Patología de la religión

No siempre la religión es lo que debe ser: un conjunto de creencias, sentimientos de veneración, normas morales y prácticas rituales que unen a los fieles entre sí y con la divinidad. Y hay que hablar de todas las formas de religión, con la etiqueta que le pongamos: cristianismo, satanismo, espiritualismo, brahmanismo y demás -ismos. Y todo parte de lo que se analizó en el artículo anterior: la libertad sustentada en querer, deber y poder. La religión resulta, entonces, síntoma de una patología mental. Pues -recordemos a Santo Tomás- la voluntad busca el bien a menos que haya un defecto de juicio.

Conviene entender qué es religión para distinguirla de lo que no es, y poder enfocarnos en ella y no pensar que estamos ante una religión enferma cuando es otra cosa. Religión no es superstición, porque las ideas de esta última son irracionales o conducen a prácticas que también lo son. No es solo un sistema de creencias o un cúmulo de rituales. No es tampoco un grupo humano unido por pensamientos compartidos. Ni siquiera la simple latría hacia tal o cual figura material o inmaterial. Mitos, doctrina, ritos, leyes encaminados a un fin trascendente, eso es religión (tratando de simplificar).

Freud nos pone en consideración a la religión como patología en sí misma, y el monoteísmo como “la nostalgia del padre”. Por el contrario, Anton Boisen, figura destacada en los movimientos de capellanía hospitalaria y de educación pastoral clínica, tiende a asimilar la fe a la experiencia religiosa e incluso a una fiebre afectiva que perturba el equilibrio mental cuando es profunda. En la actualidad, en general, se ha encontrado un término medio entre estas dos posturas, buscando curar o confirmar en la salud mental promoviendo la integración religiosa de la existencia humana. En esto, la logoterapia de Viktor Frankl es de particular interés. Antoine Vergote, sacerdote, teólogo, filósofo y psicólogo belga, dice que la religión cristiana no puede causar una enfermedad ni, por consiguiente, curarla. Por ello, aquí atendemos no a la religión como medicina (de esto ya tratamos en otro artículo) ni como patología, sino a las patologías de la religión. Me ha resultado útil el artículo “Sindromes religiosos” de José Carlos Bermejo, lo aconsejo.

Podemos decir que si Dios es el Bien Supremo y la religión no nos lleva a buscar el bien, algo anda mal. En tal sentido, existen formas de ver a la religión (e incluso cultos religiosos -sectas-) que son en sí patologías. Aquellas que impulsan a las personas a buscar el dolor, matar o morir sin razón ulterior, no están persiguiendo algo bueno, verdadero y bello, sino que veneran el mal, aun sin quererlo. Podemos relacionar esto también con aquella visión que aborrece el placer y la alegría, y que nos llama a la permanente pesadumbre. Ojo, que no hay que confundir esto con la mortificación o el martirio que busca acercarnos al máximo sacrificio que fue el del mismo Dios entregándose por los hombres. En fin, no hablamos de aquello que la persona elige de manera libre como una forma de perfeccionamiento, aunque eso implique el sufrimiento, pero con propósito y cuyo fin es la felicidad última.

Existen manifestaciones patológicas de la fe que surgen de una visión errada de la Divinidad. De algunas ya tratamos cuando analizábamos el pensamiento mágico. Como la de un Dios entendido como “totalmente otro”, que hace que el hombre se vea a sí mismo como incompetente, o como una hormiga sin importancia, aplastándolo en su inoperancia. Ciertamente, somos creaturas ínfimas comparadas con nuestro Hacedor, pero a la vez con una dignidad que Él mismo nos dio al ser su imagen y semejanza. O como la del fideísmo (la contracara del racionalismo) que considera a la razón divorciada de la fe. A la larga, forma de ignorancia cercana a la del animismo y otros paganismos primitivos, que se acercan a la religión como una manera de hacerse con el favor de los dioses, como explicaciones simplistas de aquello que no entienden. Y esto está relacionado con la autoconservación y temor a la muerte, que representando un misterio para el ser humano, pretende ser atrapada y manejada a través de la fe (a veces, la fe en la ciencia).

Los dioses vistos como botiquín de auxilios, como jueces inmisericordes, como castigadores sádicos, llevan a prácticas religiosas que responden a una inseguridad personal. Escondidos no solo tras lo que no entienden, sino tras lo que consideran más fuerte que ellos mismos, pobres criaturas indignas. Y entonces se sienten todopoderosos como la figura en la que creen, escondiendo la cabeza en la tierra para no enfrentar un mundo tan diverso y complejo, como avestruces religiosos, en esos guetos de los que nos advierte el papa Francisco. Una patología de la religión profética, pues deja de hablar en nombre de Dios para hacerlo en nombre de miedos humanos.

El hombre tiene una semilla religiosa en su corazón desde que llega a este mundo, pues el Creador mismo la puso allí para tensionarlo hacia Él. Cuando esa fe se ve oculta por miedos, inseguridades, heridas y traumas, quizá aquel camino que nos lleva a la Eternidad nos conduzca nada más a nuestras propias trincheras, vacías y lodosas. Esa religión enferma es propensa a la desilusión y al desánimo, pues no está enraizada en el amor de Dios, en la esperanza y la fe. Hagamos una inspección a nuestro interior, para entender si aquello que creemos no está fundado en fuerzas negativas. Veamos si, por consiguiente, no estamos practicando una religión trastornada y alejada del Padre. Ese que es justo, pero infinitamente misericorde.

Encontremos al verdadero Dios para poder hacer de nuestra fe un camino a la Eternidad, sin miedo, sino con mucho amor.

Photo by Francesco Ungaro on Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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