“Si no sales de esta cuarentena…”, la presión online

Con seguridad todos hemos visto aquel mensaje viral: “Si no sales de esta cuarentena con un libro leído, una habilidad nueva, un emprendimiento nuevo o más conocimientos que antes, entonces nunca te faltó tiempo, solo disciplina”. Y si no lo has hecho, ya te llegará. También es muy probable que este simple mensaje te haya puesto un poco en guardia: ¿qué voy a leer?, ¿qué voy a aprender?, ¿qué voy a emprender? Puedo apostar que más que motivado, te hallaste abrumado.

Ya hemos hablado antes en este blog sobre el sentido, y de cómo encontrar un destino nos facilita el camino. Muchas veces confundimos metas con imposiciones sociales. Las clásicas preguntas: “¿cuándo te gradúas?, ¿cuándo consigues novio (o novia)?, ¿cuándo te casas?, ¿cuándo tienes un hijo?, ¿cuándo tienes otro hijo?”, y cosas por el estilo nos ponen encima la espada de Damocles, la roca de Sísifo y demás ominosos mitos griegos. Lo mismo pasa con mensajes como el anterior, en lugar de ayudarnos a enfrentar la ansiedad del encierro, nos la aumenta.

Fundamental dar gracias por ese tipo de consejos, porque seguro se dan con verdadero interés por ayudar. Segundo, podemos hacer con ellos exactamente eso que estamos pensando: mandarlos a la zona fantasma. Claro, estoy dramatizando. La idea es agradecer y luego tomar lo que nos sirva de esos consejos o preguntas preocupadas. Porque con ellos debemos construir nuestras propias metas, encontrar nuestras propias intenciones.

Para eliminar la ansiedad en estas circunstancias, necesitamos tener claras algunas cosas:

  • Este es un período especial, probablemente único, en nuestras vidas, en las de todos. Debemos pensarlo como un paréntesis. No son unas vacaciones, pero tampoco parte de la rutina que teníamos antes.
  • Debemos elegir nuestras batallas. Lo que al uno le sirve, para el otro es tiempo perdido; lo que el uno puede hacer sin complicaciones, el otro lo siente como un yugo insufrible. Decimos por aquí, “caduno-caduno”.
  • Dividir en propósitos pequeños. Si consideramos esa meta del “crecimiento personal” como una montaña del tamaño del Chimborazo, es casi seguro que no comencemos nunca a emprender esa ruta. “Poco a poco se llega lejos”.

Ponte metas claras y cumplibles, dentro de las prioridades que tienes en tu vida. Anda midiéndote para ver cuán factibles y realistas son. Ten en cuenta, también, cuánto depende de tu propio esfuerzo y cuánto de lo externo que no puedes controlar.

La motivación viene de adentro, pero se ajusta a las circunstancias con las que se enfrenta. No es únicamente cuestión de disciplina o recursos (tiempo, dinero), sino de obediencia a la realidad y de que eso calce con el sentido último de tu vida. Solo entonces puedes proponerte lo que sea, que lo vas a lograr con fe, paciencia, trabajo y perseverancia.

Y seguro resulta bien.

Ahora el reto es vivir

Vivir es una palabra muy usada, pero poco valorada. Comencemos preguntándonos ¿qué es vida? Incluso los griegos tenían dos términos para hablar de ella, y expresaban dos ideas diferentes aunque complementarias: ζωη (zoè) se refería a la vida en general, Βιοζ (bíos) a las vidas concretas. De bíos viene el latín vitam, de donde adquirimos nuestro vocablo. Los evangelios, cuyos originales están en griego, también usan las dos variantes. En particular, Juan utiliza zoè para hablar de la vida eterna, la vida en esencia. Cuando Jesús dice que es “el camino, la verdad y la vida”, Juan escribe zoè, no bíos.

¿Para qué le doy importancia a esto? Porque quiero hablar de un concepto más cercano a zoè que a bíos, pues solemos quedarnos en lo meramente orgánico y no en algo más trascendente. Y es ahí cuando sufrimos, porque no entendemos el sentido de una vida así. Responder nada más a las pulsiones más básicas (el sexo y la muerte, diría Freud) limita nuestra existencia, nos degrada a esas bases biológicas (ahora entendemos mejor este vocablo). Reaccionamos a instintos, impulsos… y el subconsciente es experto en eso.

Pero no tenemos por qué quedaros ahí. Nuestra esencia es trascendente, somos imago Dei. Más allá de esas respuestas primitivas está una necesidad de infinito. Y creo que es hoy el momento para darnos cuenta de esto. La pandemia de la Covid-19 nos ha reducido a seres confinados en una vivienda (si tenemos esa bendición). Parece que el dinero, el transporte, el poder y la gloria han pasado a un segundo plano. Ahora el reto es vivir. Y -por supuesto- cuidar la existencia de los otros.

Dice “La vida es una moneda”, la primera canción popular de un todavía adolescente Fito Páez (en la voz de Juan Carlos Baglietto), que “solo se trata de vivir, esa es la historia”. Es decir, volver a lo más primigenio de lo que significa ser humano: las relaciones y los sentimientos, el trabajo y la vocación. Lo bello, lo bueno, lo verdadero. El amor, en resumen.

Y sin embargo, en ciertas redes sociales o conversaciones percibimos algo muy lejano a eso. En lugar de enfocarnos en el enemigo (el SARS-CoV-2), creamos muñecos de paja de los demás. Atacamos ideologías, políticas, economías. Olvidamos que si hemos sido exitosos en este planeta es porque somos seres sociales. Ningún recurso (material, intelectual, afectivo, espiritual) nos cae empaquetado desde el cielo: nos lo da alguien. El otro. Ese otro muchas veces anónimo, invisible, intangible, pero a quien debemos todo.

Esta cuarentena (que es muy probable que demore más de cuarenta días) tarde o temprano terminará. ¿Cómo saldrá la humanidad luego de esto? Yo soy positivo e imagino que saldremos creciditos, menos tiranos, menos egoístas, menos quejumbrosos y victimistas. A darnos la mano, abrazarnos, besarnos. A darnos una mano, juntar los brazos, abrir los besos en oraciones. Le daremos sentido a todo esto.

