Amor y dependencia

Es necesario hacerse una pregunta clave al evaluar nuestras relaciones: ¿lo que me une a esta persona es amor o alguna forma de dependencia? La respuesta podría parecer simple, pues diríamos que los lazos siempre surgen del amor; sin embargo, esto llega a tener muchas aristas. ¿Cómo puedo distinguir entre amor y dependencia? ¿Existe en realidad alguna diferencia? ¿Es siempre el amor bueno y la dependencia mala? Unas afirmaciones que nos dan pistas son bastante comunes: “no me siento cómodo, pero me cuesta dejarla”, “si él se va me muero”, “me fastidia lo demandante que es este amigo, aunque no quiero hacerle sentir mal”, “antes de tomar cualquier decisión tengo que consultar a mis papás”. En fin, no todo es blanco y negro, por eso conviene hacer una introspección, luego de comprender algunos puntos básicos.

Primeramente, y como es usual, veamos qué debemos entender por dependencia, ya que el concepto del amor ya lo hemos trabajado en otros artículos. Dependencia se deriva de dependiente, y este de depender, que proviene del latín dēpendeō, dēpendēre (“pender, colgar, esperar”), formada del prefijo de- (que indica dirección de arriba a abajo) y el verbo pendere (colgar). Creo que la imagen es bastante clara, y por esto el diccionario muestra algunas acepciones que nos traen la idea de subordinación (ordenado por debajo de algo), de “producirse o ser causado o condicionado por alguien o algo”. En tal virtud, podemos tener dependencia a cosas (como sustancias), a otros seres vivos o a personas. Esta última, claro, es la que nos ocupa. Platón, ya en el siglo IV a.C, trató el amor posesivo de un individuo que persigue a otro como un objeto al cual quiere “devorar”. A partir de la segunda mitad del siglo pasado, el psicoanalista inglés John Bowlby, a instancias de la ONU, comenzó a desarrollar su teoría del apego, al ver cómo el vínculo entre un niño y sus cuidadores los hacía sentir más o menos seguros, dependiendo de lo saludable de dicho vínculo. Mary Ainsworth, junto con otros investigadores, partieron de la teoría de Bowlby para sugerir cuatro patrones de apego, los cuales condicionaban luego la manera del adulto de relacionarse con los otros.

Según la teoría del apego, el infante inicia su exploración del mundo, seguro del respaldo que le da su cuidador. Esta fue una ventaja evolutiva que permitió que las crías humanas puedan desarrollar su plasticidad neuronal por más tiempo, comparados con otros animales que comenzaban a ser autónomos a los pocos días o incluso horas de nacidos. Sin embargo, esta ventaja traerá consecuencias negativas si los patrones de apego de los cuidadores no son saludables, a decir de Ainsworth. Un bebé al cual no se le permite explorar por protegerlo de posibles peligros, por ejemplo, crece con un modelo interno disminuido, lo que lo lleva a llegar a adulto con percepciones, pensamientos y expectativas distorsionadas en sus relaciones. Esto lo estudiaron Cindy Hazan y Phillip Shaver en las relaciones adultas de pareja. Identificaron cuatro estilos de apego en ellas, análogos a los hallados en el estudio de Ainsworth: seguro, ansioso-ambivalente, ansioso-evitativo y desorganizado/desorientado. Como es de suponer, el estilo seguro es el que permite construir relaciones sólidas y sanas; lo que no se suele suponer es que en estas relaciones también existe dependencia. Sin embargo, como señala Clotilde Sarrió, terapeuta Gestalt, aquí existe interdependencia, tomando el término de Mahatma Gandhi, es decir una dependencia recíproca, mutua, y por tanto saludable.

