Aprender a soltar

Es frecuente que sintamos que no estamos obteniendo los resultados que esperamos en alguna tarea o en cierto proyecto y que pensemos en qué estaremos haciendo mal. O enfrentamos un problema más o menos grave y nos preguntamos “¿por qué a mí?”, rogando al cielo justicia. Me viene a la mente Let it be de The Beatles, en la cual un desesperado Paul McCartney, ante las dificultades que enfrentaba con sus compañeros, recibe una respuesta en sueños: “déjalo ser”. Era su madre, que había muerto cuando él tenía 14 años. Él sintió, entonces, que debía permitir que todo fluyera y dejarse llevar por los acontecimientos. Una respuesta que deseaba gritarle a la gente quebrantada, a los solitarios a los que había cantado ya en Eleanor Rigby. Esta letra me ha acompañado durante casi toda mi vida y fue una de las primeras que aprendí en el piano. Sin querer hacer juicios de valor sobre la experiencia de Paul, siento que contiene un secreto que no se lo inventó él, pero que resulta difícil de entender muchas veces. Saber soltar.

El hecho de fluir con las vicisitudes es algo de lo cual ya he hablado cuando he topado temas tan distintos como la psicología positiva, el ikigai o el reguetón. Es un concepto que ha desarrollado el sicólogo húngaro-estadounidense Mihály Csíkszentmihályi. Una parte de sus ideas nos hablan de que hemos de alcanzar un equilibrio entre el desafío de la tarea y la habilidad para ejecutarla. En particular, cuando pensamos que ese desafío es demasiado alto comparado con lo que podemos hacer, sentimos preocupación, ansiedad o desmotivación acerca de nuestro propósito. Esta frustración, que viene de la impotencia, nos tira abajo: estamos más preocupados por el tamaño que tienen nuestros sueños y no por concentrarnos en lo que necesitamos para alcanzarlos. Aquí el verbo que precisamos es soltar. Si logramos aquello que el mismo Csíkszentmihályi llama atención plena (o mindfulness), un concepto que también se halla en el budismo y que luego pasó a la sicología positiva, podemos deshacernos de lo que no nos hace falta. La atención plena es la práctica de enfocarnos de forma deliberada en el momento presente, sin evaluación. Es algo que no puedo evitar relacionar con uno de los mensajes que más me han llegado de parte de Jesús: “bástele a cada día su afán”. Es decir, haz lo tuyo y el resto déjalo en manos de Dios.

En realidad, soltar no significa despreocuparse, sino atender de forma completa a lo fundamental. Cuando nuestra mente se enfoca de lleno en la tarea que estamos realizando, con “alma, vida y sombrero”, no solo la hacemos mejor, sino que nuestra mente está en paz y el corazón alegre. El estrés, en gran medida, proviene de permitir que pensamientos externos a la tarea vengan a arruinarnos el día. Ya vimos esto al hablar de resetear la mente y la carga cognitiva. Cuando mencionamos pensamientos externos también debemos tomar en cuenta aquellos que nos llevan a pensar qué más tenemos que hacer para que todo salga perfecto, según lo planeado. La verdad es que debemos asumir que esto no es posible. Los planes son guías, no trabajos terminados ni camisas de fuerza. Y los planes no pueden tener en cuenta todas las variables que intervienen (y de esto también escribí el año pasado).

Soltar significa entender hasta dónde yo puedo actuar para que los objetivos se cumplan. Porque en ese momento podremos hacernos cargo de lo nuestro, con esperanza en que todo lo demás también se adecue. Mientras no logramos esta comprensión, estamos manejando una tensión más allá de lo necesario y sobrepasando nuestras capacidades. Por esto, en el momento en el cual las cosas no salen como esperamos, nos sentimos frustrados, agotados, impotentes y desmotivados. Es como querer cargar un peso enorme solos y sin ninguna ayuda, sin esas máquinas simples de las que hablé en otro artículo. Soltar, por consiguiente, es saber asumir la responsabilidad que nos toca, y dejar que pase lo que tenga que pasar, como suele decirse. Los creyentes vemos ahí lo que le corresponde a Dios, el Señor de los Ejércitos, quien tiene a cargo todas las luchas.

Grafiquemos un poco con el mismo ejemplo del peso enorme. Pensar que despreocuparse es soltar es como querer que dicho peso se transporte solo, sin que yo intervenga. Hay gente que confunde la idea cristiana de que la fe mueve montañas (“si tuvieran la fe como un grano de mostaza…”) con quedarse rezando sin actuar con el fin de que la situación cambie. Pero Dios hace milagros, no magia. Necesita de nuestro trabajo antes de ejecutar su parte. Lo que es real en cuanto a soltar es justo esto: pedir ayuda para cargar ese peso enorme, pero también usar una polea, una palanca y planos inclinados y así poder levantarlo. Yo pongo toda mi capacidad en alzar esa montaña, aunque conozco mis límites y sé que hay alguien más fuerte que me va a dar una mano para lograrlo. Ese es el secreto.

Aprender a soltar es aprender a asumir nuestros límites. Es entender que muy poco está bajo nuestro control, y si queremos lograr nuestros objetivos tendremos que hacernos cargo de ese poco, confiando en que todo lo demás irá calzando. Y si no, pues aprender la lección y seguir adelante. Porque seguro algo dejamos de hacer o -precisamente- algo dejamos de soltar. ¿Cómo permitir que el bote se eche a la mar si estamos agarrando la soga por miedo a que cualquier cosa vaya mal? Esa es la actitud que nos carga de tensiones y ansiedades cuando emprendemos proyectos: sentir que todo depende de nosotros. El momento en el que en verdad comprendemos cuánto está en nuestras manos y cuánto no, aprendemos a soltar y dejar que el bote vaya navegando hasta donde tenga que llegar, con la guía que le dimos. Soltar significa confiar.

Soltemos todo aquello que no podemos controlar y seamos felices con el esfuerzo.

Foto por Anthony de Pexels

La risa, cosa seria

Una de las secciones de la conocida revista Selecciones del Reader’s Digest es La risa, remedio infalible. Desde chiquito, esa era la que buscaba apenas un ejemplar caía en mis manos, porque el humor siempre me resultó necesario y agradable. Por eso he señalado ya alguna vez que mis influencias literarias iniciales fueron escritores cómicos e historietas de humor. Es más, la primera obra que leí de uno de mis héroes de la niñez, Julio Verne, fue el delicioso y gracioso relato Diez horas de caza. Me lo recomendó mi abuelito Pepe en unas vacaciones, y disparó en mí la satisfacción del contacto con los clásicos. Me acuerdo del placer de leerlo, tirado en la alfombra de su sala, y de descubrir entre risas el gusto de la palabra. Cuento todo esto porque estoy convencido de que, como señala el título de esa sección de Selecciones, la risa puede curar todo y ayudarnos en cada circunstancia. Veamos cómo.

La risa es una reacción involuntaria, al igual que el llanto, y tiene como principio fisiológico la respiración, de manera similar al habla o el canto, aunque en un proceso inconsciente y rítmico de interrupciones del aliento. Si bien se pensó durante mucho tiempo que la risa era exclusiva del humano, las investigaciones actuales nos demuestran que varios animales tienen respuestas similares a nuestra risa. Por ejemplo, al reproducir una grabación de lo que parece ser la risa de los perros, se produce una reacción de alegría y disminución de estrés en otros perros. Esto me lleva también a la idea de que la risa es una forma de comunicación. Por eso muchas veces los humanos la consideramos contagiosa. Es interesante ver, así, que resulta ser un lenguaje universal: toda persona entiende la risa en cualquier rincón del globo, y esto incluso ha fomentado el encuentro entre culturas distintas. Se puede dar por estímulos físicos (como las cosquillas) o sicológicos (como los chistes), e incluso hay drogas que la ocasionan. Si bien el proceso neuronal aún necesita mayor estudio, se ha demostrado que la risa libera endorfinas, los neurotransmisores responsables del bienestar y el placer. Involucran parte del sistema límbico, que media y controla el estado de ánimo y los sentimientos de amistad, amor y atracción.

