¿Qué es una relación saludable?

¡Cuántas veces hemos comentado sobre dos personas que tienen una relación tóxica? Es posible que lleguen a cientos. Pero, ¿qué es una relación tóxica? Y, por contraste, ¿qué es una relación no-tóxica, es decir, saludable? Tal vez es más fácil darse cuenta de qué es dañino, aunque no tanto saber qué es sano. Pretendo encontrar aquí algunas claves, que se suman a las ya dadas en artículos anteriores donde escribí sobre el amor.

Cuando se considera al ser humano como un animal más, entendemos la vida como una permanente supervivencia y búsqueda de equilibrio (homeostasis). Sin embargo, es bastante más, pues es un ser racional y consciente. Entonces, en una relación no pretendemos únicamente generar alianzas para seguir vivos y en calma. Abraham Maslow decía “el principio simple y más importante subyacente en todo el desarrollo humano saludable… es la tendencia a la aparición de una necesidad nueva y más elevada, cuando la inferior se ha completado por medio de una satisfacción adecuada”. Luego, no buscamos confort en los vínculos, sino crecimiento. Si no es así, algo está dañado, y nos enferma incluso hasta la muerte (según Daniel Goleman).

Aprendemos a relacionarnos en nuestras primeras relaciones: en la familia. Del apego primario pasamos al amor. Pero si esas relaciones no son sanas, no podemos construir vínculos saludables fundamentados en el amor. Siempre digo que cuando hablo de relaciones me refiero tanto a la que tengo con el tendero de la esquina como con mi madre, mi esposa o Dios. No en cuanto a que sean iguales en sus funciones y el lugar y prioridad que tienen en mi vida, sino en que se desarrollan de maneras similares y poseen requerimientos análogos. Entonces, cuando hablo de relaciones saludables, no solo menciono a relaciones de amor erótico (de pareja), sino de todos los tipos de amor. Es por eso que si no tuvimos esos vínculos saludables de niños, difícilmente sabremos cómo reaccionar frente a los demás, no solo en el matrimonio.

Sin embargo, eso me condiciona pero no me determina. Siempre puedo aprender, porque el amor es un arte (como es usual, Fromm). Escapar de las relaciones que me causan daño no implica dejar de tenerlas, sino hacerlo mejor cada vez. Puede resultar una lucha, pero es una buena lucha: me fortalece y vuelve más sólidos mis vínculos. Para esto debo entender en dónde flaquean, y cuáles son mis puntos débiles. Toda relación es de dos, pero comienza por mí. ¿Qué puedo hacer para sanar mis relaciones?

1. Bajar al otro del pedestal. Con el fin de evitar la disonancia cognitiva, nuestra mente suele enfocarse en lo bueno de la otra persona, o incluso en el ideal de pareja que he puesto en ella. Mi inconsciente me protege de esa manera de sufrir ante sus defectos. El choque con la realidad no solo es inevitable, sino también devastador. Es como cuando me compro un teléfono por la propaganda y mientras lo uso trato de pasar por alto sus inconvenientes hasta que deja de servirme.

2. Bajar a la relación del pedestal. Conviene, ya se habrá notado, diferenciar la persona de la relación que tenemos con ella. Y en ese sentido podemos también pensar que la relación es un campo de rosas aunque sea un campo minado. El otro puede ser maravilloso y yo también, pero eso no quiere decir que la relación entre nosotros deba ser igual de maravillosa. Esta idealización es natural al iniciar una relación, pero no puede perder contacto con la realidad y mantenerse así por siempre (ese cuento de que el amor es ciego). En el ejemplo del teléfono, sería como pensar que, ya que es el mejor del mercado es justo lo que necesito, negándome a ver que no me sirve.

3. Sacar al otro (o a la relación) del basurero. Esto funciona cuando nosotros lo pusimos ahí, no cuando él mismo lo hizo. Es usual fijarnos únicamente en los errores de los demás para condenarlos y encarcelarlos en esa jaula mental que les construimos. Esto impide que podamos ver a la persona tal cual es, con sus virtudes y defectos, con aciertos y errores. Y una cosa parecida puede pasar con las relaciones. Como si nos compráramos el teléfono para tenerlo en un cajón porque no me gusta el timbre que tiene.

