Decisiones, cada día

Recuerdo esta parte de aquella canción de Rubén Blades cada vez que pienso en que la realidad del hombre está atravesada por la necesidad de tomar decisiones, que después de todo es una respuesta al regalo más grande que el Creador nos ha hecho: la libertad. Además de aquella frase que encabeza este artículo, existen otras dos cosas que me encantan de la letra de “Decisiones”: las tres historias que cuenta, muy reales y cotidianas, que los protagonistas enfrentan de diversas maneras (decidiendo); y aquella idea de que “alguien pierde, alguien gana”, porque “todo cuesta”. Maestro Blades, siempre tan profundo.

Para Carl Rogers, ser libre implica confiar en nuestros propios criterios más que en cualquier otra influencia el momento de tomar decisiones (lo que él llama referente interno), pues nadie conoce nuestra vida mejor que nosotros mismos. Y esto es un círculo virtuoso, pues encontrar ese referente interno a través de un mayor autoconocimiento, nos permite sentir mayor confianza en nuestras decisiones. Sin embargo, esta tensión hacia la actualización (siempre recordamos a Maslow) puede verse impedida cuando otros ejercen presión o control sobre nuestras decisiones. Según Rollo May, ya que es natural resistirse a este dominio externo, se puede caer en la neurosis. Esta se apodera de la persona cuando existe una ambigüedad en las decisiones al sentir que no las ha tomado del todo libremente, lo cual genera una angustia pues no se siente dueño de sus actos en verdad. Tiene que ver con lo que habíamos visto en el artículo anterior, y ante esto siempre existe la respuesta de Frankl: uno no solo es libre cuando hace lo que quiere, sino cuando elige cómo vivir lo que le toca.

Confrontados con un evento, debemos decidir. Como “la ex señorita” o su novio; como el “casanova”, la señora y su marido; como el borracho ante el semáforo. El tema de Blades recalca lo inevitable de tomar decisiones: no se puede continuar sin elegir qué camino seguir. La decisión con la que quiero ejemplificar es la que se encuentra en el centro de la canción: el señor de la casa de alquiler que decide traicionar a su esposa con la vecina, quien decide contárselo a su marido, quien decide tender una trampa al traidor. Muchas veces, la decisión es, en apariencia, totalmente nuestra: un buen día, el casanova busca una amante. Otras, la decisión implica responder a una situación: los vecinos que deciden no seguir el juego del traidor, sino darle una lección. Sin embargo, nuestra libertad está siempre condicionada por muchas circunstancias: si no indagamos en la vida del casanova, no podemos saber qué lo ha llevado a querer hacer daño a otra persona. Recordemos que todo ser humano tiene la tendencia a elegir el bien, pero… ¿qué es el bien? ¿Todo el mundo lo entiende igual?

Si yo nunca aprendí a sumar, el momento en el que vea un problema de factoreo me voy a caer de espaldas y responderé con un “no entiendo nada” o lo resolveré adivinando, aunque solo haya una respuesta correcta (el bien). Si la persona que me presenta el problema es un profesor de matemáticas y se enoja, diciendo que no sabe cómo no puedo resolverlo, es lógico pensar que el equivocado es el profesor. A su vez, ¿tiene culpa el profesor de que yo no haya aprendido a sumar, debe estar informado de eso? En un ejemplo tan simple podemos visualizar la complejidad de las situaciones de decisión. ¿Por qué yo no aprendí a sumar? ¿No tenía quién me enseñe? ¿No debería buscar hacerlo? ¿Estoy bien en mi vida si no sé? Por otra parte, ¿no debería el profesor tratar de averiguar sobre mis conocimientos matemáticos antes de pedirme resolver algo? Al ver que no sé sumar, ¿no debería intentar enseñarme antes de pedirme otra cosa? ¿Podría realmente enseñarme a sumar si nunca aprendí? ¿Tendría sentido en mi vida y en la suya gastar tiempo enseñándome a sumar si nunca necesité hacerlo? Todas estas preguntas reflejan en un escenario que parece sencillo lo extremadamente difícil que es en realidad la toma de decisiones.

Sin embargo, la esencia está en dos preguntas: ¿qué me ha traído a esta disyuntiva? y ¿para qué escogería tal o cual opción? El señor de la casa de alquiler quizás no se ha preguntado ninguna de esas cosas porque se siente víctima de sus circunstancias: un empleo frustrante o inexistente, una esposa fría y distante, una niñez carente de afecto, un padre ausente. Indefensión aprendida, angustia ante la impotencia, neurosis, elecciones erradas. ¿Podemos juzgarlo y condenarlo? Evidentemente, comete errores, delitos, pecados, y tendrá sus consecuencias. Pero, ¿podemos decir que en realidad ha tomado una decisión de manera libre por completo? Y esto nos lleva al otro extremo: ¿estamos justificados siempre, hagamos lo que hagamos, porque tenemos ciertas circunstancias que nos condicionan?

Este tema da para mucho más. ¿No les dije que era complejo? El hecho es que debemos pensar que nuestras circunstancias nos condicionan, pero no nos determinan. La libertad es saber hacer uso de nuestras capacidades para enfrentar esas circunstancias, y no utilizarlas como escusas para no hacerlo. “Yo soy yo y mi circunstancia”, decía Ortega y Gasset, pero completaba “y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Sigo siendo yo quien decide, no solo mi circunstancia. El secreto está en entender dónde están esas condicionantes y poder actuar junto a ellas, no solo a pesar de ellas y sobre todo no a causa de ellas. La decisión última es esa: no dejarme llevar por el río, sino fluir con él. En términos cristianos, la decisión última es ponernos en manos de Dios, abandonarnos a su voluntad, lo cual no nos exime de nuestra responsabilidad en cada acto. En palabras de san Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Aprendamos a usar nuestras circunstancias con libertad en cada decisión.

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Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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