Juzgar el acto, no al actor

Ya en otras ocasiones, sobre todo en el artículo acerca de la mala gente, he hablado de la tendencia que tenemos a decir que una persona que hace algo terrible es perversa. También funciona al otro lado de la moneda, quien realiza una obra maravillosa se califica como una buena persona. No nos detenemos a considerar las circunstancias, ni nos ponemos en su lugar para imaginar qué hubiéramos hecho nosotros. Es más, la mayoría pensamos que somos buenos aún a pesar del daño que hemos cometido a lo largo de la vida. ¿Quién puede juzgar quién es bueno y quién es malo? Por otra parte, somos capaces de caer en la tentación de irnos al otro extremo: como no podemos juzgar a los demás, no podemos tampoco decir si su actuación es correcta o no. No juzgar al otro es misericordia, juzgar los actos es justicia, ambas cualidades del Padre bueno que son una muestra de Amor.

Carl Rogers nos señala que el niño no puede separar el acto de la persona, y existen adultos que no han logrado hacerlo tampoco. Este es un ejercicio de pensamiento abstracto que no es sencillo, pues implica entender que detrás de cada hecho no está solo la intención consciente de su protagonista, sino cosas más profundas en su mente y muchas variables externas. Recordemos que Lee Ross trató sobre el concepto del sesgo de correspondencia o error fundamental de atribución, según el cual tendemos a darle poca importancia a la situación y demasiada a la disposición del individuo en cuanto a lo que hace. Por esto, solemos juzgar a la persona porque comete un error mientras nos justificamos por los nuestros. Jesús, en cuanto a esto, nos dio dos máximas que resultan lapidarias, ambas en el contexto del Sermón de la Montaña: “con la medida con que midan se les medirá” y “saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

La palabra juzgar viene del latín iudicare (dictar un veredicto), de manera análoga a la palabra juicio, del latín iudicium (veredicto), derivan de ius (derecho, ley) y dicare (indicar); es decir, indicar lo que es de derecho, justo. Veredicto, a su vez, junta dos palabras latinas, vere y dictum que quieren decir ‘con verdad’ y ‘dicho’, dicho con verdad. Por su parte, el término ‘justo’ (de donde provienen ‘justicia’ y ‘justificar’, que es “hacer justo”) también nos llega de la voz latina ius, que se asocia con la raíz indoeuropea *yeu-dh, recto. O sea que al juzgar estamos buscando llamar la atención sobre lo que es recto. ¿Qué es recto, en términos morales? Lo que conduce al bien. En consecuencia, podríamos decir que una persona es recta, pues encamina sus actuaciones a lo que es bueno, verdadero y bello; sin embargo, es difícil (si no imposible) determinar si esto es realmente así, pues no somos tan conscientes como quisiéramos.

El otro día tuve una conversación en una red social con una querida amiga sobre este tema. Ella, apegándose a los principios cristianos, consideraba que no se podía juzgar los actos, pues el único que puede hacerlos es Dios. En sentido estricto, tiene razón, ya que un juicio, que por definición y etimología debe ser justo, recto, verdadero, solo le corresponde a quien conoce la verdad completa de un hecho. Ningún hombre tiene esa capacidad, en consecuencia solo el ser Omnisciente (el que conoce todo) podría juzgar a la persona a través de sus actos. Pero esto es entrar en complicaciones teológicas o filosóficas. En lo práctico, juzgar los actos sin juzgar al actor nos permite entender cómo reaccionar y corregir lo que haga falta.

Si, con un afán misericordioso en extremo, decidimos no dar nuestro veredicto sobre lo que ha hecho alguien (incluyéndome), puedo caer en el peligro de aceptar todo, de dejar pasar tanto lo bueno como lo malo, lo falso como lo verdadero, sin cernir ni filtrar. Me acuerdo con esto de una hermana carmelita que decía que a nadie se le podría negar la eucaristía, pues Dios que es el amor puro no le quitaría la posibilidad de acercarse a él. Esto es olvidar lo que nos remarca san Pablo en la primera carta a los Corintios: “el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor”. Si no juzgamos nuestros actos, entonces, no podemos saber cuándo somos dignos o no. Y si ese juicio no viene de uno más amplio sobre los actos como tales, en cuanto correctos o no, no podemos entender qué está bien y qué está mal.

Por contra, una visión demasiado judicial puede pasar por alto las circunstancias en las que se dieron los hechos. Esto es considerar al hombre como una máquina que siempre debería actuar según la programación y si no, hay que desecharla. Se divide al mundo entre los nuestros (los justos, los buenos) y los enemigos (los perversos). Es el otro extremo de la visión de Dios: como Él nos juzgará en el último día, yo ya adelanto ese juicio para condenar al pecador y así sentirme justificado porque no soy como él. Dejo de mirar a la persona y me enfoco en el mal. También existen los escrupulosos que se incluyen en el grupo de los juzgados, los indignos, que por sus flaquezas no alcanzarán nunca la misericordia divina. Esto, por su parte, es ignorar que el ser humano es débil por naturaleza y lo que juzgará el Padre es el amor con el que actuamos, abandonándonos a su amor.

En definitiva, quien no juzga a la persona tratando de participar de la misericordia con la que el Creador nos ve es capaz de entender al otro como se entiende a sí mismo, como imagen de Dios herida por el pecado. Sin embargo, no podemos dejar de juzgar el bien o el mal en nuestros actos, precisamente para buscar esa perfección a la que nos llama nuestra sed de infinito, nuestra ansia de encontrar al Padre, nuestra búsqueda de la felicidad última. Lo que hace daño a alguien, a mí o a otro, está mal. Que ese mal puede ser cometido por múltiples causas no siempre bajo nuestro control hace que nos acerquemos a la persona para ayudarlo a corregir, a perseguir lo correcto, a enderezar su camino. Comenzando por mí, siempre por mí.

Amar es juzgar el acto para buscar el bien, nunca al actor pues es humano.

Foto por EKATERINA BOLOVTSOVA en Pexels.com

El peligro del estereotipo

En artículos anteriores, sobre todo hablando del odio al diferente, traté el tema del estereotipo. Lo hice más en cuanto al daño que puede producir en lo social si no conseguimos salir de él. Es decir, como el estereotipo que se me atribuye llega a hacerme sentir separado o incluso que se me quiten derechos. Aquí más bien busco ver el otro lado: entender el mundo solo a través de los estereotipos me pone en riesgo de equivocarme al momento de interactuar con las personas. Es posible que no vea al otro como individuo, sino que parta del grupo en el cual lo categorizo para confiar o no en él. Y eso puede resultar ciertamente peligroso para mí.

El término estereotipo proviene del adjetivo francés stéréotype y deriva de las palabras griegas στερεός (estéreos), ‘firme, sólido’ y τύπος (typos), impresión. Fue utilizado por primera vez en 1798, en el negocio de la impresión, por Firmin Didot, para describir una plancha que duplicaba cualquier tipografía. La plancha de impresión duplicada, o el estereotipo, se utilizaba en lugar del original. Fuera de la imprenta, la primera referencia al estereotipo fue en 1850, como un sustantivo que significaba imagen perpetuada sin cambios. Sin embargo, no fue hasta 1922 que el periodista estadounidense Walter Lippmann utilizó por primera vez la palabra ‘estereotipo’ en el sentido sicológico moderno en su obra Opinión pública. Como vemos, el sentido original nos conduce a ver el estereotipo como una imagen fija en nuestra mente a través de la cual buscamos entender el mundo.

