El juego no es un juego

Al inicio de mi adolescencia salió una película que me encantó y pienso que en cierto sentido definió parte de mi vida: Juegos de guerra, de John Badham. En ella habla de una máquina que convierte un videojuego en un conflicto bélico de verdad. Hoy entiendo lo visionaria de esa cinta. En esos primeros años de mi vida, las computadoras representaban una fascinación que con el tiempo llegó incluso a darme de comer. Y todo comenzó como un juego, para pasar luego a una serie de videojuegos.

Hoy en día, los adultos solemos pensar que los videojuegos son una pérdida de tiempo, una adicción, que atrofian el cerebro e incluso el cuerpo de los jóvenes y que los aíslan de una manera enfermiza. Pero, una vez más, lo malo no son los videojuegos, sino cómo los usamos. Aparte, el gran error está en considerarlos, por un lado, algo ajeno a la revolución digital de la cual nos servimos y, por otro, cosas totalmente distintas al resto de juegos. Existe la imagen del gamer como una persona sin ambiciones, sin futuro, condicionada por su hábito y destinada al fracaso. Nos sorprendería ver cuántos de los que hoy consideramos “exitosos” comenzaron su vida no solo jugando frente a una pantalla, sino creando esos juegos e iniciando emporios con su programación y venta. El “gurú” de la revolución digital, Steve Jobs, inició vendiéndole a la enorme Atari el juego Breakout que había programado su amigo Steve Wozniak. Elon Musk, el magnate vanguardista de PayPal, Tesla y SpaceX, comenzó programando en la pubertad un juego del espacio llamado Blastar en una de las primeras computadoras personales, la Commodore VIC-20, cuyo código compró la revista sudafricana PC and Office Technology. Y solo nombro un par de ejemplos.

En entregas anteriores hablé sobre los medios sociales, considerando que (como dice McLuhan) están modelando la sociedad actual. Sin embargo, detrás de esa revolución se hallan, precisamente, esos gamers primigenios como Musk o Jobs. Es por ello que la sociedad del siglo XXI está configurada a través de los videojuegos, pero no esos tan detallados y realistas como GTA, sino los protagonizados por invasores del espacio y hombrecitos con martillos pixelados de 8 bits. Es decir, no son los millenials los que están cambiando la forma de entender el mundo: hemos sido la generación X. Es lo que reflexiona Alessandro Baricco en The Game, donde también señala que “The Game es el nombre que le doy a la civilización que estamos viviendo y que sustancialmente es una civilización que busca mejorar el mundo”. Es un mundo concebido como una gran red, informativa y social. La generación X y sus padres tuvieron que demostrar a través de los videojuegos las potencialidades de esas nuevas tecnologías que hoy son tan comunes y naturales. Todas las interfaces que usamos hoy fueron inspiradas en esa estética y esa lógica de los primeros entretenimientos electrónicos de finales de los 70 y comienzos de los 80 del siglo anterior. Y esa interacción se ha traducido en una vida inmediatista, que busca la recompensa, y que está ávida de pasar a los siguientes niveles lo más rápido y mecánicamente posible.

El ser humano inventó el juego casi al mismo tiempo que las herramientas de subsistencia. Es más, este funciona incluso en los animales superiores como entrenamiento de las crías para la vida adulta. Pero el hombre lo llevó más allá: el homo sapiens seguía jugando aun después de crecer, como medio de relacionarse con sus congéneres, como distracción de una vida llena de retos e incluso como recurso para demostrar superioridad entre el ganador y el vencido. Creó el deporte y los juegos de azar. Obviamente, esto ha tenido consecuencias tanto positivas como negativas para individuos y comunidades. De todas formas, el juego ha sido una pieza clave en el desarrollo de la humanidad.

Una de las mayores críticas a los videojuegos es que generan conductas violentas. Lo cierto es que existen muchos estudios que apuntan a que posiblemente es al revés: familias disfuncionales y relaciones tóxicas son el caldo de cultivo de actitudes violentas, y estas hacen que se busque películas o juegos que estén en consonancia y que luego pueden verse reflejadas en la vida real. Aparte, como correlación no implica causalidad, que alguien que juega cosas violentas tenga conductas paralelas no quiere decir que lo uno necesariamente cause lo otro.

¿Por qué, entonces, satanizar los videojuegos? Tal vez por el desconocimiento que es fuente del miedo. Tal vez porque la mente tiende a enfocarse más en los peligros que en las oportunidades. Lo cierto es que debemos aprender a valorar los videojuegos como enormes recursos de herramientas cognitivas para niños, adolescentes y adultos. El punto está en qué podemos jugar y qué no, cuánto somos capaces de jugar sin sacrificar otros aspectos de nuestra vida y cómo debemos jugar para no convertirnos en esclavos. No le voy a dar a mi hijo de 8 años a que juegue Sniper Elite 4, ni voy a pretender que mi hija de 14 se divierta con Pocoyo o que yo le saque algún provecho a pasar la tarde cazando moneditas en una carretera. Qué, cuánto y cuándo son las claves.

La sociedad actual está modelada como un juego, y debemos aprender a jugarlo a riesgo de perder la partida si nos quedamos fuera, es lo que dice Baricco. Entonces no podemos entender la cultura digital sin entender que fue construida por esos niños que descubrieron, asombrados, que un mando hacía que una figurita tome una acción en la pantalla, inmediatamente, y con consecuencias positivas o negativas. No podemos denigrar esa transformación sino subirnos a ella para alcanzar realmente a articular una cultura que nos vuelva más humanos a través de la hiperconexión. Y jugar, jugar juntos, jugar solos. Seguir generando redes sociales que nos apoyen cuando lo necesitamos, creando comunidades que nos vuelvan más resistentes a las adversidades y más proactivos.

Que lleguemos a jugar la vida, con el alma en cada nivel, hasta alcanzar la Gloria.

Photo by Stas Knop on Pexels.com

Los medios sociales no son la vida

A manera de conclusión, luego de haber analizado seis redes sociales, quizás las más populares o simplemente las que más conozco, quiero hablar sobre este recurso tecnológico en general. Este donde las personas pueden interactuar entre ellas, compartir sus pensamientos, emociones o creaciones y permitir que tal contenido digital se riegue por Internet. Hablé, en su orden, de Instagram, Twitter, Facebook, WhatsApp, YouTube y TikTok. De sus riesgos y oportunidades, de su realidad y de su potencialidad. Habrán notado que todo esto pretende mostrar las distintas caras de estas plataformas y no quedarnos solamente ni con la visión positiva, ni con la negativa.

En estos artículos he tenido muy presente a Marshall McLuhan, a quien se suele llamar “profeta de los medios” por la claridad con la que él ha enfrentado el análisis de los medios electrónicos, a pesar de que hasta el día de su muerte en 1980 no habían llegado a ser la enorme red digital de hoy. Uno de los conceptos claves de McLuhan es cómo estos modelan la sociedad, lo cual podemos constatar hoy con el inmediatismo y la cultura del descarte que vivimos, fruto de las redes sociales que maneja la mayoría de la población. Hay una idea tal vez no tan conocida del sociólogo canadiense: como buen católico hablaba de que “el concepto cristiano del cuerpo místico se convierte en una realidad, llevado de la mano de la tecnología a nivel electrónico”. Es una visión espiritual de lo que él mismo concebía como la aldea global.

A algunos les sonará exagerado y hasta herético. Sin embargo, recuerdo lo que consta en la Carta Encíclica de Pío XII Miranda Prorsus (8 de septiembre de 1957) sobre el cine, la radio y la televisión: “los maravillosos progresos técnicos, de que se glorían nuestros tiempos, frutos sí del ingenio y del trabajo humano, son primariamente dones de Dios, Creador del hombre e inspirador de toda buena obra”. Este papa fue el primero en dar un mensaje televisado, la pascua de 1949. La Instrucción Pastoral Communio et progressio (23 de mayo de 1971), por otra parte, de la Pontificia Comisión para los Medios de Comunicación Social, preparada por mandato Especial del Concilio Vaticano II, señalaba que “los medios modernos de comunicación ofrecen nuevos instrumentos para que la gente se confronte con el mensaje del Evangelio”. Por último, en su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (8 de diciembre de 1975) sobre la Evangelización en el mundo actual, el papa Pablo VI afirmó que la Iglesia “se sentiría culpable ante Dios” si dejara de usar los medios de comunicación para la evangelización. Y esto por poner solo unas cuantas citas del Magisterio de la Iglesia.

Independientemente de la fe que profese cada uno, es claro que si la Iglesia Católica, una institución vista mayormente como conservadora, puede darle este valor fundamental a los medios tecnológicos, no es raro conectar esto con la frase de McLuhan y la convocatoria urgente a apropiarnos de ellos para convertirlos un espacio de encuentro. Por esto, para aquellos que ven con sospecha y hasta desprecio las plataformas que hemos tratado, existe un llamado al replanteo. Podemos construir una sociedad más humana a través de la tecnología, si somos capaces de usarla sin que nos use.

Pienso que la clave está en el uso de la libertad. La libertad, recordemos, no es hacer lo que a uno le da la gana, sino elegir lo que es bueno para uno y los demás. Por consiguiente, utilizar los medios sociales fundamentados en la libertad implica reconocer primero dónde está el límite entre lo provechoso y lo que no lo es. Yo puedo enchufarme a una red social unos minutos para reírme con las ocurrencias de la gente y de esta manera distraerme de los líos cotidianos, y eso puede ser un bien en mi vida. Pero ya cuando paso conectado la mayor parte del día, entonces he dejado de ser libre y me he vuelto adicto a esa diversión. Si uso estos recursos para permanecer en contacto con seres queridos que tengo lejos, resulta algo buenísimo. Sin embargo, buscar estar enterado de cada hecho y meterme en la intimidad de los otros podría ser algo muy perverso.

No está bien medir nuestras relaciones a través de cómo se manejan en los medios digitales. Y, a pesar de que Internet se ha convertido en la nueva manera de transmitir conocimientos, opiniones y acontecimientos, tampoco podemos entender la realidad únicamente por ese canal. No son la vida, pero pueden convertirse en una buena plataforma para actuar en ella. La gente encuentra recompensa psicoafectiva en las interacciones en las redes, y eso es natural. Lo que resulta pernicioso es perder el control de la realidad a través de esas sensaciones, y construir nuestra autoimagen únicamente en ellas.

Si logramos considerar los medios sociales como herramientas y no como fines en sí mismos, o como una antología de los males del planeta a través de los cuales “los demás” pierden su identidad, seremos capaces de construir sociedades más conectadas. Poder contar con verdaderas redes sociales, no solo en el sentido que le ha dado últimamente Internet, sino como un grupo más o menos grande de individuos relacionados entre sí para darse apoyo y acompañamiento constante. Facebook, Twitter o WhatsApp alcanzarían a generar encuentros afectivos y efectivos entre dos o más personas. Instagram, YouTube o TikTok podrían resultar plataformas ideales para la enseñanza-aprendizaje y compartir opiniones y visiones de la vida que ayuden a todos a crecer. En fin, que si aprendemos a hacer de estos medios verdaderos instrumentos humanos para nuestras comunidades, estas seguirán siempre un camino cada vez más firme hacia un bienestar mayor.

Los medios sociales serán foros, plazas y teatros para generar la cultura del encuentro.

Ningún esfuerzo sirve para nada

Esta es una frase con la que me topo a menudo, no solo en consulta sino en muchas personas que conozco. Y debo reconocer que yo mismo la he dicho varias veces. Es el reflejo de pensar que, hagamos lo que hagamos, nuestra situación no va a cambiar. Se presenta en múltiples campos y las consecuencias pueden llegar a ser devastadoras. Por esto, conviene entender bien el mecanismo psicológico que origina esta idea tan fuerte como negativa.

El concepto detrás de esto es la indefensión aprendida, acuñado por el psicólogo norteamericano Martin Seligman cuando inició una investigación en 1967, junto con Steven F. Maier. Iniciaron con un experimento sobre aprendizaje condicionado con perros. Este hizo preguntarse a Seligman por qué un grupo de animales no reaccionaban ante un estímulo negativo, mientras otros sentían tener control sobre él: ¿habían aprendido que no existía manera de evitarlo? Entonces pasó a experimentar con humanos, al cuestionarse si esa respuesta podía llevarlos a comprenderse indefensos. En la tercera etapa probó la hipótesis de relacionar ese aprendizaje con la depresión. Todos estos enfoques se dirigían a una respuesta de inacción ante un estímulo negativo. Sin embargo, al ser cuestionado haciéndole ver que un organismo no puede aprender una respuesta inexistente, entendió que se trataba del proceso contrario: cuando no existía una explicación a la sensación de indefensión, no se aprendía la respuesta evitativa. Esto lo llevó, por último, a trabajar en la psicología positiva y el uso de la prospección para generar reacciones saludables.

Lamentablemente, los términos “indefensión aprendida” no son muy afortunados. Incluso, en el inglés original, la palabra helplessness podría traducirse más bien como impotencia, aunque también como desamparo, desesperación, incapacidad, entre otras. Y, además, en realidad no estamos aprendiendo esta impotencia, sino que no aprendemos a usar la capacidad que nos salvaría. De todas formas, el concepto se ha quedado y nos resulta útil para comprender cómo funciona dicho proceso mental. Este es un tema amplísimo, por lo cual seguramente le seguiré dedicando otros artículos. Sin embargo, siendo muy concisos, se trata de que percibimos que no podemos modificar algo y en consecuencia dejamos de intentarlo. Esto nos lleva a otro concepto relacionado: el fatalismo. Este nos señala como inevitables ciertas realidades, solo porque nunca nos enseñaron si es posible cambiarlas.

El cuento del Elefante encadenado, de Bucay, ilustra perfectamente la indefensión aprendida.

En cuanto a su relación con la depresión, la indefensión aprendida puede influir en ciertos aspectos de su origen cognitivo. Dejemos de lado el componente químico que le compete a la psiquiatría. El pesimismo, la deficiencia para solucionar problemas, la insatisfacción, la frustración, la autoestima baja, la inseguridad, etc. intervienen aquí. Si la mente fuera tan sencilla de estudiar como una máquina, tal vez podríamos ver la depresión como una consecuencia indirecta de la indefensión aprendida, a través de ellas. Por poner un ejemplo: si una persona crece viendo como los adultos le resuelven todos sus problemas, cuando llega a la mayoría de edad no sabe cómo manejar los contratiempos. Entonces, algo tal vez pequeño, común y solucionable como puede ser una discusión con el jefe en la oficina se convierte en una carga pesadísima e insoportable que lo lleva a la depresión, y –en casos extremos– al suicidio.

Este fenómeno es capaz de tener un impacto social fuerte y palpable. Las personas que se autoperciben como inferiores, débiles, inútiles o incapaces suelen vivir relaciones abusivas. Esto genera dependencia, haciendo que la víctima del abuso sienta que no hay otra manera de relacionarse con el otro que de esta, dañando su integridad. Y, ya lo sabemos, es frecuente que la dependencia vaya acompañada de codependencia. Lo que conocemos como relaciones tóxicas tienden a provenir de dos personas que no aprendieron a enfrentar conflictos. El uno, quizás, siente que la única manera es hacer una rabieta (gritar, insultar, romper, golpear); el otro, tal vez, solo se queda paralizado; el de más allá, posiblemente, no piensa en otra cosa que huir. Todas opciones muy distintas a enfrentar el problema por la vía racional y buscarle una salida para el bien de ambos.

Otros efectos colaterales de la indefensión aprendida van desde la cultura de pobreza hasta el fracaso escolar o laboral, pasando incluso por un sistema inmunológico debilitado. Surge una pregunta relacionada: ¿hasta qué punto yo soy dueño de mi destino? Si estoy enfermo, suelo creer que algo entró en mi cuerpo, o se dañó en él; busco la causa afuera, no en mí. Si no me va bien en los estudios o el trabajo, veo que los factores externos son determinantes. Si soy pobre, tiendo a pensar que es culpa de los ricos o del sistema opresor; no considero que podría salir por mis propios medios.

En resumen, quizás esté evitando hacerme cargo de mi parte de responsabilidad en los acontecimientos de mi vida. Considero –por un lado– que no tengo las capacidades para mejorar mis condiciones, o –por otro– que la causa está allá afuera sin posibilidad de intervenir. La realidad es que estamos en algún punto en la mitad. Lo que nos ocurre puede ser algo inevitable; lo que sí es cierto es que tengo la capacidad de aprender a reaccionar de una manera activa, incluso proactiva (anticipándome a los hechos), para que no me afecten, me afecten menos o poder darle la vuelta y que me influyan positivamente. Decía san Pablo: «todo lo puedo en Cristo que me fortalece». La prospección de Seligman es eso: prever posibles consecuencias para estar aptos de crear planes de contingencia, saber actuar a las distintas posibilidades. Como un juego de ajedrez.

Los seres humanos tenemos las capacidades necesarias para enfrentar los embates de la vida, se trata de aprender cómo.

Foto de Emre Kuzu en Pexels

TikTok no es la vida

Mi última revisión de medios sociales corresponde a la de mayor crecimiento en estos años: TikTok. Es, quizás, la red más adictiva de todas, la menos segura, la que más riesgos encierra. Digo quizás, porque es la que menos conozco, y no siempre lo que uno lee tiene sustento. Digo quizás, porque puede que la masiva popularización que mantiene vaya obligando a la empresa tecnológica china ByteDance (quien maneja la aplicación) a montar más y mejores filtros de contenido y de seguridad. Digo quizás, por último, pues pienso que podría llegar a ser una gran herramienta que modele la sociedad como hoy lo está haciendo YouTube (¿qué diría McLuhan?).

Para hablar en sencillo, TikTok surge de dos aplicaciones chinas anteriores: musical.ly y Douyin y en dos años ha llegado a alrededor de mil millones de usuarios activos. Permite crear videos cortos que van de entre 15 y 60 segundos normalmente. Estos pueden luego ser compartidos, comentados, reaccionados, duplicados u obtener un “me gusta” de una manera similar a otras redes sociales, aunque con mecanismos propios. Sus consumidores son en su mayoría menores de edad, incluso de menos de 13 años (que suele ser el límite de otras plataformas); es decir, de las generaciones Z (centennials) y alfa. Se trata de contenidos variopintos, que van desde los primigenios bailes y fonomímicas –lip sync– sobre canciones populares (muchas de ellas “viralizadas” a través de este medio) hasta pequeños tutoriales sobre cualquier tema, prácticamente sin control. Uno de los éxitos de la aplicación es el poder convertir un video cualquiera, incluso al estilo selfie, en un contenido visualmente interesante mediante filtros, transiciones y demás efectos que ella misma proporciona. A diferencia de la mayoría de redes sociales, que migraron del PC al teléfono inteligente, esta es una aplicación nativa de los celulares, y eso también la vuelve más atractiva para los más jóvenes. A todo eso le sumamos que su algoritmo, basado en una inteligencia artificial que toma nota del contenido consumido (similar a la de YouTube), presenta automáticamente material relacionado sin necesidad de interacción.

Ferran Lalueza, profesor de Comunicación, señala que sus contenidos son muchas veces banales, aunque por otra parte sea una red social “nueva, fresca, divertida e intuitiva, por lo que resulta muy atractiva para los adolescentes”. Manuel Bruscas, jefe de producto de una plataforma de control parental en Internet advierte del peligro que puede resultar al ser una aplicación que “está fuera del radar de los padres”, si bien muchos usuarios son tan pequeños que recurren a pedirles el aparato e ingresar, al no tener un dispositivo propio. Esto es un riesgo pues ellos “aún no tienen la personalidad desarrollada para gestionar según qué situaciones”. Marc Masip, psicólogo experto en adicción a las nuevas tecnologías, se cuestiona que, si pasan tanto tiempo usando la aplicación (una hora diaria en promedio), “¿qué dejan de hacer para estar en TikTok?”. Si a esto se añade que “exponen su intimidad en Internet sin entender lo que implica”, estamos ante una amenaza real para los más jóvenes. Y sumemos que es una de las redes sociales más adictivas, sobre todo gracias a la inmediatez que proporciona y que caracteriza a las nuevas generaciones (la sociedad líquida de Bauman).

Entonces, ¿TikTok debería desaparecer, debería ser prohibida? Por supuesto que no. Recordemos que lo malo no está en el medio en sí, sino en cómo lo utilizamos. Y pienso que no existe mejor manera de usar una plataforma que dándole el espacio para ser el sitio de encuentro de las distintas personas y comunidades. Darle un giro más en cuanto a contenido que en cuanto a quiénes la usan y las seguridades que haya (que -evidentemente- deben ir mejorando). Aunque el algoritmo nos vaya empujando de un video a otro, también tenemos la posibilidad de saltar los que no nos brindan nada, en pro de aquellos que en verdad nos ayudan a entender la sociedad y generar aportes dentro de ella. Podemos seguir siendo consumidores activos e inteligentes, a pesar de que la dinámica del sitio nos aliente a lo contrario.

Y en cuanto a los menores de edad, ¿qué hacer? Ellos todavía tienen mucho que aprender sobre el mundo (el interior y el exterior), y es evidente que no lo pueden hacer en una red social. Sin embargo, ¿y qué decimos de los niños que crecen con padres ausentes? ¿No podría ser esta red una respuesta realmente nutritiva a esa carencia? Como es obvio, nada sustituye a la presencia del padre o la madre, ni siquiera la mejor de las guarderías, escuelas, colegios o universidades. Pero si TikTok se pudiera convertir en un verdadero aporte al crecimiento de todos esos chicos, quizás la sociedad podría darle una mano. En junio de 2019, se impulsó la etiqueta –hashtag– #EduTok dentro de la aplicación, generando 37 mil millones de visitas en ese momento. Luego de esto, la compañía se asoció con start-ups de edtech (empresas de educación tecnológica de rápido crecimiento), lo cual ha ido incitando a que sea una plataforma que vaya aumentando su capacidad de apoyar el aprendizaje.

Yo siento que este medio social tiene un futuro enorme, paralelo al de YouTube, en cuanto a generar la nueva sociedad del siglo XXI, y más cuando los Z y Alfa son sus principales consumidores. De una manera similar a lo que pasó con YouTube y la generación milénica, los adolescentes que crezcan usando TikTok podrán transformarla en una plataforma que les ayude a promover los valores humanos, el aprendizaje compartido y la contención emocional entre pares. Un sitio donde los menores de edad que se vuelvan adolescentes y adultos jóvenes puedan generar un cambio social para democratizar más la educación y el entretenimiento, pero de una manera sana y sustentable. Los niños y adolescentes y sus padres deben comprender lo fundamental de compartir estos recursos entre ellos, para cerrar la brecha que se abrió en otras generaciones. Porque, después de todo, ¿no es menor la diferencia entre los padres de la generación X o Y y los hijos de la Z o la Alfa que la que hubo entre las generaciones anteriores y sus hijos? Porque, McLuhan dixit, los medios digitales moldean nuestra sociedad más que ninguna otra realidad. Y eso nos debería unir.

El TikTok puede ser la academia del mañana inmediato, a través de comprendernos como comunidad.

YouTube no es la vida

Sigo analizando medios sociales y sus aspectos psicológicos, y me enfrento a YouTube. Reconozco que he tenido una relación conflictiva con esta plataforma. Comenzó al convertirme en uno de los primeros usuarios (seguramente entre miles) allá por 2006, más por novelería y entendiéndolo como un sitio para ver los videos que compartían ciertas páginas o personas que seguía. Pasé por una etapa en la cual no veía en este espacio digital nada más que un lugar donde cualquier pelagato podía subir cualquier video, y mientras más estúpido, mejor; por esto, dejé de prestarle mucha atención. A partir del año 2018 (que coincide con un repunte en la popularidad de la plataforma), me di cuenta del gran instrumento que podía significar como medio de difundir ideas, conocimientos y visiones de la belleza, la verdad y la bondad del mundo. Entre tanta basura que puede haber en Internet (y, claro, YouTube no se salva), este se ha vuelto el espacio donde más consumo contenido para mi formación y entretenimiento personal.

YouTube es el sitio web de alojamiento de videos más grande y el segundo más visitado del mundo. Más de la cuarta parte de la humanidad está suscrita a esta plataforma. Fue uno de los primeros sitios que produjo la explosión de los medios digitales, uno de los de más rápido crecimiento en esos tiempos iniciales y quizás el que más y mejor ha evolucionado. Por todo esto, YouTube ha tenido un impacto social en muchos campos, habiendo dado forma directamente a los acontecimientos mundiales. Sus creadores, Chad Hurley, Steve Chen, y Jawed Karim, buscaban que sea un sitio donde, aparte de que las personas tengan oportunidad de “colgar” sus videos (una tecnología que estaba apenas comenzando), quienes los vean puedan calificarlos y a su vez compartirlos. Libertad de expresión, información, oportunidades e integración son los cuatro pilares sobre los que se funda, aunque esos pilares deben ser entendidos tratando de equilibrarlos entre ellos y atender al respeto a esas libertades de usuarios y creadores de contenido. Una tarea compleja que no siempre es bien manejada.

Sin quererlo quizás, y desde su nombre (“TúTele”) hasta la manera en la que ha ido ajustando su algoritmo para cumplir con sus principios, pasando por su lema (“Transmite tú mismo”), este medio resulta –a mi modo de ver– uno de los que está moldeando la sociedad del siglo XXI. Y en esto debemos volver a recordar a Marshall McLuhan, así como cuando nos habla de la televisión como contenido y no como medio. “El lugar más público del mundo, desde la privacidad de nuestros propios hogares”, dice Michael Wesch, antropólogo cultural. Y añade: “YouTube se ha utilizado para muchas cosas: una tribuna política, el escenario de un comediante, un púlpito religioso, el podio de un maestro o simplemente una forma de llegar al vecino de al lado o a todo el mundo. Para las personas que amamos, para las personas que queremos amar o para las personas que ni siquiera conocemos”. Pienso que son palabras que retratan de cuerpo entero este medio digital.

Este es, aunque a muchos duela reconocerlo, el mundo de YouTube. Por ello, es quizás el artículo donde siento que menos calza el título dentro de nuestra serie: esta plataforma tecnológica refleja más que ninguna la vida real, y –es más– la transforma. Los yutuberos llegan a ser influencers debido a que conectan con su público, de una manera en la que ni siquiera en WhatsApp (que se maneja entre gente que conocemos) solemos hacerlo. Y esto se debe a que vivimos en la galaxia Gutemberg, la constelación Marconi y la nebulosa Zuckerberg: una aldea global mediatizada y donde la imagen vale más que mil palabras, y si es en movimiento, más que un millón de instantáneas. Es la cultura del videoclip. YouTube representa un vuelco no solo en la forma de transmitir noticias, promocionar personajes o productos o generar involucramiento; ha sido un salto copernicano en cuanto a la manera de educarnos y formarnos.

A pesar de esto, no podemos creer que todo lo que vemos en el sitio es la realidad: aparte de los filtros que YouTube ha generado para proteger a sus usuarios (mayormente a los niños), el mismo creador de contenido muestra lo que quiere mostrar. No al nivel de otras redes sociales, pues es la honestidad y la transparencia lo que genera conexión, pero sí con cierto cuidado para no presentar algo que pueda terminar regresando en su contra. Es también en esta plataforma donde florecen los haters, las personas dedicadas a regar su odio hacia todo aquel que considera diferente, y –por tanto– una amenaza. El yutubero debe, en consecuencia, tener la piel curtida para resistir por igual los halagos y las agresiones. Saber que contar con cien mil seguidores no significa que sean ellos las únicas personas que los aman, ni tampoco creer que el resto del mundo lo aborrece.

Como consumidores, debemos saber hacerlo inteligentemente, entendiendo dónde está la información respaldada, las noticias comprobadas y la honestidad acrisolada. Debemos buscar lo que nos sirve para el crecimiento, entendiendo la eutrapelia (la sana diversión) como una de sus fuentes también. Suscribirnos a los canales que notemos que nos ayudan y saber poner al algoritmo de YouTube de nuestro lado, permitiendo que nos aconseje el contenido que realmente queremos dejar entrar a nuestras vidas. No podemos pensar que somos capaces de abarcarlo todo, pero sí aprovechar cada minuto gastado en este medio para mejorar como personas y comunidades (un concepto muy importante en esta plataforma).

Hacer de YouTube el nuevo colegio, el nuevo foro, el nuevo parque para encontrarnos.

WhatsApp no es la vida

Retomo esta serie sobre medios digitales, sus características y consecuencias y como enfrentarlas saludablemente. Le toca el turno a WhatsApp, la aplicación de mensajería instantánea más usada del mundo. He de reconocer que en este medio he encontrado una de las mejores herramientas (aparte del buscador de Google) que se han inventado en la era informática. Me permite estar comunicado todo el tiempo, y además hacerlo sin la ansiedad que me genera la inmediatez y la exposición de la llamada telefónica (sí, los psicólogos también tenemos nuestros líos mentales).

Cuando Marshall McLuhan hablaba de que la extensión de nuestros órganos a través de la tecnología conlleva la amputación de otros, yo recuerdo un fenómeno que es muy visible en WhatsApp: la capacidad de enviar mensajes inmediatos a cualquier parte de la Aldea Global (siempre McLuhan) no garantiza que estos sean correctamente entendidos. Esto deviene en algunos “síndromes” hallados por Maricel Gimenez y Rocio Zirpoli: el síndrome de la llamada imaginaria, la nomofobia y el síndrome del doble check. A estos se pueden añadir el FOMO (Fear Of Missing Out, miedo a perderse de algo), ese fenómeno analizado incluso desde 1996, pero concretado por Patrick J. McGinnis en 2004. En WhatsApp en particular, este hecho puede generar (según el estudio de Martín, Pazos, Montilla & Romero) una forma obsesiva de celotipia. O la que muestra otro de la Universidad de Glasgow de 2019 que descubrió que los encuestados sentían la presión social de estar siempre disponibles.

Hablemos de esos síndromes:

  • El síndrome de la llamada imaginaria es aquel por el cual se experimenta que el celular (o móvil) ha sonado, sin que sea cierto.
  • La nomofobia (no-movil-fobia) es el sentimiento de ansiedad que existe en la persona cuando está alejada de su teléfono (o este no tiene señal o batería).
  • El síndrome del doble check (o de doble visto o palomita) es el que causa que una persona se sienta rechazado cuando WhatsApp reporta que su mensaje fue enviado, recibido y leído, pero sin respuesta. Aquel «me dejó en visto».
  • El FOMO es la actitud de estar atentos siempre al celular para no perderse nada y presentarse como disponible todo el tiempo, a riesgo de sentirse excluido si no.

Estas formas de ansiedad, a la larga, son muestras de la sensación de constante inmediatez en la que vivimos, y que surge (como bien veía McLuhan) de las tecnologías de la comunicación que acortan distancias y tiempos. Lo que en épocas de los mensajes orales o las cartas podía tomar meses o incluso años en ser recibido y respondido, en la constelación Marconi se reduce a horas, minutos y hasta segundos. En este mundo instantáneo, el hombre ha perdido el cuidado por la palabra, y con ella, de la escucha activa. Inclusive en las notas de voz de WhatsApp hay una banalización del mensaje, pues debe ser grabado y oído sin contexto, y sin tomar en cuenta las circunstancias del otro.

Cuando Jan Koum pensó WhatsApp, su idea fue crear una aplicación que supiera cuál es el mejor momento para poder comunicarse con alguien, basándose en cuándo está conectado y disponible. Este principio, que se mantiene a pesar de todos los añadidos que ha tenido la plataforma desde entonces, es su mejor herramienta pero también su recurso más peligroso. Las personas tienden a creer que tienen control sobre los demás a partir de saber que están viendo su celular y pueden enviarles un texto. Esto no ocurría con los correos electrónicos, peor aún con los SMS, y ni siquiera el teléfono tenía esa capacidad, pues podíamos llamar, escribir o “textear” a alguien, y aunque este pudiera contestar era capaz de “fingir demencia” y no hacerlo.

Y eso es precisamente por lo que hoy WhatsApp es una fuente de ansiedad tan constante: la gente puede querer seguir descartando mensajes y llamadas –por las razones que sean– y, o no es capaz por no despreciar al otro, o se siente ignorado porque los demás sí lo hacen. Si les contara cuántos clientes/pacientes en consulta me hablan del deterioro de sus relaciones, medidas a través de la interacción en esta aplicación, posiblemente nunca terminaría. Me atrevería a pensar que la gran mayoría de personas (si no todos) sienten una dosis de rechazo cuando envían un mensaje y no reciben respuesta. Eso sin contar que los grupos dentro de la plataforma son un pequeño Facebook (o incluso Twitter) y que los estados se asemejan a las historias de Instagram, con sus consecuencias ya tratadas en artículos anteriores.

Existen algunas estrategias para combatir aquellos síntomas de ansiedad relacionados con WhatsApp:

  1. Nunca tomar el mensaje de forma literal. La desventaja de estos medios textuales (aun con la ayuda de emoticonos, stickers y gifs) es que nos perdemos el lenguaje gestual, que es fundamental en la comunicación incluso entre los animales más primitivos. Por esto, no nos podemos quedar con nuestra interpretación del texto, debemos tratar de profundizar para evitar malentendidos que lleven incluso a peleas mucho más graves.
  2. Asumir la característica de saber sobre la conectividad del usuario. Poder conocer cuándo una persona puede recibir y leer mi mensaje, pero también que esta sepa lo mismo de mí, debe ser manejado tomando en cuenta la libertad. Puede ser una ventaja que quiera aprovechar, pero también una opción que desee desechar (todo es configurable).
  3. Respetar la libertad de manejar los tiempos de respuesta. Esto implica ser libre de decidir cuándo responder, pero también cuidar esa libertad en el otro. No perpetuar interminables cadenas de textos del tipo “¿Estás ahí? ¿Por qué no contestas? ¿Leíste mi mensaje?”. Y si alguien lo hace con nosotros, señalar claramente que, aunque parezca algo urgente, siempre puede esperar un poco. Si bien habrá veces en las que en verdad sea urgente, y eso debo saberlo medir también.
  4. Aprender a ocuparme de manera inteligente de cada tema. Esa libertad de manejar tiempos me enseña a que si tengo diez conversaciones abiertas, entre grupales e individuales, y cada una tiene un asunto distinto, mi mente se volverá loca tratando de estar presente y activo en todas. No pasa nada si dedico mi tiempo a responder una a una, dando prioridades entre lo urgente, lo importante y lo accesorio y secundario.
  5. Hacer uso consciente de cada recurso que ofrece la plataforma. Si necesito enviar un mensaje de audio, debo saber que tal vez la persona no esté en un ambiente adecuado para oírlo, y por lo mismo yo no puedo escuchar un mensaje de voz en cualquier sitio y rodeado de cualquier gente. Defiendo la privacidad. Si estoy en un grupo, no inicio una conversación con uno solo de los miembros, ignorando al resto. No reenvío contenido que sé que puede disgustar a los otros.

En fin, creo que el secreto del manejo adecuado del WhatsApp está en el respeto. Primero, el que muestro a mis propios tiempos y circunstancias, y desde ahí parto a brindar y exigirlo a los otros, pues si yo mismo no me respeto es probable que no pueda esperar respetar o ser respetado. Entender que esta plataforma no fue pensada para largos debates o interminables cadenas, ni tampoco es un teléfono fijo o una red social. Está hecha con el fin de optimizar la comunicación, pues podemos hacerlo de una manera más ordenada e inteligente que por otros medios. Siempre y cuando, claro, entendamos que si privilegiamos la libertad, poco espacio quedará para susceptibilidades y malas interpretaciones. Y siempre comprendiendo que –a pesar de todo– nada se equipara a una conversación cara a cara.

Usemos el WhatsApp como una herramienta para una comunicación más fluida y respetuosa.

Photo by Rachit Tank on Unsplash

¿Por qué no encuentro pareja?

Una pregunta que he oído muchísimas veces, pero que resulta más fácil de responder de lo que se cree. Más bien, pienso que está mal formulada, que podría decirse de otras maneras. Sin embargo, la entiendo y sé que se debe mostrar empatía ante el sentimiento de impotencia que refleja. Voy a tratar de ordenar un poco mejor las ideas encerradas tras ese cuestionamiento, esperando ayudar a aquellas personas que lo enfrentan.

Como ya escribí en artículos anteriores, el amor es un arte, a decir de Erich Fromm. Implica conocer la teoría, e irla haciendo práctica a través de la voluntad de dominarlo. Nadie nace sabiendo amar, ni en sentido amplio, ni a cada persona en particular. Yo relaciono esto con lo que Yokoi Kenji Díaz señala como lección de vida: “el hambre hace alucinar”. El amor se confunde con necesidad y se termina emprendiendo una relación con alguien que nos causa daño, y luego nos quejamos de que no encontramos la persona adecuada. La realidad es que nos olvidamos de los elementos básicos del amor (otra vez Fromm): cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Obviamos el fundamento principal, y que debería estar sobreentendido, aun cuando recordemos este poema:

Me estás enseñando a amar.

Yo no sabía.

Amar es no pedir, es dar

noche tras día.

Gerardo Diego

De aquí parto para reformular la pregunta que nos convoca en otras más adecuadas:

1. ¿Por qué no encuentro quién se preocupe por mí?

El amor es cuidado. Cuando amamos algo, alguien, no queremos que nada malo le pase. Es natural, entonces, que si tenemos una relación esperemos que el otro esté atento a cómo estamos, y ayudarnos a estar mejor. Pero, ¿nosotros lo cuidamos? Amar es no pedir, es dar. ¿Podemos esperar que alguien esté pendiente de nosotros si ponemos barreras, actuamos con desconfianza, respondemos con sospecha, con doblez? Ciertamente, para amar de forma sana debemos curarnos primero. Un animal herido reacciona con violencia porque se siente agredido. Entonces, si cuido de mí y tiro abajo mis muros para recibir al otro tal cual es, podría ser que logre ver que en realidad siempre quiso cuidarme y yo no me di cuenta.

Ejemplo: una persona me parece interesante, pero yo “me hazo el difícil” (decía mi sobrino). Trata de ayudarme a hacer algo, y yo respondo “no necesito a nadie, yo sí puedo”. Me pide un favor y pienso: “me está utilizando”. ¿Me estoy dejando cuidar, protejo al otro? A la final, aquella persona se puede alejar, pensando que en verdad no me importa.

2. ¿Por qué siempre me consigo irresponsables?

El problema está en confundir la responsabilidad con un peso impuesto desde afuera. La responsabilidad nace de mi libertad: yo decido responder (de ahí viene la palabra) a lo que me pasa y a lo que los otros dicen o hacen, puede ser de manera positiva o negativa. Lo último normalmente es considerado irresponsable (no sé responder adecuadamente). Decimos que maduramos cuando somos capaces reaccionar de un modo correcto a lo que nos ocurre. Pero, ¿actuamos nosotros de manera responsable? Amar es no pedir, es dar. ¿Podemos dejar de anteponer nuestros propios intereses y necesidades por el equilibrio de la relación? Si quiero que mi pareja sea responsable debo entender lo que me mueve a reaccionar mal, y luego tratar de comprender al otro. Es probable que me encuentre con un deseo de responder, pero una capacidad condicionada para hacerlo.

Ejemplo: hay cierta música que me molesta, sin embargo le encanta a mi pareja. Mi vida no va a cambiar por oírla, ni la de la otra persona por no hacerlo. Yo puedo elegir libremente irme a pasear para no escuchar, pero contándole a mi pareja que no aguanto esa música, por esto y aquello, y que me disculpe. Quizás la otra persona decida también dejar de oírla cuando estemos juntos, o enseñarme a apreciarla, así la puedo disfrutar igual. En resumen, fuimos responsables con la relación y con el otro y buscamos un camino para que esa pequeña diferencia no se vuelva una razón de ruptura.

3. ¿Por qué mis parejas nunca me respetan?

La responsabilidad sin respeto puede volverse una obligación autoinfligida. Es posible que considere inferior a la otra persona de alguna forma, como un adulto se siente responsable por un niño aunque no sea su hijo, o un altruista por un necesitado que encuentra por la calle. Esta es una forma de amor caritativa, agapé o xenía, un amor desinteresado. La relación de pareja no puede ser así, porque debe servir para apoyarse mutuamente en un crecimiento conjunto. Luego, el respeto (el saber mirar al otro con cuidado; según la etimología, re-mirar) es básico para una relación saludable: soy responsable de él, pero atesorando su libertad, su integridad y su individualidad. Y espero lo mismo de vuelta. ¿Confundo respeto con ser intocable? Amar es no pedir, es dar. ¿Puedo dejar de pensar que el otro no me respeta porque me muestra mis defectos y debilidades, aunque lo haga amablemente? Quizá lo que mi pareja me pide es un compromiso para ser mejor, y así crecer como persona y dentro de la relación.

