El don de la culpa

Muchas de las personas que escucho en consulta tienen, en la profundidad de su malestar, una culpa enquistada. A veces ni se dan cuenta de que está ahí, y no entienden de dónde salió. Cuando comienzan a trabajar en ella, pueden limpiarla y darle sentido, como inyectar oxígeno al agua empozada para que se convierta en un manantial de vida. Luego, ¿siempre es negativa la culpa, o simplemente se trata de usarla a nuestro favor? Debemos, entonces, entender por qué sentimos culpa.

El psicoanálisis consideró la culpa como una fuerza castradora y por lo tanto indeseable, proveniente de una moral impuesta. Era un intento por darle contra a esa visión culpable del ser humano que había manejado la pedagogía del miedo propia de las religiones del siglo XIX. Sin embargo, como señala Mariola Bonillo, psicóloga sanitaria, “cuando la culpa es adaptativa su función es reconocer los errores y poner en marcha conductas de ajuste y reparación”. Es decir, es útil. “La culpa le ha servido a la humanidad para frenar sus impulsos destructivos. Pero no significa que sentirla sea maravilloso”, recuerda Marcos Aguinis, psicólogo argentino, en su Elogio de la culpa. Y añade: “si bien cuando es excesiva resulta intolerable, su ausencia es más peligrosa: hunde al hombre al nivel de canalla”. Larry Barber, teólogo y psicólogo, redunda en esa distinción: “aunque nuestra conciencia puede engañarnos con una culpa falsa, la culpa ‘verdadera’ tiene un buen propósito. Dios la diseñó para crear un estado de ansiedad dentro de nosotros siempre que nuestros motivos o conducta no cumplan con Su estándar moral auténtico. […] Como creyentes, debemos llegar a ver la culpa como un regalo, un instructor que nos lleva a valores auténticos y nos ayuda a ver nuestra necesidad de misericordia”. Sin embargo, no se queda allí, como vemos en la primera carta de Juan: “No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo. Quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor”.

Ahí está el quid del asunto. No se trata de eliminar el sentimiento de culpa, sino de encontrar su fuente, distinguir si es verdadera o falsa, y hallarle un propósito dentro de nuestro proyecto de vida. Entonces, ¿cuándo podemos decir que la culpa nos sirve y cuándo no? En realidad, es bastante fácil (en teoría). Debemos tomar en cuenta los siguientes aspectos:

1. ¿Surge de la consciencia de un mal moral o de una concepción sesgada de la realidad?
Bueno, primero deberíamos definir que son estas dos ideas contrapuestas. Nos explicaba santo Tomás de Aquino que “el bien y el mal no son diferencias constitutivas más que en la moral, la cual se especifica por el fin, que es el objeto de la voluntad, de la cual depende toda la moral”. En otras palabras, el mal moral es aquel que se hace teniendo conciencia del daño. Obviamente, tal conciencia es algo que difícilmente es tan claro. De todas formas, la idea es distinguirlo del mal físico. Un ejemplo para graficar: si un león mata un antílope podemos hablar de mal físico pero no de mal moral, pues el animal no es consciente del daño que está haciendo, solo trata de sobrevivir.
Por contra, una concepción sesgada de la realidad es aquella que no está basada en la verdad, sino en las opiniones personales, influidas por distintas condiciones de nuestra historia. Ejemplo: Un hombre crece pensando que jugar es malo porque oía como sus mayores relataban experiencias de personas que lo perdieron todo por la ludopatía. Al crecer, cuando un grupo de amigos le invitan a jugar cualquier cosa, pensará que ellos se encaminan a la perdición, y sentirá que si acude a la invitación estará cargando con esas consecuencias nefastas.
Me he alargado en esta explicación que consideraba necesaria para entender correctamente la diferencia entre estos dos orígenes de la culpa. Si el sentimiento de culpa surge de un mal moral, evidentemente podemos colocarlo en el lote de la culpa adaptativa, esa que nos hace buscar corregir nuestros errores en pro del bien personal y colectivo. Sin embargo, si este sentimiento ha brotado de una idea y no de un mal positivo, entonces estaré cargando con un peso muerto en mi mochila.

