Saber improvisar

Antes que nada, conviene aclarar que el título no apunta a que seamos unos improvisados. Este último concepto se relaciona con las personas que, sin orden ni concierto, realizan sus tareas como les va saliendo. Porque la improvisación no es mala en sí, lo malo es este significado. Si entendemos en realidad lo que quiere decir improvisar, de cómo podemos tomar lo que tenemos, sobre la marcha, y hacer con eso algo valioso, entonces seremos capaces de enfrentar la incertidumbre diaria. Pues no se trata de tener todo controlado, sino de saber hacer limonada con los limones que nos caen del cielo. Como los músicos, usando el flow del que ya hablamos en otras ocasiones.

Etimológicamente, la palabra improvisar viene del latín, y significa “sin verlo antes”, relacionada con la locución “de improviso”. En origen, improviso es lo mismo que imprevisto. Por ello el Diccionario de la Lengua define esta acción como “hacer algo de pronto, sin estudio ni preparación”. Sin embargo, dicha definición se me antoja limitada. Me gusta más la que consta en la Enciclopedia Larousse de la Música: “acto de ejecutar una música a medida que se crea”. Por su parte, Arnold Schönberg citaba a Johann Sebastian Bach cuando decía que “la excelencia de una improvisación reside en su inspirada franqueza y sinceridad más que en su elaboración”. Y complementa la idea la soprano y directora Anne-Marie Deschamps-Stroh: “la improvisación se diferencia de la creación por su carácter instantáneo, efímero y por tanto más gratuito que la creación o que cualquier otro ejercicio”. Sin embargo, para mí, la característica clave la da el músico y pedagogo Émile Jaques-Dalcroze: “la improvisación cultivada como arte y como ciencia se apoya en todas las reglas de la armonía y la composición”.

Les cuento mi experiencia: hace ya bastantes lustros, cuando aún ni pensaba que tenía vocación de psicólogo, me dedicaba a mi otra vocación: la música. Entonces, seguí un curso de improvisación (en un par de niveles) con grandes maestros del medio. Y comprendí lo que era realmente improvisar. Fue un aprendizaje de vida, no únicamente musical. Primero, porque aunque este término nos lleva a los solos instrumentales de la música popular, está presente en toda la música de alguna forma. Tan es así, que hasta el siglo XVIII (el de Bach, Vivaldi y Mozart), el músico que no sabía improvisar (componer “ex tempore”) se consideraba un inútil. Segundo, pues esto lo podemos extender a toda arte escénica y -en suma- a cada hecho humano que requiere un ejecutante y un espectador. Por ejemplo, el discurso suele ser improvisado, a menos que se repita al pie de la letra algo previamente escrito. Al fin, improvisar es lo más parecido a hablar: aunque tengamos ideas y conocimientos anteriores sobre los temas, no preparamos lo que vamos a decir. De hecho, ya que esta capacidad de improvisar está en la base de la resolución de problemas, es natural que exista incluso una improvisación aplicada a muchos campos: mercadeo, comunicación, ingeniería, etc. De todas formas el jazz, el género musical donde la improvisación es componente esencial, nos enseña justamente qué quiere decir este concepto y cómo manejarlo.

Charles Limb y Allen Braun, neurocientíficos y músicos, estudiaron resonancias magnéticas que realizaron a músicos de jazz mientras tocaban siguiendo una partitura o improvisando. Quizás no sorprenda saber que el área que se activó en el último caso es donde se localiza el pensamiento creativo y la facultad para resolver problemas. Jacob Levi Moreno, creador del psicodrama (recurso terapéutico donde se actúan las vivencias), manifiesta que los niños son totalmente naturales al momento de improvisar, pero les vamos cuadriculando la mente para que aprendan a seguir normas y reglas. Ojo, que el orden y la estructura también son necesarios (y de esto ya hablé en varios artículos). Y me viene a la mente el inefable cuento de Saint-Exupéry, El Principito, con sus boas tragando elefantes. Esta capacidad de inventar, de ver más allá de lo evidente, se va perdiendo siempre y cuando lo permitamos. Si nos damos oportunidad de improvisar, seremos capaces de mantenerla viva. Antonio Cano, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, nos hace notar que también existen sociedades más rígidas que otras, y que es necesario equilibrar la apertura y la constancia: “son dos rasgos importantes para incrementar la creatividad”.

