Ejercitarse para ser felices

El ser humano es una integralidad de mente, cuerpo y alma. No “tenemos” un cuerpo, sino que somos un cuerpo. Por consiguiente, es lógico que percibamos que, cuando nos aqueja un dolor físico, sintamos dolor emocional también e incluso nuestro espíritu se vea debilitado. Y funciona en todos los sentidos: dolencias fisiológicas que tienen un componente sicológico o flaquezas espirituales que provienen de malestares corporales. Y así. El hecho es que no podemos separar ninguno de esos componentes como si los otros no existieran. Por esto, hacer ejercicio no beneficia únicamente mi cuerpo, sino todo mi ser. De eso vamos a tratar ahora.

El otro día me topé con un estudio de Max Oberste y otros investigadores (en su mayoría de la Universidad de Colonia, Alemania) que analiza el Ejercicio aeróbico agudo para recuperarse del agotamiento mental. En él descubren que las estrategias de regeneración cognitiva generalizadas, como mirar televisión, son menos efectivas que el ejercicio aeróbico, ya que una sola sesión de este beneficia la recuperación del bienestar subjetivo, mientras ver televisión conduce a un aumento de la calma pero también de la vigilia. El mismo Max Oberste, junto con un equipo muy similar, encontró asimismo que el ejercicio aeróbico agudo mejora el rendimiento posterior del control de interferencias, que es la capacidad (por ponerlo sencillo) de concentrarse en la tarea sin atender a estímulos externos a ella. Varios estudios (como el de Merom et al.) apuntan a los beneficios terapéuticos del ejercicio. Robert S. Weinberg y Daniel Gould señalan que las facilidades tecnológicas, sumadas a los estresores del mundo actual, afectan al bienestar de la persona a través de condicionantes en la actividad física que realizamos cotidianamente.

Es interesante que la palabra ejercicio tiene un pariente cercano: ejército. Esto se debe a que vienen de exercere, “ocuparse”, de ex, “fuera”, y arcere, “cerrar, vallar, defender”, de la raíz indoeuropea *areq-, “guardar”. Por eso también contamos con todas las acepciones que tienen que ver con ejercer una labor. Es decir, en la palabra ejercicio encontramos el sentido de la acción, así como la de protección. Es muy común la noción de que al ejercitar el cuerpo estamos fortaleciendo nada más nuestro aspecto externo. Resulta lógico, pues los efectos del ejercicio en el sistema musculoesquelético se nota a simple vista, mientras que nadie puede comprobar con los sentidos el influjo en lo mental, en lo afectivo o en lo espiritual, pues son intangibles.

Cuando acudimos al ejercicio como una respuesta a la inactividad de la vida moderna, nos quedamos con una parte de sus beneficios. No queremos que nuestro cuerpo se desgaste, se atrofie, se enferme y muera. En realidad, esto resulta casi inevitable. ¿Para qué ejercitarnos, entonces? Porque no se trata de evitar la muerte o la decadencia, sino de sentirnos mejor, más felices… más vivos. Nadie pone en duda el efecto positivo en nuestra salud corporal, pero pocos reflexionan sobre su efecto en la salud sicoafectiva y la espiritual. Por esta razón son tan interesantes la serie de investigaciones que se vienen haciendo en este sentido.

Me parece digno de atención el estudio sobre el efecto del ejercicio aeróbico en la recuperación mental. No nos es extraño pensar que el agotamiento se cura con descanso, entendiendo este como inacción, mientras más completa, mejor. Entonces, cuando hemos hecho un esfuerzo físico muy exigente lo único que queremos es pegarnos un baño caliente y acostarnos a dormir. Lo curioso es que tendemos a hacer esto también cuando estamos exhaustos emocionalmente. Es más, no pocas veces confundimos el agotamiento mental con el fisiológico. Incluso, el cansancio espiritual con cualesquiera de los otros. Recuerden la escena del huerto, cuando los amigos de Jesús sucumbieron al agotamiento y no pudieron orar con el Maestro.

Entendamos bien esto: el ejercicio físico puede restarnos energía física, pero nos brinda energía anímica. Y es entendible: el trabajo físico libera endorfinas en nuestro cuerpo; mientras más exigente, mayor nivel de ellas se produce. Ya le daremos lugar en otro artículo a estas sustancias, pero nos basta decir que son las responsables de la reducción del dolor y de generar sensación de bienestar. Por consiguiente, a más ejercicio, más endorfinas y más bienestar. Por esto no resulta extraño que dentro de los deportistas de élite los números acerca de depresión o suicidio sean muy inferiores al promedio de la población. De todas formas, los deportistas también son seres humanos y pueden sufrir estas condiciones, más aún cuando se los ve como héroes de masas y se les exige demasiado (ya hablé sobre Maradona o Carapaz).

El sicólogo Pablo del Río señala que “sólo con la práctica deportiva de 30 minutos de ejercicio aeróbico de 3 a 5 días a la semana se obtiene el 47 % de reducción de síntomas de depresión, tiene mejores resultados que los fármacos y la terapia”. Pero esto no queda ahí, porque los estudios apuntan a beneficios tan complejos como recuperación de la plasticidad neuronal, de la mejoría en la atención o de la formación de sinapsis o conexiones cerebrales que nos ayudan a aprender y a planificar. En resumen, que el ejercicio le da a nuestras neuronas las sustancias necesarias para poder cumplir sus funciones de mejor manera.

Si comenzamos a valorar nuestro cuerpo como parte integral de quienes somos, y comprendemos que un organismo enfermo se traduce en una mente y un espíritu poco sanos, le daremos la importancia que tiene al ejercicio físico. Y lo digo porque yo también fui de quienes lo despreciaba como asunto de vanidosos. Hasta que me entendí como un individuo: un ser que no se puede dividir entre cuerpo, mente y alma, sino que es las tres cosas juntas. Por esto, si nos sentimos agotados por el trabajo o las preocupaciones, no nos tiremos a enchufarnos a Netflix o TikTok. Salgamos a caminar, bailemos como locos, saquemos la bicicleta de la bodega. Al terminar veremos no solo que ya no estamos cansados, sino que tenemos mucha más claridad para enfrentar el siguiente período.

Cuidemos nuestra vida a través del ejercicio, para poder seguir dando vida a los demás.

Imagen de StockSnap en Pixabay

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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