Admitir la debilidad.

Casi siempre nos cuesta mostrarnos débiles, vulnerables. Preferimos fingir una sonrisa, aunque la procesión vaya por dentro. Aguantarnos el dolor mordiéndonos los labios. Los hombres no lloran, y las mujeres tampoco, para evitar que “después se abusen”. El miedo se enmascara con pretextos y excusas, porque los cobardes no merecen ni el saludo. El otro extremo es el sentirse demasiado pequeños: no considerarnos dignos de nada, ni siquiera del amor de quienes nos rodean. Paralizados por el temor, el sufrimiento, la indefensión y la incapacidad. Por el terror a fallar, se prefiere no hacer nada.

Frecuentemente, la persona se mueve como un péndulo entre las dos emociones, entre esos dos complejos trabajados por Alfred Adler, tan relacionados: el de superioridad y el de inferioridad. Ambos, frutos de una enorme inseguridad. Su discípulo, el psicólogo católico (y profesor de Frankl) Rudolf Allers repite su idea de que el neurótico es una persona que busca por todos los medios, aún a través de la debilidad y la enfermedad, llegar a ser alguien. Aunque sea diciendo que es tan poca cosa que merece toda la ayuda para escalar. Sin embargo, afirma que “cada hombre no solo está ahí como algo existente, sino que también vale algo y es portador de un valor”. Pues defiende que “no hay punto de vista más peligroso, en materia de psicoterapia o de ascesis que este que hemos nombrado ‘la mirada desde abajo’. Es necesario elevar los ojos hacia las alturas de nuestra vida y del ser en general”. Esa mirada que considera al ser humano como una basura sin esperanza.

Mirar hacia lo alto con esperanza.

El secreto está en admitir la debilidad, sin quedarse en ella. Aceptar que, como raza humana, estamos heridos por el pecado, aunque seamos imagen de Dios. Capaces de la Capilla Sixtina, pero también de Auschwitz. Asumir el miedo sin paralizarnos, racionalizarlo y actuar con prudencia así como con valentía. Abrazar mis incapacidades para poder sostenerme en las habilidades del otro, entender sus fallas sabiendo que puedo permitir que se apoye en mis cualidades. Cada uno tiene su propia historia de caídas y levantadas, de fortalezas y fragilidades.

Allers sostenía que esos sentimientos de pequeñez nos vienen de nuestra niñez, al vernos tan poco hábiles para tantas cosas, si no fuera por la ayuda de “los grandes”. Entonces, tomamos uno de dos caminos: la indefensión aprendida (sentir que no se es capaz de algo por haberse acostumbrado a esto) o la idea de que lo podemos todo, aún a pesar de nuestros límites. En este último caso, Allers pensaba que una persona que está demasiado apegada a un sueño puede negar sus incapacidades de alcanzarlo. Eso, digo yo, acabaría llevándolo a ser tan tenaz y constante como para terminar lográndolo, o a verse frustrado de una manera inmanejable, hasta llegar a un trastorno mental.

La llave de todo es la obediencia a la realidad. Ponerme las metas que soy capaz de cumplir, con esperanza aunque sin ensoñaciones. Admitir que no lo puedo todo, ni lo sé todo, pero sí estoy en capacidad de apoyarme en el otro, con sus habilidades distintas y complementarias a las mías. Esas son las relaciones sociales, esa es la comunidad. Allers mantenía que la Iglesia se sostenía en su característica católica, universal, pero también en la individualidad de cada cristiano. Decía que cada individuo es único, y por tanto sus potencialidades y asimismo sus trastornos deben ser abordados de forma única.

Acojamos, pues, nuestra debilidad, sin dejar de soñar en alcanzar las estrellas. Juntos.

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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