Existen múltiples investigaciones que apuntan a los diversos beneficios de la risa, como la de Steve Sultanoff, que señala que esta disminuye los niveles de cortisol, una hormona que se libera en situaciones estresantes. Un equipo liderado por Keiko Hayashi descubrió que los valores de azúcar en diabéticos eran más bajos luego de ver una comedia en comparación con haber asistido a una aburrida conferencia. En fin, que los estudios hablan de beneficios en el sistema circulatorio, inmunológico, respiratorio, etc. Incluso se ha visto mejoría en pacientes con enfermedades crónicas y mayor calidad de vida en enfermos terminales, y en esto recordamos al doctor “Patch” Adams. Pienso que todos hemos experimentado el valor analgésico de la risa, cuando al estar adoloridos (mental o físicamente) un buen momento de humor nos ha hecho sentir que “nos olvidamos de que nos dolía”. Ramón Mora-Ripoll ha hablado de esto, señalando además que es una herramienta que funciona mejor cuando se comparte. Norman Cousins, periodista y autor que sufría una enfermedad muy dolorosa, escribió sobre los beneficios que tuvo en su caso observar películas cómicas. Relata que apenas 10 minutos de carcajadas le proporcionaba alivio por dos horas.

Cabe añadir que el filósofo francés Henri Bergson considera que la risa tiene un papel social y moral, al obligar a las personas a eliminar sus vicios. Es un factor de uniformidad de comportamientos, ya que condena lo ridículo y excéntrico. Peter Berger, sociólogo vienés, dice que “lo cómico es la visión del mundo más seria que existe”, añadiendo que “está por encima del bien y del mal”, aludiendo al hecho de que el humor nos permite hablar de cosas incómodas sin que nos ofendamos. Claro, para esto conviene delimitar el espacio de humor con el fin de que siempre se encuentre el necesario respeto. Viveka Andelswärd, Robert Provine o Phillip Glenn son algunos autores que apuntan hacia la necesidad de la risa como una especie de válvula que regula las tensiones sociales. Incluso, se habla de que ella surge cuando la lógica fracasa. Rollo May decía que el humor “es una forma de contemplar nuestras dificultades desde una cierta perspectiva”. Carroll Izard, quien dedicó sus investigaciones a las emociones, habla de funciones adaptativas específicas que consisten en la liberación de tensión acumulada y la vinculación afectiva. No por nada un proverbio judío dice: “Como el jabón es para el cuerpo, así es la risa para el alma”.

Tengo un cliente que tiene este superpoder: es capaz de reírse hasta de su propia desgracia. Y se lo he dicho. Ha pasado por fuertes tragedias, vive situaciones muy dolorosas, intenta curar heridas y detectar vacíos. Con todo esto, se ríe. Yo pienso que si no tuviera ese poder, tal vez estaría destruido. La risa hace que el peso de su drama se transforme en una comedia más digerible. Incluso, reírnos de nosotros mismos, de nuestros problemas, ayuda a que les demos su justo valor y los comprendamos mejor. Aunque, hay que reconocerlo, otras veces solo resulta un escape. Como el caso de otra cliente que inició la cita diciéndome que en el fin de semana habían pasado cosas extrañas… y se estaba riendo. Y continuaba, dándose cuenta: “me río, pero debía estar llorando”. Había sido engañada por una amiga, drogada, robada, violada y culpabilizada por su esposo, todo en una misma noche. En ese caso, la risa le servía para no tocar la herida y que no duela. Era un escudo.

Durante mis sesiones con los clientes, busco que ellos usen la risa con fines positivos y curativos. Muchas veces inicio el proceso con un par de bromas, para liberar la tensión lógica de la primera cita. Procuro estar siempre de buen humor, y eso se refleja con una que otra frase cómica que permite que se genere una complicidad entre cliente y terapeuta. Esto tampoco excluye la posibilidad de la burla, sabiendo siempre mantener los límites del respeto, porque así se puede revisar una situación que parece una montaña y que se vea en su justa dimensión, al quitarle un poco de importancia con la ironía. Esto funciona también fuera del espacio terapéutico, cuando usamos la comicidad para poder detener una pelea y regresar a un diálogo más saludable. A veces, reírse uno mismo de lo sobredimensionado que ve el problema ayuda a enfrentarlo de una manera más objetiva.

Hay mucho que decir del efecto terapéutico de la risa, y es obvio que no lo voy a agotar en un artículo. Lo trascendental es entender que no es un tema menor, pues su utilidad en la vida diaria es innegable. Las personas que más ríen no solo demuestran que son más felices, sino que se vuelven más felices. El humor le quita la exagerada solemnidad que muchas veces le ponemos a las cosas, puliéndolas y dejándolas en su justo valor. La broma, con el debido respeto, nos ayuda a comunicarnos, a conectarnos, a encontrarnos. Cuando sabemos reírnos de nosotros mismos y de nuestras dificultades somos capaces de llevar la vida como un camino complicado pero no imposible, trascendental pero no rígido. La risa nos cura desde dentro hacia afuera, desde la mente hasta el cuerpo, pasando por el alma.

La risa, una cosa seria que debemos tomar muy en serio.

Foto por Helena Lopes en Pexels.com

Día de la Raza

Hoy, 12 de octubre, festejamos 529 años del Encuentro de Dos Mundos. Esta última etiqueta es para mí la más ajustada a la realidad, pues las visiones indigenistas o eurocentristas son limitadas. Así, más allá de cualquier consideración política, quiero hablar de identidad. De lo fundamental que resulta para el ser humano el sentido de pertenencia a un pueblo, una nación, una patria. En fin, a una comunidad. Quiero que nos desmarquemos de las consideraciones que se hacen sobre esta fecha como si fuera una vergüenza, lo cual -pienso- nos resta autoestima y por tanto capacidad de desarrollo. Por esto me gusta traer a la memoria la imagen de un Jesús Fichamba, en el Festival OTI de 1985, cantándole a las tres carabelas y el viaje de Colón. En ella veo a un indígena otavaleño, ecuatoriano, americano, haciendo arte orgulloso de su historia y de su raza. Y aquí entra este concepto.

En lo biogenético, la raza no existe. El ADN de los seres humanos tienen más similitudes que diferencias, por lo cual solo podríamos hablar de una raza única: la humana. Y así lo entendieron desde muy pronto naturalistas como Leibniz, quienes pensaban que las características que diferenciaban los distintos grupos humanos tenían que ver más con una adaptación a los lugares donde vivían que con una distinción fisiológica. Sin embargo, el término raza nos llegó (al parecer) desde una voz francesa relativa a la cría equina (ya consignada en los 1200), y que acabó usándose también en la distinción de seres humanos a partir del siglo XVII. Aquella voz francesa, que pasó al italiano y de ahí se regó por otras lenguas, era haraz, que designaba el lugar donde se criaban caballos destinados al ejército. De ahí viene ser «de raza» (de haraz), de un buen lugar de crianza. De los caballos pasó a otros animales domésticos (p.e. perros), y finalmente a los mismos hombres. Autores como Georges Cuvier y Joseph Gobineau, en el siglo XIX, sentaron este uso que terminó siendo discriminatorio. Es esta la razón por la cual hoy hablar de raza está mal visto, aunque sin hacer un correcto discernimiento de su uso que también puede ser adecuado si nos referimos a una identidad. Pienso que podemos atender, con el gran naturalista Linneo, a variantes de la especie Homo sapiens, de acuerdo a sus diferencias fenotípicas. Estas nos dan 42 poblaciones según Cavalli-Sforza. Relaciono la palabra población, pueblo, nación, con el concepto de etnia (del griego έθνος, ethnos, que significaba justo eso), puesto que un pueblo no se distingue de otro solo por caracteres externos, físicos, sino sobre todo por una historia y una cultura. Así, construimos la identidad social que nos es esencial.

Cuando expliqué por qué dejaba de utilizar la p en sicólogo, mencionaba a Henri Tajfel y su  teoría de la identidad social. Esta teoría afirma que los grupos a los que pertenecemos nos definen y construyen nuestra autoestima. Tiene sentido desde la perspectiva de Chad Gordon, para quien el concepto de sí mismo es un sistema organizado con una multitud de elementos que interactúan. Es decir, vamos construyendo una noción sobre quiénes somos basados en ocho dimensiones con varias características. Una de ellas está conformada por las características atributivas, que se refieren a aquello que es independiente de la persona y viene desde su concepción: sexo, edad, nombre, nacionalidad y, claro está, raza. Esto nos refiere al concepto de raza como un constructo social que nos identifica. Nathaniel Branden ha cuestionado la pirámide de Maslow al poner la autoestima no en los últimos niveles, sino en los básicos, pues es “una necesidad urgente. Se proclama a sí misma como tal en virtud del hecho de que su (relativa) ausencia altera nuestra capacidad para funcionar”.  Uno de los seis pilares que menciona como fundamentales para la autoestima está el aceptarse a sí mismo. Claro, esto sin descuidar lo que decía Rogers: “las diferencias nacionales, raciales y culturales se vuelven poco importantes a medida que se descubre a la persona”.