Como decía Gordon Allport, los estereotipos nos sirven para meter la realidad en categorías y así poder comprender quiénes somos y de quiénes nos debemos cuidar, entendiendo qué caracteriza al grupo al cual pertenecemos y qué a los demás, señalan Dorwin Cartwright y Ronald Lippitt. Así como estereotipar nos mantiene en una actitud defensiva, según Carl Rogers, también puede hacernos bajar la guardia cuando entendemos al otro como un semejante.

Una vez, una cliente me habló de que cierta noche estaba sola y decidió entrar a un bar para oír música en vivo. En un principio lo hizo con cautela, pero al ver que era un “bar gay” se sintió confiada y se sentó en la barra, pidió una cerveza y se relajó. Lo siguiente que se acuerda es verse con la ropa ensangrentada, caminando sola por las calles. No quiero darles más detalles, que son muy duros y dolorosos, pero es claro que la drogaron para abusar de ella y robarle. Lo cuento pues pienso que este caso de la vida real refleja de cuerpo entero lo peligroso de manejarse por estereotipos. “Los homosexuales son tan dulces… ¿qué mal pueden hacerme?”. Primero, no sabía si todos los que estaban en ese bar eran homosexuales, incluido el barman; y, luego, su experiencia con homosexuales no tenía por qué generalizarse al resto. Estereotipos.

El primer peligro de acudir al molde, a la etiqueta, para juzgar al otro es equivocarme y -como en la historia de arriba- confiar sin conocer. Sentirse seguro con un individuo o un colectivo porque cuento con un esquema mental que me hace pensar que no tengo razones para temer. En otras palabras, o es de los míos o es de un grupo cercano y por ello no va a hacerme daño. Es como estar en una situación conocida: me siento seguro y las reacciones de alerta se apagan para poder seguir sin estrés. Como el animal que entra al bosque en el cual creció. Sin embargo, en ese bosque puede haber un factor diferente que represente una amenaza que no sea capaz de enfrentar. El aprendizaje previo (el estereotipo) no funciona si hay un elemento nuevo.

El segundo peligro es el contrario: me equivoco porque desconfío sin conocer. Me puedo sentir inseguro con una persona o una situación por haber vivido algo similar antes y pensar que se va a repetir a la fuerza. Suele ocurrir que estamos cómodos en ambientes que consideramos nuestros, con gente conocida o -como vimos antes- que juzgamos como iguales. Por el contrario, se prenden las alarmas si el ambiente no es familiar, y tendemos a huir. La ansiedad negativa en general es una respuesta al miedo a lo desconocido. Si la persona o el entorno no calza en ningún estereotipo, o -peor aún- le puedo poner la etiqueta de “enemigo”, es lógico que no quiera arriesgarme. Y es posible que me esté perdiendo de oportunidades muy importantes: conocer personas con las cuales podamos construir relaciones saludables y fructíferas, que lleven a formar una familia o tener oportunidades de trabajo… Quién sabe. Perdernos de conocer a otro porque le tenemos un miedo ciego nos termina aislando en zonas de confort tóxicas.

El estereotipo nos ayuda a entender el mundo y le ahorra trabajo a la mente el momento de discriminar entre lo que es potencialmente útil y lo que puede ser dañino. Lo malo es encerrarnos en esos carteles o membretes y, a la final, ponernos en riesgos innecesarios. Para vivir una vida plena debemos estar abiertos al encuentro, a conocer lugares y gente, a profundizar más allá de las apariencias. Por eso se dice que no hay que juzgar el libro por la pasta. Como esa Biblia con la cubierta destrozada que tenemos en casa: leerla es dejar entrar al Espíritu Santo, aunque resulte incómodo y hasta desagradable ese exterior destruido. El otro puede ser de los míos o no, pero no debo dejar que la primera imagen me quite la posibilidad de entablar una relación con él. Tal vez se vea como alguien con quien no quiera estar, pero ser una persona que defina mi futuro. La decisión de ir más allá del estereotipo es mía.

Abrirse al encuentro con el otro es permitir que el futuro oxigene mis días.

Foto por cottonbro en Pexels.com

Rapsodia Bohemia

Un buen día de mi adolescencia comencé una etapa de audiciones de lo que hoy se suele llamar “rock clásico”. Luego de haber podido demostrarle mi responsabilidad (de alguna forma) a mi tío Leo, comenzó a prestarme discos de su preciada colección. Yo se los pedía por tandas: primero los Beatles, luego John Lennon… hasta que llegó el momento de Queen. Existen canciones contadas con los dedos que han dejado una huella en mí en el sentido de grabar un episodio de manera casi fotográfica (ya les explico). Una fue Bohemian Rhapsody. Por eso ahora la uso como apoyo para hablar un poco de la memoria, de la autoimagen y de la creatividad. No, no hay análisis musicales o líricos, que de esos sobran.

La memoria episódica es un fenómeno mental por el cual recordamos momentos de nuestra vida, relacionando aprendizajes con su contexto. Es distinta a la memoria semántica pues esta guarda los conocimientos sin conectarlos con las circunstancias en que se adquirieron. En ocasiones se relaciona la memoria episódica con la fotográfica (o eidética), que es la capacidad de recordar de manera muy clara, como en una foto o un video. Hay acontecimientos que, debido al impacto que nos causaron, quedan grabados de una forma muy vívida en nuestra mente. La muerte de un ser querido, un accidente de tránsito, cuando conocimos a alguien que nos impresionó… o la primera vez que nuestros sentidos captaron algo muy impactante. Como una canción. Cuando la oyes o tan solo piensas en ella (la oyes en tu interior), un flashback pasa frente a ti.

Decía que eso me ocurre con pocas canciones. Resulta curioso que dos de ellas son de Queen: la que nos ocupa y Another one bites the dust. Son temas que por algo me golpearon y me llegaron tanto que no puedo olvidar el momento exacto en que eso pasó. De toda la música que oí por primera vez en esas audiciones juveniles de los discos de mi tío, que siempre fueron emocionantes e iluminadoras, solo esta resalta en mi memoria. Y oí muy buena música en esos LP. Música que hasta hoy está entre mi preferida, y por la que le agradezco al tío Leo por siempre. Pero esta… esta me cambió la vida. Nunca oí algo igual antes y no creo haber oído nada mínimamente cercano después. ¿Por qué, qué tiene de especial?

Existe mucho rock progresivo que posee aspiraciones artísticas similares o incluso superiores a las de este tema. En términos compositivos, poéticos, de producción o de calidad técnica, hay muchísimas obras mejores que esta creación de Freddie Mercury. Lo que hace, desde mi opinión de músico y sicólogo, que esta sea la cima de la música popular es que no es pretenciosa, sino que fue una declaración de principios y una llamada de auxilio al mismo tiempo. Algo como Help! o Strawberry fields de John Lennon. Todo eso, haciéndole un guiño irónico a la música académica. Esta mezcla hace de Bohemian Rhapsody una joya irrepetible. Es que fue una obra que estuvo en la cabeza de Mercury incluso antes del nacimiento de Queen como grupo. Como la sinfonía “coral” de Beethoven, hasta el momento de que se presente al público la fue construyendo por años con meticulosidad, cariño y cuidado. Era una terapia.

