¿Por qué no encuentro pareja?

Una pregunta que he oído muchísimas veces, pero que resulta más fácil de responder de lo que se cree. Más bien, pienso que está mal formulada, que podría decirse de otras maneras. Sin embargo, la entiendo y sé que se debe mostrar empatía ante el sentimiento de impotencia que refleja. Voy a tratar de ordenar un poco mejor las ideas encerradas tras ese cuestionamiento, esperando ayudar a aquellas personas que lo enfrentan.

Como ya escribí en artículos anteriores, el amor es un arte, a decir de Erich Fromm. Implica conocer la teoría, e irla haciendo práctica a través de la voluntad de dominarlo. Nadie nace sabiendo amar, ni en sentido amplio, ni a cada persona en particular. Yo relaciono esto con lo que Yokoi Kenji Díaz señala como lección de vida: “el hambre hace alucinar”. El amor se confunde con necesidad y se termina emprendiendo una relación con alguien que nos causa daño, y luego nos quejamos de que no encontramos la persona adecuada. La realidad es que nos olvidamos de los elementos básicos del amor (otra vez Fromm): cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Obviamos el fundamento principal, y que debería estar sobreentendido, aun cuando recordemos este poema:

Me estás enseñando a amar.

Yo no sabía.

Amar es no pedir, es dar

noche tras día.

Gerardo Diego

De aquí parto para reformular la pregunta que nos convoca en otras más adecuadas:

1. ¿Por qué no encuentro quién se preocupe por mí?

El amor es cuidado. Cuando amamos algo, alguien, no queremos que nada malo le pase. Es natural, entonces, que si tenemos una relación esperemos que el otro esté atento a cómo estamos, y ayudarnos a estar mejor. Pero, ¿nosotros lo cuidamos? Amar es no pedir, es dar. ¿Podemos esperar que alguien esté pendiente de nosotros si ponemos barreras, actuamos con desconfianza, respondemos con sospecha, con doblez? Ciertamente, para amar de forma sana debemos curarnos primero. Un animal herido reacciona con violencia porque se siente agredido. Entonces, si cuido de mí y tiro abajo mis muros para recibir al otro tal cual es, podría ser que logre ver que en realidad siempre quiso cuidarme y yo no me di cuenta.

Ejemplo: una persona me parece interesante, pero yo “me hazo el difícil” (decía mi sobrino). Trata de ayudarme a hacer algo, y yo respondo “no necesito a nadie, yo sí puedo”. Me pide un favor y pienso: “me está utilizando”. ¿Me estoy dejando cuidar, protejo al otro? A la final, aquella persona se puede alejar, pensando que en verdad no me importa.

2. ¿Por qué siempre me consigo irresponsables?

El problema está en confundir la responsabilidad con un peso impuesto desde afuera. La responsabilidad nace de mi libertad: yo decido responder (de ahí viene la palabra) a lo que me pasa y a lo que los otros dicen o hacen, puede ser de manera positiva o negativa. Lo último normalmente es considerado irresponsable (no sé responder adecuadamente). Decimos que maduramos cuando somos capaces reaccionar de un modo correcto a lo que nos ocurre. Pero, ¿actuamos nosotros de manera responsable? Amar es no pedir, es dar. ¿Podemos dejar de anteponer nuestros propios intereses y necesidades por el equilibrio de la relación? Si quiero que mi pareja sea responsable debo entender lo que me mueve a reaccionar mal, y luego tratar de comprender al otro. Es probable que me encuentre con un deseo de responder, pero una capacidad condicionada para hacerlo.

Ejemplo: hay cierta música que me molesta, sin embargo le encanta a mi pareja. Mi vida no va a cambiar por oírla, ni la de la otra persona por no hacerlo. Yo puedo elegir libremente irme a pasear para no escuchar, pero contándole a mi pareja que no aguanto esa música, por esto y aquello, y que me disculpe. Quizás la otra persona decida también dejar de oírla cuando estemos juntos, o enseñarme a apreciarla, así la puedo disfrutar igual. En resumen, fuimos responsables con la relación y con el otro y buscamos un camino para que esa pequeña diferencia no se vuelva una razón de ruptura.

3. ¿Por qué mis parejas nunca me respetan?