Esto me lleva a pensar en los distintos nombres, propósitos y enfoques con los que el 12 de Octubre se recuerda en toda América, España e incluso Italia (el Día nacional de Cristóbal Colón). Algo similar al caso italiano es el Día de Colón en Estados Unidos, celebrado sobre todo como un festejo de la herencia italiana de algunos descendientes de inmigrantes. Si bien esta celebración inició en el siglo XIX en España como memoria del descubrimiento de América, y así se continuó en los distintos pueblos hispanoamericanos, ciertas tendencias ideológicas han ido girando el propósito a la celebración de las razas autóctonas, incluso hablando de “resistencia indígena”. Como ya he dicho, no quiero ahondar en consideraciones geopolíticas, sino subrayar la importancia de la identidad social en la autoestima de los individuos y de los colectivos, y es así que quiero que comprendamos mejor lo que realmente estamos celebrando: el Día de la Raza.

Repito, más allá de cualquier ideología o credo, hay hechos innegables: la llegada de los españoles, encabezados por Colón, a Guanahani en 1492 significó un parteaguas en la historia universal. No se entiende el mundo contemporáneo sin las consecuencias (positivas y negativas, como siempre) de este evento. No se entiende la raza americana (y de ahí el nombre del festejo) sin el encuentro de dos culturas, dos realidades, dos historias. Negar cualquiera de los componentes de esta raza, el venido de Europa y el originario de aquí (con el agregado posterior de africanos y asiáticos), es negar una parte constitutiva de quiénes somos como personas y como sociedad. Del mismo modo, sin descartar consideraciones acerca de los horrores cometidos de uno y otro lado, los frutos han sido muchos. América ha dado a luz ingentes avances para la humanidad, en lo material, en lo cultural, en lo científico, en lo religioso, en lo artístico. Y no podemos hacer elucubraciones sobre si todo eso se hubiese dado si los españoles no arribaban a nuestro continente.

Yo lo conecto con aquellos sentimientos que tiene el hijo que ha crecido considerando haber sido maltratado, abusado, descuidado o ignorado por su padre. Sus emociones lógicas son de dolor, de queja, de rebeldía y de despecho. Es probable que quiera alejarse de él y no verlo más. No le festeja el cumpleaños, no asiste a las reuniones familiares para no toparse con él y si se casa no lo invita. Aun así, toda la vida serán hijos de ese hombre y los recuerdos permanecerán aunque lo nieguen. Y, qué dudarlo, le deben la existencia, la educación y muchas otras cosas que quizá la herida no permite apreciar. Es lo que pasa con los que señalan que no hay nada que celebrar, hablan de una parte incompleta de la historia o ni siquiera tienen este día en la memoria. Como lo que pasa aquí en Ecuador, donde el 12 de octubre ni es feriado.

Pienso que debemos reencontrarnos en nuestra identidad social para poder construirnos sobre una autovaloración adecuada. La autoestima como individuos pasa de forma obligada por esa historia de la cual provenimos, con claroscuros como toda historia humana. No podremos desarrollarnos y crecer como colectivos si no nos entendemos en todos nuestros componentes. Somos europeos y somos americanos. Y no somos ni españoles ni indios, pues aun los más blancos o los más indígenas han recibido influencias genéticas o culturales de ambos lados del Atlántico. Es más, en este mundo cada vez más globalizado, las fronteras dejan de ser una traba. Si para algo nos siguen sirviendo es, precisamente, para identificarnos con un territorio, con una historia patria. No para separarnos y enfrentarnos, sino para completarnos, apreciarnos y unirnos. En lugar de odio y ruptura, amor.

Si construimos una identidad social, podemos ser mejores individuos y hacer que nuestra sociedad crezca.

Imagen del Desembarco de Colón de Dióscoro Puebla

No me harás tener iras

Esta sabrosa manera de decir, frecuente en la sierra ecuatoriana, puede traducirse como “no me hagas enojar”. Esto suele enviar el mensaje de que el culpable de mi ira es el otro, como para lavarnos las manos ante cualquier crítica por nuestro mal carácter. Sin embargo, el mismo fósforo puede encender las hojas secas, pero no el cemento. Vienen a mi mente muchas canciones que hablan de esta emoción, más si tenemos unos cuantos géneros particularmente rabiosos (metal, rap, punk…). Y está Rage Against the Machine (Rabia Contra la Máquina). Pero me acuerdo sobre todo de un tema que le dio la fama a un grupo salido justo de la onda punk, aunque vestidos de niños buenos: el Devuélveme a mi chica de Hombres G. En el mejor estilo agresivo pasivo, le ensarta unas cuantas amenazas al traicionero que le quitó la novia, pero escondido tras la esquina: dice que le va a destrozar el coche, aunque se acomoda en hacer que le pique el cuello. Muestra de cómo circula la ira por nuestra cabeza, enfocándose en palabras hirientes que reflejan dolor.

Pero, ¿qué significa el término ira? Según el Diccionario de la Lengua Española, es un “sentimiento de indignación que causa enojo”; además “apetito o deseo de venganza”. Esta última definición que no se compadece con el difícil pero posible aprendizaje del manejo de la ira. El vocablo nos viene del latín ira, procedente de la raíz indoeuropea *eis-, mover rápidamente, pasión. Es decir, contiene la idea de un impulso inmediato como reacción a algo. Son interesante los conceptos que ha traducido, por ejemplo en la Biblia. Sobre todo el contenido en la palabra griega ὀργή, orgé, deseo o pasión violenta que se extiende hacia algo o alguien. Por tanto, alude a la segunda acepción mencionada por la RAE, una agresividad que es condenable. También traduce θυμός, thymos, que quiere decir ánimo, con un matiz de aire caliente, y que es usada para significar la cólera divina ante el pecado. Es así como la usa Cristo y luego Pablo.

Estas dos acepciones, la indignación y sentimiento de venganza, el enojo y el ánimo caliente ante la injusticia se evidencian en la actuación de Jesús. Él mismo se muestra muchas veces airado frente a la hipocresía de los fariseos o la comercialización de la fe. De todas formas, no deja de condenar la ira que falta al amor por el prójimo. Esto nos muestra que la ira en sí misma no es mala, lo malo es de dónde proviene y a dónde la llevamos. La ira de Dios surge del disgusto ante el pecado y termina en el juicio que solo a Él le corresponde. Aun así, se dice que es “lento a la ira y rico en misericordia”, pues “la misericordia triunfa sobre el juicio”. Cuando la ira del hombre es ocasionada por el sentimiento de que algo no está bien y nos lleva a buscar un cambio, esa ira puede ser positiva. Si, por el contrario, nace en el egoísmo y las pasiones desenfrenadas, conduciendo a la venganza y el daño, no es capaz de buscar el bien. Sea cual sea la fuente, la ira es una respuesta adaptativa: ante una amenaza el organismo se prepara a enfrentar o huir. Por esto, la ira genera una serie de reacciones fisiológicas que no desaparecen hasta encontrar el equilibrio. De ahí que la ira contenida también nos enferme. Se trata, entonces, de entender la ira para poder darle una correcta respuesta.

En el Sermón de la Montaña, Jesucristo da tres niveles de faltas de ira y tres castigos: el movimiento interno que merece el juicio, el desprecio que conlleva el consejo y el actuar despiadadamente que lleva al infierno. No se queda ahí, nos llama a reconciliarnos con el hermano, algo que termina subrayando san Pablo: «si se aíran, no pequen; no se ponga el sol mientras estén airados, ni den ocasión al Diablo». En esta visión bíblica de la ira se concentran los siguientes pasos básicos para manejarla:

  • Entender el disparador.

El momento en el que aprendemos a conocer aquello que ocasiona que perdamos el control, tenemos la mitad de la batalla ganada. Porque el manejo de la ira no depende de saber detener la reacción cuando dejamos de estar conscientes (“perdemos la cabeza”) pues es inútil. Es como querer maniobrar el bote cuando está cayendo por una cascada. Esta comprensión viene de dos fuentes importantes: nuestros vacíos del pasado y las heridas en la relación presente. Ambas son acumulativas, como el vaso que se va llenando hasta derramarse. Se derrama por la frustración, por la impotencia ante una situación que no es puntual, sino que viene de nuestra historia.

