Querer, deber, poder

La tríada de la libertad. Estos tres verbos, reformulados como pregunta, son capaces de hacernos tomar decisiones adecuadas. ¿Quiero? ¿Debo? ¿Puedo? Es vital entender la libertad parada sobre estos tres pilares, para que no la confundamos con ninguno de sus álter ego: puro deseo, huir de la obligación, evitar la imposición. Ya he escrito algunas consideraciones sobre esto en otras publicaciones, tratando la libertad como impulso para la disciplina, la fidelidad, así como el autoengaño, y relacionada con la ansiedad y la culpa. Hoy, el objetivo es hacerle una disección a través de estas tres fuerzas.

Convendría irnos a las definiciones (querer tiene una decena, según el DRAE; y deber y poder, seis), pero los remito al diccionario para recordarlas. Igual serían interesantes sus etimologías, porque la historia de las palabras nos dan profundidad el momento de entenderlas. Sin embargo, creo que basta con decir que querer se refiere a desear y a tener voluntad para buscar algo (quaerĕre=’buscar’); deber a tener obligación de cumplir con algo o alguien (por eso tiene la misma raíz etimológica que deuda); poder a ser capaces de algo, como una posibilidad, pero también una potencia (de ahí también su parentesco con esas palabras).

En fin, lo interesante es volver a la idea kantiana del vértigo de la libertad, pero también atendiendo a la distinción que hace el filósofo alemán entre libertad interna (moral) y externa (jurídica), conectándolas con su imperativo categórico. Y no podemos olvidar la que hace Erich Fromm entre libertad positiva y negativa, que yo relaciono con el pensamiento de San Pablo de que el que ama ya no necesita la ley. Es que para Fromm la libertad negativa busca sacudirse de imposiciones ajenas (y esta es su definición más común, sobre todo en la juventud), mientras la positiva es aquella necesidad de buscar el bien. Por su parte, Carl Rogers hablaba de la libertad experiencial que surgía cuando el individuo dejaba de rendir cuentas a los demás para hacerlo ante sí mismo. Nos enfocamos aquí en esa libertad interna, moral, positiva, experiencial.

Es frecuente oír algunos dichos que nos pueden desorientar en el entendimiento de la libertad. Por ejemplo aquel que dice que “querer es poder”. Claro, este dicho nos convoca a enfocarnos en nuestras metas para lograrlas, no tanto a la libre elección que nos lleva a ellas. Uno más es “mi libertad termina donde empieza la del otro”, que ya criticó el mismo Kant. Condicionar mi libertad a la del otro, y la del otro a la mía es malinterpretar el sentido de libertad. La libertad no es algo que dependa directamente de lo externo, aunque pueda estar limitada por ello. Ya veremos.

Toda elección libre, como parece obvio, es algo que yo quiero. Ese querer es un acto volitivo -de la voluntad- y no un “hacer lo que me da la gana”. Si vivo una realidad que no puedo cambiar, mi libertad se relaciona con cómo voy a responder a esa realidad. Viktor Frankl decía que no encontró gente más libre que en los campos de concentración, justo porque en esas condiciones donde la libertad externa está reducida al mínimo, la interna estaba más activa. Los prisioneros no podían salir y hacer lo que les daba la gana, pero sí eran capaces de aceptar esos límites y desarrollar una vida con propósito dentro de ellos para no morir de desaliento. Ese es el querer que se requiere si buscamos ser libres.

Toda elección libre me conduce a actuar dentro de lo que debo hacer, perseguir el bien. Santo Tomás afirma que “la libertad de sí está ordenada al bien, como que el bien es el objeto de la voluntad, ni tiende ella al mal sino por un defecto”. Entonces se trata de entender si aquella opción sobre la que vamos a decidir en realidad me hace bien a mí y a mi entorno; o por el contrario es la respuesta a una necesidad inconsciente de huir de algo, y que puede terminar haciéndome daño o dañando al resto. En los campos de concentración, el dolor y la frustración llevaron a muchos a la traición, la mentira, la venganza y el ultraje. Esas personas no actuaron entendiendo su motivación interna, sino que se dejaron llevar por el miedo. Otros lo burlaron y optaron por el sacrificio, el heroísmo y la entrega. Ese es el deber que elegimos si buscamos ser libres.

Toda elección libre se sustenta en lo que soy capaz de hacer. Conocer mis límites y los de mis circunstancias (recordando a Ortega y Gasset) me permiten decidir la opción que es viable y factible. De esa manera, no me entrampo en la impotencia y el despecho, sino que pongo a marchar mis capacidades. Como ya he dicho antes, los límites siempre se pueden empujar más allá, pero debo entender que es un proceso y que se da paso a paso. En los campos de concentración, fue terrible para algunos encontrarse con esos límites y que estos los lleven a la desazón. Los que le dieron sentido a ese encierro hicieron milagros con lo poco que tenían. Como la maestra de piano que siguió dando clases sobre una madera pintada para simular un teclado. Ese es el poder que echamos a andar si buscamos ser libres.

La libertad está equilibrada entre mi voluntad, mi sentido del deber y del bien, y lo que en verdad estoy en capacidad de hacer. Si se trata solo de lo que quiero, tal vez termine haciendo daño o frustrado; si es nada más lo que debo, quizás acabe perdiendo noción de mi voluntad o con un sentimiento de encierro; si únicamente es lo que puedo, dejaría mi esencia o me convertiría en victimario. La vida nos presenta opciones, y es posible que nuestro instinto nos aboque a la más fácil y cómoda, pero no a la mejor. Preguntarnos si quiero, si debo y si puedo nos permite realmente tener una experiencia de la libertad, que es el más grande regalo de amor de nuestro Creador.

Una experiencia de libertad sana, poderosa y que nos hace crecer.

Photo by Denx arman on Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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