para buscar algo (quaerĕre=’buscar’); deber a tener obligación de cumplir con algo o alguien (por eso tiene la misma raíz etimológica que deuda); poder a ser capaces de algo, como una posibilidad, pero también una potencia (de ahí también su parentesco con esas palabras).

En fin, lo interesante es volver a la idea kantiana del vértigo de la libertad, pero también atendiendo a la distinción que hace el filósofo alemán entre libertad interna (moral) y externa (jurídica), conectándolas con su imperativo categórico. Y no podemos olvidar la que hace Erich Fromm entre libertad positiva y negativa, que yo relaciono con el pensamiento de San Pablo de que el que ama ya no necesita la ley. Es que para Fromm la libertad negativa busca sacudirse de imposiciones ajenas (y esta es su definición más común, sobre todo en la juventud), mientras la positiva es aquella necesidad de buscar el bien. Por su parte, Carl Rogers hablaba de la libertad experiencial que surgía cuando el individuo dejaba de rendir cuentas a los demás para hacerlo ante sí mismo. Nos enfocamos aquí en esa libertad interna, moral, positiva, experiencial.

Es frecuente oír algunos dichos que nos pueden desorientar en el entendimiento de la libertad. Por ejemplo aquel que dice que “querer es poder”. Claro, este dicho nos convoca a enfocarnos en nuestras metas para lograrlas, no tanto a la libre elección que nos lleva a ellas. Uno más es “mi libertad termina donde empieza la del otro”, que ya criticó el mismo Kant. Condicionar mi libertad a la del otro, y la del otro a la mía es malinterpretar el sentido de libertad. La libertad no es algo que dependa directamente de lo externo, aunque pueda estar limitada por ello. Ya veremos.

Toda elección libre, como parece obvio, es algo que yo quiero. Ese querer es un acto volitivo -de la voluntad- y no un “hacer lo que me da la gana”. Si vivo una realidad que no puedo cambiar, mi libertad se relaciona con cómo voy a responder a esa realidad. Viktor Frankl decía que no encontró gente más libre que en los campos de concentración, justo porque en esas condiciones donde la libertad externa está reducida al mínimo, la interna estaba más activa. Los prisioneros no podían salir y hacer lo que les daba la gana, pero sí eran capaces de aceptar esos límites y desarrollar una vida con propósito dentro de ellos para no morir de desaliento. Ese es el querer que se requiere si buscamos ser libres.

Toda elección libre me conduce a actuar dentro de lo que debo hacer, perseguir el bien. Santo Tomás afirma que “la libertad de sí está ordenada al bien, como que el bien es el objeto de la voluntad, ni tiende ella al mal sino por un defecto”. Entonces se trata de entender si aquella opción sobre la que vamos a decidir en realidad me hace bien a mí y a mi entorno; o por el contrario es la respuesta a una necesidad inconsciente de huir de algo, y que puede terminar haciéndome daño o dañando al resto. En los campos de concentración, el dolor y la frustración llevaron a muchos a la traición, la mentira, la venganza y el ultraje. Esas personas no actuaron entendiendo su motivación interna, sino que se dejaron llevar por el miedo. Otros lo burlaron y optaron por el sacrificio, el heroísmo y la entrega. Ese es el deber que elegimos si buscamos ser libres.

Toda elección libre se sustenta en lo que soy capaz de hacer. Conocer mis límites y los de mis circunstancias (recordando a Ortega y Gasset) me permiten decidir la opción que es viable y factible. De esa manera, no me entrampo en la impotencia y el despecho, sino que pongo a marchar mis capacidades. Como ya he dicho antes, los límites siempre se pueden empujar más allá, pero debo entender que es un proceso y que se da paso a paso. En los campos de concentración, fue terrible para algunos encontrarse con esos límites y que estos los lleven a la desazón. Los que le dieron sentido a ese encierro hicieron milagros con lo poco que tenían. Como la maestra de piano que siguió dando clases sobre una madera pintada para simular un teclado. Ese es el poder que echamos a andar si buscamos ser libres.