Por esto, anticiparse al disparador es el único camino para que la ira no termine haciéndonos explotar y arrojando esquirlas a los demás. En mi caso, entendí que este ‘trigger’ era que me hagan sentir inútil, y que venía de mi infancia. Al ponerle una alarma a esa idea, cuando me llega la ataco ahí, en el acto. He logrado reducir en un altísimo porcentaje el malestar que generaba mi descontrol. Le puse el cascabel al gato.

  • Darle tiempo a la reacción.

No siempre la ira proviene del mismo punto. A veces, esa ira tiene un motivo justo e inesperado. Como Jesucristo al ver los comerciantes en el templo. Cuando sentimos ira por algo que consideramos injusto, es un reflejo limitado de la ira de Dios. Es que “el celo de mi casa me consume”. Si vemos a un niño grande abusando de un chiquito nos encendemos de cólera, y es normal. Peor si ese chiquito es nuestro hijo. Sin embargo, si reaccionamos “en caliente” (recuerden el origen de thymos), es probable que nos equivoquemos. Si saltamos y le caemos a patadas al niño abusador, estaremos actuando igual que él.

Si logramos enfriarnos, contar hasta diez (como se suele decir), se puede dar una respuesta realmente buena. Yo he logrado encontrar la estrategia de distanciamiento adecuada en cada caso. Es usual que diga, “perdón, ya vuelvo”. Se trata de buscar el espacio y el tiempo donde podemos calmarnos, respirar y pensar mejor la situación. Dependiendo, puede tomar diez segundos o diez días. De esta forma estaremos capacitados para actuar de una manera racional y así encontrar una solución.

  • Poderlo expresar.

Saber comunicarnos para que la otra persona entienda el motivo de mi ira me ayuda a canalizarla de una manera positiva. Se comprende mejor una palabra que un golpe sobre la mesa. Hay que conocerse uno mismo y saber qué está pasando en nosotros para poder decir qué nos hace falta con el objetivo de reaccionar de otra manera. Siempre necesitamos ayuda, no se trata de reprimir la ira ni de permitir que explote, se trata de explicar cómo y por qué tenemos iras y cómo esperamos solucionarlo.

Al lograr que otros nos entiendan, comenzando por comprendernos nosotros mismos, abrimos la puerta al cambio. Antes, la ira me llevaba a lanzar cosas e incluso lastimarme golpeando paredes. Obvio, nadie entendía qué me pasaba y la reacción solía hacer que la cosa se ponga peor. Ahora, como he aprendido a darme un tiempo para reprimir mi respuesta instintiva (de agresión ante la amenaza) ya no necesito ese desfogue y logro comunicar el origen y la posible salida a mi frustración. Las soluciones, ahora, llegan de la mano del crecimiento.

Sentir ira no es un problema, este aparece al no saber cómo darle una respuesta sana y que conduzca a resolver la situación. Cuando logramos entender, pausar y explicar aquello que nos produce iras, conseguimos no solo sacarnos del pecho esa emoción, sino encontrarle un lado positivo. Si no tiene, es factible ir disminuyendo esas iras porque llegamos a darle su justo valor, sin sobredimensionar lo que nos pasa, sino entendiéndolo en su contexto, lo más objetivamente posible. La ira que nos llevaría a la modificación de una conducta injusta o dañina no debe ser reprimida, por el contrario, se ha de manejar de forma correcta.

A través de la ira bien canalizada motivamos el mejoramiento constante.

Foto por Andrea Piacquadio en Pexels.com

Aceptar no es aprobar

En múltiples ocasiones, nos peleamos con la gente porque hacen cosas que nos dañan o simplemente no están bien. Incluso nos separamos y deseamos no volverlas a ver, dependiendo del valor que le damos a esos actos. Esto porque no podemos permitir que sigan “portándose mal”. Sin embargo, detrás de esta manera de actuar se encuentra la idea de que tenemos la capacidad de cambiar a la otra persona, evitar el daño o incluso reparar lo que ocurrió en el pasado. Y esto no es realista. El caso es que necesitamos comprender la esencia del ser humano, débil pero mejorable. Todo individuo (debemos subrayar: TODO) hace daño y no por eso podemos calificarlo de mala persona, como ya vimos en artículos anteriores. Eso no quiere decir que dejemos de señalar los errores y las malas acciones. Esta es la diferencia entre aceptar y aprobar.

Cuando traté sobre la distinción en cuanto a juzgar al acto y al actor, recordaba que Carl Rogers nos decía que el niño no puede separar a la persona de sus acciones, y muchas veces seguimos sin tener esta capacidad el resto de nuestra vida. El mismo Rogers nos subrayaba la importancia de la aceptación incondicional, no solo en el trabajo terapéutico, sino en las relaciones saludables. Cuando llevamos esta idea al plano cristiano, recordamos que Dios nos espera con los brazos abiertos, por lejos que nos hayamos ido. Algo que Jesucristo hizo vida y se muestra en su episodio con la pecadora que iba a ser apedreada: “ni yo te condeno; vete, y no peques más”. Te acepto como persona pecadora, pero no dejo de llamarles pecado a tus actos fallidos.

Aceptar en este contexto tiene un doble significado: te acepto tal y como eres, y acepto que esta naturaleza caída te inclina al mal. Esta doble aceptación proviene del reconocimiento de mi propia debilidad, de que nuestro ideal de perfección puede estar ahí aunque nos hallemos lejos de él. Si bien Cristo (es nuestra fe) es el único que no podía sentirse inmerso en esta esencia herida por el pecado, sí fue capaz de vivir en carne propia la tentación. Se muestra en tres pasajes muy claros del Evangelio: cuando el Demonio lo tienta en el desierto, cuando Pedro le dice que eviten la pasión y la muerte, y cuando reza en el Huerto para que el Padre aparte de él ese cáliz. Vivió en carne propia la tentación, pero no cayó en ella: “no tentarás al Señor, tu Dios”, “apártate de mí, Satanás” y “hágase tu voluntad y no la mía” fueron sus respuestas.

Aceptar al otro tal cual es implica admitir que no es como quisiéramos. Que nos puede lastimar (y nos lastima) aun cuando nos amamos. Que no le ponemos condiciones para amarlo, como la madre ama al hijo aunque haga una trastada. Lamentablemente, es justo en esos primeros aprendizajes que adquirimos esta programación errónea de que si nos equivocamos nos dejarán de querer. Les metemos la idea a nuestros hijos, con el enojo y las palabras más o menos duras, que para ser aceptados deben hacer lo que les decimos. Sin embargo, el chico puede haber cometido el error más grande y nosotros (luego de la debida reprimenda) le daremos un beso y le acompañaremos a que duerma. Esto es, de alguna manera, un doble vínculo: mostramos enojo y condicionamos nuestro afecto, pero terminamos demostrando que este en realidad es incondicional. Esta inseguridad tendrá consecuencias más o menos graves en el futuro y puede terminar afectando en la manera en que se relaciona luego. Pero este es otro tema. 

Aceptar también significa asumir la realidad de la imperfección humana. Por buenas que sean las intenciones que tenemos, nuestros límites nos complican a la hora de decidir entre el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo hermoso y lo horrible. Pongamos un ejemplo: yo puedo tener clarísima la idea de lo positivo que es levantarme en la mañana a ejercitarme, pero si no tengo la costumbre me va a costar enormemente dejar la cama. Es en el hábito donde se crea la virtud que nos acerca al ideal de persona que queremos ser. Sin embargo, esto exige hacerse violencia, es decir, dejar la comodidad a la que tendemos para realizar algo que no nos resulta confortable. Si nos juzgan desde afuera, podrán decir que somos unos perezosos sedentarios, porque solo nosotros vemos el condicionante interior que nos es difícil superar. Como nosotros mismos sí asumimos nuestra debilidad, la aceptamos y no nos quedamos en ella. La usamos como motivación para crecer.

Sin embargo, aceptar no es aprobar. Acepto a la persona en su esencia, pero no apruebo sus equivocaciones. Acepto su amor y la amo, pero ese amor no me vuelve ciego sobre sus defectos y los perjuicios que me ocasionan. Acepto que es tan falible como yo, sin aprobar que esa falibilidad le justifique ante cualquier caída. Peor aún cuando esas caídas afectan a otros o a mí. Retomando el ejemplo que ya usé alguna vez (utilizado por Becky Bailey), si un carro se sube a la vereda embistiendo transeúntes, aceptar es admitir que no puedo hacer mucho para impedir esa situación, y no aprobar es evitar que me arrolle tirándome a un lado. Por el contrario, y es como suele actuar la gente, no aceptar es lanzarme contra ese auto intentando detenerlo, y esto también resulta una aprobación de lo que está haciendo, pues terminará pasándome por encima. En la vida diaria nos enfrentamos con actos de otras personas que nos amenazan, aprobando que lo hagan porque no hacemos nada para evitarlo.

