Merecidas vacaciones

Sí, cuando leas esto, yo estaré de vacaciones. Algo que en mi profesión, como en muchas dedicadas al servicio de la salud de otros, puede resultar difícil de llevar adelante. Claro, mis clientes están en un proceso de sanación que ha de interrumpirse porque yo debo desconectarme. Y hay que subrayar estas últimas palabras, pues muchas veces se piensa que el individuo que se da un descanso es un privilegiado, y hasta un irresponsable. Es que vivimos en una sociedad utilitaria que pretende hacernos pensar que nuestra vida solo vale la pena si nos mantenemos ocupados. Mejor aún si a esa ocupación le llamamos trabajo y nos pagan por ello. Una consecuencia natural de esta visión es sentir que merecemos las vacaciones. ¿Cuál es el parámetro sobre el que nos basamos para saber si lo que hemos hecho nos hace acreedores de tiempo libre?

La palabra vacación deriva del latín vacans (de donde también viene ‘vacante’ y ‘vagancia’), participio del verbo vacare (estar libre, desocupado) y este de vacuus (vacío). En la antigüedad era el tiempo en el cual una plaza laboral quedaba disponible, por lo que la idea doble de tiempo libre y ocioso está presente en la historia misma del término. En el Diccionario de la Lengua permanece el significado de puesto vacante junto al principal: “descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios”.

La mentalidad de muchas sociedades es que se debe trabajar más tiempo para rendir más, lo cual es desmentido por bastantes experiencias. Un estudio realizado por una transnacional de servicios, indica que por cada 10 horas de vacaciones que recibe un empleado, su evaluación del desempeño mejora en un 8%. Según otro estudio, realizado por la Organización Internacional del Trabajo, menores horas laborables se asocian con una mayor producción por hora. En cuanto a la legislación sobre los períodos de vacaciones pagadas, a pesar de que varía mucho entre los distintos territorios, constatamos que economías saludables como Finlandia, Kuwait o Andorra tienen alrededor de un mes libre, aunque también vemos a países pobres como Burkina Faso o Camboya en este rango. Al otro lado tenemos a México o China que solo tienen una semana al año (o menos) de descanso, si bien cuentan con períodos similares Tailandia, Hong Kong o Singapur. Y un caso especial es el de Estados Unidos, que no garantiza un tiempo vacacional por ley, si bien ciertos estados lo hacen. También entra en este campo la cantidad de feriados, que en Colombia o India son 18 y 16, respectivamente; en el otro extremo está -de nuevo- México, con 7 días.

Todo esto me lleva a citar a John Lubbock en el siglo XIX: “el descanso no es una ociosidad, y tumbarse a veces en la hierba bajo los árboles en un día de verano, escuchando el murmullo del agua, o viendo las nubes flotar en el cielo, no es en absoluto una pérdida de tiempo”. Son interesantes los hallazgos de Mary Helen Immordino-Yang, Joanna A. Christodoulou y Vanessa Singh que corroboran el pensamiento del estudioso en matemáticas y astronomía inglés: encontraron que cuando las personas descansan despiertas en el escáner de resonancia magnética funcional, sus mentes divagan y activan el llamado modo por defecto (default mode, DM) de procesamiento neuronal que está relativamente suprimido cuando la atención se centra en el mundo exterior. La evidencia acumulada dice que los sistemas cerebrales DM activados durante el reposo también son importantes para el procesamiento psicosocial activo y centrado en el interior; por ejemplo, cuando se rememoran recuerdos personales, se imagina el futuro y se sienten emociones sociales con connotaciones morales. De esta manera, la atención interna constructiva genera cambios a nivel neuronal que ayudan a la autorrealización, crea conductas proactivas y que mejoran no solo la calidad de vida de la persona, sino su aporte al entorno.

Tomando en cuenta todo esto, pienso que es claro que nadie puede saber quién merece o no unas vacaciones. Cambiar de actividad, de ambiente, de compañía y -sobre todo- pasar de la atención a las exigencias cotidianas hacia la vida interior es necesario para cada uno, sea cual sea su ocupación o su carga laboral. No importa si laboras diez horas semanales o noventa, y es secundario si ese trabajo es físico, mental o espiritual. Porque no solo se trata de recuperar fuerzas, sino de darle una oportunidad al cerebro y al corazón de desarrollar otros aspectos existenciales. Le llamamos descanso, aunque en realidad no es un tiempo ocioso, como decía Lubbock.

Es verdad, y no podemos negarlo, que existe también un estrés vacacional. Las causas son múltiples: adicción al trabajo, malestar económico, temor al cambio, angustia ante lo incierto, preocupación por dejar tareas inconclusas, etc. Y también el postvacacional: el sentir que se descansó muy poco o lo abrumador de retomar las labores que se han ido acumulando. Así que no mucho podríamos decir de merecer las vacaciones cuando es probable que también enfrentemos emociones negativas con ellas. El enfoque, es claro, tiene que ser hacia los provechos que obtenemos de este “tiempo fuera” en lo psicoafectivo.

Yo he tenido siempre de una forma natural, sin proponérmelo, un cuidado por el espacio de descanso. Seguramente tiene que ver con aprendizajes desde la infancia, pero no los puedo detectar en concreto. He valorado el horario de trabajo y la desconexión de las preocupaciones fuera de él. He dedicado un tiempo sagrado al encuentro familiar en los momentos de las comidas. No siempre la cumplo, pero valoro la siesta y trato de no descuidar las horas de sueño por la noche. El domingo, incluso antes de mis convicciones religiosas, siempre fue el día reservado para el encuentro conmigo mismo, la familia y las actividades recreativas (puedo contar con los dedos los domingos que he trabajado). Y, por supuesto, le doy importancia crucial a las vacaciones. Debo reconocer que no me resulta fácil, porque la mentalidad utilitaria a veces me gana y me hace sentir juzgado. Pero estoy consciente de que todos esos espacios son fundamentales no solo para relajarse, sino también para crecer.

En un mundo donde se valora a la gente por lo que tiene y no por lo que es, por lo que aparenta y no por su esencia, por lo que gasta y no por lo que logra, es complicado dar importancia a las vacaciones. Por esto, si las tomamos suele ser porque -supuestamente- las merecemos: nos hemos “sacado el aire” trabajando durante el año y nos ganamos unos días libres. Debemos cambiar esa mentalidad: la utilidad de las vacaciones está más allá del descanso por el esfuerzo, es un recurso que nos permite dar una mirada a nuestro interior, a las cosas que hemos descuidado, a las relaciones que tenemos más cerca y no les dedicamos tiempo. Las vacaciones son momentos de oro para volvernos a encontrar con nosotros mismos.

Darnos unas vacaciones es regalarnos la posibilidad de crecer y fortalecer los lazos.

Foto de Nubia Navarro (nubikini) en Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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