Farrokh Bulsara sufrió la exclusión desde muy pequeño. De la etnia parsi de la India, nacido en el Sultanato de Zanzíbar, un protectorado británico, este chico tímido se refugió en la música como en un escudo ante las burlas por su origen y sus cuatro dientes incisivos extras. Eso sin contar con las dudas sobre su orientación sexual que ya comenzaban a manifestarse. Así, mientras crecía en la India escuchaba y tocaba música pop occidental y se hacía llamar Freddie. Alrededor de los 18 años emigró con su familia, huyendo de la lucha étnica, y se instaló en Londres. Sus habilidades musicales le habían dado un lugar en este nuevo entorno en el cual, después de todo, se sentía más a gusto, al contrario que su estricto padre. Desde su hogar hasta la escuela, nunca sintió encajar en ningún lado más que en el escenario, lo cual lo volvió inseguro, incluso hasta la depresión (“a veces desearía no haber nacido nunca”). Por eso construyó un personaje más allá de su persona, y él era quien salía a ejecutar sus composiciones.

La creatividad resultó para Mercury la llave hacia el reconocimiento. Recicló sus emociones de temor y dolor para volverlas música que sigue siendo la banda sonora de muchas vidas. Y la Rapsodia fue la mejor muestra de esto: extravagante, complicada, emocional, una mixtura casi perfecta de todo lo que se puede buscar en una obra de arte. Y debajo de eso, el grito desesperado de quien quisiera asesinar al mundo por el sufrimiento que le causó. La parte central, esa parafernalia sónica de alcances inesperados, con sus Galileos y Mamma mias, es más bien un distractor humorístico del verdadero sentimiento de desesperación. Esa canción del vaquero (como primero la llamó) o del bohemio que mata a alguien y va a confesarse con su madre para que se prepare al final inevitable, en realidad muestra a un ser vulnerable queriendo dejar el disfraz y ser él mismo, “de todos modos el viento sopla”, la vida sigue.

Bohemian Rhapsody no es únicamente una canción que ha llegado a ser número uno en las listas en varias oportunidades, es una piedra miliar de la música popular. Para mí, el secreto es que Freddie Mercury hizo de ella una parte de su vida, una oportunidad para traducir sus más oscuros momentos en arte. Por eso me impactó en la primera escucha, por eso ha quedado grabada en la memoria colectiva de unas cuantas generaciones. Porque fue hecha con amor, con un amor propio débil, pero con un amor que busca despegar sin saber a dónde. Es así que quien la oye una vez, no puede olvidarla.

Más que una canción, la Rapsodia Bohemia es una declaración de principios, de amor, de miedo, de dolor.

Buscando trabajo

El trabajo no solo es una necesidad por la retribución monetaria que recibimos gracias a él, sino que a través de nuestra ocupación damos respuesta a una vocación que forma parte de un sentido de vida. Es por esto que es muy importante ordenar las emociones y pensamientos que tenemos respecto al trabajo, la ocupación, la profesión, la vocación, la misión, el propósito y el sentido. Como vemos, en esta progresión vamos entendiendo el valor que tiene aquello en lo que gastamos a diario nuestro tiempo, y por qué nos frustra si dichos conceptos no se acaban conectando.

El trabajo es todo aquello que implica un esfuerzo para alcanzar un objetivo. En términos económicos, nos permite obtener los medios para adquirir lo que requerimos. Atendiendo a la pirámide de Maslow, gracias al trabajo el individuo independiente puede llenar sus necesidades básicas de alimentación, vestido y vivienda, así como las de seguridad (salud, protección, etc.). Sin embargo, también consigue propiciar el camino hacia el logro de necesidades más altas. Por ejemplo, si una persona no tiene qué comer, es difícil que pueda ocuparse de mantener relaciones interpersonales saludables y nutritivas. Peor aún buscar su autoactualización (formación, proyectos, sueños). Es por esto que en un mundo material (ya lo hablé cuando traté de la pobreza como estado mental) necesitamos ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, a decir del Génesis. Por esto, si no tenemos trabajo nos sentimos inseguros de poder cubrir necesidades.

Por su parte, una ocupación puede ser remunerada o no. Soy capaz de ocupar mi tiempo en investigar un tema por el mero gusto de aprender, y no ganar un centavo por ello. Por otra parte, puedo ocupar un puesto en una institución haciendo muy poco o nada y ganar un sueldo (el “piponazgo”, que le llaman). Lo ideal es que la ocupación sea un trabajo que me permita obtener réditos económicos para poder construir una vida digna para mí y quienes dependan de mí y que fomente mi crecimiento. Es un oficio si es habitual. Solo entonces el tiempo ocupado en una labor cobra importancia en mi vida. Al no tener una ocupación, nuestra existencia se siente vacía y perdemos motivación.

Para llegar a esto he de seguir una profesión, es decir, un oficio que uno ejerce y por el cual recibe una retribución. Es, además, algo para lo que me he preparado y he dedicado el tiempo en perfeccionar y así justificar dicha retribución. Por poner un ejemplo, puedo decir que soy músico porque me aprendí un par de canciones al oído, porque he dedicado muchos años de ensayo y entrenamiento a la música o porque hice una carrera en un conservatorio. El momento en el que alguien me va a pagar por ese trabajo, es evidente que va a preferir a quien esté mejor calificado, y dicha calificación es lo que conocemos como profesionalismo. Lo que se espera, entonces, es que aquella ocupación en la que trabajo sea una profesión a la que he dedicado tiempo en mejorar mis habilidades. Cuando no puedo ocuparme en la profesión en la que me he preparado o esa preparación no es aprovechada y reconocida me siento poco valorado.

Más allá de lo anterior, que es lo básico en el tema, tenemos la vocación. Existen algunas vocaciones, y una de ellas es la profesional. Esta nace de una convicción interior, un llamado a ejercer tal o cual profesión, a ocuparse en cierto trabajo. Puede percibirse como una inclinación hacia un oficio determinado, pero en el fondo es bastante más. Es la respuesta a quién soy. A mis habilidades, mis gustos, aquello que amo hacer y que me apasiona perfeccionar. Es por esto que no siempre la profesión responde a una vocación. Una odontóloga ama los animales, pero piensa que va a ser más difícil sobrevivir como veterinaria. Un músico frustrado que estudia leyes por contentar a su papá abogado. El mundo está lleno de casos así. Y si la profesión y la ocupación no sintonizan con la vocación, no existe aquel fuego interno que motiva a permanecer. Se resquebraja la estabilidad en cualquier trabajo pues no se lo hace con amor.

Incluso más profunda es la misión. Eso por lo cual siento que soy único, que tengo un lugar en los distintos grupos en los que me desenvuelvo. Esta misión es más amplia que la vocación profesional, porque no tiene que ver únicamente con qué hago en la vida, sino para qué lo hago; y no solo en el campo laboral, sino en la familia, los amigos, el barrio, etc. Por esto, la misión la vamos entendiendo conforme caminamos y tiene que ver, por supuesto, con las vocaciones. Estoy llamado a ser arquitecto pero… ¿para qué estoy llamado a serlo? ¿Qué papel cumplo en la familia, en la patria, en la sociedad como arquitecto? Entonces también debo considerarme no solo como un individuo, sino como parte de un colectivo que me permite ocuparme en la profesión a la que soy llamado, y le retribuyo con mi trabajo que busca ser óptimo y dar frutos. Cuando no hemos hallado la misión de nuestra vida, es difícil que encontremos un trabajo que nos satisfaga.