A lo mejor resulta bien.

Contra el aislamiento, Sentido

Damos cierre a esta serie sobre cómo enfrentar el aislamiento, justamente buscándole el sentido. Como dijo el psicólogo vienés Viktor Frankl, la crisis de sentido es la mayor causa de trastornos psicoafectivos hoy en día. Porque si sabemos a dónde vamos, el camino lo llevamos con alegría, entusiasmo y constancia, aunque tengamos que tomar desvíos o detenernos por alguna causa. Si hoy pudiera decirte que salgas (recuerda, quédate en casa) sin contarte el destino, es muy probable que estes preguntándome a cada minuto ¿a dónde vamos? Y si nunca te diera una respuesta, dejarías de verle objeto a ese viaje y hasta te detendrías enojado.

Esto funciona para las cosas grandes (¿para qué vivo?) como las más pequeñas (¿para qué estoy leyendo esta palabra?) y todo el espectro en el medio. Tal cual he señalado en la bienvenida a este sitio, Imago Dei, en cuanto a lo más grande, se trata de responder a la necesidad de sentirme imagen de Dios, tensionado hacia esa perfección en una búsqueda incesante. Y luego voy subordinando todos mis propósitos, planes y actos a esa búsqueda. Cuando tengo claro ese sentido último (la Santidad, en términos católicos) voy a procurar ordenar cada espacio de mi vida para alcanzar esa meta final. Y solo entonces todo lo anterior (Conexión, Aceptación, Orden) empieza a cobrar valor.

Nuestras relaciones personales, desde la que tenemos con cada miembro de la familia íntima hasta aquella con el señor que nos hizo la última entrega, son la fuente primordial de sentido de nuestras vidas. Los sobrevivientes del avión Uruguayo que se estrelló en los Andes, lograron salir de la montaña porque todos sus esfuerzos se encaminaron a volver a abrazar a sus seres queridos. Aún en la crisis más fuerte, y por limitadas que sean las opciones, podemos elegir de forma libre qué vamos a hacer si encontramos para qué hacerlo. O para quién. Y esto nos lleva a aceptar la realidad, conociéndola y buscando cómo trabajar en ella para alcanzar la meta que anhelamos.

Decía nuestro sociólogo de cabecera, Marshall McLuhan, que para las sociedades letradas (y diría yo, para los individuos por igual), el paso de la Galaxia Gutenberg (los impresos) a la Constelación Marconi (las ondas electromagnéticas) es traumático. El ser humano posmoderno vive dentro de una nube de señales de radiofrecuencia (radio, televisión, celulares, etc.), no solo en el sentido físico, sino también psicológico. El libro es un medio caliente, según la clasificación de McLuhan, al requerir más intervención del receptor del mensaje, mientras la Internet puede ser en gran parte frío… si se lo permitimos. Sin embargo, nos cuesta no hacerlo. Y de eso, precisamente, se trata la capacidad de darle sentido a la tormenta informativa que recibimos a diario.

Podemos intervenir en los mensajes que nos envían de varias maneras: seleccionando, entendiendo y compartiendo, con inteligencia y profundidad. Entonces le doy un propósito a cada letra que me llega: hay basura, hay cosas que me divierten, hay datos que me ayudan, hay reflexiones que me enriquecen. Si no sé distinguir, ¿qué sentido tiene estar clavado en un aparato por donde pasan ríos de bits sin ninguna función? Como decía San Pablo, “todo me está permitido, pero no todo me conviene”. Si busco un propósito en lo que leo, oigo o veo en mi celular, deberé comenzar entendiendo qué me conviene y qué no. Y lo demás lo desecho, sin ningún cargo de consciencia. La tía Tota no se va a resentir si no veo el video que compartió conmigo sobre el enésimo descubridor de la cura del CoViD-19.

Y entonces me refuerzo en mi rutina, bien planeada, en donde haya espacio para todo: informarme, distraerme, organizarme, compartir con otros, encontrarme a mí mismo en el silencio de la oración. Le doy un sentido a eso porque es parte de un cosmos que gira en torno a mi bienestar y al fin último de mi vida. Me levanto a preparar el desayuno pues quiero comenzar el día con los nutrientes necesarios para las tareas que me he propuesto o me han propuesto otros. Hago esas tareas con mi mayor enfoque y entrega con el fin de poder sentirme satisfecho con mis habilidades. Si logro aprovechar mis cualidades, me daré cuenta de que he avanzado un paso más hacia la perfección.

Nada puede perderme si tengo claro el destino. Si al agente 13 del Superagente 86 le decían por qué tenía que estar escondido en un librero, le hubiera resultado más llevadero. Aún ante el peor embate de las olas que me desvíen, podré encontrar el rumbo de nuevo si tengo claro el puerto al que me dirijo, y qué voy a hallar ahí. A quién voy a hallar, qué haré con esa persona, qué le voy a contar. Y no gano nada dejándome abatir por la tempestad, o incluso tirarme al agua derrotado; igual que tampoco he avanzado si simplemente sigo izando las velas como si nada hubiera pasado. Tomo las decisiones que tengo que tomar para darle frente a la tormenta, con esperanza, y las pongo en práctica. Sin prisa, pero sin pausa, como se dice. Y porque soy libre, más libre que esos vientos.

Si estoy aislado por mi propia decisión, me será más fácil darle sentido. Pero incluso si lo hago por decreto puedo decidir libremente no solo cumplir con esa orden, sino encontrarle lo positivo. Muchas personas sufren y seguirán sufriendo y pagando con la salud y la vida esta pandemia. Aun así, no tengo por qué ser aquel que llore nada más por estar encerrado y no poder hacer las cosas que estoy acostumbrado. De ese sacrificio puedo sacar algo que me vuelva más fuerte, y que haga crecer también a los demás. Cuando salgamos de esto, nada será igual. Y espero que sea para mejor.

Un abrazo virtual, hasta que me lean la próxima vez.

