El reguetón tiene la llave de la felicidad

Seguramente viste el título y pensaste que no valía la pena leer la publicación entera pues hablaría de anatomía femenina, fiestas, “blinblines” y lujos. Pero te dio curiosidad de por qué un psicólogo escribiría sobre esto y por eso ahora lo estás leyendo. OK, te he invitado a entrar en el “flow”; de ti depende continuar en él. Pues cuando escribo una frase tan contundente, es porque en verdad creo que el “flow, flow” que repiten los reguetoneros es un reflejo de que entendieron que todo está en saber fluir. En realidad, este termina siendo un artículo que sirve de corolario a los dos anteriores sobre la tónica en nuestra vida. O sea, seguimos hablando de música y de etapas. Y en esta línea, recuerdo cuando oí por primera vez (ya son casi 20 años) Go With The Flow de Queens of the Stone Age, y dije: “esa es”. Estaba consciente de que la frase no se la inventaron Homme y Oliveri, pues es una expresión antigua que tiene su equivalente en español en un “déjate llevar”. Sin embargo, aquí había una idea que le dio otro sentido a esas palabras: “pero yo quiero algo bueno por qué morir / para hacer que vivir sea hermoso”. Aparte de que la música es una pasada y el video de Shynola en rojo, negro y blanco me voló la cabeza (dos décadas, recuerden), cuando pienso en felicidad pienso en “go with the flow” y me suena esta canción.

Mihály Csikszentmihalyi (a quien ya he mencionado antes) comienza su libro Fluir (Flow) recordando que Aristóteles se dio cuenta de que lo que más persigue todo ser humano es la felicidad. Y sigue, afirmando que hizo un “descubrimiento” (él mismo cuestiona este término): “la felicidad no es algo que sucede”. En otras palabras, las cosas que hacemos o que nos pasan cobran sentido porque les damos uno. Csikszentmihalyi le llama experiencia óptima. Su elemento clave, señala, “es que tiene un fin en sí misma”, es autotélica. Este vocablo viene de las palabras griegas auto, “en sí mismo”, y telos, “finalidad”. Es a través de estas experiencias que construimos una felicidad, y no que ‘somos felices’. A decir de Frankl “el éxito, como la felicidad, no puede conseguirse, debe seguirse… como si fuese el efecto secundario no intencionado de la dedicación personal a algo mayor que uno mismo” (lo cita el mismo Csikszentmihalyi). Ese algo mayor que nosotros mismos es lo que refería santo Tomás de Aquino al analizar la idea de Aristóteles sobre la felicidad: el fin último, la bienaventuranza de encontrarnos con Dios. A la final, todo termina en el Aquinate. Y termina en Dios.

Recuerdo que cuando estaba saliendo de mi adolescencia regresaba de visitar a un amigo que me contó de los fracasos con sus requiebros amorosos. Mientras iba por la calle, pensando en lo que yo le había aconsejado, hice una canción que decía que no hay que desesperarse persiguiendo mujeres, pues “mientras más las buscas, menos las tienes”. Esa iluminación se relaciona con la idea de que la felicidad no es algo que se persigue, como si fuésemos acosadores; es algo que vamos descubriendo en el proceso de encontrar aquello para lo que nacimos. Aquella vocación, aquel llamado. Si mi llamado contiene una relación con una chica con quien construiré una pareja para edificar una familia, me toparé con ella en algún punto. Debo, nada más, ser capaz de estar atento a detectar que ella es “the one” (recordé a Shania Twain aquí), o sea, la indicada. Es lo que pasó con la que hoy es mi esposa. Pero no estás listo para esa conversación.

Cuando pensaba en este artículo ya lo iba disfrutando antes de escribirlo. Incluso mientras lavaba los platos oyendo un video en YouTube. Y pensé: he aquí un evento autotélico triple, y por eso me siento tan bien. Disfrutaba de ir ordenando las ideas que escribiría más tarde, aprovechaba para ello lo que oía en el teléfono y sentía el placer de ver el caos convertirse en orden en el lavaplatos. Recuerdo los días en que lavar platos era una tortura casi invivible para mí: el único sentido que tenía era zafarme de la suciedad que se había originado con el proceso de la comida familiar. Casi siempre, lo hacía obligado. Ese sentido se lograba si y solo si terminaba mi labor, por lo cual si había algún imprevisto que la corte me hacía enojar mucho. Es lo mismo que me pasa con este blog: mi propósito inicial pudo ser tratar de ayudar a alguien con mis conocimientos y experiencias, y -¿por qué no?- captar clientes. Sin embargo, me di cuenta de que me encanta hacerlo, y que incluso si me leen dos personas, el mero hecho de poder poner en papel (o en pantalla) lo que pienso y siento ya es una recompensa. ¿Y si mi vida también tuviera ese sentido en sí misma? ¿O la tuya?

El flow del reguetón, que viene del rap, es aquello que permite que el cantante mantenga un ritmo por encima de la música que suena. Herbie Hancock relata que una vez, mientras tocaba con Miles Davis, puso un acorde que no correspondía. En lugar de molestarse, Davis comenzó a tocar notas que sonaran bien con ese acorde. Como una modulación repentina (lo veíamos en el artículo anterior). Hancock señala que se dio cuenta de que “Miles no lo entendió como un error. Lo escuchó como algo que había sucedido. […] Como no lo percibió como un error, pensó que era su responsabilidad encontrar algo que encajara”. El mismo Davis decía que “cuando tocas una nota incorrecta, es la siguiente nota que tocas la que determina si es buena o mala”. Todo depende de cómo veas el error: como un fracaso o como una posibilidad.

Debemos darle sentido a todo, a lo que no nos gusta, a lo que nos duele, a lo que nos cambia de planes o incluso a lo que nos causa heridas enormes. Es lo que han hecho los héroes y los santos. Si nos enfocamos en el problema, viviremos emproblemados. Si nuestra atención está en subirnos a la ola y poder disfrutar del viaje, será una experiencia alegre; si dejamos que nos revuelque, será un desastre. Todo está en nosotros, porque es lo único que podemos controlar. Amar u odiar no depende del otro, depende de mí. Ser feliz o infeliz no está en lo que nos ocurre, sino en qué hacemos con lo que nos ocurre. Como el flow del reguetón.

Porque la felicidad no está en el destino, sino en el viaje.

Foto de JackF en Canva

P.d. Mucho de este artículo tiene que ver con el video de Alvinsch sobre la película Soul. No me inspiré realmente en él, porque son temas que ya vengo analizando, pero sí le debo agradecer la referencia a la anécdota de Hancock. Pásense viéndolo, porque realmente es brillante.

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

Un comentario en “El reguetón tiene la llave de la felicidad

  1. Si llega el día de reunirnos en tu casa, los esa música que no conozco, conversariamos deliciosamente. Momento feliz que espero que llegue…

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