Día de la Raza

Hoy, 12 de octubre, festejamos 529 años del Encuentro de Dos Mundos. Esta última etiqueta es para mí la más ajustada a la realidad, pues las visiones indigenistas o eurocentristas son limitadas. Así, más allá de cualquier consideración política, quiero hablar de identidad. De lo fundamental que resulta para el ser humano el sentido de pertenencia a un pueblo, una nación, una patria. En fin, a una comunidad. Quiero que nos desmarquemos de las consideraciones que se hacen sobre esta fecha como si fuera una vergüenza, lo cual -pienso- nos resta autoestima y por tanto capacidad de desarrollo. Por esto me gusta traer a la memoria la imagen de un Jesús Fichamba, en el Festival OTI de 1985, cantándole a las tres carabelas y el viaje de Colón. En ella veo a un indígena otavaleño, ecuatoriano, americano, haciendo arte orgulloso de su historia y de su raza. Y aquí entra este concepto.

En lo biogenético, la raza no existe. El ADN de los seres humanos tienen más similitudes que diferencias, por lo cual solo podríamos hablar de una raza única: la humana. Y así lo entendieron desde muy pronto naturalistas como Leibniz, quienes pensaban que las características que diferenciaban los distintos grupos humanos tenían que ver más con una adaptación a los lugares donde vivían que con una distinción fisiológica. Sin embargo, el término raza nos llegó (al parecer) desde una voz francesa relativa a la cría equina (ya consignada en los 1200), y que acabó usándose también en la distinción de seres humanos a partir del siglo XVII. Aquella voz francesa, que pasó al italiano y de ahí se regó por otras lenguas, era haraz, que designaba el lugar donde se criaban caballos destinados al ejército. De ahí viene ser “de raza” (de haraz), de un buen lugar de crianza. De los caballos pasó a otros animales domésticos (p.e. perros), y finalmente a los mismos hombres. Autores como Georges Cuvier y Joseph Gobineau, en el siglo XIX, sentaron este uso que terminó siendo discriminatorio. Es esta la razón por la cual hoy hablar de raza está mal visto, aunque sin hacer un correcto discernimiento de su uso que también puede ser adecuado si nos referimos a una identidad. Pienso que podemos atender, con el gran naturalista Linneo, a variantes de la especie Homo sapiens, de acuerdo a sus diferencias fenotípicas. Estas nos dan 42 poblaciones según Cavalli-Sforza. Relaciono la palabra población, pueblo, nación, con el concepto de etnia (del griego έθνος, ethnos, que significaba justo eso), puesto que un pueblo no se distingue de otro solo por caracteres externos, físicos, sino sobre todo por una historia y una cultura. Así, construimos la identidad social que nos es esencial.

Cuando expliqué por qué dejaba de utilizar la p en sicólogo, mencionaba a Henri Tajfel y su  teoría de la identidad social. Esta teoría afirma que los grupos a los que pertenecemos nos definen y construyen nuestra autoestima. Tiene sentido desde la perspectiva de Chad Gordon, para quien el concepto de sí mismo es un sistema organizado con una multitud de elementos que interactúan. Es decir, vamos construyendo una noción sobre quiénes somos basados en ocho dimensiones con varias características. Una de ellas está conformada por las características atributivas, que se refieren a aquello que es independiente de la persona y viene desde su concepción: sexo, edad, nombre, nacionalidad y, claro está, raza. Esto nos refiere al concepto de raza como un constructo social que nos identifica. Nathaniel Branden ha cuestionado la pirámide de Maslow al poner la autoestima no en los últimos niveles, sino en los básicos, pues es “una necesidad urgente. Se proclama a sí misma como tal en virtud del hecho de que su (relativa) ausencia altera nuestra capacidad para funcionar”.  Uno de los seis pilares que menciona como fundamentales para la autoestima está el aceptarse a sí mismo. Claro, esto sin descuidar lo que decía Rogers: “las diferencias nacionales, raciales y culturales se vuelven poco importantes a medida que se descubre a la persona”.

