Reiniciar

Los informáticos saben que muchos problemas se resuelven reiniciando la computadora. A veces, llegan a tal extremo que no tratan de encontrar el origen del fallo y regresan el aparato al estado de fábrica, lamentablemente borrando todo. ¿Tiene virus? Formateo. ¿Se está quedando sin memoria? Formateo. ¿Un programa no se abre? Formateo. ¿Vi a mi ex en el Facebook? Formateo. Fuera de chiste, este último es el ejemplo que me lleva a relacionar ese reinicio en los aparatos electrónicos con un reinicio en nuestras mentes. ¿Se puede reiniciar o formatear nuestra mente? Cuando hablé sobre sanar vínculos topé el tema del deseo de que aquello que me hizo daño no hubiera pasado y borrar esas memorias como en la película de Michel Gondry. Eso, es evidente, no se puede. O sea, formatear la mente, negado. Pero reiniciarla sí, aplastar un Ctrl+Alt+Supr y que todo arranque de nuevo, sin perder nada, solo usándolo de otra manera.

Usar esta analogía implica entender qué pasa en un aparato cuando se reinicia. En términos sencillos (tampoco soy un experto) existe un espacio en la memoria del dispositivo que sirve para mantener los procesos que se están corriendo. Por ejemplo, si en la computadora estamos usando el navegador de Internet para responder una carta, al mismo tiempo tenemos abierta la utilidad de oficina para poder redactar esa respuesta, y aparte está funcionando una aplicación para escuchar música, todo eso se almacena en la ROM (memoria de solo lectura por sus siglas en inglés). Supongamos que el reproductor de música tiene un fallo y deja de funcionar, es posible que se quede en ese espacio de memoria y haga que el resto de procesos tengan que tomarlo en cuenta, lo cual disminuye el rendimiento. Hay veces en las que existen actividades que no detectamos, pero que el aparato inició por cierta necesidad, y que por alguna razón no puede completar. Quedará flotando en esa misma memoria. Y así. Al reiniciar, todo se vacía y comienza de nuevo.

Nuestro cerebro tiene algo parecido a la ROM: la memoria de trabajo u operativa. La memoria de trabajo es un sistema cognitivo con una capacidad limitada que puede retener información temporalmente. Esta se usa para el razonamiento y la guía de toma de decisiones y el comportamiento. El concepto fue acuñado por George Miller, Eugene Galanter y Karl Pribram. Existen algunos estudios, como el de I-Jung Chen y Chi-Cheng Chang sobre la ansiedad y el rendimiento en el aprendizaje de idiomas, en los cuales se ve que esta disminuye los recursos de la memoria de trabajo y con ello las actividades cognitivas. Esto tiene que ver con la carga cognitiva, que es la carga que soporta la memoria de trabajo mientras se realiza una tarea. Obviamente todo esto es un constructo teórico, porque nuestra mente no es una máquina, pero sirve para entender su funcionamiento.

La carga cognitiva se divide en tres partes: la extrínseca (que procede de afuera), la intrínseca (que viene de la tarea) y la pertinente (lo que en realidad nos sirve). Al igual que en un dispositivo electrónico, tenemos variables externas a la aplicación que intervienen en su funcionamiento: si otro programa está usando memoria de forma simultánea, por ejemplo. Asimismo, condicionantes que vienen de la aplicación misma: un virus que la ha infectado y hace que “se cuelgue”. Y lo que nos interesa: la información que debe procesar la aplicación para que obtengamos el resultado que queremos. Si uno de los elementos previos vuelven más lento o de plano obstruyen el proceso, la solución muchas veces es reiniciar para que esa memoria se libere y el proceso empiece de forma limpia. Es lo que ocurre con nuestra memoria cuando tenemos procesos mentales que distraen de lo que queremos lograr.

