Hoy no quiero pensar

No es solo un título para el artículo. En verdad, hoy no tengo ganas de que mi mente trabaje mucho, pues he tenido una semana exigente. Sin embargo, la idea de mis artículos no es hablar nada más de mí, sino que intento brindar algo a quien pase por aquí. Y ahora lo que me gustaría dejarles es la idea de que, así como el cuerpo, la mente también se agota y necesita descansar. De lo que quiero hablar ahora es de estos mecanismos que llevan al cansancio y cómo salir de ellos.

Así como el cuerpo en realidad nunca descansa porque siempre hay procesos fisiológicos en marcha, aun cuando dormimos, la mente en sentido estricto tampoco se puede detener. El cerebro está trabajando todo el tiempo, y de hecho una de las más fundamentales labores para nuestro desarrollo se da en algunas fases del sueño. En esas horas donde aparentemente nuestro cerebro no hace nada, varios estudios (como el de un grupo de investigadores dirigidos por el profesor Marcos G. Frank) demuestran que la fase REM (movimiento rápido de los ojos por sus siglas en inglés) del sueño es muy útil para nuestra plasticidad neuronal. Este es el proceso que modula las respuestas a los estímulos, tanto externos como internos, y desarrolla conexiones que, por ponerlo simple, son las que posibilitan nuestro desenvolvimiento en el mundo.

Visto esto nos damos cuenta de que los sueños no solo que no son tiempo perdido, sino que además son vitales para nuestro crecimiento. Es por esto que mientras más aumenta nuestra edad, menos necesitamos dormir. Sin querer meterme a honduras neurocientíficas, es conveniente poner la frase del título dentro de este contexto. No es que necesitamos dejar de pensar literalmente, de forma simple buscamos que nuestra mente haga un esfuerzo menor y se distraiga. Como cuando nos vamos de vacaciones, que no es que en verdad no hacemos nada sino que cambiamos de ambiente y de actividad por lugares y actos más relajados. Nuestra mente también puede pensar en cosas menos pesadas y menos exigentes.

Un ejemplo es este artículo que escribo ahora. Es usual que me tome días pensar lo que voy a publicar, incluso meses desde que me surge la idea y la voy madurando en mi cabeza. Luego lo voy escribiendo, investigando y sustentando, corrigiendo. Es evidente que este proceso unas veces me sale mejor que otras, pero me hace sentir confiado de que el resultado al menos no será un desastre. Este contenido, mientras tanto, lo voy redactando sobre la marcha, y ni siquiera la idea fue pensada antes de entrar a digitarla. Me dije: no he tenido tiempo, no tengo ganas, estoy cansado, voy a escribir lo que buenamente se me vaya ocurriendo solo por mantener mi constancia.

Así que no sé si el resultado de esta divagación sea útil a nadie. (En realidad, ¿existe alguna garantía de que algo redunde en ayuda para alguien?) Pero quiero dejar el mensaje de que necesitamos a veces ser un poco irresponsables. Un poco. Lo suficiente para sostener nuestros compromisos, pero no tanto como para que estos se transformen en una soga en el cuello. Amar comienza por uno mismo, y una forma de amor es cuidar el descanso. Yo soy un defensor del tiempo del sueño, incluyendo la siesta. No porque apruebe la vagancia, sino justo porque creo que no se puede trabajar en nada, ni en uno, si no se ha generado antes esa plasticidad neuronal, y si no se ha permitido a la mente salir de vacaciones cuando lo necesitó. Los colapsos nerviosos (como el conocido como surmenage, el síndrome de fatiga crónica) terminan dañando nuestra capacidad de reacción y sus consecuencias son más costosas que haber descansado las horas necesarias.

El otro día leí que Elon Musk trató de dormir menos tiempo, a ejemplo de Alva Edison que descansaba a intervalos cortos durante todo el día. Se dio cuenta de que no funcionaba igual si no dormía al menos seis horas seguidas. Es importante conocerse uno mismo y saber qué necesita. No sé si el “mago de Menlo Park” hubiese sido más “productivo” si descansaba más horas, pero sí me quedo con el testimonio de Musk. La idea que uno debe tener es que, si uno se cuida a sí mismo, puede en verdad ser un aporte para los demás, para su entorno más cercano, como ciudadano y como persona. Cuidarnos significa cuidar nuestro sentido de vida.

Así que si en algún momento sientes que tu mente hizo demasiado esfuerzo y necesita descanso, mándala de vacaciones. Lee un libro que te desconecte, distráete con una película o un buen yutubero. Sal al parque y juega con tus hijos. Conversa con tus amigos por el mero gusto de compartir con ellos (con bioseguridad en tiempos de pandemia, por supuesto). La gente más “exitosa” (desconfío de esta palabra) no es la que más horas le dedica al trabajo, sino quien más le dedica a cuidarse a sí mismo, no como un acto egoísta, más bien para partir de ahí hacia el cuidado del prójimo. Quien no se ama no puede decir que ama al otro y peor que ama a Dios quien lo creo.

Dejar de pensar, a veces, resulta el más altruista de los actos.

Photo by Ivan Samkov on Pexels.com

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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