La libertad está equilibrada entre mi voluntad, mi sentido del deber y del bien, y lo que en verdad estoy en capacidad de hacer. Si se trata solo de lo que quiero, tal vez termine haciendo daño o frustrado; si es nada más lo que debo, quizás acabe perdiendo noción de mi voluntad o con un sentimiento de encierro; si únicamente es lo que puedo, dejaría mi esencia o me convertiría en victimario. La vida nos presenta opciones, y es posible que nuestro instinto nos aboque a la más fácil y cómoda, pero no a la mejor. Preguntarnos si quiero, si debo y si puedo nos permite realmente tener una experiencia de la libertad, que es el más grande regalo de amor de nuestro Creador.

Una experiencia de libertad sana, poderosa y que nos hace crecer.

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Maradó

Hoy ha muerto Diego Armando Maradona, considerado por muchos como el mejor jugador de fútbol de la historia. Para mí, personalmente, fue fantástico mirarlo jugar, aunque no lo vea como el más grande. Pero no quiero hablar de fútbol, que a eso ya se dedicarán otros, más informados que yo. Quiero hablar de la persona, y de cómo esa persona genera un culto. Eso que “Santa Maradona” de Manu Chao expone. Por eso no quiero hablar de Diego Armando, sino de Maradó, que es como le llamaban desde los graderíos.

La idolatría hacia un líder carismático fue llamada culto a la personalidad por el secretario soviético Nikita Jrushchov. Él se refería más concretamente a lo político; sin embargo, puede aplicarse a artistas, deportistas o cualquier figura pública. El psicólogo polaco Gustav Bychowski relaciona los rasgos de personalidad de políticos autoritarios con la psicología colectiva en momentos de debilidad social. Se trata de una especie de mecanismo de defensa (la identificación): el colocar a alguien en un pedestal para suplir nuestras frustraciones. Es por esto que el excompañero de Maradona, Jorge Valdano, señalaba que “fue un factor extraordinario de compensación para un país que en pocos años vivió varias dictaduras militares y frustraciones sociales de todo tipo”.

La historia de Diego Maradona es una historia que se ha repetido muchas veces: la persona rodeada de carencias materiales que crece con un don especial, y mientras lo hace el mundo le va dando la calificación de ídolo. Una especie de tótem familiar al que se venera para obtener el favor de los dioses. O un dios mismo. Sin embargo, sus propias carencias le impiden manejar de forma conveniente esa idealización de la cual es objeto. Y de mostrar a la gente esas dotes maravillosas, y traerles gozo con ellas, pasa a revolcarse en el lodo de la soberbia y el sinsentido.

De todas formas, en el camino estos ídolos van generando un culto particular, que va más allá de sus habilidades e incluso del propio ser humano que las representa. Es un culto a nuestras propias debilidades, una forma de darle valor a nuestras miserias a través del que le damos a ese otro. Ese que es nuestro representante, una muestra de lo mejor de todos, de nuestro lado más fuerte y heroico. Como digo, en este caso fue un futbolista de destreza única; en otros casos es un cantante, un actor, un yutubero o un presidente.

Esta resulta una forma de fanatismo que toma tintes especiales, porque no lo cultiva un pequeño grupo sino naciones enteras. E incluso más. Maradona no fue únicamente admirado entre la hinchada de los equipos en los que jugó, ni siquiera se limitó a Buenos Aires o Argentina, o incluso Nápoles. No. Sus fanáticos se riegan por el mundo entero. ¿Cómo puede manejar esto una persona que ha nacido en una pequeña villa miseria y creció en una casa de lata y cartón?

La leyenda.

