Mi miedo al error

Cuando estaba creciendo, y digamos que hasta inicios de mi etapa adulta, sentía mucho temor a equivocarme y eso me impedía tomar decisiones varias veces. No aceptaba cuando estaba mal y, para no tener que hacerlo, no me arriesgaba. En mi adolescencia, esto se reflejaba en la imposibilidad de acercarme a una chica o entablar nuevas amistades. Incluso, en esta época me llamaron por teléfono (sí, los de disco) a dedicarme la canción Tímido, de Flans. Para que vean el alcance de mis miedos, hasta hoy dudo sobre si el fin era burlarse de mí, aunque mi yo más restauradito me dice que tenía más atractivo para las guambras de lo que podía siquiera imaginar entonces. Justamente, de lo que quiero hablar aquí es de cómo combatir estos temores, que se resumen en lo que se conoce como miedo al fracaso.

En un artículo anterior, acerca de los riesgos en las relaciones, ya topé este tema de pasada. También hablé sobre el miedo enfocado en la vida de pareja, si bien al miedo en general ya lo hemos analizado mucho más. Y esto se conecta asimismo con lo que traté sobre el flow del reguetón. En particular, cuando hablaba de victimización, había mencionado tres variables intervinientes que también se aplican aquí: condicionamiento operante, apego inseguro e indefensión aprendida. El condicionamiento operante, en la línea de B. F. Skinner, nos influye con los refuerzos positivos o negativos que vamos teniendo en la vida, como cuando un niño aprende a hacer sus tareas para obtener su tiempo de dispositivos de entretenimiento. El apego inseguro, como habíamos visto al hablar de las relaciones de dependencia, y conforme a John Bowlby y su Teoría del Apego, es el que incide en la necesidad poco saludable del otro para continuar con nuestra vida. Por último, la indefensión aprendida propuesta por Martin Seligman interviene en nuestra propia valoración como personas y nuestras capacidades. Lejos de reducirlo a un enfoque conductista, la idea de ver este triple origen del miedo al fracaso es poder entender qué debemos fortalecer para lograr salir de él.

En mi juventud, tenía tanto pánico a equivocarme que muchas veces elaboraba complejas historias para que el error no pareciera tal. Era la viva imagen de aquella frase: “tú, que todo lo sabes y lo que no, lo inventas”. En su momento no vi la relación, pero era algo que se conecta con el temor a decirle a una chica cualquier cosa: un saludo si no la conocía y quería hacerlo, o una aproximación más coqueta si me gustaba. O un mensaje a una persona que me parecía interesante como para ganar amigos. En mi trabajo de autoconocimiento me fui dando cuenta de que no únicamente estaban conectadas, sino que eran distintos aspectos de una sola cosa: una autoimagen muy pobre y distorsionada. Me había contado a mí mismo la historia de que mi único valor era mi inteligencia y mis conocimientos (dos cosas que, para más inri, confundía). Según esa narrativa, no tenía belleza física, ni espiritual (“¿qué es eso?”), ni emocional, ni social, solo intelectual. Entonces sentía miedo a la burla, al ridículo. Ese era mi fracaso.

Esas complejas historias (excusas) son el reflejo del autoboicot que nos lleva, o a evitar arriesgarnos o a esforzarnos demasiado. ¿Recuerdan cuando les contaba de mi amigo que se desesperaba por encontrar enamorada y que yo le aconsejé que “mientras más las buscas, menos las tienes”? Bueno, años después entendí que era otra manera de reaccionar a este miedo al fracaso. Yo evitaba el contacto, él stockeaba. El fondo era igual: no creíamos en nosotros. Nos sentíamos indefensos. Él lamentaba su mala suerte con las mujeres y yo también, cada cual desde su lado de la vereda. Solemos sabotear nuestros sueños, ya que no nos pensamos capaces de alcanzarlos (miedo al gol, complejo de Jonás). Y nos disculpamos: “soy feo, soy tonto, soy pobre, soy malo”. La realidad es que no amamos de manera ordenada porque no creemos, y no lo hacemos pues no conocemos (la creencia viene del conocimiento y este lleva al amor). Ante esto, les dejo cinco estrategias:

  • Obediencia a la realidad

Un tema frecuente en este blog, que hasta le dediqué un artículo entero. En el caso que nos ocupa, implica sobre todo entender que el futuro es incierto, así que por bien o mal que hagamos las cosas, no podemos evitar que en ocasiones nos equivoquemos, y esto no tiene por qué verse como que todo es blanco o negro. La ilusión de control nos puede hacer pensar que si cometemos un error nada irá bien nunca y que eso nos traerá consecuencias trágicas y nadie nos amará por eso. Incidimos en la realidad, pero no podemos cambiar nada fuera de nosotros mismos.

  • Autoconocimiento

El lema de los clásicos, conócete a ti mismo, es la puerta de entrada a conocer nuestros miedos y poder vencerlos. Y los vencemos con nuestras habilidades, capacidades y talentos. Entendemos el talento como don, como regalo divino, para ponerlo al servicio de los demás a través de nuestro crecimiento personal. Esto implica ir conociendo el sentido de nuestra vida, nuestra vocación-misión, para qué estamos aquí. Eso que nos hace únicos en todas nuestras luces y sombras. Al aceptarnos tal cual somos, con debilidades y fortalezas, dejamos de juzgarnos de forma tan dura cuando nos equivocamos.

  • Valoración del error

El error no nos resta dignidad, pues todos nos caemos. Y aunque solemos ser educados para evitarlo, debemos entenderlo como una oportunidad de aprendizaje. Lo malo no es equivocarse, es justificarse y negarse a crecer. Pues la única manera de ir mejorando en cualquier ámbito de la vida (y la vida misma) es arriesgarse, y eso implica que erremos para poder corregir el rumbo cuando hace falta.

  • Constancia

Peor que equivocarse es tirar la toalla cuando lo hemos hecho. Las personas que solemos calificar como exitosas no son las que nunca han tenido traspiés, sino quienes han sabido seguir a pesar de ellos. E incluso gracias a ellos. Se trata de dejarse la piel en aquello que da sentido a nuestra vida, en nuestras fidelidades, en nuestras pasiones. En lo que amamos.

  • Dejarse ayudar

Es fundamental que, asumiendo nuestra realidad y la del mundo, aceptemos nuestros límites y que necesitamos ayuda. Y esto no nos hace menos valiosos o competentes. Es más bien atender a la esencia social del ser humano. Como en la cordada cuando subimos a la montaña, unos están arriba y van apoyando y sosteniendo a los de abajo. Nos respaldamos mutuamente para poder llegar juntos a la gloria. Literal.

El miedo al fracaso es una consecuencia de muchas heridas en nuestra historia. Podemos sanarlas entendiendo la realidad y a dónde estamos yendo. Abrazados entre nosotros, y abrasados de amor por el Padre bueno, logramos vencer las dudas que tenemos sobre nuestras capacidades y sobre las consecuencias de nuestras decisiones y cómo las manejamos. Se trata de sostenernos en la fe y en la confianza en Dios, el otro y en nosotros mismos. Deja, entonces, de tener peso nuestra inseguridad, porque nos sustentamos en algo más grande que cada uno de nosotros. Nos sustentamos en la comunidad, nos sustentamos en nuestra filiación divina.

Somos hijos de la luz, no nos escondamos bajo sombras.

Foto por Download a pic Donate a buck! ^ en Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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