Aceptar no es aprobar

En múltiples ocasiones, nos peleamos con la gente porque hacen cosas que nos dañan o simplemente no están bien. Incluso nos separamos y deseamos no volverlas a ver, dependiendo del valor que le damos a esos actos. Esto porque no podemos permitir que sigan “portándose mal”. Sin embargo, detrás de esta manera de actuar se encuentra la idea de que tenemos la capacidad de cambiar a la otra persona, evitar el daño o incluso reparar lo que ocurrió en el pasado. Y esto no es realista. El caso es que necesitamos comprender la esencia del ser humano, débil pero mejorable. Todo individuo (debemos subrayar: TODO) hace daño y no por eso podemos calificarlo de mala persona, como ya vimos en artículos anteriores. Eso no quiere decir que dejemos de señalar los errores y las malas acciones. Esta es la diferencia entre aceptar y aprobar.

Cuando traté sobre la distinción en cuanto a juzgar al acto y al actor, recordaba que Carl Rogers nos decía que el niño no puede separar a la persona de sus acciones, y muchas veces seguimos sin tener esta capacidad el resto de nuestra vida. El mismo Rogers nos subrayaba la importancia de la aceptación incondicional, no solo en el trabajo terapéutico, sino en las relaciones saludables. Cuando llevamos esta idea al plano cristiano, recordamos que Dios nos espera con los brazos abiertos, por lejos que nos hayamos ido. Algo que Jesucristo hizo vida y se muestra en su episodio con la pecadora que iba a ser apedreada: “ni yo te condeno; vete, y no peques más”. Te acepto como persona pecadora, pero no dejo de llamarles pecado a tus actos fallidos.

Aceptar en este contexto tiene un doble significado: te acepto tal y como eres, y acepto que esta naturaleza caída te inclina al mal. Esta doble aceptación proviene del reconocimiento de mi propia debilidad, de que nuestro ideal de perfección puede estar ahí aunque nos hallemos lejos de él. Si bien Cristo (es nuestra fe) es el único que no podía sentirse inmerso en esta esencia herida por el pecado, sí fue capaz de vivir en carne propia la tentación. Se muestra en tres pasajes muy claros del Evangelio: cuando el Demonio lo tienta en el desierto, cuando Pedro le dice que eviten la pasión y la muerte, y cuando reza en el Huerto para que el Padre aparte de él ese cáliz. Vivió en carne propia la tentación, pero no cayó en ella: “no tentarás al Señor, tu Dios”, “apártate de mí, Satanás” y “hágase tu voluntad y no la mía” fueron sus respuestas.

Aceptar al otro tal cual es implica admitir que no es como quisiéramos. Que nos puede lastimar (y nos lastima) aun cuando nos amamos. Que no le ponemos condiciones para amarlo, como la madre ama al hijo aunque haga una trastada. Lamentablemente, es justo en esos primeros aprendizajes que adquirimos esta programación errónea de que si nos equivocamos nos dejarán de querer. Les metemos la idea a nuestros hijos, con el enojo y las palabras más o menos duras, que para ser aceptados deben hacer lo que les decimos. Sin embargo, el chico puede haber cometido el error más grande y nosotros (luego de la debida reprimenda) le daremos un beso y le acompañaremos a que duerma. Esto es, de alguna manera, un doble vínculo: mostramos enojo y condicionamos nuestro afecto, pero terminamos demostrando que este en realidad es incondicional. Esta inseguridad tendrá consecuencias más o menos graves en el futuro y puede terminar afectando en la manera en que se relaciona luego. Pero este es otro tema. 

Aceptar también significa asumir la realidad de la imperfección humana. Por buenas que sean las intenciones que tenemos, nuestros límites nos complican a la hora de decidir entre el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo hermoso y lo horrible. Pongamos un ejemplo: yo puedo tener clarísima la idea de lo positivo que es levantarme en la mañana a ejercitarme, pero si no tengo la costumbre me va a costar enormemente dejar la cama. Es en el hábito donde se crea la virtud que nos acerca al ideal de persona que queremos ser. Sin embargo, esto exige hacerse violencia, es decir, dejar la comodidad a la que tendemos para realizar algo que no nos resulta confortable. Si nos juzgan desde afuera, podrán decir que somos unos perezosos sedentarios, porque solo nosotros vemos el condicionante interior que nos es difícil superar. Como nosotros mismos sí asumimos nuestra debilidad, la aceptamos y no nos quedamos en ella. La usamos como motivación para crecer.

Sin embargo, aceptar no es aprobar. Acepto a la persona en su esencia, pero no apruebo sus equivocaciones. Acepto su amor y la amo, pero ese amor no me vuelve ciego sobre sus defectos y los perjuicios que me ocasionan. Acepto que es tan falible como yo, sin aprobar que esa falibilidad le justifique ante cualquier caída. Peor aún cuando esas caídas afectan a otros o a mí. Retomando el ejemplo que ya usé alguna vez (utilizado por Becky Bailey), si un carro se sube a la vereda embistiendo transeúntes, aceptar es admitir que no puedo hacer mucho para impedir esa situación, y no aprobar es evitar que me arrolle tirándome a un lado. Por el contrario, y es como suele actuar la gente, no aceptar es lanzarme contra ese auto intentando detenerlo, y esto también resulta una aprobación de lo que está haciendo, pues terminará pasándome por encima. En la vida diaria nos enfrentamos con actos de otras personas que nos amenazan, aprobando que lo hagan porque no hacemos nada para evitarlo.

Cuando conseguimos aceptar al otro tal cual es, sin llegar a aprobar sus debilidades y errores, construimos relaciones saludables y fructíferas. Siempre y cuando la otra persona tenga la misma actitud, claro. A un teléfono que no se puede conectar al WiFi lo desechamos porque no nos sirve; a una persona que no nos da lo que esperamos le debemos dar una segunda oportunidad. Y una tercera y una millonésima. Por supuesto, si esa persona está dispuesta a hacerlo (como ya dije cuando hablaba de que “obras son amores”). Así es Dios con nosotros: nos perdona setenta veces siete si nos arrepentimos y queremos cambiar. El acercamiento al otro no surge de su perfección, surge del amor incondicional. Yo tampoco soy perfecto y eso no altera que quiera ser lo mejor que pueda para la otra persona. Es más, no niega los errores y trata de corregirlos y motivar a los demás a hacerlo. Por eso tampoco es amor dejar pasar los daños. No elaboramos una lista, pero sabemos que están ahí.

Amar incondicionalmente es aceptar al otro sin aprobar sus errores.

Foto de Julia Larson en Pexels

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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