Sábado

La semana pasada hablaba de las vacaciones, y ahora quiero poner mi mente en modo vacacional. Después de todo, sigo en mi temporada de asueto. A propósito, me sorprendí al descubrir que el significado original de la palabra asueto es “acostumbrado”. ¿Esto quiere decir que los días libres son parte de una costumbre? Ahí se los dejo. Hablaba de que este es un artículo que refleja cómo se pone el cerebro a descansar. Una forma de hacerlo, claro, es dormir, y de esto ya hablé cuando publiqué que no quería pensar. Hoy, la idea es aplicar la vacación a la mente. Es decir, no descansar, sino cambiar de ambiente. Por eso, este escrito no tiene mucho que ver con ninguno de los otros que existen en este blog.

Es necesario, cuando tu cerebro está abrumado por la atención que merece el día a día, ponerlo en modo stand-by. Porque si no lo haces de manera consciente, incluso puede pasar que las neuronas lo hagan por ti. Es lo que se conoce como síndrome de fatiga crónica, que anteriormente se llamaba surmenage (sobre-esfuerzo, o exceso de trabajo, en francés). Mareike B. Wieth y Rose T. Zacks hicieron un estudio sobre cómo la creatividad se desarrolla mucho más en los tiempos “no óptimos” del día; o sea, los óptimos son las horas del día en las cuales las personas están más activas para sus labores cotidianas el cerebro está más “prendido” para las tareas normales y la resolución de problemas abstractos. Sin embargo, los problemas más complicados que requieren “pensar fuera de la caja”, como se dice, se resuelven mejor cuando el cerebro está fuera de esas “horas óptimas”. Mejor, descansando. No por nada se dice que hay cosas que hay que “consultar con la almohada” (o en inglés ‘sleep over‘), por lo cual uno se va a dormir y no es extraño que se despierte con la solución.

Aquí no voy a llegar a tanto, pero voy a hablar de algunas cosas, quizás inconexas. Lo primero que quiero contarles es que cuando comencé a escribir (lo que llamaba literatura) estudiaba la secundaria por la tarde, así que tenía el horario cambiado. Llegaba a mi casa alrededor de las 8 de la noche, y luego de comer y ver alguna serie de televisión en familia, me encerraba a dar rienda suelta a mi creatividad. No me acostaba hasta las 2 o 3 de la mañana, con tiempo de lectura previa, y por eso me levantaba a las 10 u 11 del día siguiente. A esa hora, luego de desayunar, hacía mis tareas y volvía a la rutina escolar después de almorzar. En esos tiempos comencé a tener un hábito de escritura que me permitió aprender a manejar mi idioma, pero sobre todo a entender como funciona mi mente creativa. Y en qué horarios.

Durante mucho tiempo, pensé que era un animal nocturno, pero se debía a las costumbres que me había impuesto por las circunstancias. Hoy, en otras circunstancias y con otras costumbres, soy más bien de actividades diurnas. No obstante, cuando quiero ser creativo busco la noche. Aunque ya no hago tanta literatura ni compongo tantas canciones (de esas que siguen en el cajón), la noche y muchas veces la madrugada es el horario elegido para hacerlo. No pocas veces me he levantado en el medio de la noche a escribir de un tirón algo que necesitaba crear. Y qué decir de los problemas. Llega un momento en el que dejo que todo quede ahí, porque sé que muy probablemente al día siguiente me despertaré con un enfoque distinto del asunto.

Hoy, decía, estoy en stand-by mental. No quiero desarrollar ideas, quiero crear y dejar que las palabras vayan jalando el hilo. Y aquí va la otra cosa, que ya he escrito en anteriores ocasiones: escribir me encanta. Pero trato de ser meticuloso en esto: escojo las palabras, doy vuelta las frases, moldeo las oraciones para transmitir adecuadamente las ideas que busco. Trato de no dejar nada al azar. Aquí y ahora quiero vivir el aquí y el ahora de lo que estoy digitando. No quiero esculpir, sino exhalar. Pues recuerdo la palabra griega neuma (πνεῦμα): viento, soplo, pero también espíritu. O psique (ψυχή), aliento de vida, alma o pensamiento. Como cuando el moribundo da su último suspiro, pero también como cuando Dios sopló sobre su creación máxima, el hombre, para darle vida. Aliento, espíritu, conocimiento. Aire.

Es el aire que uno necesita para oxigenar la vida, que de vez en cuando se nos vuelve demasiado pesada para cargarla. Hoy necesito ese aire y por eso me dejo llevar. El Espíritu (neuma) me va guiando. ¿Qué vendrá después? No lo sé. Quiero usar este periodo para darle ese aire y para usar la creatividad que surja de él para apretar tuercas y aflojar tornillos, construir un nuevo rumbo. Crecer. Fluir como el río, con el río.

Seguro mañana será mejor.

Foto por studioroman en canva

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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