Al aprender lo que implica improvisar en el jazz, entendí muchas de estas cosas. A ver, aclaremos un poco, por si hace falta: una pieza de jazz tiene una estructura bastante definida, al menos en términos armónicos, y en un primer momento se expone el tema musical sobre el cual luego se improvisa, para cerrar con la reexposición. Este, claro, es un esquema básico que puede ser cambiado. Veamos el standard de Kenny Dorham, Blue bossa, que hizo famoso Joe Henderson: dieciséis compases en la tonalidad de do menor, con breve modulación al IIb. Bastante sencillo, haciendo uso frecuente de una de las cadencias (resoluciones) más comunes, máxime en este género: II-V-I. El patrón melódico también resulta simple. Sobre esta base, luego de exponerla para que el oyente la interiorice, los músicos comienzan a jugar. Y lo hacen usando escalas y patrones rítmicos y melódicos que dominan. Si bien los elementos son mínimos, ninguna improvisación es igual a otra. Podemos reconocer un buen músico de quien no lo es por la manera en la que esos elementos fluyen para crear algo nuevo y hermoso. El flow, el swing.

¿Qué aprendí con esto? Que en la vida debemos prepararnos y tener estructuras para poder sobrellevar los imprevistos. Que nos pasamos improvisando, aunque no nos demos cuenta, cuando sabemos lo que hacemos si bien un movimiento no es igual a otro. Que entramparnos en los moldes nos impide reaccionar, pero también que no tener un sustento sólido nos hace divagar y perdernos. Saber improvisar en la vida es aprender a prepararse, generar un esqueleto sobre el cual ponemos los músculos que nos mueven y que reaccionan ante lo que nos va tocando enfrentar. Por esto he querido traer cinco puntos que debemos tener en cuenta cuando improvisamos, sea música, teatro o la existencia:

  • Percibir la realidad: si oímos bien la exposición del tema, seremos capaces de construir sobre él. Si entendemos la circunstancia, podemos movernos como nos plazca.
  • Aceptar: sin pararnos a juzgar si algo está mal o está bien, fluimos con el momento. Aceptar no significa necesariamente aprobar, sino asumir lo que tenemos para poder usarlo de la mejor forma e incluso darle la vuelta.
  • Proyectar: si el paso anterior es un “sí”, este es un “sí, ¿y…?”. Es decir, entendemos y asumimos la realidad, pero nos proyectamos hacia el futuro buscando a dónde vamos a dirigirnos.
  • Ser honestos: no dudar del camino recorrido ni de lo que nos trajo hasta aquí, más bien responder como sabemos demostrando quiénes somos. El sentido de mi vida no es el de otro, ni cambiará porque surjan inconvenientes.
  • Disfrutar: cuando encontramos en ese fluir un propósito (es autotélico, como vimos en el artículo sobre el reguetón), disfrutamos aunque resulte un problema. Somos constantes en perseguir la meta, no nos obsesionamos con el camino.

Tal vez vivir no sea todo lo tranquilo que quisiéramos porque no todo puede ser previsto. Pero sí es susceptible de ser preparado en el sentido de la improvisación del jazz. No llegamos ahí a ver qué se hace, sino que dejamos fluir todo el entrenamiento previo que hemos tenido. Ni el músico sabe qué nota va a tocar su compañero que le abra la puerta a otra melodía impensada, ni la persona sabe si mañana la vida dará un giro inesperado que le obligue a asumir otros retos. Nuestra existencia es eso, y por eso Cristo nos decía: “bástele a cada día su afán”. Cuando nos preparamos fortaleciendo nuestras virtudes, cualquier vicisitud será un paso más hacia la Gloria. Literal.

Improvisar significa fluir con el sentido de la vida, sin frustrarnos por los desvíos.

Foto por Gustavo Fring en Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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