Por todo lo anterior, cuando hablamos de dependencia solemos pensar en personas inseguras que no se sienten capaces de desarrollar vínculos saludables. En gran parte, hemos visto, esto es así; lo malo es que solemos pensar que una persona insegura es la que se muestra vulnerable, débil, callada, pasiva. Sin embargo, un individuo que reacciona agresivamente o se presenta autoritario también puede querer esconder una autoestima muy deteriorada. Y es entonces donde surge la codependencia, un término que se suele usar mucho cuando hablamos de drogas, pero que se puede aplicar a las relaciones. Es algo que ya mencioné en mi publicación sobre los abusadores: tanto el agresor como la víctima suelen tener una dependencia mutua, si bien esta no es sana, pues el primero es activo y la segunda es pasiva, uno controla y otro se deja controlar. Detrás de todo esto está la idea inconsciente de que la pareja lo puede abandonar en cualquier momento, pues no es digno de ser amado. Entonces, cada uno según su estilo de apego, busca mantener a toda costa al otro a su lado.

Pongamos unos ejemplos para graficar los estilos de apego:

Seguro: él está convencido de quién es y cuánto tiene para ofrecer a la relación, de igual manera conoce a su pareja y confía en sus capacidades y comprende sus debilidades. Sienten la voluntad de compromiso de ella y está muy cómodo desarrollando una intimidad (hablar, compartir, encontrarse). Si ella se equivoca, se siente herido o molesto, pero es capaz de manifestarlo de la forma adecuada buscando el crecimiento de cada uno y el fortalecimiento del vínculo. Es esa persona que se ríe cuando se acuerdan de los pretendientes que ha tenido ella, y bromea de sus propios defectos y cómo ella los ha debido soportar, y viceversa.

Ansioso-ambivalente: él no se siente lo suficientemente hermoso, o bueno, o inteligente, o capaz, de forma que alguien tan formidable como su pareja quiera seguir con él. Por esto piensa que en cualquier momento lo puede dejar por alguien mejor, y busca satisfacer cada una sus necesidades, aun las que ella no dice de forma clara. Es el perrito maltratado que está todo el tiempo queriendo saltar a las faldas del amo, mayormente cuando este ha comenzado a prestar atención a algo más, y aunque él le lance lejos cada vez.

Ansioso-evitativo: él se siente merecedor de alguien mejor que ella, tan llena de defectos y que no puede darse cuenta de lo fantástico que es él. Piensa que ella nunca lo querría dejar, porque sería una pérdida para ella (“como yo te amo / nadie te amará”). Por esto evita revelar demasiados detalles sobre su vida y separa muy claramente los espacios más allá de la relación para que ella no entre ahí, por protección. Es el hombre que sigue viviendo como soltero fuera de casa y siendo padre y esposo abnegado dentro, llevando una doble vida de la cual pocos conocen.

Desorganizado/desorientado: él siente que ella no es una persona que esté en capacidad de cuidarlo, pues es tan indefenso que necesita quien en realidad lo entienda. Piensa que la relación puede terminar en cualquier instante, porque ninguno de los dos es lo suficiente para el otro. Por esto, no se atreve a compartir más con ella, ni quiere saber más de su vida, y tampoco se revela para no resultar luego dañado, como ya lo fue tantas otras veces. De todas formas, es incapaz de ponerle fin. Es el animal herido que saca las garras ante cualquier acercamiento, ya que no sabe si el otro viene en son de paz o a armar la guerra. Para él, el amor es una lotería y nunca va a tener el número premiado.

El amor busca el bien del otro, pero parte del propio cuidado para hacerlo. La interdependencia persigue esto, a través del conocimiento mutuo al cual lleva la intimidad en el sentido amplio (no entendido solo como relación sexual). Y esto se aplica en todas las relaciones, claro, con sus debidas diferencias. Es el amor ordenado en el cual el uno depende del otro, pero en el sentido de que no somos islas sino continentes interconectados. Me dolerá inmensamente perder a esa persona que amo (padre, hija, esposo, amiga), pero no voy a morir sin ella. Porque justo ese amor que compartimos me ayudó a crecer y ser fuerte, y tener la capacidad para seguir adelante, aun con el vacío que deja. Todo nace en cómo criamos a nuestros hijos. Si no permitimos que exploren por sí solos, es probable que nunca se sientan capaces de seguir adelante sin alguien a su lado que les valide. Y no podrán construir vínculos saludables. He ahí la importancia de educar en la libertad y aprender cada vez más a hacer uso de ella como adultos.

La libertad nos lleva a la independencia y la interdependencia, alejándonos de la necesidad de estar “colgados” de otro.

Foto de RODNAE Productions en Pexels

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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