La vida es lo que te pasa mientras haces otros planes

A partir de fines de febrero, cuando el mundo comenzó a tomar consciencia de que la Covid-19 era algo más que un virus que atacaba en Asia, y más aún luego de inicios de marzo cuando fue declarada pandemia por la OMS, la vida del planeta empezó a detenerse. ¿O no? Más bien, cambió de rumbo, porque hubo que cambiar de planes. Entonces recuerdo la frase de Lennon: “la vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

Solemos pensar que somos capaces de diseñar nuestra vida al antojo, y cuando algo pasa (como esta pandemia) y no podemos cumplir con ese proyecto, el mundo se nos viene abajo y entramos en uno de los dos estados psicopatológicos más comunes: la depresión o la ansiedad. Pensamos, a la larga, que podemos hacer nuestros planes y la vida, o Dios, deben adaptarse a ellos e incluso favorecer a que se cumplan. Por eso, la realidad nos genera frustración, porque pasa totalmente al revés. La Providencia (la que ve todo antes) tiene un plan para nuestra vida, y cuando nuestras metas e ideales se van adaptando a él, encontramos el camino hacia la felicidad.

Decía Viktor Frankl que cuando el ser humano no entiende la voluntad de Dios, es como el animal de laboratorio que no comprende que el fin del científico es mucho más grande que simplemente ponerlo a recorrer un laberinto. Una comparación similar a la de santo Tomás de Aquino, que decía que si no sabemos medicina podemos cuestionar la receta que nos manda el profesional. Esto nos lleva a ver cómo nos condiciona muchas veces lo que la psicóloga positivista Ellen Langer llamó ilusión de control: el sesgo mental que nos hace creer que siguiendo ciertas reglas autoimpuestas podemos manejar todos los eventos de nuestras vidas. Es -ciertamente- una forma de pensamiento mágico.

Uno de los elementos que intervienen en esta ilusión de control es la capacidad de elección. Por ejemplo, si una persona elige su número de la lotería tiende a creer que tiene más posibilidades de ganar que si alguien más lo hace por él. En esta etapa, la angustia nace en darnos cuenta de que no tenemos esa capacidad de elección sobre nuestro futuro: habíamos organizado nuestras agendas para llevar a cabo ciertos eventos que, por el confinamiento, no pueden ser realizados. Nos preguntamos: ¿cuándo se llevarán a cabo?, e incluso ¿se llevarán a cabo alguna vez? Nosotros no somos quienes pueden definir eso, sino el desarrollo de la pandemia y como máximo las autoridades. No podemos elegir, y eso golpea nuestra ilusión de control.

Otro es la familiaridad. Mientras más jugamos un juego, creemos que lo controlamos, aunque sea absolutamente de azar, como lanzar un dado. Lo que enfrentamos ahora por el coronavirus es algo totalmente nuevo para todos, pues incluso los epidemiólogos están recién aprendiendo su funcionamiento. En consecuencia, la ausencia de familiaridad nos lleva a pensar que ya nada puede ser controlado, como si antes hubiéramos podido. Por esto ansiamos tanto una “nueva normalidad”, donde regresemos a familiarizarnos con el día a día, o incluso, volver a nuestras anteriores costumbres. En realidad, todo será parte de un proceso, como el que nos está tomando acostumbrarnos a lo que ahora vivimos. No podemos familiarizarnos, y eso golpea nuestra ilusión de control.

Un elemento más es la competencia; es decir, el sentimiento de que uno es competente y tiene la capacidad de ganarle a quien no lo es tanto. Igual en los juegos de azar uno puede pensar que vencerá, por ejemplo, jugando “21” solo por haberlo hecho mil veces más que un novato. Obviamente, mientras más intervención humana exista por sobre la pura suerte, esta idea es más aplicable, pero incluso ahí un novato puede ganar por el simple hecho de haber recibido las cartas adecuadas. En una circunstancia incierta como la de ahora, nuestra competencia percibida puede ser mínima e incluso nula porque nadie estuvo preparado para enfrentar algo así. No nos sentimos competentes, y eso golpea nuestra ilusión de control.

Por último, el elemento capital: la participación activa. Una persona que hace girar la ruleta siente que tiene más posibilidades de ganar el premio que si no lo hace, porque está actuando y no es un simple sujeto pasivo. No sentimos que podamos participar de manera activa en nuestras decisiones en el momento actual, porque existe todo un condicionamiento gubernamental y de las autoridades sanitarias que nos impide tener mayor participación en nuestras planificaciones. Queremos planificar un evento, y resulta que todavía no podemos organizar una reunión con demasiadas personas. Debemos decidir en función de otros. No sentimos que participemos activamente, y eso golpea nuestra ilusión de control.

En resumen, cuando hemos vivido bajo la ilusión de que nuestros planes dependen de los conocimientos, elecciones, familiaridad, competencia o participación que tengamos, llegamos a sentir que no tenemos control de nada ahora que todo es tan incierto. Pero es una oportunidad de oro para comprender que nunca tuvimos tanto control como creíamos, simplemente había más elementos que dependían de nosotros. Antes, pensábamos que si organizábamos un encuentro para el próximo mes, nos correspondía que se dé. No tomábamos en cuenta que, casi igual que ahora, podía ocurrir algo que impida que pase, y que estaba fuera de nuestras posibilidades cambiarlo.

La vida está compuesta de misterio y esperanza. Misterio, porque no sabemos qué pasará mañana, y esperanza porque esperamos que sea algo bueno, que se cumplan nuestros sueños. Nada de lo que ocurra en el futuro (incluso, dentro del próximo minuto) está totalmente bajo mi control. Yo hago planes, y estos se cumplirán siempre y cuando participen de la Voluntad de Dios en mi vida. No dejemos de planear, pero siempre pensemos que debemos estar listos a ajustar nuestros planes según se va presentando la realidad.

Soñemos, pero con los pies bien firmes en el suelo.

“Dios […] con conocimiento de causa, y según su providencia, dispone las cosas que necesitan los hombres”.

Santo Tomás de Aquino

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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