La responsabilidad sin respeto puede volverse una obligación autoinfligida. Es posible que considere inferior a la otra persona de alguna forma, como un adulto se siente responsable por un niño aunque no sea su hijo, o un altruista por un necesitado que encuentra por la calle. Esta es una forma de amor caritativa, agapé o xenía, un amor desinteresado. La relación de pareja no puede ser así, porque debe servir para apoyarse mutuamente en un crecimiento conjunto. Luego, el respeto (el saber mirar al otro con cuidado; según la etimología, re-mirar) es básico para una relación saludable: soy responsable de él, pero atesorando su libertad, su integridad y su individualidad. Y espero lo mismo de vuelta. ¿Confundo respeto con ser intocable? Amar es no pedir, es dar. ¿Puedo dejar de pensar que el otro no me respeta porque me muestra mis defectos y debilidades, aunque lo haga amablemente? Quizá lo que mi pareja me pide es un compromiso para ser mejor, y así crecer como persona y dentro de la relación.

Ejemplo: me resulta muy doloroso que me hagan sentir ignorante, así que cuando mi pareja me pregunta por qué no puedo reconocer que no sé algo, le alzo la voz y le digo “¡a mí me respetas!”. ¿Estoy pidiendo respeto, o estoy lanzándole la sangre de mi herida en su cara? Una vez más, si me sano primero puedo ser capaz de reconocer en el comentario del otro un deseo de que yo sea mejor cada día, y entender que me respeta tanto que quiere verme saber reconocer lo que debo corregir.

4. ¿Por qué nunca encuentro a nadie que me entienda?

No puedo amar sin conocer. Ya lo dije antes, recordando a san Agustín y santo Tomás. Y no seré capaz de cuidar, responder, respetar al otro si no sé quién es, qué siente, cómo piensa. Y ese es un trabajo, una búsqueda, una cruzada (quest), que nos toma la vida. No se trata de saludar y oír su nombre para decir que conozco a alguien, debo realmente intentar penetrar su vida. Nunca termino de conocerme a mí mismo, peor pretenderé conocer al otro y que este me conozca de una forma acabada. Esta es una labor delicada, paciente. Cuidadosa, responsable, respetuosa. ¿Creo que conozco tanto al otro como para leer sus pensamientos? Amar es no pedir, es dar. ¿Podré gastar tiempo en entenderlo? Saber mirar sus reacciones, sus virtudes, sus heridas, sus fortalezas, sus habilidades… Ese tiempo que invierto en conocer a mi pareja me hace uno con ella. Mientras más quiera el otro conocerme, por su parte, más seré capaz de expresar mis necesidades y mis posibilidades. Y construiremos juntos una relación, con esperanza, con fe, con amor.

Ejemplo: puedo pensar que cuando mi pareja responde a mi pregunta “¿te pasa algo?” con un “¡no me pasa nada!”, en realidad sí le pasa pero, o no sabe cómo expresarlo, o realmente no entiende qué es, o siente duda o miedo de contarme. Lo importante es que sé que hay algo que no me está diciendo. Necesito la habilidad de hablar con mi pareja para poder entender qué sucede y cómo ayudarla, si soy capaz. Ese diálogo abre la confianza y cierra la sospecha y la interpretación. Y aprendemos a conocernos. Y a amar.

Este ha resultado un artículo largo por su extensión, pero corto porque queda mucho más por decir. En resumen, explicando a Yokoi Kenji, si siento la necesidad de tener alguien a mi lado para responder a una vocación al matrimonio y la familia, o nada más con el fin de no estar solo, es probable que alucine y vea a cualquier bestia peluda como una buena pareja. Y cuando se me caiga la venda de los ojos veré a la bestia y no a la persona que esperé que sea la respuesta a mi necesidad. Por contra, si entiendo que amar es un arte que estoy aprendiendo y el otro también, que no puedo esperar perfección ni en mi pareja ni en la relación (como no puedo esperarla en mi mismo), seré capaz de entender que lo único que necesito en el otro (y en mí mismo) es la voluntad de compromiso. El deseo de edificar a mi lado un futuro juntos, a pesar de las adversidades y debilidades, y con toda la fe.

Amar es no pedir, es dar. Es construir los dos para la eternidad. Y hay alguien esperando hacerlo contigo.

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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