Aprender a vivir sin alguien

Esta es la continuación del artículo anterior: luego de detectar que se vive una relación codependiente y que se tiene miedo a la ruptura (FOBU), el siguiente paso es enfrentar el duelo de ese rompimiento. Y esta vez también vamos a ayudarnos de canciones (siga aumentando la playlist en su celular, por favor). Por ejemplo, cuando pienso en el final de una relación viene a mi mente Greg Khin con su Breakup song, donde parece enfocarse más en la calidad de las canciones de despecho que en su propio despecho (es decir, una forma de negación). Trataremos de comprender cada etapa del duelo y si estamos pasando por una de ellas para saber cómo enfrentarla. Me refiero concretamente al duelo que significa terminar una relación de pareja, pero sirve para todas las formas de pérdida. Hay que recordar que esta palabra tiene un origen etimológico en dolus (dolor, pena), por lo que está totalmente justificada.

Habíamos visto que la ruptura es algo atemorizante, pues implica un dolor aunque estemos terminando una relación que nos hace mal, y que además produce incertidumbre. Por esto la tomamos como un duelo. Así, una de las preguntas más estudiadas en torno a las disoluciones románticas es la cuestión de si los iniciadores (es decir, los que controlan la ruptura) y los no iniciadores experimentan diferentes grados de angustia. Los hallazgos no son concluyentes. Aunque hay estudios que parecen demostrar que tanto iniciadores como no iniciadores pueden llevar la peor parte, varios no han encontrado diferencias (como el de Locker et al. que citamos en la publicación anterior). El mismo estudio del equipo de Locker señala que varias características como el compromiso, la satisfacción, el esfuerzo para iniciar la relación, la duración de la relación, el tiempo antes de encontrar una nueva pareja y un estilo de apego temeroso están relacionadas con la angustia en el momento de la disolución romántica. O sea, que no todas las personas sienten igual la ruptura, ni se enfrentan de la misma forma al duelo que le sigue.

Cuando perdemos a un ser querido pasamos por distintas etapas, según la psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross, quien dedicó su vida a estudiar y acompañar a quienes afrontan la muerte propia o de alguien cercano. Evidentemente, cada uno vive su duelo de una manera particular; sin embargo, las etapas serían estas:

1. Negación

En un primer momento, podemos sentir o pensar que no ha ocurrido, o restarle importancia a la pérdida. Cuando oigo La Playa de la Oreja de Van Gogh, me parece estar oyendo una negación que ya dura varios veranos, pues resuenan estas afirmaciones: “todavía me ama”, “no puedo olvidarle”, “algún día podemos regresar”.

Lo más saludable es enfrentar la realidad de que la persona se ha ido, dejando una estela de buenos recuerdos, pero también de heridas que habrá que sanar.

2. Ira

Una vez aceptada la separación, es frecuente enojarnos. Con el otro, con un tercero, con uno mismo o hasta con Dios y el universo. Ojalá, la hermosísima y siempre repetida canción de Silvio Rodríguez me suena a rabia mal contenida, pues el resumen está en estas frases: “ojalá te mueras”, “me hiciste tanto daño que no quisiera haberte conocido”, “la venganza es lo que mereces”.

Debemos dejar de buscar culpables y asumir nuestra cuota de responsabilidad, pero sobre todo comprender que el hecho de que una relación haya terminado muchas veces se trata simplemente de que ambos no funcionaban juntos.

3. Negociación

Como el adicto a quien le ataca el síndrome de abstinencia (“solo un tabaquito, nada más”), esta es la fase donde se suele abandonar la dignidad. Una vez superada la ira, buscamos soluciones y procuramos hacer lo que haga falta para recuperar lo perdido. Ese tema de Prince que tan maravillosamente interpretó una jovencísima (y calvísima) Sinead O’Connor, Nothing compares 2 U, me resuena con estos mensajes: “volvamos a intentar”, “pídeme lo que quieras”, “nada tiene sentido si no estamos juntos”.

Es necesario tomar la decisión firme, entendiendo de manera clara que la relación hacía más mal que bien, y que hay que seguir adelante con confianza y esperanza.

4. Depresión

En realidad, no necesariamente se trata de depresión, porque en general no cumple con el diagnóstico, pero sí tristeza. Nos hemos dado cuenta de que no hay retorno, y que la pareja ha muerto en nuestras vidas. Roxette tenía ese hermoso llanto, It must have been love, donde se reflejan esas verdades: “no puedo dejar de pensar en lo que teníamos”, “me duele el corazón”, “hemos perdido esa oportunidad”.

Hay que permitirse llorar, pero con la esperanza de ser consolado luego, no pensando que ya no hay un mañana con su posible gozo.

5. Aceptación

Es la etapa a la cual todos ansiamos llegar después de una ruptura. Tenemos plena consciencia de la situación y sabemos que no vale la pena ni negar, ni enojarse, ni rogar, ni llorar por algo que no existe. Entonces me acuerdo de Jorge Drexler, en ese bellísimo poema La vida es más compleja de lo que parece, donde sentencia cosas del tipo: “fue hermoso mientras duró”, “que tu futuro sea bueno y el mío también”, “hay una vida más allá de este final”.

Asimilar la verdad y comenzar a vivir un mejor mañana a partir de este momento es tomar la decisión de ser feliz a pesar de las pérdidas.

Es posible superar las separaciones, por dolorosas que hayan sido. Aun las heridas más profundas pueden cicatrizar si les prestamos la atención que merecen. Hemos de aceptar la realidad, vivir el momento, dejar de buscar culpables. Debemos entender que el fracaso de una relación no implica que nosotros seamos unos fracasados. No hay que perder la esperanza si comenzamos a trabajar sobre los errores cometidos con las fortalezas con las que contamos. El amor siempre está ahí, basta con estar abiertos a encontrarlo.

El amor después del amor, como decía Fito Páez.

Foto de Ann H en Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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