El ejemplo de Diego nos ilustra sobre cómo una vida que ha perdido el sentido nos vuelve vulnerables contra cualquier eventualidad, sea deseable o no (que no es lo mismo que buena o mala). El sentido de una estrella del deporte es, primeramente, divertirse con el juego. Luego, demostrar las dotes que tiene para él. Tercero, ganar partidos, competencias, distinciones. Maradona logró todo eso. ¿Qué más sentido podía tener su vida? A menos que esas victorias deportivas hubieran servido para un propósito más grande, que vaya más allá de su propia existencia, siempre esas metas tienen un límite. Y “el Diego” lo conoció muy pronto. Antes de los 30 años ya lo había alcanzado todo: aquellas victorias y las del ego, el poder y la fama.

Nuestras vidas pueden ser siempre ejemplo para los demás en todos los sentidos. Pero por eso debemos mirarlas como un camino de autoactualización, más allá de nuestros éxitos profesionales. Un camino de santidad. Nuestras decisiones deberán encaminarse al bien, no al placer; a lo eterno y no a lo temporal; a lo que podamos dejar como legado, no a lo que usamos y tiramos. Diego Armando Maradona fue idolatrado por millones, pero su vida estuvo vacía porque no se logró saciar con nada, pues lo tuvo todo. Sus vacíos interiores fueron más grandes que lo que pudo obtener durante su vida. De cualquier forma, la alegría que trajo a tanta gente con sus formidables dotes en el campo en verdad le dio un espacio en la eternidad, más allá de todo fanatismo e idolatría.

Gracias por tu magia, Maradó.

Yo no necesito un loquero

Una de las frases más comunes cuando a alguien se le aconseja asistir a terapia. La otra es, muy posiblemente, “no creo en los psicólogos”. Las veces que habré oído estas cosas… (y yo mismo en su momento las dije). La intención de este artículo no es hacer una lista de los mitos sobre la terapia psicológica, que hasta “memes” al respecto han surgido. Más bien, se trata de hacer ver la utilidad de acudir al apoyo de un profesional en la salud mental, teniendo en cuenta que todos (hasta los psicólogos) necesitamos un psicólogo. Cada persona puede sacar provecho de un proceso terapéutico, no solo los que usualmente llamamos “locos”.

Para iniciar, si tomamos en cuenta los fríos números de algunos estudios que han guiado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su preocupación por los problemas mentales de la población, tenemos datos alarmantes. Los trastornos psicológicos van aumentando (sobre todo los afectivos como ansiedad o depresión), hoy alrededor de 1 de cada 10 personas lo sufren, y aquejará a la cuarta parte de la gente en algún momento de su vida. Lo más preocupante es constatar que la mitad de los que padecen un problema de salud mental no tendrán un tratamiento adecuado. Esos números varían entre los países según su grado de desarrollo y entre los individuos por su nivel de educación y economía.

¿Estos últimos datos quieren decir que al psicólogo va el que tiene un título y plata? No. Lo que muestra, a mi entender, se apoya en la pirámide propuesta por Abraham Maslow: una persona que debe preocuparse de lo más básico ni siquiera se fijará en sus emociones o pensamientos. Podemos pensar que un individuo que tiene más estabilidad cuenta con más oportunidades de ir adquiriendo una formación que la lleve a buscar ayuda en su crecimiento. Es la tendencia formativa de la que habla Carl Rogers: deseamos darle forma a la persona que queremos y podemos llegar a ser. Tanto Rogers como Maslow entendían los trastornos como la falla del individuo para alcanzar su potencial; desde el humanismo católico, el alejarse de la imago Dei que tenemos en nosotros. Ese sentido de vida, como diría Viktor Frankl. El filósofo Eugene Gendlin (a la vez discípulo y maestro de Rogers) decía que el cambio terapéutico puede considerarse como un resultado o como un proceso. Y a esto voy.

Pienso que es unánime pensar que quien va al psicólogo busca un cambio terapéutico; o sea, que la terapia le ayude a sanar o a mejorar su vida, en general. Entonces, si entendemos la terapia psicológica como un resultado, diríamos que quien no sienta que tenga nada que arreglar no verá necesario seguir un trabajo terapéutico. Por otro lado, si la consideramos un proceso, es probable comprender que todos podemos buscar ese apoyo como parte del mismo crecimiento personal que nos impulsa de forma permanente.