Esto me lleva a pensar en los distintos nombres, propósitos y enfoques con los que el 12 de Octubre se recuerda en toda América, España e incluso Italia (el Día nacional de Cristóbal Colón). Algo similar al caso italiano es el Día de Colón en Estados Unidos, celebrado sobre todo como un festejo de la herencia italiana de algunos descendientes de inmigrantes. Si bien esta celebración inició en el siglo XIX en España como memoria del descubrimiento de América, y así se continuó en los distintos pueblos hispanoamericanos, ciertas tendencias ideológicas han ido girando el propósito a la celebración de las razas autóctonas, incluso hablando de “resistencia indígena”. Como ya he dicho, no quiero ahondar en consideraciones geopolíticas, sino subrayar la importancia de la identidad social en la autoestima de los individuos y de los colectivos, y es así que quiero que comprendamos mejor lo que realmente estamos celebrando: el Día de la Raza.

Repito, más allá de cualquier ideología o credo, hay hechos innegables: la llegada de los españoles, encabezados por Colón, a Guanahani en 1492 significó un parteaguas en la historia universal. No se entiende el mundo contemporáneo sin las consecuencias (positivas y negativas, como siempre) de este evento. No se entiende la raza americana (y de ahí el nombre del festejo) sin el encuentro de dos culturas, dos realidades, dos historias. Negar cualquiera de los componentes de esta raza, el venido de Europa y el originario de aquí (con el agregado posterior de africanos y asiáticos), es negar una parte constitutiva de quiénes somos como personas y como sociedad. Del mismo modo, sin descartar consideraciones acerca de los horrores cometidos de uno y otro lado, los frutos han sido muchos. América ha dado a luz ingentes avances para la humanidad, en lo material, en lo cultural, en lo científico, en lo religioso, en lo artístico. Y no podemos hacer elucubraciones sobre si todo eso se hubiese dado si los españoles no arribaban a nuestro continente.

Yo lo conecto con aquellos sentimientos que tiene el hijo que ha crecido considerando haber sido maltratado, abusado, descuidado o ignorado por su padre. Sus emociones lógicas son de dolor, de queja, de rebeldía y de despecho. Es probable que quiera alejarse de él y no verlo más. No le festeja el cumpleaños, no asiste a las reuniones familiares para no toparse con él y si se casa no lo invita. Aun así, toda la vida serán hijos de ese hombre y los recuerdos permanecerán aunque lo nieguen. Y, qué dudarlo, le deben la existencia, la educación y muchas otras cosas que quizá la herida no permite apreciar. Es lo que pasa con los que señalan que no hay nada que celebrar, hablan de una parte incompleta de la historia o ni siquiera tienen este día en la memoria. Como lo que pasa aquí en Ecuador, donde el 12 de octubre ni es feriado.

Pienso que debemos reencontrarnos en nuestra identidad social para poder construirnos sobre una autovaloración adecuada. La autoestima como individuos pasa de forma obligada por esa historia de la cual provenimos, con claroscuros como toda historia humana. No podremos desarrollarnos y crecer como colectivos si no nos entendemos en todos nuestros componentes. Somos europeos y somos americanos. Y no somos ni españoles ni indios, pues aun los más blancos o los más indígenas han recibido influencias genéticas o culturales de ambos lados del Atlántico. Es más, en este mundo cada vez más globalizado, las fronteras dejan de ser una traba. Si para algo nos siguen sirviendo es, precisamente, para identificarnos con un territorio, con una historia patria. No para separarnos y enfrentarnos, sino para completarnos, apreciarnos y unirnos. En lugar de odio y ruptura, amor.

Si construimos una identidad social, podemos ser mejores individuos y hacer que nuestra sociedad crezca.

Imagen del Desembarco de Colón de Dióscoro Puebla

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: