Si hay un tema que resuena en la cabeza de todos, es la libertad. No es casualidad que canciones como «Libre», de Nino Bravo, hayan tocado a muchas personas de varias generaciones, recordándonos que anhelamos volar más allá de los límites y elegir nuestro destino, aun a costa de la propia vida. Ya he topado este asunto en otros artículos del blog, pero siempre hay más que decir. Porque la libertad no solo es un objetivo individual, sino también una experiencia compartida e inherente a la dignidad humana. Por ello se ha hablado de ella desde el inicio de los tiempos y no siempre ha sido bien entendida ni valorada.
Ya hemos recordado antes a Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración nazis y creador de la logoterapia, quien afirmaba: “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”. Dios, según la fe cristiana, nos creó tan libres que incluso nos permite rechazarle. Como señala Karol Wojtyła, la verdadera grandeza del amor radica en la libertad del don: mientras más libre es mi decisión de darme al amado, mayor es el vínculo que nos une.
En este sentido, quiero que exploramos cómo este don divino se manifiesta en cinco dimensiones clave de nuestra existencia.
1. La libertad en las relaciones cotidianas
A menudo pensamos en la libertad como grandes gestos heroicos, que es de lo que hablamos con respecto al primer grito de independencia; sin embargo, su verdadera esencia está en lo cotidiano. San Juan Pablo II, en su obra Amor y Responsabilidad, insistía en que la persona es un sujeto, no un objeto de uso, una idea que también subrayaba Fromm en El Arte de Amar. Este solo pensamiento transforma cada interacción diaria, brindándole un valor trascendente.
Cuando decides comprarle el pan al señor de la tienda de la esquina, estás ejerciendo una libertad económica que parte de una relación: conoces el producto y quién te lo vende. No es un mero intercambio material, es un acto volitivo (querer) en el que reconoces al otro. En relaciones más cercanas, como la familia o los amigos, la libertad se manifiesta cuando hacemos algo no por obligación ciega o por evitar reacciones negativas, sino por una elección consciente de buscar el bien del otro. Esta autodeterminación, la capacidad de ser autores de nuestras propias interacciones, nos lleva a rechazar el papel de víctimas de las circunstancias o del entorno.
2. La libertad en la educación
Ya sea en el hogar o en el aula, educar es, en esencia, enseñar a ser libres. Si la educación se reduce a la obediencia ciega o al condicionamiento conductista, estamos entrenando, no educando. Como Pavlov a los perros en sus experimentos, podemos querer simples autómatas que respondan a estímulos de premio-castigo.
Debemos abogar por una educación centrada en la persona, que confíe en la capacidad del individuo para crecer. Los padres y maestros tienen el reto de guiar sin anular. Es el difícil arte de soltar la cuerda poco a poco. Educar para la libertad implica permitir que los hijos o alumnos cometan errores, porque así se fragua la responsabilidad. Protegerlos de toda consecuencia es robarles su humanidad y su capacidad de decidir quiénes quieren ser, aun a riesgo de caerse y sufrir.
3. La libertad en la amistad
La amistad es quizás la forma más pura de amor libre porque no está atada por la sangre (como la familia) ni por la atracción, el compromiso, el contrato o el sacramento (en la pareja). C.S. Lewis decía que la amistad es innecesaria, igual que la filosofía o el arte, pues no tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que le dan valor a la supervivencia.
En la amistad, la libertad es el oxígeno. Un amigo que te exige, que te manipula o que coarta tu esencia, deja de ser amigo para convertirse en un tirano emocional. La verdadera amistad celebra la alteridad: “te quiero libre, te quiero tú”. Es el espacio seguro donde dos libertades se encuentran para compartir el camino sin intentar manejarse mutuamente.
4. La libertad en la relación de pareja
Aquí debemos descalzarnos porque entramos en terreno sagrado. El amor de pareja a menudo se confunde con la necesidad, el apego o la posesión. Sin embargo, el amor maduro cuida, a la vez que suelta. Como recuerda el mismo Erich Fromm, es capaz de decir: “te necesito porque te amo”, en lugar de “te amo porque te necesito”. Por ello, espera ser elegido, no exige ser la única opción.
El matrimonio es una donación recíproca, en tal virtud es un sacramento, un misterio. Nadie puede dar lo que no posee. Para entregarte a otro, primero debes ser dueño de ti mismo, debes ser libre. Tienes que despojarte de tus caprichos para buscar el bien. Los celos desmedidos, el control y la manipulación son enemigos de la libertad y, por tanto, del amor. La pareja florece cuando ambos entienden que son compañeros de viaje que se eligen cada mañana, no prisioneros de una promesa antigua. Dios nos ama así: con fidelidad incondicional, dejándonos la puerta abierta para marcharnos si queremos, porque sabe que solo quien es libre de irse puede quedarse por convicción.
5. La libertad de escoger obedecer
Parece una paradoja, pero la cumbre de la libertad humana se encuentra a menudo en la obediencia elegida. No la obediencia del esclavo que teme el látigo, sino la del hijo que confía en el padre. Obedezco porque sé que es por mi bien.
Cuando Cristo dice “hágase tu voluntad”, no lo hace con resignación, como quien asume un destino fatal; lo hace ejerciendo la libertad máxima de alinearse con el Bien Supremo, con el plan divino. En la cotidianeidad, escogemos obedecer las normas de tráfico para cuidar la vida, o ser fieles a nuestros votos matrimoniales y así proteger a la pareja y la familia. Esa autolimitación no es una pérdida de libertad, sino su ejercicio más noble y humano. Solo el Hombre puede escoger aguantar un yugo con vistas al campo que va a labrar.
En síntesis, la libertad es el gran don que sostiene la dignidad y el amor. Nos permite construir relaciones auténticas y elegir el bien. A imagen de Dios, quien nos regala libertad absoluta, confiando en que, con ella, podemos crear una obra maestra de amor y sentido. Si no somos libres para relacionarnos, aprender, amar e incluso obedecer, siempre sentiremos que queremos huir. En cambio, cuando ejercemos la libertad de escoger, sin imposición, lo haremos buscando el bien nuestro y del resto.
Elegiremos quedarnos.