Cuando conseguimos aceptar al otro tal cual es, sin llegar a aprobar sus debilidades y errores, construimos relaciones saludables y fructíferas. Siempre y cuando la otra persona tenga la misma actitud, claro. A un teléfono que no se puede conectar al WiFi lo desechamos porque no nos sirve; a una persona que no nos da lo que esperamos le debemos dar una segunda oportunidad. Y una tercera y una millonésima. Por supuesto, si esa persona está dispuesta a hacerlo (como ya dije cuando hablaba de que “obras son amores”). Así es Dios con nosotros: nos perdona setenta veces siete si nos arrepentimos y queremos cambiar. El acercamiento al otro no surge de su perfección, surge del amor incondicional. Yo tampoco soy perfecto y eso no altera que quiera ser lo mejor que pueda para la otra persona. Es más, no niega los errores y trata de corregirlos y motivar a los demás a hacerlo. Por eso tampoco es amor dejar pasar los daños. No elaboramos una lista, pero sabemos que están ahí.

Amar incondicionalmente es aceptar al otro sin aprobar sus errores.

Foto de Julia Larson en Pexels

Ejercitarse para ser felices

El ser humano es una integralidad de mente, cuerpo y alma. No “tenemos” un cuerpo, sino que somos un cuerpo. Por consiguiente, es lógico que percibamos que, cuando nos aqueja un dolor físico, sintamos dolor emocional también e incluso nuestro espíritu se vea debilitado. Y funciona en todos los sentidos: dolencias fisiológicas que tienen un componente sicológico o flaquezas espirituales que provienen de malestares corporales. Y así. El hecho es que no podemos separar ninguno de esos componentes como si los otros no existieran. Por esto, hacer ejercicio no beneficia únicamente mi cuerpo, sino todo mi ser. De eso vamos a tratar ahora.

El otro día me topé con un estudio de Max Oberste y otros investigadores (en su mayoría de la Universidad de Colonia, Alemania) que analiza el Ejercicio aeróbico agudo para recuperarse del agotamiento mental. En él descubren que las estrategias de regeneración cognitiva generalizadas, como mirar televisión, son menos efectivas que el ejercicio aeróbico, ya que una sola sesión de este beneficia la recuperación del bienestar subjetivo, mientras ver televisión conduce a un aumento de la calma pero también de la vigilia. El mismo Max Oberste, junto con un equipo muy similar, encontró asimismo que el ejercicio aeróbico agudo mejora el rendimiento posterior del control de interferencias, que es la capacidad (por ponerlo sencillo) de concentrarse en la tarea sin atender a estímulos externos a ella. Varios estudios (como el de Merom et al.) apuntan a los beneficios terapéuticos del ejercicio. Robert S. Weinberg y Daniel Gould señalan que las facilidades tecnológicas, sumadas a los estresores del mundo actual, afectan al bienestar de la persona a través de condicionantes en la actividad física que realizamos cotidianamente.

Es interesante que la palabra ejercicio tiene un pariente cercano: ejército. Esto se debe a que vienen de exercere, «ocuparse», de ex, «fuera», y arcere, «cerrar, vallar, defender», de la raíz indoeuropea *areq-, «guardar». Por eso también contamos con todas las acepciones que tienen que ver con ejercer una labor. Es decir, en la palabra ejercicio encontramos el sentido de la acción, así como la de protección. Es muy común la noción de que al ejercitar el cuerpo estamos fortaleciendo nada más nuestro aspecto externo. Resulta lógico, pues los efectos del ejercicio en el sistema musculoesquelético se nota a simple vista, mientras que nadie puede comprobar con los sentidos el influjo en lo mental, en lo afectivo o en lo espiritual, pues son intangibles.

Cuando acudimos al ejercicio como una respuesta a la inactividad de la vida moderna, nos quedamos con una parte de sus beneficios. No queremos que nuestro cuerpo se desgaste, se atrofie, se enferme y muera. En realidad, esto resulta casi inevitable. ¿Para qué ejercitarnos, entonces? Porque no se trata de evitar la muerte o la decadencia, sino de sentirnos mejor, más felices… más vivos. Nadie pone en duda el efecto positivo en nuestra salud corporal, pero pocos reflexionan sobre su efecto en la salud sicoafectiva y la espiritual. Por esta razón son tan interesantes la serie de investigaciones que se vienen haciendo en este sentido.

Me parece digno de atención el estudio sobre el efecto del ejercicio aeróbico en la recuperación mental. No nos es extraño pensar que el agotamiento se cura con descanso, entendiendo este como inacción, mientras más completa, mejor. Entonces, cuando hemos hecho un esfuerzo físico muy exigente lo único que queremos es pegarnos un baño caliente y acostarnos a dormir. Lo curioso es que tendemos a hacer esto también cuando estamos exhaustos emocionalmente. Es más, no pocas veces confundimos el agotamiento mental con el fisiológico. Incluso, el cansancio espiritual con cualesquiera de los otros. Recuerden la escena del huerto, cuando los amigos de Jesús sucumbieron al agotamiento y no pudieron orar con el Maestro.

Entendamos bien esto: el ejercicio físico puede restarnos energía física, pero nos brinda energía anímica. Y es entendible: el trabajo físico libera endorfinas en nuestro cuerpo; mientras más exigente, mayor nivel de ellas se produce. Ya le daremos lugar en otro artículo a estas sustancias, pero nos basta decir que son las responsables de la reducción del dolor y de generar sensación de bienestar. Por consiguiente, a más ejercicio, más endorfinas y más bienestar. Por esto no resulta extraño que dentro de los deportistas de élite los números acerca de depresión o suicidio sean muy inferiores al promedio de la población. De todas formas, los deportistas también son seres humanos y pueden sufrir estas condiciones, más aún cuando se los ve como héroes de masas y se les exige demasiado (ya hablé sobre Maradona o Carapaz).

El sicólogo Pablo del Río señala que “sólo con la práctica deportiva de 30 minutos de ejercicio aeróbico de 3 a 5 días a la semana se obtiene el 47 % de reducción de síntomas de depresión, tiene mejores resultados que los fármacos y la terapia”. Pero esto no queda ahí, porque los estudios apuntan a beneficios tan complejos como recuperación de la plasticidad neuronal, de la mejoría en la atención o de la formación de sinapsis o conexiones cerebrales que nos ayudan a aprender y a planificar. En resumen, que el ejercicio le da a nuestras neuronas las sustancias necesarias para poder cumplir sus funciones de mejor manera.

Si comenzamos a valorar nuestro cuerpo como parte integral de quienes somos, y comprendemos que un organismo enfermo se traduce en una mente y un espíritu poco sanos, le daremos la importancia que tiene al ejercicio físico. Y lo digo porque yo también fui de quienes lo despreciaba como asunto de vanidosos. Hasta que me entendí como un individuo: un ser que no se puede dividir entre cuerpo, mente y alma, sino que es las tres cosas juntas. Por esto, si nos sentimos agotados por el trabajo o las preocupaciones, no nos tiremos a enchufarnos a Netflix o TikTok. Salgamos a caminar, bailemos como locos, saquemos la bicicleta de la bodega. Al terminar veremos no solo que ya no estamos cansados, sino que tenemos mucha más claridad para enfrentar el siguiente período.

Cuidemos nuestra vida a través del ejercicio, para poder seguir dando vida a los demás.

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Reiniciar

Los informáticos saben que muchos problemas se resuelven reiniciando la computadora. A veces, llegan a tal extremo que no tratan de encontrar el origen del fallo y regresan el aparato al estado de fábrica, lamentablemente borrando todo. ¿Tiene virus? Formateo. ¿Se está quedando sin memoria? Formateo. ¿Un programa no se abre? Formateo. ¿Vi a mi ex en el Facebook? Formateo. Fuera de chiste, este último es el ejemplo que me lleva a relacionar ese reinicio en los aparatos electrónicos con un reinicio en nuestras mentes. ¿Se puede reiniciar o formatear nuestra mente? Cuando hablé sobre sanar vínculos topé el tema del deseo de que aquello que me hizo daño no hubiera pasado y borrar esas memorias como en la película de Michel Gondry. Eso, es evidente, no se puede. O sea, formatear la mente, negado. Pero reiniciarla sí, aplastar un Ctrl+Alt+Supr y que todo arranque de nuevo, sin perder nada, solo usándolo de otra manera.