Ejemplo: me resulta muy doloroso que me hagan sentir ignorante, así que cuando mi pareja me pregunta por qué no puedo reconocer que no sé algo, le alzo la voz y le digo “¡a mí me respetas!”. ¿Estoy pidiendo respeto, o estoy lanzándole la sangre de mi herida en su cara? Una vez más, si me sano primero puedo ser capaz de reconocer en el comentario del otro un deseo de que yo sea mejor cada día, y entender que me respeta tanto que quiere verme saber reconocer lo que debo corregir.

4. ¿Por qué nunca encuentro a nadie que me entienda?

No puedo amar sin conocer. Ya lo dije antes, recordando a san Agustín y santo Tomás. Y no seré capaz de cuidar, responder, respetar al otro si no sé quién es, qué siente, cómo piensa. Y ese es un trabajo, una búsqueda, una cruzada (quest), que nos toma la vida. No se trata de saludar y oír su nombre para decir que conozco a alguien, debo realmente intentar penetrar su vida. Nunca termino de conocerme a mí mismo, peor pretenderé conocer al otro y que este me conozca de una forma acabada. Esta es una labor delicada, paciente. Cuidadosa, responsable, respetuosa. ¿Creo que conozco tanto al otro como para leer sus pensamientos? Amar es no pedir, es dar. ¿Podré gastar tiempo en entenderlo? Saber mirar sus reacciones, sus virtudes, sus heridas, sus fortalezas, sus habilidades… Ese tiempo que invierto en conocer a mi pareja me hace uno con ella. Mientras más quiera el otro conocerme, por su parte, más seré capaz de expresar mis necesidades y mis posibilidades. Y construiremos juntos una relación, con esperanza, con fe, con amor.

Ejemplo: puedo pensar que cuando mi pareja responde a mi pregunta “¿te pasa algo?” con un “¡no me pasa nada!”, en realidad sí le pasa pero, o no sabe cómo expresarlo, o realmente no entiende qué es, o siente duda o miedo de contarme. Lo importante es que sé que hay algo que no me está diciendo. Necesito la habilidad de hablar con mi pareja para poder entender qué sucede y cómo ayudarla, si soy capaz. Ese diálogo abre la confianza y cierra la sospecha y la interpretación. Y aprendemos a conocernos. Y a amar.

Este ha resultado un artículo largo por su extensión, pero corto porque queda mucho más por decir. En resumen, explicando a Yokoi Kenji, si siento la necesidad de tener alguien a mi lado para responder a una vocación al matrimonio y la familia, o nada más con el fin de no estar solo, es probable que alucine y vea a cualquier bestia peluda como una buena pareja. Y cuando se me caiga la venda de los ojos veré a la bestia y no a la persona que esperé que sea la respuesta a mi necesidad. Por contra, si entiendo que amar es un arte que estoy aprendiendo y el otro también, que no puedo esperar perfección ni en mi pareja ni en la relación (como no puedo esperarla en mi mismo), seré capaz de entender que lo único que necesito en el otro (y en mí mismo) es la voluntad de compromiso. El deseo de edificar a mi lado un futuro juntos, a pesar de las adversidades y debilidades, y con toda la fe.

Amar es no pedir, es dar. Es construir los dos para la eternidad. Y hay alguien esperando hacerlo contigo.

Facebook no es la vida

En este inventario sobre las peculiaridades de los principales servicios de redes sociales, sus escenarios psicoafectivos y cómo actuar en ellas que vengo afrontado, prosigo con Facebook. Esta, si bien no fue ni la primera de la historia ni la primera que usé, sí fue la responsable de la explosión de estos servicios en el mundo y –consecuentemente– la que me enganchó definitivamente en los medios electrónicos. Comencé a usar Facebook allá por el 2007 y ciertamente, perdí mucho tiempo de mi vida ahí, en juegos y debates; sin embargo, luego aprendí a manejar mi relación con estas redes y eso me ha dado una buena perspectiva al respecto.

Facebook tiene una historia algo oscura en sus inicios, e incluso ha sido cuestionada por el manejo de la información que le confían los usuarios. A pesar de todo esto, sigue siendo la red social más utilizada, mayormente en la población entre 18 y 49 años. Es importante entender que la motivación inicial de este servicio fue conectar gente a través de compartir su información personal. Es por esto que Facebook se ha tornado un medio importante para volver a tomar contacto con personas de las que se había perdido la pista, e incluso conocer gente con la que se comparten gustos, aficiones y (es más) formas de ver la vida. No es extraño que, al reclutar personal, los encargados se fijen en perfiles y muros de Facebook. Esto ha vuelto a esta red un lugar donde queremos presentar nuestra mejor imagen, pero donde también defendemos nuestras posturas, en una suerte de híbrido entre Instagram y Twitter. Entre la realidad y el show.

Decía Marshall McLuhan que las sociedades siempre han tomado forma más por el carácter de los medios con que se comunican sus miembros que por la comunicación misma. En este sentido, Facebook ha gestionado una sociedad en la cual la privacidad ya no es un bien que se protege. En la aldea global eléctrica (según el mismo McLuhan) la gente sabe demasiado, y ya no hay lugar donde esconderse. Esto se debe al concepto del sociólogo canadiense de que toda amplificación y extensión es acompañada por una autoamputación que entumece alguna función. La tecnología electrónica se convierte en un modelo vivo del sistema nervioso central, pero su mecanismo inhibitorio conduce a la falta de privacidad. Benjamin Danet dice “El anonimato y la cualidad dinámica y juguetona del medio ejercen un poderoso efecto desinhibidor sobre el comportamiento. La gente se permite comportarse de maneras muy distintas a las de la vida cotidiana ordinaria para expresar aspectos de sus personalidades previamente inexplorados”. Y este proceso de engancharse en un elusivo espejismo es una adicción, según Jaron Lanier.

Visto todo esto, Facebook resulta un lugar donde husmear en la vida ajena. Aunque ello no es más que una ilusión, pues no es estrictamente así, sino que cada persona muestra lo que desea que fuera su propia vida. O, incluso, lo que quisieran que los demás consideraran que es. Un usuario puede escudarse tras un nombre que ni siquiera es real para dar opiniones controvertidas y hacerlo de maneras jocosas, amables o incluso agresivas. De todas formas, el individuo siente que puede actuar así porque es algo que se reduce al ámbito de este medio social. Sin embargo, esto no es tan real. Lo que se publica ahí puede comenzar a recorrer la Internet de maneras insospechadas, con fines más o menos buenos. La privacidad, entonces, pasa a ser poco menos que un lujo.

