Día de los Difuntos

El 2 de noviembre, varias Iglesias cristianas celebran el Día de los Fieles Difuntos, también conocido como Día de los Muertos o de los Finados. Es una fecha para recordar a las personas que nos han dejado, pero desde el punto de vista del fiel que reza por las almas de quienes aún no pueden alcanzar la visión beatífica, el encuentro con Dios cara a cara. Oramos como Iglesia Peregrina por la Iglesia Purgante para que lleguemos a ser todos Iglesia Triunfante. Desde el punto de vista psicoafectivo, le damos valor a ese contacto con nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, de alguna manera como parte de la etapa final del duelo. Cuando pienso en esto, siempre recuerdo la canción de Sui Generis, El show de los muertos, con su frase inicial “Tengo los muertos todos aquí…”. Un tema que se refiere a los desaparecidos, pero se hace extensivo al dolor que produce el fallecimiento de un ser querido.

En un artículo donde hablaba de cómo confrontar con la muerte, citaba a Viktor Frankl: “si el hombre fuese inmortal, podría demorar cada uno de sus actos hasta el infinito”. Elisabeth Kübler-Ross, en sintonía, afirma que “todo final es un luminoso principio”. La sicoterapeuta especializada en duelo, Cate Masheder, recuerda que «la muerte es parte de la vida. Va a pasar. Todos vamos a sentir tristeza, todos vamos a echar de menos a alguien, todos vamos a morir«. Hay que tener en mente algo que señala Montoya Carrasquilla, a quien ya cité cuando hablé del miedo a la ruptura: «en ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es TOTAL: es un dolor biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma)”. Por esto, y otra vez según Kübler-Ross, transitamos por distintas fases de duelo. Y cuando pienso en la celebración de los difuntos, pienso que es muestra de que, luego de las fases de negación, ira, negociación y depresión, viene la de aceptación. Asumimos la pérdida como una realidad inevitable y alcanzamos la paz gracias a dicha comprensión.

El día de los difuntos es una celebración de la vida, aunque parezca distinto. Es un recordatorio de que la existencia no termina aquí, sino que la muerte es el inicio de algo más grande y más hermoso: la felicidad eterna. Y de que para eso tenemos que andar el camino recto, que no es el más amplio y pavimentado. Nos hace presente que estamos juntos, que nos salvamos juntos. De que la herencia está intacta, y nadie nos la podrá quitar. El día de los muertos es un día de los vivos, de los que sin ser santos aún perseguimos la santidad a cada paso. No por nada se liga al día de Todos los Santos, el 1 de noviembre. No por nada todos los santos que han alcanzado la luz final se juntan a todos los fieles difuntos que están ansiando alcanzarla.

Es por todo esto que esta fecha me habla de la última etapa del proceso de pérdida. Relaciono entonces todo lo que nos lleva a alcanzar esta etapa en nuestros duelos personales con el que llevamos como comunidad de creyentes. El primer elemento es que hemos aceptado la realidad de la muerte y la conducimos más allá de nuestras vidas. Asumimos el dolor que trae el vacío de quienes amamos con la esperanza de que lleguen a las moradas del Padre. Entendemos que no hay posible reencuentro en esta vida, pero aspiramos que este se dé en la otra. Por esto oramos por ellos y ofrecemos nuestras pequeñas obras para que lleguemos a gozar juntos de esa bienaventuranza eterna. Aceptamos lo inevitable e irreversible de la muerte pues esperamos el infinito de la gloria del Creador.

Cuando recordamos a nuestros difuntos, traemos al hoy las vidas de quienes partieron ayer. No negamos su ausencia, valoramos los recuerdos de su estancia en este mundo. Hacemos memoria de las lecciones que nos dejaron y asumimos que somos continuadores de un legado de amor. Ya no nos quedamos en las lamentaciones de lo que ya no tenemos, como si al irse corporalmente se hubieran llevado todo. No, nada más ya no contamos con su presencia física. El dolor se tradujo en nostalgia, la necesidad en gratitud. Al festejar a los fieles difuntos rememoramos cada cosa que compartimos y que nos ha hecho lo que hoy somos.

Esta es una celebración de familia, de la familia cristiana. Juntamos todos nuestros muertos y compartimos emociones y oraciones. Dejamos de lado las miserias humanas y alabamos la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas, como creyentes y como Iglesia. Puede existir un espacio para el llanto, pero uno esperanzado, confiando en la vida futura, en la misericordia del Padre. Hemos abandonado nuestras pequeñeces y nos asumimos como parte de una comunidad enorme que une el pasado, el presente y el futuro temporales con la gloria eterna. Nos sentimos acogidos y comprendidos, porque todos compartimos sentimientos y pensamientos similares. La muerte no ha vencido, pues Cristo hace nuestra su victoria.

El día de los difuntos es la memoria viva y constante de la realidad humana, en parte efímera y en parte eterna. Algo que se une al “polvo eres, y en polvo te convertirás”. De esta nada física, el Señor puede sacar santidad. Por eso unimos nuestras plegarias para celebrar la vida de nuestros seres queridos, santos conocidos o anónimos, y pedimos por que pronto puedan gozar, si no lo están haciendo ya, de la bienaventuranza última. Confiamos encontrarnos en este sentido final de salvación, a través de nuestras obras y de nuestra oración. A través de la fe, la esperanza y el amor. Como una sola familia, unida en un día para celebrar la vida de quienes se nos han adelantado.

Celebremos a los difuntos con esa sencilla fe de que su alma está presente en el legado que dejaron en nuestras vidas.

Imagen modificada de comecuamex.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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