Usar esta analogía implica entender qué pasa en un aparato cuando se reinicia. En términos sencillos (tampoco soy un experto) existe un espacio en la memoria del dispositivo que sirve para mantener los procesos que se están corriendo. Por ejemplo, si en la computadora estamos usando el navegador de Internet para responder una carta, al mismo tiempo tenemos abierta la utilidad de oficina para poder redactar esa respuesta, y aparte está funcionando una aplicación para escuchar música, todo eso se almacena en la ROM (memoria de solo lectura por sus siglas en inglés). Supongamos que el reproductor de música tiene un fallo y deja de funcionar, es posible que se quede en ese espacio de memoria y haga que el resto de procesos tengan que tomarlo en cuenta, lo cual disminuye el rendimiento. Hay veces en las que existen actividades que no detectamos, pero que el aparato inició por cierta necesidad, y que por alguna razón no puede completar. Quedará flotando en esa misma memoria. Y así. Al reiniciar, todo se vacía y comienza de nuevo.

Nuestro cerebro tiene algo parecido a la ROM: la memoria de trabajo u operativa. La memoria de trabajo es un sistema cognitivo con una capacidad limitada que puede retener información temporalmente. Esta se usa para el razonamiento y la guía de toma de decisiones y el comportamiento. El concepto fue acuñado por George Miller, Eugene Galanter y Karl Pribram. Existen algunos estudios, como el de I-Jung Chen y Chi-Cheng Chang sobre la ansiedad y el rendimiento en el aprendizaje de idiomas, en los cuales se ve que esta disminuye los recursos de la memoria de trabajo y con ello las actividades cognitivas. Esto tiene que ver con la carga cognitiva, que es la carga que soporta la memoria de trabajo mientras se realiza una tarea. Obviamente todo esto es un constructo teórico, porque nuestra mente no es una máquina, pero sirve para entender su funcionamiento.

La carga cognitiva se divide en tres partes: la extrínseca (que procede de afuera), la intrínseca (que viene de la tarea) y la pertinente (lo que en realidad nos sirve). Al igual que en un dispositivo electrónico, tenemos variables externas a la aplicación que intervienen en su funcionamiento: si otro programa está usando memoria de forma simultánea, por ejemplo. Asimismo, condicionantes que vienen de la aplicación misma: un virus que la ha infectado y hace que “se cuelgue”. Y lo que nos interesa: la información que debe procesar la aplicación para que obtengamos el resultado que queremos. Si uno de los elementos previos vuelven más lento o de plano obstruyen el proceso, la solución muchas veces es reiniciar para que esa memoria se libere y el proceso empiece de forma limpia. Es lo que ocurre con nuestra memoria cuando tenemos procesos mentales que distraen de lo que queremos lograr.

Muchas veces, al estar enfrascados en una tarea intelectual, el ruido (no solo sonoro) del exterior se inmiscuye en nuestro cerebro. Estamos sentados en una silla incómoda, nos llaman a pedir un favor, hay luces parpadeantes en la calle, etc. Esta carga cognitiva extrínseca suele ser más fácil de manejar: me cambio de silla, pedimos que nos den tiempo con el favor, cerramos la cortina. No siempre es tan sencillo, y no siempre es tan externa. Muchas veces es nuestra misma mente enviando mensajes fuera de contexto. Por ejemplo, estamos pensando en qué hacer mañana con el trabajo pendiente y nos comienzan a invadir las ideas sobre las cuentas por pagar, la pelea con nuestra pareja, el contexto político o la salvación de las almas. En fin, que no podemos “concentrarnos” en lo que debemos hacer por tener muchas preocupaciones. Esto ya no es tan fácil de resolver. ¿O sí? Veremos.

El problema más común está en la carga cognitiva intrínseca, es decir, la que nos trae la tarea misma. ¿Puedo enfrentar este conflicto con mi esposo? ¿Seré capaz de pedirle un aumento al jefe? ¿Y si mi hija no acepta mis consejos y se va de la casa? Me propongo hacer algo (resolver el conflicto, pedir el aumento, aconsejar), y ello me ocasiona inseguridades y temores. Es evidente que esto tiene que ver con nuestra historia, cómo aprendimos a reaccionar a ciertas circunstancias y el refuerzo que tuvimos en esos aprendizajes. Si siempre (o casi) que discuto con mi esposo terminamos distanciados, no querré ese desgaste. Si cada vez que pedí aumento me lo negaron, no me arriesgaré. Si mi hija no tolera mis palabras, no desearé soportar una escena. El punto es entender esa historia y saber qué puedo corregir aquí y ahora.

Claro, lo ideal es enfocarse en la carga cognitiva pertinente, dejando de lado todo ruido externo o interno. Acallando las voces de nuestra mente que nos distancian de nuestro propósito. Para esto lo prudente es reiniciar, como si la mente fuera un aparato electrónico. ¿Cómo se hace esto? Debemos desconectarnos por un tiempo (segundos, minutos, días, meses) hasta saber que podemos recomenzar limpios y sin otros pesos. ¿Necesito pedir un aumento? Debo entender que las veces anteriores fueron distintas y fijarme en los errores que cometí para no repetirlos. Una vez que mi mente dejó de lado esas ideas, puedo enfocarme en qué, cuándo y cómo voy a decirlo para que sea una petición realista y realizable. Y si al pensar en todo esto comienzo a sentir que la presión que tengo en casa para conseguir un aumento me atormenta, primero he de entender de dónde viene esa presión y resolverla, pues si no lo hago no llegaré a nada. Mi cabeza debe sentirse libre de todo aquello que no es por lo que vine.

Nuestra mente se desarrolla aprendiendo comportamientos y pensamientos que terminamos repitiendo aunque no nos hagan bien. El secreto para realizar de la mejor manera todo lo que nos proponemos es el enfoque, y muchas veces debemos reiniciar con ese fin. Dejar decantar las ideas, aceptar y manejar de manera positiva las emociones, apartar los pensamientos intrusivos y los distractores externos. Como si volviéramos a empezar de cero, sin una historia y sin cargas innecesarias. Pongamos nombre y visualicemos esas cargas para poder apartarnos de ellas. Grafiquemos: si mi carga es la preocupación económica, imaginemos que es un símbolo de dólar que tiramos a la basura para abrazar lo que en verdad debemos resolver. Cuando quitamos polvo y paja y nos quedamos con el condumio, todo es más fácil de llevar. Mucha de la ansiedad negativa viene de no saber qué hacer con esa memoria saturada que vuelve más lento e invivible nuestro propósito. Permitamos que la mente tenga ese reinicio, esa oxigenación, y retomemos.

Aquello en lo cual tenemos puestos cerebro y corazón es lo que en realidad alcanzaremos.

Yo me entiendo

Creo que todos hemos oído a alguien responder con esta frase cuando se le pide que repita o explique lo que acaba de decir. Es natural que ante una reacción así, nos quedemos incómodos, frustrados o incluso enojados. Porque, a la final, no llegamos a entender lo que esta persona nos quiso decir, y somos capaces de ponernos a dar mil millones de interpretaciones, a cuál más arbitraria. Es por esto que aquí quiero reflexionar si es válido emitir una oración así, qué podemos comprender en ella y cuál podría ser nuestra respuesta. Y tendremos que hablar de dos cosas: la evolución del lenguaje y sus funciones. Algo que de alguna manera ya he tratado antes, mayormente cuando hablé de las redes sociales y en el artículo sobre cómo la simplificación en el lenguaje escrito nos está entonteciendo.

Primero hay que comprender la palabra lenguaje. Esta viene del latín lingua, asociada al órgano de la lengua (por metonimia), a través del occitano lenguatge. Es por esto que se la suele relacionar con la palabra en cuanto capacidad del hombre. El Diccionario de la Lengua Española consigna la primera acepción como: “facultad del ser humano de expresarse y comunicarse con los demás a través del sonido articulado o de otros sistemas de signos”. Sin embargo, también existe la de “conjunto de señales que dan a entender algo”. Esto se debe a que esta función comunicativa no se limita a la voz, sino que se extiende al gesto, la palabra escrita e incluso a las actitudes. Por esto, podemos decir que el lenguaje no es exclusivo del ser humano, sino que muchos animales lo poseen de distinta manera: el canto de las aves, la danza de las abejas, el maullido del gato, la actitud amenazante del lobo, etc. Lo que distingue al lenguaje humano es su relación directa con el pensamiento: el Homo sapiens es el único ser capaz de designar entidades abstractas (es decir, lo que no captan los sentidos) con sonidos específicos.