Tenemos la imagen (llegada desde el psicoanálisis de las primeras escuelas) del paciente como un sujeto tirado en un diván, contándole sus preocupaciones a un señor de barba que, con suerte, solo oye y apunta en una libreta. Es un paciente, justamente, un sufriente que espera una cura hasta cierto punto mágica al acudir al terapeuta. Y esto no nos aleja de otras profesiones: quien va al traumatólogo considera que le estafaron si el tratamiento no dio por finalizado el dolor. Por eso no queremos pacientes, sino clientes: gente que asume su papel protagónico en el proceso.

El estereotipo de psicoterapia, satirizado por Quino.

Hay terapias cortas y terapias largas. Primero, porque existen diferentes escuelas, diferentes enfoques, de cómo ayudar a la persona que sufre. Pero también porque nadie tiene la respuesta de entrada, y tanto cliente como terapeuta la van descubriendo progresivamente. Cada ser humano es un universo distinto, con sus propias historias, herencia, circunstancias. No hay una receta, y por más que la psicología sea una ciencia con fundamentos estudiados, lo que a uno le funciona al otro no, porque no somos máquinas.

Tomar la decisión de acudir a un terapeuta es el primer y más importante paso para crecer como personas, independientemente de si llegamos sintiéndonos mal o no. Los trastornos mentales son en realidad los síntomas de problemas más profundos que buscamos entender con el psicólogo. Y no siempre los podemos ver. He conocido muchas personas que vienen a consulta sintiéndose bien, y que en el camino van descubriendo varias heridas que no habían cicatrizado. Y una vez que lo hacen entienden realmente para qué vinieron.

Para curar el alma no se necesita un diagnóstico, se necesita el deseo de conocernos y ser mejores cada día, hasta la muerte.

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La técnica del sánduche

Primero, en honor de la comprensión, debo decir que la Real Academia Española desaconseja llamarle al emparedado del modo en que aparece en el título. Es la forma que usamos en Ecuador, Colombia y Venezuela. Se refiere a lo que suele conocerse como sándwich, que se lee sánduich o sánguich, o sánguche (que igual desaconseja la RAE). Y también bocadillo o torta o tostada o Carlitos o trancapecho o butifarra o lorenzo o… Simplemente, en mi léxico, no suena tan bonito “la técnica del emparedado” o “la técnica del sándwich”. Así que queda como está.

La técnica o el método del sánduche (o sándwich, sánguche…) consiste en introducir el mensaje en sí (que puede ser incómodo o doloroso) entre dos ideas positivas, como el queso entre dos rebanadas de pan. En realidad no sé quién creó esta técnica o si simplemente fue surgiendo en el proceso de buscar formas de comunicación más empáticas. Si uno de ustedes lo sabe, me ayudaría con su comentario. Es más, yo mismo no sé dónde la aprendí, si la leí o alguien me la enseñó. O, incluso, si es algo que ya había estado utilizando sin darme cuenta. El caso es que la he venido ofreciendo a muchos clientes/pacientes que enseguida reportan sus beneficios. Se ha aplicado desde hace varios años en los ámbitos empresariales, educativos, en ventas… y –por supuesto– en la vida diaria, en nuestras relaciones cotidianas. Desde mi punto de vista, es algo secundario si es efectiva para obtener lo que buscamos, lo fundamental es que es eficaz para poder acercarnos al otro.

