Las máquinas simples en psicología (pt.1)

Esta semana he estado ayudando a mi hijo en el aprendizaje de las máquinas simples (bueno, simple machines porque era Science) y comencé a pensar que también podemos usar máquinas simples en nuestros procesos mentales. Se me ocurrieron algunas analogías al respecto, y es lo que aquí les quiero compartir, para poder añadirlas a las herramientas psicoafectivas que nos ayudan en nuestro proceso de crecimiento personal. Si a alguien se le ocurre alguna otra, es bienvenido a comentar y apoyar así esta idea básica. El fin es tener más recursos para ser mejores seres humanos.

Cuando pensamos en máquinas, pensamos en complejos artilugios modernos que realizan labores aún más complicadas, como una computadora o un automóvil (es más, así se le llama a este último en italiano, macchina). Pero la palabra nos viene del griego antiguo μαχανά (makhana), a través del latín, derivado de μῆχος (mekhos), medio para hacer algo, de donde nos llega también el término mecánica. Se refería a cualquier ingenio usado para realizar una tarea física, podía ser, entonces, desde una tiza hasta una grúa (de esta, el famoso deus ex machina del teatro clásico). Las máquinas simples son, por esto, sencillos artefactos para facilitar el trabajo, y que componen muchas veces mecanismos más elaborados. Son, es de esperarse, las primeras formas de tecnología creadas por el hombre, y son la base del desarrollo de las civilizaciones. Así, las seis máquinas simples clásicas nos vienen también de la Antigüedad: plano inclinado, rueda y eje, palanca, polea, cuña, tornillo. Algunos han planteado más, otros menos, pero me ajusto a este listado.

Como ya hemos dicho en los artículos previos sobre las redes sociales, el sociólogo Marshall McLuhan consideraba las herramientas tecnológicas como extensiones del cuerpo, que amplifican las capacidades de nuestros miembros y sentidos. Es así que las máquinas simples son, a mi modo de ver, una muestra fundamental de la importancia de evitar la fijación funcional, sesgo cognitivo que limita la utilidad de un objeto a su uso tradicional, según el psicólogo de la Gestalt, Karl Duncker. Es de imaginar a un grupo de cavernícolas, lanzas en mano, frente a una enorme roca que obstaculiza su paso, preguntándose cómo sortear tal inconveniente. Hasta que alguno de ellos, dejando de pensar en su lanza como un arma arrojadiza, coloca una roca más pequeña cerca de la gigantesca e inserta su lanza debajo de esta, apoyándola en aquella y con una fuerza no tan descomunal como pensaban, logran despejar el peñasco del camino. Este maravilloso descubrimiento haría que, milenios después, Arquímedes sentencie: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”.

Las máquinas simples responden a la la ley de la conservación de la energía (la primera de la termodinámica), que afirma que la energía no se crea ni se destruye, sino que simplemente se transforma. Entonces, pueden transformar fuerza en distancia, o viceversa, por ejemplo. En Física se llama trabajo a la cantidad de energía involucrada en producir cierto cambio físico. Lo mismo se aplicaría al trabajo psicológico, que es necesario en nuestro crecimiento personal. Por consiguiente, es de esperarse que podamos contar con herramientas que nos faciliten ese cambio. No es tampoco nuevo el hecho de usar algunas máquinas simples como metáforas de procesos mentales (cuña, palanca, eje, etc.). Vamos a ver:

  • Palanca

La palanca es una barra o lámina rígida que se balancea sobre un punto de apoyo denominado pivote o fulcro. En ella intervienen tres fuerzas: la potencia (la fuerza que aplicamos en el extremo de la palanca), la resistencia (la fuerza que debemos vencer, el peso del objeto que queremos mover al otro extremo) y la fuerza de apoyo que es equivalente, pero opuesta a las anteriores.