Si bien esto se puede aplicar a muchos servicios de redes sociales, es evidente que Facebook es el paradigma de todas ellas. Se publica una foto esperando likes, se postea una frase para generar polémica, se inventa o se comparte un chiste confiando que se viralice. Los temas son absolutamente todos los que se le puedan ocurrir al conglomerado humano que habita este medio, sin límites. Claro, esto lleva a la plataforma a incluir seguridades cada vez más fuertes para impedir que se vulnere la integridad de sus usuarios; de todas maneras, nunca serán perfectas, y múltiples formas de crimen se pueden colar en ella.

Me he topado en mi práctica profesional con muchas personas que juzgan sus relaciones a través de su interacción en Facebook. Que si publico una foto, espero un «Me gusta» de su parte; que si comento una publicación suya, quisiera que felicite mi ingenio en la Red; que si le da «Me encanta» a un post de su ex, significa que mantienen una relación… Y un larguísimo etcétera. De las maneras más intrincadas, las personas interpretan sentimientos reales a través de reacciones en línea. Esto no es saludable, pues no sabemos realmente cuál es la motivación detrás de estas interacciones: simple compromiso, actos en cadena, amor, odio, sarcasmo, comicidad. Y así.

Hablar de Facebook es hablar de las características de la sociedad ampliadas y dramatizadas, pero también enfocadas en mostrar eso que la humanidad quisiera ser, sus más altos ideales. Las causas justas, las ideas altruistas, los espacios de comunidad también están presentes en esta red, y pueden ser usados y potenciados hasta donde queramos imaginar. Si, como McLuhan pensaba, la sociedad se construye por los medios que usa para comunicarse, claramente la nuestra está fundamentada en estas redes sociales. Podemos aprender a usarlas como una herramienta de encuentro, como fue en sus inicios, y aprovecharla para generar y fortalecer nuestros lazos. Aun a pesar de distancias físicas, emocionales e incluso espirituales.

Podemos hacer de Facebook un puente para sentirnos más hermanos.

Foto de Alex Haney en Unsplash

Twitter no es la vida

Continuando con esta serie que he abordado sobre las características de los medios sociales, sus consecuencias psicológicas y cómo responder a ellas, paso a tratar Twitter. Mi relación con esta red siempre ha sido bastante “de ladito”; es decir, tomando distancia. Principalmente por dos razones: antes, porque me resultaba complejo el microblogueo, o sea reducir mis comentarios a 140 caracteres; después, por lo enfebrecidos que se pueden tornar los debates en esta red. Sin embargo, una vez que le agarré la vuelta, hasta le voy tomando cariño.

El principio básico de Twitter, en el cual se fundó y que sigue presente a pesar de todos los giros que puede haber dado la plataforma, es poder compartir “una breve ráfaga de información intrascendente”, como el tweet (piar) de un pájaro. Con el lema de “¿Qué está pasando?”, o también “de qué está hablando la gente”, presenta una declaración de principios muy clara, que la distinguió en su momento de otras redes sociales: se podía dejar una breve exposición de qué ocurría en la vida de uno o qué ideas tenía en mente. Sin duda, este seguirá siendo su principal atractivo, y esos límites le dan esa gracia de lo inmediato. La gente comenzaba a meterse no solo en la mente del vecino, sino en una mentalidad colectiva que –lamentablemente, y hay que decirlo– también nos demostraba un nivel de confrontación muy alto.

En la lista de los siete pecados capitales actualizados, de Spencer Greenberg, a Twitter le corresponde la ira. A mi modo de ver, esto es explicado por McLuhan: “Ese es el mensaje de la información eléctrica. Es instantánea, y no posee cuerpo. Se es como un ángel, una inteligencia descorporizada”. En los medios electrónicos, además, “cada uno de nosotros está irrevocablemente envuelto en la vida de los demás, y es responsable de ellos”. La académica de tecnología y los medios sociales, danah boyd (ella lo escribe con minúsculas), al analizar que el contenido de los tuits en mayor cantidad es lo que se llama “balbuceos inútiles”, considera que se trata de comunicación fática; es decir, aquella que sirve simplemente para entablar conexiones (como cuando el perro mueve la cola o el humano dice ‘hola’). Los usuarios quieren saber qué piensan, hacen y sienten las personas que los rodean, incluso cuando la copresencia no es viable.

Entonces, el anonimato de los medios electrónicos, sumado a la sensación de conexión que brindan, prácticamente con todos y cada uno de los seres humanos, hace que los tuiteros se sientan responsables del mundo entero. Por esto, no solo que no les preocupa tanto presentar una buena imagen de ellos mismos, sino que incluso pueden mostrar su lado más feo siendo agresivos e irrespetuosos, todo en aras de lo que ellos consideran que es el bien común. Es verdad, muchas personas tuitean noticias o traspasan contenido de valor a través de retuiteos. Pero hay que ver las respuestas que reciben, con violencia verbal inusitada en repetidas ocasiones.

Sin embargo, Twitter tiene por esto mismo un poder muy grande. Se habla, por ejemplo, de muchas manifestaciones populares (como las que se enmarcan en la llamada primavera árabe) que no solo fueron convocadas por esta red social, sino que tomaron fuerza gracias a ella. Tal es la importancia de este medio electrónico, que las palabras tuitear, tuiteo, tuit y tuitero entraron en el diccionario de la Real Academia Española en 2014. Todo esto refleja precisamente que el lema “¿Qué está pasando?” en verdad cala en los usuarios y se consideran a ellos mismos artífices de un cambio social a través de 140 caracteres.

Claro está que no deja de ser una red donde se produce lo que llamamos acicalamiento social; o sea, esa actividad que usamos no únicamente para mantener limpio y ordenado el organismo del otro (como los monos que quitan parásitos de sus congéneres), sino sobre todo para fortalecer nuestros lazos. Los “Me gusta”, retuiteos y comentarios funcionan, como en la mayoría de medios sociales, como formas de demostrar aprecio, ese aprecio por el cual los seres humanos vivimos y muchas veces nos desvivimos. Los famosos, los Twitstars, inician así, igual que los blogueros o yutuberos más conocidos, y terminan siendo las celebridades del mundo actual. De la búsqueda de acicalamiento social, pasan a ser influencers, que sienten una presión por mantener a los followers al día y emitir comentarios sagaces y oportunos.

Sea cual sea nuestro lugar en Twitter (seguidores o seguidos), debemos ajustar lo que brindamos y lo que recibimos en esta red social. Estamos obligados a considerar al otro, su buen nombre, respetar su honra. Asimismo, debemos procurar no sentirnos agredidos ante los comentarios virulentos de los demás, pues terminaríamos muy heridos. Esta red social es la selva, pero también podemos ser Tarzán. O Chita. Es posible navegar en ella y quedarnos con lo que nos sirva, desechando la basura emocional que se riega en el entorno como forma de acicalamiento social o búsqueda de aprobación. Buscar brindar amor, y no ira.

Encontremos un espacio de diálogo, escuchando activamente, en Twitter.