Contra el aislamiento, Orden

Siguiendo con el tema del aislamiento, y de cómo salir airosos de él encontrando de manera libre un sentido, ponemos el ojo en el orden. El estado actual de cosas genera naturalmente caos e inestabilidad, y para poder combatirlos es vital el orden. Y entendamos por qué desde su etimología: el término griego cosmos, κόσμος (kósmos), orden, es la antítesis de caos, Χάος (Kháos o cháos), desorden. Ya desde los antiguos griegos, el universo se ha concebido como un lugar organizado, gracias a un conjunto de leyes que le dan estabilidad. Sin esas normas colapsaría y dejaría de existir. Eso le pasa también a nuestras vidas.

Entonces, necesito estructura. Si guardo una estructura mínima es posible enfrentar la angustia y la ansiedad (dos palabras que vienen de lo “angosto” que se ve el futuro) que son fruto de no saber qué va a pasar en nuestras vidas con la CoViD-19. Si me organizo, me sentiré en paz. Sin embargo, esta estructura no puede ser inflexible, sino más bien como un esqueleto que permite también el movimiento libre. Porque si mi mente me encuadra en reglas que parecen hechas de hormigón, la ansiedad, lejos de disminuir, se consolidará de la mano del estrés (o del distrés, el estrés negativo). Esa estructura flexible es producto más que de condiciones externas, de un movimiento interno. Puedo vivir en una celda de 2×2 y tener una rutina que me permita sentir paz. Y esto lo saben los presos, los secuestrados, quienes sobrevivieron en campos de concentración, etc. Si mi vida tiene orden, mi mente puede estar en armonía, por duras que sean las condiciones.

Y he de extender ese orden a los que me rodean. Nuestro ya conocido amigo, Marshall McLuhan, decía que si miramos la historia de la humanidad, comprendemos que, partiendo de una jerarquía que va desde lo más pequeño y cercano a lo más grande y lejano, el hombre construyó su vida alrededor del hogar (un hogar que nos remite al fuego primigenio, al sol y a la creación). El sedentarismo fue disponiendo aldeas en torno a lazos comunes (tribu, ayllu, clan son distintas palabras que significan familia), pero el posterior crecimiento en ciudades, estados e imperios (y todas las formas territoriales intermedias) fue alejando al individuo de esa conexión, de ese sentimiento colectivo. La aldea global, reunida por los medios eléctricos y electrónicos, nos ha ayudado a recuperar esa consciencia de pertenencia. Y nos vuelve a remitir a la necesidad del orden primordial: las normas que permiten la marcha del cosmos.

Debo entender la realidad y fortalecer mis saludables conexiones, como hablaba en mis artículos previos, y a través de ellas ser un agente de orden. El orden también significaba belleza para los antiguos (de ahí que cósmico y cosmético compartan bases etimológicas), y por tanto mientras más nos acerquemos a lo bello, a lo bueno y a lo verdadero que parte de la organización que damos a nuestras vidas, más tranquilos y productivos podemos ser. Generar estabilidad desde mí, hacia afuera, en dirección aquellos con los que comparto vivienda, barrio, ciudad, país… planeta. Estamos en esto juntos. Todos sufrimos y continuaremos haciéndolo todavía. A pesar de ello, encontraremos una salida como humanidad.

Y, ya lo he dicho, lo pongo en camino en lo externo para motivar un orden interno, pero primero debí partir por dar claridad y andamiaje a mis pensamientos y sentimientos. Quiero equilibrio en mi vida, y por eso mi voluntad me lleva a generar hábitos virtuosos; es decir, repitiendo actos que me permitan realizar con más facilidad lo que busco, que apunta al bien (individual y común) y le da con esto sentido y propósito no solo a mi existencia, sino a cada minuto de ella.

Luego, vamos a lo práctico, que me lo estarás preguntando. Te pongo algunas bases, y vos puedes ir definiendo qué es lo que más necesitas y mejor te funciona:

  • Poner horarios. Es lo primero. No hace falta fabricarme una plantilla de lunes a domingo y de 5 a.m. a 11 p.m., aunque lo ideal sería ser lo más detallado posible, para verlo más claro. De todas formas, lo fundamental es distinguir cada momento, día, semana, basados en el objetivo que nos proponemos alcanzar en cada uno de ellos.
  • Limpiar. Comenzamos por lo tangible para pasar a lo intangible y volver. Nos lavamos las manos, nos bañamos, nos vestimos como si fuéramos a salir, aseamos nuestras cosas y la de los que conviven con nosotros, barremos, y de nuevo nos lavamos las manos. En definitiva, limpiamos no solo por higiene o salud física, sino mental. Y de ahí partimos a nuestras emociones e ideas, iniciando por lo que ya hemos venido viendo antes: malas noticias, malas vibras, ¡fuera! Nuestro espíritu, en paz con nuestra idea de trascendencia, con nuestra imagen de Dios a la cual tendemos. No nos podemos confesar, pero somos capaces de hacer un acto de contrición perfecta. Hablar con nuestro cura de confianza.
  • Clasificar. Buena oportunidad para decir si aquello que tenemos (igual podamos tocarlo o no) nos sirve o no, y si es útil a alguien para algo, lo comparto, lo presto, lo regalo. Si entendemos en qué categoría cae cada cosa que poseemos, sea material, psíquica, moral o espiritual, podemos saber qué hacer con ella. Tira esa caja de basura que pensabas darle uso algún rato. ¡O recíclala! Bota esa idea inútil, ese rencor mezquino, ese pensamiento paralizante, ese vicio que te aleja de tu meta de Infinito.

O sea, hay que convencer a la vida de que nada ha cambiado. Porque en esencia es así. Y, bueno, en esto en verdad hay gente para la que nada (o muy poco) ha cambiado: muchos repartidores, recolectores de basura, cajeros han visto escasa diferencia entre lo que hacían antes y lo que deben realizar hoy; pero sobre todo pienso en quienes han vivido aislados su vida entera. Sea por causas externas o internas, patológicas o voluntarias, hay gente que no sale o lo hace muy poco de sus cuatro paredes. Aun así todos ellos también deben aprender a manejar los cambios que estamos comenzando a enfrentar. Y recuerdo al agente 13 de la vieja serie del Superagente 86. Cada vez se le asignaba la labor de espiar desde los lugares más inverosímiles y recluidos. Casi siempre se quejaba con Smart, pero poco es lo que hacía para sostener esa realidad. Si hubiera dejado esa faceta victimista, es seguro que su labor, clave en CONTROL, le resultaría más gratificante.

