¿Es posible el distanciamiento social?

En muchos lugares, del confinamiento se ha pasado a lo que se ha llamado en algunos sitios “nueva normalidad”, basada en el regreso a las actividades con ciertas restricciones. Esto ha llevado a duras críticas hacia estas medidas, ante el repunte de contagios en muchos de los lugares que han adoptado dichas normas. Yo no quiero caer en la falacia de que correlación implique causalidad (o sea, que cuando dos cosas disminuyen o crecen al mismo tiempo, una es causa de la otra) sin suficientes datos. Sí es claro que existen muchos casos documentados de personas que, en semáforo rojo, naranja o amarillo, y a pesar de toda ley restrictiva, siguen incumpliendo las normas de aislamiento o distanciamiento social. ¿Podemos juzgarlos así, sin más? ¿Es este en verdad posible para el ser humano?

En realidad, no es una respuesta fácil de sí o no. Tomando en cuenta que somos sociedades de fisión-fusión, la primatóloga chilena Isabel Behncke señala que el confinamiento y la distancia social aumentan el conflicto. Una sociedad de fisión-fusión es aquella en la que sus miembros se agrupan y separan según ciertos criterios de afinidad: la protección, la consecución de alimentos, la perpetuación de la especie, el juego, etc. Los humanos tenemos un grupo en casa, vamos a la oficina y nos involucramos en equipos de trabajo, luego salimos a divertirnos con un grupo de amigos. Esto nos ha vuelto sociedades complejas, según Federica Amici, Filippo Aureli y Josep Call, produciendo un desarrollo cognitivo gracias a esos retos. Hemos generado herramientas que nos ayudan a enfrentarlos, lo que se llama el Cerebro Social, como son la mentira, la adulación, la manipulación, el chantaje, pero también la amabilidad, la empatía, el autocontrol.

Luego, es lógico entender la necesidad de la gente de salir de su casa. Necesito el contacto, necesito abrirme y compartir no solo con las personas con las que cohabito un espacio, sino con gente incluso que no conozco. Eso permite que mi cerebro permanezca activo y ejercitar mi músculo social. Esto en niños y adolescentes es incluso más necesario, pues se van construyendo procesos neuronales importantes fruto de la interacción social, como nos recordaba Lev Vygotsky. Esto sin contar los aspectos económicos que son los que más se toman en cuenta para pasar a la “nueva normalidad”. Ya he venido hablando algo de esto en artículos anteriores, pero creo que es pertinente enfocarnos en algunos puntos más.

Pienso que es muy fácil condenar como irresponsable a quien sale a visitar a los parientes o hace fiesta con los amigos. En realidad, objetivamente, no deja de serlo. Pues hay que tomar en cuenta de que, aunque mi posibilidad de contagio sea muy baja, y la de curarme incluso sin ninguna atención médica muy alta, no puedo decir lo mismo de todas las personas, menos aún de los grupos más vulnerables. Además, recordemos, estamos hablando de posibilidades. La realidad es bastante más incierta. Sin embargo, el argumento que más me mantiene confinado en mi caso particular es pensar en el resto: si yo enfermo y necesito ir a un hospital, seré un número más que se suma al colapso del sistema de salud. Y eso sin tomar en cuenta que en el camino probablemente haya contagiado a mucha más gente.

Pero tal vez estos argumentos no estén tan claros para la mayoría de individuos. Incluso, no creo que sean muy conscientes de cómo sus impulsos más básicos los están empujando a faltar a las normas y convenciones sociales en tiempos de pandemia. Es muy posible que sigan funcionando bajo las órdenes del pensamiento mágico más que por la obediencia a la realidad: tal cual un niño se pone un traje de Superman y piensa que puede volar, o un adolescente que va a 120 Km/h en una calle porque se siente un piloto formidable. Nunca le ha pasado nada, ¿por qué le tiene que pasar ahora?

El proceso mental del ser humano es muy complejo. No basta con decir “quédate en casa”, o incluso “¡¡¡quédate en casa, chch, HDLGP, -bip-, -bip-!!!”. Habría que apelar a esos mecanismos de adaptación superiores, que nos han permitido sobrevivir en sociedades complejas de fisión-fusión como la nuestra. El más importante: el autocontrol. Puedo necesitar enormemente visitar a mis papás, porque no los veo más de cuatro meses, pero me controlo. Sé que tengo que protegerme, protegerlos a ellos y –más que nada– a esos desconocidos a quienes les podría estar quitando los cuidados necesarios para poder seguir vivos.

Entonces, ¿es posible el distanciamiento social? Sí, es posible. La humanidad tiene suficientes recursos como para mantenerse conectada sin necesidad de recurrir al contacto físico, aunque no sea exactamente lo que necesitamos. Y, sobre todo, podemos inhibir esas necesidades y volverlas una dádiva hacia el otro y la sociedad entera. Mi sacrificio es un aporte a mi entorno.

Pienso en los demás para poder ser feliz.

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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