El que toca el triángulo

Solemos menospreciar a quien parece cumplir un rol menor dentro de un conglomerado. Recuerdo una anécdota de mis amigos, el grupo musical Alfareros de paz. Resulta que a una de las cantantes le pusieron a tocar el triángulo. Aparentemente, un instrumento muy sencillo al cual solo hay que golpear con el palito y ya. Solo. Llegado el momento, ella se dispuso a tocar su nota con dedicación, pero con tan mala fortuna (o destreza) que la baqueta apuntó al espacio que hay en uno de los vértices del instrumento. El resultado fue el silencio, seguido de la risa nerviosa de todo el grupo. Es para mí la muestra clara de que cada papel es importante dentro de un colectivo, y por tanto no puede ser tomado con desprecio. Muchas veces nos sentimos minimizados como personas porque no somos protagonistas de una actividad o una organización. La consecuencia suele ser una polarización entre individualismo y colectivismo. Veamos por qué esto resulta un error.

Comencemos señalando que el triángulo no es un elemento de tercera en las agrupaciones musicales. James Blades, reconocido percusionista, considera que “el triángulo no es de ninguna manera un instrumento fácil de tocar”. Esto me lleva a traer a colación a Robert Schumann, quien en los consejos incluidos en su Álbum para la juventud señalaba que “si todos quisieran ser primer violín, ¿cómo sería posible formar una orquesta?”. Una idea que subraya la importancia de la labor de cada individuo para alcanzar los resultados. Dentro de la Teoría general de los sistemas, Bertalanffy considera que en los sistemas abiertos (que suelen ser todos) lo que pasa en un susbsistema (el individuo) influye en los otros sistemas. Me interesa en particular la idea de sinergia: el funcionamiento del sistema no puede entenderse solo a partir de la suma de sus elementos, sino que la interacción entre ellos conduce a un resultado diferente en sus cualidades. Una idea muy gestáltica, por otra parte. Y algo que se conecta con la exhortación de San Pablo en su primera carta a los corintios, en la cual habla de que cada uno, con sus particulares características y funciones, forma parte del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia.

En esta carta me parecen muy gráficos los ejemplos que nos da el apóstol de Tarso: aunque el pie o el oído dijeran que, como no son mano ni ojo, no son parte del cuerpo, no por eso dejarían de serlo. Y si todo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído o el olfato?, y si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Ningún órgano le puede decir a otro “no te necesito”. Las partes del cuerpo más débiles son las más necesarias. Me gusta sobre todo esto: “si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él”. Y cierra: “ustedes son cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él”. En una sociedad individualista, el ojo pretende ir solo por la vida. En una colectivista todos los órganos juegan a ser manos y conformar un cuerpo. El individualismo haría música con un triángulo en su cuarto, el colectivismo formaría orquestas de triángulos.

Me viene a la mente aquella canción del Último de la Fila de inicios de los noventa: Como un burro amarrado en la puerta del baile. Habla de un enamorado que no es correspondido por no ser nadie (ni profesional, ni física, ni económicamente), y creo que la fotografía del burro es muy clara. Es la sensación de quedarse fuera de la acción por ser un individuo de última categoría. “A galeras, a remar”, es otra expresión popular que se usa en dicha letra. Es decir, no tienes más que aguantar las consecuencias. Yo me rebelo contra esta idea. No podemos considerarnos nada por no estar en la pista con la masa, sea porque nos hicieron de lado o sea porque nosotros mismos nos separamos. Debemos entendernos como seres sociales; es decir, individuos que tienen un valor único que aportar a su entorno.

Nosotros mismos somos un sistema: estamos construidos de partes inseparables. No soy solo corazón, no soy solo cuerpo. Soy yo, un ser integral. No por nada San Pablo usa esa metáfora. Sin embargo, no es raro que separemos algún componente de nuestra esencia o le demos prioridad a otros. El pensar, por ejemplo, que un dolor de espalda tiene que ser meramente fisiológico y curarnos con pastillas, o considerar que no necesitamos de médicos o psicólogos porque nos basta la oración. Como querer tocar la quinta sinfonía de Beethoven con los clarinetes, nada más. ¿Dónde quedaría el cello, por decir algo? Podríamos visualizar a ese componente olvidado como el burro en la puerta del baile. Nosotros, subsistemas, no podemos considerarnos un rompecabezas de piezas inconexas. Como tampoco somos piezas inconexas de grupos humanos que más bien resultarían amasijos de gente.

La imagen de la orquesta es perfecta para entender la importancia del papel de cada uno en el conglomerado humano y los distintos colectivos donde nos desarrollamos. Es un papel que me compete solo a mí y a nadie más. No podemos sustituir un corazón por un pie. La Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák no sería fiel a la intención de su autor si en lugar de un platillo pondríamos dos triángulos. Entender esto es saber que detrás de mi sentido de vida está un único ikigai, una sola vocación-misión: la mía.

Vivimos en un mundo que pretende “normalizarnos”; o sea, ajustarnos a una norma, a un estándar. Que pensemos igual, creamos igual y -por tanto- actuemos igual. Un mundo que, en sus contradicciones, nos dice además que la verdad no es una, sino que hay tantas “verdades” como personas. Nos desvanecen el piso porque nos quitan individualidad haciéndonos sentir culpables por ser quienes somos y a la vez cuestiona que podamos seguir a alguien que nos muestre lo que es verdadero, bueno y bello. Nos dicen que debemos ser violinistas aunque solo sepamos tocar el triángulo y que no le hagamos caso al director ni al compositor, sino que vayamos a nuestro aire.

En este siglo contradictorio, la respuesta está en el Cuerpo Místico de Cristo, no solo en tanto Iglesia, sino incluso como reflejo de la realidad humana. Una realidad que nos da valor como personas, sin dejar de ser miembros de comunidades. Asumamos nuestro lugar en esas comunidades, en esos sistemas, y sintámonos responsables de ese rol único e irrepetible. Solo entonces podremos andar seguros la ruta de la vida con propósito. Ser el que toca el triángulo y dominarlo para brindar una ejecución impecable dentro de la sinfonía.

Acompañados por otros individuos en una vía hacia la felicidad.

Imagen de Juliana Ju en Pixabay

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

2 comentarios sobre “El que toca el triángulo

  1. Sinceramente creo que es completamente cierto, una orquesta no puede ser la misma sin los trombones o los segundos violines, actualmente todos quieren ser iguales (al menos yo veo esto en los demas de mi edad) y no quieren ser lo que son, se forzan a ser lo que la sociedad muestra como el primmo violin.
    Me di cuenta de que quieren pensar por nosotros, y a hacerlo no somos nosotros mismos,
    Muchas gracias por darte el tiempo de escribir, es muy hermoso lo que cuentas, me dan muchas ganas de pensar un poco más.
    Me esforzaré por ser la mejor en el triángulo, por supuesto ayudada por Dios!

    Le gusta a 1 persona

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