Esta especificidad, flexibilidad y complejidad hacen de nuestro lenguaje un misterio, al igual que mucho de lo que tiene que ver con el hombre mismo. Así, el origen del lenguaje es algo que se pierde en la penumbra de los tiempos, pues no se puede desenterrar con pala (parafraseando a Teilhard de Chardin sobre el sentimiento religioso). Las teorías son tan distintas que es difícil que podamos abarcarlas aquí. Por ejemplo, Steve Pinker, basa la suya en la continuidad. Según esta, el lenguaje humano evoluciona de sistemas prelingüísticos existentes en nuestros ancestros primates. Por esto señala que el lenguaje no es una capacidad innata de la especie Homo sapiens (como postula Chomsky), sino que proviene de sistemas comunicacionales anteriores a él de una manera progresiva y gradual. Se especula que la complejidad de nuestro lenguaje tiene que ver con la capacidad cognitiva más desarrollada de los homínidos y sus intrincadas estructuras sociales, las cuales se alimentan mutuamente.

Por todo esto, podemos decir que el lenguaje tiene múltiples funciones: referencial (informa sobre hechos concretos, p.e. “esta es una pelota”), expresiva (transmite emociones subjetivas, p.e. “me gusta jugar pelota”), apelativa (exhorta, pide u ordena una acción, p.e. “pásame la pelota”), estética (busca la belleza, p.e. “la redonda ilusión del futbolista”), fática (centrada en la relación, p.e. “juguemos pelota”), metalingüística (hablar de lo que hablamos, p.e. “¿qué entiendes cuando digo ‘pelota’?”). Tenemos, asimismo, muchos modelos funcionales, y he usado el de Roman Jakobson por parecerme más completo. El punto aquí es entender que el lenguaje, como herramienta comunicativa, no transmite únicamente conocimientos. Transmite emociones, pensamientos, puntos de vista, apreciaciones sobre lo bello, etc. En definitiva, al hablar comunicamos mucho más que lo que dicen las palabras.

En este sentido, no parece válido decir “yo me entiendo”. Las funciones lingüísticas tienden a transmitir un paquete de información entre el emisor y el receptor, como entre la estación de radio y el aparato en la casa (¡este ejemplo suena tan antiguo!). Luego, sería absurdo pensar que el hablante satisfaga su necesidad solo expulsando información, sin esperar que el oyente la entienda. Sería como que el radiodifusor se contente con transmitir, aunque no haya receptor que capte esa señal. Si hablamos para que los demás capten nuestra señal, ¿por qué escudarnos tras un “yo me entiendo” cuando no lo hacen?

Aquí es donde reflexionamos sobre las funciones del lenguaje. Si nuestra intención es informativa, no tiene sentido cerrar el diálogo con un “yo me entiendo”, porque es claro que el contenido no fue recibido y no informé nada. Sin embargo, si la función es expresiva, tiene todo el sentido, pues esa frase refleja mi frustración ante la incomprensión del otro. Esas palabras generan un malestar en él que lo puede impulsar a un esfuerzo extra hacia ese entendimiento. Pero en este mismo aspecto, también habla de un victimismo que no conduce a nada. Ya que la victimización nos viene del aprendizaje de “guagua que llora no mama”, por supuesto que tendemos a presentarnos como sufrientes para que el otro se sienta culpable y no tener que intentar explicarnos mejor. Tiene, por consiguiente, una función apelativa: “si no me entiendes no es cosa mía, sino tuya, haz un esfuerzo”.

Ante esto, pienso que la función más importante en esta frase es la metalingüística. Es una persona derrotada, que no encuentra caminos para expresarse, aunque sienta que lo hace lo suficientemente claro. Por eso él se entiende, no el otro. ¿Qué hay que cambiar, entonces? Es evidente que él tiene que actuar para lograr la comprensión. Es algo similar a la muletilla que muchos usan: “¿entiendes?”. O aquel “no nos estamos entendiendo” o, más directo aun, “no me estás entendiendo”. O esa un poco más elaborada: “ante tus argumentos no vale la pena seguir discutiendo”. Todas estas palabras tienen detrás el sentido de mostrar que uno siente que está explicando bien, mientras los demás no hacen el trabajo que les toca para comprender. Es el otro el que se tiene que acercar a mi posición, y no movernos ambos a un acuerdo.

Todo este análisis sobre una simple y común oración tiene como fin hacernos ver que la comunicación humana es un fenómeno muy complejo. Se manifiesta en el habla, pero proviene de algo más profundo y tiene connotaciones mucho más determinantes. Por esto, para comunicarnos bien no basta “mover nuestra lengua”, por decirlo en criollo. U oír sin reaccionar. Hay que escuchar de forma activa (lo señala Rogers), porque hablamos para tratar de entendernos, con el fin de expresar nuestras emociones, y así movernos al cambio, encontrarnos y lograr avanzar juntos. No lanzamos palabras al viento por si alguien se anima a recogerlas, transmitimos emociones y pensamientos para fortalecer relaciones. Si no buscamos esto en nuestras comunicaciones, de nada sirve lo bonito que hablemos.

Hablar para encontrarnos, ese es el punto de todo.

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El miembro fantasma

El ser humano tiende a querer llenar sus vacíos con algo, porque ese vacío duele. Es como cuando una persona pierde una parte de su cuerpo y siente que ahí le sigue doliendo o produciendo alguna sensación desagradable. Pero, al igual que tratar de rascar o frotar ese miembro fantasma para calmar la picazón o el ardor, no podemos llenar el vacío en nuestra vida con nada. Esos vacíos son la muerte de un ser querido, alguna pérdida muy importante, los sueños no cumplidos, etc. Y con lo que se busca llenarlo es, normalmente, con placer efímero o riesgos innecesarios (o los dos a la vez). Esta es la historia del síndrome del miembro fantasma mental.

El síndrome del miembro fantasma es un fenómeno por el cual una persona a quien se le ha amputado un miembro percibe sensaciones como si aún estuviera ahí. Existía la explicación de que el cerebro seguía recibiendo los impulsos nerviosos del miembro perdido, hoy se piensa que el cerebro tiene áreas específicas para cada parte del cuerpo. Por tanto aunque el miembro ya no esté, esa área neuronal seguirá buscándolo. Es lo que señala Vilayanur S. «Rama» Ramachandran, neurólogo indio que habla de que estas sensaciones se toman “prestadas” de secciones vecinas a la del miembro amputado. De todas formas, no entendemos todavía las causas para que, entre el 50 y el 80% de los pacientes tengan estas sensaciones. Parece ser que esto disminuye cuando el cerebro logra reorganizar esta información sensorial.

En lo emocional, pasa algo similar. Sentimos que ya no tenemos cierta cosa o que nunca la tuvimos a pesar de lo importante que hubiera sido en nuestra vida. La ausencia de padre del hijo de una madre soltera, los padres del niño fallecido por “muerte de cuna”, el individuo que sufrió la pérdida de un amigo cercano en un accidente… Todos estos son casos de “miembros” amputados. Cada persona tiene su lugar en nuestra mente, pero sobre todo en nuestro corazón. Y ese lugar que no está ocupado marca nuestra vida para siempre.

Hay ocasiones en las que nuestro inconsciente tiene la idea de poder llenar ese vacío. Es como la ilusión inalcanzable de regresar a ese ser querido o ponerlo en el sitio donde siempre debió estar. Entonces, el hijo busca la figura paterna en relaciones de pareja autoritarias; los padres se apresuran a tener otro hijo para olvidar al fallecido; el amigo se hunde en las drogas y las situaciones peligrosas. ¿No se valoran, no valoran la vida? Es evidente que el valor ha cambiado de foco: ahora es simplemente el vacío que quieren llenar.

Detrás de cada conducta a todas luces dañina para uno mismo o los demás está la necesidad de llenar un vacío. Es calmar el dolor del pie amputado. Es imposible, pero la profundidad de nuestra mente no se da cuenta o no lo quiere reconocer. Decía Alfonso Barrera: “los baldados lo saben: el miembro que más duele es el perdido”. Y recuerdo (mi tío Carlos me lo enseñó) todo esto dentro del marco de lo que hemos llamado el reciclaje emocional: la única manera de darle una respuesta saludable a esa pérdida es transformar esa emoción devastadora en energía creativa. Pieter van der Meer de Walcheren lo señalaba: “el arte es el canto de una privación”. Por eso vemos tantas novelas, películas, canciones que nos hablan de amores no correspondidos, de historias trágicas, de pérdidas irreparables, de sueños inconclusos. Es el canto de la privación.

