Conflictúame, por favor

Con el título me refiero a que el conflicto puede tener una utilidad si me conduce a un crecimiento, como individuo o dentro de mis relaciones. Así que, si el conflicto con una persona me lleva a discutir con ella, esta discusión será positiva siempre y cuando se haga de una manera adecuada, en el momento adecuado y con la intención adecuada. Esto puede contraponerse a la idea que tenemos de que siempre el conflicto es algo malo; no tiene por qué ser así. Una idea que, por otra parte, nos puede llevar a huir de él. Cuando enfrento al conflicto, viene a mi mente The Scientist, ese hermoso tema de Coldplay, que canta “nadie dijo que era fácil, / es una lástima que nos separemos, […] / tampoco dijeron que sería tan duro. / Oh, llévame de vuelta al inicio”. La letra habla de que, a pesar de poner toda la evidencia racional al frente, puede que lo emocional resulte más importante y convenga reconsiderar. Como un científico enfrentado con las consecuencias de su ciencia… ¿esta teoría conducirá a lanzar una bomba atómica sobre una ciudad llena de inocentes? He aquí la esencia del conflicto.

Cuando Thomas Schelling publicó La Estrategia del Conflicto en 1960, ya mucho se había hablado de este tópico. Desde clásicos como Sun Tzu o Maquiavelo, con una perspectiva vista desde la búsqueda de poder, hasta los conductistas que veían la raíz en el comportamiento humano, se había intentado entender el conflicto y cómo darle solución. Schelling lo estudió desde un enfoque más global: la teoría de juegos, la comunicación y sobre todo la negociación. Así, podemos ver a Hiroshima y Nagasaki como un mensaje claro: te muestro que yo tengo el poder, así que debes acogerte a mis condiciones. Teoría del conflicto clásica. Pero podemos manejar nuestras relaciones sin necesidad de un Enola Gay, si sabemos dialogar de forma adecuada y buscando negociar, es decir, entrar en un “proceso que les ofrece a los contendientes la oportunidad de intercambiar promesas y contraer compromisos formales, tratando de resolver sus diferencias”, según Thomas E. Colosi y Arthur E. Berkeley. Acudo a estas teorías y estudios formales sobre el conflicto en campos como la sociología, la diplomacia, la política o la administración de empresas para ver que, si bien el origen del conflicto es interno dentro de cada individuo, la punta del iceberg es la discusión, la disputa, el litigio o la pelea. Así que podemos no solo evitarlos, sino usarlos para fortalecer las relaciones.

Hace unos años hice una venta cuyo pago se interrumpió por largo tiempo, aduciendo unos inconvenientes formales que no tenían verdadera repercusión en el objeto comprado. Por ello, acudí a un amigo abogado (que, de hecho, me ha enseñado mucho sobre esto del conflicto) para que me ayude con el tema. En algún punto, yo pensé en deshacer el contrato, devolverle la parte de dinero recibida y que la persona que estaba haciendo la compra me regrese el bien en disputa. Y le presenté la opción a mi amigo, diciendo: “pienso que es lo justo, así podría venderlo a un mejor precio y sin estos conflictos”. Él me cuestionó: “¿y qué es justo?”. Abogado, al fin. Es una lección que me ha quedado muy clara desde entonces: lo que para mí es justo, para la otra persona no lo es. Y quizás, tampoco para una tercera o una cuarta que lo vean desde fuera. No les alargo el cuento, pues la curiosidad les estará carcomiendo: mi amigo nos sugirió un proceso de mediación, que terminó con el acuerdo de que continuemos con la venta y que se pague todo lo adeudado. Todos tranquilos, aunque no del todo conformes. Esa es la negociación, y esa es la verdadera justicia, desde mi punto de vista: darle a cada cual lo que le corresponde.

En la vida hemos aprendido que debemos tener la razón, porque eso es reflejo de lo valiosos que somos. Nuestra educación, por tradición (y como padres tendemos a eso) está enfocada en el error para evitarlo a toda costa. Nuestros hijos no deben equivocarse porque son un reflejo de nuestra labor paterna. Eso aprendimos y eso enseñamos. Cuando pensamos en el error como algo indeseable y no como una fuente de aprendizaje es mucho más fácil que siempre busquemos tener la razón para demostrar que merecemos ser amados. De ahí viene nuestra capacidad para manejar el conflicto interno y externo. A veces tenemos que saber negociar con nosotros mismos y aceptar nuestros errores y debilidades. Otras, debemos respetar esa posibilidad en los demás. Pero pensando que respetar no es aprobar: respetamos la debilidad y la vulnerabilidad del resto, aunque no aprobemos sus actos cuando hacen daño y afectan a su vida y a la de los demás.

Para aprender a manejar el conflicto en nuestras relaciones, primero debemos entendernos nosotros mismos y luego al otro. ¿Cuáles son sus necesidades, cuáles las mías?, ¿nos podemos encontrar en algún punto? Es aprender la escucha activa: no se trata de oír nada más, sino de oír con intención. Buscar comprender qué hay detrás de las palabras, y si no entiendo debo preguntar. Cuando en un diálogo dos personas están seguras del mensaje que realmente se está transmitiendo, es posible llegar a algo. Si no, estamos traduciendo las frases del otro bajo la lupa de nuestros sesgos mentales. Nos perdemos la intención, el por qué y el para qué.

Esta incomprensión nos lleva a percibir armas donde no las hay. Si por algo mi inconsciente detecta una amenaza, la transmisión de información se bloquea, se suben las barreras y toda palabra será una defensa ante la agresión del otro. Terminamos matando al mensajero pues, como se dice en el fútbol, la mejor defensa es el ataque. Por esto es tan positiva la técnica del sánduche, que expliqué en otro artículo, porque ayuda a enviar el mensaje deseado y que sea recibido correctamente, mediante la neutralización de dicho sistema defensivo. Aquí es muy importante el cómo y cuándo, incluso el dónde. Supongamos que veo que mi esposa está comprando demasiada comida para nosotros; si le alzo la voz para que deje de agarrar cosas, lo más probable es que ella me replique vociferando y terminemos en la casa, sin tener qué comer, y enojados. Quitemos el grito de la ecuación. Se lo dije con tono amable, pero delante de todos los dependientes y clientes. Es posible que el resultado sea el mismo, aunque no nos hayamos alzado la voz. Si, por el contrario, le llamo en un aparte y le digo con voz baja y amable que tal vez no necesitamos tanta comida, quizás me agradezca por hacérselo ver y deje algunas cosas en el mostrador. He ahí lo fundamental de saber el modo, el lugar y el momento oportunos para comunicar algo que nos llama la atención, nos preocupa, nos molesta o nos duele.

El secreto del manejo de conflictos está en comprender. Comprender mis emociones, mis sentimientos, mis pensamientos y lo que los motiva; así como las del resto. Actuar con misericordia y no con juicio, con misericordia y no con sacrificio. Si juzgo al otro, es fácil que el conflicto no tenga más propósito de mi parte que hacer ver al otro mi superioridad (mi poder). Si lo miro con misericordia, buscaré negociar, encontrar una solución, llegar a un acuerdo. Si le tengo miedo al conflicto, lo que pretenderé es ocultar mi punto de vista, mis sentimientos, en aparente sacrificio. Digo aparente, porque en realidad es un mecanismo de defensa para no resultar herido, mas no una convicción de que es lo mejor para todos. Negocio viene de nec y otium, lo que niega al ocio. Negociar es actuar. Y hacerlo buscando el bien de todos.

El amor nos lleva a entender al otro y saber negociar para que el resultado del conflicto sea un crecimiento.

Foto de cottonbro en Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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