¿Psicología positiva o falta de realismo?

En algunas ocasiones, mis clientes/pacientes me han cuestionado con frases lapidarias de este sentido: “usted no me ayuda, parece que no comprende lo mal que me siento”, “no todo es siempre tan color de rosa”, “me hablas de realidad, pero no te enfocas en mis problemas”, “si fueras más profesional me darías un diagnóstico del trastorno que tiene mi mujer”. Yo entiendo que todas estas ideas surgen de una necesidad de entender, primero, y del dolor que viven, por otro lado. Existimos en una sociedad, además, que busca huir del sufrimiento y no enfrentarlo y darle sentido.

Es lógico y natural que actuemos así. Es una forma del instinto de conservación animal que nos ha llevado a programar nuestro inconsciente para evitar las causas de dolor. Algo similar al hecho de que un perrito no vuelva al sitio donde fue maltratado o trate de no tener contacto con un objeto que le hizo daño, pues en ellos ve una amenaza a su integridad física, es decir, su vida. Por eso, nuestra memoria da mayor importancia a los hechos negativos que a los positivos, porque de esa manera traduce esas pulsiones que nos alejan de la muerte. Evidentemente, de forma racional sé que el hecho de tener una mala experiencia amorosa no me va a matar (a menos que siga los pasos del joven Werther), pero el inconsciente me cuida de volver a tener otra igual por el desgaste que me produjo.

Por esta misma lógica, quizás, las corrientes psicológicas se han enfocado mayormente en la patología y en el trastorno. Ante esto, a inicios del siglo pasado y comienzos de este, el psicólogo norteamericano Martin Seligman propuso que se debía hacer una contraparte positiva al Manual de Trastornos (el DSM), enfocándose en lo que podría ir bien en lugar de en lo que podría ir mal. Señalaba que existían cinco elementos del bienestar (usando en inglés la palabra mnemotécnica PERMA): emociones positivas, compromiso, relaciones positivas, sentido y logro. Había bebido de las fuentes humanistas de Rogers y Maslow, así como de la idea del flow (flujo) de Mihály Csíkszentmihályi, psicólogo húngaro-estadounidense, la cual habla de fluir en un estado de completo compromiso con una actividad por sí misma, como un músico de jazz. Trataré estos conceptos en otra ocasión. Es así que la psicología comienza a darle mayor importancia a lo positivo en la mente humana y ya no tanto a lo patológico.

Es, pues, comprensivo que este enfoque deje perplejos a muchos. ¿Cómo curar la herida de alguien si no tratamos el dolor que produce? Porque para sanar debemos estar comprometidos con la salud, con la vida misma. Si el enfermo no quiere curarse, no habrá medicina que funcione. Querer estar bien, y no simplemente saber qué me aqueja para ir por la calle con esa etiqueta o pegársela a los demás: “soy depresivo”, “tiene esquizofrenia”, “este alumno es THDA”, “el jefe tiene trastorno bipolar”. No me sirve entender mi dolor, si ello no se transforma en un vehículo para alcanzar el bienestar.

Por esto Aristóteles hablaba de la eudaimonía (εὐδαιμονία), palabra griega que viene de las palabras eu (“bueno”) y daimōn (“espíritu”; sí, de donde viene “demonio”). Decía que el ser humano busca el buen espíritu, la felicidad, a través de la virtud conforme a la razón. Y santo Tomás de Aquino (como no) llevaba esa felicidad hacia la bienaventuranza, es decir el encuentro con el Bien Supremo, Dios. Ellos consideraban que el obrar del hombre siempre apuntaba a un fin, en una escala que va desde lo sensible hasta lo trascendente. La búsqueda de ese fin le da sentido a la vida, y mientras más trascendente es el fin, más se ajusta a nuestra sed de infinito (coherente con nuestra imago Dei). Por esto, si el fin del individuo es la riqueza, querrá llevar ese fin cada vez más allá; es así que el avaro nunca tiene el dinero que desea, aunque tenga billones. Por tanto, su vida siempre estará cargada de frustración, porque nunca alcanzará esa finalidad.

El bienestar del hombre se basa en la búsqueda de la felicidad, que más que un sentimiento estable es la autopercepción de encontrarse en el camino de construir dicho bienestar, a través de sus cinco elementos constitutivos. Los creyentes sabemos que todo eso apunta a un solo fin último: la Salvación. Y a ella llegamos trabajando nuestras virtudes, en parte don inmerecido y hábito que cultivamos. Los santos y los héroes no lloran sus angustias sino que desarrollan sus dones. Se enfocan en lo positivo, no en lo negativo, en el fin último y no en el síntoma patológico. Alcanzar la felicidad es un camino que se gana paso a paso, con fe, esperanza y amor.

Como los santos y los héroes, trabajemos nuestras virtudes para llevarlas a la felicidad última.

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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