Así que, ponle orden a tu vida, de manera consciente y libre, acercando a los demás a esa estructura para buscar el bien común. Verás como todo, por duro que sea, cobra sentido.

Un abrazo virtual, hasta que me lean la próxima vez.

Contra el aislamiento, Aceptación

Continuando con esta serie de artículos que buscan encontrar un sentido a este encierro, de una manera libre y esperanzada, sigo con el capítulo de la aceptación. Está muy conectado con el anterior, sobre todo con lo concerniente a la comunicación que nos mantiene informados.

Decía nuestro ya conocido Marshall McLuhan que han existido tres grandes avances tecnológicos para la humanidad: la escritura, la imprenta y la radiotelefonía. Todos los vehículos que utilizamos hoy el momento de comunicarnos le deben su existencia a esas tres revoluciones. McLuhan también hablaba de que toda tecnología es una extensión del cuerpo, desde la rueda como extensión del pie, hasta la computadora como extensión del cerebro.

Así, igual que un guagua aprende de forma paulatina a usar sus miembros y a aprovechar sus sentidos, la humanidad está apenas empezando a entender cómo debe emplear los medios electrónicos para comunicarse. Igual que a Maxwell Smart le costaba mantenerse actualizado con el manejo de los distintos aparatos que le suministraba CONTROL, y a veces terminaba volviendo todo un desastre, a nosotros nos cuesta adaptarnos al vertiginoso avance de los medios.

En esta época de cuarentena, hasta las personas más aisladas tienen una ambigua sensación de conexión. Solo con mirar su celular, aparentemente pueden acceder a cualquier persona y a cualquier dato. Sin embargo, el contacto con la realidad sigue siendo limitado. El hijo con el que están hablando, aunque oyen sus palabras y ven su movimiento, no está ahí. Puede necesitar un abrazo, y no lo tiene. Pero eso ya lo tratamos en el artículo anterior.

El punto aquí es que el contacto con la realidad en cuanto a la información también es limitado. Yo no puedo saber si el video que me llega fue grabado en otro lugar y otro tiempo del que me dicen (cambiando el contexto del mensaje), o si están jugando con mis emociones para hacerme creer en lo que ellos quieren (el efecto Kuleshov), o incluso si no es algo generado por computadora. Por eso, debo ser muy cuidadoso.

En la actual coyuntura, es fácil vivir en pánico. Recibimos un bombardeo de imágenes y textos que nos tienen en una montaña rusa de emociones, entre el miedo y la esperanza, la lágrima y la carcajada, la ira y el agradecimiento. Por esto, debemos saber racionar la información que manejamos como lo hacemos con la alimentación. ¿O le daremos a nuestros hijos una ráfaga indiscriminada de golosinas, mezcladas con comida chatarra, dieta saludable y sobras podridas? Seguramente no.

Vivimos en tiempos de posverdad, donde la verdad emotiva (lo que queremos o nos mueven a creer) es más importante que la objetiva. Es por esta razón que no nos hemos de conformar con pensar que todo lo que nos llega por medios de masas y redes sociales es cierto. Debemos ser consumidores inteligentes, saber qué fuentes son confiables y aun así contrastar si lo que nos dicen está sustentado.

Sugiero una rutina que te puede ayudar, como a mí, a ser un consumidor consciente. Más aún en este momento difícil para la humanidad, donde la mentira y las medias verdades pululan, desestabilizándonos y sacándonos el sentido:

  • Por la mañana, me levanto con una oración con el fin de centrar mi espíritu y darle un propósito al día. Es la primera información que necesito.
  • Luego, me entero de las noticias por fuentes fidedignas, y cuando me producen sospecha, investigo un poco más.
  • Procuro evitar el sensacionalismo y la confrontación. Ya la realidad es bastante dura como para ponerle tintes dantescos o caricaturescos.
  • Durante el día, no veo nada de lo que comparten en los distintos chats o redes (ya lo saben, no se gasten). Si hay una información importante, es muy probable que se distinga de entre lo demás y no dudo que ya lo veré en las noticias o me lo contará de forma directa algún ser querido. Corro el riesgo de perderme algo, pero prefiero mi salud mental.
  • Trabajo y me desconecto, a veces de manera muy literal. Sin embargo, normalmente me mantengo con una línea abierta para atender los requerimientos personales de quien me necesite.
  • Busco momentos de relax, sobre todo las horas de familia, y me desconecto. Igual que arriba.
  • En la noche, veo con mi esposa videos que, o me ayudan a reflexionar sobre la realidad, o me distraen de ella. Ambas cosas en equilibrio son necesarias.
  • Es fundamental, sin embargo, buscar que uno no se vaya a dormir con una sensación de angustia, porque el sueño será igual de ansioso.

Si tengo la dosis adecuada de información sobre lo que ocurre tanto adentro como afuera, puedo manejar la realidad. Debo aceptarla porque no soy capaz de cambiar más que mi reacción ante ella. El mundo vive una pandemia muy seria por las consecuencias colectivas más que individuales. Aceptar esto me debe llevar a actuar de manera oportuna y responsable, pero sin temor. Como saber que tengo un carro sin batería, sin que eso me lleve a llorar abrazado a la llanta cual si no pudiera volver a moverme más en mi vida.

La lápida de McLuhan, con tipografía digital, nos recuerda que “La verdad nos hará libres”, como nos enseñó Jesús. Porque si sabemos dosificar y sopesar convenientemente la información que recibimos, es más fácil aceptar la realidad y poder actuar. El cambio del mundo empieza en nosotros, en nuestra inteligencia moviendo nuestra voluntad. No hay otra.

