El sicólogo me dijo

Últimamente he estado viendo publicaciones de algunos colegas que me han hecho cuestionar qué responsabilidad tenemos sobre la vida de nuestros pacientes/clientes. Es comprensible que tengamos diferencias de puntos de vista en cuanto a escuelas sicológicas, bases antropológicas o incluso creencias religiosas. Sin embargo, esto no debería ser un justificativo para introducir en las personas ideas irresponsables con el bien, la verdad y la belleza. Ayer en la mañana oía la canción de Green Day, Basket case, que habla un poco de esto. Trata de los ataques de pánico de Billie Joe Armstrong, que lo llevaron a pensar que estaba loco (el título significa algo así como “loco de atar”, o “caso perdido”). En una parte dice “fui a un loquero / para analizar mis sueños / ella dijo que es falta de sexo lo que me bajonea”. Desde mi punto de vista, hacer ver la sexualidad como la cura a un trastorno de ansiedad es, cuando menos, ligero. Y lo conecto con mi artículo anterior: no es extraño que muchos sicólogos hagan sentir al cliente como alguien que merece una retribución (léase venganza) ante el daño recibido. Y no se dan cuenta de la fiera que pueden estar desatando.

Carl Rogers siempre resaltaba la habilidad que debe tener el terapeuta de respetar quién es el cliente y no juzgarlo, y creer en su propia capacidad de cambio. Esto se refleja en las tres condiciones para una terapia exitosa: empatía, aceptación positiva incondicional y congruencia. El ser humano tiene una dimensión social muy importante, en la cual los vínculos (la relación Yo-Tú, en términos de Buber) deben buscar la salud, no la ruptura. Resulta incongruente considerar que el vínculo es descartable y, es más, que el placer sentido en el dolor del otro es sanador. Y dicha incongruencia puede generar una disonancia cognitiva, ante la cual (según Festinger) el individuo buscará reducir la tensión modificando sus valores o sus conductas, o justificándose. Se le está dando una “mirada desde abajo” al otro, como decía Allers, sin ver en él sus potencialidades y su posible crecimiento.

Por esto, motivar la ruptura de vínculos en el paciente/cliente resulta en un conflicto interno extra que tendrá que resolver. Y si esto le lleva a cambiar valores o conductas que buscaban el bien, pero que ahora deben desaparecer porque entran en conflicto con las actuales que esperan el mal del otro, el terapeuta está irrespetando la esencia del consultante. A esto le añadimos que la relación saludable necesita de empatía, aceptación y coherencia (subrayamos a Rogers). Es decir, que no porque el otro no sea lo que yo espero hay que juzgarlo y condenarlo. ¿Por qué, si los demás deberían aceptar que no soy perfecto, yo sí estoy en posición de exigirles que lo sean? ¿Cómo pedir que el otro entienda lo que siento si yo no lo hago? ¿Puedo esperar congruencia si yo no la tengo? Pero se nota que la vida se mira desde un solo lado, aun por parte de muchos sicólogos.

El valor del perdón y del sacrificio ha parecido perderse en los profesionales de la salud mental. ¿Por qué perdonar al que abusó de ti? ¿Sacrificarse por alguien tiene sentido? Según ciertas corrientes, quien ha sufrido el daño de otra persona debe alejarse, olvidarse, trabajar en sí mismo y esperar que la vida se encargue del agresor. Pero, primero, ¿es esto realista? Y, segundo, ¿es saludable? Por otra parte, quien se ama a sí mismo no tiene por qué odiar al resto. Como citamos a José-Vicente Bonet en el artículo sobre amor propio, lo malo no es amar al otro sino despreciarse uno mismo. Así que sacrificarse, hacer o dejar de hacer una cosa por algo más grande que uno no es el problema, sino olvidar nuestras necesidades por miedo a lo que el otro haga o diga. Se han confundido las cosas.

Para sanarme yo no necesito lastimar a nadie. ¿O cuando alguien me patea y yo le devuelvo el golpe me curo? Esa es la lógica de quien apoya el aborto por violación… aunque ese es otro tema. Quizás una relación no funciona y esto es porque no podemos caminar juntos y punto, y por eso nos hacemos mucho daño. Si nos damos cuenta a tiempo, seremos capaces de entender que el hecho de que amemos a esa persona no significa que sigamos dándonos oportunidades ad infinitum. Pero tampoco significa que pensemos en que ese amor ha de transformarse en odio, y que no pueda haber una ruptura saludable porque deberíamos sacarnos los ojos. El consejo que suelen dar muchos sicólogos es que lo olviden y sigan adelante con su vida, que lo bloqueen y no vuelvan a frecuentar los mismos círculos que la pareja. Y hasta cierto punto puede ser saludable si no saben manejar la separación pues vienen de una codependencia. Sin embargo, es imposible olvidar la relación como si no hubiera existido o, peor aún, esperar que la otra persona sufra para que se dé cuenta del mal que me hizo.

El sacrificio tiene iguales tintes: el hecho de que yo debo velar por mí mismo y cuidarme no está reñido con velar por el otro y cuidarlo. Si actúo en bien de la familia, la amistad, el amor, sin olvidarme de mí, no tendría por qué hacerme daño. Muy al contrario, este tipo de actos y pensamientos altruistas benefician nuestra salud integral (física, mental y espiritual). Lo malo comienza al dejar de ser yo para pasar a intentar ser lo que quiere el otro. Cuando pierdo mi voz y desisto de decidir sobre mi vida. Siempre podré elegir hacer algo por mi hijo, por mi esposa o por mi amigo, aunque eso me represente un sufrimiento. Será un sufrimiento que tenga sentido y que terminará haciéndome estar mejor.

Veamos unos ejemplos prácticos:
1. Juan no tiene dinero para alimentar a su familia y alguien pasó dejándole un platito de arroz. Juan lo reparte entre su familia y él solo toma una taza de café en agua.
2. El esposo de María le cuenta cómo está planeado el festejo de Navidad con la familia de él. Ella le expone que hace tres años que no le permite pasar las fiestas con la familia de ella. Él le grita que si quiere estar con esa familia, se largue de una vez y no vuelva. María termina pasando un año más con la familia de su marido.
En ambas situaciones, el protagonista está dejando de lado lo que quisiera, su bien más inmediato. En ambas situaciones, alguien más se beneficia de esa renuncia. La diferencia radica en el sentido: Juan se sacrifica por que su familia tenga algo de comer pues los ama; María se priva de un derecho legítimo por miedo al conflicto, el rechazo y la soledad. Juan tomó una decisión libre, María una decisión condicionada. Por esto, las consecuencias también son muy distintas, ya que mientras María se siente herida y despreciada, Juan está satisfecho y feliz junto a su familia.

Amar es la respuesta al miedo y al sufrimiento carente de sentido. La respuesta no es el odio, el egoísmo y la venganza, aunque sea en ese velado mensaje de “busca tu felicidad sin pensar en lo que sientan los demás”. Porque amar le da sentido -precisamente- al sufrimiento. La Palabra se hizo carne y murió en la cruz por nosotros. ¿Fue una vida desperdiciada por el sacrificio? ¿Es que no se amó como debía? Cristo, el amor perfecto, nos mostró el cumplimiento pleno de ese triple mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Tenemos el poder de vivir relaciones saludables, aunque sean distantes, con cada persona por más daño que nos haya hecho. El punto está en respetarnos y respetar, en amarnos y amar. Como nuestro Padre lo hace.

Amar es la respuesta más sana ante quienes nos han herido.

Foto por cottonbro en Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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