4. Evitar el aislamiento. Hay casos en los que uno de los dos pide (peor si presiona u obliga) al otro a alejarse de los demás. Recuerden que hablo de relaciones en general, no solo de pareja, ni de que esta pide exclusividad en el sentido de no admitir otro vínculo erótico paralelo (o sea, no hablo de la necesaria huida de los triángulos amorosos). Las relaciones autorreferenciadas están condenadas al fracaso. Una relación se alimenta de las otras, no las excluye. Si tengo una buena relación con mi padre, es más fácil que pueda ser un buen esposo, un buen padre, e incluso un buen profesional. Sería como tener un teléfono y no utilizarlo para comunicarme con otras personas, sino solo para jugar solitario.

5. No meter a otros en la relación (ni dejar que se metan). Al contrario de antes, se acude a terceros para solucionar problemas. Obvio, no me refiero a pedir apoyo (sobre todo profesional) o aceptar consejos que brinden perspectiva. Dos personas que no confían en ellos mismos para construir una relación, aun cuando sea difícil, no son capaces de aprender juntos esas habilidades. Además, no hay nadie que sepa mejor la realidad interna que los involucrados. Por esto, recordemos que dar apoyo no es solucionar por el otro (“dar solucionando”, como decimos en Ecuador). Algo similar pasaría si, en lugar de tratar de arreglar el teléfono (y llevarlo a un técnico si hace falta) les diría a otros que tengo problemas, a ver si ellos pueden arreglarlo mientras yo solo me quejo, y encima llorar si no lo logran.

6. Huir del control (y del fantasma del control). No se trata de mera manipulación (todos de alguna forma somos manipuladores), sino de querer hacer del otro lo que yo quiero que sea. Es más, que sea yo, un clon mío. Tampoco podemos permitir que hagan eso con nosotros. Pero la contraparte es creer que los demás quieren eso de mí. Aconsejarle a otra persona que haga tal o cual cosa por su bien no es querer controlarlo, sino desear lo mejor para ella. En el ejemplo del teléfono, es como decirle al aparato que adivine lo que yo quiero hacer, o dejar que escoja mi horario, o que lo deseche porque me despliega sugerencias de qué leer u oír.

7. Combatir el miedo y la mentira. Cuando no somos honestos ni con nosotros mismos ni con el otro, la relación se funda en arenas movedizas. Ninguno de los dos puede saber qué nos une. El miedo (a ser rechazado, a estar solo, a sufrir, a no poder mantenerse, etc.) es un consejero mentiroso. Nos obliga a manipular y a dejar ser manipulados. Como cuando no queremos perdernos ninguna notificación del celular por temor a ser excluidos y lo mantenemos prendido todo el tiempo, como si en él estuviera nuestra vida.

8. Encontrar el propósito de la relación. Conectado con lo anterior, hay que cuestionarse siempre si mantengo un lazo con alguien por las razones adecuadas. Toda relación tiene un lugar dentro de nuestro sentido de vida, y debemos ver cuánto calza en él o no. La familia, la pareja, los amigos, los socios, el trabajo tienen su propio espacio y no podemos esperar otra cosa de él. Si voy a la panadería a comprar celulares y me frustro porque no me los venden, es porque no entendí el propósito de mi relación con ese establecimiento, no porque él esté mal.

En resumen, una relación saludable es la que se fundamenta en el encuentro de dos seres que pueden ser distintos pero que buscan complementarse. Que quieren conocerse cada vez más, a sí mismos y al otro, para entender sus habilidades y debilidades, sin tapar ninguna de las dos. Que buscan alimentarse entre ellos, pero también en los demás, de la manera más honesta y sin mensajes ocultos. En fin, que unen su propósito de vida para caminar juntos, creciendo a través de los errores y aciertos, dispuestos a dar una mano al otro cuando cae, así como dejarse ayudar a levantarse. O sea, no debemos buscar que la relación nos haga felices, sino poner lo que podemos en ella para completar lo que pone el otro, por el bien mutuo y el crecimiento individual y de la relación. Y eso nos hará felices.

Una relación sana es la que busca el bien de los dos, hacia el infinito.

Photo by ricardo rojas on Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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