Detrás de todo esto está el propósito. Cuando hablamos de ikigai, lo tomábamos en cuenta: es aquello para lo cual hacemos cada cosa como parte de un gran paquete que engloba nuestra misión, pero que la excede. Es a la vez lo más básico y lo más importante en cuanto a la motivación en todo lo que realizamos. Mi misión puede ser la de ejercer la psicología con excelencia y centrándome en el cliente para así dar un aporte cívico y social a mi entorno. Mi propósito, mientras tanto, es ayudar a la gente con esa misión. Entonces, podría no hacerlo solo como psicólogo, sino como músico, laico comprometido o padre de familia. Incluso si en algún punto de mi vida debo dejar de trabajar en psicología, seguiría teniendo el mismo propósito, aunque habría que ajustar la misión. Es por esto que podemos confundirnos y pensar que si no encuentro trabajo en un área determinada, mi misión y mi propósito dejan de tener valor. Por consiguiente, nos frustramos y generamos vacíos.

El sentido es ese fin último hacia el cual nos dirigimos, y vimos su importancia también al hablar de ikigai. Es el más difuso, pues es aquel que vamos a la vez descubriendo y construyendo a lo largo de los años. No es de sorprender, entonces, que si queremos ajustar al sentido de vida la carrera que estudiamos apenas salimos del colegio a los 18 años, nos topemos con indecisión e impotencia. Es más, debido a lo nublado que se ve dicho sentido en la juventud, es casi seguro que no lo tomemos en cuenta para elegir una profesión y, cuando miramos atrás luego de las décadas, sintamos que erramos en la decisión. Es ahí cuando cualquier búsqueda de trabajo trae enorme desazón y vacío existencial.

Nuestra ruta a la felicidad está construida por varios bloques, y uno muy importante es nuestro trabajo. Sin embargo, como podemos ver, para que un trabajo nos llene de satisfacción no tiene que tener compañeros, jefes y ambiente laboral perfectos (lo cual es imposible): debe ajustarse a una vocación-misión y a un propósito que se enmarca en un sentido de vida. Esta suma es lo que los japoneses llaman ikigai. En consecuencia, cuando vemos claro esos niveles más profundos, el hecho de tener una ocupación desagradable o no tenerla nos afecta y nos entristece, pero no nos tira abajo. Seguimos luchando por sentirnos mejor en el espacio que ocupamos, entendiendo hasta dónde llega nuestro esfuerzo y dónde comienza lo que no podemos controlar. Encontrar ese ikigai hace que elijamos bien las ocupaciones e incluso que nos adaptemos de una mejor forma a las que ya tenemos. Si forma parte de nuestro sentido vital, aporta a nuestra felicidad.

Buscar trabajo, en consecuencia, no tiene por qué ser una tortura desesperanzada sino una espera paciente y alegre.

Foto de Andrea Piacquadio en Pexels

Lisiado por dentro (pt.2)

Con este artículo concluyo la idea del anterior acerca de usar como pretexto la canción de John Lennon, Crippled Inside, para buscar ingresar en el interior del artista y entender a las personas que parecen ser a un tiempo héroes y villanos, mayormente en sus relaciones. A esta he añadido la letra de Jealous Guy y otras del mismo Lennon que echan luz sobre el tema. Desde afuera, el narcisista puede verse como un individuo admirable y adorable, aunque por dentro esté impedido de demostrar el amor que siente. O que quisiera sentir porque lo hace de forma desordenada. Habíamos visto que aunque sus acciones puedan ser malas, el nivel de conciencia limitada por las heridas y los vacíos en su vida no permite calificarlos como malas personas. Queda una pregunta: ¿hay esperanza de que cambien? Veamos.

Recordemos que Henry W. Sullivan, diagnosticaba como perverso a John Lennon, alguien a quien Lacan señalaba que busca llenar el vacío del Otro con el goce. De ahí, a través de Paul-Claude Racamier y su perverso narcisista, llegamos al trastorno narcisista de la personalidad, según el cual el individuo se percibe superior, privilegiado, merecedor de un mundo ideal y sin comprender lo que el otro siente. Suele tener un estilo de apego inseguro (según la teoría de Bowlby) que conduce a hacer un esfuerzo exagerado por mantener el vínculo, pero sin dejar de verlo como un medio para alcanzar fines egoístas, a decir de Fromm. De todas formas, así como el trastorno surge de estas falencias afectivas, también se puede curar con amor, ayudado de terapia que le permita asumir la realidad.

Recuerdo que en alguna conversación con unos amigos, decían que un narcisista no se puede curar. Y, en sentido estricto, tienen razón. En realidad, muy pocos trastornos mentales desaparecen para siempre. Sin embargo, en un sentido más amplio, como en todo, se trata de estar conscientes de la dolencia y así poder vivir con ella y que no nos afecte ni a nosotros ni al entorno. Se suele decir también que es muy difícil que un narcisista pueda sanarse pues no cree tener un problema, peor aún piensa que necesita ayuda y por tanto no hace nada por mejorar. De todas formas, existen personas que de alguna manera impulsan al narcisista a que acuda a un profesional. Y este puede hacerlo simplemente para tener un aliado, alguien que le dé la razón y le haga ver al mundo que ellos son los equivocados. En el proceso, puede terminar tomando consciencia de todo y cambiando de camino. En realidad, es como una persona que necesita una silla de ruedas para caminar, no esperamos que se levante y camine al médico, pero podemos llevarlo y que él vaya encontrando la salud si colabora con el tratamiento. Recordemos: es un lisiado por dentro.

De alguna manera, Lennon fue entendiendo el origen de sus malos comportamientos y los fue suavizando poco a poco. Algo habrán logrado los psicólogos y psiquiatras que lo trataron, pero sobre todo creo que se debió a una claridad mental y emocional cada vez mayor gracias al paso de los años, las circunstancias vividas y las distintas personas que le fueron mostrando de alguna manera la realidad. En el inicio de su vida sentimental, John había evidenciado un apego evitativo con Cynthia Powell: no quería mostrar el lazo que tenía con ella, pero le desesperaba pensar que no podía estar a su lado. Cuando ya la tuvo, la trató siempre con desprecio y agresividad, aun diciendo que la amaba más que a nadie. Cynthia contó cómo el LSD lo convirtió, de un monstruo violento, en un ser para quien todo era paz y amor. Sin embargo, un ser distante y ausente. Alguien con el cual no podía construir una relación. Un ser incapaz de amar pues, como demuestra en How?, del mismo LP Imagine: “¿Cómo puedo dar amor, cuando el amor es algo que nunca tuve?”.

El LSD, lejos de curarlo, lo volvió más egoísta y ensimismado, pero ya comenzaba a alcanzar una conciencia de sus emociones más profunda. En esto debo poner en un primer plano a Yoko Ono, su célebre esposa en los últimos años. Como artista, me parece una niña rebelde tratando de llamar la atención, pero como persona la considero muy inteligente y con los pies en la tierra. Y eso le dio a John, quien en su última época fue brindándole importancia a sus relaciones y a la vida misma más que a su propia imagen de ídolo de masas y activista por la paz. Un hecho que se muestra en su último disco, y sobre todo en Watching the wheels. Un retrato de cuerpo entero del narcisista redimido por la fuerza del amor. Del verdadero amor, y no solo palabras que laven su conciencia de chico inseguro y violento, como él mismo dijo: “no pude expresarme y golpeé. Luché contra los hombres y golpeé a las mujeres. Por eso siempre hablo de la paz”.

