Las peleas en el matrimonio

No es raro medir el amor entre una pareja por las peleas que tienen. Y esto en sí no está mal, lo malo es pretender que en una relación estable y saludable no existan. ¡Cuántos matrimonios terminan porque se enfrentan en discusiones constantes! No es culpa suya, el mensaje que nos repite la cultura es aquel de “y vivieron felices y comieron perdices”, como si la felicidad de la relación amorosa estuviera exenta de diferencias. Al contrario, yo sostengo que una pareja que sabe discutir es una pareja sana. El punto es ese: que sepa cómo, cuándo, dónde y por qué lo está haciendo. Pues muchas veces no se discute, hay una guerra de poderes. Y este no es el origen de los problemas, es el síntoma de cosas más profundas.

“El matrimonio es el pararrayos que absorbe la ansiedad y el estrés del resto de fuentes, pasadas y presentes”, comenta la psicóloga Harriet Lerner, quien ha dedicado muchos años a estudiar las relaciones de pareja. Bajo esta óptica, consideramos las peleas en el seno del hogar como un recurso saludable para resolver todas las tensiones de los otros sistemas a los que pertenecemos (recordemos la teoría de von Bertalanffy). Pero hay que saber dialogar, como dice el filósofo alemán Martin Buber: “el amor sin diálogo, sin un verdadero ir-hacia-el otro […] es el amor que permanece consigo mismo”. Es decir, un amor egoísta, utilitario, un amor que no se arriesga a ser transformado en el encuentro con el otro, nos señala el mismo Buber. Por esto subraya Lerner: “una buena pelea puede limpiar el aire y es bueno saber que podemos sobrevivir al conflicto e incluso aprender de la situación”, y para ello habla de la importancia de “establecer unas normas y responsabilizarnos de seguirlas incluso en los momentos más acalorados de la conversación”.

Entonces, partimos del hecho de que las discusiones no son señales de que el matrimonio no funcione. Es más, podría ser justamente al revés. Porque todos los seres humanos vivimos tensiones en nuestras distintas relaciones, y en algún punto debemos soltarlas. Si no tenemos un lugar saludable para hacerlo, nos enferman y terminan deteriorándolas. Por eso suelo aconsejar darle la vuelta a una relación donde hay mucho conflicto: agradecer que uno pueda ser esa persona que es capaz absorber el dolor del otro y transformarlo, y dejarme yo también transformarme a través de él. Si mi esposa tiene un estrés muy grande en su trabajo y viene a casa a desahogarse, siempre que lo haga de manera correcta sin buscar un desquite, todo estará bien y yo aportaré a ese equilibrio. Si sé cómo convertirme en ese punching-ball para que el otro pueda descargar todo lo que trae de afuera sin que me afecte, la relación se hará más sólida.

Para esto, sin embargo, hay que estar conscientes de que me debo encontrar con el otro. La escucha activa de Rogers y Farson. La aceptación incondicional que subraya el mismo Carl Rogers. Una adaptación del “Shemá, Israel” a la relación de pareja, como hemos estado hablando estos días. Porque la relación de Dios con su pueblo se refleja en la que existe entre los esposos. Así que, analizando esa oración primigenia que se enmarca en el pacto del Sinaí contenido en el Deuteronomio, en la relación sana hemos de aceptar quién es el otro (“el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno”). En ella, debemos atender a lo que el otro pide, desde nuestras propias limitaciones, y esperar lo mismo del otro cuando lo sé comunicar (“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”). Y asumiremos las consecuencias (“si respetas los preceptos, Dios dará lluvia a tus tierras, y pan y vino a tus hijos, de no respetarlos, provocará sequías en tus tierras”).

Así como los judíos mantienen esta oración en las entradas de sus casas para recordarse el pacto con Dios que los salvó de la esclavitud, nosotros debemos guardar los compromisos de escuchar, conocer, amar y respetar a nuestras parejas que han roto las cadenas que nos atan a nuestro egoísmo. De ser posible, tenerlos por escrito en un lugar visible de la casa. Pues nuestros esposos son quienes nos permiten entender de qué pata cojeamos sin que sintamos que nos están juzgando, porque nos ayudan a crecer. Ese compromiso de aprender a comunicarnos forma parte de la voluntad de compromiso de construir una vida juntos. Por eso no buscamos cambiar al otro y hacerlo a nuestra imagen y semejanza, sino que entendemos su debilidad y lo escuchamos con amor, fe y paciencia.

Muchos clientes que vienen para que los ayude a manejar la ira me cuentan que los envía su esposa. Y detrás de esto hay una intención de mejorar la relación, pero también una muestra de que esa mujer se ha cargado la responsabilidad de encontrar una solución mágica a las peleas. Y cuando se dan cuenta de que esta no existe se frustran. Pues el núcleo del maltrato no está en la pelea misma, ni siquiera en lo que la motivó (no es raro oír que ni se acuerdan de qué lo hizo). Tampoco está en que el marido no sepa controlarse. Está más bien en no entender al otro, en no aceptarlo como es, y en no conocerse a sí mismos. Mi pregunta suele ser: “¿has detectado qué dispara tu reacción violenta?”. Casi siempre la respuesta es algo del tipo: “que mi mujer me pregunte por qué estoy enojado sin estarlo, eso sí me enoja”. Como yo lo veo, no han ido hacia el otro, se han quedado en sus propios miedos y desilusiones.

Los compromisos para enfrentar las discusiones han de partir de conocerse. Si hay una idea que hace que mi cerebro primitivo me maneje con su respuesta básica pelea-huida, es difícil que de ahí en adelante tome control racional de la situación. Debo detectar si esto es así para que, en pareja, seamos capaces de evitarlo. En el caso anterior, el hombre sabe lo que le hace explotar y le pide a la esposa que procure no usarlo. Si ambos se mantienen en el compromiso, la discusión no se convertirá en una batalla campal, sino en una oportunidad para crecer y enfrentar juntos los obstáculos que les presenta la vida.

Cuando el termómetro de nuestra relación está puesto en las peleas que tenemos y no en el amor que ponemos en ellas para buscar soluciones y fortalecimiento de la relación, es fácil que terminemos en una separación. Por el contrario, aceptar al otro y aceptarme a mí con nuestros límites, es aceptar los de la pareja. No somos perfectos, nuestros vínculos no pueden serlo tampoco. Hay que saber encontrar en el hogar un lugar saludable para descargar nuestros sentimientos y pensamientos negativos. Reciclarlos y sacar de ellos crecimiento y aprendizaje, es uno de los secretos para sostener un matrimonio hasta la eternidad.

Aprendamos a pelear sanamente para apoyarnos en el mejoramiento personal y de nuestros lazos.

Foto de Polina Zimmerman en Pexels

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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