Tengo derecho a rehacer mi vida, pt.2

Continuemos con lo visto en el artículo anterior. Esta vez, veamos aquel individuo que se siente muy herido por una relación y busca encontrar la salud en otra, tiene la idea de que la vida le debe esa oportunidad de comenzar de cero. Analicemos un poco si realmente esto es posible, tomando en cuenta que habíamos entendido ese “rehacer la vida” como la obligación de reconstruir nuestra integridad, sin ocultar las heridas, sino dándoles valor.

Entendíamos este deber como un paso a la autorrealización (Maslow), atendiendo al sentido de vida (Frankl), y como una respuesta positiva a la ansiedad que produce el problema con el otro (May). Lo que estamos olvidando es que no se trata solo de rehacer una vida, sino que la otra también estará deshecha y, como es lógico, la relación igual. ¿Se pueden rehacer dos vidas, se puede rehacer el lazo que las unió en un inicio? Si hay amor, es de esperar que sí. Porque recordamos el himno al amor de san Pablo.

Si es mi deber recoger los pedazos de mi ser para reconstruirme y brillar, luego es obligatorio tratar de curar la relación. Es cierto que, en ocasiones, esa curación implica distancia. Primero, porque para poder rehacer un vínculo deteriorado o roto se necesitan dos, y no siempre están en la misma página; pero también porque hay lazos que nacieron muertos. Con respecto a esto, debo decir que no se trata de otra cosa que la voluntad de compromiso, de la cual ya hablé, pero también del amor verdadero: sin amor y sin compromiso, ninguna relación tiene futuro.

Por esto, tengo derecho a rehacer mi vida, efectivamente, pero eso no implica destruir la de otro. Hay gente que piensa que es la única que resultó dañada en una relación. A veces, con justa razón (sufrió violencia, infidelidad, abandono, etc.). Sin embargo, ocurre que ese daño es síntoma de un vínculo desgastado o -incluso- inexistente. Nunca hubo amor, es difícil que ahora nazca. Como ya vimos en otras publicaciones, se pudo confundir con atracción, conveniencia, cariño, gratitud…

Una vez una paciente/cliente me decía que sabía que todavía había amor en la pareja, pero que estaba debajo de una montaña de basura. Esa me parece la imagen perfecta de lo que sienten las personas que han estado viviendo una relación repleta de problemas. Se pueden hasta olvidar de que alguna vez se amaron. El chiste está en reencontrar ese amor debajo de los escombros, de la pila de errores y maltratos, de incomprensiones y heridas, de diferencias y debilidades. El chiste está en reencontrarse. Cada uno a sí mismo, al otro y al vínculo. Pues aun entonces, se puede escarbar y hallar lo que sintieron en un inicio el uno por el otro. Lo que les atrajo y los mantuvo juntos cuando todo parecía un campo de rosas. Porque eso sigue ahí, simplemente está roto. Kintsugi urgente. Yo he sido testigo de muchas parejas que han reconstruido un matrimonio donde ya no había sino insultos y agresiones. Se trata de entender que esos son síntomas de algo más profundo que hay que trabajar.

Una parte que me encanta del himno de la Primera de Corintios es que el amor lo espera todo. La frase completa dice que “perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo.” La idea es que el amor verdadero y ordenado no se deja ganar por los problemas, por duros que sean, sino que les da un sentido. Porque hay dos luchando por eso. Cuando no hay amor, nada puede tener sentido, y por tanto tampoco solución. ¿Se puede arreglar una máquina que fue armada con piezas que no empatan, sin cableado ni engranajes? Pero el amor lo espera todo, porque espera no solo al otro, sino a uno mismo, y espera en Dios. Nadie puede seguir esperando a alguien que no va a llegar, pero cuando uno sabe que sí lo va a hacer, puede esperar hasta el otro día, o semanas o meses.

Entonces, el amor todo lo espera porque sabe qué esperar. Esa es la virtud de la esperanza. Y es activa. No es una ilusión falsa en un imposible, es la certeza de algo que no se ve, pero que confía que está. Y no lo hace solo, lo hace con el otro, junto al otro y por el otro. En el kintsugi, la fase central del proceso es la espera. Luego del accidente (la rotura del objeto), que implica el trabajo de reunir los pedazos, viene el armado. Quien no está familiarizado con este arte, podría pensar que esto es el último paso: tomo la pieza rota, vuelvo a juntar sus trozos y los pego. Pero no, para la mentalidad paciente del oriental, la parte más importante es la espera: el objeto rearmado debe reposar en una caja cerrada para secarse. Recién cuando ha pasado ese período de una semana o dos se repara cualquier error en la pieza (se pule el material sobrante, y se aplica laca protectora); solo entonces se espolvorea el oro que permitirá la última fase: revelar el objeto en todo su esplendor.

Una relación rota debe esperar luego de tratar de juntar sus pedazos. Que respire, que tome aire. Recién entonces se puede ver qué hay que pulir, qué hay que corregir. Y después de este delicado y meticuloso trabajo, podemos revelar la relación que hemos rehecho desde sus cenizas. Porque el ojo conocedor sabe que aún detrás de ese desastre hay una joya que ansía ver la luz. No podemos saltarnos ningún paso: reconocer el accidente, recoger los pedazos, tratar de pegarlos… Y esperar. Solo en ese instante podremos ver qué podemos pulir antes de darle otra dimensión a nuestro vínculo. Entre dos, nos rehacemos y rehacemos lo que nos unió.

Para alcanzar la luz, hay que esperar en la oscuridad, con fe y con amor.

Photo by burak kostak on Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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