La solución si estamos en una relación con un narcisista no es cortar y hacer como si esta no hubiera existido. La solución es ayudarlo a encontrar la seguridad en él mismo, la capacidad de amar y ser amado, la empatía. No siempre es posible, y muchas veces no hay camino más sano que poner distancia para evitar dañar o ser dañados. Pero esa distancia no tiene por qué ser definitiva, pues lo que ocasiona es que el narcisista se sienta aún más golpeado en su amor propio, y por tanto más impulsado a traducir su vacío afectivo en violencia y desprecio. Amar al necesitado implica no tanto no alejarnos de él, sino darle muestras de amor que lo puedan motivar a buscar una salida. Como hizo Yoko con Lennon. ¿Era malo John? No, era un animal herido mostrando sus garras ante un mundo hostil. ¿Tuvo la culpa de todo el daño que causó? No dejamos de ser libres de elegir hacer el bien o el mal, pero esa libertad está condicionada por nuestra historia. ¿Logró sanarse? Pienso que por lo que se puede ver en el álbum Double Fantasy, así como lo relatado por sus hijos, sus allegados, Yoko y sobre todo él mismo, los últimos meses de vida mostraron que estaba en ese camino. El narcisista no es un caso perdido, es alguien que no ha logrado encontrarse consigo mismo ni con el otro.

Si sabemos propiciar encuentros, los narcisistas dejarán de serlo.

Foto por Andy Warhol, Omega/BNPS

Lisiado por dentro (pt.1)

En este artículo y el siguiente voy a usar como pretexto la canción de John Lennon que lleva por título las palabras que encabezan este texto, en inglés Crippled Inside. Su letra reflexiona sobre que puedes mostrarte como quieras, pero no puedes esconder que estás lisiado por dentro. Si bien se le ha dado múltiples interpretaciones, yo siempre sentí que en su letra hablaba de sí mismo. Y si tomamos en cuenta que en el disco Imagine se continúa con Jealous Guy, esto parece tener sustento. Algo que se comprueba en el libro Imagine – John – Yoko, lanzado hace unos años, pero que contiene material recogido durante la grabación de dicho LP. Por todo esto, la canción (las dos canciones) son un apoyo para hablar del artista que las creó, y de ahí partir a tratar de comprender ese tipo de gente que parece disfrutar haciendo daño a los demás, sobre todo a sus parejas. Y, como parte de lo que he venido publicando anteriormente, de cómo se aconseja dejar a esas personas de lado porque no tenemos por qué aceptar el sufrimiento. Ideas fuertes. ¿Son malas estas personas? ¿Por qué son así? ¿Hay esperanza de que cambien? Es un tema complejo, que da para incluso más que estos dos artículos. Veamos.

Henry W. Sullivan, en su Los Beatles y Lacan, diagnostica a John Lennon como perverso. Jacques Lacan saca al concepto de la perversión del ámbito sexual en el cual había sido concebida en el siglo XIX y usada por Freud. Para Lacan, el perverso busca llenar el vacío del Otro (la ausencia afectiva de la madre, por ejemplo) con el goce, y es irrelevante el medio para obtenerlo. Paul-Claude Racamier, otro psiquiatra y psicoanalista francés, tipifica al perverso narcisista con una serie de síntomas que surgen de lo anterior. Hoy este concepto se ha visto sustituido por el de trastorno narcisista de la personalidad, que ya he topado antes (sobre todo tratando el Instagram). El narcisista presenta un sentimiento de grandiosidad que lo lleva a una necesidad de admiración y falta de empatía; es decir, de sentir con el otro. Tiende a ver a los demás como objetos pues, según Fromm, no entienden el amor como una actitud sino como la relación con una persona específica. Esto les impide entender al amor como don y lo valoran por lo que obtienen de una pareja.

Según relata Cynthia Lennon, su primera esposa, ella vivió con John un verdadero infierno prácticamente desde el día uno. Siendo apenas compañeros en el instituto de arte, Lennon (un bully en toda ley) siempre se reía de ella por ser una “niña buena” de clase más acomodada que él e incluso más dotada artísticamente. El mismo día en el que la invitó a salir por primera vez, ante la respuesta de que ella tenía novio, él le espetó un mordaz: “no te pedí que te casaras conmigo, ¿verdad?”. Cynthia asistió, siendo sistemáticamente ignorada por John toda la noche. Una vez, ya como novios y al verla bailando con su amigo Stuart Sutcliffe, la abofeteó, haciendo que su cabeza golpee con la pared. Cynthia rompió durante algunos meses, pero regresó ante los ruegos de Lennon. Este patrón entre agresión y súplica de perdón se mantuvo a lo largo de su relación. Algo similar fue su actuación con Julian, hijo de ambos y razón por la cual se casaron, por iniciativa del mismo John: un padre invisible, despreocupado y nada afectivo. Repitiendo lo que él vivió en su infancia.

John Lennon (aunque no lo parecía) era muy inseguro, debido al entorno en el que creció. En lo global, una sociedad que estaba pasando el horror de una guerra mundial, con todas las escaseces que conlleva; Liverpool, una ciudad pequeña, pero a la vez muy relajada por el hecho de ser un puerto donde los marineros embarcan y desembarcan con culturas diversas. Una familia con antecedentes psiquiátricos, un padre ausente y una madre que no pudo manejar esta situación. Una tía cariñosa y que se echó sobre los hombros la responsabilidad de ponerle límites para que sea un hombre de bien. Aunque tuvo medios hermanos, fue criado como hijo único. Él mismo así lo expresa: “solía pensar que el mundo me lo estaba haciendo y que el mundo me debía algo”. Y por eso su inseguridad (“me sentía inseguro / puede que ya no me ames” en Jealous guy) y verse como un minusválido, un lisiado por dentro.

Si una persona crece en un ambiente que no lo nutre sino que lo excluye y le considera inadecuado, el inconsciente comienza a hablarle como a un incapaz. “Era aterrador cuando era niño, porque no había nadie con quien relacionarse”, llegó a decir. Pues un pequeño en esas circunstancias se percibe único en un sentido no saludable, como un tornillo en el medio de clavos. Considera que nadie lo entiende, que no hay con quién compartir lo que siente. Se piensa parte de un grupo selecto de genios incomprendidos que sufren aislamiento y soledad. El capullo de un narcisista. Es cuando el mecanismo para relacionarse con los demás es la sospecha y la actitud defensiva. “Todo el mundo tiene miedo de decir algo agradable sobre alguien en caso de que no responda algo agradable o en caso de que le lastime”, declaraba John Lennon. Ese “todo el mundo” no es en realidad tan globalizante, y quizás se refería a la gente que había conocido o a cómo él las veía. Porque hay maneras saludables de encontrarse con el prójimo que no son así.

El arte de John era un llamado de auxilio. Como aquel de Help!. Él mismo lo relata: “estaba pidiendo ayuda a gritos de tal forma que no me di cuenta en ese momento. […] Era mi periodo del ‘Elvis Gordo'”. A manera del ídolo del rocanrol, había venido construyendo una imagen de Lennon, olvidando a John, como acotaría años después. En dicho tema se revela su inseguridad, confrontada con esa postura rebelde y autosuficiente de su adolescencia, la cual era un mecanismo de defensa ante la falta de una autoestima sana. Es curioso que si se hubiera mantenido el ritmo lento en el que fue concebida la música, dicho sentimiento se habría vuelto más visible. El hecho es que todas estas letras revelan a un ser disminuido dentro de una cáscara de héroe del pop y peleonero contestatario. El narcisista tiene esta aparente incoherencia, y lo que vemos es la punta del iceberg: violencia y arrogancia, ego inflado y falta de empatía.

