Lecciones de vida de MasterChef, pt.1

El talent show del momento en Ecuador, y en algunas otras partes de Latinoamérica, es MasterChef. Aquí está acercándose al final, por lo cual he querido hablar un poco de él desde el punto de vista psicológico. Quizás no tanto de los efectos de la telerrealidad en el espectador o, sobre todo, en el participante; más bien de ciertos mensajes constantes por partes de los jueces Carolina Sánchez, Irene González y -principalmente- Jorge Rausch. Son palabras que se repiten hasta grabarse los concursantes, usándolos como reglas del juego, buscando la ansiada victoria. De todas formas, considero que calzan también como máximas de vida si las sabemos aplicar de manera conveniente.

Sin querer entrar en profundidades sobre este formato de contenido, hay que tomar en cuenta que los “realities” enganchan por la sensación de cercanía que se tiene con los protagonistas. El concepto de ser programas que son espontáneos, sin guiones y con personas comunes es sumamente atractivo. Percibimos que ese que veo en la pantalla podría ser yo… es más, solemos pensar “la próxima temporada me inscribo”. Más allá de si todo esto es verdad o no, es capaz de llevarnos a creer que lograr entrar en una competencia de este tipo nos arreglaría la vida. Sobre todo en ciertas profesiones consideradas “menores” por los estereotipos sociales, como la música o la cocina, resulta apetecible entrar en uno de estos programas y, gracias al reconocimiento obtenido, dejar una vida de esfuerzo y sacrificio para hacer lo que nos gusta y ganar mucho dinero. Esta es la razón por la cual considero que analizar estos mensajes oídos en MasterChef y trasladarlos a la cotidianidad nos ayuda a entender el cuidado, trabajo y dedicación que necesita todo lo que hacemos.

  • Todo entra por los ojos

Como decía Julio César, según Plutarco: “La mujer del César no solo debe ser honrada, sino además parecerlo”. Esto no puede oponerse a la idea de que “el libro no se juzga por la pasta”, sino complementarse. Tal vez un plato sea delicioso, pero si su presentación no es atractiva, no lo voy a querer probar siquiera. De todas formas, la preparación no se queda en lo visual, porque lo importante está en su sabor. Igual, puedo ser una buena persona, inteligente, trabajador, pero debo mostrarlo si quiero ser un aporte para los demás, que me “prueben”, sin quedarme en las apariencias.

  • ¿Probaste?

Esta idea continúa la anterior. No podemos saber si lo que realizamos está bien hecho a menos que nos involucremos en ello. Probar lo que cocinamos en el fogón es meternos en los sentidos del comensal, sin contentarnos por cómo se ve el plato. Si un vegetariano no puede probar el lomo de res que va a servir, puede atinar por suerte, pero no por haber balanceado sabores. No se está involucrando. Hemos de estar seguros de que lo que hacemos es lo que tenemos en mente, y no solo cumplir con la entrega. Y eso se aplica también a las relaciones.

  • Lo mejor del plato es lo que no se pone

O como decía van der Rohe: “menos es más”. Muchas veces pensamos que debemos sobreabundar en muestras de los esfuerzos que hacemos para que la gente los apruebe. Y buscamos la aceptación de los demás a través de la demostración de lo buenos que somos. Queremos llenar el plato de ingredientes, como si eso ilustraría nuestra habilidad en la cocina. Y a veces esa exageración termina dañando la preparación. Debemos dar lo justo, lo que podemos dar y el otro necesita, no hace falta demostrarle nada a nadie.

  • Lo que no está en el plato, no se prueba

Por su parte, este es el complemento del principio anterior. Como dice el dicho: “obras son amores y no buenas razones”. No podemos calificar únicamente las intenciones del otro, sino los actos. Con nuestras palabras somos capaces de conocer el ideal de las personas, pero solo a través de cómo actuamos demostramos en verdad lo que buscamos. No sirve hablar de una deliciosa salsa que se quedó en la estación si no está ahí para aderezar nuestro plato. Aquello que queremos que el otro juzgue en nosotros ha de ser presentado, y no parte de un discurso.

Comienzo aquí, pero no termino aquí. Aún me quedan algunas lecciones, y se van poniendo mejores, así que los espero en el siguiente artículo.

Continuará

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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