Esta técnica tiene una explicación muy lógica y sencilla: nuestro inconsciente nos protege del peligro y enciende las alarmas si lo percibe. Es frecuente que cuando oímos algo como “no me gusta lo que estás haciendo”, nuestro yo más profundo busque en recuerdos (más bien, sensaciones de dolor) del pasado un hecho similar que no queremos repetir. Como una computadora haciendo un escaneo de una compleja base de datos de emociones relacionadas con hechos vividos. Y quizás el puntero señale un castigo por algo que hicimos mal cuando niños y con el cual sufrimos especialmente. El caso es que el inconsciente dispara la alerta y bloquea cualquier mensaje. Puede ser la crítica más constructiva, hecha con la mejor de las intenciones, las palabras que traduce nuestra mente son algo como “eres un desastre, te odio”. Se activan los mecanismos de defensa y dejamos de escuchar, lo único que sentimos es el ataque del otro.

En resumen, el mensaje no llega, se pierde en los vericuetos de la mente, empañado por la sangre del pasado. Si, en cambio, le damos un preámbulo a ese mensaje que permita que el oyente mantenga esas barreras abajo, es bastante más posible que lo que quisimos decir sea escuchado en verdad. Y mucho mejor cerrándolo con una llamada a la acción afianzando la confianza en esa persona. Suelto un ejemplo, primero como lo solemos hacer y luego usando el método sánduche:

Versión 1:
– Pancracio, estoy harto de que no hagas lo que te digo. ¿Es tan difícil entender que necesito ese trabajo en mi escritorio antes de mediodía?
– Bueno, si soy tan estúpido, ¿por qué no me botas?

Versión 2:
– Pancracio, en verdad aprecio el esfuerzo que estás haciendo. Pero sería mucho mejor si logras terminar lo que te he pedido antes de mediodía, para que podamos contar con tu aporte previamente a la reunión de la tarde. Sé que si sigues con esa buena actitud, lo lograrás sin problema.
– Por supuesto, voy a proponerme tenerlo listo como me pides. ¡Gracias por la confianza!

Como se puede ver, la primera forma no llega a comunicar la necesidad, simplemente se percibe como una agresión, y como tal es respondida. La segunda, en cambio, origina un sentimiento de paz y armonía entre ambas personas, y genera la necesidad interna en Pancracio de hacer un esfuerzo mayor para cumplir con lo que se le pide. La primera ocasiona malestar y un clima negativo en el ambiente, la segunda nos mantiene optimistas y produce una sensación de comunicación entre todos. La primera no sirve, la segunda sí.

Cuando buscamos transmitir al otro nuestras necesidades, sentimientos, pensamientos, debemos encontrar las estrategias adecuadas para lograrlo con el mínimo de riesgo. La técnica del sánduche consigue que el mensaje llegue de una manera más libre, sin el ruido que ocasiona hacer sentir a la otra persona invalidada, y por tanto imposibilitar cualquier comunicación posterior con ella. Comienza por la empatía, por buscar sentir lo que el otro siente (o puede sentir) y querer realmente que sus emociones sean positivas para motivar un cambio. Porque de ese cambio depende que la relación se vaya solidificando y fortaleciendo.

Con amor, el condumio del sánduche siempre resulta apetecible.

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La voluntad de compromiso, pt.2

Continuando con el artículo anterior, quiero enfocarme en cómo trabajar esa voluntad de compromiso, de manera que permita sostener las relaciones en el tiempo. Una pareja, por ejemplo, que ha visto dañada la confianza por un error de uno de los dos o de ambos, siente que ya no quiere comprometerse. Es vital, entonces, comprender dónde reside ese compromiso, y cómo mantenerlo aun cuando parece que todo está perdido.

Habíamos hablado del triángulo del amor de Robert Sternberg, quien nos señala la importancia del equilibrio entre intimidad, pasión y compromiso. También recordábamos al filósofo del derecho Javier Hervada, hablando del compromiso como la intersección entre naturaleza e historia. Me parece oportuno ahora ir un poco más allá con la exhortación apostólica post-sinodal del Santo Padre Francisco “Amoris laetitia”, donde nos recalca que “el ideal matrimonial, con un compromiso de exclusividad y de estabilidad, termina siendo arrasado por las conveniencias circunstanciales o por los caprichos de la sensibilidad“. Y esto se aplica no únicamente al matrimonio, sino a cualquier relación entre dos personas que exige compromiso.