La música popular le debe a Lennon una buena parcela de innovación, creatividad y emoción desbordada. Algo que quizá no podríamos haber obtenido si él no hubiera padecido un trastorno narcisista. Evidentemente, las personas que lo rodearon y no supieron manejar esa debilidad sufrieron mucho y resultaron muy dañadas. No obstante, él mismo fue concienciando sus heridas, sus vacíos y las reacciones equivocadas a las que condujeron. Y fue creciendo y sanando. Pero eso es el tema del siguiente post. No se lo pierdan.

Porque detrás de un héroe puede haber una gran lucha interna con sus propios monstruos.

Foto por Andy Warhol, Omega/BNPS

Ojalá te mueras

Detrás de esta frase, es evidente, existen sentimientos muy fuertes. Muuuy fuertes. Sin embargo, no podemos tomarla como algo literal, pues esos sentimientos ocasionan que uno diga cosas que en realidad no quisiera decir en momentos más tranquilos. Se trata de la ira, la impotencia, la frustración y el dolor hablando. No necesariamente tiene que haber un daño irreparable o una intención de parte del otro de destruir nuestra vida. Puede ser que estemos con la sensibilidad a flor de piel o que hayamos llegado al límite después de haber llenado el vaso hasta el borde. El caso es que la emoción nos ha vencido, y sentimos que la única salida a nuestro sufrimiento sería que la otra persona desaparezca y, claro, nuestra mente relaciona esa desaparición con la muerte. Es de lo que traté en el artículo pasado.

Cuando pienso en esta emoción, me viene a la mente aquel Bailaré sobre tu tumba de Siniestro Total. Desde que la oí por primera vez en mi adolescencia me hacía pensar en un tipo lleno de ira hacia una chica traicionera, ideando las maneras más sádicas y a la vez cómicas (y por tanto denigrantes) de asesinarla, y -para más insulto- mostrar la alegría de su ausencia con una danza encima de su sepulcro. Sé que la motivación de un grupo punk no suele ser tan romántica (en onda wertheriana), sino que más bien es contestataria-tragicómica. Lo cual cobró sentido cuando me enteré, muchos años después, que la letra estaba inspirada en el diálogo de la película de Coppola (siempre enganchado con temas mafiosos) Cotton Club, salpicándola con referencias culturales acordes al ambiente rocanrolero de la canción. En fin, que no habla de desearle la muerte a la ex, sino de querer asesinar al “bully” que le hace la vida a cuadritos.

De todas formas, aquella letra (a la cual se puede sumar, de una manera más poética, la de Silvio Rodríguez, Ojalá) no ha dejado de ser la imagen que tengo cuando alguien me cuenta que ha deseado que aquel que le ha herido tanto desaparezca. O, al otro lado, que la otra persona le deseó la muerte a él. Dos caras de la misma moneda, con contextos similares pero consecuencias diversas. Y de eso es lo que quiero hablar aquí. ¿Qué ocasiona que alguien desee que el otro se esfume de su vida? ¿Cómo se siente quien ha oído una frase tan lapidaria? Conviene ponerse en los zapatos de esa gente para dimensionar en verdad esto que no es tan sencillo.

Una pareja que no ha podido generar un vínculo saludable puede vivir mucho dolor en la relación, incluso hasta sentir que la vida es un infierno. Nuestra mente tiende a buscar culpables y, dependiendo de la autoimagen que tenga, ese culpable puedo ser yo o el otro. Cuando tengo una autoimagen inflada (que suele ser síntoma de un trastorno de personalidad), lo más probable es que mi inconsciente le eche todo el bulto a mi pareja: “yo no puedo haber causado esto, porque eso destruiría mi resquebrajada seguridad; lo tiene que haber hecho ella” (la otra persona). En consecuencia, para yo poder sentirme inocente y con ello ser capaz de seguir teniendo una autoestima vivible lo ideal sería que esa persona desaparezca, y ojalá se llevara todo lo que vivimos con ella. “Ojalá pase algo que te borre de pronto”.

El otro lado es ser esa persona que quiere ser borrada de la historia de alguien que antes decía que la amaba. Como en el bolero Ojalá que te mueras que, en la voz de José José, relata que el protagonista, después de ver cómo su pareja se marcha gritándole esas palabras, se dispone a morir. En realidad no lo piensa de forma seria (busca que una bala perdida le mate… ¿qué posibilidades hay?), y se termina justificando al decir que su vida no es suya pues se la dio a su ex, por lo que no se la puede quitar mientras no se la devuelva. Más allá de este giro dramático, es real que alguien a quien se le desea la muerte se cuestione la propia vida: “si para la persona que más amo no valgo nada, ¿de qué sirve seguir aquí?”. Hay un pequeño aroma subconsciente, también: “si eso es lo que desea, se lo voy a conceder y así le hago ver lo horrible de lo que dijo”. Detrás, existe un escaso amor propio y una autoestima por los suelos. No se siente digno del amor de nadie, no encuentra el propósito de su existencia.

Estos deseos de muerte no son exclusivos de la relación de pareja. Se presentan en cualquier tipo de relación: familia, amistad, negocios… Hasta la muerte de Dios, deseo retratado en la parábola del hijo pródigo. El ingrediente esencial es la impotencia ante la inviabilidad de dicha relación. Considera que hizo todo lo que estaba en sus manos para sentirse bien con el otro y obtener lo que buscaba, sin embargo no lo obtuvo. Trató de cambiarlo para que sea como quería, pero no lo logró. Es que el otro no puso de parte. Que se muera. Como podemos ver, hemos entrado en la lógica del descarte, del desprecio: “esta persona no me sirve porque no me da lo que necesito, es pobre”. Que se muera, y así no tendrá que volver a pensar en ella. Como si eso fuera posible. Si la mente aprendió que el problema se soluciona eliminando su fuente, no es de extrañar que el sufrimiento en una relación tóxica se quiera solucionar con la eliminación del otro. Si la mamá logra que el niño evite golpearse quitando todo lo que tiene en frente, este crecerá pensando que los demás le deben limpiar el camino a la felicidad y, si no, berrinche. “Cómo pudiste hacerme esto a mí / yo que te hubiese querido hasta el fin. / Sé que te arrepentirás”, decían Alaska y Dinarama.

En realidad, entender los procesos mentales que subyacen al deseo de que el otro desaparezca es esencial para comprender cómo se puede actuar de una manera sana. Si encuentro la raíz de mi desazón, logro combatir al verdadero enemigo, que no es la otra persona, sino un complejo mundo psicoafectivo que debe trabajar cada cual por su lado y en conjunto. Si la relación no funciona no es culpa de nadie y a la vez responsabilidad de todos. Encontrar a otro es responder al hecho de que somos seres-en-relación: nos debemos a los demás, nos sostenemos en ellos. Subimos la montaña en una misma cordada. Si algo no anda bien, hay que trabajarlo juntos. Y si, por último, luego de tanta lucha, no logramos encontrar la punta del hilo, la solución no tiene que ser desear la muerte del otro. Porque seguirá ahí, aun muerto seguirá en nuestra historia y en nuestros recuerdos. Por eso, más vale que nos despidamos con un abrazo o un apretón de manos, sin rencores y siendo honestos con nuestros sentimientos. La vida sigue, y aunque con caminos separados, es posible que nos volvamos a encontrar.