Al igual que los cavernícolas queriendo mover la piedra sin ayuda, querer vencer nuestros problemas psicológicos solos es inútil. Necesitamos dónde apoyarnos y algo que transmita la fuerza que hacemos gracias a ese fulcro. El apoyo es, comúnmente, un buen amigo, nuestra familia, o la fe en alguna entidad superior. El inconveniente con estos es que, en ocasiones, o no representan fuerzas equivalentes, o no son contrarias al peso del problema. Es por esto que es necesario un sustento más profesional, más sólido. Para eso está la terapia. Igual, si la palanca no es suficientemente resistente, se quiebra. Esto es, en mi opinión, la inteligencia sumada a la voluntad: cuando estas son débiles, es muy difícil poder mover algo en nosotros, aunque el pivote funcione perfecto.

  • Plano inclinado

Este consiste en una superficie plana que forma un ángulo agudo con el suelo. En él intervienen cuatro fuerzas: la fuerza de gravedad (con la que el planeta atrae al cuerpo), la fuerza ejercida por el cuerpo sobre el plano (en función de su masa y la gravedad, lo que conocemos como peso), la fuerza normal (la fuerza de reacción ejercida sobre el cuerpo por el plano) que es de la misma magnitud aunque contraria a la anterior, y la fuerza de rozamiento (su magnitud depende tanto del peso como de las características superficiales del plano inclinado y la superficie en contacto del cuerpo -coeficiente de rozamiento-) que siempre se opone al sentido del movimiento del cuerpo respecto a la superficie. Dependiendo de si usamos el plano inclinado para subir o para bajar, las fuerzas son manejadas de manera distinta. Mientras mayor sea el ángulo, mayor resulta el esfuerzo y más lenta se vuelve la subida, aunque más rápida y más fácil la bajada. Pero no nos compliquemos más.

Creo que la mejor analogía del plano inclinado en el campo mental es el proceso que representa ir tomando consciencia de quiénes somos y cómo nos manejamos en el mundo. Si queremos hacerlo más rápido y con menos esfuerzo, el ángulo debe ser menor. Ese ángulo, para mí, representa la ansiedad con que tomamos el proceso: mientras mayor sea aquella, más empinado nos parece este. Si los egipcios hubieran utilizado un plano inclinado con un ángulo muy abierto, no habrían construido las pirámides. Debemos tomar nuestros trabajos mentales como procesos que hemos de llevar poco a poco para que cuesten menos.

  • Cuña

En ella aplica el mismo principio físico del plano inclinado, pero para introducir una pieza en otra de manera que resulte más fácil partirla o sujetarla (dos funciones, igual que el plano al subir o bajar). De hecho, una cuña son dos planos inclinados juntos. Es la máquina subyacente en algunos de los más primitivos instrumentos de la humanidad: el hacha, el cuchillo, la punta de flecha. De manera similar al plano, el poder de la cuña yace en el ángulo de su punta: mientras menor sea, menos fuerza necesitaremos aplicar.

Si el cuchillo no está bien afilado, es decir, si su cuña no tiene un ángulo tan agudo, no conseguiremos cortar nada. Para incidir en las ideas dañinas que queremos cortar, debemos atacarlas con otras muy afiladas. Ideas que nos pueden lastimar, pero que al aplicarlas donde se debe nos pueden quitar de encima pesadas cargas psicológicas. Muchas veces no queremos usarlas por miedo al dolor que podrían producir si no las dirigimos correctamente, pero con el suficiente entrenamiento, son las mejores herramientas para vencer miedos y obsesiones.

Photo by Ono Kosuki on Pexels.com

Está visto que el artículo resulta largo porque hay mucho que decir de cada máquina simple y su analogía psicoafectiva. Por esto, lo he partido en dos con una buena cuña, y lo continúo en un siguiente artículo que publicaré, Dios mediante, el próximo miércoles. No dejes de leerlo.

Continuará…

Image by PIRO4D from Pixabay

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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