El compromiso no puede romperse por un error o un par de fallas, frutos de la debilidad propia de nuestra condición humana. Es que tendemos a relacionar el compromiso con la fidelidad monogámica. Sin embargo, el compromiso es necesario, como siempre recalco, no solo en la pareja, sino en la familia, los amigos, e incluso en los vínculos comerciales. Toda relación exige com-prometerse (prometerse mutuamente) para que pueda dar frutos. Una madre que no se compromete con su hijo (y viceversa) no pueden generar un vínculo incondicional, a prueba de los vaivenes de la naturaleza humana.

En esto siempre recuerdo nuestra relación con Dios, reflejada en el pacto entre Él y su pueblo (primero Israel, luego todos los creyentes). Siempre estamos queriendo volver a Egipto, a nuestros pecados, a nuestros defectos de los cuales somos esclavos, a la zona de confort. Nuestra sensibilidad nos vuelve volubles, y por tanto inconstantes. La inconstancia, decía Daniel Melero (y lo cantaba tan bien Ceratti) “no es algo heroico, es más bien algo enfermo”. Cuando la relación ha sufrido los embates del dolor, ha pasado hambre en el desierto, está enferma y cada uno quiere regresar a casa de mamá, quiere huir. Rechaza el compromiso, porque el compromiso, cuando el clima es adverso, exige quedarse y luchar y no es fácil.

Para Sternberg, el tipo de relación completo es el amor consumado, donde se equilibran pasión, intimidad y compromiso. Para Hervada, la voluntad de compromiso es un proceso de actos construido gracias a las decisiones libres y voluntarias de la persona. Es decir, no es algo que podamos dar por sentado, sino que debemos edificarlo con esfuerzo. La pasión, la intimidad y el compromiso se moldean y se sostienen, no crecen en lo salvaje. Por esto, la voluntad se junta a la inteligencia para echarle agua a ese árbol para que se desarrolle fuerte y robusto, de manera que ninguna tempestad lo tire abajo.

No es fácil mantener la voluntad de compromiso cuando estamos heridos. Pero es la única manera de encontrar la paz. Solo el amor puede contra todo, porque es un reflejo de Dios mismo, que es el Amor. Por dura que haya sido la batalla, por incontables que sean las bajas, no podemos dar por perdida la guerra. El enemigo es fuerte, pero no invencible. El amor tiene todas las armas para abatirlo. Como en la conocida cita de Virgilio, “Omnia vincit Amor; et nos cedamus Amori” (“el amor lo vence todo, dejémonos vencer por él”).

La voluntad de compromiso funda y sostiene toda relación, y es fruto del amor.

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La voluntad de compromiso

Existen diversas opiniones acerca de cuál es la base sobre la que se sustenta una relación sólida. Se habla de respeto, comunicación, comprensión, cariño, honestidad, etc. Por supuesto que todos son elementos claves, algunos subsidiarios de los otros; unos componentes del amor, que origina vínculos. Pero, por encima de todo, en las relaciones hay un pilar fundamental: el compromiso. Bajo mi punto de vista, este compromiso se va adquiriendo progresivamente, por lo que en realidad lo que sostiene una relación es querer adquirirlo, es la voluntad de compromiso. De esto ya hablé cuando buscaba responder en un artículo anterior a la pregunta “¿por qué no encuentro pareja?”.

Es claro que no existe relación posible sin amor. Hablo, como siempre, de amor en sentido amplio: desde el amor caritativo al necesitado hasta el amor de pareja. Evidentemente, si tengo las herramientas necesarias para manejar cualquier relación (con el tendero de la esquina o con Dios), puedo construir una relación de pareja saludable. Es, en realidad, un movimiento de dilección: escoger libremente esa relación como algo deseable y de importancia para nuestras vidas. Es un amor que, más que un sentimiento, es una decisión.