Un abrazo virtual, hasta que me lean la próxima vez.

Contra el aislamiento, Conexión

Cuando escribí la semana pasada mi primer artículo de esta serie (Contra el aislamiento, C.A.O.S.), me vino a la mente la caricaturesca agencia del mal KAOS del programa de TV de los 60, el Superagente 86. Supongo que a otros miembros de la generación X como yo les habrá pasado igual. Y encuentro algunas ideas ahí que se pueden asimilar en este desarrollo del punto C: la conexión contra el encierro de cuarentena. Ya veremos.

Había mencionado a Marshall McLuhan, y aquí enfrentamos otro concepto suyo: la aldea global. Gracias a los avances tecnológicos en las comunicaciones, el planeta nos parece cada vez más chico. Cuando McLuhan ideó este concepto, la Internet estaba a tres décadas de popularizarse, aunque ya comenzaba a desarrollarse. Él más bien se refería a las primeras telecomunicaciones (telégrafo, teléfono, radio, cine, televisión), sin olvidar la tecnología que les dio inicio (imprenta, fotografía), aunque seguramente preveía lo que vivimos hoy. Estamos más conectados, pero ¿tenemos una mejor conexión entre nosotros?

Y aquí es donde entra el Superagente 86. Su agencia (tipo CIA), CONTROL, contaba con una serie de artilugios para comunicarse, muchos de ellos en fase de experimentacion, por lo cual fallaban bastante. Uno de los más recordados es el cono del silencio, bajo el que se discutían asuntos ultrasecretos y que muy pocas veces funcionaba como debía. Pienso que la analogía con los medios electrónicos en esta cuarentena puede resultar aleccionadora. Gran parte de la humanidad ha trasladado sus labores a la computadora (el teletrabajo), y encuentros que hasta hace un par de meses se hacían en persona ahora se organizan vía teleconferencia.

Sin embargo, estos vehículos no siempre funcionan como quisiéramos. No siempre son tan seguros, estables o confiables como deberían. Tal cual el cono del silencio con Smart y el Jefe, la comunicación lejos de verse protegida se ve vulnerada. Y, el mismo Marshall McLuhan lo sabía, esta puede resultar la única idea con la que los interlocutores se queden, porque “el medio es el mensaje“.

También, y el mismo sociólogo canadiense lo decía, el estar en una aldea global no implica necesariamente uniformidad y la tranquilidad, sino todo lo contrario. La disidencia y la disensión están más presentes, como en una aldea: sabemos quién piensa qué porque es capaz de decirlo y ser oído. No obstante, quizás eso no sea tan así. Tenemos muchas más voces en conflicto, pero es posible que no tengamos claro dónde está realmente dicho conflicto y si existe en verdad.

Por último, el permanecer conectados no implica por fuerza estar bien informados. De esto voy a hablar en el próximo artículo, aunque conviene dar alguna idea desde este. Estamos a un clic de la última noticia en el rincón más lejano del mundo, o de tomar contacto con alguien que no está tan lejos pero a quien no puedo tocar. Y no siempre usamos ese potencial de manera conveniente.

Entonces, ¿cuál es la estrategia para manejar estas conexiones de la mejor forma? Un par de tres “tips”:

  • No confiar de manera ciega en la tecnología a la hora de comunicarnos. Aparte de que no son los únicos modos de conectarnos, dice el Magisterio de la Iglesia que los medios de comunicación de masas y las redes sociales en internet son dones de Dios a través del ingenio de los hombres. Pero, como todo don hay que usarlo con sabiduría. Y como toda herramienta, tenemos que utilizarla sin que nos utilice, sin que sea un fin en sí misma.

Ejemplo práctico: no puedo dar por hecho que un texto por WhatsApp para decirle algo a una persona llegue, sea leído, comprendido y actuado. No sé si no revisa sus mensajes muy seguido, o no entienda lo que yo escribí por las razones que sean, o lo abrió pero no lo leyó porque algo lo distrajo, o mil otras formas de perderse el objetivo en el camino. Muchas veces “nos dejan en visto” y no preguntamos qué pasó, sino que lo interpretamos según nuestros propios modelos mentales. ¡Y cuántas veces nos equivocamos!

  • Debemos aprender a disentir. Lo malo no es el conflicto, es no saber manejarlo. Hay tantas opiniones como experiencias de vida, o sea, como seres humanos hay en el mundo. Aunque existen dos focos principales de conflicto en nuestro día a día (la convivencia real y la virtual -las redes sociales-), entendemos el conflicto como un obstáculo, cuando puede ser un trampolín. Y eso nos lleva al malestar, el enojo, la frustración y la depresión. Si entendemos que somos diferentes y que gracias a esas diferencias podemos completarnos, cada discusión nos llevará a todos a ganar, a encontrar mejores soluciones y a entender al otro.

Ejemplo práctico: no puedo pensar que porque otra persona piense o sienta distinto es estúpido, egoísta o malvado. Cada uno tiene su historia, circunstancias, y ellas condicionan no solo sus reacciones, sino su percepción misma. De esto hay muchas muestras, les dejo algunas imágenes.

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  • Hay que saber escuchar. Lo anterior me trae hasta acá. No puedo manejar el conflicto si no llego a entender al otro, y no puedo entenderlo si no le oigo, si no estoy atento y procuro eliminar mis bloqueos mentales. Sea en mi casa, con mi esposa, o en la aldea global, con un youtuber, no he de pretender que capté lo que me dijeron si no estoy dispuesto a comprender no únicamente al mensaje, sino al mensajero. Su contexto. Somos distintos y nos podemos aportar si nos aproximamos mutuamente, no en lo físico (al menos ahorita) sino en lo afectivo y mental. Sin mencionar que saber escuchar implica saber callar (de eso ya hablé en otro artículo).

Ejemplo práctico: si mi hijo se quiere levantar mientras está haciendo sus tareas a distancia y yo le digo que se siente y no le dejo explicarse sino que le grito “¡siéntate, estás en clase!”, lo único que logro es enojo y frustración. Si le doy la oportunidad de que hable, me dirá que solo quiere traer una imagen de Jesús para que le ayude a hacer su trabajo. Se genera paz y sentimiento colaborativo, aunque no estemos de acuerdo en un inicio.

