Expectativa y esperanza

¡Cuántas veces habremos oído o dicho la frase «ya no sé qué esperar»? Tal vez, un par, tal vez millones. El punto es que hay alguien o algo que nunca cambia, que deseamos que no siga molestándonos, incomodándonos, haciéndonos daño. Tenemos las expectativas muy altas, pero hemos perdido la esperanza. Creo que esta idea retrata de cuerpo entero la diferencia entre estos dos conceptos y ahora quiero hablar acerca del saludable equilibrio que pueden tener ambas. Hago la analogía también con el conocidísimo bolero de Osvaldo Farrés, Quizás, quizás, quizás, que compuso al oír que los pretendientes de su hermana la invitaban a bailar y ella siempre respondía con dicho sonsonete. Una muestra de que la esperanza es lo último que se pierde, aunque las expectativas puedan ser nulas.

Al hacer historia de estas palabras, notamos la esencia de su diferencia y a la vez aquello que las conecta. Esperanza viene del latín sperare, y este de spes, relacionada con una raíz protoindoeuropea (*spe-) que quiere decir expandirse, tener éxito. De aquí, como podemos notar, viene también la palabra esperar. En consecuencia, la idea apunta a procurar que algo tenga éxito (lo que esperamos). Por esto, en el Diccionario de la Lengua Española vemos su significado: estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. Si lo relacionamos con la definición teológica («virtud teologal por la que se espera que Dios otorgue los bienes que ha prometido») nos encontramos con una espera relacionada con la confianza. Mientras tanto, el origen del término expectativa está en el latín exspectare, de ex– (hacia afuera) y spectare (mirar con cuidado), por esto relacionada con espectador. Es, por consiguiente, la espera relacionada con la observación. Tiene en el Diccionario dos acepciones: esperanza de realizar o conseguir algo y posibilidad razonable de que algo suceda. Vemos que en cuanto al significado pueden estar conectadas, e incluso resultar sinónimas, pero por sus etimologías buscamos darles sentidos distintos, aunque paralelos.

Ya he topado el tema de la esperanza en muchos artículos, sobre todo en cuanto a ver la vida con misterio y esperanza, y en particular en aquel que trata de la esperanza activa. Citábamos a Bloch cuando decía que la esperanza es la más humana de las emociones, y que nos sobrepasa al volverse colectiva. Nancy María Romero, psicóloga social, la dividió entre activa y pasiva. Recordábamos también la esperanza como la virtud infusa por la cual confiamos en alcanzar los medios para llegar a la vida eterna. Rollo May nos hablaba de cómo la esperanza influye al interpretar nuestras experiencias y valorarlas. Subrayamos el hecho de que el amor lo espera todo, como canta el himno de san Pablo. En cuanto a la expectativa, aunque he escrito mucho menos, también le dediqué el artículo sobre la diferencia entre el yo ideal y el real. Y en este el punto más importante es que la discrepancia entre expectativa y realidad puede originar un fuerte conflicto interior.

Comprendemos, entonces, que la expectativa proviene de esperar algo que juzgamos posible por experiencias previas. Tenemos expectativas de que Lionel Messi haga un gol porque lo hemos visto hacer muchos y de maneras increíbles. Si no lo hace en un determinado momento (partido), nuestras expectativas pueden bajar un poco, pero vuelven a subir si en el siguiente lo marca. Nuestras expectativas, mientras tanto, acerca de que el arquero Alexander Domínguez haga un gol son casi inexistentes pues no le hemos visto marcar ninguno, y si lo hace diremos que superó nuestras expectativas. Vamos construyendo expectativas sobre las personas y las cosas a lo largo de nuestra vida, y las moldeamos conforme a lo que «espectamos».

Comprendemos, entonces, que la esperanza proviene de esperar algo que juzgamos posible porque confiamos en alguien. De ahí la virtud teologal: confiamos en que Dios nos dé los medios necesarios para alcanzar la Gloria Eterna, y confiamos en nosotros para poder hacer uso de dichos medios. Confiamos en Messi para ganar el campeonato, aunque en realidad termine sin intervenir demasiado. Vamos construyendo nuestras esperanzas en las personas que conocemos a lo largo de nuestra vida, y las alimentamos o las desechamos si dichas personas hacen cosas que nos agradan o nos decepcionan. En resumen, expectativa y esperanza pueden resultar sentimientos complementarios que nos ayuden a darle sentido a nuestras relaciones y nuestros actos.

El problema con la expectativa y la esperanza está cuando no están ordenadas. Cuando la expectativa se cimienta en apreciaciones erradas o en creencias sin sustento. Cuando la esperanza no se fundamenta en lo que realmente podemos esperar sino en lo que quisiéramos que suceda. Cuando la esperanza es pasiva o la expectativa es demasiado alta. Cuando están totalmente divorciadas o se confunden en una sola. Cuando, en suma, no sabemos si lo que esperamos es factible y viable o si es un juego de nuestra imaginación apuntalado por narrativas fantásticas de otros.

Aquí podríamos hablar horas, pero quiero graficar con un ejemplo. Una chica comienza la relación con un chico y le molesta que él observe demasiado fijamente a otras mujeres. Cuando ella le reclama, él dice que no hace nada malo, «se puede mirar el menú sin pedir los platos». Ella piensa: «mientras más se enamore de mí, menos necesitará ver a otras». ¡¡¡ERROR!!! Es una expectativa demasiado alta: él no va a cambiar si ni siquiera tiene intención de hacerlo. Pasan los años, y él ha pasado de la simple ojeada al coqueteo descarado, y ella ha tenido peleas muy fuertes donde él se justifica diciendo que no puede evitar ser tan encantador. Ella considera que con el tiempo ella le va a hacer dar cuenta de lo mucho que le hieren esos flirteos. ¡¡¡ERROR!!! Es una esperanza basada en la confianza desmedida en las propias capacidades de convicción y en el interés del otro en buscar el bien de ella. Tiempo después él le ha sido infiel varias veces, y ella piensa que es su culpa porque no le ha hecho sentir amado y considera que debe esforzarse más en serle atractiva. ¡¡¡ERROR!!! Una falsa esperanza surge de echarse toda la responsabilidad de la relación sobre los hombros. Igual, existe una expectativa irreal de que las parejas funcionan porque hay más escenas románticas (como se ve en las películas).

El secreto de la felicidad pasa por ver el futuro con misterio y esperanza y en tener expectativas realistas sobre las situaciones y las relaciones. No podemos construir una relación sobre suposiciones y malos entendidos, que generan expectativas demasiado altas y falsas esperanzas. Debemos hacerlo sobre la obediencia a la realidad, encontrándome con el otro para llegar a conocerlo y amarlo con todas sus caras, las bonitas y las feas. Y edificando una esperanza que nace de lo que somos capaces de trabajar nosotros, pero también en lo que podemos esperar en el otro, creando expectativas que se ajusten a lo que él nos ha mostrado. Solo entonces podemos vivir el misterio del día a día con todos los retos que implican conectarnos con los demás a través del amor.

Y solo entonces esperaremos lo que es verdaderamente posible.

Imagen de Pexels en Pixabay

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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