Y más vale que sea un buen reencuentro.

Foto por Andrea Piacquadio en Pexels.com

Sanar vínculos

En estos tiempos, donde existe una lucha entre individualismo y colectivismo (como vimos en el artículo anterior), el primero tiene voz de mando cuando de las relaciones personales se trata. Hoy, si una relación no funciona, te aconsejan desecharla y a otra cosa. Incluso profesionales de la salud “cortan por lo sano”: no vale la pena seguir luchando por algo que no funciona, así que conviene hacer mutis por el foro. Pero, ¿la única salida para un vínculo tóxico es el abandono? ¿Qué estamos considerando al decidir que no podemos seguir con una persona? Y la pregunta máxima: ¿es posible cortar el lazo con alguien para siempre? Y la canción que me viene a la mente es Somebody that I used to know de Gotye, que como dice en el título, pretende que luego de una relación amorosa que ha terminado el uno acabe siendo para el otro nada más que alguien que solía conocer.

Según el sociólogo Eduardo Bericat “la mayor parte de las emociones humanas se nutren y tienen sentido en el marco de nuestras relaciones sociales”. Por esto es lógico, conectándolo además con la pirámide de Maslow, que en lo relacional se juegue la estabilidad necesaria para partir hacia el autodesarrollo. En otras palabras, si me siento mal en una de mis relaciones, me estancaré en el resto de mis actuaciones. Por esto, lo más sencillo es bloquear esa relación para poder continuar con mi vida. Sin embargo, ello nos lleva a lo que el papa Francisco ha llamado la cultura del descarte: una forma de discriminación, una práctica de exclusión. Algo que se relaciona con lo que el filósofo Axel Honneth denomina la sociedad del desprecio: sujetos que buscan el reconocimiento y que al fallar son parte de un grupo que se hace a un lado. Podemos pensar que esto tiene que ver con la aporofobia de la que habla la filósofa española Adela Cortina: el miedo al pobre. Pienso que esta pobreza no es nada más financiera, sino que se refiere a todo aquel que tiene menos que nosotros en cualquier aspecto. El papa Francisco contrapone una cultura de la acogida a la del descarte. Considero que podemos conectarla con la congruencia, la comprensión empática y la aceptación incondicional de las que Carl Rogers habla como condiciones de relaciones saludables. Esto tiene que ver con la propuesta dialógica de Martin Buber que concibe al yo no como algo aislado sino siempre en relación con el otro. Concebir el yo en solitario es imposible, dice, pues sería hacerlo fuera de la historia.

“Quisiera que desaparecieras”. ¿Les suena esta frase? Seguro todos la hemos oído o hasta dicho cuando hay un conflicto muy fuerte y doloroso. Son palabras que retratan de cuerpo entero la emoción que sentimos: negar la existencia del otro es acabar con el sufrimiento que nos causa el vínculo con él. Y tenemos la ilusión de poder cortarlo y que nunca más sepamos de ese individuo. Como en la película de Michel Gondry, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, donde se ofrece el servicio de eliminar de la memoria a la persona con la que se ha tenido una ruptura. Pero, como en la vida real, en el filme vemos que el protagonista no puede realizar ese borrado por completo y quiere que el vínculo renazca, aunque no lo sabe.

Ninguna persona que ha entrado a nuestra vida puede salir. No en sentido estricto. Claro, soy capaz de dejar de hablar con ella, bloquearle en todas las redes y hasta el teléfono. No volver a tomar contacto y evitar los encuentros. Pero seguirá estando en mi historia, aunque sea como un mal sueño. Eso lo noto en las emociones que surgen cuando, si bien he puesto todas las barreras posibles entre ella y yo, vuelvo a verla o alguien tan siquiera me habla de ella. Como en ese tema de Giordano Di Marzo (cantado por Guillermo Dávila) que reza: “Los amigos hablan de tu piel morena […] / de tus fantasías y de tu belleza. / Las amigas dicen que estás cambiada, […] que te quedas callada cuando me nombran. / Eres solo una sombra y te digo que / No voy a mover un dedo […] / por tu maldito orgullo / Yo no quiero nada tuyo / Ni tu amor”. O sea, no me interesa lo que pase contigo, pero igual sigo oyendo cosas sobre ti, no te esfumaste.

No se diga si es que hablamos de esos vínculos permanentes, que no se desvanecen ni hasta luego de la muerte, como son los familiares. Aunque tengas la familia más disfuncional del mundo, aunque tu padre te haya abandonado o tu madre te haya dicho que ojalá no hubieras nacido, no puedes evitar sentir la necesidad de afecto que viene de ellos. Y aunque lo niegues. Un vacío afectivo que después irás buscando llenar con otras relaciones o incluso con cosas o vicios. Pues a una pareja la podemos dejar y no volver a saber de ella, hasta cierto punto; a un amigo lo “banearemos” y huiremos de su presencia; pero ese miembro de la familia es parte de nuestra historia de manera indeleble. En el caso de los padres, aunque los odiemos y los consideremos muertos, ahí siguen hasta en el documento de ciudadanía.

Por esto, pensar que para nuestra salud mental debemos cortar los vínculos y buscar relacionarlos solo con la gente que nos aporta es iluso y hasta nocivo. No. Debemos sanarlos. Hemos de tratar de trabajarlos en nuestro interior, para después actuar con ellos de una manera positiva y proactiva. Es decir, no intentar matar en vida a la persona que nos hizo daño, sino saber qué podemos esperar de ella y qué espera ella de nosotros. Como decía una cliente el otro día: asumir quién es quién. No pedir peras al olmo, como veíamos al hablar de expectativa y esperanza. Si una persona no puede darme cariño porque nunca lo recibió, la solución no es ni tratar de cambiarlo ni desear que desaparezca. La solución es aceptar que esa es una relación en la cual no puedo esperar cariño, aunque tal vez sí un buen rato tomando un café.

Además, ¿pensaste alguna vez que si una persona es inadecuada para ti también puede serlo para los demás? No es la regla, pero pasa. ¿Y si tú eres esa persona inadecuada? Por ejemplo, a quien tiene un trastorno límite de personalidad le cuesta mantener relaciones saludables. En consecuencia, si todos deciden cortar con él por ser tóxico, es probable que se quede solo. ¿Es justo, humano, actuamos con amor? Para nada. Estamos condenando al otro por el simple hecho de ser un pobre emocional, por tener muy poco que ofrecer en lo afectivo. En cambio, si lo acogemos, no para que sea un esposo o amigo íntimo, pero sí para apoyarlo y darle algo del afecto que mendiga, estaremos avanzando un pasito hacia su propia curación. Y dando nos hacemos más ricos. Es como asumir que a un pordiosero no le puedo pedir que sea inversionista en mi negocio, pero sí darle un sanduchito para que calme un poco su hambre. No tengo por qué encerrarlo en una celda y que desaparezca.