Y podemos seguir dando más consejos puntuales, seguramente vos tienes uno que darme. Lo fundamental es entender que, aislados en cuarentena o aglomerados en cualquier lado, el ser humano es un ser a la vez individual y colectivo, siempre conectado pero que debe saber estarlo de manera consciente.

Un abrazo virtual, hasta que me lean la próxima vez.

¿Aislamiento vs. Muerte?

En realidad, hoy no estoy tan seguro de si es prudente seguir escribiendo sobre cómo enfrentar de manera positiva el aislamiento por la cuarentena debida a la CoViD-19. Ahora me pregunto si la disyuntiva es siempre “aislamiento vs. muerte” o podría ser también “aislamiento y muerte”

Ayer vi en “Date un vlog” (un canal de YouTube que sigo y recomiendo) una dolorosa reflexión de Santiago Sierra, colombiano invitado por Javier Santolalla (el dueño del canal), sobre la realidad de los pobres en este momento pandémico de la historia. No les voy a contar la reflexión entera, para que la vean si se pasan por ahí.

Más bien, les quiero hablar acerca de qué pensé yo luego de ver el video. El fin de esta página es tratar sobre la salud mental, partiendo de la búsqueda de sentido y el camino ideal hacia nuestra identificación como imagen de Dios. Pero ¿qué le puedo decir a una persona que tiene que salir todos los días, todo el día, a buscar en la calle el pan para sus hijos? Obvio, nos viene a la cabeza la pirámide de Maslow. Luego, ¿quién les puede decir a esas personas “quédate en tu casa”?

Cuando comencé en esto de la internet, allá por el siglo pasado, la penetración de este servicio en Latinoamérica no llegaba al 20% de la población. Hoy ese porcentaje representa a quien no tiene acceso. Sin embargo, la gente con carencias que puede acceder, es seguro que no lee páginas como esta o ve videos como los de Santolalla, y tampoco lee los mensajes en las redes sociales de aquellos que los insultan por no acogerse a la cuarentena, como si fueran estúpidos egoístas sin criterio. Y es mejor que sea así, por su tranquilidad.

No estoy aquí para secundar voces en contra del aislamiento obligatorio (el presidente de Brasil viene a mi mente). Pienso que es prudente buscar aplanar la curva, y la cuarentena es el mejor camino. No tanto por lo estadísticamente letal que pueda ser el SARS-CoV-2, que hay cosas en la vida más letales, sino por esa persona que podría no haber muerto si no se hubiera expandido tan rápido el virus y que podía ser tu padre o tu hijo. Como he venido hablando en mis dos artículos anteriores, debemos estar conscientes de los riesgos mentales y -a la larga- vitales del encierro para protegernos y sacar provecho de esta circunstancia.

Pero permanecer aislado, irónicamente, es un privilegio. Lavarse las manos con agua limpia y jabón también lo es. Ni hablemos de estar informados de forma conveniente de la realidad de esta enfermedad por coronavirus. Si de salir a la calle a vender unos chicles o un cargador de celular depende la supervivencia de tu familia, te importará muy poco que haya una orden de quedarse en casa. Déjenme trabajar, dirás.

Sí, también conviene recordar a todas las personas cuya vocación, ocupación y profesión los tiene arriesgándose día a día por dar su servicio a quienes lo necesitamos. Para ellos también sería un privilegio poder quedarse en casa. Ojalá que sepan encontrar un verdadero propósito más elevado a esa labor y que dé frutos, y confío en que así sea, con la ayuda de Dios.

Sin embargo, no quiero que nos estanquemos en lo negativo, llorar y lamentarnos por esta dura realidad de muchos hermanos latinoamericanos (y el mundo). Continúo con el eje conductor de mis artículos. Nosotros, los privilegiados que tenemos un dispositivo para conectarnos con el mundo mientras estamos en este aislamiento forzoso, debemos darle un sentido aún superior.

Si es posible, demos nuestra palabra de aliento a quien ha salido para darnos un servicio y procurar el sustento familiar. Por supuesto que no le podemos dar un abrazo, ni tan siquiera la mano, pero a metro y medio de distancia seremos capaces de hacerles sentir lo agradecidos que estamos por que estén ahí. Con una palabra, un gesto. Esa es una buena limosna, en esta cuaresma. Y si estamos en capacidad de dar más, aún mejor.

El mundo tiene que cambiar luego de esta pandemia, y debe comenzar por cada uno de nosotros. Ayudemos a todos a reflexionar sobre estas realidades y bajemos la mano con la piedra de juicio contra nuestro hermano. Si la curva deja de crecer, será gracias a nosotros los privilegiados, y a pesar de ellos, los necesitados. Mi oración y mi abrazo virtual con todos ellos.

Contra el aislamiento, C.A.O.S.

¿Qué te puedo decir que no hayas ya leído una y mil veces en otros artículos o memes de los miles que te llegan por lo del coronavirus? Quizás poco, porque no hay nada nuevo bajo el sol. Pero creo que es muy importante subrayar ciertas ideas, partiendo de lo que ya dije en mi artículo anterior.

Para muchos, el título de esta crónica les sonará extraño, paradójico, hasta absurdo. ¿Caos? En realidad, es un acrónimo que quiere decir Conexión, Aceptación, Orden, Sentido. Confieso que en esto hay bastante de licencia poética, puesto que no necesariamente va el uno después del siguiente, y es probable que el concepto que busco vaya más allá del término elegido. Porque considero que esas son las claves para que este (u otro) aislamiento resulte no solo llevadero sino incluso positivo. Paso a detallar:

· Conexión:

Algunas personas tenemos la suerte de vivir esta cuarentena en familia. Otros lo hacen en comunidad. Sin embargo, el resto deben permanecer solos, en el más literal aislamiento. Aun así, no tenemos por qué quedarnos en esa isla.