2. ¿Es que existe tal culpa?
Es frecuente vivir ahogados con cargos de conciencia por hechos que no están bajo nuestro control. Esto es parte de un espectro que va desde la simple inseguridad hasta la alucinación. Si el mundo no cambia es porque no estoy haciendo lo suficiente. Si ella me dejó es porque encontró alguien mejor. Si mis papás se divorciaron es porque fui un mal hijo. Si un volcán hizo erupción es porque estuve pensando que Dios nunca dejará que eso pase y me castigó. Si mi padre murió de cáncer es porque existe un complot para amedrentar a quienes hablamos contra “el sistema”. Y así. Ese tipo de culpa se basa en sentir que tenemos más poder del que en realidad tenemos, y esto tiene un origen bastante lógico: el centro del universo somos nosotros, pues nos tenemos más cerca. Pero debemos justipreciar nuestro lugar en el cosmos, para ser capaces de asumir aquello sobre lo que realmente podemos actuar, y dejar lo demás en manos de Dios. Si no, será imposible darle una respuesta a esa culpa, ya que no alcanzamos a ser actores de ningún cambio en aquello que no nos corresponde.

3. ¿En realidad es mi culpa?
En esto, yo suelo contrastar dos conceptos: culpa y responsabilidad. En general, solemos echar la culpa a alguien. Es decir, consideramos que todo el peso del acto recae en una sola persona. Muchas veces, ese alguien somos nosotros mismos. Y esto no suele ser real, porque más que un culpable, lo que hay son responsabilidades compartidas. O sea, hemos dado cada uno la respuesta que entendió que era la mejor o simplemente la que sintió el impulso de dar. Y esas respuestas se sumaron, resultando en determinadas consecuencias negativas. Es algo que suele pasar: hubo una pelea doméstica, y es común culpar a quien alzó primero la voz o dio el primer golpe; pero, antes, del otro lado hubo una serie de palabras hirientes o tensiones impuestas que no se detectaron a tiempo. Ambos comparten cuotas de responsabilidad. Suele ocurrir también, y este es el tema aquí, que uno se siente el único responsable, y volvamos al mismo caso: “es que yo soy la estúpida que sigo ahí oyéndole en lugar de irme”. En suma, si cada uno asume su parte en los hechos, las relaciones pueden crecer, hacerse mejores, más sólidas; si es al contrario, nos entrampamos en un callejón sin salida de luto y dolor.

4. ¿El sentimiento de culpa ya me libera del mal cometido?
Existe una forma bastante común de manejar la culpa: como un escudo para protegerme ante el reproche. Si ya me siento suficientemente mal con lo que hice, ¿por qué tener que aguantar que otros me lo sigan señalando? De victimario paso a ser víctima. Esta es muestra de inmadurez emocional, muchas veces, como los niños que se enojan cuando se les reprende. Pero ocurre que se mantiene como una manera de responder incluso hasta la vejez. Si queremos sanar la culpa, evidentemente debemos tomarla como lo que es: un llamado al cambio. Llevarla colgada cual cartelito para que todos sientan lástima por nosotros, pobres pecadores, es solamente una señal de inseguridad llevada al extremo de la inacción. Ya que fui objeto de una circunstancia fatal, no puedo sino mostrarme humillado por toda la eternidad.

5. ¿Debo seguir cargando esta culpa para siempre?
El mito de Sísifo. Empujar incesantemente la misma piedra cuesta arriba, día tras día. Pienso que aquí cabe mencionar el sacramento de la reconciliación en la fe católica. El Señor nos conoce tan bien que, sabiendo que no nos es fácil liberarnos de la culpa, nos regaló este sacramento que limpia completamente nuestros delitos, con la única condición de que nos arrepintamos en serio. Es decir, no solo sentir dolor por lo malo que hicimos, sino que sinceramente no queramos volver a cometerlo y busquemos una reparación si es posible. Pero que, luego de eso, sintamos que ya no tenemos por qué llevar ese peso en nuestras espaldas. Así debe funcionar también entre nosotros: que el cargo de conciencia conduzca al perdón, y con él al olvido. Si no, tanto el ofendido como el ofensor pueden ir llevando fardos enormes la vida entera, fardos que impiden que nos relacionemos de manera libre y amorosa.

El artículo ya resultó lo suficientemente largo como para dejarlo ahí. Sin embargo, trataré de continuarlo con otro que hable –precisamente– del sentido que le podemos dar a la culpa, y las estrategias necesarias para hacerlo. De todas formas, quiero dejar aquí un resumen sobre cómo detectar que la culpa me está haciendo daño: entender de dónde brota y si le estoy buscando un propósito. La culpa es un don de Dios para que los seres humanos podamos vivir en paz, interiormente y en nuestras relaciones. Pero si no la sabemos usar para que dé frutos, lo más probable es que nos tire abajo y nos impida seguir. Y esa fue la diferencia entre la culpa que sintió Pedro y la que llevó a Judas al suicidio. Que la culpa nos traiga la redención.

Una culpa que brote de un corazón sincero que busca la eternidad.

Photo by omar alnahi on Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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