Tengo derecho a rehacer mi vida

Cuando oímos estas palabras de labios de una persona, inmediatamente pensamos que se ha divorciado y quiere buscar otra pareja. Puede tener la edad que sea y haber durado un par de meses o cuatro décadas con ella. Da igual si es hombre o mujer y si tiene hijos o no. El caso es que ha sufrido mucho en su matrimonio, y sueña con una relación diferente, en la cual no se sienta dañada. Es comprensible su dolor y su deseo de no volver a vivir lo mismo, pero… ¿tiene derecho a rehacer su vida?

Cabe entender esta angustia dentro de las necesidades de pertenencia que hallamos en la mitad de la pirámide de Maslow. Sin embargo, lo ideal es impulsarla hasta el último escalón, la autorrealización, a través de la búsqueda del sentido de la vida como una fuerza primaria de sus impulsos instintivos, a decir de Frankl. Podría ser, en esta orientación, la ansiedad positiva de Rollo May. Como ya hemos hablado en otros artículos, se trata de darle un propósito a lo que estamos viviendo, de manera que lo entendamos como un camino de crecimiento, no solo a pesar del sufrimiento, sino gracias a él.

En consecuencia, ¿derecho a rehacer la vida? Primero revisemos ligeramente la palabra “derecho”, que tiene más de veinte significados que surgen de su origen etimológico, la raíz indoeuropea *reg, que indica algo recto. En este caso, hablamos del poder conferido a los individuos a causa de ciertas normas, lo que se llama derecho subjetivo. Como el derecho a la vida, al buen nombre, a la libertad de culto, etc. Yo suelo decir, de todas formas, que cuando pensamos en derechos, consideramos que alguien nos debe algo por alguna razón. “Tengo derecho a que me atiendas”. Pero, ¿qué norma te ha dado ese derecho? ¿De dónde proviene? ¿Es realmente algo “recto”?

Por su parte, “rehacer” también puede tener algunas connotaciones. Si consideramos que implica volver a hacer lo deshecho, ¿se puede volver a hacer una vida deshecha? ¿Es capaz una relación tóxica de destruir una vida? Quizás estamos hablando más bien de reparar lo deteriorado. Entonces, viene a mi mente el arte japonés del kintsugi. Esa manera de volver una joya a una pieza rota. Sin ocultar las grietas, sino más bien resaltándolas y haciéndolas brillar. En este sentido, me parece que no solo tengo el derecho, sino el deber de rehacer mi vida cuando las circunstancias me han roto.

El centenario arte de reparar con oro

Recuerdo entonces dos canciones: Quebrado, de Pedro Aznar, y Anthem de Leonard Cohen. Son temas que hablan del dolor, pero para darle un significado de crecimiento, tratando de entenderlo. Cohen canta “Hay una grieta en todo / Así es como entra la luz”, implicando que el sufrimiento es parte de toda vida, pero sin él no podríamos entenderla. Mientras Aznar reconoce que tras la herida hay un ser vulnerable que puede ser más grande aunque no sabe cómo y tiene miedo: “Detrás de esta máscara / Hay un chico asustado”.

Si bien la búsqueda de pertenencia es un pilar en nuestro camino a la autorrealización, eso no quiere decir que no podamos ser felices solos y por nosotros mismos. Asimismo, tener una relación que no es sana no es señal obligada de que esta no pueda llegar a serlo nunca. A veces, buscamos huir de una persona porque creemos que es la causa de nuestro dolor; sin embargo, puede ser que vayamos saltando de pareja en pareja y encontrándonos con el mismo dolor, porque no viene del otro, sino de nuestro interior. Crecer implica entender nuestra cuota de responsabilidad en nuestras propias heridas y cambiar en nosotros lo que haga falta. Los dolores no son males en sí mismos si pueden llevarnos a hacernos más fuertes.

Rehacer la vida no es un derecho, más bien es un propósito. No significa casarse una vez más, sino recomponer lo deshecho, aun con la misma persona o sin nadie. Resiliencia, como ya hemos visto en alguna publicación anterior. Tomar los pedazos que dejó el dolor y ponerlos en su lugar, no esperando borrar las heridas, sino que sean el espacio que permitió entrar la luz. Dejando de lado el miedo y evitando el resentimiento (sentir una y otra vez). Juntando los pedazos y convirtiendo este cacharro destrozado en una joya para la eternidad.

Creciendo con cada caída, reponiéndonos de todo dolor, con amor y con sentido.

Photo by burak kostak on Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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