Muchas veces, al estar enfrascados en una tarea intelectual, el ruido (no solo sonoro) del exterior se inmiscuye en nuestro cerebro. Estamos sentados en una silla incómoda, nos llaman a pedir un favor, hay luces parpadeantes en la calle, etc. Esta carga cognitiva extrínseca suele ser más fácil de manejar: me cambio de silla, pedimos que nos den tiempo con el favor, cerramos la cortina. No siempre es tan sencillo, y no siempre es tan externa. Muchas veces es nuestra misma mente enviando mensajes fuera de contexto. Por ejemplo, estamos pensando en qué hacer mañana con el trabajo pendiente y nos comienzan a invadir las ideas sobre las cuentas por pagar, la pelea con nuestra pareja, el contexto político o la salvación de las almas. En fin, que no podemos “concentrarnos” en lo que debemos hacer por tener muchas preocupaciones. Esto ya no es tan fácil de resolver. ¿O sí? Veremos.

El problema más común está en la carga cognitiva intrínseca, es decir, la que nos trae la tarea misma. ¿Puedo enfrentar este conflicto con mi esposo? ¿Seré capaz de pedirle un aumento al jefe? ¿Y si mi hija no acepta mis consejos y se va de la casa? Me propongo hacer algo (resolver el conflicto, pedir el aumento, aconsejar), y ello me ocasiona inseguridades y temores. Es evidente que esto tiene que ver con nuestra historia, cómo aprendimos a reaccionar a ciertas circunstancias y el refuerzo que tuvimos en esos aprendizajes. Si siempre (o casi) que discuto con mi esposo terminamos distanciados, no querré ese desgaste. Si cada vez que pedí aumento me lo negaron, no me arriesgaré. Si mi hija no tolera mis palabras, no desearé soportar una escena. El punto es entender esa historia y saber qué puedo corregir aquí y ahora.

Claro, lo ideal es enfocarse en la carga cognitiva pertinente, dejando de lado todo ruido externo o interno. Acallando las voces de nuestra mente que nos distancian de nuestro propósito. Para esto lo prudente es reiniciar, como si la mente fuera un aparato electrónico. ¿Cómo se hace esto? Debemos desconectarnos por un tiempo (segundos, minutos, días, meses) hasta saber que podemos recomenzar limpios y sin otros pesos. ¿Necesito pedir un aumento? Debo entender que las veces anteriores fueron distintas y fijarme en los errores que cometí para no repetirlos. Una vez que mi mente dejó de lado esas ideas, puedo enfocarme en qué, cuándo y cómo voy a decirlo para que sea una petición realista y realizable. Y si al pensar en todo esto comienzo a sentir que la presión que tengo en casa para conseguir un aumento me atormenta, primero he de entender de dónde viene esa presión y resolverla, pues si no lo hago no llegaré a nada. Mi cabeza debe sentirse libre de todo aquello que no es por lo que vine.

Nuestra mente se desarrolla aprendiendo comportamientos y pensamientos que terminamos repitiendo aunque no nos hagan bien. El secreto para realizar de la mejor manera todo lo que nos proponemos es el enfoque, y muchas veces debemos reiniciar con ese fin. Dejar decantar las ideas, aceptar y manejar de manera positiva las emociones, apartar los pensamientos intrusivos y los distractores externos. Como si volviéramos a empezar de cero, sin una historia y sin cargas innecesarias. Pongamos nombre y visualicemos esas cargas para poder apartarnos de ellas. Grafiquemos: si mi carga es la preocupación económica, imaginemos que es un símbolo de dólar que tiramos a la basura para abrazar lo que en verdad debemos resolver. Cuando quitamos polvo y paja y nos quedamos con el condumio, todo es más fácil de llevar. Mucha de la ansiedad negativa viene de no saber qué hacer con esa memoria saturada que vuelve más lento e invivible nuestro propósito. Permitamos que la mente tenga ese reinicio, esa oxigenación, y retomemos.

Aquello en lo cual tenemos puestos cerebro y corazón es lo que en realidad alcanzaremos.

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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