Lecciones de vida de MasterChef, pt.2

Venía hablando desde el punto de vista psicológico del talent show del momento en varias partes, y en Ecuador donde acaba de finalizar, enfocándome en los mensajes constantes de los jueces Carolina Sánchez, Irene González y Jorge Rausch. Decía que son palabras que se repiten hasta grabarse los concursantes, usándolos como reglas del juego, y que pienso que calzan también como máximas de vida si las sabemos aplicar de manera conveniente.

Repito, no busco entrar en profundidades sobre este formato, pero creo que conviene hacer acuerdo sobre que siempre existe la oportunidad de sacar una enseñanza positiva de cualquier fuente, incluso de lo que muchos consideran telebasura. Es a lo que me refería en mi publicación sobre el consumo inteligente de lecturas cuando citaba a Borges. Como escribía en el artículo anterior, no se trata de cuán real sea la telerrealidad, lo importante es poder aprender algo de ella. Recordemos, además, lo que señalaba McLuhan cuando nos hacía ver que “el medio es el mensaje”.

  • Se debe saber para quién cocinas

No es lo mismo darle algo a una persona que a otra. Aunque por el encargado de la tienda sienta un amor de hospitalidad, como prójimo, no voy a llegar con un regalo por San Valentín, que en cambio tendría buen efecto en mi esposa. Si le vamos a preparar carne en palito a un grupo de críticos gastronómicos, lo más probable es que nos manden con viento fresco. Cada individuo, cada relación, tiene sus propios retos y necesidades, y por esto a cada uno le mostramos un aspecto distinto de nosotros. De esa manera equilibramos las relaciones y nos sentimos alegres en ellas.

  • Se trata de sacar un plato

“Lo perfecto es enemigo de lo bueno”, reza una máxima que consignó Voltaire. Es frecuente que, enfocados en resultados espectaculares, no alcancemos a dar nada. Por brindar algo original, exquisito y hermoso podemos terminar sin emplatar nuestra preparación. Queremos ser profesionales, padres, cristianos perfectos. Luego, nuestras limitaciones nos frustran y nos golpean contra el piso. El sentimiento de mediocridad también nos lleva a la inacción. Y llegamos a sentir y hacer sentir que no tenemos nada que ofrecer. El objetivo debe ser hacerlo lo mejor que podamos, y procurar que sea cada vez mejor.

  • Uno es tan bueno como el último plato

Conectado con lo anterior, las buenas obras pasadas no son excusa para actuar mal hoy. Ciertamente, no somos infalibles, pero eso no debe ser pretexto para no procurar cada vez hacerlo bien. Aunque un concursante haya venido cocinando delicioso, si el último plato del reto de eliminación es un despropósito, “un horrrrorrrr”, tendrá que irse. Es lo que ocurre con los esposos correctos y dedicados que un mal día meten las patas hasta el fondo. Ese dolor es mucho más difícil de curar que el que produce conocer los defectos de la persona y convivir con ellos desde el inicio. Ante eso, pocas veces hay “tiempo extra”.

  • El que comete más errores es quien abandona la competencia

Como lo venimos diciendo, nadie es perfecto y podemos equivocarnos. Por esto, quien más busca ser ese ideal de persona al que está llamado tiende a ser más apreciado y valorado por los demás. El cocinero que más aprende de sus errores termina cometiendo menos cada vez, y se queda hasta la final. En la vida, quien no saca lecciones de las malas críticas termina frustrado y se queda solo, culpando a todos de su desdicha. Mientras tanto, el que más se esfuerza por entender sus debilidades va avanzando hacia la meta última que se ha planteado, y se siente feliz en el camino.

  • Nadie gana Masterchef sin saber hacer postres

Hay que conocer cómo cerrar lo que se ha iniciado. El postre es el plato que se queda en las papilas del comensal, y si todo el menú fue espectacular pero el postre da asco, se marchará sin querer volver. Hemos de pensar cada instante de nuestra vida como ese postre, ese momento final, y si nos esmeramos por dejar ese buen sabor de boca en quienes nos rodean, todos querrán que no nos vayamos nunca. Buscarán construir relaciones duraderas con nosotros. Además, como “nadie sabe el día ni la hora” (nos enseñó Jesús) y “nadie se muere la víspera”, debemos estar preparados para cuando nos encuentre la muerte.

He continuado, y aún no termino. Pienso que me quedan las lecciones principales, así que no dejen de buscar el siguiente artículo de la serie.

Seguirá continuando

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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