En este sentido, en su teoría triangular del amor, el psicólogo estadounidense Robert Sternberg señala tres componentes de una relación: intimidad, pasión y compromiso. La intimidad entendida como los sentimientos que permiten el acercamiento que lleva a compartir la propia vida con el otro; la pasión como el estado de intenso deseo de unión con el otro; y, finalmente, el compromiso como la decisión de amar y mantener ese amor hacia el otro. Por su parte, el canonista catalán Javier Hervada señala la tríada naturaleza, historia y compromiso: la naturaleza como el deber-ser, aquello para lo cual están hechas la persona y sus relaciones; la historia que es todo lo que va viviendo para alcanzarlo; y el compromiso el motor que la impulsa hacia ese objetivo.

En estas dos visiones podemos constatar lo esencial del compromiso. Este vuelve estables los vínculos. Es la diferencia entre las relaciones utilitarias y -por ello- pasajeras y las sólidas y significativas. Para graficar: si el tendero de la esquina no me ofrece lo que necesito, es probable que vaya por el barrio buscando quién lo haga. Entonces, compraré en uno y otro establecimiento con el único fin de obtener lo que preciso, y sin formar lazos comerciales con ninguno. Por contra, si en la tienda de la esquina encuentro lo que espero, pues su encargado se esmera en proporcionarlo, yo también le mostraré mi fidelidad comprándole siempre a él. E incluso si el tiempo genera confianza entre nosotros, es probable que haya ocasiones en que pueda pedirle fiado, como se dice popularmente, y pagarle cuando tenga.

En una sociedad líquida (dice Bauman) tendemos a ponerle fecha de caducidad a los vínculos, pues los conectamos solo a los sentimientos. El compromiso se ha devaluado porque implica esfuerzo; es una lucha día a día, instante a instante. La historia se construye de instantes que se juntan, que no es lo mismo que instantes que se suceden porque el actual responde al anterior y él al que vino antes. El divulgador de salud mental, John Bradshaw, acuñó el concepto de “trastorno de estrés post-romántico” para referirse a la ruptura de las parejas luego del período de “luna de miel” (12 a 18 meses) en el cual la relación se fija únicamente en la parte pasional del encuentro con el otro. Son tiempos, además, en los cuales se ha dado más valor a la autenticidad del individuo, lo cual trae consigo el riesgo de la huida del compromiso, como alerta el papa Francisco.

Volviendo a Sternberg, una relación sin compromiso puede resultar en simple cariño si solo existe intimidad, encaprichamiento si únicamente está presente la pasión y amor romántico si se suman las dos, excluyendo el compromiso. Cariño, pues se quiere compartir la vida con el otro como un encuentro algo más que fortuito, sin ataduras, como el que se da en las amistades más superficiales y -justamente- en las primeras etapas del enamoramiento. Encaprichamiento (a veces lo llamamos obsesión) cuando las dos personas no encuentran un motivo más allá de “la química” para estar juntos, como suele pasar en las relaciones más físicas y sexuales. Por último, el amor romántico, propio de la imagen que se tiene de una relación de pareja de cuento de hadas, sin el suficiente compromiso (es decir, a pesar de los malos momentos), aunque ya conociéndose y compartiendo bastante y con mucho apasionamiento.

La relación tiene buen futuro cuando existe voluntad de compromiso, teniendo claro hacia qué ideal se está caminando en una relación. El vínculo tiene un lugar y un propósito específico dentro de nuestras vidas (la mía, la del otro). Me esfuerzo por buscar lo mejor para construir, fortalecer y hacer crecer ese lazo entre las dos vidas. No quiere decir que el compromiso sea completo, pues pueden quedar espacios de egoísmo y autorreferencia. El compromiso completo es aquel en donde se da la vida por el otro, incluso literalmente, como decía Cristo. Y, débiles seres humanos, esto es difícil de alcanzar. Solo la Gracia nos puede llevar a completar ese destino. Por eso, el éxito no está en la meta, sino en el camino.

El camino de compromiso que vamos andando, juntos, hasta la muerte.

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