Resulta evidente que la tecnología nos acerca, desde la invención de la escritura hace como cinco milenios, pasando por la Galaxia Gutemberg en 1450 (según el concepto del gran filósofo de la comunicación, el católico Marshall McLuhan), hasta llegar a la Sociedad de la Información (otro concepto de McLuhan) con la Revolución Digital a partir de la década de los 80 del siglo anterior.

Pero estar conectados hoy en día (y en especial en nuestra actual coyuntura) implica bastante más que tener acceso a internet. Quiere decir construir y proteger lazos, algunos que vienen desde la cuna y otros que vamos formando en el camino. Y no se necesita un teléfono inteligente para hacerlo. Se necesita la voluntad de sentirse parte de algo, con alguien, con “álguienes”. Con el hermano con el que estoy conviviendo y que a ratos ya quiero ahorcar, con mi papá con el que hablo a través del celular, con el apenas conocido que me manda un mensaje en la red o el casi desconocido a quien veo de ventana a ventana.

¿Cómo alimento esa conexión? Sintiendo que estamos en esto juntos. Que mis relaciones no me definen, pero sí me completan. Que puedo encontrar una motivación en el abrazo que daré cuando todo vuelva a lo que llamamos “normalidad” (ya hablaré de eso después). A través de una foto arrugada y descolorida o de la videocámara casi-casi en tiempo real.

· Aceptación:

Este concepto debe ir unido a la búsqueda de conocimiento, porque no puedo aceptar algo que no entiendo. Y en un momento complicado como el de una cuarentena, hay que tomar con pinzas la información. Sea cualquier medio de masas o cualquier red social o “chat”, debemos ser lectores atentos y consumidores conscientes de datos. No todo lo que nos llega será cierto, y muchas veces tendrá apenas la suficiente dosis de mentira para mimetizarse con la verdad.

Entonces, no debo pelearme con la realidad, sino ser obediente a ella. No puedo cambiarla, pero sí ajustar mis reacciones. No tengo capacidad de evitar el avance de una pandemia, o salir y poner en riesgo mi salud y la de los otros como si hubiera adquirido de forma mágica inmunidad ante ella. Sí está en mis manos aceptar que este virus seguirá extendiéndose y que lo mejor que puedo hacer para detener su agresivo avance (aplanar la curva como dice la OMS) es quedarme en casa.

· Orden:

Por contradictorio que suene con el acrónimo que he inventado, para combatir el caos es vital el orden. Si guardo una organización que me permita notar que cada cosa que hago me aleja del desbarajuste que busca invadir nuestra mentalidad, me sentiré en paz. Y he de extender ese orden a los que me rodean. Limpiar, clasificar, poner horarios. Distinguir el martes del sábado y el jueves del domingo. Festejar los cumpleaños y las fechas importantes. O sea, contarle a la vida que nada ha cambiado.

Debo organizar mis cosas, pero también mis pensamientos. Lo tangible y lo intangible. Es un tiempo asimismo para poner en orden mi alma, encontrar lo que había olvidado o perdido en mi vida interior. Igual, tratar de ordenar mis sentimientos con las personas, con las instituciones, con los otros y con Dios. Comenzando por mí mismo, pero terminando allá afuera.

· Sentido:

Para todo lo anterior es crucial encontrar un sentido a las cosas. Y no se lo encuentra sino adentro, soy yo quien se lo puede dar a cada actividad, a cada pensamiento. Tanto en lo más grande, el sentido que tiene mi vida, hasta lo más pequeño, ¿por qué comer una galleta hoy y no mañana?

Si voy a sostener mi relación con alguien, será para motivarme a salir sano de aquí y cuidar a ese alguien, motivándolo también a algo equivalente. Si voy a buscar entender qué está pasando y aceptarlo, será para darme ánimos y animar al resto a preocuparse de lo esencial y no de lo accesorio. Si voy a ordenar mi cuarto hoy, será para tener la tranquilidad en mi cerebro que me permita enfocarme en mis objetivos cotidianos. Si voy a buscarle sentido a este encierro, será para salir renovado y no dejarme abatir por el miedo.

· Libertad:

Ya sé que este concepto no es parte del acrónimo, es que es un eje transversal de todo. Sea en los campos de concentración (a decir de Frankl) o en medio de los Andes (como el equipo de rugby uruguayo en 1972), la única persona que verdaderamente nos puede quitar la libertad somos nosotros mismos.

El uso de nuestra libertad no depende de las condiciones externas, sino de lo que yo quiera hacer con esas condiciones. Como dice el dicho, preparar limonada con los limones que cayeron del cielo. Ahora estamos en cuarentena por un nuevo virus que está atacando a la humanidad entera, pero no voy a dejar que eso me tire al suelo. Voy a crear nuevos lazos y los que ya tenía los voy a fortalecer, en esta vida y la otra. Voy a ayudar a los demás a saber realmente qué estamos viviendo y cómo transformarlo en una oportunidad. Voy a aprovechar el encierro para dar orden a mi espacio físico, virtual y personal. Voy a darle sentido a todo esto. Elijo de manera libre alejarme del caos a través del C.A.O.S.

Algo que mata más que la enfermedad del coronavirus 2019

Decenas de millones de personas se encuentran en cuarentena debido a la CoViD-19, y siguen aumentando. Una de ellas es Guo Jing, quien se mudó a Wuhan (China) apenas unas semanas antes de que las autoridades de salud la confinen en su hogar el 23 de enero. Ha publicado un diario de esta experiencia en la red social de WeChat. Guo Jing, que vive sola, ha tratado de manejar este encierro de una manera positiva, pero el miedo y la soledad parecen ganarle a ratos.

La CoViD-19 es la enfermedad infecciosa causada por coronavirus (el SARS-CoV-2) de más reciente descubrimiento. Tanto el nuevo virus cuanto la enfermedad se desconocían antes de que estallara el brote en Wuhan en diciembre de 2019. La OMS la declaró pandemia el 11 de marzo de 2020, lo cual quiere decir que se está esparciendo de una manera muy rápida por todo el mundo. Una de las medidas preventivas para evitar el contagio es el aislamiento no solo de pacientes con síntomas de una probable CoViD-19, sino aun de aquellos que pudieron entrar en contacto con una persona contagiada. Esto lleva a aislar poblaciones, o incluso países enteros.

