Gratitud, una gracia

En la vida, una de las cualidades que más se aprecia es ser agradecidos. Se aprecia, porque no sentimos que sea tan común. Lo vemos en las relaciones humanas, cuando no encontramos el nivel de agradecimiento que esperamos. Pero también lo captamos como una actitud negativa ante las circunstancias, tal cual en esas respuestas populares a la pregunta “¿cómo estás?”: “aquí…”, “viviendo por no ser soberbio”, “sufriendo, como cuando eras pobre”, etc., etc. Aun así, en la rivera contraria encontramos arte de gratitud, como Violeta Parra dándole “Gracias a la vida”, “Gracias” de Alborán, ABBA y su “Thank you for the music”, o “Woman” de John Lennon. Y ese hermoso dicho: “Es de bien nacidos ser agradecidos”.

Si bien Santo Tomás de Aquino le dedica a la gratitud una “cuestión” (la 106 de la parte II-IIae) de su Suma teológica y otra a la ingratitud (la 107), en las cuales he basado mi pensamiento sobre el tema, en cuanto a la ciencia empírica la gratitud apenas ha sido estudiada en profundidad a partir de fines del siglo pasado. Quizás los más concluyentes han sido los análisis de los psicólogos Michael McCullough y Robert Emmons, quienes han encontrado que la gratitud, como estrategia adaptativa (al buscar sostener un beneficio recibido), también se puede desarrollar para interpretar de forma optimista las experiencias cotidianas. Algunos estudios han demostrado los efectos positivos de diferentes prácticas de gratitud en el bienestar de las personas (Seligman, et. al., 2005; Emmons and McCullough, 2003; y Lyubomirsky, et. al., 2005). De todas maneras, también se ha encontrado (como Solomon y Emmons señalan) que las personas a veces asocian la gratitud con la feminidad, la dependencia y los sentimientos de mérito inmerecido, siguiendo a Aristóteles al considerarla contraria a la magnanimidad cuando implica deuda e inferioridad por parte del beneficiario.

Decía santo Tomás que existían tres requisitos para una gratitud plena, y cito: “el primero es, por parte del hombre, el reconocimiento del beneficio recibido; el segundo, alabarlo y dar las gracias; el tercero, recompensarlo según las propias posibilidades y de acuerdo con las circunstancias de lugar y tiempo”. En cuanto a lo primero, no podemos agradecer si primeramente no consideramos que lo que nos han dado es un bien. Un niño no agradece el regalo de navidad si no es lo que esperaba, el clásico ejemplo de la camisita de cuadros cuando se ansiaba el muñeco de Batman. Por ello, no debería dolernos que la gente no sea agradecida con nosotros si, por más que nos desvivamos, no estamos dando lo que necesitan. Y esto nos lleva a buscar entender que, más allá del don recibido, existe la voluntad con la que se nos da. Como en el pasaje evangélico de la limosna de la viuda.

En cuanto al segundo requisito, me gusta pensar en la etimología de gratitud (del latín gratitudo, gratitudinis), la cualidad de grato (gratus, agradable, agradecido), que viene de gracia (en latín gratia, favor, simpatía, estima), cuya raíz indoeuropea *gwer-, significa alabar en voz alta. Gracia es una palabra que tiene muchas acepciones (hasta catorce según la Real Academia Española), y que comparte raíz con otros vocablos castellanos como gratis, gratuito, agraciado, gracioso, congratular, entre otros. Toda esta disquisición se debe a que dar las gracias tiene un significado profundo relacionado a la vez con la alabanza y con la expresión en voz alta. No basta un agradecimiento interno, sino que queremos que todos sepan que reconocemos lo recibido de parte del otro. Es el efecto al cual nos impulsa la causa del don, de lo que se nos ha dado gratuitamente, de la gracia. Por eso, no es lo mismo en realidad agradecimiento que gratitud. Agradecimiento puede ser simplemente decir una de esas “palabras mágicas” que les enseñamos a los niños: gracias. Gratitud es reconocer que tenemos una deuda con quien nos dio algo: no solo material, sino de tiempo, voluntad, propósito.

Es precisamente aquí, en este tercer requisito, en el cual más detectamos la ingratitud. Y ya no únicamente como un defecto, sino como un mal moral, como un pecado. Porque encontramos que no basta con el reconocimiento, ni con la expresión verbal de gracias. Hay que devolver de alguna manera lo recibido. Sin embargo, esa deuda es bastante más compleja que la mera deuda económica o de justicia. Si hice un trabajo, merezco un pago, aunque lo haya hecho de mala gana. En cuanto a los afectos, esto no es tan evidente. A veces recibimos regalos por compromiso, y no nos sentimos obligados a responder a ese compromiso. En cambio, cuando ese presente denota la preocupación del otro por mí, no queremos devolvérselo con uno igual, sino que la gratitud me lleva más allá.

Entonces entendemos que esa recompensa puede tener muchas manifestaciones: desde el simple “gracias” hasta el verdadero don de sí mismo. Sabemos que no basta retribuir lo que el otro nos da regresándole lo que nos dio: no mostramos gratitud a quien nos da una corbata devolviéndole la corbata. Entendemos que la gratitud implica ir más allá: entender que quien da no solo da una cosa, sino que se da él mismo. Entonces, esa corbata merece un “gracias” y un regalo acorde cuando él cumpla años o cuando yo quiera o pueda dárselo. Pero sobre todo implica sentirme conectado en los afectos con esa persona que ha dado su tiempo, su esfuerzo, en fin, sus recursos para mostrarme en lo material cuánto cuida su relación conmigo.

Seguramente en otro artículo trate sobre los aspectos patológicos de la gratitud. Hoy quiero enfocarme en lo positivo de esta virtud y esta actitud psicológica: cuando somos agradecidos, no únicamente con las personas, sino con la vida misma y con el Hacedor de esa vida, entonces encuentro más claramente el sentido de mis actos. Mi existencia se abre a dar una respuesta a todo lo que me ha sido dado como gracia, es decir, gratuitamente. Descubro más de lo que tengo que de lo que me falta y aprendo a ver la luz entre todas las sombras.

Ser agradecido es una gracia que me abre al infinito.

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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