Leer pendejadas

Primerito, pido disculpas a quienes el título les suena grosero (que según la etimología lo es). En esta ocasión, quiero ser un poco más duro que de costumbre. Mi intención es hacer un llamado al cultivo de la inteligencia, pues para cultivar hay que sembrar. Y no hay mejor semilla intelectual que tener buenos hábitos de lectura. Cuando uno ve las diferentes encuestas que se generan año tras año en las distintas partes del planeta, entendemos por qué los países que más leen están considerados desarrollados. En Latinoamérica, casi la mitad de la población no lee nunca o casi nunca si no necesita hacerlo. Lo voy a relacionar con mi propia historia lectora y espero a través de esto llamar a una reflexión acerca de la importancia de estos hábitos en nuestro crecimiento personal.

Dice Carl Rogers que, ante de la experiencia de leer un libro, la persona “cambia y reorganiza su concepto sí mismo, deja de percibirse como un individuo inaceptable, indigno de respeto y obligado a vivir normas ajenas”. Al leer, según Viktor Frankl, la persona toma contacto con otro y sus ideas, y así “de forma continua e incesante se configura […] y se rehace”. ψυχῆς ἰατρεῖον (Psykhês iatreîon, “hospital del alma”) rezaba el portal de la Biblioteca de Alejandría. Es por esto que la biblioterapia, término acuñado por Samuel Crothers en 1916, es un recurso ampliamente usado pero poco documentado que apunta a ser una herramienta verdaderamente útil en procesos de recuperación tanto física como mental. En resumen, un libro ayuda tanto a sanar como a crecer.

Mis primeros recuerdos se relacionan con la lectura. Mi mamá leyéndome cuentos infantiles que me aprendía de memoria. Esos textos que me generaron curiosidad por entender los extraños símbolos que hacían nacer la magia del relato. Los primeros cómics que despertaron mi imaginación, con superhéroes y humoradas. El momento en el que aprendí a descifrar esos signos, en un viaje a Riobamba y gracias a las lecciones de mis padres con las marcas escritas en letras grandes en las partes de atrás de las camionetas. La varicela que pasé descubriendo a Dumas hijo y Salgari. En fin, que mi mente se configuró a través de la palabra escrita, de manera tal que cuando pienso en un término, la imagen que surge en mi cerebro está constituida por las letras que lo conforman.

Considero que todas las lecturas, desde Condorito hasta Santo Tomás, me han ido armando como el ser que hoy soy. Y lo seguirán haciendo. Y las personas que más admiro y más aprecio así lo podrían decir también. No concibo un mundo sin letras, porque ciertamente nací en la galaxia Gutemberg de la que hablaba McLuhan, pero sobre todo porque ahí puedo contar con los hombros de gigantes encima de los que he de treparme para alcanzar las estrellas. Posiblemente hoy no lea (leamos) tanto en el papel como en las pantallas, sin embargo considero que no puedo (podemos) pasar un día sin leer algo que nos brinde un aprendizaje. Yo no denigro (ya lo habrán visto en otros artículos) los medios electrónicos, aunque sí considero que nos han vuelto más inmediatistas y más dependientes de la imagen que del texto. Y eso sí puede resultar un obstáculo.

Como dice San Pablo, todo me es lícito, pero no todo me edifica. Eso se aplica también para lo que leemos. Alguna vez alguien dijo que en mi adolescencia había leído demasiado, porque mis variadas lecturas me desorientaron. Y tenía razón, hasta cierto punto. Hoy agradezco todas esas lecturas porque me permitieron conocer múltiples corrientes de pensamiento, muchas realidades y varios sentimientos que fueron dándome un más amplio entendimiento del mundo. Gracias a esa desorientación pude después encontrar la verdad de manera más clara y sostenerme en ella con mucha más convicción. Aunque mi suerte no es la de todos. Gran cantidad de personas se mantienen en esa desorientación porque no encuentran la verdad aunque la busquen, e incluso defienden una relatividad de la verdad que les termina hiriendo a ellos mismos.

Por esto sostengo que debemos dejar de leer pendejadas, idioteces, banalidades. No me refiero a que leamos únicamente alta filosofía, astrofísica o teología, porque como Borges (ese enorme lector) recordaba, “no hay poeta, por mediocre que sea, que no haya escrito el mejor verso de la literatura”, señalando que hasta en lo que en apariencia es despreciable podemos encontrar una huella de eternidad. Es el destino del hombre, el infinito. De todas formas, tras esa cantidad de letras sin aparente sentido, podemos encontrar guías en nuestro camino. ¿Por qué desaprovechar ese tesoro gastando horas leyendo basura, navegando tuits y tiktoks? No desoigamos la voz de los otros, que nos llega a través del alfabeto, en infinitas páginas que trazan sendas hasta los cielos.

Que cada minuto invertido en la lectura sea un paso más hacia nuestro destino final de felicidad última.

Photo by Ola Dapo on Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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