Comprendamos que cuando comenzamos a entablar relaciones con una persona, esta llegó para quedarse. Nuestra decisión es de qué manera es más saludable que se quede, cuánta distancia física, espiritual o emocional tenemos con ella. Mantener las cosas positivas y desechar las negativas. No necesariamente debemos alejarnos, aunque si corresponde evitar el contacto frecuente porque nos lastima, habrá que hacerlo. Pues siempre se puede sanar los vínculos a través de la aceptación de lo que es el otro y de cuánto tiene para ofrecerme (aun siendo poco o nada) y cuánto puedo darle yo. En contra de los mensajes que leemos a diario, para tener una vida feliz no necesitamos cortar con quienes nos hacen daño, sino sanar esas heridas, saber poner esa relación en el lugar justo y esperar lo que es realista. Eso es amor, y el amor siempre devuelve el ciento por uno.

Amar incluso al enemigo, sin necesidad de aprobar sus actos.

Foto por Egor Kamelev en Pexels

Independencia

Hoy se celebra un año más del Grito de Independencia de Quito, que representó con su Junta Suprema el arranque oficial de la emancipación de los pueblos hispanoamericanos del dominio español. Otros países también han celebrado sus respectivas gestas en estos días (Perú celebró el bicentenario el 28 de julio) o lo harán en los siguientes. Quisiera usar estos hechos como pretexto para hablar sobre la independencia en nuestros vínculos, los cuales han de pasar del apego al amor, como ya he tratado en otros artículos anteriores sobre las relaciones de dependencia. Tendré que hacer simplificaciones para poder traer al mundo doméstico lo que le compete a la geopolítica, sin embargo confío en que la analogía resulte ilustrativa.

Conviene recordar a John Bowlby y su teoría del apego, al cual definió como “cualquier forma de comportamiento que hace que una persona alcance o conserve proximidad con respecto a otro individuo diferenciado y preferido”. Según Bowlby, este apego primigenio está relacionado con el desarrollo emocional de la persona y sus posteriores habilidades relacionales. Su modelo propone cuatro sistemas de conductas relacionados entre sí: el de conductas de apego, de exploración, de miedo a los extraños y el afiliativo. Mary Ainsworth, junto con otros investigadores, partiendo de esta teoría, ha venido estudiando el fenómeno del apego. Lo ha hecho en estado natural, digamos, como hizo con una tribu de Uganda, o con su famoso experimento de la situación del extraño, que le condujo a sugerir los patrones de apego seguro, evitativo y ambivalente. En este experimento, se llevaba a un niño con su madre y se lo exponía a diversas situaciones con un extraño para medir su reacción.

En este sentido, y para poder realizar la analogía de la dependencia en las relaciones personales con las internacionales, voy a hacerlo a través de los sistemas propuestos por Bowlby:

1. El sistema de conductas de apego.

Son aquellas que sirven para mantener la cercanía con las figuras de apego. El clásico “está haciendo una rabieta para llamar la atención”.

El proceso independentista hispanoamericano se inició con una serie de protestas dispersas que no llegaron a ser revoluciones. En realidad, las naciones americanas estaban desarrollándose y lo que querían era reclamar la preocupación de España hacia sus problemas. Posteriormente, los distintos gritos de independencia resultaron llamados a la adhesión a un modo de gobernar tradicional, contra el autoritarismo que estaba imponiendo el imperio napoleónico. Una manera de decir: “mamá, como no me haces caso me voy”.

En nuestras relaciones, no es extraño que actuemos con este apego ambivalente. Nos peleamos con el otro, con la intención inconsciente de hacerle un llamado de atención para que no se aleje y nos trate mejor. Como no estamos seguros de nosotros ni de la relación, queremos comprobar la cercanía de la figura de apego (en el niño la madre, en el adulto la pareja).

2. El sistema de exploración.

En íntima conexión con el anterior, en una proporción inversa: mientras menores conductas de apego, mayor exploración del entorno. Una muestra son los niños que no se despegan de la pierna de la madre cuando salen.

Las naciones americanas, luego de aquellas primeras etapas, comienzan sus guerras independentistas. Están explorando la capacidad para enfrentarse a su madre patria y subsistir con autonomía, y esta no se resigna a dejarlas ir. Los gobiernos peninsulares no se sienten seguros de poder sostener su tren de vida sin la dependencia económica hacia los pueblos colonizados. Por ello luchan por mantener su statu quo a toda costa.

Como el adolescente que ha desarrollado un apego seguro con su madre y comienza a hacer uso de su libertad, el adulto que se siente confiado en su relación con el otro no teme separarse y conocer incluso nuevas personas y situaciones, y que la otra persona haga lo mismo. Por el contrario, el adulto con apego inseguro tendrá peleas muy fuertes (hasta llegar a la violencia) por miedo a perder al otro; es como el adolescente que le hará una escena a su madre porque no le resolvió un problema.

3. El sistema de miedo a los extraños.

También en relación con los sistemas previos, sobre todo con el exploratorio, se pone en marcha cuando el ambiente se percibe hostil y no se cuenta con la protección materna, normalmente llevando al aislamiento. Como el niño que es dejado solo en una fiesta y se queda sentado en una esquina sin tomar contacto con nadie.

Las naciones, ahora independientes, comienzan a buscar desarrollarse de una manera autónoma. Se inician los discursos de rechazo a los imperialismos, e incluso los conflictos con los vecinos. Surgen en algunos momentos y en ciertos países nacionalismos que nacen de la inseguridad en una identidad en construcción.

En las relaciones de dependencia, no es raro que el uno quiera alejar al otro de quienes le resultan extraños: familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc. Representan una amenaza para su relación en el sentido en el que pueden separarlo del estilo de vida que ha impuesto como protección. Como el niño o el adolescente que evita salir del aula en horarios de recreo, por no saber si es lo suficiente para ser aceptado por el grupo. Sus amigos son quienes se acercan a él y le demuestran que puede confiar en ellos.

4. El sistema afiliativo.

Es la tendencia natural de las personas a interactuar y mantener proximidad con otros. Este se da cuando los sistemas previos se equilibran. El niño siente necesidad de jugar con sus pares, y si logra vencer sus miedos a través de vínculos seguros disfrutará haciéndolo.

Luego de alcanzar su madurez como naciones, los países americanos (esperemos que todos) logran establecer vínculos políticos y económicos entre ellos y con otros fuera del continente. Surge una necesidad de asociarse y apoyarse mutuamente, encontrando lazos de unión. Son interdependientes, ya no dependientes.

Cuando en una relación ambas personas logran la seguridad para no necesitar ninguno de los sistemas anteriores, sino que del apego seguro han llegado al amor, pueden depender uno del otro de una manera saludable. Como un hijo que ha logrado crecer sintiendo el apoyo de sus padres, pero sin necesitar que ellos estén ahí para resolverle la vida.

Podemos caminar del apego, que es el estado básico de relación entre dos seres, hasta el amor, que es el sentimiento que busca el bien del otro y a la vez se sostiene en él para construir juntos. No necesitamos al otro para sobrevivir ni para desarrollarnos, pero sí vamos creciendo lado a lado. Como los países latinoamericanos que pasaron de un apego inseguro a buscar la seguridad de la hermandad de naciones, aun sabiendo que no es perfecta, edifican un futuro juntos. Buscar relaciones en las que nos alimentemos mutuamente es el fin del amor y aporta al sentido de vida de cada uno.

La interdependencia, basada en el amor, nos permite seguir cada cual sus pasos pero con un mismo horizonte.

Foto por Sanketh Rao en Pexels.com