Pero este aislamiento puede traer consecuencias muchas veces más graves que el virus mismo. No hablemos del impacto en la economía a grandes escalas, sino en la psicología individual. Por ver únicamente un ejemplo, durante la crisis del SARS en 2003 (más mortal, pero menos infecciosa), un posible contagiado se suicidó en un hospital de Taiwan durante su cuarentena. En un metaanálisis publicado en la revista médica británica The Lancet, se evidencian múltiples efectos, incluidos síntomas de estrés postraumático, confusión y enojo. Individuos de riesgo son quienes ya tenían alguna condición mental previa, los niños y los profesionales de la salud a cargo de contagiados.

En una persona expuesta al miedo generalizado que produce una pandemia, avivado por la paranoia regada a través de las redes sociales, la ansiedad y la desesperanza causan efectos. En una persona que, además, se ve obligada a aislarse para no ayudar a la propagación del virus, estos efectos son aún mayores y duraderos. No sabe si fue o será infectado, si morirá en el aislamiento por la enfermedad o por falta o inadecuación de suministros. Desconoce cuánto durará la cuarentena, y muchas veces ni siquiera tiene claro por qué se encuentra en esa situación. No tiene idea de si su economía se podrá sostener durante y después de la crisis. Lo que sí sabe es que su vida no volverá a ser la misma. Y esto, en muchos casos, resulta más mortal (depresión, hipertensión, riesgos de ACV, suicidio, etc.).

Estemos o no en cuarentena, y muy aparte de las medidas que tomen las autoridades de salud al respecto, podemos disminuir el impacto mental que conlleva una situación como la que vivimos:

  • Mientras más entendamos la realidad, más fácil será sobrellevarla. Debemos estar informados de forma conveniente en medios sustentados.
  • Tenemos que organizarnos, porque la rutina ya no puede ser la misma. El orden nos trae paz interior.
  • Es necesario aprovechar los medios electrónicos para estar más en contacto con nuestros seres queridos, a pesar de la distancia.

Pero lo más importante, como en todo, es encontrarle un sentido a este período. Si no podemos salir de casa, podemos pasar más momentos con aquellos quienes viven con nosotros. Dar apoyo virtual a quienes lo necesitan. Tomarnos ese tiempo para aprender algo, hacer ejercicio, mejorar alguna habilidad o atender un pasatiempo descuidado. Y valorar lo que tenemos día a día. Como lo está haciendo Guo Jing, para salir más fuerte de esta.

Callar por amor

Esto es una entrada de muestra, originalmente publicada como parte de Blogging University. Regístrate en uno de nuestros diez programas y empieza tu blog con buen pie.

En mi labor diaria como psicólogo, muchas veces he trabajado con parejas cuyo problema principal es no saber comunicarse. Gracias a Dios, a la mayoría les he podido ayudar a descubrir una herramienta fundamental de la comunicación, muy sencilla y a la vez compleja: el saber qué decir, cómo decirlo y cuándo decirlo.

  • El qué implica desnudar sentimientos y pensamientos, para que el otro no reciba solo palabras, sino a una persona.
  • El cómo tiene que ver con utilizar el canal y la forma adecuada a la necesidad de tender puentes y buscar soluciones, para evitar el bloqueo de quien se siente atacado.
  • El cuándo significa esperar, calmarse, encontrar un momento y un lugar idóneo para el diálogo, para que el ruido de la ira, el dolor o incluso el estrés diario no influyan en lo que quiero transmitir.

Pero uno de los modos que toma este saber qué, cómo y cuándo en la comunicación tiene que ver con el silencio. Es como la música: si no existieran silencios, no tendríamos la capacidad de apreciar los sonidos; el mejor músico no es el que más notas toca, sino quien sabe el valor de callar. En un mundo ensordecedor, quien guarda silencio parece que no aporta en nada; o porque no tiene nada que decir, o porque sabría que no puede decir nada. En realidad, convendría más oír al que calla que al que grita. ¿Tiene esto sentido?

Hace un tiempo (la Providencia siempre actúa así conmigo), oí por separado testimonio de tres parejas que descubrieron la efectividad de no decir nada ante algo que les molesta. Junto todas esas historias en una sola conclusión: luego de haber protestado durante mucho tiempo y de maneras más o menos agresivas y violentas por algo que la otra persona hacía y les ponía mal, decidieron dejar de hacerlo. Algunos por impotente resignación, otros por seguir ejemplos de héroes del cristianismo (comenzando por el mismo Cristo) que dieron valor trascendente a su silencio.

Y todos comprobaron los resultados: no solo se sentían en paz, mejores personas, mejores católicos, sino que lograron que la otra persona se sacuda y cambie justamente en eso que les molestaba. Su pensamiento era algo así: “¿Por qué ya no me reclama? Tal vez le he hecho tanto mal que no quiere hablar del tema. No quiero volverle a hacer daño, voy a cambiar”. Callaron por amor y alentaron al cambio por amor. Ganar-ganar.

Siempre que hay eventos que involucran a sociedades enteras, recuerdo esto. Porque las redes sociales comienzan a explotar de mensajes, unos de aliento, otros informativos (o desinformativos), otros vivenciales. De todos (o casi todos) podemos sacar algo de positivo, algo de bueno, bello y verdadero. Decía Borges que “no hay poeta, por mediocre que sea, que no haya escrito el mejor verso de la literatura, pero también los más desdichados”. No hay palabra que no represente, alguna vez para alguien, el mensaje que necesitaba su alma.

Pero el mejor mensaje, muchas veces, es el silencio. Ya hay mucho grito allá afuera, y muchas veces aquí adentro. Ya hay mucho ruido en los medios. Necesitamos volver al silencio, a ese de la mano en el hombro y el abrazo franco. A ese en el cual, con solo una mirada o un doble visto azul, sé que no tengo más que decir que “aquí estoy, cuenta conmigo”.