Juventud, ¿divino tesoro?

Cuestiono aquí aquel poema de Rubén Darío, Canción de otoño en primavera, que canta “Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!”, y sería muy popular, logrando que su primer verso se repita de boca en boca por más de un siglo. Cuestiono, decía, porque considero que ser joven no es necesariamente algo que debamos atesorar, si bien tampoco es correcto menospreciar esta etapa de la vida. Cuestiono también, porque al tratar la juventud estamos hablando de algo que no tiene límites tan definidos.

Como es usual, quiero principiar delimitando conceptos. Nos dice el Diccionario de la Real Academia que juventud nos viene del latín iuventus, –ūtis, que significa “período de la vida humana que precede inmediatamente a la madurez”. Este término viene de iuvenis (joven), relacionado con iuvare (ayudar), que a su vez proceden de la raíz indoeuropea *yeu, fuerza juvenil. Es interesante ver que esta etimología nos lleva a entender que la juventud está relacionada con la capacidad para ser un miembro activo de la sociedad, ayudando a su desenvolvimiento. Antes de ella, esta capacidad no se ha desarrollado, y después se va deteriorando. Es lógico, por consiguiente, que no exista un acuerdo en cuanto a las edades que enmarcan esta etapa de la vida. Por ejemplo en la Antigua Roma, según Varrón (c. I a.C.), la juventud iba de los treinta a los cuarenta y cinco años; mientras para Isidoro de Sevilla (alrededor del siglo VI), entre los veintiocho a los cincuenta se les consideraba jóvenes.

Esto ya nos hace pensar que quizás la juventud es menos una condición física o de edad y más un estado mental. El padre Fosbery suele decir: “¿Te sientes viejo?, tienes la edad de tus pecados; ¿te sientes joven?, tienes la edad de las cosas que amas”. Yo me adhiero a esa consideración. Entendamos la juventud como la época de la vida cuando alcanzamos nuestra plenitud en cuanto a proyectos, sueños, objetivos y la energía para llevarlos adelante. Por consiguiente, los errores (pecados) resultan un peso difícil de cargar, mientras las relaciones personales y nuestro sentido de vida son el impulso hacia cualquier meta. Jóvenes somos, entonces, mientras mantenemos esperanza en nosotros mismos y el resto.

Pero seamos más objetivos, y señalemos que las Naciones Unidas señalan para la juventud un rango de edad de entre quince y veinticuatro años, y la OMS de entre diez y veinticuatro años. Es la edad en la que las personas van construyendo de forma más o menos consciente su relación con el mundo. En tal sentido, el proyecto de autorrealizacion (en términos de Maslow) en esta etapa se refiere a un plan de crecimiento propio y cada vez más autónomo, afianzando la identidad. La persona va descubriendo su vocación y el propósito de su existencia, en respuesta a lo que va hallando en sí mismo y en su entorno. Es en esta etapa cuando más evidenciamos la realidad humana como seres en construcción. Es por esto que haya individuos que se resisten a superar los años juveniles, en lo que Dan Kiley ha llamado el “síndrome de Peter Pan”.

Este síndrome también se explica porque al final de la juventud la belleza física suele degradarse. La norma es que la tersura de la piel, la tonicidad muscular y la armonía de los rasgos se desarrolle en la adolescencia y vaya desapareciendo progresivamente en la adultez. Por eso no sorprende que la industria de la belleza procure estereotipos juveniles, y mercadee productos para conservarlos. La naturaleza quiere ser vencida por la cosmética, cumpliendo los deseos de aquellos exploradores que anhelaban la fuente de la juventud. Lo cual se puede relacionar también con la salud. El objetivo de la sociedad parece ser permanecer jóvenes y bellos por siempre.

“¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes? Faltan al respeto a sus mayores, desobedecen a sus padres. Desdeñan la ley. Se rebelan en las calles inflamados de ideas descabelladas. Su moral está decayendo. ¿Qué va a ser de ellos?”.

¿Cuántas veces hemos oído o leído frases similares? O las habremos dicho nosotros mismos. Podemos pensar que es este un fenómeno reciente, debido a la influencia de los medios y la tecnología. Sin embargo, es algo que ya se viene hablando prácticamente desde los albores de la humanidad, tanto es así que la frase que he citado pertenece a Platón, hace casi dos milenios y medio. Por ser esta una edad abierta al cuestionamiento, no es extraño que sea una etapa de rebeldía, y por tanto se abra una brecha generacional con las cohortes anteriores (padres, abuelos, etc.). El resultado es este: una generación que no entiende a la otra.

Tomando en cuenta todo lo anterior, podemos entender al poeta nicaragüense. El adulto añora su juventud, porque es la época de la ilusión y la belleza. Pero la nostalgia es parte de la naturaleza humana, reflejada en aquel dicho de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. No podemos detener el tiempo, que es como un caudal infinito, y por eso nos enfocamos en lo hermoso del pasado y lo amenazante del futuro, para concluir que el presente es menos agradable que el ayer. Recordamos con ternura la persona que fuimos y miramos con temor la que seremos. Luego, parece fácil anhelar aquellos días en que, como dice el poema, se disfruta la primavera y la carne es ligera, sin pensar que “la Primavera / y la carne acaban también”.

Debemos aceptar la realidad de que la vida está conformada por etapas, y que debemos transitarlas cuando corresponde y aprovechar sus partes positivas y negativas. Muchas culturas valoran la sabiduría alcanzada por la edad, algo que se ve reflejado en la estructura eclesial católica. A los sacerdotes se les llama presbíteros (ancianos en griego) porque entendemos que su conocimiento y experiencia se ponen al servicio de todos los fieles. ¿Por qué, entonces, secundar a una sociedad que persigue incesante la juventud eterna? ¿No será mejor valorar los méritos de cada edad? En consecuencia, no nos descuidemos a nosotros mismos hasta dejar deteriorar nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra afectividad, nuestro espíritu. No dejemos de soñar, de ilusionarnos. Pero también demos importancia al aprendizaje y la experiencia que se acumulan con los años. Vivamos la vida como nos llega.

Entender cada etapa de la vida nos hace dar valor a todas dentro de la historia de cada persona.

Foto de Andrea Piacquadio en Pexels

Publicado por pfreilem

Mi vocación por el estudio de la afectividad y la mente humana, y de cómo estas se integran con la fisiología y la espiritualidad, surge del propósito vital de hacer de este un mundo mejor, de persona en persona. Estoy convencido de que a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la comprensión de la realidad, podemos generar cambios no solo en nuestra individualidad, sino en los distintos espacios colectivos que habitamos. Psicólogo licenciado por la Universidad Técnica Particular de Loja, he realizado Diplomados en Psicología Cristiana y Antropología Cristiana por la Universidad FASTA (Mar del Plata, Argentina) y he participado en el Curso de Estilos de Pensamiento con el Dr. Robert Sternberg, (Boston, Estados Unidos de América) y el Seminario Psicología & Persona Humana (Lima, Perú). He efectuado prácticas en diversas instituciones empresariales y educativas. He actuado como facilitador de intervenciones apreciativas para el cambio profundo en las organizaciones. Poseo una amplia experiencia en charlas de formación, consejería y en consulta privada, gracias a la cual he podido responder a un llamado personal de incidir en la paz social a través del encuentro con la paz interior.

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