Si logramos detectar nuestros vacíos y darles una respuesta creativa, conseguiremos atravesar la vida sin que ese miembro perdido nos siga doliendo. Nos hará falta, lo extrañaremos cuando vayamos a hacer algo que antes realizábamos sin dificultad gracias a él. Sin embargo, no nos detendrá, porque habremos logrado reorganizar esa zona para que no tome sensaciones de otras partes. Pues no hay relación sexual que cure la falta de amor, ni persona (por buena que sea) que suplante a otra, ni necesidad que llene el vicio o el deporte extremo. Lo único que nos permite seguir caminando sin mirar atrás es la certeza de que ese vacío representa algo valioso que tal vez perdimos o nunca tuvimos, pero que podemos sentir que no nos hace falta ante el resto de joyas que Dios nos ha regalado. Porque todos hemos perdido algo, aunque no todos sabemos superarlo.

El amor nos lleva a entender el vacío y transformarlo en emociones fructíferas, con creatividad.

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Nos estamos entonteciendo

Hace unos días, mi colega y amiga María José Barona compartió en su página de Facebook un artículo que escribió hace bastante tiempo Christophe Clavé, profesor de estrategia de la HEC (Escuela de Estudios Superiores de Comercio) de París. En él se señala que el coeficiente intelectual promedio ha venido bajando en las últimas décadas. Clavé le echa la culpa al atrofiamiento del lenguaje. Cuando escribí mi artículo explicando por qué ya no soy psicólogo, pues le quito esa p inservible a la palabra, reflexioné algo sobre el lenguaje. Diríamos que esta es la otra cara de la misma moneda. Es un tema que me apasiona, y en el cual hay mucha tela que cortar.

Christophe Clavé señala que «el coeficiente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años 90 siempre había aumentado, en los últimos veinte años está disminuyendo«. Y señala que es el regreso del llamado efecto Flynn, según el cual desde la Segunda Guerra mundial hasta el comienzo de este milenio el coeficiente promedio subía unos puntos por década. Clavé menciona las novelas distópicas 1984 y Fahrenheit 451, en las cuales regímenes totalitarios controlan la población a través del manejo de varios aspectos de la cultura, entre ellos el lenguaje. Noam Chomsky estudió bastante el lenguaje, y nos dijo que el niño lo aprende gracias a que poseemos estructuras cerebrales que reconoce una gramática universal, una identidad básica en el idioma. Incluso desde antes de nacer, el ser humano va desarrollando su edificio neuronal gracias a la comunicación con otros seres a través de la lengua. Es decir, la lengua es una herramienta de pensamiento, y por tanto mientras más compleja es, mayor es su aporte a nuestro desarrollo cognitivo.

Recuerdo que la misma «Pocho» Barona me prestó hace algunos años un libro que me fue ayudando a entender mejor la evolución de la lengua española (aparte del que ya mencioné de Ángel Rosenblat): Palabralogía (la vida secreta de las palabras) de Virgilio Ortega. En él, el autor afirmaba que seguimos hablando latín, en gran parte el mismo que usaba el pueblo de Hispania hace casi un milenio. Y justo mi reflexión va hacia esta perenne lucha entre el habla popular y la lengua culta.

Antes, la distinción entre el lenguaje que utilizaban las personas cultivadas y el pueblo ignorante se asemejaba mucho a la que se podía hacer entre la lengua oral y la escrita. Hoy, con un porcentaje de alfabetización mundial que se acerca al 85%, esta analogía es cada vez más inútil. En realidad, en la actualidad gente de distintos niveles de educación usan la escritura como herramienta primordial de comunicación. Esto se debe en gran parte a los sistemas electrónicos de mensajería que popularizaron el e-mail, a partir de mediados de la última década del siglo anterior; los mensajes de texto (SMS) y los ‘chats’ a inicios de este. Ahora, aunque el acceso a internet no alcanza la mitad de la población mundial, la otra mitad lo usa profusamente para comunicarse con personas cercanas o lejanas.

Es por esto que, hoy por hoy, no es que no leamos. Es que leemos cosas escritas en lenguaje coloquial, o -en todo caso- muy simple. La evolución idiomática siempre es llevada por este lenguaje, pues el hablante modifica la lengua y las academias (si las hay, como es el caso del español) terminan aceptando lo que ya es de uso común, oralmente pero sobre todo en lo escrito. Cuando la imprenta aún no había democratizado la palabra escrita, era más fácil distinguir dónde comenzaba el habla culta y dónde terminaba la popular. Hoy no es tan sencillo.

Ahora nos sorprendemos de encontrar textos que tengan vocablos «complicados». Es más, el «corrector de estilos» automático que uso para escribir esto me sugiere que cambie algunas palabras por otras más simples. Hemos bajado la vara, y debemos adaptarnos al lector más básico, en lugar de proponer a ese mismo lector que expanda sus conocimientos y se fuerce a entender lo que digo. Es una sociedad acomodaticia, y buscamos confort más que crecimiento. Esto, conviene decirlo, es natural por un lado y poco saludable por otro. Natural, porque los seres vivos buscan el equilibrio (la comodidad) para sentirse tranquilos: un perrito no saldrá a cazar pues tiene comida en su plato. Sin embargo, el hombre siempre busca su autorrealización, su actualización (Rogers, Maslow) y eso implica que no se siente conforme si puede tener algo mejor o ser él mismo una persona más completa.

De todas formas, vivimos en un mundo gobernado por el llamado «cuarto poder», que ahora no solo es la prensa, sino los medios sociales. Y ese es un mundo que busca la salida fácil y la respuesta inmediata. Un mundo hedonista, anestésico y analgésico. En un mundo así, la palabra escrita no dista mucho de la hablada, para que el esfuerzo de entenderla sea cada vez menor. Porque aquí y ahora, el que se aburre se va y deja de seguirte. O sea, deja de leer lo que le puedas aportar.

La plasticidad neuronal aumentó mucho, en promedio, en el siglo pasado debido en gran parte al avance de la imprenta. La gente no solo tenía más facilidad para acceder a libros de todo tipo (científicos o de ficción), sino que muchas publicaciones periódicas (revistas, diarios, etc.) podían llegar a cada hogar. Y el lenguaje en ellos obligaba al lector, por un lado, a esforzarse por entender una palabra nueva atendiendo al contexto y, por otro, a buscarla en el diccionario o una enciclopedia si no la lograba comprender. Eso no solo ampliaba su vocabulario, sino que era un ejercicio mental que desarrollaba su capacidad cognitiva.

Hoy, es raro que el lector de redes sociales, blogs o noticias se tope con un término que no entiende. Y si eso pasa, basta un par de clics y ya tiene el significado. Esto ha producido una generación de lectores acomodados a no aprender a pensar más allá de lo establecido por el mainstream, por lo común y corriente. Pues esto rebasa la gramática o la ortografía, o el léxico utilizado. Estamos ante un límite en las ideas, en el pensamiento fuera de la caja. No solo que no queremos hablar mejor, sino que nos rehusamos a pensar y expandir los límites de nuestro entendimiento.

La comodidad en sí no es mala, pues es la que (junto con la necesidad) ha generado la tecnología y la invención. Si el hombre pudo ponerle ruedas al carromato y tener que hacer menos fuerza para jalarlo, y se le ocurrió domesticar animales que lo hagan por él, eso le permitió usar esa energía en otro tipo de cosas. La comodidad es la base del desarrollo de la humanidad. Pero si la intención del desarrollo infinito es suplantada por la de la inacción infinita, entonces eso que representaba una ampliación de sus órganos ahora es una atrofia de su uso (McLuhan).

Busquemos ampliar nuestros horizontes no solo con viajes físicos sino también intelectuales. No sigamos entonteciéndonos con una utilización simplista del lenguaje, por el contrario esforcémonos por escribir y -sobre todo- leer cosas que nos exijan, que nos obliguen a pensar, imaginar y aprender. Solo así la humanidad recuperará ese efecto Flynn para poder seguir creciendo como sociedad. Y, por qué no, que eso nos impulse hacia un encuentro, a ser más humanos, porque mientras más conocemos, más amamos.

Que la lectura vuelva a ser un ejercicio importante para desarrollar nuestras mentes.

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