Amor propio vs. Egocentrismo

Al ordenar nuestra percepción de la realidad, y nuestros conceptos e ideas, podemos relacionarnos mejor con nuestro entorno y con nosotros mismos. Por esto, creo que es muy importante hablar sobre la correcta distinción entre los conceptos del título. Nuestra sociedad, producto de la suma -mayormente- de dos visiones complementarias pero distintas del mundo (la judeocristiana y la grecorromana) ha tendido a menospreciar el amor por uno mismo (el self de la psicología) considerándolo egoísta. Ya hablé algo de esto en mi artículo sobre el amor verdadero, pero quiero profundizar aquí.

La contraposición entre amor propio y egocentrismo justamente apunta a entender que no son la misma cosa. El que se ama a sí mismo no tiene por qué despreciar al otro, y viceversa. El secreto está en el amor ordenado, y aquí también voy a recordar a santo Tomás de Aquino. Quien se ama a sí mismo de una manera desordenada se queda en lo sensible y en lo externo, pues no se conoce bien. Es por esto que muchas veces el amor propio se confunde con el egocentrismo y la ausencia de aquel con la humildad. Entonces nos encontramos con dos formas de pecado, por exceso o por falta.

José-Vicente Bonet sostenía de una manera similar a Erich Fromm, y no se distancian del Doctor Angélico, que lo opuesto a la autoestima “no es la heteroestima, o estima de los otros, sino la desestima propia”. Carl Rogers consideraba que el origen de los problemas de muchas personas es que se desprecian. Al no tener una verdadera consciencia de la realidad sobre quiénes son, se encuentran con una incongruencia que les produce malestar. Abraham Maslow, en su jerarquía de las necesidades humanas, describe la necesidad de aprecio, que se divide en dos aspectos, el aprecio que se tiene uno mismo y el respeto y estimación que se recibe de otras personas.

Tomando en cuenta todo esto, entendemos que el amor por uno mismo es vital para amar a los otros. Decía el Aquinate que el amor con que uno se ama a sí mismo da forma a la amistad, cuando nos comportamos con el prójimo como con nosotros mismos; de igual manera que entre las cosas que el hombre ama como pertenecientes a Dios, está amarse a sí mismo. Y esto no se contrapone con el morir a uno mismo, es decir, la renuncia voluntaria a mis deseos, afectos o intereses (es el concepto de abnegación). Porque no abandono mi amor propio, sino mi amor desordenado por las creaturas en lugar del Creador. Ejemplo práctico: renunciar a mi deseo de pasar los días tirado en una hamaca comiendo chocolates para dedicarme enteramente al servicio no es dejarme de amar, sino encontrarle un sentido más grande a mi propia vida. En definitiva, amarme más y mejor.

Este es un viaje que siempre sigue el camino del autoconocimiento y la obediencia a la realidad. Según Rogers, el concepto de sí mismo se compone de tres factores: autoimagen, autoestima, y Yo ideal. La autoimagen es vernos al espejo y reconocernos, saber quiénes somos (el espejo físico y el del alma). La autoestima es valorar (estima significa eso) dicha autoimagen y aceptar nuestras partes buenas, verdaderas y bellas, así como las malas, falsas y feas. De aquí partimos hacia un sueño: nuestro self ideal. Asumimos quiénes somos para proyectarnos a algo siempre mejor. Nuestro autoconcepto, en consecuencia, estará en permanente construcción, actualizando de forma constante cómo nos vemos, cuánto nos aceptamos y cuánto queremos crecer.

Quizás es por esto que la posmodernidad habla tanto de autoestima. Porque es el centro de donde parten todas nuestras relaciones de amor. Si la autoestima es saludable, no estamos en guerra ni con nosotros mismos, ni con los demás (lo dice Nathaniel Branden). En un círculo virtuoso, pasamos de reconocer el amor de Dios hacia nosotros, en nosotros, para poder luego regarlo a los demás. De Dios a uno mismo hacia el otro y de vuelta. Ya que, como dice Benedicto XVI, “quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don”. Una vez más, nadie da lo que no tiene, y quien no encuentra el amor del Padre en sí mismo, difícilmente podrá amar a ninguna persona de manera ordenada, ni siquiera al Creador. De la philautía hacia el agápē, pasando por todas las formas de amor.

Amarse uno mismo, sin falsas humildades ni orgullos, es el inicio de un camino en el cual uno se hace dádiva, y esa dádiva da sentido a mi vida. Me amo a mí mismo porque quiero alcanzar la santidad, no porque me enfoco en mis impulsos más básicos. Y ese amor lo transfiero a quien quiera recibir ese regalo de bienaventuranza, y no me lo quedo como el que guarda la lámpara bajo la cama. Porque ese amor nace de Dios, y a Él lo retorno. Todo este proceso me hace más sano, más fuerte, más feliz.

A través de mi amor, hasta alcanzar las estrellas.

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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