Nada personal

El inicio de muchos de nuestros males suele ser el hecho de que todo lo sentimos como si fuera dedicado a nosotros. Percibimos que si una persona dice algo o hace un gesto es con el fin de agradarnos o causarnos daño. Suena duro, pero en realidad no somos tan importantes. Obvio, para mí yo soy el ombligo del mundo, si bien en verdad soy uno entre muchos. Incluso en las relaciones, que están centradas en las dos personas, las cosas que cada uno hace o dice no tienen que ver de manera exclusiva con el otro, sino con muchas circunstancias externas e internas. El fenómeno inverso es sentir que ninguna de las actuaciones de los demás van dirigidas a nosotros. Algo que podríamos interpretar en la canción ochentera de Soda Stereo que lleva el título de este artículo (y que es lo primero que me viene a la mente con estas dos palabras). Aunque dicha letra se refiere más bien a lo impersonal de los medios de comunicación y la cosificación de los individuos en la era del consumo, también detecto aquí una soledad existencial. De estos dos aspectos de lo personal en la comunicación voy a hablar.

Uno de los cuatro acuerdos toltecas, según el mejicano Miguel Ruiz, reza: “no te tomes nada personalmente”. Lo explica así: “nada de lo que hacen los demás es por ti. Lo que otros dicen y hacen es una proyección de su propia realidad”. Esto tiene que ver con una distorsión cognitiva (una idea irracional) que solemos tener: la personalización, que consiste en relacionar los hechos externos con uno mismo sin una base suficiente. El sicólogo y gurú de la autoayuda Wayne Dyer señala que “si eres objetivo, descubrirás que lo que en realidad te ofende es cómo consideras que deberían comportarse los demás”. En consecuencia, perdemos la noción de la realidad que nos permite encontrarnos con el prójimo. Decía Martin Buber que en este encuentro “lo esencial no ocurre en uno y otro de los participantes ni tampoco en un mundo neutral que abarca a los dos y a todas las demás cosas, sino, en el sentido más preciso, ‘entre’ los dos, como si dijéramos, en una dimensión a la que sólo los dos tienen acceso”. Es decir, el encuentro implica un deseo de conocer y entender al otro, de penetrar en su vida. El sicólogo norteamericano Martin Lyden, por esto, considera que las personas susceptibles son aquellas que poseen menos empatía, que les cuesta sentir con el otro. “Cuando no tomarte nada personalmente se convierta en un hábito firme y sólido, te evitarás muchos disgustos en la vida”, aconseja el mismo Ruiz.

Recuerdo que un cliente, antes de su primera cita, me llamó algo después de la hora fijada. Comenzó un diálogo más o menos así:
– Vea, amigo, usted me ha dado mal la dirección. ¿No quiere que vaya?
Cabe anotar que yo envío la dirección completa y detallada, la ubicación del GPS e incluso una imagen con el mapa por si ninguna de las anteriores funciona.
– Qué raro… ¿Qué le dice el GPS?
– ¡Yo no uso esas tonterías! Usted me pone tal calle y tal avenida, pero eso no existe.
Le explico cómo esa calle en su lado este no tiene ninguna otra que le cruce hasta la avenida, aunque en el oeste sí hay una, que es por donde debería llegar y girar a la derecha.
– No, amigo, estoy en el sitio que usted dice, pero el letrero pone otra cosa… Si no quiere que vaya, dígame, porque sí le voy a pagar.
– Si está ahí, ya salgo para que vea dónde es.
– Pero yo creo que estoy en otra parte.
– Confíe en mí, ya salgo.
En efecto, salí a la calle, le vi y le hice señas. Felizmente ya nos conocíamos de vista por otras situaciones, así que en seguida llegó. Entonces me explicó muy enojado que ahí, en donde debía estar el nombre de la calle, decía “Salida a la avenida”, y que yo no le di bien las indicaciones y le tuve dando vueltas. Por supuesto, no vio el letrero con el nombre de la calle, sino que solo se fijó en ese que era más grande.

Cuento esta anécdota para mostrar cómo nuestras concepciones nos pueden hacer observar la vida de maneras muy negativas, sintiendo que tenemos al mundo en contra. Este cliente asumió que, ya que no veía el letrero con el nombre de la calle, no quería atenderle pues yo tenía la idea de que, como nos conocíamos, él no me iba a pagar. Podemos ver que detrás de esos pensamientos existe mucha inseguridad, quizá por haber vivido en un mundo muy falso y egoísta. Es posible que ya haya tenido esa predisposición desde antes de salir a la cita, y al ver el letrero más grande que no era lo que esperaba, lo hizo calzar con esa predisposición. Mis intenciones, por supuesto, estaban muy alejadas de toda esa historia. En realidad, suele ocurrir que nos hacemos películas de lo que sienten y piensan los demás, y casi nunca son reales, pues tienen más que ver con nuestra historia, nuestras heridas y vacíos, que con la relación o la persona misma.

Mohamed Alí (Cassius Clay)

Yo suelo hacer la analogía con Mohamed Alí (Cassius Clay). Su característica principal era “bailar” alrededor de su contrincante, evitando que le pegara, con las defensas bajas y causando el desequilibrio físico y mental del otro para aprovechar y golpear. En la vida, solemos ir con las defensas altas, solo recibiendo puñetazos y dejándonos tumbar. Ni siquiera vemos de dónde llegan los porrazos, nada más los aguantamos. En otras palabras, nos pegan porque estamos ahí para que lo hagan. La única manera de evitar que nos lleguen los golpes es actuar como Alí: esquivando los embates del oponente. Si el otro está enojado, frustrado, dolido, ofuscado, es probable que se lance a descargar esos sentimientos, no por odio ni falta de amor, sino porque somos quien tiene al frente. Si pudiéramos leer su mente, veríamos que quiere hacer daño a su propio sentimiento de impotencia, no a nosotros. Como el contrincante de Cassius Clay, que no ve en él a un enemigo, sino a un obstáculo entre sí mismo y el título.

Nadie quiere hacernos daño, son efectos colaterales de lo que esa persona ha vivido y está sintiendo en ese momento. Nada personal. Como aquel ladrón que te asalta con una sonrisa, pidiendo perdón: “tengo que comer, no es personal”. Incluso la gente más cercana nos puede hacer daño con agresiones de diversos tipos, y aun así no es contra nosotros. En el momento en el que regresan al modo racional, se arrepienten. Y esto se puede volver un círculo vicioso de venganzas más o menos inconscientes. Pero, pregúntate: ¿no piensas muchas veces que el otro debe cambiar, y que para que se dé cuenta hace falta caerle a golpes? O, al menos, tener una reacción muy dramática. El ser humano busca entender el mundo, lo malo es que suele hacerlo interpretando en lugar de comunicando.

Para evitar que nos hagan daño, debemos comenzar pensando que no es algo contra nosotros, sino un reflejo de lo que el otro vive. Y ponernos en su lugar y comprender cuántas de nuestras emociones provienen de lo que quisiéramos ver en él. El mundo es tan amenazante como nosotros lo queramos ver. Si pasamos la existencia con las defensas altas, solo recibiremos golpes. Cuando aprendamos a bajar los puños y encontrarnos con lo que es el otro, a través del amor y la herramienta del diálogo para conocerlo y comprenderlo, y mostrarnos ante él, podremos caminar más ligeros, sin tanto dolor preconcebido. En lugar de lanzar golpes, brindemos sonrisas. Quiero entenderte para que me entiendas y construir juntos una relación sana. Sin preconceptos.

Amar significa dejar de sentirnos el centro de todo y cruzar la calle hacia el otro.

Foto por Andres Ayrton en Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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