Escuchar y amar

Oí en una homilía de mi querido amigo, el padre Matías Bao, que el primer mandamiento tiene dos verbos, los que encabezan este artículo. Yo voy a llevar ese mensaje al ámbito de todas las relaciones humanas, no solo la del hombre con su Creador. Porque muchas veces estos dos verbos, en lugar de ir de la mano, comienzan a confrontarse. Y nuestros lazos se ven afectados negativamente.

Carl Rogers hablaba (junto con Richard Farson) de la escucha activa, pues entendía que el rol del oyente en una conversación no podía limitarse a ser pasivo. Incluso hablaba de que esta era capaz de ayudar a un desarrollo más profundo de la persona y favorecer al de los demás. Un ejemplo claro es cuando oímos música. Un individuo que simplemente deja que esta suene, sin poner atención a los diferentes elementos que intervienen (el timbre de los instrumentos, la dinámica, la armonía, en fin), no aprovecha la audición. Aparte, John Gottman decía que la escucha activa no era suficiente como medio de resolución de conflictos, peor aún como herramienta para hacer que una relación funcione. Porque no solo hay que oír, hay que oír con amor.

El padre Matías hablaba de que hay que saber escuchar qué quiere Dios de nuestras vidas, y entonces actuar con amor, entregándonos a esa Voluntad. Ciertamente, esto se puede aplicar a todas las relaciones. ¿Qué espera de mí el tendero al que le compro el pan? Que le pague el precio justo; si no, no me lo venderá. ¿Qué espero yo de él? Que me dé un buen pan; si no, no se lo compraré. Si no nos damos lo que esperamos, no podemos mantener la relación. No quiero simplificar las relaciones a un mero hecho transaccional, pero es claro que no puedo sostener una si no sé qué esperamos cada uno del otro. Y para esto debemos saber escucharlo. Si en el mismo ejemplo el tendero me dice que cinco panes cuestan un dólar, y yo oigo que cada pan cuesta cinco dólares, obviamente no voy a querer comprarle; si él oye que quiero cien panes cuando le pido diez, seguramente me dirá que no está en capacidad de venderme esa cantidad.

La escucha activa debe implicar amor, es decir (para ir a lo básico) querer el bien del otro. No oigo solo con el fin de captar qué me dice, sino por poder atender a sus necesidades. En mi oración no busco escuchar a Dios para ver si realmente me habla, si me va a dar lo que le pido; oigo a Dios para poder hacer carne ese mensaje en mi vida y que esta tenga sentido. En mi conversación con el otro, aunque sea una discusión, debo buscar comprender qué es lo que requiere en nuestra relación para saber si puedo cumplirlo, y al esforzarme por hacerlo logro que ella tenga un propósito en mi vida y en la del otro.

Escuchar para amar, amar para escuchar. Es así que conozco al prójimo, y porque así participo de lo que él quiere de mí. Esto implica tirar abajo muchas barreras: mis propias heridas, mis condicionamientos, mis prejuicios, mis sesgos mentales. Y, a la vez, la influencia del clima exterior, que no únicamente es el calor o el frío del lugar, sino la temperatura de la conversación, los ruidos que vienen de afuera, la historia de la relación, etc. Si no vencemos los obstáculos, el inconsciente nos pone a atacar monstruos o fantasmas que no son reales aunque vivan en mi mente, y no a compaginar ideas para alcanzar soluciones entre las personas.

Hay que aprender a escuchar de una manera activa, participando en lo que el otro me quiere comunicar. Y hay que aprender a amar, que es un arte. Así podremos cimentar nuestras relaciones en fundamentos sólidos que puedan resistir cualquier embate del exterior. Porque las relaciones humanas se fortalecen ante la adversidad cuando se encuentra la esencia de lo que nos une, que debe tener más peso que lo que nos separa. El Padre nos mira (y nos escucha) no desde lo que nos diferencia de su perfección, sino justamente entendiendo nuestra debilidad, y nos invita a proceder igual con Él y el prójimo.

Amar implica escuchar, con todo mi amor, como Nuestro Padre lo hace.

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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